2026/01/05

Dios microcósmico (Theodore Sturgeon)


Título original: Microcosmic God
Año: 1941


Ésta es la historia de un hombre que tuvo demasiado poder y de otro hombre que cobraba demasiado; pero no se preocupen, no voy a empezar a hablar de política; el hombre que tenía poder se llamaba James Kidder y el otro era un banquero.
Kidder era lo que se dice un tipo interesante. Era un científico y residía en una pequeña y lejana isla de la costa de Nueva Inglaterra, de la que era único habitante. No se trata de uno de esos enanos diminutos y sabios sobre los cuales ya han leído ustedes bastante. Su chifladura no era egoísta y tampoco era un megalómano de nombre ruso y sin escrúpulos. No era insidioso ni exageradamente subversivo. Seguía llevando el pelo corto, tenía limpias las uñas y vivía y pensaba como cualquier otro ser humano razonable. Tenía cara de niño y cierta inclinación a la vida de los anacoretas. Era pequeño, regordete y... brillante. Se había especializado en bioquímica y era conocido como Mister Kidder: Nada de "doctor" ni "profesor"; simplemente Mister Kidder.
Era, y había sido siempre, algo extraordinario; lo que podríamos llamar una especie de mirlo blanco. Nunca se graduó en ningún colegio o universidad, porque la pauta de los estudios en estos lugares era demasiado lenta y no quería someterse a ningún sistema disciplinario para su educación. Nunca creyó que los catedráticos supieran media palabra de lo que enseñaban y lo mismo pensaba de sus textos. Siempre estaba poniéndoles pegas y no le desagradaba ponerles en ridículo. Consideraba a Gregorio Mendel como un embustero chabacano, a Darwin como un filósofo humorista y a Lutero Burbank como un sensacionalista. En cuanto abría la boca, dejaba a su víctima descorazonada. Si su contrincante era alguien que tenía buenos argumentos, lo embestía y se los retorcía hasta dejarle sin respiración. Si hablaba con alguien cuyos conocimientos él ya poseía, no paraba de preguntarle una y otra vez:
—¿Cómo lo sabe?
Su placer predilecto consistía en interrumpir la peroración de cualquier fanático y hacerle polvo. Por esto, la gente fue dejándolo solo: Nunca lo invitaban a tomar el té. Era cortés, pero no era diplomático.
Tenía algún dinero y, con él, arrendó la isla y se construyó un laboratorio. Ya he dicho antes que era bioquímico; pero, debido a su carácter no supo evitar meter las narices en otros campos de la investigación. Nada tenía de raro que emprendiera una excursión científica lo bastante amplia para llegar a perfeccionar un método económicamente productivo de cristalización de la vitamina B1, que podía rendir toneladas, si es que alguien la necesitaba por toneladas. Lo cierto es que, con esto, ganó mucho dinero, compró inmediatamente su isla y puso ochocientos hombres a trabajar en un acre y medio de terreno, junto a su laboratorio, y les mandó construir un edificio para sus trabajos. Se metió en el negocio de la fibra sisal, resolviendo la manera de tratarla, e impulsando la industria de los plátanos, produciendo una cuerda realmente irrompible con sus cáscaras. No habrán olvidado ustedes la pintoresca demostración que organizó sobre el mismísimo Niágara, ¿verdad? Cuando mandó colocar un tramo de la nueva cuerda de punta a punta sobre las cascadas y suspendió en el centro un camión de diez toneladas colgando del filo de unas hojas de afeitar apoyadas en la cuerda. Por esto, ahora, las naves atracan con esta especie de calabrotes, no más gruesos que un lápiz y que pueden ser enrollados en carretes como si se tratara de la manga de riego de un jardín. Con el dinero que esto le dio tuvo para cigarrillos y le quedó bastante para comprarse un ciclotrón.
Pero, a partir de entonces, el dinero ya no fue jamás dinero para él. Se convirtió en grandes números que se inscribían en pequeños libros. De momento, Kidder empleaba pequeñas cantidades para adquirir alimentos y equipo que le eran enviados; pero pasado algún tiempo ni siquiera esto ocurrió. El banco envió en hidroavión a un mensajero para que averiguara si Kidder seguía con vida. El hombre volvió dos días después, en estado de estupefacción, terriblemente maravillado de las cosas que había visto en la isla. Kidder estaba vivo, desde luego, y se dedicaba a producir abundantes cantidades de alimentos de una rara y simplificada forma sintética. El banco le escribió de inmediato preguntándole si deseaba dar a la publicidad, en su propio beneficio, el secreto de su limpio cultivo. Kidder contestó que con mucho gusto, e incluso les remitió las fórmulas. Añadió en la carta que no había publicado su información porque no creía que pudiese interesar a nadie. Esto dijo el hombre, responsable de la transformación social más importante de la segunda mitad del siglo XX, gracias a su elaboración de cultivos. Claro que tal elaboración le hizo todavía más rico; o mejor dicho, hizo todavía más rico a su banquero. A él le importaba un comino.
En realidad, Kidder no puso en marcha la fabricación hasta después de transcurridos unos ocho meses de la visita del mensajero. Si se piensa que se trataba de un bioquímico que ni siquiera tenía el título de "doctor", no puede negarse que lo hizo bien. He aquí una lista parcial de las cosas que logró transformar:
Obtuvo una aleación de aluminio, de rendimiento comercial aceptable, que era más duro que el mejor acero y que podía usarse como material de construcción.
Exhibió una especie de chisme, al que él llamaba "bomba de luz", que trabajaba apoyándose en la teoría de que la luz es una forma de la materia y que, por tanto, está sujeta a las leyes físicas y electromagnéticas. Cerraba una habitación en la que hubiese una sola fuente de luz y, por medio de la bomba, proyectaba un campo cilíndrico-magnéticovibratorio de manera que la luz se deslizara por él. La luz pasaba luego a través de la "lente" de Kidder, una especie de anillo que perpetúa un campo eléctrico a lo largo de un obturador de cámara, tipo iris, de alta velocidad. Debajo de esto se encontraba el centro de la bomba de luz, es decir, un aparato que absorbía la luz, como una especie de cristal que se podría decir que la escondía o perdía entre sus facetas internas. El efecto de oscurecimiento de una habitación con este aparato es pequeño pero mensurable. Perdonen mi lenguaje profano, pero espero que valga para dar una idea general.
Clorofila sintética en barriles.
Un avión impulsado eficazmente a ocho veces la velocidad del sonido.
Un aparato sencillo que sirve para cepillar las viejas pinturas, las endurece y luego las arranca como si fuesen jirones de tela. La vieja pintura desaparece. Esto consiguió, amigos.
Un generador automático desintegrador de átomos del isótopo del uranio 238, que es doscientas veces más abundante que el antes tan cotizado U-235.
Esto era todo, por el momento. Si se me permite repetirme, diré que para un bioquímico que no era todavía "doctor", no estaba mal.
Al parecer, Kidder no se daba cuenta de que, en su pequeña isla, tenía bastante poder como para adueñarse del mundo. Su mente no se interesaba por detalles de esta naturaleza. Con tal de que le dejaran tranquilo con sus experimentos, no tenía inconveniente y se complacía en dejar al resto del mundo con sus chapuceros y primarios recursos. El único sistema para establecer contacto con él consistía en una radio, de su propia invención, cuyo único modelo estaba encerrado bajo llave en los subterráneos de un banco de Boston. Únicamente un hombre podía hacerlo funcionar. El transmisor, de extraordinaria sensibilidad, sólo reaccionaba al contacto de las vibraciones que producía, precisamente, el cuerpo de Conant.
Kidder había advertido a Conant que no debía molestarle más que con mensajes de extraordinaria importancia. Las ideas patentadas que Conant había logrado arrancarle, estaban registradas bajo seudónimos que sólo Conant conocía. Pero a tal clase de detalles, Kidder no prestaba la menor atención.
En consecuencia, el resultado fue la vulgarización de los más pasmosos adelantos producidos desde los albores de la civilización. La nación sacó de ello provecho, como lo sacó el mundo entero; pero quien se aprovechó más que nadie fue el propio banco, que empezó a crecer cada vez más. Empezó a meter baza en otros asuntos, y, como esto dio ocasión a que se movieran más dedos, hubo necesidad de más bazas y de mayor cantidad de naipes. Pasados algunos años, el poder del banco fue tan grande gracias a las armas que le había proporcionado Kidder, que casi podía competir, en fuerza, con el propio Kidder.
Ya sé que muchos que me están leyendo están murmurando que ese Kidder es inverosímil y que no es posible que un hombre pueda perfeccionarse a sí mismo en tantas disciplinas y en tantas ciencias.


Bien, puede que en cierto modo tengan razón. Kidder era un genio. Concedido. Pero no era un genio creador. Era simplemente un estudiante que aplicaba lo que sabía, lo que veía, lo que le habían enseñado. Cuando empezó a trabajar en su nuevo laboratorio de la isla, más o menos razonaba de esta forma:
—Yo sólo sé que he aprendido gracias a las observaciones y a los escritos de otros hombres que, a su vez... Y así sucesivamente. Alguna vez, en algún tiempo, alguien tropieza con una idea nueva y él, u otro más inteligente, utiliza la idea y la populariza. Pero, para uno que descubre realmente algo nuevo, hay un par de millones que sólo recogen y entregan a sus descendientes información que ya es conocida. Si pudiera saltar por encima de las leyes evolucionistas, yo sabría más. Esperar que se produzcan los accidentes que pueden acrecentar el conocimiento humano —mi conocimiento— requiere demasiado tiempo. Si yo fuese más audaz, podría encontrar un medio de saltar en el punto y, resbalando por encima de su superficie, podría pararme precisamente allí donde encontrara algo nuevo. Pero el tiempo no es buen camino para eso. No se puede dejar atrás ni empujarlo hacia adelante. ¿Qué otro camino queda?
»Bien: La fórmula consiste en acelerar la evolución intelectual de manera que yo pueda observar lo que se trama. Esto parece poco práctico. Disciplinar para ello a las mentes humanas me tomaría más tiempo que el que necesitaría yo mismo para aprender a pensar de este modo. Pero yo no puedo tampoco, por mí mismo, obtener dicha aceleración. Ningún hombre podría.
»Me declaro vencido. Yo no puedo acelerarme ni puedo acelerar las mentes de otros hombres. ¿No existe otra alternativa? Debe haberla; en alguna parte, alguien puede dar con la respuesta.
Así, pues, fue sobre esto, y no sobre eugenesia, bombas de luz, o botánica o física atómica, que se encaminaron las investigaciones de James Kidder. Como hombre práctico encontró que el problema era demasiado metafísico; pero lo abordó con peculiar perfección, mediante su lógica propia y característica. Día tras día, vagabundeaba por su isla, echando desperdicios a las gaviotas y soltando tacos, desesperado. Luego siguió una época en que permaneció encerrado y meditabundo. Poco después de ocurrir esto, se entregaba febrilmente a su trabajo.
Trabajaba en el terreno que le era más conocido de la bioquímica y se concentraba en dos temas principales: La genética y el metabolismo animal. Aprendía y archivaba en su mente insaciable muchas cosas que nada tenían que ver con el problema del momento y muy poco con lo que andaba buscando. Pero él juntaba este poco a lo poco que sabía e intuía y, con el tiempo, logró una serie de factores conocidos con los cuales era posible trabajar. Su trabajo era típicamente arbitrario. Hacía cosas equivalentes a multiplicar manzanas por peras y equilibraba ecuaciones añadiendo el log √-1 a un lado y ∞ al otro. Cometía errores, pero únicamente uno de cada género y, más tarde, sólo uno de cada especie. Pasó tantas horas ante su microscopio, que tuvo que dejar de trabajar durante dos días para librarse de una especie de alucinación que consistía en creer que su propia sangre circulaba por los tubos del microscopio. No se valió nunca del método de tanteo porque lo consideraba algo chapucero.
Obtuvo resultados. La suerte le acompañó desde el principio, sobre todo cuando llegó a plantear la ley de probabilidades y la redujo a un número de términos tan limitado, que llegó a saber casi individualmente qué experimentos no iban a dar resultado.
Cuando vio sobre el cristal de observación que aquella materia parda, viscosa y semifluida empezaba a moverse sola, supo que se encontraba en la buena pista.
Cuando empezó a buscar en sí misma la manera de alimentarse, comenzó a sentirse excitado. Cuando se dividió y, a las pocas horas, se volvió a dividir y comprobó que cada parte crecía y volvía a dividirse, se sintió triunfante y comprendió que había creado vida.
Alimentaba aquellos diminutos productos de su inteligencia y sudaba esforzándose en prepararles caldos de cultivo adecuados y, además, los inoculó, los dosificó y los roció. Cada paso que daba le anunciaba el siguiente y, en sus probetas, sus tubos y sus incubadoras, aparecieron criaturas como amebas y luego pequeños animálculos ciliados, y más y más rápidamente, fueron apareciendo seres con una mancha ocular, con quistes nerviosos, y finalmente —victoria de las victorias—, un verdadero blastópodo que poseía varias células en lugar de una sola. Con mayor calma, logró desarrollarlo hasta conseguir el gastrópodo y, una vez obtenido, no le resultó muy difícil dotarle de órganos, cada uno para realizar una función específica, cada uno heredable.
Luego empezó el cultivo de seres parecidos a moluscos y luego criaturas con branquias cada vez más perfeccionadas. El día que logró que una cosa indescriptible trepara por una tablilla inclinada al exterior de uno de sus tanques llenos de agua e hinchara sus agallas para respirar aire, Kidder abandonó su trabajo y se fue al otro extremo de la isla y se emborrachó como un cosaco. Pero pronto volvió a su trabajo, olvidándose de comer y dormir, obsesionado con su problema.
Exploró otro camino de su ciencia y así cazó otro triunfo: El del metabolismo acelerado. Extrajo y refinó los factores estimulantes en alcohol, cocaína, heroína y en Cannabis indica, que constituye el mejor traficante en drogas de nuestra madre naturaleza.
Al igual que los científicos que, analizando los varios agentes coagulantes para el tratamiento de la sangre, han encontrado que el ácido oxálico es el único factor activo, Kidder separó los aceleradores de los deceleradores, los estimulantes de los soporíferos de cada substancia que, perennemente, corroen la moralidad humana, logrando así un "noble experimento". En el curso del proceso encontró algo que le era muy necesario: Un elixir incoloro que hacía que el sueño fuese la evitable e inútil pérdida de tiempo que debía ser. Inmediatamente inició una jornada de veinticuatro horas.
Sintetizó artificialmente las substancias que había encontrado y, al aislarlas, se desprendió de gran cantidad de componentes inútiles. Siguió el ensayo a lo largo del trazado de las radiaciones y vibraciones. En las radiaciones rojas más largas, descubrió algo que, al ser proyectado a través de un recipiente lleno de aire, vibrara a velocidades supersónicas y luego fuera polarizado, acelerando veinte veces los latidos del corazón de los pequeños animales. En consecuencia, comían veinte veces más, crecían veinte veces más de prisa y morían veinte veces más pronto.
Kidder construyó una habitación grande y herméticamente cerrada. Encima había otra habitación de igual amplitud y anchura, pero menos alta. Constituía su cámara de control. La gran habitación estaba dividida en cuatro secciones cerradas, cada una con diminutas cabrias y grúas para ayudar al manejo de maquinaria de toda clase. Había también escotillones con cerraduras a presión, que comunicaban la habitación con las otras inferiores.
Entre tanto, el otro laboratorio había producido un cuadrúpedo de sangre caliente, con piel de serpiente y ciclo vital sorprendentemente rápido. Una generación cada ocho días con una duración de vida de unos quince. Se parecía al erizo, era ovíparo y mamífero. Sus períodos de gestación eran de seis horas; los huevos se incubaban en tres días. Los recién nacidos alcanzaban madurez sexual en cuatro días. Cada hembra ponía cuatro huevos y vivía lo suficiente para cuidar de los jóvenes después que habían nacido. El macho, por lo general, moría dos o tres horas después del apareamiento. Se trataba de unos seres altamente adaptables. Eran pequeños, no tenían más de ocho centímetros de largo y cinco de alto. Sus garras delanteras tenían tres dedos y un pulgar con tres articulaciones y movimiento de oposición. Estaban adaptados para vivir en una atmósfera de gran concentración de amoníaco. Kidder cogió cuatro de las criaturas y puso un grupo en cada sección de la habitación hermética.
Desde entonces todo fue fácil. Con sus atmósferas controladas, varió las temperaturas, la dosificación del oxígeno y la humedad. Los mataba como moscas con excesos de anhídrido carbónico, por ejemplo, y los supervivientes transmitían su resistencia física a la próxima generación. Periódicamente cambiaba los huevos de una de las secciones cerradas a otra, para obtener variaciones raciales. Rápidamente, bajo tales condiciones controladas, las criaturas comenzaron a evolucionar.
De modo que ésta fue la respuesta a su problema. No podía acelerar lo bastante el avance intelectual de la humanidad para que pudiesen mostrarle las cosas "avanzadas" por las que su mente suspiraba. Tampoco podía acelerar su avance intelectual. Por esto creó una raza nueva, una raza que podía desenvolverse y evolucionar tan rápidamente, que pronto llegaría a sobrepasar la civilización del hombre; y éste aprendería de ella.


Estaban por completo en poder de Kidder. La atmósfera normal terrestre podía envenenarles y así se preocupó de demostrárselo a cada cuarta generación. No podían intentar nada para escapársele. Vivirían sus vidas y progresarían, harían sus propios experimentos y cometerían sus aciertos y sus errores, centenares de veces más rápidamente que los hombres. Tenían cierta ventaja sobre el hombre porque Kidder les guiaba. El hombre había necesitado, en realidad, seis mil años para descubrir la ciencia y otros trescientos para aplicarla al trabajo. Las criaturas de Kidder necesitaron doscientos días para lograr el nivel mental humano. Desde entonces, la espasmódica producción de Kidder hizo que el lejano y genial Thomas Edison se convirtiera en un artesano intentando hacer chapuzas.
Les llamó Neoterics y les obligó a que trabajaran para él. Kidder disponía de inventiva ideológica; es decir, podía plantearse problemas imposibles con tal de que no tuviera que resolverlos él mismo. Por ejemplo, quería que los Neoterics encontraran por sí mismos un medio de construir refugios con material poroso. Creó la necesidad de tales refugios sometiendo a una de las secciones a una temperatura tan altamente fuerte, que aplastaba a sus moradores. Rápidamente los Neoterics inventaron refugios impermeables con el delgado material de tal clase que había apilado en un ángulo. Inmediatamente Kidder les derribó la frágil estructura con una ráfaga de aire frío. Ellos levantaron de nuevo la construcción de manera que resistiera al viento y a la lluvia. Kidder bajó tan rápidamente la temperatura, que no pudieron adaptar sus cuerpos a ella. Entonces calentaron sus refugios con pequeños braseros. Kidder, rápidamente, lo cambió en calor, hasta que empezaron a asarse y a morir. Después de unas pocas muertes, uno de los jóvenes, más despierto, resolvió la manera de construir una fuerte casa aislante usando tres capas de goma con la capa intermedia perforada miles de veces para crear delgadas bolsas de aire.
Con tales tácticas, Kidder les obligaba a desarrollar altamente su pequeña cultura. Produjo una sequía en una sección y un exceso de humedad en otra y luego abrió el tabique de comunicación entre ambas. Inmediatamente se produjo una gran guerra espectacular y el libro de notas de Kidder se llenó de información relativa a armas y tácticas militares. También inventaron la vacuna contra el catarro común, razón por la cual esta calamidad ha sido absolutamente extinguida en el mundo, ya que ésta fue una de las cosas de las que Conant, presidente del banco, pudo apoderarse.
En una tarde de invierno, habló a Kidder a través del radiófono con una voz tan ronca por la laringitis que Kidder le mandó un frasco de vacuna y le dijo, chillando, que jamás le volviese a llamar en semejante estado que le hacía inaudible. Conant mandó analizar la vacuna y de nuevo se engrosaron las cuentas de Kidder y las del banco.
Al principio, Kidder se limitaba a proporcionar los materiales que imaginaba que podrían necesitar; pero cuando ellos llegaron a un desarrollo tal de su inteligencia que podían fabricárselos por sí mismos, se limitó a dar a cada sección un stock de materias primas. El proceso para la obtención de aluminio fuerte se desarrolló cuando él construyó un vasto émbolo en una de las secciones, que se extendía de pared a pared y que estaba proyectado para que pudiera descender a razón de diez centímetros por día, hasta que aplastara todo lo que hubiese en su base. Los Neoterics, para su propia defensa, usaron el material duro que encontraron a mano para detener la muerte inexorable que les amenazaba. Pero Kidder había arreglado las cosas de modo que sólo disponían de óxido de aluminio y cierta mezcla de otros elementos con abundancia de fuerza eléctrica. Al principio amontonaron docenas de pilares y cuando éstos fueron aplastados y retorcidos, intentaron modelarlos de manera que el blando material aguantara más peso. Cuando éstos fallaron, rápidamente construyeron otros más fuertes y cuando por fin el émbolo fue detenido, Kidder quitó uno de los pilares y lo analizó. Era aluminio reforzado y más tenaz que el molibdenoacero.
La experiencia demostró a Kidder que debía hacer ciertas modificaciones si quería conservar su dominio sobre los Neoterics antes de que fueran demasiado ingeniosos. Había cosas que podían hacerse con fuerza atómica, sobre las cuales sentía gran curiosidad; pero no quería ver metidos a sus pequeños supercientíficos en una cosa como ésta, a no ser que pudiera confiar en que la emplearían estrictamente como Dios manda. Entonces ideó la invención de una "Regla de temor". La más trivial desviación de lo que él consideraba el camino recto para hacer las cosas, llevaba aparejada, al instante, la muerte de la mitad de la tribu. Si él se proponía desarrollar, por ejemplo, una instalación de fuerza de tipo diésel que operaría sin volante, y alguno de los jóvenes e inteligentes Neoterics empleaba tales materiales con fines arquitectónicos distintos, la mitad de la tribu desaparecería en el acto. Desde luego, los Neoterics habían establecido una especie de lenguaje escrito: El lenguaje de Kidder. Colocó un teletipo en una zona rodeada de cristal en un rincón de cada sección, que fue respetada como un relicario. Todas las disposiciones que allí se inscribían debían ser obedecidas, de lo contrario... Después de tal innovación, el trabajo de Kidder resultó mucho más sencillo. No hubo necesidad de vigilar las conductas equívocas. Todo lo que él necesitaba que se hiciera, se hacía. No importaba que se tratara de encargos imposibles: Bastaban cuatro generaciones de Neoterics para que encontrasen la manera de realizarlos.
El siguiente documento procede de un papel que una de las rápidas cámaras fototelescópicas de Kidder descubrió mientras circulaba entre los Neoterics más jóvenes. Lo traducimos de la escritura altamente simplificada que utilizaban los Neoterics:

Estos mandamientos serán obedecidos por todos los Neoterics, bajo pena de muerte. El castigo será aplicado por la tribu al rebelde para protegerse contra su rebeldía.
Las órdenes que aparezcan en la Máquina, tendrán prioridad de interés y de fuerza individual y tribal.
Cualquier mal uso de material o de fuerza de sentido contrario al dispuesto por la Máquina, será castigado con la muerte, a no ser que no existiera disposición escrita que se oponga a tal uso.
Cualquier información relativa al problema que se está resolviendo o cualquier idea o experimento que pueda contribuir a la solución del mencionado problema, son de propiedad de la tribu.
»ualquier fallo individual en la cooperación al esfuerzo que realiza la tribu, cualquiera que sea el culpable de no emplear todos sus esfuerzos en el trabajo, o cualquiera que sea susceptible de tal sospecha, será castigado con la pena de muerte.

Tales fueron los resultados de una dominación total. Este papel impresionó mucho a Kidder por lo que tenía de espontáneo. Era algo inventado por los mismos Neoterics y desarrollado por ellos, en defensa de su propio bienestar.
De este modo, Kidder llegó a su apoteosis. Agachado en la habitación superior, yendo de un telescopio a otro, revelando lentamente las películas que le procuraban sus rápidas cámaras, llegó a ser poseedor de una fuente de información manejable y dinámica. Encerrado en el gran edificio cuadrado, con sus cuatro secciones de medio acre de extensión, disponía de un mundo nuevo; del cual era el verdadero dios.

La mente de Conant se parecía a la de Kidder en el sentido de que ambos iban a la solución de no importa qué problema, siguiendo la distancia más corta entre dos puntos y sin preocuparse de si siguiendo esta ruta se encontraba mayor o menor resistencia. Su ascenso a la presidencia del banco fue el resultado de crueles intrigas, que no tuvieron mayor justificación que la que puede ofrecer la consecución de lo que se había propuesto. Como un general superdotado, no vencía a sus enemigos con la sola fuerza del número. También sabía atacar por los flancos y no sólo en uno sino en los dos. Los infelices que asistían a su progreso eran criaturas que no merecían la menor consideración.
Cuando tomó, por ejemplo, posesión de cierta propiedad de unos mil acres, que había pertenecido a un hombre llamado Grady, no le bastó con la propiedad de la tierra. Grady era propietario de un aeropuerto que había sido suyo toda la vida y de su padre antes que de él. Conant ejerció toda clase de presiones sobre este individuo para apoderarse del aeropuerto; pero le encontró dispuesto a ofrecer una resistencia impertérrita. Con juiciosa persuasión, logró que los funcionarios municipales decidiesen excavar una zanja destinada a unas cloacas a todo lo largo del campo y por su mitad, con lo cual logró arruinar el negocio de Grady. Sabiendo que esto daría a Grady motivos para una venganza, adquirió su banco por su valor más la mitad e hizo quiebra. Cuando Grady hubo perdido todo su dinero y fue a terminar sus días en un asilo, Conant se sintió muy orgulloso de su táctica.


Como muchos otros que se sujetan a la cola de Mammon, el dios de las riquezas, Conant no deseaba soltarse. Su vasta organización le producía más dinero y poder del que jamás hubiese obtenido nadie a través de la historia; pero todavía no estaba satisfecho. El dinero era para Conant lo que el saber para Kidder. Las empresas piramidales de Conant representaban para éste lo que los Neoterics para Kidder. Cada uno se había construido su mundo particular; cada uno lo empleaba para su propia instrucción y su provecho particular. Sin embargo, Kidder no molestaba a nadie excepto a sus Neoterics. Y, pese a todo, Conant no era simplemente un miserable. Era un hombre astuto que había descubierto a tiempo lo que vale agradar a la gente. Ningún hombre puede pasar cierto período de años robando constantemente al prójimo, sin dejar de agradar a las gentes a quienes roba. La técnica para hacer esto es bastante complicada; pero cuando se logra dominarla, puede decirse que ya puedes acuñar tu propia moneda.
El gran temor de Conant era que llegase un día en que Kidder se interesara por las cosas de este mundo y empezara a intervenir. ¡Cielos! ¡Con el espantoso poder de que disponía! Para un hombre como Kidder, el insignificante asunto de hacer cambiar una elección podría llevarse a cabo con la misma facilidad que se daba la vuelta en la cama. Lo único que podía hacer para evitarlo era llamarle de vez en cuando y preguntarle si necesitaba alguna cosa, con el fin de tenerle ocupado. Kidder apreciaba esta atención. Conant, de vez en cuando, sugería algo a Kidder, que le tenía preocupado durante algunas semanas. La "bomba de luz" era uno de los resultados de la imaginación de Conant. Conant apostó con él a que no iba a lograrlo. Kidder la fabricó. Cierta tarde, Kidder contestó al chillido de señal del radiófono. Jurando por lo bajo, dejó de pasar la película que estaba viendo, y cruzó el campamento hacia el laboratorio. Se acercó al radiófono, estiró el enchufe y el chillido cesó.
—¿Qué hay?
—¿Oye? —dijo Conant—. ¿Estás ocupado?
—No mucho —dijo Kidder.
Estaba encantado con las imágenes de la película que había captado; mostraba el hábil trabajo de un grupo de Neoterics sintetizando goma de azufre puro. Le hubiese gustado hablar de ello con Conant pero, fuere por lo que fuese, jamás le había dicho nada de los Neoterics y no iba a empezar entonces. Conant decía:
—Mmm... Kidder. El otro día bajé a mi club y un grupo de los nuestros se pasaron la noche en una charla desatada. Algo dijeron que podría interesarte.
—¿Qué?
—Había un par de muchachos que trabajaban en los servicios públicos. Estás enterado de la energía que se utiliza en este país, ¿no? Un treinta por ciento de energía atómica y el resto eléctrica, diésel y vapor.
—Lo ignoraba —dijo Kidder, que en lo que respecta a los acontecimientos corrientes, estaba menos enterado que un niño.
—Bien. Discutimos sobre la probabilidad de éxito que podría tener una nueva fuente de energía. Uno de los que estaban allí dijo que, en vez de hablar de ello, sería mejor inventar primero una fuente de energía. Otro, en cambio, dijo que no sabría cómo llamar a esta nueva fuente de energía, pero que podría describirla. Decía que debería tener todas las condiciones de las actuales más una o dos más. Como, por ejemplo, que fuera más barata y más eficiente. Podría superar a las otras en su fácil transporte desde el lugar en que se instalara la fuerza hasta el consumidor. 
»¿Comprendes lo que quiero decir? Cualquiera de estos factores puede justificar una nueva fuente de energía que compita con las que ya tenemos. Pero lo que yo quisiera ver es una fuerza nueva que tuviera todos esos factores. ¿Qué te parece?
—No es imposible.
—¿Tú crees?
—Lo intentaré.
—No pierdas el contacto.
El transmisor de Conant dio un golpe seco. El enchufe consistía en una pequeña pieza de engaño que Kidder había introducido en el aparato sin que lo supiera Conant. Cuando Conant se separó del receptor, éste siguió funcionando mientras él creía que estaba desconectado. Así Kidder oyó cómo el banquero murmuraba:
—Si lo logra, me pongo las botas. Si no lo logra, por lo menos este loco extravagante seguirá ocupado y encerrado en su isla.
Kidder se quedó mirando el radiófono durante largo tiempo, frunciendo las cejas; luego se encogió de hombros. Resultaba evidente que Conant tenía algo entre ceja y ceja; pero esto a Kidder no le preocupaba. ¿Había alguien en la Tierra que necesitara perjudicarle? Él no incomodaba a nadie. Se volvió hacia el edificio de los Neoterics, preocupado con la nueva idea de la fuente de energía.
Once días después, Kidder llamó a Conant y le dio instrucciones concretas sobre la forma de equipar su receptor con una colección de planos que podrían hacer que Kidder pudiese transmitir su escritura por los aires. En cuanto estuvo hecho esto y Kidder tuvo noticia de ello, el bioquímico, por una vez en la vida, habló con cierta locuacidad:
—Conant, tú dabas por sentado que no existe una nueva fuente de energía más barata, más eficiente y más fácilmente transportable que las que existen hoy día. Puede que te interese el nuevo generador que acabo de instalar. Tiene fuerza, Conant, una fuerza increíble. Mando un hermoso haz compacto. Anda, mira esto y regístralo en tus planos.
Kidder deslizó una hoja de papel por debajo de los sujetadores de su transmisor y la hoja apareció en el aparato de Conant.
—Aquí tienes el diagrama para montar un receptor de fuerza. Ahora escucha: El haz es tan compacto, tan altamente dirigible, que ni un mil por ciento de la fuerza se perdería en tres mil kilómetros de transmisión. Es un circuito cerrado. O sea que cualquier mengua en el haz produce una señal a lo largo del mismo haz hasta que automáticamente acrecienta la producción de energía. Claro que eso tiene un límite, pero es un límite muy alto. Y hay más: Este pequeño aparato puede transmitir ocho haces por minuto, con un total de unos ocho mil caballos de fuerza por haz y por minuto, y, de cada uno de ellos, se puede derivar la energía necesaria, ya sea para volver la página de un libro o para hacer volar un aparato hasta la estratosfera.
»¡Espera! Todavía no he terminado: Cada haz, como te decía antes, devuelve una señal del receptor al transmisor. Esto permite, no sólo controlar la suma de energía del destello, sino también dirigirla. Establecido el contacto, el haz es permanente; sigue al receptor a todas partes. De este modo puede proporcionar fuerza para vehículos de tierra, mar y aire y para una instalación estacionaria. ¿Te gusta?
Conant, que era banquero y no científico, se secó la frente, abrillantada por el sudor, con el dorso de la mano, y dijo:
—Me consta, Kidder, que nunca me has dirigido por senderos equivocados. ¿Cuánto puede costar, más o menos, este aparato?
—Mucho —contestó Kidder rápidamente—. Tanto como una instalación atómica. Pero no habrá cables de alta tensión, ni alambres, ni tuberías ni nada. Los receptores son un poco más complicados que los receptores de radio. El transmisor, ¡bueno!, éste sí que requiere verdadero trabajo.
—No te ha tomado mucho tiempo —dijo Conant.
—No —admitió Kidder—. No me lo tomó.
Se trataba del trabajo de toda la vida de casi doce centenares de seres altamente cultos; pero Kidder no iba a hablar de eso.
—Claro está que, lo que yo tengo aquí, es el modelo —añadió. La voz de Conant vibró más fuerte:
—¿El modelo? ¿Y cuánto rinde?
—Por encima de los sesenta mil caballos de fuerza —respondió Kidder jovialmente.
—¡Cielos! Entonces, en una máquina de gran tamaño, un transmisor bastaría para...
Durante un momento, Conant se sintió sofocado al pensar en las enormes posibilidades de aquel mecanismo.
—¿Y cómo se la alimenta?
—De ningún modo —dijo Kidder—. No voy a contártelo ahora. He encontrado una fuerza de energía de poder inimaginable. Es algo muy grande. Algo tan grande, que no puede desperdiciarse.
—¿Cómo? —interrumpió Conant—. ¿Qué quiere decir con esto?
Kidder frunció el ceño. Estaba claro que Conant preparaba alguna treta. Ante la nueva interrupción del banquero, Kidder, pese a que era el menos suspicaz de los hombres, se puso en guardia:
—Quiero decir lo que digo. No intentes comprender demasiado; ¿me entiendes? Apenas si yo me comprendo a mí mismo. Pero la fuente de esta energía es un resultado monstruoso obtenido por el desequilibrio de dos fuerzas previamente igualadas. Estas dos fuerzas son cósmicas en cantidad. En realidad, se fabrican soles y desintegran átomos del mismo modo como se desintegran los átomos que forman el compañero de Sirio. No te figures que es un juguete con el que podrías divertirte.


—Yo, no —dijo Conant con voz embarullada.
—Voy a explicártelo con un ejemplo —dijo Kidder—. Supongamos que tomas dos varillas, una en cada mano. Coloca sus puntas juntas y aprieta. Mientras la presión pasa directamente a lo largo de sus largos ejes, la presión se compensa: La de la mano derecha es anulada por la izquierda y viceversa. Pero ahora llego yo y toco las varillas en el lugar en que se juntan: Éstas se separan violentamente y tú te rompes un par de nudillos. La fuerza resultante está en ángulo recto con las fuerzas que ejercías. Mi sistema de transmisión de fuerza se basa en el mismo principio. Basta una cantidad infinitesimal de energía para arrastrar aquellas fuerzas fuera de su línea. Es algo muy sencillo cuando se sabe cómo lograrlo. Lo que importa es saber si se puede controlar la fuerza resultante cuando se obtiene. Yo sí puedo.
—Ya. Ya veo —afirmó Conant. Y, por unos segundos, se permitió un gesto de soberbia—. Dios proteja a las Compañías de Servicios Públicos; no voy a ser yo quien las ampare. ¡Kidder! Necesito un transmisor de gran tamaño.
—¡Menudo ambicioso! —dijo, burlón, por el micrófono—. Ya sabes, Conant, que carezco de personal. Y no puedo dedicarme a fabricar, yo solo, cuatro o cinco mil toneladas de aparatos.
—En cuarenta y ocho horas, te mando quinientos ingenieros y operarios.
—No. No lo hagas. ¿Para qué quieres fastidiarme con esto? Aquí soy enteramente feliz, Conant, y una de las razones de mi felicidad es que no tengo a nadie cerca que me moleste.
—¡Pero, Kidder! No seas así. Yo te pagaré...
—No tienes dinero bastante —replicó Kidder con viveza.
Y desconectó el aparato de Conant, ya que él sí podía desconectarlo.
Conant su puso furioso. Gritó por el fono reiteradamente y empezó a apretar el pulsador de señales. Kidder, en su isla, dejó que la máquina llamara y regresó a su cámara de proyecciones. Se arrepentía ahora de haber transmitido el diagrama al receptor de Conant. Darle fuerza a un coche o a un avión con el modelo de transmisor que había conseguido de los Neoterics podía ser interesante. Pero, ya que Conant se ponía así... ¡bueno! Al fin y al cabo, el receptor no podía funcionar sin el transmisor: Cualquier ingeniero de radio podría comprender el diagrama, pero ninguno dispondría del haz que lo ponía en funcionamiento. Conant no podría conseguirlo.
Era una lástima que Kidder no conociera suficientemente a Conant.
Kidder pasa los interminables días ocupado en aprender siempre algo. Ni él ni sus Neoterics dormían jamás. Comía regularmente cada cinco horas, y, cada doce, dedicaba media hora a hacer ejercido. Jamás sabía el día en que vivía, porque el tiempo carecía de sentido para él. Si tenía necesidad de conocer alguna fecha o de saber el año en que estaba, siempre podría preguntárselo a Conant. A él no le importaba y eso era todo. Repartía su tiempo entre la observación y plantearles nuevos problemas a los Neoterics. Por el momento, sus investigaciones iban exclusivamente dedicadas a la defensa. La idea se le había ocurrido mientras conversaba con Conant: Era una idea fundamental; las causas que la motivaran carecían de importancia. Los Neoterics empezaron a trabajar en un campo vibratorio de naturaleza casi eléctrica. Kidder no creía que pudiera tener ninguna aplicación práctica. Se trataba de un muro invisible que podía matar a cualquier ser viviente que lo tocara.
Pero, de todos modos, la idea era sugestiva.
Estiró sus miembros al apartarse del telescopio de la habitación superior, desde donde había estado observando a sus criaturas mientras trabajaban. En su habitación de control se sentía profundamente feliz. Le fastidiaba tener que salir de allí para ir al laboratorio a comer algo. Cada vez que cruzaba los edificios, sentía como la necesidad de decirles adiós a todos, y, cuando volvía, tenía ganas de lanzarles un "¡Hola!" alegre. Él mismo se sorprendía de tales sentimientos.

Había como una burbuja negra, a unas pocas millas de la isla en dirección al Continente. Se trataba de un bote a motor. Kidder se detuvo y lo contempló con disgusto. Como un pétalo blanco, el oleaje lamía los lados de la embarcación, que iba acercándose. Gruñó recordando que hacía ya algún tiempo también llegó un yate cargado de unos locos que habían desembarcado una tarde, llenos de curiosidad, y que se habían desparramado por toda su querida isla, bombardeándole con preguntas absurdas y desequilibrando sus nervios por unos días. ¡Dios mío! cómo odiaba a aquellas gentes.
Este recuerdo desagradable engendró en su mente, de manera semiinconsciente, otros dos pensamientos, mientras cruzaba el campamento para entrar en el laboratorio. Uno era que debía haber dispuesto una valla alrededor de sus construcciones, con una corriente de energía cualquiera, y colocar anuncios para que la valla no fuese cruzada. El otro pensamiento se refería a Conant y a la vaga intranquilidad que le había causado en las últimas semanas a través del radiófono. Recordaba su sugerencia de hacía un par de días, de que en la isla podía erigirse una instalación de energía.
Era una idea horrible.
Cuando Kidder penetró en el laboratorio, Conant, que estaba sentado en un banco, se levantó. Durante largo rato se miraron sin pronunciar palabra. Hacía años que Kidder no había visto al presidente del banco. La presencia de aquel hombre le daba escalofríos.
—¡Hola! —dijo Conant cordialmente—. Tienes muy buen aspecto.
Kidder contestó con un gruñido. Conant acomodó su pesado cuerpo en el asiento y dijo:
—Voy a librarte de la molestia de hacer preguntas, Kidder. Hace un par de horas que he llegado en un pequeño bote. Un medio de transporte asqueroso. Quería darte una sorpresa: Mis dos hombres han tenido que remar durante las dos últimas millas. Estás mal equipado para defenderte. Cualquiera puede deslizarse hasta aquí, al igual que yo lo he hecho.
—¿Y quién iba a hacerlo? —gruñó Kidder.
La voz vibrante de aquel hombre le hería el cerebro. Hablaba demasiado fuerte para una habitación tan pequeña; o al menos ésta era la sensación que causaba en las orejas de ermitaño de Kidder. Se encogió de hombros y empezó a prepararse una frugal colación.
—Bien —dijo lentamente el banquero—. A mí me ha interesado hacerlo. —Y sacó una petaca de cigarros—. ¿No te importa que fume?
—Sí que me importa —dijo Kidder bruscamente. 
Conant rió con desenvoltura y guardó los cigarros.
—A mí me puede convenir insistir en que construyas en tu isla esa instalación de energía.
—¿A través del radiófono?
—¡Oh, sí! Pero ahora que estoy aquí, no puedes cortarme la comunicación. ¿Qué hay de eso?
—Mi opinión no ha variado.
—Debes hacerlo, Kidder. Debes hacerlo. Piensa en ello. Piensa en el favor que le harías a multitud de personas que están pagando facturas exorbitantes de energía.
—Odio a las multitudes. ¿Y por qué tienes que construir aquí?
—Es lógico. Se trata de un sitio ideal. En tu propia isla. Los trabajos comenzarían sin dar lugar a comentarios de ninguna clase. La instalación no se lanzaría al mercado hasta que estuviera concluida. Todo se haría en secreto y la isla podría convertirse en una fortaleza inexpugnable.
—No quiero que se me moleste.
—Nadie te molestará. Construiremos en la punta norte de la isla. A unos dos kilómetros de distancia de aquí y de tu trabajo. Y, a propósito, ¿dónde está el modelo de transmisor de energía?
Kidder, con la boca llena de comida sintética, indicó con la mano una mesita sobre la que estaba colocado el modelo. Era un intrincado mecanismo de plástico y acero, lleno de pequeñas bolas y que medía poco más de un metro.
Conant se levantó y fue a contemplarlo.
—Y funciona, ¿eh? —Suspiró profundamente y añadió—: Kidder, me repugna hacer esto; pero necesito realizar esta instalación, aunque sea a la fuerza. ¡Carson! ¡Robbins!
Dos hombretones con cuello de búfalo salieron de sendos rincones de la habitación, donde habían estado escondidos. Pausadamente y con indiferencia, uno de ellos blandía amenazador su revólver. Kidder, inexpresivamente, paseó su mirada de uno a otro.
—Estos caballeros cumplirán mis órdenes al pie de la letra, Kidder. Dentro de media hora desembarcará una partida de ingenieros y contratistas. Examinarán la punta norte de la isla para construir la instalación de energía. Estos muchachos sienten hacia ti los mismos sentimientos que yo. ¿Puedo contar o no con tu colaboración? A mí me da lo mismo matarte que dejarte vivo, para que puedas seguir con tus trabajos. Mis ingenieros pueden copiar tu modelo.
Kidder seguía en silencio. Había dejado de mascar al ver a los hombres armados y sólo entonces se acordó de engullir. Permanecía sentado, inclinado sobre su plato, sin moverse ni hablar. Conant rompió el silencio, mientras se dirigía a la puerta:


—Robbins, ¿puede usted trasladar el modelo?
El hombretón se guardó el revólver y levantó con cuidado el modelo, mientras afirmaba con la cabeza.
—Llévelo a la playa y acérquese al otro bote. Dígale al ingeniero Mister Johansen, que éste es el modelo sobre el que tiene que trabajar.
Robbins salió y Conant se volvió hacia Kidder:
—No tenemos por qué enfadarnos —dijo suntuosamente—. Eres muy obstinado; pero yo no te guardo rencor. Me hago cargo de lo que sientes. Te dejaremos solo; te doy mi palabra. Pero estoy decidido a realizar este trabajo y una cosa insignificante como tu vida no puede obstaculizarme el camino.
—¡Sal de aquí! —dijo Kidder.
Dos venas se hinchaban en sus sienes. Su voz era profunda y temblorosa.
—Está bien; buenos días, Mister Kidder. Hay que reconocer que eres un diablo inteligente.
Nadie, hasta entonces, se había referido al escolástico Mister Kidder en tales términos.
—Creo posible que intentes volarme la isla. Yo, en tu lugar, no lo haría. Estoy dispuesto a darte lo que necesitas: Independencia. En cambio, sólo te pido lo mismo. Si algo me ocurre mientras estoy aquí, la isla será bombardeada por gente a mis órdenes. Admito que puedan fallar, pero en este caso, el gobierno de los Estados Unidos tomaría cartas en el asunto. No deseas esto, ¿verdad? Es algo muy grande para un hombre solo, plantear una batalla con el gobierno de los Estados Unidos. Lo mismo ocurrirá si la instalación es saboteada, sea como fuere, cuando yo haya vuelto al continente. Tú puedes ser asesinado, puede molestársete constantemente... De todos modos, gracias por tu cooperación.
El banquero, acompañado de su taciturno guardaespaldas, salió satisfecho.
Kidder permaneció mucho rato sin moverse. Luego sacudió la cabeza y la apoyó en las palmas de las manos. Estaba muy asustado; no tanto porque su vida estuviese en peligro, sino porque su independencia y su trabajo —todo su mundo— se veían amenazados. Se sentía azorado y vencido. No era un hombre de negocios; no sabía manejar a los hombres. Toda la vida había huido de los humanos y de lo que para él representaban. Se sentía como un chiquillo asustado, cuando los demás hombres se le acercaban.
Serenándose algo, se preguntó qué ocurriría cuando la instalación de energía funcionara. Seguro que el gobierno tomaría cartas en el asunto. A no ser... a no ser que, para entonces, el gobierno fuera el mismo Conant. La instalación constituiría una fuente inimaginable de energía y no sólo de la clase de energía que hace mover las ruedas. Se levantó y volvió al mundo que era su hogar, el mundo donde sus objetivos eran comprendidos y donde estaban aquellos que podían ayudarle. Volvió al edificio de los Neoterics y se escapó de este modo del mundo de los hombres, para refugiarse en su trabajo.
La semana siguiente, con gran sorpresa del banquero, Kidder le llamó. Después de pasar dos días en la isla, donde se había realizado un buen trabajo a destajo, se había marchado aprovechando la llegada de un barco con obreros y material. Por radio se mantenía en contacto constante con Johansen, el ingeniero jefe. Éste, y toda su gente, realizaban el trabajo a ciegas. Sólo los recursos infinitos del banco habían podido descubrir un hombre como aquel y el equipo que con él trabajaba.
La primera reacción de Johansen al ver el modelo fue de éxtasis. Quería hablar a sus amigos de aquella maravilla, pero el único aparato de radio que podía utilizar estaba conectado con el despacho privado de Conant en el banco, y sus guardias particulares —uno para cada dos trabajadores— tenían las órdenes estrictas de destruir cualquier otro aparato transmisor que descubrieran. Necesitó poco tiempo para darse cuenta de que estaba prisionero en la isla. Después de su primer impulso de cólera, se calmó pensando que no era tan mala cosa ser prisionero a razón de cincuenta mil dólares por semana. Dos de sus ayudantes y un ingeniero no lo entendieron así y estuvieron protestando dos días después de su llegada. Una noche desaparecieron. Fue la misma noche en que se oyeron cinco disparos en la playa. No se hicieron más preguntas y se terminaron las rebeldías.
Conant disimuló su sorpresa por la llamada de Kidder y se mostró tan ofensivamente cordial como de costumbre:
—¡Vaya, vaya! ¿Puedo hacer algo por ti?
—Sí —dijo Kidder. Su voz era opaca y particularmente inexpresiva—. Necesito que hagas publicar un aviso para tus hombres para que no crucen la línea blanca que he trazado a quinientos metros al norte de mis edificios, atravesando en línea recta la isla.
—¿Para qué un aviso, mi querido compañero? Ya tienen la orden de no molestarte bajo ningún pretexto.
—Tú les has ordenado esto. Bien está; pero ahora avísales de lo otro. He establecido un campo eléctrico que bordea mis laboratorios que matará a cualquier ser viviente que se atreva a penetrar en él. No quiero cargar mi conciencia con ningún asesinato. Nadie morirá si no cruza mis límites. ¿Informarás a tus obreros?
—Está bien, Kidder —contestó el banquero—. Esto no hacía ninguna falta. Nadie te habría molestado, porque...
Pero se dio cuenta de que estaba hablando ante un micrófono desconectado. Sabía que era inútil volver a llamar. En cambio, llamó a Johansen y le informó de todo aquello. A Johansen no le hizo ninguna gracia; pero repitió el mensaje y lo firmó, como se le ordenaba. A Conant le gustaba aquel hombre. Por un momento lamentó que nunca hubiese de volver vivo al continente. Pero aquel Kidder empezaba a ser un verdadero problema. Mientras sus armas fueran puramente defensivas, no constituiría ninguna amenaza real. Pero habría que ocuparse de él cuando la instalación empezara a funcionar. Conant no podía darse el lujo de tener genios a su alrededor, a menos que estuviesen de su parte. El transmisor de energía y los ambiciosos planes de Conant no corrían peligro mientras Kidder estuviese abandonado a sí mismo y, por otra parte, Kidder sabía que, por lo menos temporalmente, podía esperar de Conant un trato más agradable que el que le dispensaría una horda de investigadores del gobierno.
Desde que empezaron los trabajos en el norte de la isla, Kidder sólo abandonó una vez su encierro y, para hacerlo, empleó toda su desmañada diplomacia. Conociendo la fuente de energía del transmisor y sabiendo lo que podría ocurrir si se malograba, pidió permiso a Conant para inspeccionar los trabajos cuando ya se estaban terminando. Aseguró su propia vida, negándose a dar su opinión a Conant hasta que estuviera de nuevo a salvo en su laboratorio, cerró su barrera de protección y se dirigió a la punta norte.
Tuvo una visión de espanto. El modelo de un metro estaba aumentado un centenar de veces. Dentro de una torre maciza de cien metros, el espacio estaba ocupado por el mismo laberinto de bombas y émbolos que los Neoterics habían creado tan delicadamente para su modelo. En la extremidad superior había un globo hecho de una aleación de oro pulido, que constituía la antena transmisora. De ella partirían miles de apretados haces de fuerza, de los que se podía extraer energía en cualquier proporción por otros tantos millares de receptores colocados en cualquier lugar y a cualquier distancia. Kidder se enteró de que los receptores ya habían sido construidos; pero Johansen, su informador, sabía poco de esta parte de los trabajos y estaba dispuesto a decir todavía menos. Kidder se detenía ante cada uno de los detalles de la estructura, y, cuando hubo terminado de verlo todo, dio a Johansen un apretón de manos en señal de admiración.
—Yo no quería eso —dijo tímidamente—, y sigo sin quererlo. Pero he de confesar que, para mí, es un placer contemplar esta clase de trabajo.
—Lo que es un placer es poder saludar al hombre que lo ha inventado. 
Kidder contestó, radiante:
—No lo he inventado yo. Puede que un día le enseñe quién lo hizo. Yo... bueno, ¡adiós!
Dio la vuelta antes de que pudiera hablar demasiado y salió al sendero.
—¿Disparo? —dijo una voz al lado de Johansen. Un guardia de Conant había sacado una escopeta.
Johansen dio un golpe al brazo armado del hombre:
—No —Y se rascó la cabeza—. De modo que ésta es la misteriosa amenaza del otro lado de la isla... ¡No me digan! Si es un hombrecillo la mar de simpático...

Construida sobre las ruinas de Denver, destruida durante la gran batalla de las Montañas Rocosas, cuando las guerras del Oeste, se levanta la más bonita ciudad del mundo: La capital de nuestra nación, Nueva Washington. En una habitación circular, en lo más profundo de la Casa Blanca, el presidente, tres miembros del ejército y un paisano, estaban reunidos. Debajo del escritorio del presidente, un dictáfono discreto anotaba cada una de las palabras que allí se decían. A más de tres mil kilómetros de distancia, Conant estaba pendiente de un receptor de radio, adaptado para captar las señales del diminuto transmisor que llevaba en su bolsillo el personaje civil.


Hablaba uno de los oficiales:
—Señor presidente, las afirmaciones inaceptables que se han hecho del producto de este señor, son absolutamente ciertas. Nos han demostrado hasta más allá de ninguna duda posible, cada una de las afirmaciones del folleto.
El presidente miró al señor de paisano y de nuevo al oficial:
—No puedo esperar su informe —dijo—. Dígame, ¿qué ocurrió?
Otro de los elementos del ejército, secándose con un pañuelo el sudor de la cara, empezó a decir:
—No podemos pedirle que nos crea, señor presidente. Pero ésta es la verdad. Míster Wright, aquí presente, lleva en su maleta tres o cuatro docenas de estas... pequeñas bombas.
—No se trata de bombas —dijo Wright.
—Muy bien. No son bombas. Mister Wright rompió dos de ellas sobre un yunque con un martillo. No dio ningún resultado. Puso otras dos en un horno eléctrico. Se consumieron como si fueran de estaño y cartón. Nosotros metimos una por la boca de un cañón y disparamos. Nada.
Hizo una pausa y miró al tercer oficial que había redactado el informe.
—A la vista de esto, seguimos adelante. Volamos sobre los terrenos de prueba, dejamos caer uno de estos objetos y nos elevamos hasta diez mil metros. Desde allí, con un pequeño detonador manual no más grande que un puño, Mister Wright disparó la cosa. Jamás vi nada semejante. Cuarenta acres de tierra subieron hacia nosotros, desmenuzándose mientras se acercaban. La conmoción fue terrible, debe de haberse notado desde aquí, a setecientos kilómetros de distancia.
—La oí. Los sismógrafos de las antípodas la registraron.
—El cráter que originó tenía casi medio kilómetro de profundidad en el centro. Desde luego, un aeroplano cargado con estas cosas, podría destruir cualquier ciudad. No hace falta ninguna precisión.
—Todavía no lo ha oído usted todo, señor presidente —interrumpió el tercer oficial—. El automóvil de Mister Wright está dotado de una pequeña instalación similar, que constituye su motor. Nos lo ha demostrado. No había allí ningún depósito para carburante de clase alguna ni ningún conductor. Con una instalación de energía cuyo mecanismo no ocupa más de un palmo, este coche puede arrastrar un peso muerto equivalente a un tanque del ejército.
—Otra prueba —dijo un tercero, excitado—. Puso uno de los objetos en el interior de una imitación de cámara acorazada del tesoro. Las paredes eran de más de tres metros de espesor, construidas con hormigón superreforzado. Él se puso a un centenar de metros de distancia. ¡Hizo estallar aquella cueva! No fue una explosión, fue como si una fuerza poderosa, de una expansión increíble, se hubiese metido allí y derrumbara las paredes desde dentro. Se rompieron, se partieron, se pulverizaron, y las vigas de acero y las barras de hierro, saltaron torciéndose y retorciéndose como... ¡diablos! Después de esto, insistió en ver al señor presidente. Sabemos que no es la costumbre, pero añadió que tenía algo más que decir y que sólo lo diría en presencia del señor presidente.
El presidente lo interrogó con gravedad:
—¿Y qué es ello, Mister Wright?
Wright se levantó, tomó su maleta, la abrió y sacó un pequeño cubo de unos veinte centímetros de lado, fabricado con un material encarnado que absorbía la luz. Los cuatro hombres se separaron de él, nerviosos.
—Estos señores —empezó— sólo han visto parte de lo este ingenio puede hacer. Voy a demostrarle con qué delicadeza se gobierna.
Hizo un reajuste con un pequeño botón de mando que había al lado del cubo, y lo colocó en un extremo del escritorio del presidente.
—Usted me ha preguntado más de una vez si este invento es mío o si yo represento a alguien. Lo último es lo cierto. También le interesa saber que el hombre que gobierna este cubo se halla a varios millares de kilómetros de distancia. Sólo él puede evitar que estalle, ahora que yo he hecho esto.
Y, al decirlo, sacó un detonador de la maleta y apretó un botón.
—Explotará de la misma manera que lo hizo el que tiramos desde el aeroplano, destruyendo completamente esta ciudad, y cuanto hay en ella, dentro de cuatro horas. También explotará —dio un paso atrás y sacó un pequeño enchufe de su detonador— si cualquier objeto que se mueva se acerca a una distancia de un metro, o si alguien sale de esta habitación, exceptuándome a mí mismo. Si cuando yo me haya ido soy molestado, explotará en cuanto una mano se pose sobre mí. Ninguna bala puede matarme lo bastante de prisa para evitar mi control.
Los tres hombres del ejército permanecieron en silencio. Uno de ellos se secaba nerviosamente el sudor frío que corría por su frente. Los demás no se movían. El presidente dijo suavemente:
—¿Cuál es su propuesta?
—Una muy razonable. Mi representado no da la cara, por razones evidentes. Todo lo que él exige es que esté usted de acuerdo en ejecutar sus órdenes; usted nombrará los miembros del gabinete que él escoja y usará su influencia del modo que él dicte.
»Ni el público ni el parlamento tienen por qué enterarse de estas cosas. Por mi parte, puedo añadir que si usted acepta esta proposición, esta "bomba", como ustedes la llaman, no estallará. Pero puede estar seguro de que miles de ellas están esparcidas por todo el país. Nunca sabrá usted cuándo se encuentra cerca de alguna. En cualquier momento, su desobediencia significa el aniquilamiento instantáneo para usted y para cuantos se encuentren en un perímetro de cinco o seis kilómetros cuadrados.
»Dentro de tres horas y cincuenta minutos, exactamente a las siete, la emisora de radio R.P.R.S. da un programa comercial. Usted dirá al locutor que, después de identificar su estación, añada la palabra "convenido". Esto pasará desapercibido por todo el mundo menos para mi representado. Es inútil que me hagan seguir; mi trabajo ha terminado. Jamás veré a mi representado ni me pondré en contacto con él. Esto es todo. ¡Buenas noches, señores!
Wright cerró su maleta con el chasquido característico de los viajantes de comercio, se inclinó y abandonó la habitación. Los cuatro hombres siguieron contemplando el pequeño cubo encarnado.
—¿Piensan ustedes que puede ejecutar todo lo que dice? —preguntó el presidente.
Los tres afirmaron con la cabeza y en silencio. El presidente buscó su teléfono.
Alguien escuchó en secreto cuanto se había hablado. Conant, acurrucado tras su escritorio en la cueva donde tenía su sanctasanctórum, no lo supo. A su lado estaba la masa compacta del radiófono de Kidder. Con sólo su presencia establecía la comunicación y Kidder, en su isla, bendecía el día en que había ideado este ingenio. Toda la mañana había tenido la tentación de hablar con Conant; pero no se había decidido. Su conversación con el joven ingeniero Johansen le había impresionado grandemente. El hombre era un científico tan completo, tan entregado al gozo de su trabajo, que por primera vez en la vida, Kidder había sentido el deseo de volver a ver otra vez a una persona.
Pero temía por la vida de Johansen si le llevaba a su laboratorio. El trabajo del ingeniero estaba en la isla y lo más seguro era que Conant le matara si se enteraba de su visita, temeroso de que Kidder influyera sobre él y lograra sabotear el gran transmisor. Por otra parte, si era Kidder quien iba a la instalación de energía, sería a él probablemente a quien matara.
Pasó todo el día luchando consigo mismo y, por fin, decidió llamar a Conant. Afortunadamente no dio señal alguna, sino que enchufó su receptor cuando la luz encarnada le indicó que el transmisor de Conant había entrado en funcionamiento. Por curiosidad escuchó todo lo que ocurría en la habitación del presidente, a cinco mil kilómetros de distancia. Horrorizado, se dio cuenta de lo que habían hecho los ingenieros de Conant. Metidos en pequeños depósitos, existían docenas de miles de receptores de energía. Carecían de fuerza en sí mismos; pero por medio de un mando a distancia, podían captar uno o todos los billones de caballos de fuerza que la gran instalación de la isla emitía.
Kidder permaneció ante su receptor, sin atreverse a respirar. Nada podía hacer. Si proyectaba algún sistema para destruir la emisora de energía, seguramente intervendría el gobierno y se apoderaría de la isla. ¿Qué le ocurriría, entonces, a él y a sus Neoterics?
Otro sonido se dejó oír por el receptor. Se trataba de un programa comercial. Unos pocos compases de música, una voz masculina recomendando el pago a plazos de los viajes por las líneas estratosféricas y un breve silencio. Luego:

Estación R.P.R.S., la voz de la capital de la nación, distrito de Colorado del Sur.

Los tres segundos de pausa le parecieron interminables.

La hora exacta... eh... convenido. Son las siete de la tarde, hora media de la montaña.


Notó, en aquel instante, como una risita ahogada, malévola. A Kidder le costó trabajo creer que se trataba de Conant. Sonó un teléfono y, en el auricular, la voz de Conant:
—¿Bill? Todo listo. Salga con sus fuerzas y bombardee la isla. Preserve la instalación; pero aniquile todo lo demás. Hágalo rápido y salga de allí corriendo.
Casi histérico por el miedo, Kidder salió de la habitación dando un portazo y atravesó todos los edificios. Había quinientos hombres inocentes trabajando en barracones a menos de un kilómetro de la instalación. Ahora Conant ya no los necesitaba y tampoco necesitaba a Kidder. La única salvación consistía en trasladarse a la propia instalación; pero Kidder no permitiría que se destruyera a sus Neoterics. Saltó escalera arriba dirigiéndose al teletipo más próximo. Rugió:
—¡Denme algo con que defenderme! Necesito un escudo impenetrable. ¡Urgente!
Las palabras surgieron de sus dedos en forma de escritura funcional para sus Neoterics. Kidder no pensaba en lo que estaba escribiendo. En realidad, no se daba cuenta de lo que pedía. Pero había hecho cuanto podía hacer. Entonces tenía que dejarlos, llegarse hasta los barracones, prevenir a aquellos hombres. Subió la cuesta que conducía a la instalación, y saltó por encima de la raya blanca que él mismo había trazado para señalar la indicación de muerte para quienes se atrevieran a cruzarla.
Una escuadrilla de nueve aviones, desprovistos de alas y llamados mosquitos, se elevaron de una caleta del continente. No hacían ningún ruido de motores, puesto que no los llevaban. Cada aparato estaba alimentado con la energía que le proporcionaba un pequeño receptor y arrastraba sus alas minúsculas y sin matrícula, que absorbían la luz, a través del aire, impulsados por la fuerza que procedía de la isla. En muy pocos minutos llegaron a ella. El jefe de la escuadrilla hablaba rápidamente a través del micrófono:
—Ataquen primero los barracones. Hay que hacer una limpieza total. Luego, hacia el sur.
Johansen se encontraba solo en una pequeña colina del centro de la isla. Llevaba consigo la máquina fotográfica y, aun cuando sabía que no tenía ninguna probabilidad de salir sano y salvo de la isla, tomó fotografías de su torre desde distintos ángulos y las impresionó en gran cantidad. La primera noticia que tuvo de los aeroplanos fue al oír el zumbido que producían al atacar en picado por encima de los barracones. Se quedó clavado. Vio caer un rosario de pequeñas bombas, que convirtieron los barracones en ruinas, un amasijo de maderas rotas, de metales y cuerpos triturados. La visión de la cara contraída de Kidder pasó por su mente.
—¡Pobre muñeco! Si se les ocurre bombardear la punta de la isla...
¿Pero y su torre? ¿Irían a bombardear su instalación?
Esperó, terriblemente asustado, mientras los aviones se dirigían hacia el mar para dar la vuelta y volver. Parecía que iban a dirigirse hacia el sur. Cuando atacaron por tercera vez, lo vio claro. Aunque ignoraba si podía hacer algo se dirigió hacia donde estaba Kidder. Dio la vuelta a la cerca y tropezó con el pequeño bioquímico. La cara de Kidder estaba amoratada de cansancio y era la cosa de aspecto más aterrado que Johansen jamás había contemplado.
Agitaba una mano señalando hacia el norte.
—¡Es Conant! —vociferaba con grandes rugidos—. ¡Es Conant! Nos va a asesinar a todos.
—¿Las instalaciones? —preguntó Johansen palideciendo.
—Están seguras. Eso no lo tocará. Pero... mi puesto... ¿Qué ocurrirá con aquellos hombres?
—Es demasiado tarde —chilló Johansen.
—Tal vez yo pueda. ¡Venga! —gritó Kidder lanzándose hacia abajo en dirección al sur.
Johansen corría tras de él. Las pequeñas y cortas piernas de Kidder casi no se distinguían de lo de prisa que corría, cuando vio a los aeroplanos volar sobre sus cabezas, dejando caer las bombas sobre el lugar donde antes estuvieran ellos.
Al salir corriendo del bosque, Johansen, tomando impulso, alcanzó al científico y le golpeó para echarle al suelo, escasamente a tres metros de la línea blanca.
—Por... por...
—¡No adelante más, loco! Mire su propio y endiablado campo de fuerza. ¡Va usted a matarse!
—¿Campo de fuerza? ¡Si lo crucé cuando subía! Aquí. Espere. A ver si puedo...
Kidder empezó a buscar furiosamente en la hierba. A los pocos momentos volvió a donde se encontraban, llevando un gran saltamontes. Lo echó por encima de la raya. Permaneció quieto en el suelo.
—¿Lo ve? —dijo Johansen—. Ya está...
—¡Mire! ¡Ha saltado! ¡Vamos! No sé qué es lo que no funciona; puede que los Neoterics lo hayan interceptado. Son ellos quienes inventaron este campo. No yo.
—¿Neo... qué?
—¡Déjelo! —interrumpió el bioquímico. Y echó a correr.
Exhalando el aliento entrecortado por la fatiga, se dirigieron hacia dentro, hacia la habitación de control de los Neoterics. Kidder aplicó sus ojos al telescopio y exclamó loco de júbilo:
—¡Lo han conseguido! ¡Lo han conseguido!
—¿Quiénes?
—Mi pequeño pueblo. ¡Los Neoterics! Han inventado una protección impenetrable. ¿No lo está usted viendo? Corta la línea de energía que hace funcionar el campo de allí fuera. Su generador todavía cerca el campo, pero las vibraciones ya no pueden salir. ¡Están salvados! ¡Están salvados!
Aquel ermitaño empezó a llorar, enfebrecido. Johansen le miraba con verdadera lástima, mientras agitaba la cabeza:
—Seguro que sus hombrecillos están muy bien. Pero nosotros no lo estamos.
Y mientras pronunciaba estas palabras, el suelo tembló por la explosión de una bomba.
Johansen cerró los ojos, se sobrepuso, y logró que la curiosidad venciera a su miedo. Se dirigió hacia el telescopio binocular y miró hacia abajo. No había más que una hoja curva de metal gris. Nunca había visto un gris semejante. Era absolutamente neutro. No parecía ni suave ni duro y, al mirarlo, el cerebro se desvanecía. Alzó la mirada.
Kidder estaba manipulando con los mandos del teletipo, esperando ansiosamente la llegada de la cinta amarillenta.
—No puedo establecer contacto con ellos. No sé lo que ocurre. ¡Ah! ¡Claro!
—¿Qué?
—El protector es absolutamente impenetrable. Las emisiones del teletipo no pueden cruzarlo. No puedo comunicarme con ellos. Si pudieran haría que extendieran la pantalla sobre mis edificios, sobre toda la isla. ¡No existe nada que mi gente no pueda hacer!
—Está loco —murmuró Johansen—. ¡Pobre hombrecillo!
El teletipo empezó a sonar agudo. Kidder se inclinó hacia él; prácticamente lo tenía abrazado. A medida que salía la cinta, iba leyéndola. Johansen vio los caracteres; pero no pudo comprenderlos.
—Omnipotente —leía Kidder de manera entrecortada—, te suplicamos que tengas piedad de nosotros y que tengas paciencia hasta que terminemos de hablar. Sin tú ordenarlo hemos quitado la pantalla que nos han ordenado. ¡Oh, Gran Ser! Nuestra pantalla es verdaderamente impenetrable y por esto se han cortado tus palabras en la máquina parlante. Ningún Neoteric recuerda haber estado nunca sin tu palabra. Perdona nuestras acciones. Esperamos con angustia tu respuesta.
Los dedos de Kidder bailotearon por encima de su clave.
—Mire ahora —musitó—. Vamos al telescopio.
Johansen, procurando olvidar la amenaza de muerte que se cernía sobre sus cabezas, intentó mirar.
Vio algo parecido a la tierra, campos fantásticos de cultivo, una especie de colina, fábricas y unos seres. Todo se agitaba con una rapidez increíble. No podía distinguir a los habitantes; únicamente algo así como rayas, como flechas rojas y blancas. Fascinado, lo contempló todo durante un largo minuto. Un ruido tras de sí le hizo dar la vuelta. Era Kidder que se frotaba las manos con viveza.
—Ellos lo han hecho —decía feliz—. ¿Lo está usted viendo?
Johansen no vio nada hasta que empezó a notar que un silencio de muerte venía del exterior. Miró por la ventana. Afuera era de noche. Era una noche negra, profunda, cuando, por la hora, sólo debería empezar a oscurecer.
—¿Qué ha ocurrido?
—Los Neoterics —dijo Kidder, riendo como un chiquillo—. Mis amigos de ahí abajo. Han levantado la coraza impenetrable sobre toda la isla. Ahora no podemos ser atacados.
Y ante las preguntas de Johansen, que se agolpaban, empezó a describirle las características raciales de aquellos seres de allá abajo.


Fuera de aquel cascarón estaban ocurriendo cosas. Súbitamente nueve aviones habían sido derribados. Nueve pilotos resbalaban lentos en su caída, sin fuerza. Algunos fueron a parar al agua y otros chocaron en la milagrosa cúpula gris que asomaba por encima de la isla. Resbalaban por ella y se hundían.
En tierra, un hombre llamado Wright, sentado en un coche, medio muerto de miedo, ante los hombres del gobierno que le rodeaban, se acercaba con precaución a una fuente de muerte que ya estaba agotada.
En una habitación dispuesta en los sótanos de la Casa Blanca, un jefe de alta graduación del ejército chillaba:
—¡No puedo permanecer así ni un minuto más! ¡No puedo!
Y, pegando un salto, arrebató un cubo rojo de encima del escritorio del presidente y lo tiró al suelo, pisoteándolo con sus zapatos relucientes.
A los pocos días, sacaron a un viejo arruinado de su banco y lo llevaron a un manicomio, donde murió al cabo de una semana.
La coraza había resultado verdaderamente impenetrable. La instalación de energía no se tocó y siguió emitiendo sus haces; pero los haces tampoco podían salir y todo lo que significaba energía en la instalación quedó sin funcionar.
Nunca se hizo pública esta historia; aunque, durante algunos años, hubo una intensa actividad naval en la costa de Nueva Inglaterra. Según cuentan las crónicas, la armada disponía ahora de un nuevo campo de tiro por allá. Una gran extensión semiovoide de material gris. Le dispararon bombas y granadas, rayos X y cargas de barreno a su alrededor. Pero jamás lograron producirle ni la más mínima abolladura.
Kidder y Johansen no quitaron nunca la coraza. Con sus Neoterics y sus descubrimientos, eran sobradamente felices. No percibían ni oían el bombardeo, porque la coraza era verdaderamente impenetrable. Sintetizaban sus alimentos, su luz y su aire con los elementos que tenían a mano y no se preocupaban. Eran los únicos supervivientes del bombardeo, aparte de tres pobres diablos mutilados que no tardaron en perecer.
Todo esto ocurrió hace muchos años, y Kidder y Johansen puede ser que sigan viviendo todavía o que hayan muerto. Pero esto importa poco. Lo único importante es que vale la pena vigilar la gran coraza gris. Los hombres mueren; pero las razas sobreviven. Algún día los Neoterics, después de innumerables generaciones y de inconcebibles adelantos, derribarán la coraza y aparecerán.
Cuando pienso en esto, me siento asustado.

FIN

2025/12/29

Ángulos (Orson Scott Card)


Título original: Angles
Año: 2002


3000
Hakira disfrutó sobrevolando las calles de Manhattan. Los armazones oxidados de los viejos edificios parecían esqueletos de antiguos leviatanes embarrancados en la playa, pero él oía las voces, los cláxones, la maquinaria en movimiento de las calles atestadas, y olía los humos, los tubos de escape y el aceite recalentado aunque lo único que viera a sus pies fueran las copas de los árboles crecidos en aquellas calles ya desaparecidas. En un mundo tan despoblado como aquél, no había razón para desmantelar las ruinas ni podar los árboles, ¡que se convirtieran en monumentos para el disfrute de los visitantes ocasionales!
Muchos lugares del mundo seguían superpoblados. La mayoría de la gente disfrutaba de la compañía humana o como mínimo la necesitaba, como había ocurrido siempre; incluso los reclusos preferían tener a alguien cerca de vez en cuando. Los satélites y las redes de comunicación terrestre seguían uniendo el mundo; los puertos se dedicaban a los viajes y el comercio ligero, como el de fruta fuera de estación y verdura destinada a consumidores que preferían no desplazarse hasta su país de origen. Pero, cuando el año 3000 estaba a punto de finalizar, existían lugares como aquél, en los que parecía que el planeta Tierra estuviera casi despoblado, como si la humanidad se hubiera trasladado a otro lugar.
Lo cierto es que probablemente había más seres humanos vivos de lo que nadie hubiera creído posible. Ningún ser humano había abandonado el Sistema Solar, y apenas un puñado vivía en otro lugar que no fuera la Tierra. Una de las Tierras en realidad; uno de los ángulos de la Tierra. En los últimos quinientos años, millones de personas habían cruzado a través de curvadores para colonizar otras versiones de la Tierra en las que la humanidad nunca hubiera evolucionado. Ahora, un mundo con sólo mil millones de habitantes parecía repleto.
De los billones de personas cuya existencia se conocía, la que Hakira se disponía a visitar vivía en una casa de doscientos años de antigüedad situada en la costa sureste de la isla, donde en los viejos tiempos se situaba la artillería para controlar el puerto; cuando el Atlántico llegaba más tierra adentro, cuando los invasores llegaban en barco.
Hakira hizo aterrizar su transporte en el prado, allí donde le indicaba la señal de localización. Apagó el motor y salió al vigorizante aire de una mañana veraniega, a pocos kilómetros del glaciar más cercano. Lo esperaban, así que las alarmas de seguridad no se dispararon y las luces iluminaron un sendero que se internaba en el oscuro bosque.
Como su anfitrión era un poco ostentoso, no tardaron en flanquearlo un par de tigres dientes de sable. Podían ser una simulación creada por ordenador pero, conociendo la reputación de Moshe, probablemente se trataba de reproducciones genéticas muy caras, condicionadas sin duda para que su comportamiento agresivo aflorara únicamente bajo una orden directa. Y Moshe no tenía razones para azuzarlos contra Hakira. Al fin y al cabo, eran almas gemelas.
El sendero desembocaba en un prado, y dio varios pasos antes de darse cuenta de que aquel prado era el tejado de una casa, porque, aquí y allá, entre la hierba y las flores, sobresalían claraboyas inclinadas. El sendero describía una curva y se convertía en una rampa que dominaba el Hudson a lo largo de la fachada lateral de la casa. Al final llegó a una puerta.
Y la puerta se abrió.
Un radiante Moshe apareció vestido con un kimono.
—¡Pase, Hakira, pase! ¡Se ha tomado su tiempo!
—Acordamos el día, no la hora.
—No importa la hora, siempre es buen momento. Me refería a que, según mi sistema de seguridad, ha hecho la gira completa.
—Manhattan. Un lugar muy triste, como un sueño irrecuperable.
—Tiene alma de poeta.
—Nunca me habían acusado de eso.
—Porque es usted japonés —puntualizó Moshe.
Se sentaron frente a una chimenea cuyo fuego parecía real. No humeaba pero calentaba, así que Hakira se sofocó un poco cuando se inclinó hacia él.
—Hay poetas japoneses.
—Lo sé. ¿Pero en qué piensa todo el mundo cuando oye hablar de los japoneses errantes?
Hakira sonrió.
—Pero usted tiene dinero.
—No vale nada al cambio —replicó Moshe—. Y lo que tampoco tengo, como no tienen ustedes, es un hogar.
Hakira miró a su alrededor, contemplando el lujoso salón.
—Supongo que, técnicamente, esto es una cueva.
—Una patria. Durante nueve siglos y medio, su pueblo ha podido ir a cualquier parte del mundo excepto a una, un archipiélago de islas que antes se llamaban Honshu, Hokkaido, Kyushu...
Hakira, repentinamente abrumado por la emoción, alzó la mano para detener la cruel enumeración.
—Sé que su pueblo también fue expulsado de su tierra natal.
—Repetidamente —reconoció Moshe.
—Espero que me perdone, pero me resulta imposible imaginar que nadie añore un desierto junto a un mar muerto tanto como se pueden añorar unas islas exuberantes estranguladas durante casi mil años por el dragón chino.
—Seco o húmedo, llano o montañoso, el hogar al que se nos prohíbe volver siempre es hermoso en nuestros sueños.
—¿Quién tiene ahora alma de poeta?
—Su organización fracasará, lo sabe.
—No sé nada de eso, señor.
—Fracasará. Porque China nunca cederá. Si lo hiciera, estaría admitiendo una equivocación... y nunca la admitirá. Para ellos, ustedes son unos intrusos. El Consejo de Paz puede emitir tantas resoluciones como quiera, que los chinos seguirán impidiendo que los japoneses visiten sus islas. Y utilizarán como excusa el argumento, perfectamente válido por otra parte, de que, si tanto desean ver Japón, sólo tienen que irse a un ángulo diferente. Seguro que habrá muchos donde sus turistas y sus dólares sean bienvenidos.
—No —dijo Hakira—. Esos otros ángulos no son este mundo.
—Pero lo son.
—Pero no lo son.
—Bueno, ése es nuestro dilema. Hagamos o no hagamos negocios, todo gira en torno a ese asunto. ¿Qué quieren de ese archipiélago concretamente? ¿La tierra? Ya pueden visitarlo y se nos ha dicho que, a causa de una incoherencia inanimada, es verdaderamente la misma tierra, no importa en qué ángulo la habiten. ¿O su deseo no es simplemente ir allí, sino ir allí porque de esa forma desafían a los chinos? ¿Los mueve el odio?
—No, rechazo ambas interpretaciones —negó Hakira—. No me importan los chinos. Y ahora que ha planteado el problema en esos términos, me doy cuenta de que no lo tengo muy claro. Porque cuando hablo de la preciosa tierra del sol naciente, lo que de hecho añoro es una nación japonesa asentada en esas islas, sin que ninguna otra la moleste, autogobernándose como hemos hecho desde los comienzos de nuestra existencia como pueblo.
—Ah, veo que a lo mejor sí que podremos hacer negocios. Porque puedo garantizarle lo que su corazón anhela.


—El mío y el de todo el pueblo kotoshi.
—Ah, los eternamente optimistas kotoshi. Significa "este año", ¿no? Como cuando nosotros decimos "este año regresaremos".
—Como cuando su pueblo dice "el año próximo en Jerusalén".
—Un Japón en el que los japoneses lleven gobernando los últimos mil años, un mundo en el que no sean unos legendarios creadores de juguetes desarraigados sino una nación más entre todas las naciones, y una de las más grandes. ¿Ésa es la patria a la que quiere regresar?
—Sí —admitió Hakira.
—Pero ese Japón no existe en nuestro mundo, ni siquiera ahora que los chinos ya no necesitan ni la mitad del territorio de su original China Han. Así que no quiere el Japón de este mundo, ¿verdad? El Japón que quiere es una fantasía, un sueño.
—Una esperanza.
—Un deseo.
—Un plan.
—¿Se le ha ocurrido que ese Japón puede no existir en ninguno de los ángulos del mundo?
—Esto no es como lo de la enorme biblioteca del cuento, en la que se dice que, de entre todos los libros que contienen todas las combinaciones de todas las letras, hay uno que narra la verdadera historia del mundo. Existen muchos ángulos, sí, pero nuestra habilidad para diferenciarlos no es infinita. En muchos de ellos la vida ni siquiera ha evolucionado y el aire es irrespirable. Es un experimento que no hay que tomarse a la ligera.
—Oh, por supuesto. El problema es encontrar un mundo lo más parecido al nuestro donde ya exista una nación llamada Japón (o Nipón, supongo) en la que se hable japonés... Usted habla japonés, ¿verdad?
—Mis padres no me hablaron en otro idioma hasta que a los cinco años tuve que ir al colegio.
—Sí, bien, encontrar un mundo así será un milagro.
—Y buscarlo sería de locos.
—Pero lo han buscado.
Hakira esperó, pero Moshe no dijo nada.
—¿Y lo han encontrado?
—¿Qué valdría para ustedes si lo hubieran hecho?

2024 — Ángulo Θ
—Eres un científico —dijo Leonard—. Esto no está a tu altura.
—Tengo vídeos —dijo Bêto—. Con un reloj mecánico incorporado para que se vea el paso del tiempo. La silla se mueve.
—No puedes hacer nada que alguien no haya fingido ya en algún lugar y en algún momento sin éxito.
—¿Por qué iba a fingirlo? Cuando publique esto mi carrera habrá terminado.
—Justo lo que te estaba diciendo, Bêto. Eres ante todo geólogo, y los geólogos no estudian los poltergeist.
—Quédate conmigo, Leonard. Míralo.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. A veces es instantáneo y otras tarda días.
—No puedo perder días.
—Juguemos a cartas como solíamos hacer en la facultad. Pero antes fíjate en la silla. No está pegada al suelo, ni le he atado una cuerda o un hilo. Es una silla normal en todos los sentidos.
—Pareces un mago en plena actuación.
—Pero la silla es normal.
—Eso parece.
—¿Parece? Está bien, no te fíes si no quieres. Muévela. Ponla donde quieras.
—Muy bien. ¿Puedo ponerla boca abajo?
—Dará igual.
—¿Encima de la puerta?
—No me importa.
—Y mientras, ¿jugaremos a cartas?
—Reparte.

2090
Es el problema de la memoria. Hemos trazado todo el mapa del cerebro, podemos rastrear la actividad de cada neurona y de cada sinapsis, hemos analizado la composición química de las células, podemos encontrar sin ninguna clase de cirugía qué punto del cerebro controla cada músculo o dónde se originan las percepciones. Incluso podemos estimular el cerebro para que rastree los recuerdos. Pero eso es todo. No sabemos cómo se almacena la memoria ni dónde.
Sé que en sus libros de texto de secundaria, y quizás en sus primeras clases en la universidad, leyeron que el de la memoria fue el primer problema que resolvimos, pero es una confusión. Descubrimos que, una vez localizado un recuerdo concreto, si se destruía esa porción de cerebro (y eso era lo que sucedía en otros tiempos porque se usaba un equipo tosco que mataba miles de células a la vez, lo que era un despilfarro increíble y potencialmente demoledor para el sujeto), si ese punto concreto era destruido el recuerdo no se perdía, sino que reaparecía en alguna otra parte.
Así que, durante muchos años, creímos que los recuerdos estaban almacenados holográficamente; es decir, en pequeños fragmentos repartidos por muchos lugares distintos, de modo que la pérdida de un pequeño detalle aquí o allí no causaba la pérdida de toda la secuencia. No obstante, esto resultó ser una quimera, porque, cuando nuestras investigaciones se fueron haciendo más y más precisas, descubrimos que el cerebro tiene un límite y que un sistema de almacenamiento de recuerdos como ése ocuparía el cerebro entero de un niño antes de que éste cumpliera tres años. Porque, ¿saben?, no perdemos ningún recuerdo. Algunos nos cuesta recuperarlos, y la gente suele olvidar cosas, pero no por un problema de almacenamiento sino de recuperación.
Porciones de nuestra red neuronal se estropean o se colapsan, así que el rastro se pierde, o la ruta es tan extensa que no conseguimos enlazar el recuerdo A con el recuerdo B sin pasar por otros tan poderosos que nos distraen del intento de recuperación. Pero, con tiempo (o estimulando la ruta del recuerdo emparentado) todos los recuerdos pueden ser recuperados. Todos. Cada instante de nuestra vida.
No podemos recuperar más de lo que nuestra percepción y nuestros sentidos hayan captado, pero eso no cambia el hecho de que, efectivamente, podemos recuperar todos y cada uno de los momentos de nuestra infancia o todos y cada uno de los momentos de esta clase. Podemos recuperar cualquier pensamiento consciente... aunque no el flujo inconsciente subyacente. Todo está almacenado en alguna parte. El cerebro sólo es el mecanismo de recuperación.
Eso ha llevado a algunos observadores a concluir que de hecho existe una mente, quizás incluso un alma, una parte no física del ser humano más allá de lo mensurable. De ser así, se encuentra más allá del alcance de la ciencia. No obstante soy un científico y, con mis colegas (algunos de los cuales una vez se sentaron en las mismas sillas que ahora ocupan ustedes), he trabajado mucho y muy duro para encontrar una explicación física. Algunos han criticado esos esfuerzos, porque indican que mi fe en la inexistencia de lo inmaterial es tan ciega que me niego incluso a creer en la prueba material de la inmaterialidad. No se rían, es una objeción válida. Pero mi respuesta es que no podemos demostrar el carácter insustancial de la mente por el mero hecho de que somos incapaces de detectar la materia de la que está hecha.


Me alegra decirles que nos han comunicado que la revista Mente (no aspirábamos a otra revista que no fuera la mejor sobre el tema) ha aceptado el artículo en el que detallamos nuestros descubrimientos. No tenemos una respuesta, pero removeremos un poco el campo de investigación y plantearemos al menos la posibilidad de una respuesta material al problema de la memoria. Porque hemos descubierto que, cuando se accede a las neuronas en busca de un recuerdo, en dichas neuronas se producen diversos tipos de actividad. Ha costado mucho descifrar la bioquímica, desde luego, pero otros investigadores ya han estudiado todas las reacciones químicas que se producen en las células, y en ese aspecto nosotros no hemos descubierto nada nuevo. En el de la electroquímica tampoco, porque se ocupa simplemente de cómo las órdenes más básicas se transmiten de neurona en neurona. Un poco como estudiar la diferencia entre pintar con un aerosol o con un pincel con un solo pelo.
Nuestra investigación comenzó en el ámbito inframolecular, por supuesto, intentando descubrir si las células cerebrales eran de algún modo capaces de cambios atómicos, de cambios en la disposición de protones y neutrones o en la información codificada en el comportamiento de los electrones. Pero también resultó ser un callejón sin salida.
La invención del muonoscopio lo ha cambiado todo, sin embargo. Porque al fin disponemos de un medio inocuo de explorar el estado exacto de los muones en porciones infinitesimales de tiempo, y hemos sido capaces de descubrir asombrosas correlaciones entre la memoria y los apenas detectables estados de inclinación y giro del muón. El giro, como ya saben, es constante; el giro de un muón no puede cambiar durante su existencia. La inclinación también parece ser una constante, y en los materiales previamente examinados por los físicos, ése fue el caso.
No obstante, en nuestros estudios sobre la actividad cerebral durante una recuperación forzada de recuerdos, hemos encontrado una pauta consistente de inclinación alterada en el núcleo de los átomos de ciertas células cerebrales. Como la cabeza debe estar inmóvil para que el muonoscopio funcione, sólo podemos trabajar con pacientes terminales que aceptan voluntariamente participar en el estudio y que prefieren estar en un laboratorio que con su familia, pasando los últimos instantes de su vida con el cráneo abierto y el cerebro parcialmente desmontado. El procedimiento es indoloro pero contemplarlo resulta perturbador, así que debo agradecer el valor y el sacrificio de nuestros sujetos, cuyos nombres aparecen en nuestro artículo como coautores del estudio. Creo que con dicho estudio hemos llegado tan lejos como puede llegar la biología dada la capacidad del equipo actual. El paso siguiente queda en manos de los físicos.
¡Ah, sí! Nuestros descubrimientos. ¿Ven? Me he desviado al recordar a nuestros valientes colaboradores, lo que me ha llevado a recordar quiénes son y el precio que han pagado... y me estoy distrayendo otra vez. Lo que hemos descubierto es que, durante el proceso de recuperación de los recuerdos, cuando la neurona es estimulada y entra en un estado estándar de recuperación de recuerdos, existe un instante, un instante tan breve que hasta hace quince años no teníamos ordenadores capaces de detectarlo y cuantificarlo, en que todos los muones de todos los protones de todos los átomos de todas las moléculas de ARN específicas de la memoria del núcleo de una neurona (¡no de otras!), cambia de inclinación.
Más concretamente, según el muonoscopio, dejan de existir ese breve instante para reaparecer con un nuevo patrón de inclinaciones (sí, inclinaciones variables, algo imposible como he dicho antes) que existe durante quizá mil veces más tiempo que lo que dura la previa indetectabilidad temporal, aunque sigue siendo un período de tiempo inferior a la millonésima parte de un picosegundo. Y, durante la brevísima existencia de ese estado anómalo de inclinación, al que llamamos "ángulo", la neurona experimenta un espasmo de actividad capaz de provocar que el cerebro entero logre lo que hemos considerado, a todos los efectos, como la recuperación de un recuerdo.
Resumiendo, parece que cuando esos muones cambian su ángulo de inclinación, quedan codificados en ese ángulo: Una instantánea del estado cerebral que hará que el sujeto recuerde. Los muones vuelven a ser detectables cuando termina el proceso de vuelta a su inclinación original, pero en el breve instante anterior a que finalice ese proceso, el patrón de memoria es transmitido por vía bioquímica y con cambios electroquímicos al cerebro como un todo.
Hay quien se sentirá molesto por este descubrimiento, ya que parece convertir la mente o el alma en un fenómeno meramente físico, pero no es así. De hecho, si algo apoya nuestro descubrimiento es la absoluta majestuosidad de la vida. Por lo que sabemos, la inclinación de los muones dentro de los átomos sólo puede cambiar en el cerebro de organismos vivos. El cerebro abre pequeñas puertas a otros universos, a los recuerdos almacenados en ellos, y los recupera a voluntad.
Sí, he dicho otros universos. Lo primero que nos mostró el muonoscopio fue la absoluta vacuidad de los muones. Incluso hay teóricos que no los consideran partículas sino atributos de regiones del espacio y creen que en teoría no hay razón para que un mismo punto del espacio no pueda ser ocupado por un número infinito de muones, siempre y cuando tengan una inclinación y, quizás, un giro diferente. Por razones teóricas, y reconozco que no domino las matemáticas necesarias para comprenderlo, me cuentan que, mientras que muones con el mismo giro pero distinta inclinación podrían influenciarse mutuamente, muones de distinto giro con la misma inclinación nunca tendrían una relación causal. También que puede haber una serie infinita de series infinitas de universos cuyos muones no coincidan con los de nuestro universo y que sean permanentemente indetectables e incapaces de influir en nuestro universo.
Pero si la teoría es correcta (y creo que nuestras investigaciones demuestran que lo es), es posible pasar información de una inclinación de este universo físico a otro. Y como, según la misma teoría, toda la realidad material es, de hecho, simplemente información, es incluso posible que podamos ser capaces de pasar objetos de un universo a otro. Pero eso, de momento, pertenece al reino de la fantasía, y ya he dedicado tanto tiempo como me atrevo a este feliz anuncio. Al fin y al cabo son estudiantes, y mi trabajo es transmitir información de mi cerebro al suyo, para lo cual, me temo, hace falta más que la millonésima parte de un picosegundo.


2024 — Ángulo Θ
—No puedo seguir aquí, no puedo. No me quedaré ni un día más, ni una hora.
—Pero... no nos ha hecho ningún daño y no podemos permitirnos mudarnos.
—La silla está en lo alto de la puerta. Podría caerse y hacerle daño a uno de los niños. ¿Por qué nos hace esto? ¿Qué hemos hecho para ofenderlo?
—No hemos hecho nada. Es malvado, está disfrutando.
—¡No, no le enfurezcas!
—¡No puedo más! ¡Para! ¡Vete! ¡Déjanos en paz!
—¿De qué sirve que rompas la silla y destroces la habitación?
—De nada. Nada sirve de nada. Venga, coge a los niños y sácalos al jardín. Llamaré un taxi. Iremos a casa de tu hermana.
—Allí no cabemos.
—Por hoy nos harán un hueco. No pienso pasar otra noche en este lugar infernal.

3000
Hakira estudió el contrato y lo encontró bastante sencillo: Pasaje para todos los kotoshi, siempre que se reunieran y llegaran hasta allí por sus propios medios; regreso gratis diez días después de la llegada, sólo el décimo día y todos a la vez. A los que decidieran volver no les devolverían el dinero. Todo aquello parecía bastante justo, sobre todo porque el precio no era exorbitante.
—Por supuesto este contrato no es vinculante —dijo Hakira—. El viaje es ilegal. ¿Cómo podríamos obligarles a cumplirlo?
—No, en el mundo al que van no lo es —aclaró Moshe—. Y ahí podrían denunciarnos.
—Suponiendo que en ese mundo encontrásemos un abogado que quisiera representar nuestros intereses.
—Para mí no tiene sentido tener clientes insatisfechos.
—¿Cómo sabemos que no nos abandonarán allí? —preguntó Hakira—. Podría ser un mundo con una atmósfera irrespirable. Un montón de ángulos siguen siendo casi todo hidrocarburos, sin nada de oxígeno.
—Ah, ¿no se lo he dicho? Yo iré con ustedes. De hecho, tengo que ir... Soy el único que puede hacer que viajen.
—¿Usted? ¿No nos van a meter en un curvador y...?
—¡Un curvador! —Moshe estalló en carcajadas—. ¿Una de esas máquinas primitivas? No me extraña que nunca hayan encontrado mundos prácticamente iguales que éste. Los curvadores no pueden hacer las sutiles distinciones que hacemos nosotros. No, yo los llevaré. Iremos juntos.
—¿Cómo? ¿Nos cogeremos de las manos y...? Seamos serios. ¿Por qué me hace perder el tiempo con un montaje así?
—Si no es más que un montaje, nos cogeremos de las manos, no pasará nada y le devolveré su dinero, ¿de acuerdo? —Moshe le enseñó las manos abiertas—. ¿Qué tienen que perder?
—Me parece un timo.
—Entonces, adiós. Usted acudió a mí, ¿recuerda?
—Porque se llevó a ese grupo de sionistas.
—Exacto. Los llevé y volví, y ellos no... porque quedaron completamente satisfechos. Ahora viven en un mundo donde Israel nunca fue conquistado por los estados árabes vecinos y los judíos tienen su propio estado de habla hebrea. El mismo mundo, me gustaría añadir, en el que Japón sigue poblado por japoneses con un gobierno propio.
—¿Dónde está la trampa?
—No hay trampa. Lo que ocurre es que nosotros utilizamos un mecanismo diferente que no ha sido aprobado por el Gobierno; por eso tenemos que hacerlo bajo mano.
—¿Y por qué ese otro mundo lo permite? —insistió Hakira—. ¿Por qué deja que lleven gente allí?
—Esto es un rescate —le explicó Moshe—. Ellos los aceptarán como refugiados de una realidad insostenible. Les darán un hogar. Es una cuestión política. En esa realidad, el Gobierno de Israel sostiene que los judíos tienen derecho a regresar a su tierra prometida... incluso los judíos de un ángulo distinto. Y el Gobierno japonés ha decidido concederles a ustedes el mismo privilegio.
—Cuesta creer que alguien haya encontrado un mundo habitado en el que hay ciudadanos japoneses.
—Bueno, ¿no es obvio? Nadie lo ha encontrado.
—¿Qué quiere decir?
—Que fue ese mundo el que nos encontró a nosotros.
Hakira lo meditó un momento.
—Por eso ellos no utilizan curvadores, porque tienen su propia tecnología para cambiar la inclinación de los ángulos.
—Exacto. Pero eso de llamarlos "ellos"...
Entonces Hakira lo comprendió todo.
—No son ellos. Son ustedes. Usted no es de este mundo. Usted es uno de ellos.
—Cuando descubrimos su patético mundo, fui enviado para llevar a los judíos de vuelta a nuestro Israel. Y cuando comprendimos que los japoneses habían sufrido una pérdida similar, decidimos ampliar la oferta. Hakira, lleve a su gente a casa.

2024 — Ángulo Θ
—Les he dicho que no quería verte.
—Lo sé.
—Estaba sentado jugando tranquilamente a las cartas y, de repente, se me cayó encima. ¡Casi me mata!
—No había pasado nunca. La silla normalmente se desplaza. Algunas veces flota.
—¡Se rompió en pedazos! Me provocó una conmoción y tuvieron que darme diez puntos. ¡Tendré esta cicatriz el resto de mi vida!
—Pero no fui yo quien te lo hizo, no sabía que pasaría algo así, ¿cómo iba a saberlo? No tenía alambres para moverla, lo sabes, lo viste.
—Sí, lo vi. Pero no fue un fantasma.
—Nunca dije que lo fuera. No creo en fantasmas.
—Entonces, ¿qué fue?
—No lo sé. Todo lo que se me ocurre resulta fantasioso. Pero hubo un tiempo en que los teléfonos, los satélites de comunicaciones, las películas y los submarinos también parecieron fantasías a quienes los imaginaron. Ha habido historias de fantasmas, apariciones y fenómenos poltergeist desde... bueno, supongo que desde el principio de los tiempos. Pero escasean, tanto que casi nunca se le aparecen a un científico.
—En la historia del mundo, los verdaderos científicos son más escasos que los poltergeist.
—Y si algo así le pasó a un científico, ¿cuántos hicieron lo que tú me sugieres que haga?: Ignorarlo, pretender que ha sido una alucinación. Mudarse a un lugar donde no pasarán tales cosas. Y a los científicos que se negaron a cerrar los ojos a la evidencia, ¿qué les pasó? Yo te lo diré, porque he encontrado a siete en los últimos doscientos años. No es que sean muchos, pero son los únicos que publicaron sus experiencias. En todos los casos fueron inmediatamente desacreditados como científicos. Nadie quiso escucharlos nunca más. Su carrera terminó. Los profesores perdieron la plaza en su universidad. A tres los internaron en una institución mental. Nadie se molestó en investigar sus afirmaciones. Excepto, por supuesto, la gente a la que ya se consideraba chiflada: Los aficionados a lo paranormal, el puñado habitual de farsantes y charlatanes.
—Y lo mismo te pasará a ti.
—No, porque te tengo a ti como testigo.
—¿Qué clase de testigo soy? La silla se me cayó en la cabeza, ¿no lo entiendes? Estuve en un hospital conmocionado, delirando, y tengo la cicatriz de la cara para demostrarlo. Nadie me creerá, nadie. Algunos hasta se preguntarán si no me golpeaste tú la cabeza para que accediera a testificar.


—¡Ay, Leonard! Que Dios me ayude pero tienes razón.
—Llama a un exorcista.
—¡Soy un científico! ¡No quiero rendirme! ¡Quiero entenderlo!
—Bien, Bêto, científico, explícamelo. Si no es un fantasma al que se puede expulsar, ¿qué es?
—Un mundo paralelo. No, escucha... ¡escúchame! Es posible que en el espacio entre átomos, incluso el espacio que hay dentro de los propios átomos, existan otros átomos que la mayor parte del tiempo no podemos detectar. Un número infinito de ellos, algunos muy cercanos a los nuestros y otros muy lejanos. Imagínate que delimitas un espacio y alguien, en uno de esos infinitos universos paralelos, delimita el mismo espacio. Eso permitiría que una ínfima parte del material delimitado en ambos universos se superpusiera.
—¿Te refieres a algo así como las cajas mágicas? ¡Oh, vamos!
—¡Tú me has preguntado las posibilidades! Si la geografía de los universos paralelos es similar, los lugares donde se construyen las ciudades también lo serán: Las confluencias de los ríos, los puertos, la tierra de cultivo... Puede que, en muchos de esos universos, la gente construya las ciudades y las casas en los mismos lugares. Lo único que hace falta es que se solape una sola habitación y, de repente, tienes un eco entre dos mundos paralelos, tienes una silla que existe en dos mundos a la vez.
—¿Alguien en nuestro mundo va y compra una silla, y alguien del otro mundo va y compra la misma silla el mismo día?
—No. Cuando me trasladé a esta casa, la silla ya estaba aquí. Las casas encantadas siempre son viejas, ¿verdad? Igual que su mobiliario. Lleva allí el suficiente tiempo, tranquilamente, inmóvil, para que la silla se haya volcado un poco y exista en ambos mundos. Así que... coges la silla, la subes a la puerta, y la gente del otro mundo llega a casa y se encuentra con que la silla se ha movido (puede incluso que la vea moverse) y se harta, y se enfurece y la hace pedazos.
—Ridículo.
—Bueno, algo pasó, y tienes esa cicatriz que lo demuestra.
—Y tú tienes los trozos de silla.
—Bueno, no.
—¿Qué? ¿Los tiraste?
—No, creo que "ellos" los tiraron. O no sé... quizá cuando la silla perdió su estructura, el eco desapareció. Sea como sea, los pedazos han desaparecido.
—O sea, que no tienes pruebas. Se acabó, Bêto. Si lo publicas, lo negaré todo.
—No, no lo harás.
—Lo haré. He acabado con la cara destrozada; no pienso permitir que destroces también mi carrera. Olvídalo, Bêto.
—¡No puedo! ¡Es demasiado importante! ¡La ciencia no puede continuar negándose a abrir los ojos y debe descubrir lo que está pasando!
—¡Sí que puede! Normalmente los científicos se niegan a ver toda clase de cosas porque sería malo para su carrera. ¡Sabes que es verdad!
—Sí, sé que lo es. Los científicos pueden ser ciegos, pero yo no lo soy. Y tú tampoco, Leonard. Cuando publique esto, sé que dirás la verdad.
—Si publicas esto, sabré que estás loco. Y cuando la gente me lo pregunte le diré la verdad, sí... que estás loco. La silla ha desaparecido y las posibilidades de que algo así vuelva a suceder son nulas. Dentro de cinco años pensarás que todo fue una alucinación.
—Una alucinación que te ha dejado una cicatriz de por vida.
—Adiós, Bêto. Déjame en paz.

2186
—Yo lo llamo Angulador, y lo utilizo para "angular".
—Parece caro.
—Lo es.
—Demasiado para venderlo como juguete.
—De todas formas, no es un juguete para niños. Resulta caro porque es tecnología punta, pero, a medida que aumente su popularidad, el coste por unidad disminuirá. Hemos estudiado el precio y creemos haber acertado.
—Bueno, vale. ¿Para qué sirve?
—Se lo demostraré. Póngase este casquete y...
—¡Ni hablar! No, hasta que me haya dicho para qué sirve.
—Vale, lo comprendo. No hay inconveniente. Sirve para meterlo a usted en la cabeza de otra persona.
—Oh, es un Soñador. Circulan desde hace años. Tuvieron su momento de gloria, pero...
—No, no es un Soñador. Aprovechamos la vieja tecnología del Soñador como sistema de reproducción, es verdad. ¿Para qué reinventar la rueda? Obtuvimos la licencia para una canción, así que, ¿por qué no? Pero lo que lo hace especial es esto: El sistema de grabación.
—¿Grabación?
—Sabe lo que es el espacio angular, ¿verdad?
—Todo eso son teorías.
—No sólo teorías. Quiero decir... se sabe que nuestro cerebro almacena recuerdos en el espacio angular, ¿de acuerdo?
—Sí, claro. Eso lo sé.
—Bueno, pues la cuestión es ésta: Existe un número infinito de universos distintos en los que hay un montón de materia coincidente con la nuestra...
—Ya empezamos con el lenguaje técnico. No podemos vender un rollo técnico.
—En esos otros mundos vive gente. Son como fantasmas. Vagan por ahí sin que podamos verlos, pero almacenan sus recuerdos en nuestro mundo.
—¿Dónde?
—Digamos que flotan en el aire, es una cuestión de ángulos. Donde esté su cabeza, tanto en nuestro mundo como en un montón de mundos paralelos más, almacenan sus recuerdos como un patrón angular. ¿No ha experimentado nunca la sensación de entrar en una habitación y, de repente, no acordarse de lo que iba a hacer?
—Tengo setenta años, me sucede muy a menudo.
—No tiene nada que ver con la edad, también le pasaba cuando era más joven. Lo que ocurre es que ahora es más susceptible porque su propio cerebro tiene tanta memoria almacenada que está constantemente accediendo a otros ángulos. Y, a veces, el espacio que ocupa su cabeza se cruza con el espacio que ocupa la cabeza de otra persona en otro mundo, y... puf, se siente confuso. Sería más preciso decir "en un atasco".
—¿Está diciendo que mi cabeza pasa a través del mismo espacio donde se encuentra la cabeza de otro tipo de otro mundo?
—En una serie infinita de universos, existen un montón en los que gente de su misma estatura anda por ahí. El fenómeno es tan infrecuente porque la mayoría usan pautas de inclinación tan diferentes de las nuestras que apenas nos afectan. Además, tendría que estar accediendo a sus recuerdos en el mismo instante exacto. De todas formas, eso no es lo importante... sólo se trata de una coincidencia. Pero, si coloca el grabador aquí, a la altura de la cabeza de un ser humano, y lo conecta (mientras no lo haga en... digamos un décimo tercer piso, el fondo de un lago o algo parecido) tendrá el grabador lleno en un solo día.
—¿Lleno de qué?


—De veinte estados mentales distintos. Podemos grabar muchos más, pero es tan fácil borrarlos y sustituirlos por otros que nos pareció que con veinte bastaba. Si la gente quiere más, siempre podemos venderle periféricos, ¿no? En cualquier caso, dispone de esos veinte estados cerebrales transitorios, esos recuerdos. El paquete pone a su alcance el completo estado mental de otro ser humano en un instante temporal determinado. No es un sueño, no es ficción, ¿entiende? Los sueños son imprecisos, caóticos, carecen prácticamente de significado. Si resulta aburrido escuchar a otra persona contarte sus sueños, ¿por qué iba a ser más divertido vivirlos? Con el Angulador lo tienes todo. Pero para que entienda por qué se va a vender tiene que probarlo.
—¿Y no es permanente?
—Bueno, es permanente en el sentido que lo recordará todo y que será un recuerdo bastante potente. Pero ¿sabe una cosa?, querrá recordarlo. Y no causa ningún daño, eso es lo importante. Si quiere, que lo pruebe primero uno de sus empleados. O me lo puedo poner yo.
—No, lo haré yo. Si he de tomar una decisión, en algún momento tendré que hacerlo, así que... póngame el casquete. Y no, no llevo peluquín. Si tuviera que llevar, escogería uno mejor.
—De acuerdo, le encajará igualmente. Por eso lo hicimos elástico.
—¿Cuánto durará?
—Objetivamente, una fracción de segundo. Subjetivamente... bueno, dígamelo usted a mí. ¿Preparado?
—Claro. A las tres, ¿de acuerdo?
—Contaré hasta tres y lo conectaré.
—De acuerdo. Hágalo.
—Uno, dos, tres.
—Ah... Aaah. Oh.
—Espere un segundo, relájese. Suele ser muy fuerte.
—No... ¿Cómo es posible...? Yo...
—Llore, no importa. La mayoría de la gente suele llorar la primera vez.
—Es que... yo... era una mujer.
—Las probabilidades son del cincuenta por ciento.
—Nunca imaginé cómo sería sentirse... Esto debería ser ilegal.
—Técnicamente, está sometido a las mismas leyes del Soñador. Así que ya sabe, no es para niños ni nada de eso.
—No sé si querré volver a usarlo nunca. ¡Es tan potente!
—Tómese unos cuantos días para recuperarse y querrá repetir. Sabe que lo hará.
—Sí. No, ahora no intente ponerme delante ningún papel. No soy idiota, no voy a firmar nada mientras mi cabeza esté... Quizá mañana. Vuelva mañana. Lo consultaré con la almohada.
—Por supuesto. No esperaba otra cosa.
—¿Se lo ha enseñado a alguien más?
—Ustedes son los más importantes y los mejores. Hemos acudido a ustedes primero.
—Hablamos de exclusividad, ¿no?
—Bueno, tanta exclusividad como nuestras patentes permitan...
—¿Qué quiere decir?
—Hemos patentado todas las variantes que se nos han ocurrido, pero creemos que existen muchas formas de grabar el espacio angular. De hecho, lo más difícil es diseñar un grabador que no ocupe espacio en el otro lado. La gente del otro lado no pasará por el campo de grabación si el grabador es visible en su espacio. Lo que estoy diciendo es que el contrato les garantizará la exclusividad hasta que alguien encuentre otra forma de grabar sin violar nuestra patente. Tardarán años, por supuesto, pero...
—¿Cuántos años?
—No menos de tres, probablemente más. Y podemos paralizar mucho tiempo en los juzgados a cualquier imitador.
—Míreme, todavía estoy temblando. ¿Se puede repetir el mismo recuerdo?
—Podríamos construir una máquina que lo repitiera, pero no querrá hacerlo. La primera vez en cada sujeto es la mejor. Repetirlo en la misma persona puede dejarlo un poco... confuso.
—Tráigame el contrato mañana con una exclusividad de cinco años. Sacaremos al mercado suficientes aparatos de entrada como para poder rebajar el precio.

3001
Los miembros del clan kotoshi tardaron un mes en reunirse. Sólo unos pocos decidieron no viajar y juraron guardar silencio para proteger a los que sí lo hicieran. Se reunieron en el extremo sur de Manhattan, en el salón de Moshe. No llevaban consigo ninguna pertenencia.
—Es uno de los desafortunados efectos colaterales de la tecnología que utilizamos —explicó Moshe—. Nada que no esté orgánicamente conectado a sus cuerpos puede hacer la transición al nuevo ángulo. Cuando lleguen, estarán tan desnudos como cuando nacieron. Por eso, con esta tecnología, una colonización es impracticable, ya que no se pueden transportar herramientas. Ni riquezas ni obras de arte. Sólo se dispone de las propias manos.
—¿Hará frío?
—El clima es distinto —admitió Moshe—. Llegarán en el mismo punto de Manhattan y será invierno, pero los glaciares más cercanos son los de Groenlandia, no como aquí. De todas formas, estarán bajo techo. Vivo en esta casa y la utilizo para la transición porque hay una sala fronteriza en el otro ángulo. No tienen de qué preocuparse.
Hakira buscó los aparatos que iban a transferirlos. Moshe había hablado de aquella habitación. Quizás eran mucho más grandes que un curvador y estaban empotrados en las paredes.
Dado que no podían llevar nada aparte de su cuerpo, tal vez la gente de Moshe hubiera construido su maquinaria allí en vez de importarla. Pero si tampoco se podía transportar dinero, ¿cómo había conseguido Moshe el suficiente para comprar la casa y construir la maquinaria para el viaje? Interesantes preguntas.
Por supuesto, había dos posibilidades obvias. La primera y más predecible sería una decepción: Todo era un fraude y Moshe intentaría huir con su dinero sin haberlos llevado a ninguna parte. Incluso corrían el riesgo de que parte del timo implicara matar a los supuestos transportados para que no pudieran quejarse ni vengarse. Por si acaso, Hakira y los demás estaban en guardia y preparados.
A Hakira, la otra posibilidad, sin embargo, le daba escalofríos. Teóricamente, dado que se había descubierto que el acceso a otros ángulos era una función natural del cerebro humano, cabía la posibilidad de una transferencia no mecánica. Una de las principales objeciones a esa idea había sido siempre que, si eso era posible, todos los mundos habrían recibido constantes visitas de cualquiera que hubiera aprendido a transferirse mentalmente. Claro que, ¿cómo sabían que no estaban siendo visitados? Algunos incluso especulaban con que los avistamientos de fantasmas podían ser las idas y venidas de esos visitantes. Pero la advertencia de Moshe acerca de la obligación de viajar desnudos explicaba que no hubiera más visitas. En la mayoría de las culturas humanas es difícil pasar desapercibido yendo desnudo.
—¿Alguno de ustedes lleva metal o plástico implantado en el cuerpo? —preguntó Moshe—. Me refiero a empastes dentales y placas o articulaciones de metal, marcapasos, implantes mamarios y, por supuesto, gafas. Puedo asegurarles que todo eso les será restituido lo más rápidamente posible tras su llegada. Excepto los marcapasos, claro. Si llevan marcapasos, simplemente no viajen.


—¿Qué pasa si llevamos algún tipo de implante? —preguntó uno de los hombres.
—No habrá dolor ni heridas. Simplemente desaparecerán. Los objetos no viajarán, se quedarán aquí, flotando en el aire, y después caerán al suelo... o en la silla, dado que la mayoría están sentados. Pero, para ser sinceros, ése es el menor de mis problemas. Parte de mis honorarios cubre la limpieza de esta sala, ya que el contenido de sus intestinos también quedará atrás.
Varios de los presentes sonrieron avergonzados.
—Como he dicho, ni siquiera se darán cuenta. Quizá se sientan un poco más ligeros y vigorosos. Será como un enema perfecto. Y, por nerviosos que estén, no necesitarán orinar durante algún tiempo. Bien, ¿están preparados? ¿Alguien quiere renunciar al viaje?
Nadie renunció.
—Bueno, será muy fácil. Dense la mano, piel contra piel. Y cierren el círculo, que nadie quede fuera.
Hakira no pudo reprimir una risita. Moshe suspiró antes de hablar:
—Hakira se ríe porque sugirió que quizá nuestro método de transferencia fuera un montaje que incluiría darse las manos. Bien, tenía razón. Sólo que es un montaje que funciona.
"Pronto lo sabremos, ¿verdad?", pensó Hakira. Apenas tardaron unos segundos en formar el círculo.
—Levanten las manos para que pueda verlas —dijo Moshe—. Bien, bien, todo bien. Silencio absoluto, por favor.
—Un momento —interrumpió Hakira. Dirigiéndose a los otros, dijo—: Este año, en Nipón.
Fujiyama kotoshi —respondieron los demás. Estaba hecho. Hakira se volvió hacia Moshe y asintió.
Todos agacharon la cabeza y no hicieron ningún ruido, más allá de respirar y sorber ocasionalmente por la nariz a causa del frío. Un hombre tosió y algunos lo miraron con reproche; otros simplemente cerraron los ojos, meditando en silencio.
Hakira no apartó los suyos de Moshe, esperando algún tipo de señal a un cómplice oculto o quizá la activación de algún mecanismo que llenase la sala de gas venenoso; pero... nada.
Pasaron dos minutos. Tres. Cuatro.
Y la sala desapareció. Y un viento helado azotó los cuarenta cuerpos desnudos. Estaban en campo abierto, en el interior de un cercado, rodeados por un círculo de hombres armados con espadas.
Espadas.
Ahora todo estaba claro.
—Bien —dijo Moshe animadamente, soltando las manos de los que tenía al lado y yendo al encuentro de los hombres armados, uno de los cuales le ofreció un abrigo—, la transferencia ha funcionado tal como les dije. Están desnudos, no se ha utilizado ninguna maquinaria y... ¿a qué se sienten más vigorosos?
Ni Hakira ni los demás dijeron una sola palabra.
—Lo siento, pero les mentí en unas cuantas cosas —siguió Moshe—. Nos encontramos en un mundo mucho más primitivo tecnológicamente que el suyo. Resulta que descubrimos la técnica del viaje demasiado tarde y todos los mundos que pudimos encontrar ya estaban superpoblados, así que nos dedicamos a reclutar gente. Tenemos a nuestro alcance una oportunidad decente de encontrar mundos en los que expandirnos, pero necesitamos su tecnología y saber cómo utilizarla, saber cómo manejar sus armas, cómo anular su sistema energético, cómo dejarlos indefensos. Dado que nuestra tecnología es mucho más atrasada que la suya y que no podemos trasladarla de un mundo a otro, nuestra única oportunidad es ésta.Los viajeros siguieron en silencio.
—Se lo están tomando muy tranquilamente... bien. El grupo anterior estaba lleno de quejicas, no dejaron de discutir y de protestar por el clima, aunque era mucho menos frío que el actual. Ese primer grupo resultó muy valioso, nos enseñaron muchas técnicas médicas, por ejemplo, y ahora estamos aprendiendo a conducir coches y cómo funciona el crédito, incluso la teoría de programación con ordenadores. Pero, ustedes... bien, sé que es un estereotipo racial, pero no sólo han recibido una educación tan exquisita como la de los judíos del grupo anterior, sino que son expertos en matemáticas y tecnología, en lugar de serlo en medicina y leyes. Así que esperamos aprender muchas cosas valiosas que nos prepararán para apoderarnos de una de sus colonias y utilizarla como trampolín para futuras conquistas. ¿No les resulta agradable saber lo valiosos e importantes que son?
Uno de los espadachines soltó un chorro de palabras en otro idioma y Moshe le respondió.
—Mi amigo comenta que parecen tomarse las noticias extremadamente bien.
—Sólo necesito aclarar algunos puntos —dijo Hakira—. ¿Están planeando convertirnos en esclavos?
—En aliados —corrigió Moshe—. Socios. Maestros.
—¿No en esclavos? ¿Entonces podemos irnos libremente? ¿Podemos volver a casa si así lo decidimos?
—Me temo que no.
—¿Podemos negarnos a cooperar con ustedes?
—Descubrirán que su vida será mucho más cómoda si cooperan.
—¿Nos enseñarán ese truco mental para viajar entre ángulos? 
Moshe rio abiertamente, burlándose de él.
—Por favor... ¡es usted tan divertido!
—¿Ésta es la política general de su mundo o sólo representan a un Gobierno? ¿O quizás a un pequeño grupo que no responde ante ningún Gobierno?
—Hay un Gobierno mundial y nosotros representamos su política —explicó Moshe—. La tecnología es el único campo en el que no estamos tan avanzados como ustedes. Hace miles de años que superamos las rencillas entre tribus o naciones.
Hakira miró al resto de su grupo.
—¿Alguna otra pregunta? ¿Está todo aclarado?
Sólo era una formalidad legal, por supuesto. Sabía perfectamente que ya eran libres para actuar, aunque se encontraran en el peor de los escenarios posibles: Desnudos, desarmados, ateridos de frío, rodeados. Pero estaban entrenados para eso. Al menos, los otros no tenían armas de fuego y no estaban en un interior.
—Moshe, todos los hombres presentes en este complejo quedan arrestados, acusados de detención ilegal, esclavitud, fraude y...
Moshe sacudió la cabeza y ladró una breve orden a los espadachines. Todos empuñaron sus armas a la vez y avanzaron hacia el grupo de Hakira.
Los desnudos japoneses sólo tardaron unos segundos en esquivar las espadas, desarmarlos y dejarlos postrados en tierra con sus propias armas apoyadas en la garganta. Los que no habían entablado batalla registraron rápidamente el complejo buscando otras armas y llaves que abrieran las puertas. Unos segundos después habían reducido y capturado a los guardias que permanecían fuera del recinto. No escapó ninguno. Sólo dos intentaron enfrentarse a ellos y, naturalmente, murieron.


Hakira le habló a Moshe:
—Ahora añadiré los cargos de asalto e intento de asesinato.
—Nunca regresarán a su mundo —sentenció Moshe.
—Todos tenemos el conocimiento necesario para construir nuestro propio curvador con los materiales que encontremos aquí. También estamos preparados para enfrentarnos a cualquier fuerza militar que lancen contra nosotros o para huir si es necesario. Si nos vemos obligados a viajar, siempre te tenemos a ti. La pregunta importante es si aprenderemos el secreto del viaje mental de ti antes o después de haber construido un curvador. Si cooperas, puedo prometerte que el tribunal será notablemente indulgente contigo.
—Nunca.
—Oh, bueno. Algún otro lo hará.
—¿Cómo lo sabes? —se interesó Moshe.
—No existe otro mundo con japoneses aparte del nuestro, ni con judíos. En ninguno de los mundos habitados ha habido culturas, idiomas, civilizaciones o historias parecidos entre sí. Sabíamos que eras un estafador, sabíamos que los sionistas habían desaparecido sin dejar rastro, y sabíamos que algún día tendríamos que enfrentarnos con gente de otro ángulo que hubiera aprendido a viajar por sí misma, sin tecnología. Nos entrenaron muy cuidadosamente y te seguimos hasta tu mundo.
—Como perros callejeros.
—Oh, y tenemos que saber dónde retienen al grupo de esclavos que vinieron antes que nosotros, ya sabes, los sionistas.
—Todos morirán —escupió Moshe con rencor.
—Sería una lástima... para ti —susurró Hakira. Le hizo señas a uno de sus hombres para que se acercase. Iba armado con una afilada espada. Le dijo a su camarada, en japonés, que por desgracia Moshe necesitaba una demostración de su implacable determinación.
La espada centelleó y la punta de la nariz de Moshe cayó al suelo. La espada volvió a relampaguear y Moshe perdió la punta de un dedo de la mano con la que intentaba tocarse la mutilada nariz.
Hakira se agachó y recogió ambos pedazos de carne.
—Si volvemos a nuestro mundo antes de tres horas, los cirujanos podrán reimplantarte esto y sólo te quedará una pequeña cicatriz y una mínima pérdida funcional. ¿Prefieres que perdamos un poco más de tiempo y te cortemos algún apéndice más?
—¡Esto es inhumano! —protestó Moshe.
—Al contrario —sonrió Hakira—. Es todo lo humano que te mereces.
—¿Está dispuesta la gente de tu ángulo a controlar todos los mundos que encuentre?
—No todos —reconoció Hakira—. Nunca nos inmiscuimos en ningún mundo donde haya vida humana. Fueron ustedes los que optaron por la guerra. Y debo confesar que me alegra que su nivel tecnológico sea tan bajo y que, allí donde vayan, lleguen desnudos.
Moshe no dijo nada, pero echaba chispas.
Hakira le susurró algo a su amigo de la espada, que apoyó inmediatamente la punta de la hoja bajo la barbilla de Moshe.
—Ni se te ocurra angular sin nosotros —le advirtió Hakira.
—Soy el único que habla su idioma —aseguró Moshe—. Y tendrán que dormir en algún momento. Yo también tendré que dormir en algún momento. ¿Cómo sabrás si estoy realmente dormido o sólo concentrándome para la transferencia?
—Córtale un pulgar —ordenó Hakira—. Y, esta vez, haz que se lo trague. 
Moshe tragó saliva.
—¿Qué venganza piensas tomar contra mi gente?
—Aparte de un juicio justo para los responsables de esta conspiración, mantendremos una guardia aquí, los vigilaremos de cerca y los castigaremos si lo consideramos apropiado. Tú mismo serás juzgado según tu grado de cooperación. Vamos, Moshe, ahórranos tiempo. Devuélveme a mi mundo. En este momento ya debe de haber un curvador frente a tu casa, las tropas se pusieron en marcha en cuanto desaparecimos. Sabes que sólo es cuestión de tiempo que localicen este ángulo y lleguen hasta aquí, hagas lo que hagas.
—Podría llevarte a cualquier parte —le advirtió Moshe.
—Y no dudo que estás amenazándome con llevarme hasta un mundo cuyo aire sea irrespirable, porque estás deseando morir por tu causa y tu pueblo. Lo comprendo, yo estoy deseando morir por los míos. Pero si no regreso dentro de diez minutos mis hombres asesinarán a los tuyos y comenzarán una destrucción sistemática de tu mundo. Si no quieres cooperar, es nuestra única defensa. Créeme, la mejor forma de salvar tu mundo es hacer lo que te ordeno.
—Quizá te odie más de lo que amo a mi pueblo —dijo Moshe.
—Lo que realmente amas es nuestra tecnología, hasta el último átomo de ella. Ven conmigo y serás el héroe que logre traer todos nuestros maravillosos juguetes a este mundo.
—¿Me devolverás mi dedo y mi nariz?
—En mi mundo estamos en el año 3001. Te los injertaremos donde tú quieras e incluso te daremos repuestos por si acaso.
—Vamos —aceptó Moshe.
Tomó la mano de Hakira y cerró los ojos.

FIN