2024/12/16

Fahrenheit.com (Andrés Neuman)


Año: 2012
Origen: Steampunk: Antología retrofuturista de Félix J. Palma


El día que los terroristas delicados habían elegido para actuar, el cielo amaneció trágicamente soleado. Los ciudadanos autómatas reiniciaban con placidez sus conciencias, actualizaban los programas de café y activaban sus bostezos como cualquier otra mañana. Los perros digitales movilizaban sus rabos, los teleféricos solares atravesaban el horizonte y las tiendas virtuales comenzaban a contestar los pedidos. Nada nuevo, nada viejo. Preparados para sembrar la desgracia, agazapados en línea, emboscados en sus nicks, los terroristas delicados sonreían acariciando sus ratones. La cuenta atrás corría como un veneno.
De repente, sin demora, sin prisa, sin estruendo, las luces se apagaron. Se apagaron simultáneamente en cada comunidad económica, en cada ciudad flotante, en cada hogar del planeta. Los monitores anochecieron con un leve clic. Las comunicaciones bursátiles se interrumpieron abortando todas las operaciones. Los portales bancarios quedaron congelados. Las cuentas personales se borraron. Los microteléfonos extraviaron las señales. Los niños autómatas suprimieron todos sus juegos. Los amantes, comprimidos, cesaron sus descargas. Los transportes, viendo suspendidos sus radares, tuvieron que frenarse o arriesgar aterrizajes de emergencia. Los puentes entre mares se llenaron de gritos.
Sin estruendo, sin prisa, sin demora, el planeta entero quedó tendido al viento igual que ropa limpia.
Las diversas células gubernamentales podrían, por supuesto, deliberar con carácter de urgencia en reuniones con presencia física. Las centrales intercomunicativas podrían empezar a reinstalar muy lentamente sus recursos, en espera de los rescates técnicos. Las unidades policiales podrían recuperarse como pudieran y emprender exhaustivas exploraciones criminales. Pero el daño inmediato, la catástrofe global, ya estaban consumados. Tarde o temprano los causantes del mal serían detectados, analizados y quizás eliminados en el acto. De poco iban a servir las represalias: Milésimas después de cometer su pulcra fechoría, los terroristas delicados habían desconectado sus propios órganos, entregando sus cuerpos al vacío monóxido.
El resto de la historia es probablemente conocida. Las federaciones de autómatas fueron refundadas una por una con un orden distinto. Las reservas alimentarias fueron salvajemente subastadas al mejor postor, provocando la gigantesca hambruna que exterminó («seleccionó», matizaría al año siguiente el coordinador general de las federaciones unidas) a casi dos tercios de las capas inferiores («débiles», las llamaría el coordinador) de la población mundial. Para cuando los núcleos hospitalarios lograron controlar la veloz cadena de epidemias virales, eran contadas las familias autómatas que no tuviesen bajas que lamentar. Los foros científicos acordaron celebrar el histórico simposio único en A-8, ciudad equidistante de las grandes capitales, trasladándose hasta ella de las maneras más insospechadas.
El destino de la cultura global, según narran los códices, no corrió una suerte menos drástica. Incapaces de leer un solo archivo, despojados de toda escritura, todos y cada uno de los autómatas supervivientes, incluidos los más eruditos, debieron enfrentarse a una inédita certeza: Ahora, en términos prácticos, volvían a ignorarlo todo. Se habían quedado, por así decirlo, sofisticadamente en blanco. Por eso, cuando los comités de alerta emitieron mediante obsoletos comunicados radiofónicos las estimaciones oficiales (al menos una década para reconstruir las bases tecnológicas mínimas, dos décadas o acaso tres para alcanzar un rendimiento óptimo), los más clarividentes comprendieron que la humanidad no podía esperar tanto.
Fue así, y no de otro modo, como aquel inolvidable grupo de poetas concibió la luminosa idea a la que hoy tanto le seguimos debiendo. Y fue entonces como seis o siete audaces decidieron peregrinar a los desguaces, depósitos y plantas de reciclaje más cercanos. Juntaron maderas, hierros, plásticos, engranajes. Reunieron desechos orgánicos, sobrantes químicos, líquidos tóxicos. Trabajaron día y noche como obreros, como náufragos, para ofrecerle un pequeño salvavidas al mundo. Al cabo de unas semanas obtuvieron la extraña maravilla, el ingenio que cambiaría para siempre nuestra historia. Lo llamaron imprenta.


FIN

2024/12/09

La estrella (Arthur C. Clarke)


Título original: The star
Año: 1955
Distinciones: Premio Hugo al Mejor relato corto de 1956


Hay tres mil años luz hasta el Vaticano. En otro tiempo creía que el espacio no podía alterar la fe; y lo creía al igual que consideraba fuera de duda el que los cielos cantaran la gloria de la obra de Dios. A la sazón he visto esa obra y mi fe se encuentra considerablemente minada.
Contemplo el crucifijo que pende en la pared de la cabina sobre el ordenador Mark VI y por primera vez en mi vida me pregunto si no será un símbolo vacuo.
No he hablado con nadie todavía, pero la verdad no puede ocultarse. Los datos existen para que alguien los observe, registrados como están en millas incontables de cinta magnética y miles de fotografías que llevamos de regreso a la Tierra. Otros científicos las interpretarán tan fácilmente como yo; más fácilmente, sin duda. No soy quien para simular la manipulación de la verdad que tan pésimo prestigio proporcionó a mi orden en los días pasados.
La tripulación está ya bastante deprimida; me pregunto cómo se tomarán esta última ironía. Pocos de cuantos la componen tienen una fe religiosa, y, no obstante, no se aprovecharán de este arma definitiva usándola contra mí; esa guerra privada, honrada pero fundamentalmente seria, que ha tenido lugar durante todo el trayecto desde que salimos de la Tierra. Era divertido tener a un jesuita de Primer Astrofísico. El doctor Chandler, por ejemplo, nunca pudo asimilarlo del todo (¿por qué serán ateos tan notorios los hombres entregados a la medicina?). A veces me encontraba ante el tablero de observación, donde las luces permanecen siempre amortiguadas y el resplandor de las estrellas con gloria inalterada. Se me acercaba entonces y se quedaba contemplando el exterior por la gran escotilla oval, mientras los cielos giraban con lentitud en torno de nosotros a medida que la nave se balanceaba de punta a punta con la escora que no nos habíamos molestado en corregir.
-Bueno, padre -acababa diciendo al final-. Esto prosigue una eternidad tras otra; acaso lo hizo Alguien. Sin embargo, ¿cómo puede creer usted que ese Alguien ha de tener un interés especial en nosotros y en nuestro miserable mundillo? Esto es lo que no puedo entender. 
Comenzaba entonces la disputa, mientras las estrellas y las nebulosas giraban en derredor de nosotros en silenciosos e infinitos arcos que se abrían del otro lado del plástico de la escotilla de observación.
En mi sentir, era la aparente incongruencia de mi posición lo que, de veras, divertía a la tripulación. En vano argumentaba yo con mis tres artículos en el Diario Astrofísico y mis cinco de Noticias Mensuales de la Real Sociedad Astronómica. Les recordaba que nuestra orden había conseguido no poca fama por sus trabajos científicos. Podíamos quedar pocos ya, pero desde el siglo XVIII habíamos hecho aportes a la astronomía y la geofísica que no podían ni siquiera evaluarse.
¿Dará al traste con mil años de historia mi informe sobre la Nebulosa del Fénix? Me temo, empero, que dará al traste con muchas más cosas.
No sé quién bautizó a la nebulosa con ese nombre que tan malo me parece. Si contiene una profecía, ésta no podrá verificarse hasta dentro de mil años. Hasta la palabra "nebulosa" es equívoca, ya que el Fénix es mucho más pequeño que esas magníficas acumulaciones de gas (la materia de las estrellas nonatas) que se esparcen por toda la longitud de la Vía Láctea. En escala cósmica, por supuesto, la Nebulosa del Fénix es una cabeza de alfiler, una tenue cáscara de gas que rodea a una estrella única.
O lo que queda de esa estrella.
Mientras se alza por encima de las líneas del espectrofotómetro, la rubensiana pesadez de Loyola parece burlarse de mí. ¿Qué habrías hecho tú, Padre, con este conocimiento que me ha sobrevenido, tan alejado del pequeño mundo que era todo el universo que tú conociste? ¿Habría triunfado tu fe en la prueba, como la mía ha fallado ante ella?
Miras en la distancia, Padre, pero por mi parte he ido más allá de lo que pudieras haber imaginado cuando fundaste nuestra orden hace dos mil años. Ninguna otra nave investigadora ha ido tan lejos de la Tierra; nos encontramos en las mismísimas fronteras del universo explorado. Nos propusimos alcanzar la Nebulosa del Fénix, lo conseguimos, y regresamos con el conocimiento sobre nuestros hombros. Desearía liberar mis hombros de esa carga, pero en vano te invoco a través de los siglos y los años luz que se alzan entre nosotros.
Las palabras son transparentes en tu libro de reglas. AD MAIOREM DEI GLORIAM, dice el mensaje, pero se trata de un mensaje en que ya no puedo creer. ¿Habrías seguido creyendo tú de haber visto lo que hemos encontrado?
Por supuesto, sabíamos lo que era la Nebulosa del Fénix. Todos los años, sólo en nuestra galaxia explotaban más de cien estrellas, aumentando durante horas o días su fulgor en miles de veces antes de sumergirse en la muerte y la negrura. Son las novas ordinarias, las consabidas catástrofes del universo. He registrado los espectrogramas y curvas de luz de docenas de ellas desde que comencé a trabajar en el observatorio lunar.
Pero tres o cuatro veces cada mil años tiene lugar algo distinto junto a lo que hasta una nova palidece con total insignificancia.
Cuando una estrella se convierte en supernova puede, durante un breve instante, apagar el brillo de todos los soles de la galaxia. Los astrónomos chinos detectaron una en 1054 sin saber que fenómeno fue. Cinco siglos más tarde, en 1572, estalló una supernova en Casiopea con tanto brillo que fue visible a la luz del día. En los mil años transcurridos desde esa fecha han tenido lugar tres explosiones más.
Nuestra misión era visitar los restos de una catástrofe tal para reconstruir los sucesos que la habían precedido y, de ser posible, saber la causa. Nos adentramos con cautela en las capas concéntricas de gas que habían estallado tres mil años antes y que se encontraban todavía en expansión. El calor era inmenso y radiaba aún con feroz luz violeta, demasiado tenue empero para hacernos daño. Cuando la estrella explotó, sus estratos exteriores irrumpieron hacia arriba con velocidad tal que habían salido por completo de su campo de gravitación. Hoy forman un caparazón hueco tan grande que puede abarcar mil sistemas solares, rodeando lo que brilla y arde en su centro y que no es sino el objeto fantástico que es ahora la estrella: Una masa blanca, más pequeña que la Tierra, pero con un peso un millón de veces mayor.
Las capas de gas brillante nos rodeaban y desvanecían la noche normal de los espacios interestelares. Volamos en el interior de una bomba cósmica que había detonado milenios atrás y cuyos fragmentos incandescentes eran todavía metralla. La inmensa escala de la explosión y el hecho que su onda expansiva hubiera alcanzado ya un volumen de espacio de muchos billones de millas, despojaba a la escena de todo movimiento perceptible. Un ojo desnudo tardaría décadas antes de captar un movimiento en las torturadas espirales de gas; sin embargo, la sensación del estallido lo dominaba todo.
Habíamos comprobado nuestra dirección primaria horas antes y nos encaminábamos despacio hacia la pequeña estrella que teníamos al frente. Había sido un sol como el nuestro en otro tiempo, pero había despilfarrado en pocas horas la energía que habría mantenido su brillo durante un millón de años. A la sazón se encontraba como un tacaño desplumado que escatimara sus recursos en un intento de reparar su pródiga juventud.


Seriamente, nadie esperaba encontrar planetas. Si alguno hubo antes de la explosión se habría convertido en ráfagas de vapor y su sustancia se habría confundido con la estructura de la estrella misma. Pese a todo investigamos rutinariamente, como siempre que nos aproximábamos a un sol desconocido, y dimos con un mundo diminuto que daba vueltas en torno de la estrella a una distancia inmensa. Tenía que haberse tratado del Plutón de aquel desvanecido sistema solar, dando vueltas en las fronteras de la noche. Demasiado lejos del sol central para haber conocido la vida, su distancia misma lo había salvado del destino que sin duda habían seguido todos sus compañeros.
Los fuegos de la explosión habían afectado su capa rocosa y quemado la costra de gas helado que en sus días lo habría cubierto. Aterrizamos y encontramos la bóveda.
Sus constructores hicieron seguramente lo mismo que habríamos hecho nosotros. La señal monolítica que se erguía sobre la entrada era a la sazón una masa fundida, pero desde que tomamos las primeras fotografías desde lejos supimos que aquello había sido obra de la inteligencia. Poco después detectamos la capa de radiactividad que había quedado enterrada en la roca. Aún cuando el pilón que descollaba sobre la Bóveda hubiera sido destruido, esta capa habría permanecido, inmóvil, pero como faro eterno que llamaba a las estrellas. Nuestra nave descendió hacia aquel gigantesco ojo de buey como una flecha corre hacia la diana.
El pilón debió alcanzar una milla de altura cuando fue construido, pero a la sazón parecía un cabo de vela que hubiera sido derretido y convertido en amasijo de cera. Nos costó una semana pasar por la capa rocosa fundida, ya que no teníamos las herramientas apropiadas para el caso. Nuestro programa original fue dejado de lado; aquel monumento solitario, que hablaba de un trabajo realizado a una distancia tan grande del sol destruido, sólo podía tener un sentido. Una civilización que supo cercana su muerte había alzado su último adiós a la inmortalidad.
Habríamos tardado generaciones enteras en examinar todos los tesoros que encontramos en la Bóveda. Ellos tuvieron mucho tiempo para prepararla, ya que el sol debió dar sus primeros avisos muchos años antes de la explosión final. Todo lo que quisieron preservar, todos los frutos de su genio, lo llevaron hasta aquel mundo distante en los días que precedieron al fin, esperando que cualquier otra raza los encontrara y no hiciera caso omiso de ellos.
¡Si hubieran tenido un poco más de tiempo! Podían viajar con soltura de un planeta a otro, pero todavía no habían aprendido a salvar los golfos interestelares; y el sistema solar más cercano se encontraba a cien años luz de distancia.
Aun cuando no hubieran sido tan intranquilizadoramente humanos como mostraban sus esculturas, no hubiéramos podido menos que admirarlos y lamentar su destino. Dejaron miles de registros visuales y máquinas para proyectarlos, junto con elaboradas instrucciones gráficas de las que no resultaba difícil deducir su lenguaje escrito. Examinamos muchos de aquellos registros y revivimos con ellos por vez primera, en seis mil años, la calidez y hermosura de una civilización que tuvo que ser superior a la nuestra de muchas maneras. Acaso habían dejado memoria sólo de lo mejor. Pero sus mundos eran encantadores y sus ciudades habían sido construidas con una gracia que se relacionaba con la de cualquiera de las nuestras. Las contemplamos en pleno funcionamiento y escuchamos su habla musical a través de las centurias. Recuerdo todavía una viva escena: Un grupo de niños en un banco de extraña arena azul jugaban con las olas como los niños juegan en la Tierra.
Y hundiéndose en el horizonte, todavía cálido, amable y vitalizador, se encontraba aquel sol que pronto habría de trocarse en traidor y de olvidarse de toda aquella felicidad inocente.
Posiblemente, de no haber estado tan lejos de la Tierra y de no habernos encontrado por ende tan propensos a la soledad, no nos habríamos conmovido tanto. Muchos habíamos visto ruinas de antiguas civilizaciones en otros mundos, pero nunca nos habían afectado tan profundamente.
La tragedia era única. Para una raza, sucumbir y decaer era una cosa, como las naciones y las culturas habían hecho en la Tierra. Pero ser destruida tan completamente en pleno florecimiento, sin dejar supervivientes... ¿cómo podía conciliarse ello con la misericordia de Dios?
Mis colegas me preguntaron esto y les di las respuestas que conocía. Acaso tú lo habrías hecho mejor, Pader Loyola, pero nada he encontrado en los Ejercicios Espirituales que pueda servirme. No habían sido malvados; no sé a qué dioses adoraban, si acaso adoraban a alguno. Pero los he visto después de muchos siglos y he contemplado durante largos instantes el empeño que pusieron en su último esfuerzo por preservarse mientras ese empeño era iluminado por el sol que estaba amenazado.
Sé las respuestas que me darán mis colegas cuando regrese a la Tierra. Dirán que el universo no tiene propósito ni plan, puesto que cada año explotan cien soles, en este mismo instante hay una raza en algún lugar del espacio que se encuentra en trance de extinción. Tanto si ha obrado bien como si ha obrado mal en el curso de su existencia, ello no cuenta a la hora definitiva; no hay justicia divina porque no hay Dios.
No obstante, por supuesto, cuanto hemos visto no prueba nada. Quien argumentase así estaría sometido a las leyes de la emoción, no de la lógica. Dios no necesita justificar sus actos ante los hombres. Aquel que hizo el universo puede destruirlo cuando quiera. Es una arrogancia peligrosamente próxima a la blasfemia el decir lo que puede y no puede hacer.
A pesar de los mundos y las civilizaciones incluidas en esta consideración, podría haber aceptado este razonamiento. Pero hay un punto en el que la fe más profunda se resquebraja y, a la sazón, una vez hechos mis cálculos, he alcanzado ese punto.
Antes de llegar a la nebulosa nos era imposible decir cuándo se había producido la explosión. No obstante, a la sazón, gracias a la evidencia astronómica y a los registros encontrados en el planeta superviviente, he podido fechar la catástrofe con precisión. Sé en qué año llegó a la Tierra la luz despedida por aquel estruendo colosal. Sé con qué brillantez lució en los cielos terrestres la supernova cuyo cadáver relampagueaba mortecinamente tras nuestra nave. Sé también lo que ocasionó un resplandor a poca altura, antes del alba, brillando como un faro en el oriente.
Razonablemente no puede haber dudas; el viejo misterio está resuelto por fin. Sin embargo... Señor, había tantas estrellas que pudiste haber usado...
¿Qué necesidad había de llevar a aquellas gentes a la destrucción y que el signo de su aniquilación resplandeciese sobre Belén?


FIN

2024/12/02

Recesión tecnológica (G. C. Edmondson)


Título original: Technological retreat
Año: 1956


En otro tiempo hubo dos extraterrestres, a los que, en lo sucesivo, llamaremos E.T. Estaban sentados sobre un planeta de aspecto agradable y se situaron en el espectro visible para un nativo.
El nativo era un buen ciudadano, aunque no constituía precisamente una lumbrera. Tenía televisión y había leído todos esos libros que los niños traen a casa. No obstante, le extrañó ver que algo grande y redondo se hacía visible en la transparencia del aire, y que de allí salían un par de seres jorobados con cara de pez. Parecían peces amistosos y, por este motivo, Oliver Jenkins no se asustó.
Oliver Jenkins no era E.T. Era un ejemplar más bien bajito y fofo de la raza dominante en el planeta Sol III, y había llegado a una edad en la que el equilibrio de su potencia había provocado un imperceptible traslado desde sus gónadas al encéfalo. Debía fidelidad a los Kiwanis, a la Cámara de Comercio, al partido republicano y a los Estados Unidos, aunque estimaba sumamente reprobable la manera con que aquellos idiotas de Washington seguían inmiscuyéndose en el derecho de un honrado hombre de negocios a obtener justos beneficios.
El señor Jenkins poseía un sentido muy desarrollado de la responsabilidad social. Contribuía a todo y era miembro de un grupo político-religioso- social cuyo talismán mostraba orgullosamente colgado de una cadena de oro que le cruzaba el pecho. Tenía la costumbre de tocar con los dedos ese talismán, consistente en el blanco molar de un herbívoro local.
En aquel momento, el señor Jenkins se hallaba excesivamente alarmado para tocar el talismán. Además, lo había dejado en casa. Carecía de objeto llevarlo en un lugar donde no iba a encontrar hermanos herbívoros. Estaba usando una mosca como anzuelo y, como buen herbívoro, no iba a permitir que nada se interpusiese en la segunda cosa más importante de la vida. No, hasta que aquella cosa grande y redonda se presentó como un fantasma. Se sintió enojado al comprender que no pescaría más aquella mañana, sobre todo porque aquellos dos extranjeros le habían hecho, contra su voluntad, llenar de clara y espumosa agua de montaña, fría como el hielo, una de sus botas.
El más alto de los dos E.T. hizo una señal amistosa con la mano y Jenkins, para no ser menos, devolvió el saludo en igual forma. Se movió la boca del E.T. y una voz asombrosamente recia dijo:
-Buenos días. ¿Puedo interesarle en algún trato comercial?
Jenkins efectuó un gesto local de "no entiendo" y comenzó a salir del riachuelo. El E.T. apretó un botón y probó otra vez.
-Lo siento en el alma -continuó-. Debo tener desplazado un punto decimal en alguna parte.
Al acercarse, Jenkins pudo escuchar zumbidos pasajeros en la boca del E.T. conforme las frases en su idioma eran emitidas desde la hebilla del cinturón de éste.
-Nunca logro aprender el manejo de una de estas cosas -prosiguió el E.T. para dar conversación.
Jenkins efectuó una seña afirmativa con la cabeza para mostrar su comprensión. A veces también le pasaba lo mismo con sus aparatos.
-Como decía... -añadió el E.T.-. A propósito, me llamo Chorl. Este es Tuchi, mi socio.
-Oliver Jenkins. Mucho gusto en conocerle.
Jenkins tendió su mano, que fue estrechada débilmente por un racimo de dedos con un pulgar opuesto en cada extremo. Tras un momento de indecisión. Tuchi se sumó al ritual nativo:
-Eaut sirtam matcal da mutnemercxe -comentó.
Chorl meneó ligeramente un despreciativo tentáculo -labio y ajustó la hebilla del cinturón de Tuchi.
Oliver Jenkins se sentó sobre un tronco de árbol y se quitó la bota. Mientras la vaciaba de agua, Chorl sacó un manual de una bolsa. Escrutó páginas durante varios segundos antes de mirar con asombro al señor Jenkins.
-No quisiera ofenderle, pero el manual nada dice acerca de anfibios inteligentes en este planeta.
-No soy anfibio, soy americano -respondió Jenkins.
-Pero los humedecedores de la pierna... ¿Por dónde respira usted?
-Por la nariz, como todo hombre normal.
-¡Oh! -exclamó Chorl pensativamente, haciendo girar un tentáculo-labio-. No somos científicos, señor Jenkins. No comprendo como puede respirar... Pero dejémoslo. ¿Le interesa el comercio?
Las ventanas de la nariz del señor Jenkins temblaron. Podría soportar una interrupción de la segunda cosa más importante de la vida si ello significara conseguir un poco de la primera.
-No me opongo a obtener alguna pequeña ganancia de cuando en cuando, pero... de acuerdo con las historias que leen los niños, lo único que les interesa sería combustible para los reactores, así que más vale dejarlo. Esos burócratas nos tienen atados...
Chorl emitió zumbidos amistosamente.
-Con franqueza, señor Jenkins; no podríamos usar su combustible para reactores aun en el caso que lo obtuviera -al ver que comenzaban a palpitar las bolsas de la garganta de Jenkins, añadió-. ¡Oh, no! No se trata de eso. No estamos equipados para trabajar con combustible. Debe comprender que la nuestra es una empresa pequeña.
-Ya veo -repuso el señor Jenkins con poca sinceridad.
-De ser posible, quisiéramos cambiar los artefactos y objetos curiosos que fabricamos por artículos comestibles, si resultan asimilables para nosotros.
-¡Hum...! ¿Quieren un puro?
El señor Jenkins sacó tres y enseñó a los E.T. el modo de arrancarles la punta con los dientes. Esto provocó alguna dificultad, porque su dentadura carecía de incisivos. Cada uno de los E.T. dio una chupada y se zambulló en el riachuelo, dando gritos glóticos que las hebillas de sus cinturones no interpretaron. Jenkins borró mentalmente el riachuelo de su lista de sitios para pescar truchas, en tanto ellos nadaban velozmente arriba y abajo como focas en una piscina.
Por fin salieron a la superficie y echaron una fina espuma por sus agallas.
-Los cigarros no nos sientan bien -dijo Chorl.
-Ya me doy cuenta -asintió Jenkins con tristeza-. No traigo muestras. ¿Por qué no me acompañan...?
-Creo que no es prudente -se apresuró a decir Chorl-. Pudiéramos causar agitación.
-¿Van a estar mucho tiempo aquí?
-Pocos días.
-Volveré esta tarde con las muestras.
-¿Solo?
-¿Se lo cuenta Johnson a Kosyguin?

Oliver Jenkins pasó cuatro horas febriles en la ciudad y volvió al lugar donde le esperaban los E.T., tras dar a su esposa y empleados unas frívolas disculpas. En su apresuramiento, patinó desde el polvoriento camino al cauce del riachuelo y salió del percance con una abolladura en el guardabarros. 


Después de emitir zumbidos intraducidos y alguna expectoración mientras examinaban las muestras de comestibles, propusieron como medios de transacción caviar, arenques, ostras ahumadas y pasta de anchoa.
-¿Qué tienen a cambio? -preguntó Jenkins.
Tuchi se introdujo en la esfera y salió con un objeto semejante a un cono puesto sobre un pedestal. Apretó un conmutador, y comenzaron a brillar por su superficie ondas fluorescentes. Los dos E.T. miraban vidriosamente y hacían vibrar los tentáculos -labios al unísono con los pequeños relámpagos.
-Me temo que no -dijo Jenkins.
Tuchi encogió sus inexistentes hombros y devolvió el cono a su lugar. Salió con un globo de plástico e hizo movimientos ilustrativos. Jenkins husmeó con cautela, pero nada percibió. Dio un mordisco al tubo y se ahogó cuando un chorro a alta presión de algo que parecía aceite de hígado de bacalao rancio amenazó con arrancarle las amígdalas. Los E.T. cruzaron miradas de impotencia en tanto Jenkins vomitaba en la hierba.
Le ofrecieron otros manjares, pero Jenkins rehusó.
-Tiene que haber algo más -protestó débilmente.
Los E.T. emitieron zumbidos. Chorl pareció entender sus razones.
-Esta parte de su vehículo -dijo señalando el guardabarros-, no debiera estar así.
Jenkins asintió con la cabeza. Chorl mostró un tubo parecido a una estilográfica y apuntó con él hacia el guardabarros. En un instante guardó el tubo y puso una mano con dos pulgares detrás del guardabarros. Con la otra alisó la abolladura, como si el metal fuese una blanda pasta. Apuntó nuevamente con el tubo al guardabarros. Jenkins lo golpeó con precaución. Estaba tan fuerte como antes de abollarse.
-¿Cuántos me pueden proporcionar? -preguntó.
Durante un momento, cada una de las partes juró que se arruinaba con el trato. Cuando llegaron a un acuerdo, Jenkins poseía setecientos cuarenta tubos y la exclusiva de venta para Sol III. Los E.T. eran dueños de golosinas por valor de treinta y ocho dólares con ocho centavos. Prometieron volver en el próximo viaje y regalaron un talismán a Jenkins para que lo colgase junto a su molar mágico. El talismán cambiaría de color cuando pudiesen reunirse con él otra vez en el mismo lugar. Los E.T. cerraron su esfera y se hicieron invisibles. El nativo permaneció visible y regresó a la ciudad.
Oliver Jenkins había vendido dos tubos con el máximo beneficio y la mínima publicidad cuando llamaron a la puerta.
- impson, FBI -dijo el visitante.
-Presento mi declaración de utilidades cada trimestre -manifestó Jenkins.
-Hablemos del impuesto sobre artículos de consumo. Necesito información acerca de los instrumentos que vende usted ahora.
-Garantizados por sesenta y ocho años. Ciclo de servicio, cincuenta por ciento. Capacidad máxima, dos metros y medio. Cono de rendimiento, treinta grados. Actúa solamente sobre los metales. Se usa el botón izquierdo para ablandar, el derecho para endurecer. El disco de la parte posterior sirve para operaciones de temple. Mil dólares.
-No es precisamente esto lo que deseo saber.
-No puedo dar más información. Es un secreto de la casa.
-Póngase la chaqueta.
-Esto es anticonstitucional.
-También lo es escupir en la acera.

El general George S. Carnhouser no se distinguía por el dominio de sí mismo. Había elegido el ejército como campo más apropiada para el pleno desenvolvimiento de su amable personalidad paternalista. Por el momento se limitaba a razonar con el señor Oliver Jenkins.
-¿Y si los rusos consiguen apoderarse de esto? -decía.
-No soy inventor ni fabricante -respondió Jenkins-. Me dedico a importaciones si me dejan lo bastante tranquilo para atender mi negocio.
-Reflexione, hombre, reflexione sobre las posibilidades.
La actitud de bondadosa moderación del general Carnhouser se veía malograda por las palpitantes venas de sus sienes.
-Estoy harto de reflexionar. He dicho al FBI lo que quieren saber. No he quebrantado ninguna ley. Exijo que me suelten inmediatamente.
-¿Qué me dice de los derechos de importación?
El señor Jenkins se enderezó con ampulosa dignidad. Acarició talismanes gemelos y cobró fortalezas.
-He realizado un profundo estudio -dijo majestuosamente- del Anexo A, Clasificación Estadística de Mercancías Importadas en los Estados Unidos con Arancel de Aduana para Países (Anexo C), Distritos y Puertos Aduaneros en los Estados Unidos (Anexo D) y Matrícula de Pabellones de Buques (Anexo J), edición 1-1-1954, así como de aproximadamente ochocientas páginas de inserciones sueltas relativas a modificaciones posteriores. En ninguna parte he visto que se prohíba la importación de plastificantes de bolsillo. En ninguna parte he visto que deban pagarse derechos de importación sobre dicha mercancía. En ninguna parte existe prohibición expresa del comercio interestelar.
La refutación del general Carnhouser no fue publicable. Cedió la voz al contraalmirante Schifführer, el Lord Nelson de la inteligencia naval.
-Paso -dijo el contraalmirante.
-Exijo que me suelten inmediatamente -repitió el señor Jenkins.
-¿Por qué no hace usted algo? -preguntaron el contraalmirante y el general al agente de la CIA.
El hombre de la Central de Inteligencia miró especulativamente el molar que colgaba de la cadena de oro del señor Jenkins.
-Lo haré -respondió.
Comenzaron de nuevo a la mañana siguiente.
-Señor Jenkins -dijo el agente de la CIA-, hemos examinado sus antecedentes y no hemos hallado irregularidades políticas, asociaciones ideológicas o declaraciones del impuesto de utilidades. Deseamos su cooperación. 
Hizo una pausa para producir efecto dramático 
-¿Sabe su esposa lo que sucede en sus convenciones anuales? Me refiero, sobre todo, a la celebrada en Chicago en septiembre de 1951.
-Cooperaré -concedió el señor Jenkins.
Cuatro horas después, el Gobierno tenía setecientos treinta y ocho tubos. El señor Jenkins tenía promesas vagas y dolor de cabeza.
Simpson volvió a llamar a la puerta cuatro días más tarde.
-¿Qué quiere ahora? -preguntó el señor Jenkins.
-Póngase la chaqueta.
-¿Otra vez?
-Señor Jenkins -terció el agente de la CIA-, nos parece que ha sido poco franco con nosotros. Hace unas ocho horas que un oficial soviético de alta graduación ha desertado a Occidente. Se proponía vivir tranquilamente del producto de un nuevo procedimiento descubierto en un laboratorio soviético. Ha traído un modelo -el agente de la CIA arrojó sobre la mesa un tubo de plastificante-. ¿Qué tiene que decir ahora?
-¡Ja! -exclamó el señor Jenkins.
-Usted no coopera -añadió el agente de la CIA.
-He cooperado, ¿y que he ganado con ello? Mi negocio va a la ruina. Mi esposa quiere saber lo que oculto cuando salgo de casa a todas horas para estar con extraños. Me han decomisado todas mis existencias... ¡Adelante, fusílenme!
-¿He de entender que no desea seguir cooperando?
-Entiéndalo como quiera. Espero que me traigan algo para ablandar los huesos en el próximo viaje que hagan.
-¡Ajá! ¿Van a volver?
-¿Por qué no? El negocio es el negocio.
-¿Cuándo?
-No es de su incumbencia.
-Lo mejor será que diga a su esposa que tenga dispuesto el cuarto de los invitados. Simpson pasará unos días con ustedes.
El severo rostro de Simpson había honrado durante una semana la casa de los Jenkins. Sus feas mandíbulas habían masticado una increíble cantidad de comida antes que se produjera el incidente sucesivo.
-No me cabe duda que sus técnicos no han podido reproducir el plastificante -comentó el señor Jenkins con aspereza por encima del borde de su taza de café.
-No lo sé -repuso Simpson.
Hacíase evidente que Simpson no podía decir gran cosa acerca de nada. Se le atragantó la tostada y, de pronto, le quitó al señor Jenkins de las manos el periódico de la mañana. Un anuncio de cuarto de plana ofrecía el plastificante por cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos (impuesto federal incluido).
-Vámonos -dijo Simpson, tomando su sombrero.
-En mi coche, supongo -replicó resignadamente Jenkins.
Cuando llegaron a su destino, estaban ya conferenciando a puerta cerrada el agente de la CIA, un representante del Tesoro y el director de los Almacenes Peerless. Hubo un breve pero iluminador coloquio sobre la interpretación que Almacenes Peerless daba al artículo ganancias del capital (1952), hasta que el director, en vista de las dificultades de fabricación y la mala presentación del producto, tomó la decisión de retirar el plastificante del mercado.
El asunto quedó zanjado en una hora a gusto de todos, a excepción de Almacenes Peerless y del señor Jenkins. En la calle, Jenkins se volvió hacia su guardián con una maligna sonrisa.
-Veo lo que usted no ve.
Simpson miró a su alrededor. Una tienda de artículos para automóvil exponía en el escaparate una herramienta para reparar guardabarros. Jenkins vio con triste satisfacción que el precio había bajado a veinticuatro dólares con noventa y cinco centavos.
-Supongo que tiene la exclusiva -dijo el señor Jenkins al dueño de la tienda.
-No -respondió éste-. ¿Por qué quiere saberlo?
-Pregunte a Simpson. Se encarga de esto.
-Tendré que telefonear a Washington -dijo Simpson.
Un partidario de la iniciativa privada los vio salir desde la tienda y los llamó. Se detuvieron.
-¿Ven? -señaló el plastificante expuesto en el escaparate-. Supriman los intermediarios. Se lo doy con catorce dólares con noventa y cinco.
Se desabrochó la chaqueta y el señor Jenkins observó que el modelo de catorce con noventa y cinco tenía un sujetador para que no se cayera del bolsillo de la camisa. Los ojos de Simpson se pusieron vidriosos.
Llegaron muy tarde a casa aquella noche, pero los hijos del señor Jenkins les esperaban para mostrarles sus nuevos juguetes.
-¿Cuánto les han costado? -preguntó Jenkins.
-Un dólar -respondió Oliver hijo.
Simpson se sentó pesadamente.
-A mí me ha costado sólo cuarenta y cinco centavos -intervino Olivia-. ¡Mira, papá!
Le enseñó dos tazas de café muy toscas.
-¿Cómo las hiciste? -preguntó el señor Jenkins.
-Es muy fácil, mira.
Sintiéndose por cumplir ocho años la semana próxima, Olivia tomó un puñado de soldados de plomo, una vía de tren de juguete, una lata de tomate en conserva y piezas de mecano. Con su herramienta convirtió todo aquello en masa, hasta formar una bola. Después de un minuto de trabajo, con ayuda de sus dedos y un rodillo, ofreció a Simpson un cenicero.


Horace Crannach se sentía triste. Se llenó de café otra taza y miró sus herramientas, que estaban oxidándose. Clavó la vista en un plastificante.
-Pagué noventa y seis dólares por él -gimió-. Y dos semanas después bajaron a diez centavos. Cualquier ama de casa puede reparar las abolladuras. ¡Ojalá me hubiese hecho carpintero!
Su socio le respondió:
-Te quejas porque sí. Yo hace un mes que no toco un motor. Iba a comenzar el último trabajo cuando el sabiondo vino y me dijo: "Déjalo, lo haré yo mismo".
-¿Y lo hizo?
-Lo hizo. Colocó bien los pistones. Rectificó el cilindro. Colocó las válvulas con las manos en su sitio. Arregló con dos dedos las bielas. Le vendí un cubo de agua. No era de metal.

-Señores -dijo William J. Volante con energía-, las prensas se han hecho anticuadas. Las forjas pueden continuar. Ya no necesitamos preocuparnos de los fabricantes. Formaremos un equipo de mujeres que harán a mano las piezas. No veo razón para que no podamos producir un nuevo modelo cada seis meses. El señor Archer de Contabilidad me informa que las nuevas herramientas sólo costarán, aproximadamente, el dos por ciento de nuestros anteriores presupuestos. En vista de ello, parece indicado anunciar una rebaja del dos por ciento en los precios de todos los modelos...
El señor Mardsell carraspeó.
-Me temo que no, señor Volante. ¿Ha visto usted nuestros últimos precios de venta? Me figuro que no. Los cuatro grandes están ofreciendo modelos de lujo con radio, calefacción, ventanillas automáticas, acondicionamiento de aire, camas plegables, etc., por mil cien dólares.
Volante pareció de pronto representar más de los sesenta y ocho años. Abrió y cerró la boca como un lenguado recién sacado del agua y se sentó como si se hubiesen agotado sus fuerzas. El señor Archer le tendió un vaso de agua.
-No se preocupe -dijo Mardsell-. No venden más que nosotros. Parece ser que eso de "hágalo usted mismo" ha afectado también a la industria del automóvil.

ÚLTIMAS NOTICIAS. "BROMISTAS" EN ACCIÓN.
San Francisco, 16 de octubre. - Anoche unos "bromistas" soltaron los cables del tramo principal del puente Golden Gate. Los vehículos debieron retroceder trece kilómetros, en tanto que las embarcaciones esperaban la bajamar. Trescientos cincuenta metros del tramo central se hallan ahora a flor de agua en la marea alta. Las autoridades de la ciudad están efectuando llamadas urgentes a las ciudades costeras más próximas para que envíen vapores de río para reemplazar al inseguro puente.

El conductor del camión se secó el sudor de la frente con un antebrazo peludo.
-No importa lo que diga el viejo -dijo, dirigiéndose a su ayudante y a dos ardillas que le miraban con curiosidad desde la copa de un pino-. Iré caminando el resto del camino.
Su ayudante asintió enérgicamente con la cabeza.
-Es intolerable bajar por la colina y que el motor se haga masilla -añadió el conductor-. Cualquier día de estos un chiquillo va a pulverizar el eje delantero o una rueda, y no pienso conducir cuando esto suceda.
-¿Has leído en el periódico de esta mañana lo que ha pasado con el ferrocarril de Twentieth Century Limited?
-¡Oh, no! -gruñó el conductor.
-¡Oh, sí! Un niño necesitaba unos cuantos metros de vía.

-¿Le gustan las manzanas? -preguntó el agente de la CIA.
-¡Déjeme en paz! -replicó el señor Jenkins-. He cooperado. Todavía tienen mis setecientos treinta y ocho.
Salieron del edificio. El coche del Gobierno se había convertido en un montoncito de lodo blando durante su ausencia.
-A propósito, ¿que le sucedió a aquel ruso que pretendía haber inventado esas cosas?
-Tengo entendido que también ellos tienen sus conflictos -con sarcasmo el agente de la CIA sonrió-. Alguien descubrió que las ametralladoras ligeras no disparan bien, y ahora todos los camaradas están transformando sus rejas de arado en espadas.

Tuchi emitió zumbidos durante varios minutos. Como no había seres humanos escuchando, su voz no salía de la hebilla de su cinturón. De lo contrario, la conversación hubiera sido más o menos como sigue:
-Tú has hecho todo. Ahora deshazlo.
-¿Cómo quieres que lo deshaga? -repuso el indicado Chorl-. Lo dices como si fuese culpa mía.
-¿Es que no lo es?
-¡Qué sé yo!
Calló al ver que otro grupo de nativos se acercaba por la orilla opuesta del riachuelo. El jefe del grupo les arrojó un hacha de piedra y los E.T. tuvieron el tiempo justo para zambullirse.
-Puede ser que tengan un coeficiente de distinto desarrollo. Nos costó quizá ciento diez revoluciones el viaje de ida y vuelta. Admito que es bastante rápido, pero las civilizaciones se derrumban, sobre todo las primitivas.
-¿Y que hacemos ahora con cien millones de plastificantes?
-Dime mejor qué hacemos con la cláusula que penaliza el retraso en la entrega del caviar y te diré lo que se puede hacer con los plastificantes.
-No lo comprendo -dijo Chorl.
Al otro lado del riachuelo un grupo de nativos recogía piedras para cargar una catapulta. Su jefe llevaba en el cuello una cadena de oro de la que colgaba el molar de un herbívoro local y otro talismán de brillante color rojo.

FIN

2024/11/25

El largo camino de la venganza (Clark Darlton)


Título original: Der lange weg der rache
Año: 1971


Extracto de la Enciclopedia Universal de Bernard, edición de 2176:

"Ya en el siglo XIX describió el escritor inglés H. G. Wells una máquina del tiempo. Sin embargo, hasta el año 2145 fracasaron todos los intentos de construir semejante ingenio. Después, el genial físico Karel Dekker desarrolló un aparato de base hiperenergética que hizo posible el traslado de objetos y seres vivientes al pasado. Lo que por desgracia no se ha logrado todavía es hacer volver a nuestra época presente la materia enviada entonces unos quinientos años atrás. Un viaje al futuro se considera imposible, en general, ya que éste no existe todavía".

El juez Jenner estaba plenamente convencido de haber actuado con justicia y según las leyes. Desde el comienzo del proceso compartió la opinión del fiscal, incluso de manera abierta, pese a que no podía hacer tal cosa. Por ello surgieron diferencias de opinión con el abogado defensor, que tuvo que resignarse a ver perdida la causa de su mandante. No era el cobro de sus honorarios lo que preocupaba a éste. Aunque el barón Edmond von Klarenbach desapareciera para siempre del círculo de los actualmente vivientes, el abogado obtendría su remuneración. Von Klarenbach era hombre acaudalado y debería pagar a su defensor antes de abandonar definitivamente su época.
Porque en eso consistía la condena del juez Jenner.
Hacía tiempo que se había abolido la pena de muerte. Dado que, según Dekker, no podía existir un contrasentido cronométrico (afirmación comprobada por él a través de experimentos), se había adoptado el simple método de enviar al pasado, con ayuda de la máquina inventada por Dekker, a los condenados a la última pena. Allí desaparecían a perpetuidad y ahorraban dinero y disgustos al mundo actual. Era un sistema humano de sacarse de encima a los elementos indeseables.
En el fondo, el barón Edmond von Klarenbach era inocente. También Jenner lo sabía. No obstante, había pronunciado la sentencia que, en realidad, tenía ya decidida antes de iniciarse el proceso.
La cosa se remontaba a los tiempos de su padre, antes de la invención de la máquina del tiempo. Propiamente, todo había empezado por una insignificancia fácil de solucionar mediante una discusión sensata, pero tanto el concejal Jenner como el barón Clavius von Klarenbach eran unos testarudos.
El concejal era un apasionado cazador, y un día, persiguiendo a un magnífico venado de doce puntas, se adentró sin querer en los terrenos del barón. Allí tuvo suerte y cobró pronto la pieza, pero el barón Clavius le acusó de caza furtiva. Se llegó a una conciliación, como era de esperar. Sin embargo, Jenner ya no pudo prosperar en su carrera política y nunca pudo quitarse del todo el mal sabor que el desagradable suceso dejara en él. Murió pocos años después, cuando tenía ya próxima la jubilación.
Su único hijo, Richard Jenner, había estudiado Derecho, y a él le confió el viejo su último deseo; que se vengara del barón Clavius von Klarenbach o del descendiente de éste.
Al principio, Richard no se avenía a la idea de hacer daño a un desconocido, por lo que decidió visitar al anciano barón en su propiedad. Encontró al señor del castillo de un pésimo humor y, al darse a conocer, fue echado sin miramientos de la mansión por el joven Edmond von Klarenbach y un lacayo.
Este suceso quedó grabado en la mente de Richard Jenner, que algunos años más tarde fue nombrado juez. Y llegó el día en que determinó cumplir la oscura última voluntad de su padre.
La ocasión no había de tardar en presentarse, ya que la reforma agraria descubrió ciertas cosas que no arrojaban una luz nada favorable sobre los manejos del joven barón. Edmond von Klarenbach había forzado a varios pequeños terratenientes y campesinos a renunciar a sus derechos con el objeto de conservar íntegra la propiedad que desde hacía siglos había pertenecido a su familia. Una historia complicada, como bien sabía el juez Jenner, pero cuando le fue confiado el caso, empezó a buscar y estudiar todo el material de información que fue posible obtener. Y aunque halló algunas incongruencias a lo largo de su minuciosa labor, no dejó que le apartaran de su decisión. Su deber consistía en eliminar de una vez para siempre al odiado barón. Poco le importaba, para lograrlo, ayudar a que se hiciera justicia a los acreedores o favorecer a bribones. Lo único que ansiaba era cumplir el deseo de su padre.
En el siglo XXII, y pese a todas las innovaciones sociales y sus correspondientes leyes, el sentido de la tradición había renacido con inusitada fuerza. El hijo seguía los negocios del padre y se ocupaba de terminar lo que la muerte había impedido a éste llevar a cabo.
Entre estas cosas figuraba la venganza.
Cuando el juez Jenner hubo repasado todo el material, supo por dónde agarrar al barón Edmond von Klarenbach. Firmó una orden de arresto por extorsión.
No fue difícil para Jenner reunir pruebas. Sacrificando buena parte de su propia fortuna, movió a aquellos terratenientes perjudicados por von Klarenbach a formular su denuncia de manera más dura. La coacción se transformó en exacción, y con ello el aristócrata estuvo perdido.
El juez Jenner le condenó a ser trasladado, mediante la máquina del tiempo, a una época indeterminada: Más o menos, a quinientos años atrás.
Y eso, aunque no lo fuera, equivalía a una condena a muerte.
Durante su última noche en la celda, Edmond von Klarenbach llegó a la conclusión de que existía un camino para revisar un día esa sentencia.
Y se juró seguirlo.
 
Richard Jenner respiró aliviado cuando al día siguiente, al término de su trabajo, regresó al hogar y se sentó dispuesto a repasar la correspondencia. Su ama de llaves estaba de vacaciones, y él era soltero.
Comenzó por leer las cosas de poca importancia y dejó para el final el grueso sobre que ya le llamara la atención desde el principio. La empinada letra resultaba anticuada y un poco pedante, pero no le pareció del todo desconocida.
El sobre no llevaba indicación del remitente.
Jenner lo rasgó y quedó sorprendido al hallar en su interior una serie de páginas escritas a máquina. Iban éstas acompañadas de una carta que presentaba la misma letra inflexible.
Decía ésta:


"17 de abril de 2199.
Al juez Richard Jenner.
Ni usted ni yo podremos olvidar esta fecha. Pero si manda analizar la tinta de mi escrito en un laboratorio, le confirmarán que tiene una antigüedad de quinientos años. Y eso es exacto. Escribo esta carta en el año 1699 y soy el fundador de la estirpe de los von Klarenbach: El barón Edmond von Klarenbach.
Le envío este documento para que los expertos en grafología puedan comprobar que no es usted víctima de una mixtificación. Cualquiera le garantizará que se trata de la letra de un hombre al que usted mismo lanzó quinientos años atrás mediante la máquina del tiempo… y que acaba de volver a su época para vengarse.
¿O esperaba usted escapar sin castigo?
El manuscrito adjunto contiene la historia de mi vida, de esta segunda vida que le debo a usted. Sólo entonces, cuando lo haya leído todo, se dará cuenta del castigo que le reservo.
Y comprenderá también el lema de mi estirpe, que reza así: Nada en este mundo sucede sin motivo.
Barón Edmond von Klarenbach".

Cuando Richard Jenner hubo leído la carta, se recostó contra el respaldo de su sillón con el misterioso escrito sobre sus rodillas y los ojos cerrados. Se negaba a aceptar lo que parecía la única explicación lógica. Era imposible que un hombre muerto hacía quinientos años volviera de repente a la actualidad. El barón Edmond von Klarenbach había dejado de existir aquella mañana —y, con ello, hacía casi quinientos años— al penetrar en la cámara de la máquina del tiempo.
Nadie había regresado todavía. ¿Por qué iba a hacerlo, pues, el barón?
El juez abrió los ojos y se cercioró de hallarse aún en su acogedor cuarto de trabajo. Con manos temblorosas dejó la carta encima de la mesa y tomó las hojas mecanografiadas, que eran diez. Los caracteres de la máquina de escribir eran modernos, sin duda alguna, y procedían de sus días.
Una conclusión que a la vez tranquilizó e intranquilizó a Jenner. Por fin, el hombre se animó a empezar la lectura:

"No sentí miedo cuando, por la mañana, los guardianes vinieron a buscarme. No me conducirían a la cámara de gas ni a la silla eléctrica, sino a aquel cuarto que albergaba la máquina del tiempo. Desde un principio estuve convencido de que funcionaría, terminando así mi vida en la época presente. Sin embargo, ello no significaba la muerte absoluta ni el final definitivo.
No, yo no experimentaba temor, pero sí un rencor incontenible cuando pensaba en el triunfo del hombre que había realizado de manera tan horrible su mezquina venganza. Por un motivo poco menos que ridículo —yo era entonces todavía un chiquillo— me desterró de mi presente. Con ello me obligó a cavilar durante toda una noche; la noche anterior a mi 'ejecución'. Y mis reflexiones dieron resultados sorprendentes.
Detrás de mí se cerró la cámara del tiempo, y me vi solo. Ni siquiera pude oír cómo manejaban el ingenio, pero me importó poco. Quinientos años, había calculado Dekker. ¿Por qué había de equivocarse? Además, en aquella época, medio milenio atrás, se habían producido muchos descubrimientos científicos que fácilmente podían relacionarse con la influencia de hombres preclaros enviados al pasado con ayuda de la máquina de Dekker en el transcurso de los últimos veinte o treinta años.
Galileo inventó el telescopio.
Kepler estableció las leyes del movimiento.
Newton presentó luego sus leyes sobre la gravitación.
No faltaba mucho para que William Harvey descubriera la circulación sanguínea. Y Pascal tuvo la idea de emplear el barómetro como altímetro.
Fue la época en que los hombres descubrieron su mundo y empezaron a ampliar su horizonte. Comprendí que eran unos tiempos a mi medida, pero supe también, en seguida, lo cauto que debía ser si no quería acabar en un calabozo por hereje o brujo.
En la cámara del tiempo reinaba la oscuridad. De pronto tuve la sensación de flotar en el aire y perder el suelo bajo mis pies. Caí, caí muy abajo, hacia el pasado, a través de los siglos, hasta que súbitamente se cortó la corriente. La sacudida de la llegada al nuevo nivel de tiempo fue tan brusca, que me hizo chocar con violencia contra el suelo. No obstante, apenas sentí el dolor, porque mis ojos percibieron luz. Una luz débil, plateada y muy familiar.
Encima de mí lucía el límpido cielo nocturno con sus estrellas y una luna llena, medio cubierta por unas paredes. Cuando me incorporé la pude contemplar entera. No se había transformado.
Permanecí acurrucado y con el oído tenso. Aparte del susurro de las hojas secas y del aullido del viento al pasar por los huecos abiertos en las paredes, no se percibía nada. Mis manos estaban tan frías y húmedas como el suelo sobre el que me hallaba. Dado que no tenía techo sobre mi cabeza, supuse que había ido a parar a unas ruinas.
¿Aterrizarían todos los delincuentes en aquel mismo lugar?
Noté que me estaba quedando aterido, pues no llevaba más que el delgado traje que era costumbre en las cárceles del siglo XXII. Con esa vestimenta iba a llamar bonitamente la atención, a finales del siglo XVII, si no procedía con un cuidado tremendo. Y eso era imprescindible para realizar con éxito mi plan.
Un plan de quinientos años.
A pesar del frío me situé en un rincón protegido del viento, y pensé. Según mis cálculos debía ser poco después de la medianoche. La hora de los espíritus. En cierto aspecto yo también era una especie de espíritu, y como tal tenía que mirarme cualquier persona que casualmente pasara en aquellos momentos junto a las ruinas y me viese surgir de la nada.
Sí, se trataba de un edificio en ruinas. No tuve duda de ello cuando miré detenidamente a mi alrededor. En el mismo lugar donde más tarde se debería alzar el Palacio de Justicia, se derrumbaba hoy, quizás en el año 1699, un viejo castillo.
Si mi plan surtía efecto, mañana no esperaría allí inútilmente.
Pasé la noche lo mejor que pude y, cuando empezó a clarear, examiné los aposentos aún intactos de las ruinas, y descubrí, en una cámara escondida, algunas ropas desechadas que me prestaron gran servicio. Gracias a ellas pude esconder mi delatora ropa y establecer un primer contacto con la gente.
Al anochecer volví a un escondrijo, en espera del hombre que había de confirmar el acierto de mi actuación. Mi mano empuñaba la espada que también encontrara en la antigua armería de las ruinas.
Pero ahora quiero dar un salto adelante en mi relato, para que se entienda mejor lo ocurrido aquella noche.
Cuando supe que mi plan había dado resultado antes de que pudiese llevarlo a cabo, abandoné las ruinas y me encaminé a la ciudad más próxima. Me hice pasar por un artesano que viajaba para conocer mundo y, como nunca fui precisamente torpe en lo referente a la agricultura, no tardé en encontrar un amo que me convenía. No me resultó nada fácil acostumbrarme a las nuevas circunstancias, pero mi capacidad de adaptación y mi férrea voluntad me ayudaron a ganarme la confianza e incluso la admiración de mi patrono. Yo estaba en situación de darle unos consejos que no podía recibir de nadie más, de modo que pronto fui su mano derecha y, por fin, su amigo.


Corrían tiempos inquietos.
Los turcos habían sitiado Viena para ser después derrotados.
Atlasov descubrió la península de Kamchatka.
Los Países Bajos se habían convertido en la primera potencia comercial del mundo y los ingleses se disponían a fundar Calcuta a través de su compañía de las Indias Orientales.
El príncipe Eugenio se batía en los Balcanes.
En nuestra tierra reinaban la paz y la tranquilidad. 
A mí me constaba que llegarían épocas tempestuosas, pero nunca había sido un buen alumno en Historia. Pero eso tal vez fue una suerte para mí, ya que de otra forma hubiese intentado intervenir en los sucesos. Acababa de comprender de cuán diminutas casualidades e insignificantes acontecimientos dependía el cuadro del futuro.
Murió la mujer de mi amigo y, dos años más tarde, yo me casé con su hija, que de este modo se convirtió en la ascendiente de nuestra estirpe. Ella ignoraba por completo el secreto que yo arrastraba conmigo, y nunca llegó a conocerlo. Al morir su padre diez años después de nuestro matrimonio, yo obtuve el dominio ilimitado sobre todos sus bienes y sabía, además, que en mi familia siempre existiría un hijo que siguiera llevando mi nombre.
Mi primogénito, Jesco, tenía ahora ocho años. A él le confesaría un día el secreto de mi procedencia, para que, cuando a su vez fuera padre, lo transmitiera a su hijo mayor. Así durante quince o veinte generaciones, quizá, hasta que nuestra estirpe contase quinientos años de existencia.
Tampoco para mí se había detenido el tiempo. Si ahora pudiera verme, juez Jenner, quedaría asombrado. Soy un hombre anciano que camina encorvado y tiene los cabellos blancos. Mi testamento está hecho, por si acaso la muerte me sorprendiera antes de lo que espero.
He aquí mi última voluntad:
En el año 2199, el penúltimo descendiente de nuestra familia será condenado por un juez llamado Richard Jenner a volver a nuestra época mediante la máquina del tiempo. Su hijo, Robert von Klarenbach, debe visitar al juez Jenner en la noche del 17 al 18 de abril de 2199, después de haberle enviado mi carta y el manuscrito. Luego le conducirá al Palacio de Justicia para mandarle exactamente quinientos años atrás con ayuda de los técnicos Gremmel y Randolph. Yo le aguardo.
Y ahora, juez Jenner, ¿cómo se siente? ¿No me cree? Siento decepcionarle. Mi hijo Robert, a quien transmito mis instrucciones a través de medio milenio, ha cumplido ya su misión. Porque yo mismo le di muerte a usted con una espada herrumbrosa, en las ruinas, en una noche de luna llena del año 1699. Y usted me reconoció.
Prácticamente, usted ya está muerto, juez Jenner. Mis hijos fueron guardando el secreto a lo largo de veinte generaciones, a través de guerras y de siglos. Todos esperaban este día, juez Jenner, que va a ser el último para usted.
Me imagino que ahora debe estar anocheciendo en su mundo, Jenner. No volverá a ver el sol. Ni siquiera uno que cuenta quinientos años menos. Porque yo le espero aquí, en el pasado. No se mueva de su mesa, no. Sería inútil querer avisar a la policía. Tiene que ser inútil, porque de otra forma no hubiera llegado usted ahora mismo adonde estoy yo, para que pueda matarle.
Por cierto que su cadáver es tenido por el de un extranjero venido de lejanas tierras. ¿Cómo, si no, iban a explicarse los sencillos habitantes de la aldea su curiosa indumentaria?
Y ahora, juez Jenner, le dejo solo con sus pensamientos. Cuando oiga llamar a su puerta, abra.
Es mi hijo Robert".

—¡Bah, todo esto no es más que un loco y maldito círculo vicioso! Nada más —se dijo el juez Jenner cuando empezó a comprender lo inevitable—. Puedo sacar mi revólver del cajón de mi escritorio y pegar dos tiros a Robert von Klarenbach en cuanto pise mi habitación. Me acusarán de homicidio, seré condenado y… enviado quinientos años atrás. Quizá con un átomo menos de energía, y me encontraré con Klarenbach. Y él me matará.
Jenner dejó cuidadosamente los papeles sobre la mesa y se arrellanó en su sillón.
De pronto comprendió que no tenía salida.
Cuando sonó el zumbador y en la pantalla espía vio el rostro de Robert von Klarenbach, se alzó poco a poco y abrió la puerta.
—Buenas noches —dijo el joven barón, casi cortésmente—. Mi padre desea hablar con usted…
Y señaló hacia la oscuridad de la noche, en la misma dirección en que, aproximadamente, se hallaba el Palacio de Justicia.
El juez Jenner obedeció sin decir palabra.


FIN

2024/11/18

Aviso previo (Richard Matheson)


Título original: Letter to editor
Año: 1952


Querido Don:
Bueno, se acabó el asunto. Tendrás que buscarte a otro que me sustituya. No puedo escribir ni una palabra más. Estoy seco. "¿Por qué?", te preguntarás, y con razón. ¿Cuántas veces te he dicho que tenía dentro veinte años de historias? Al menos un millón de veces. Bueno, pues se me han acabado todas.
Eres el último en enterarte. No quería escribirle a mi agente sin haberme asegurado antes. Pues bien, ahora estoy totalmente seguro, maldita sea.
Todo comenzó más o menos hace un mes. Voy a empezar citando. Atento, inicio de la cita:

3-B-5
Las naves espaciales marcianas aparecen primero como luces intermitentes alrededor de la Luna. Son visibles durante diez minutos seguidos, con intervalos de quince minutos entre una aparición y la siguiente.

Fin de la cita.
Estoy sentado en mi despacho, estrujándome la cabeza para sacar una historia. Es una de esas mañanas en las que a uno le apetece fundir la máquina de escribir para convertirla en una barra de acero con la que matarse a golpes.
Estoy terminando una historia con un diálogo vergonzoso, una trama para darse cabezazos contra la pared, unos personajes (reconozcámoslo) vomitivos. Arranco otra hoja y la tiro a la papelera, que se está llenando esta mañana. Me quedo ahí sentado, abatido, pensando en el suicidio.
Para completar la escena, Ava está en la cocina preparando una tarta, y el pequeño Hoagy, en la cuna, ensuciando el pañal.
Incapaz de soportar el silencio de mi cerebro, inerte como un trozo de gelatina, enciendo la radio. Oigo el final de una noticia fascinante. El locutor dice que el maíz y el trigo han subido dos puntos y que la Bolsa fluctúa. Tomo nota para utilizar eso en alguna historia, más adelante, y cambio de emisora. Llego al final de otra noticia.
-Y las luces intermitentes -recita el comentarista- fueron visibles durante periodos de diez minutos. Los observatorios de todo el país investigan en profundidad este insólito fenómeno. Por lo demás, el valor en Bolsa del maíz… 
Apago la radio.
Así es; no me entero de nada. Puede que a la gente le sorprenda, Don. Pero ya me conoces. A no ser que alguien se agache a decirme que acaba de atropellarme un camión, no me entero.
No lo descubro hasta la hora de comer, en la barra de la cocina.
Estoy tomando sorbos de sopa y leyendo el Sunday Times de hace dos semanas, con el que pretendo ponerme al día. El pequeño Hoagy está dándole una buena paliza a la papilla con la cuchara. Desisto de leer, tiro el periódico a la papelera y enciendo la pequeña radio que hay en la estantería.
La Sexta de Chaikovski muere lentamente y empieza otro informativo.
El locutor dice: 
-Los científicos y las autoridades gubernamentales siguen investigando las extrañas luces intermitentes avistadas anoche alrededor de la Luna. Estas luces pudieron verse en periodos de diez minutos y a intervalos de quince entre una aparición y la siguiente. Los representantes del Gobierno han negado rotundamente los rumores que las atribuyen a naves interplanetarias. Al mismo tiempo, en la Tierra se recibieron emisiones de onda cada media hora, señales que no han podido ser traducidas a ningún código conocido.
Dejo medio sándwich en la mesa, me precipito al despacho y saco el enorme cartapacio titulado Marte. Sabes a qué cartapacio me refiero, Don. Sabes que tardé un año entero en llenarlo, y también que me lo inventé todo de cabo a rabo.
Abro mi cartapacio por la sección 3, subapartado B, párrafo 5, ¿y qué joya informativa me salta a la vista?
La que te he citado antes.
Esto es el no va más, me parece a mí. ¿Quién soy? ¿El Nostradamus de Flatbush?
Es inquietante. Sigo leyendo a partir del punto 3-B-5:

Las emisiones de onda marcianas se reciben a intervalos de treinta minutos durante el periodo en que las luces intermitentes resultan visibles junto a la Luna.

Me quedo sentado y leo el párrafo una y otra vez. No estoy digiriendo la comida. El corazón me aporrea el pecho. Siento la tentación de pellizcarme una pierna. 
-¡Ay! -digo, al darme cuenta, con un escalofrío, de que estoy pellizcándome de verdad.
"Bueno", me digo, "soy un pobre escritor de ciencia ficción mal pagado que ha acumulado todos estos datos sobre Marte con los sobrantes de mi sesera de corcho". Me decía que cuando terminara la recopilación tendría veinte años de material para mi epopeya sobre el planeta Marte. Sería feliz. Los editores serían felices. Don sería feliz. Todos seriamos felices, aplaudiríamos y bailaríamos alrededor de la hoguera.
El problema es que lo que me he inventado está pasando de verdad.
Me quedo un rato sentado. Después devuelvo el cartapacio al estante regreso a la cocina y termino de comer. Pienso con detenimiento en está extraña coincidencia.
Reflexiono un poco más sobre el contenido de mi cartapacio.
La sección 3 se titula Declaraciones de guerra de Marte a los distintos planetas.
El subapartado A se titula "Declaración de guerra a Venus". Como recordarás, la cita de antes era de la sección B.
¿Lo entiendes?
 
La conmoción es como un incendio: Si no se le añade combustible, se apaga. Paso unas cuantas noches sin dormir. Llamo a la Universidad de Nueva York, a la de Brooklyn y a unos cuantos sitios más. Pregunto por los catedráticos de astronomía. No sé por qué los llamo, pero tengo que contárselo a alguien. Decírselo al presidente no serviría de nada; ya está bastante ocupado con la Guerra Fría, así que pruebo con los astrónomos.
No son de mucha ayuda. Tres de ellos opinan que son meteoritos. Dos dicen que cometas. Uno, menuda sorpresa, opina que se trata de histeria colectiva. 
Pienso: "Ah, bueno, ¿quién sabe?"
Si me dicen que las señales provienen de erupciones solares, me lo tragaré. ¿Por qué no? ¿Crees que estoy deseando ser un profeta?
Me olvido del asunto. Mis vísceras regresan a la Tierra y todo vuelve a ir a las mil maravillas. Escribo otras dos historias sobre Marte a lo largo de la semana siguiente. Te las envío. Tú las vendes.
Entonces, una mañana, me encuentro de nuevo en el mar de los Sargazos de la creación. El aire crepita con el silencio. Estoy en medio de la nada.
Otra vez busco un poco de consuelo en la radio.
Un hombre habla con la boca llena de bollo y café soluble.
-Dime, Bella -dice, y sé que estoy escuchando el programa del rey y la reina de los tópicos a la hora del desayuno-. Dime, Bella -repite. 
Bella duerme o ha caído muerta sobre las tostadas francesas.
-Qué -responde al fin.
-Veo que vuelven a correr esos rumores disparatados sobre marcianos, al estilo de Orson.
-¿Sí? -pregunta Bella. Qué conversadora tan profunda y excelsa. 
-Pues sí -prosigue el hombre, tras hacer una pausa para tomar un sorbo de café tan ruidoso que casi puedo saborearlo-. Sí -resuella-. Están seguros, pero segurísimos, de que esas luces son de naves espaciales. Walter Provincial lo dice tal cual en su columna: "La base de las Fuerzas Armadas de Wyoming captó una de esas luces lunares en la pantalla de su radar y registró un rastro de…". No te lo pierdas, Bella: "De más de ocho mil kilómetros por hora". ¿Qué te parece?
-¡Vaya! -responde Bella.
-Y eso no es todo -sigue el hombre-. Un catedrático de arqueología de la Universidad de Lichen dice que las señales de radio recibidas se descifran con una tabla de códigos que encontró en una antigua tumba egipcia.
¡¿Qué?!
No es Bella. Soy yo, que he pegado un salto hasta el techo. Bajo y cojo mi cartapacio. Estoy sudando. ¿Por qué?

3. B. Rendimiento
1. Las naves espaciales militares marcianas son capaces de alcanzar velocidades comprendidas entre los trescientos kilómetros por hora (la velocidad de crucero) y los más de quince mil por hora como máximo.

Rango dentro del cual entran perfectamente los ocho mil kilómetros por hora.
No es una prueba abrumadora, ¿verdad? De acuerdo. No lo sería si no hubiera nada más… Pero ahora viene la gota que colma el vaso, mi querido agente. Agárrate a la silla.

5-D-7
Las partidas de exploración marcianas aterrizaron en la Tierra en el año 1600 a. C. y durante los años siguientes. Dejaron en varios lugares tablillas metálicas grabadas con las claves necesarias para interpretar sus señales. Por ejemplo, después del reinado de Tutmosis III, estas tablillas se colocaron en las tumbas de cien personas importantes e ilustres de la época.


¡Tumbas egipcias! 
"Dios mío", me digo, "empiezo a darme miedo". Me quedo detenido unos minutos en lo que podría considerarse un coma. A lo lejos, oigo que Ava me grita que lleve no sé qué a no sé dónde para hacer no sé qué. Me hago el sordo.
Después de quedarse ronca de gritar, entra en el despacho con los brazos en jarras.
-¿Estás sordo o qué? -me pregunta con cariño.
-Ven aquí -le digo, y es la voz de un profeta la que habla-. Siéntate a mi lado. Está pasando algo terrible.
-Tengo cosas que hacer.
Yo insisto. Al final se sienta y se lo cuento. Le cito los párrafos escogidos.
-¿Y bien? -dice.
-¡Y bien! -exclamo-. ¿Es que tú también te has quedado sorda? ¿No te das cuenta de lo que significa? Yo me inventé todo lo que te he leído. ¡Y ahora es real! ¡Real!
-¿Cómo va a ser real si te lo has inventado?
-No lo sé -digo en un susurro. Echo un vistazo hacia atrás-. Tal vez los marcianos le dictaron todas esas historias a mi subconsciente. Quizá todas las historias que he escrito sean ciertas. Por Dios, ¡quizá sea un publicista cósmico sin saberlo!
-¡Seguro! -dice ella.
-¡Van a declarar la guerra a la Tierra! ¡Van a aniquilamos a todos! 
Se levanta para marcharse.
-Que no se te olvide tender la ropa -dice.

Han pasado varias semanas desde que mi sistema automático ha dejado de ponerme verde. Estoy subiendo en el ascensor del edificio Shill para entrevistarme con Mike, tu editor favorito y el mío también.
Me hace pasar a su despacho y nos sentamos frente a frente después de darnos la mano.
-Tengo grandes noticias para ti -le digo-. Cuentos espeluznantes del espacio lleva diez años publicando hechos históricos.
Parpadea. Se levanta indignado.
-¿Pretendes insultarnos a mi personal y a mí? -me pregunta. Le hago un gesto para que se siente y él se arrellana en la silla de cuero—. ¿Qué disparate estás diciendo?
Lo pongo al corriente de los hechos. Pierde su palidez editorial para convertirse en un muñeco de nieve cuando le explico que mi congresista no ha respondido al telegrama que le envié y que el jefe de Protección Civil ha archivado mi solicitud en la carpeta de los chiflados.
-Se ríen de mí -le digo, tras terminar mi historia-. ¿Y ahora qué? ¿Competimos con revistas históricas como American Heritage?
Se queda sentado en silencio, mordisqueándose los nudillos. Me ensimismo. Al cabo de un rato me mira.
-Tenemos que asumirlo -dice-. Les hemos dicho a nuestros lectores una y otra vez que Cuentos espeluznantes publicaba la mejor ficción. Ahora hemos quedado como unos mentirosos. Pero debemos afrontarlo con valentía. Empecemos con una serie de artículos que cuenten a la gente la verdad sobre este caso. 
Consulta una libreta.
-¿Puedes pasarle los primeros artículos a Don antes del miércoles? Eliminaremos un relato de Matheson y meteremos lo tuyo.
-Pero parece que no te das cuenta de que… Bueno, de que esto es la guerra.
-¿Y cuándo diablos no lo es? -dice Mike-. Bueno, pasemos a los detalles.
Así que vuelvo a casa y me siento. Estoy solo. Ava está en el zoo de Prospect Park con Hoagy, según dice la nota que me encuentro en la máquina de escribir.
Aunque me asusta, enciendo la radio. Rezo para que emitan música. Escucho el último suspiro de Don Juan, de Gluck. Me preparo. Empiezan las noticias.

"Astrónomos de todo el país informan sobre una evidente acumulación de las misteriosas luces intermitentes junto a la Luna. Las luces son ahora visibles de día. Una comisión del Gobierno está llevando a cabo una investigación exhaustiva".

La apago. Miro las paredes. "Investigación exhaustiva". Qué noticia tan estupenda. Pienso en lo estupenda que es mientras saco mi cartapacio y leo la sección 15.
 
15-B-3
Durante un periodo de entre cincuenta y quinientas horas terrestres, las naves marcianas se agruparán en torno a la Luna hasta que estén listas.

"¿Listas para qué?", te preguntarás.
Esta sección se titula, tiemblo al decírtelo, La invasión marciana de la Tierra.
Así que aquí estoy, un escritor maldito. Según mis documentos, esos documentos que creía haberme sacado de la manga, una mañana de estas las naves rodearán la Tierra y colocarán a su alrededor una pantalla electromagnética impenetrable. Después bajarán las esferas con las tropas, provistas de armas capaces de desintegrar cualquier cosa situada en un kilómetro a la redonda.
Esta sección, la 15, fue la última que recopilé. Pensaba usarla aproximadamente en mi vigésimo año como escritor. Incluso había elegido un posible título para el último relato. Se llama El fin de la Tierra. Creo que lo cambiaré.
Bueno, ya casi he terminado mi historia, Don. Esa es la cuestión. No puedo seguir escribiendo. Ni una palabra. No hago más que sentarme y meditar sobre lo que está pasando.
Ya ves, será mejor que te busques a otro. ¿Que por qué? Pues, maldición, porque ahora que todos mis documentos son reales, ¿sobre qué demonios voy a escribir? ¡Ya sabes que el ensayo no se me da bien!
Con pesar:
BURT


FIN