2024/03/11

El ruido de un trueno (Ray Bradbury)


Título original: A sound of thunder
Año: 1952


El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:

SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL, NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA.

Una flema tibia se formó en la garganta de Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de su boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.
—¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?
—No garantizamos nada —dijo el oficial—, excepto los dinosaurios —Se volvió—. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno a su regreso.
Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta: De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán.
Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.
—¡Infierno y condenación! —murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado—. Una verdadera máquina del tiempo. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizás estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.
—Sí —dijo el hombre detrás del escritorio—. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...
Eckels terminó la frase:
—Matar mi dinosaurio.
—Un Tyrannosaurus rex. El lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.
—¿Trata de asustarme?
—Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.
El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.
—Buena suerte —dijo el hombre detrás del mostrador—. El señor Travis está a su disposición.
Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.
Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.
—¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? —se oyó decir a Eckels.
—Si da usted en el sitio preciso —dijo Travis por la radio del casco—. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciértele con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.
La máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.
—Dios santo —dijo Eckels—. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.
El sol se detuvo en el cielo. La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.
—Cristo no ha nacido aún —dijo Travis—. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler… no han existido.
Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.
—Eso —señaló el señor Travis— es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.
Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.
—Y eso —dijo— es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que ustedes toquen este mundo del pasado de algún modo. No salgan del Sendero. Repito: ¡No salgan del sendero por ningún motivo! Si se caen del Sendero hay una multa. Y no tiren contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
—¿Por qué? —preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor a alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.


—No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, incluso una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.
—No me parece muy claro —dijo Eckels.
—Muy bien —continuó Travis—, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?
—Entiendo.
—¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!
—Bueno, ¿y eso qué? —inquirió Eckels.
—¿Eso qué? —gruñó suavemente Travis—. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: Cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no!
»Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz.
»Quizá Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizás Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo Asia crezca saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel nunca nacerá, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!
—Ya veo —dijo Eckels—. Ni siquiera debemos pisar la hierba.
—Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil.
»Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando desde muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? Nosotros no. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como ustedes saben, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.
—¿Cómo sabemos qué animales podemos matar?
—Están marcados con pintura roja —dijo Travis—. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.
—¿Para estudiarlos?
—Exactamente —dijo Travis—. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?
—Pero si ustedes vinieron esta mañana —dijo Eckels ansiosamente—, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos vivos?
Travis y Lesperance se miraron.
—Eso hubiese sido una paradoja —habló Lesperance—. El tiempo no permite esas confusiones, un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.
Eckels sonrió débilmente.
—Dejemos esto —dijo Travis con brusquedad—. ¡Todos de pie!
Se prepararon a dejar la Máquina. La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo por siempre y para siempre. Sonidos musicales y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire; eran los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.
—¡No haga eso! —dijo Travis—. ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma…
—¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?
—Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!
—Qué raro —murmuró Eckels—. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.
—¡Levanten el seguro, todos! —ordenó Travis—. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.
—He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza —comentó Eckels—. Tiemblo como un niño.
Todos se detuvieron. Travis alzó una mano.
—Ahí adelante —susurró—. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.
La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros. De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.
Silencio.
El ruido de un trueno.
De la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.
—Dios —murmuró Eckels.


Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un terrible guerrero. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo.
Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo. En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.
—¡Dios mío! —Eckels torció la boca—. Puede incorporarse y alcanzar la luna.
—¡Silencio! —Travis sacudió bruscamente la cabeza—. Todavía no nos vio.
—No es posible matarlo —Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible.
Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido
—Hemos sido unos locos. Esto es imposible.
—¡Cállese! —siseó Travis—. Dé media vuelta. Vaya lentamente hasta la máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.
—No imaginé que sería tan grande —dijo Eckels—. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.
—¡Nos vio!
—¡Ahí está la pintura roja en el pecho!
El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. 
El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.
—Sáquenme de aquí —pidió Eckels—. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.
—No corra —dijo Lesperance—. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina.
Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.
—¡Eckels!
Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies.
—¡Por ahí no!
El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.
Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle colgándole de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.
Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.
Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.
El trueno se apagó.
La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.
Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente. En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina. Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.
—Límpiense.
Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.


Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.
—Ahí está —Lesperance miró su reloj—. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal. ¿Quieren la fotografía trofeo?
—¿Qué?
—No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.
Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza. Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.
Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.
—Lo siento —dijo al fin.
—¡Levántese! —gritó Travis—. ¡Vaya por ese sendero, solo! Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!
Lesperance tomó a Travis por el brazo.
—Espera.
—¡No te metas en esto! —Travis se sacudió apartando la mano—. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablos, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados! Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!
—Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.
—¿Cómo podemos saberlo? —gritó Travis—. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!
Eckels buscó en su chaqueta.
—Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!
Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.
—Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.
—¡Eso no tiene sentido!
—El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!
La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.
Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.
—No había por qué obligarlo a eso —dijo Lesperance.
—¿No? Es demasiado pronto para saberlo —Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil—. Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien —Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance—. Enciende. Volvamos a casa.
1492. 1776. 1812.
Se limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.
—¡No me mire! —gritó Eckels—. ¡No hice nada! Salí del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?
—Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.
—Soy inocente. ¡No he hecho nada!
1999, 2000, 2055.
La máquina se detuvo.
—Fuera —dijo Travis.
El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio. Travis miró alrededor con rapidez.
—¿Todo bien aquí? —estalló.
—Muy bien. ¡Bienvenidos!
Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.
—Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.
Eckels no se movió.
—¿No me ha oído? —dijo Travis—. ¿Qué mira?
Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran… eran… Y había una sensación.
Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio, se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué clase de mundo era ahora, no podía saberse. Podía sentirlos moverse, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco…
Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera. De algún modo el anuncio había cambiado.

SEFARI EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA.

Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.
—No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida en el barro, brillante, verde, dorada y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.
—¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! —gritó Eckels.
Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?
—¿Quién… quién ganó la elección presidencial ayer?
El hombre detrás del mostrador se rió.
—¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! —El oficial calló—. ¿Qué pasa?
Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.
—¿No podríamos —se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina—, no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos…?
No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.
El ruido de un trueno.


FIN

2024/03/04

Los superjuguetes duran todo el verano (Brian W. Aldiss)


Título original: Super-toys last all summer long  
Año: 1969


En el jardín de la señora Swinton siempre era verano. Los deliciosos almendros se alzaban en él con un follaje perenne. Mónica Swinton cortó una rosa de color de azafrán y se la mostró a David.   
-¿No es preciosa? -comentó   
David alzó los ojos hacia su madre y sonrió sin responder. Tomando la flor, corrió con ella por el césped y desapareció detrás de la perrera, donde permanecía almacenada la segadora robot, dispuesta para cortar, barrer o cuidar el césped en el momento que fuera necesario. La señora Swinton permaneció inmóvil en su impecable sendero de gravilla de plástico.   
La mujer había intentado amar al pequeño.   
Cuando se decidió a seguir a David, le encontró en el patio haciendo flotar la rosa en su pequeña alberca poco profunda. El pequeño, absorto con su flor, se había metido en el agua sin quitarse las sandalias.   
-David, querido, ¿por qué has de ser siempre tan travieso? Entra en casa enseguida y cámbiate los zapatos y los calcetines.   
El niño entró en la casa sin protestar, meneando su cabecita de cabello oscuro a la altura de las caderas de su madre. A sus tres añitos, no mostraba el menor temor a la secadora ultrasónica de la cocina. Sin embargo, antes de que su madre pudiera encontrar unas zapatillas de repuesto, David se escabulló de la cocina y desapareció en el silencio de la casa.   
Probablemente, se dijo la madre, habría ido a buscar a Teddy.   
Monica Swinton, una mujer de veintinueve años, silueta esbelta y ojos suavemente radiantes, pasó a la sala de estar y tomó asiento cruzando las piernas con elegancia. Al principio, permaneció sentada y pensativa; muy pronto, sólo estaba sentada. El tiempo transcurrió en torno de ella con la maníaca lentitud que reserva a los niños, los locos y las esposas cuyos maridos están lejos de casa mejorando el mundo. Casi por reflejo, extendió la mano y cambió la longitud de onda de las ventanas. El jardín se desvaneció y, en su lugar, apareció junto a su mano izquierda el centro de la ciudad, lleno de una multitud abigarrada, vehículos de transporte y edificios (aunque mantuvo bajo el sonido). La mujer permaneció sola. Un mundo superpoblado es el lugar ideal para estar a solas.   
Los directivos de Synthank estaban dando cuenta de un opíparo almuerzo para celebrar el lanzamiento de su nuevo producto. Algunos de ellos lucían las máscaras faciales de plástico que tan de moda estaban. Todos los hombres estaban espléndidamente delgados a pesar de la gran cantidad de comida y bebida quc consumían. Sus esposas también mantenían una espléndida esbeltez pese a la abundancia de comida y bebida. Una generación anterior y menos sofisticada habría considerado a todos los presentes como "gente guapa", salvo por sus ojos.   
Henry Swinton, director administrativo de Synthank, se disponía a pronunciar unas palabras.   
-Lamento que su esposa no esté aquí para escucharle- comentó su vecino de asiento.   
-Mónica prefiere quedarse en casa pensando en cosas bellas- respondió Swinton, manteniendo la sonrisa.   
-Parece lógico que una mujer tan bella tenga pensamientos igualmente bellos- añadió el vecino.   
Aparta tu mente de mi esposa, cerdo, pensó Swinton sin dejar de sonreir. Después, se puso de pie entre aplausos para pronunciar su pequeño discurso. Tras un par de chistes como introducción, pasó a decir:   
-La fecha de hoy marca un verdadero hito en la historia de nuestra empresa. Hace casi diez años que lanzamos al mercado mundial nuestras primeras formas de vida sintéticas y todos sabemos el gran éxito que han representado, en especial los dinosaurios en miniatura. Sin embargo, ninguna de ellas posee inteligencia. Parece una paradoja que hoy en día seamos capaces de crear vida, pero no inteligencia. Nuestra primera linea de productos, la Tenia Croswell, es la que más se vende y la que posee menos inteligencia de todos.
Una carcajada unánime acompañó sus palabras. 
-Aunque tres cuartas partes de los habitantes de nuestro mundo superpoblado pasan hambre, nosotros, gracias al control demográfico, podemos disponer aquí de todo lo necesario y más. Nuestro problema es la obesidad, no la desnutrición. Apuesto a que todos los que estamos sentados en torno a ésta mesa tenemos trabajando para nosotros en el intestino delgado una Croswell, una tenia parásita totalmente inofensiva que permite a su huésped ingerir hasta un cincuenta por ciento más de comida sin que ello afecte a su figura. ¿Me equivoco? 
La mayoría de los presentes asintió con la cabeza. Swinton continuó diciendo.
-Nuestros dinosaurios en miniatura apenas son más inteligentes que esos gusanos. Hoy, en cambio, vamos a lanzar al mercado una forma de vida sintética dotada de inteligencia: Un sirviente humano de tamaño natural.   
»Nuestro sirviente no sólo es inteligente, sino que posee un grado de inteligencia limitado. Consideramos que las personas le tendrían miedo a un ser con un cerebro humano, de modo que nuestro sirviente biónico tiene un pequeño ordenador en el cráneo.   
»Hasta ahora ha habido en el mercado objetos mecánicos con miniordenadores por cerebro, objetos de plástico sin vida, superjuguetes, pero hoy, por fin, hemos encontrado la manera de unir los circuitos del ordenador con la carne sintética.   

David estaba sentado junto al amplio ventanal de su cuarto, pugnando con un lápiz y un papel. Por último, dejó de escribir y se puso a hacer rodar el lápiz por la superficie inclinada de la tapa del pupitre.   
-¡Teddy! -exclamó de pronto.   
Teddy estaba sobre la cama, apoyado en la pared bajo un libro con imágenes en movimiento y un enorme soldado de plástico. El modelo fonológico de la voz de su amo lo activó y Teddy se sentó erguido entre los juguetes.   
 -Teddy, no se me ocurre qué poner.   
El osito saltó de la cama y dió unos pasos rígidos por el cuarto hasta agarrarse a las piernas del pequeño. David lo levantó y lo instaló sobre el pupitre.   
-¿Qué has escrito hasta ahora?   
-He puesto... -El pequeño sostuvo en alto la carta y la repasó con una mirada seria y penetrante-. He escrito, "Querida mamá, espero que te encuentres bien. Te quiero mucho..."


 Se produjo un largo silencio hasta que el osito respondió:   
-Suena muy bien. Ve abajo y dáselo.   
Otro largo silencio.  
-No está bien. Mamá no lo entenderá.      
En el interior del osito, un pequeño ordenador repasó su programa de posibilidades.   
-¿Por qué no lo vuelves a escribir con lápices de colores?   
Al observar que David no respondía, el osito repitió su sugerencia:  
-¿Por qué no lo vuelves a escribir con lápices de colores?   
David tenía la vista fija en la ventana.   
-¿Sabes que estaba pensando, Teddy? ¿Cómo puede uno distinguir las cosas reales de las que no lo son?   
El osito barajó sus alternativas.   
-Las cosas reales son buenas.   
-Me pregunto si el tiempo es bueno. No me parece que a mamá le guste demasiado el tiempo. El otro día, hace un montón de días, dijo que el tiempo pasaba por ella. ¿Es real el tiempo, Teddy?  
-Los relojes marcan el paso del tiempo, los relojes son reales. Mamá tiene relojes, de modo que deben gustarle. Lleva un reloj en la muñeca junto al dial.   
David empezó a dibujar un reactor de gran capacidad en el reverso de la carta.   
-Tú y yo somos reales, ¿verdad Teddy?       
Los ojos del osito contemplaron al chiquillo sin parpadear.   
-Tú y yo somos reales, David.
El osito estaba especializado en proporcionar consuelo.   

Mónica deambuló lentamente por la casa. Faltaba poco para que llegara el correo de la tarde por el aparato. Marcó el número de la oficina de correos en el dial que llevaba en la muñeca, pero no obtuvo respuesta. Tendría que esperar unos minutos más.   
 Podía ocuparlos pintando un poco, o llamando a sus amigos, o esperando a que Henry volviera a casa, o subiendo al piso de arriba para jugar con David...   
Se dirigió al vestíbulo y anduvo hasta el pie de las escaleras.   
-¡David!   
No hubo respuesta. La mujer lo llamó tres veces más.   
-¡Teddy! -exclamó a continuación en un tono de voz más agudo.   
-¡Sí, mamá! -Tras un instante de pausa, la cabecita de pelo dorado de Teddy asomó a lo alto de la escalera.   
-¿Está David en su cuarto, Teddy?   
-Ha salido al jardín, mamá.   
-¡Ven aquí abajo, Teddy!   
Mónica observó impasible la pequeña figura peluda mientras descendía los peldaños uno a uno con sus patas cortas y rechonchas. Cuando el osito llegó al pie de la escalera, la mujer lo levantó del suelo y lo condujo a la sala de estar. Teddy permaneció inmóvil en sus brazos, contemplándola. La mujer pudo apreciar la levísima vibración de su motor.   
-Quédate aquí, Teddy. Quiero hablar contigo.   
Mónica colocó al osito sobre una mesa y Teddy se quedó allí como ella le había dicho, con los brazos extendidos y abiertos en el gesto eterno de un abrazo.   
-Teddy, ¿te ha dicho David que me dijeras que ha salido al jardín? -Los circuitos del cerebro del juguete eran demasiado sencillos para saber mantener una mentira.   
-Sí, mamá -respondió finalmente.   
-De modo que me has engañado...   
-Sí mamá.   
-¡Deja de llamarme mamá! ¿Por qué intenta evitarme David? No tendrá miedo de mí, ¿verdad?   
-No. David te quiere mucho.   
-¿Por qué no podemos comunicarnos entonces?  
-David está arriba.   
La respuesta hizo que Mónica enmudeciera. ¿Por qué perdía el tiempo hablando con aquella máquina? ¿Por qué no subía las escaleras, sencillamente, y estrechaba a David entre sus brazos y hablaba con él como haría cualquier madre cariñosa con su hijo querido? Escuchó el silencio opresivo que reinaba en la casa, un silencio que surgía de cada estancia con un matiz diferente. En el piso de arriba, algo se estaba moviendo muy quedamente; era David, sin duda, intentando esconderse de ella...  

Henry Swinton estaba llegando al final de su discurso. Los invitados seguían atentos a sus comentarios; los miembros de la Prensa, que llenaban dos paredes de la sala de banquetes, tomaban nota también de sus palabras y le sacaban fotografías de vez en cuando.   
-Nuestro sirviente será, en muchos aspectos, el producto de un ordenador. Sin los ordenadores, no habríamos podido profundizar en el estudio de la complicada bioquímica necesaria para conseguir una carne sintética. El sirviente que hoy presentamos será también una extensión del ordenador, pues contendrá en su cabeza un ordenador microcomputerizado capaz de desenvolverse en casi cualquier situación que pueda encontrar en el hogar. Con algunas reservas, claro está.   
Este último comentario fue acogido con risas, pues muchos de los presentes estaban al corriente del acalorado debate que se había producido en la sala de sesiones hasta adoptar la decisión final de dejar al sirviente asexuado bajo su impecable uniforme.  
-Resulta triste observar que, pese a todos los triunfos de nuestra civilización -sí, y también a pesar de los graves problemas que origina la superpoblación-, millones de personas padecen cada vez más de soledad y aislamiento. Nuestro sirviente será para ellas una bendición; él responderá siempre y no se aburrirá ni con la conversación más soporífera.   
»Para el futuro tenemos en proyecto más modelos, masculinos y femeninos -¡algunos de ellos sin las limitaciones de éste primero, se lo prometo!-, de un diseño más avanzado: Verdaderos seres bioelectrónicos que no sólo posean sus propios ordenadores, capaces de una programación individual, sino que estén integrados en la Red Mundial de Datos. De éste modo, cualquiera podrá disfrutar en su propia casa del equivalente a un Einstein. Entonces, el aislamiento personal quedará resuelto definitivamente.  
Swinton volvió a su asiento entre aplausos entusiastas. Incluso el sirviente sintético, sentado a la mesa con un traje nada ostentoso, aplaudió satisfecho.  

Con su carpeta escolar a rastras, David avanzó pegado a la pared exterior de la casa. Se encaramó al banco ornamental situado bajo la ventana de la sala de estar y se asomó con cautela al interior.   
Su madre estaba en medio de la estancia. Sus facciones eran vagas y su inexpresividad asustó al pequeño; que la observó fascinado. Permaneció inmóvil, y ella también. El tiempo debía haberse detenido, como lo había hecho en el jardín.   
Por último, la mujer se volvió y salió de la sala. David aguardó unos instantes y dio unos golpecitos en la ventana. Teddy miró a su alrededor, le vió, saltó de la mesa y se acercó a la ventana. Empleando sus zarpas, logró abrir ésta finalmente.   
Los dos se miraron.   
-No soy bueno, Teddy. ¡Escapémonos!   
-David, eres un niño muy bueno. Y tu mamá te quiere mucho.   
El niño movió la cabeza lentamente, en gesto de negativa.   
-Si me quiere, ¿por qué no puedo hablar con ella?  
-No seas tonto, David. Mamá se siente sola. Por eso te tuvo.   
-Ella tiene a papá. Yo no tengo a nadie más que a tí y me siento solo.   
Teddy le dió una amistosa palmada en el rostro.   
-Si tan mal te sientes, será mejor que acudas de nuevo al psiquiatra.   
-Ese viejo psiquiatra no me gusta. Me hace sentir como si no fuera real.   
David echó a correr por el césped. El osito se subió a la ventana y le siguió tan deprisa como le permitían sus patas cortas y rechonchas.   


Mónica Swinton estaba arriba, en el cuarto de juegos. Llamó a su hijo una vez y se quedó allí indecisa. Todo estaba en silencio.   
Sobre el pupitre había varios lápices de colores. Siguiendo un súbito impulso, la mujer se acercó al mueble y abrió la tapa. En el interior había decenas de hojas de papel, muchas de ellas llenas con la torpe escritura de David a lápiz, cada letra de un color distinto a la precedente. Ninguno de los mensajes estaba terminado.   
"Mi mamá querida, ¿cómo eres realmente, me quieres tanto como...?"  
"Querida mamá, los quiero mucho a tí y a papá y el sol está brillando..."
"Querida queridísima mamá, Teddy me está ayudando a escribirte. Los quiero mucho a tí y a Teddy..."
"Querida mamá, yo soy tu único hijo y te quiero tanto que a veces..."
"Mamá querida, tú eres realmente mi mamá y odio a Teddy..."
"Querida mamá, adivina cuánto te quiero..."   
"Querida mamá, yo soy tu pequeñin y no Teddy y te quiero pero Teddy..."
"Querida mamá, te escribo ésta carta sólo para decirte cuánto, cuantísimo..."
Mónica dejó caer las hojas de papel y rompió a llorar. Las letras, con sus colores alegres e inexactos, se esparcieron por el suelo.   

Henry Swinton tomó el expreso de vuelta a casa de muy buen humor y dirigió de vez en cuando la palabra al sirviente sintético que le acompañaba en el viaje. El sirviente le contestó con cortesía y precisión, aunque sus respuestas no siempre venían al caso para una mentalidad humana.  
Los Swinton vivían en uno de los bloques de casas mas opulentos de la ciudad, a medio kilómetro sobre el nivel del suelo. Incrustado entre otras viviendas, su piso no tenía ventanas al exterior. Nadie deseaba ver el mundo exterior superpoblado. Henry abrió la puerta colocándose ante el portero automático que le identificaba por su retina y penetró en la casa seguido por el sirviente.   
De inmediato, se vio rodeado por la grata ilusión de unos jardines en perpetuo verano. Resultaba sorprendente como el Holograma Total podía crear aquellos enormes espejismos en un espacio tan reducido. Detrás de sus rosas y glicinas quedaba la casa; el engaño era completo: Una mansión georgiana parecía darle la bienvenida.   
-¿Qué te parece? -preguntó al sirviente.   
-A veces, las rosas padecen de puntos negros.   
-Estas tienen garantía de estar libres de imperfecciones.   
-Siempre es recomendable adquirir productos con garantía, aunque cuesten ligeramente más.   
-Gracias por la información -replicó Henry seriamente. Las formas de vida sintética tenían menos de diez años de existencia y los viejos androides mecánicos, menos de dieciseis; los defectos de sus sistemas todavía estaban siendo pulidos año tras año.   
Henry abrió la puerta y llamó a Mónica.   
La mujer salió inmediatamente de la sala de estar y le echó los brazos al cuello, besándole ardientemente las mejillas y los labios. A Henry le sorprendió la acogida. Al apartarse un poco para observar su rostro, advirtió que Mónica parecía irradiar luz y belleza. Hacia meses que no la veía tan excitada e, instintivamente, la abrazó con más fuerza.   
-¿Qué ha sucedido, querida?   
-¡Henry, Henry...! Oh, querido, estaba desesperada.... Pero acabo de marcar el número del correo de la tarde y... ¡No te lo creerás! ¡Oh, es tan maravilloso!   
-Por el amor de dios, Mónica, ¿qué es eso tan maravilloso?   
Henry alcanzó a ver fugazmente el membrete de la copia fotostática, aún húmeda al salir de la impresora, que la mujer tenía en la mano: Ministerio de Población. Notó que su rostro palidecía, embargado de pronto por la emoción y la esperanza.  
-¡Oh, Mónica...! ¡No me digas que ha salido nuestro número!   
-¡Sí, amor mío, sí! ¡Nos ha tocado la lotería de la paternidad de ésta semana! ¡Ahora podremos concebir un hijo inmediatamente!   
Henry soltó un grito de alegría y los dos se pusieron a bailar por la sala. La presión demográfica era tal que la reproducción tenía que quedar estrictamente controlada. Para tener un hijo era necesario el permiso gubernamental y la pareja llevaba cuatro años esperando aquel momento. Ahora, la pareja expresó su felicidad con unas lagrimas incoherentes.   
Por fin, contuvieron su emoción entre jadeos y se quedaron en medio de la estancia riéndose mutuamente de la felicidad que animaba sus rostros. Al bajar del cuarto de David, Monica había pulsado en su dial la orden de que los cristales opacos de las ventanas recobraran la transparencia, de modo que ahora podía contemplar la panorámica del jardín al otro lado. Una luz solar artificial bañaba el césped con un fulgor dorado... y David y Teddy aparecían allí fuera, contemplando a la pareja.   
Al ver sus rostros, Henry y su esposa se pusieron serios.   
-¿Qué haremos con ellos? -preguntó el hombre.   
-Teddy no es problema. Funciona bien.   
-¿David presenta algún defecto?   
-Su centro de comunicación verbal todavía presenta problemas. Creo que tendrá que volver a la fábrica.   
-Muy bien. Veremos que tal está antes de que nazca el niño. Y eso me recuerda que... Tengo una sorpresa para ti. ¡Una ayuda, justo en el momento en que resultará más necesaria! Ven conmigo al vestíbulo y te enseñaré lo que he traido.   
Mientras los dos adultos desaparecían de la sala, el niño y el osito se sentaron bajo los rosales.   
-Teddy, supongo que mamá y papá son reales, ¿verdad?   
-Haces unas preguntas de lo más ridículas, David. Nadie sabe qué significa de verdad eso de "real". Vamos adentro.   
-¡Antes voy a coger otra rosa!   
David cortó una flor de color rojo brillante y la llevó consigo a la casa. La colocaría en la almohada cuando se acostara. Su belleza y suavidad le recordaban a mamá.  


FIN

2024/02/26

El devorador de calcio (Herbert W. Franke)


Título original: Calciumfresser
Año: 1960


Propiamente lo tendría que haber notado antes. Porque hasta donde alcanza mi memoria, siempre sentí el afán de ayudar a los demás. Pero no me di cuenta hasta la semana pasada. Y mis colegas lo ignoran todavía.
Yo mismo lo descubrí al verme en una situación extraordinaria. Regresábamos de Psi 16 y habíamos hecho ya, sin novedad, dos terceras partes del viaje. Nadie pensaba en nada malo. ¿Qué es una de las cosas peores que le pueden ocurrir a un astronauta? Sin duda, un fallo en la renovación de aire.
¡Y justamente a nosotros tuvo que sucedernos!
No había posibilidad de reparación, además. El catalizador de calcio pulverizado desaparecía. De hora en hora iba empequeñeciéndose ante nuestros ojos, sin que halláramos una explicación para ello. Sin calcio no es posible la reducción del dióxido de carbono, y a bordo no llevábamos repuesto. ¿Quién iba a contar con tan absurda avería?
Nuestra provisión de oxígeno duraría, como mucho, tres días.
Willy no se apartaba del termodetector, pero la probabilidad de hallar un sistema planetario era prácticamente nula, y mucho menos uno con aire respirable.
Todos lo sabíamos. El capitán no nos ocultaba nada. Para eso había demasiada confianza entre nosotros. Y debo decir que la conducta de la tripulación fue ejemplar. Cada cual volvió a su sitio en silencio.
De pronto resonó en toda la nave el grito de Willy. Quien en aquel instante pudo permitírselo, corrió a la cámara de derrota.
—¡Tenemos algo delante! —exclamó—. ¡Y muy cerca!
En efecto, la pantalla mostraba un pequeño disco pálido que oscilaba entre los astros inmóviles. Todos respiramos con alivio, pero el capitán moderó en seguida nuestras esperanzas.
—¿Qué ayuda nos va a llegar de ese cuerpecito celeste? —dijo—. Calculo que no medirá más de un kilómetro cúbico. Debe ser un fragmento de roca desierta.
Nos aproximábamos a gran velocidad. Pronto distinguimos incluso la superficie.
—¡Qué cosa más rara! —comentó Jack—. ¡Ni siquiera tiene forma quebrada!
Su observación era acertada, porque tales cuerpos errantes suelen presentar una superficie muy escabrosa y desigual, y aquél era distinto. Tampoco era esférico ni elipsoidal, ya que esas formas aparecen cuando una masa metálica ha llegado a fundirse.
—¡Ahí veo una señal! —chilló entonces el grueso Smoky, cuya protuberante barriga temblequeó de excitación.
Era cierto. Tres flechas blancas señalaban hacia un punto central. Willy corrigió el rumbo. Todos seguimos la maniobra con la máxima atención.
—¡Chicos! —exclamó el capitán—. ¡Es una nave espacial! Un verdadero monstruo de nave…
Efectivamente todos vimos las escotillas y la baranda de una rampa de entrada. ¿Qué puedo decir? Nos detuvimos, ayudamos a Willy a ponerse el traje espacial y, una vez fuera, observamos cómo manejaba la escotilla, que no tardó en abrirse para dar paso a nuestro compañero. Apenas tuvimos que poner a prueba la paciencia, pues Willy reapareció casi en seguida y sólo nos envió una palabra a través de la emisora:
—¡Aire!
Pasamos a la otra nave y quedamos boquiabiertos. Aquello sobrepasaba todas nuestras imaginaciones. No sólo era el aire respirable lo sorprendente, sino que nos hallábamos rodeados de un lujo que jamás pudimos soñar. El conjunto estaba dividido en incontables habitaciones de diversas dimensiones, pero todas ellas decoradas como las de una fastuosa residencia de Hollywood. Había allí cómodas tumbonas, mullidas alfombras y armarios empotrados. Llamó nuestra atención, sin embargo, el hecho de que los peces de los acuarios estaban muertos y las plantas aparecían extrañamente mustias y amarillentas. Todo lo demás tenía un aspecto impecable, ordenado y limpio, aunque no encontramos a ningún ocupante.
Yo observé que el capitán no estaba tan contento como hubiera sido lógico después de la suerte que habíamos tenido.
—Permanezcamos juntos —ordenó—. De momento nos instalaremos en algunos cuartos cercanos a la entrada, y que nadie se separe de los demás sin autorización.
Fuimos en busca de parte de nuestras provisiones y nos acomodamos lo mejor posible. Al día siguiente el capitán comenzó sus exploraciones, siempre en compañía de dos hombres que se turnaban, de modo que todos tuvimos ocasión de ir con él.
Al principio ocurrió poca cosa. No hacíamos más que descubrir nuevas estancias que no se distinguían en nada de las anteriores. Exceptuando la ausencia de seres vivos, todo parecía en orden. Cierto es que algunos detalles llamaron nuestra atención, pero no les dimos gran importancia: Algunos recipientes se habían convertido en polvo, aunque podía distinguirse su forma primitiva. En varios espejos, la lámina de cristal estaba transformada en una masa opaca y resquebrajada, y raro era el cuadro que no presentaba partes descoloridas. En conjunto, un extraño mosaico de impresiones.
Ya al segundo día encontró el capitán la cabina de mandos y la cámara de derrota. El sistema era fácil de descifrar. Los constructores de la nave debían ser semejantes a los humanos, si bien probablemente más adelantados. Conny comprobó que quedaba suficiente combustible, y Willy calculó y fijó el rumbo.
En mi primera ronda recorrí con el capitán y Smoky la parte más alejada, es decir, los aposentos situados al otro lado de nuestra entrada. Acabábamos de pisar una especie de balcón en el que había varias hileras de cactos secos, cuando el capitán se detuvo abruptamente. El gesto de su mano hizo que también nosotros nos paráramos.
—¿Lo han notado? —preguntó.
—¿Se refiere a… a una sensación como si algo nos succionara? —repuso Smoky.
—Exactamente —dijo el jefe, y ambos me miraron esperando con ansia mi opinión.
—Yo no he sentido nada —tuve que confesar.
—Pues a mí me recorrió todo el cuerpo —explicó el capitán—. Lo describiría como una impresión de ser absorbido. Y lo raro es que ni siquiera resultaba desagradable.
No obstante, la experiencia debía haber sido peor de lo que mis dos compañeros quisieron reconocer, porque el capitán ordenó la retirada.
Estábamos ya cerca de nuestras habitaciones cuando ocurrió un percance: Smoky se rompió una pierna. Fractura lisa de la arcada maleolar. Tuvimos que improvisar una camilla y transportarle a su cuarto.
Ni él mismo sabía cómo le había sucedido. Admitía la posibilidad de haber tropezado. Pero no era así. Yo, que iba detrás de él, había visto que, sin más, la pierna había cedido bajo el peso de su cuerpo, doblándose. Hay que decir que Smoky, con sus noventa kilos a cuestas, no era precisamente un peso gallo, pero eso no era motivo para que los huesos se le rompieran de repente.
Y no fue ése el único problema. Algunos miembros del equipo empezaron a quejarse de cansancio, falta de apetito y dolores musculares. El médico sacudió la cabeza. No se explicaba aquellos síntomas. Se produjo un nerviosismo general, los hombres se chillaban unos a otros, y justamente Jack, a quien normalmente nada hacía perder la calma, acabó de estropearlo todo. El capitán riñó al cocinero porque la comida no le gustaba, y lo hizo con una violencia que tampoco venía a cuento, y el bueno de Jack quiso salvar la situación.
Con forzada animación exclamó:
—¡Más vale mala comida que falta de aire!
Y dio al jefe un amistoso golpecillo. Yo estaba presente, y puedo asegurar que sólo fue un ligero puñete. Sin embargo, el capitán se encogió con gesto dolorido. Primero creímos que se trataba de una broma, pero pronto comprendimos que la cosa iba en serio. Llamamos al médico, y éste comprobó que el jefe tenía tres costillas fracturadas.


Privado en adelante de dirigir la expedición, fácil es imaginar el mal humor con que cedió su puesto a Willy.
En su segunda ronda, éste descubrió unas cintas perforadas, el primer indicio de una especie de escritura. El capitán, que no podía moverse, se dedicó a estudiar los signos, cosa que logró con bastante rapidez, y por fin nos enteramos del significado de la sorprendente nave.
—Aún no lo entiendo todo, pero algunos puntos quedan aclarados —dijo—. El aparato en que nos encontramos pertenece a una gran flota que participaba en una operación de emigración. Viajaba en él casi un millón de seres. Durante el desplazamiento enfermaron todos, por lo que fueron trasladados a otras naves. No acabo de descifrar la causa, aunque aquí dice algo… La traducción literal sería "calciófago" o "calciófagos".
Todos debimos poner cara de desconcierto. El médico, sin embargo, se levantó de un salto, tomó su instrumental y corrió a visitar a Spike, sin duda el que estaba en peores condiciones. Yacía éste en una habitación individual destinada a enfermería. El doctor le extrajo sangre y desapareció con ella en su improvisado laboratorio. Al cabo de un rato salió con un tubo de ensayo en la mano, que nos mostró excitado.
—¡Aquí tienen la respuesta! —declaró.
En la probeta danzaba un sedimento blanco y grumoso que a nosotros, desde luego, nada nos decía.
—¡Falta de calcio! —jadeó el médico—. El nivel de calcio se halla muy por debajo de lo normal. Ahora comprendo por qué se nos rompen los huesos y se nos mueven los dientes.
—¿Calcio? —repitió el capitán, pensativo—. Precisamente, nuestro catalizador se componía de calcio…
—¡Bah! —replicó el doctor—. Eso tiene que ser casualidad. En adelante confeccionaré yo el menú, para que la comida contenga suficiente calcio. Además, todos tomaremos pastillas…
—Pero, ¿qué son calciófagos? —quise saber yo.
—Tal vez unas bacterias —indicó el facultativo—. Ahora mismo haré un frotis y me sentaré ante el microscopio.
Teníamos, pues, una pista a seguir, aunque no puedo afirmar que nos sintiéramos muy seguros en nuestra piel.
Al día siguiente, una de las patrullas no regresó. De momento no nos preocupamos, ya que era fácil extraviarse y sufrir retraso en tan gigantesca nave. Pero cuando fueron pasando las horas sin que volviesen los compañeros, el capitán nos envió a Cyril y a mí en su busca.
Sabíamos, más o menos, qué parte del vehículo habían proyectado explorar, y hacia allí nos encaminamos sin vacilación. Hasta entonces, cada salida había constituido una diversión, algo semejante a un paseo por un hermoso paisaje. Ahora, en cambio, los maravillosos aposentos nos resultaban inquietantes. Imperaba en ellos un silencio aterrador. Cada vez que abría una puerta, necesitaba sobreponerme… No podía evitar la sensación de algo que nos acechaba al otro lado.
Habíamos avanzado ya bastante, cuando Cyril empezó a quejarse de un extraño dolor en todos los miembros. Yo no sentía nada, pero estaba dispuesto a proponer a mi compañero el regreso, dado que éste se encontraba cada vez peor, cuando les hallamos…
A pocos pasos de nosotros yacía Fatty, que se movió débilmente al oírnos. Algo más allá descubrimos los cuerpos de los otros muchachos, tendidos en el suelo como si una extraña fuerza les hubiera derribado, y al arrodillarnos junto a Fatty observamos que tenía el rostro deformado y fofo. Sus brazos pendían faltos de vida. Con los ojos entornados, nuestro amigo trató de formar unas palabras.
—Un… ser, un… un animal… que…
Y se hundió como si la última energía hubiese abandonado su cuerpo.
Cyril y yo nos miramos horrorizados. De pronto percibí un ruido en la habitación contigua. Saqué la pistola y abrí la puerta de golpe. Delante de mí se extendía una sala alargada, una especie de invernadero lleno de plantas completamente secas. Al fondo de todo, sin embargo, se arrastraba y serpenteaba algo. Algo que sólo vi en parte, ya que el resto desapareció en un rincón: Una maraña de patas o tentáculos de color gris plateado, que se retorcían incesantemente y se movían de un lado a otro en un intento de busca.
Un grito de Cyril me hizo retroceder. Le hallé apoyado en la pared, lívido. Poco le faltaba para desmayarse.
—Estoy cada vez peor —musitó—. ¡Sácame de aquí…!
Apenas podía andar, de modo que tuve que sostenerle durante casi todo el camino.
Cuando logramos reunimos con los demás, nos aguardaba otra noticia terrible: El médico había comprobado que buena parte de las provisiones estaba descompuesta. Lo estropeado era justamente lo más rico en calcio.
Un grupo de voluntarios fue a recoger a los compañeros accidentados y, si bien no tropezaron con el repugnante animal, a su regreso se sentían totalmente agotados. Los hombres que acababan de rescatar permanecían sumidos en un extraño sopor.
El capitán convocó a una reunión, pero su resultado fue desconsolador. Llegamos a la conclusión de que el animal que yo había visto se alimentaba de calcio y tenía, además, la facultad de absorber esa sustancia de todo cuanto le rodeaba. Estudiamos la posibilidad de tomar algunas medidas extremas: Unos propusieron volar aquella parte de la nave en que se hallaba el monstruo; otros querían colocar complicadas trampas…
Yo sólo prestaba atención a medias. Vi la palidez de mis camaradas, hundidos con evidente dejadez en los cómodos sillones, contemplé el pecho vendado del capitán y la figura inerte de Spike. Diversos pensamientos cruzaron mi mente. Yo seguía encontrándome bien como siempre, sin sentir las molestias propias de la pérdida de calcio. Nadie más que yo había visto el horrible animal y, sin embargo, no sufría consecuencia alguna. Todas mis deducciones conducían, pues, a un punto…
Si mis sospechas eran ciertas, la pena sería muy profunda. Pero esa circunstancia podía significar la salvación de nuestro grupo.
Me retiré con disimulo, desaparecí tras una rejilla cubierta de enredadera y salí de la estancia sin ser visto.
Necesitaba tener la certeza. En el laboratorio del médico encontré lo que buscaba. Una aguja intracardíaca. Desabroché mi camisa y me clavé la aguja debajo del esternón, introduciéndola poco a poco en diagonal, hacia arriba. Sabía exactamente el punto que debía tocar. Me costó un terrible esfuerzo. Mi corazón latía con violencia, y el sudor resbalaba por mi frente. Reaccionaba como un hombre normal.
Y entonces tuve la certeza. La aguja chocó —a unos cinco centímetros de profundidad— contra algo duro, impenetrable, metálico.
No vacilé ni un instante más. Mi vida no tenía importancia alguna. Tomé una pistola ametralladora del depósito y corrí hacia las profundidades de la nave. Nunca me había resultado tan insoportable el olor de las plantas muertas, ni tan sobrecogedora la falta de vida en aquellos lujosos aposentos. Pero tampoco había estado nunca tan seguro de lo que debía hacer.
Largo rato busqué en la zona más profunda del vehículo. ¿Dónde estaría ese maldito calciófago? No veía más que preciosas salas en las que reinaba la muerte. Plantas secas, acuarios con peces putrefactos, sofás, mesas de juego, columpios de jardín, surtidores, esculturas, brillantes bolas que eran fuentes de luz y adorno a la vez.
De pronto observé algún desorden. Sillas corridas de sitio, floreros volcados. ¿Y no había oído un ruido…?
Me detuve a escuchar. Algo se arrastraba. Levanté la pistola de impulsión y avancé. Con toda cautela. Allí estaba el monstruo. Un gigantesco ovillo plateado, todo él cubierto por centenares de patas o antenas que en un punto se ladearon para que me enfocara una especie de espejo parabólico. Yo, sin embargo, no experimenté nada. Y es que, a mí, nadie puede quitarme el calcio. Oprimí el gatillo del arma, pero no se produjo la impulsión. Lo intenté otra vez y nada.
Entonces comprendí que la pistola funcionaba mediante un cátodo de germanio y sulfuro de calcio, por lo que ya no servía para nada.
Una ira horrible se apoderó de mí. De cualquier forma, mi plan no podía fallar. Arrojé al suelo la pistola, agarré una silla, corrí hacia el animal y me lancé sobre él, golpeándole tremendamente con la silla.
Apenas encontré resistencia y casi me vi envuelto en el repelente monstruo. Una masa porosa se desparramó, pulverizada, por el suelo. Los tentáculos y las antenas vibraron, pero yo pasé la mano bruscamente por encima y todos aquellos apéndices cayeron quebrados. El cuerpo del animal, que apareció desnudo al ir perdiendo sus serpenteantes miembros, se hinchó y revolcó furioso. Pero unos cuantos golpes más le dejaron sin vida. Todo había sido muy fácil y, no obstante, yo me sentía agotado. La tensión nerviosa y la excitación fueron demasiado grandes.
Necesité cuatro horas para volver junto a mis compañeros. El capitán me recibió indignado, pero calló cuando le anuncié que el animal estaba muerto, y todos corrieron a ver su cuerpo destrozado.
Sólo a su regreso me di cuenta de la dicha que su salvación significaba para mí. Había logrado conservar la vida de Spike, el físico silencioso y siempre dispuesto a ayudar; del regordete Smoky; de Willy, siempre ansioso de adquirir nuevos conocimientos, y de todos los demás, del formidable equipo de eficientes astronautas al que tengo el orgullo de pertenecer; de Jack, que acababa de descubrir capullos llenos de protóxido de calcio, en suficiente cantidad para cargar de nuevo nuestro catalizador; del doctor, que apareció con restos del animal en unos frasquitos, y no en último lugar la del capitán, que se acercó a mí y dijo:
—¡Maldita sea…! Nunca me supo tan mal tener que castigar a un hombre. Pero debes reconocer que no puedo actuar de otra manera. Quedas arrestado durante tres días. Te alejaste de nosotros sin permiso.
El castigo poco me importa. Lo fundamental es que no se enteren de la realidad. Porque les quiero a todos, y deseo que ellos también sientan afecto hacia mí. Y eso… no sé si sería posible, si se enteraran que llevo una célula positrónica en la fosa epigástrica… De que soy un robot.


FIN