2023/10/16

El huevo de cristal (H. G. Wells)


Título original:  The crystal egg
Año: 1897


Hasta hace un año, había cerca de los Siete Cuadrantes, una tiendecilla de aspecto mugriento sobre la que estaba inscrito en letras amarillas borradas por el tiempo el nombre de C. Cave, Naturalista y Anticuario. Los objetos expuestos en el escaparate eran curiosamente heterogéneos. Comprendían algunos colmillos de elefante y un incompleto juego de ajedrez, abalorios y armas, una caja con ojos, dos cráneos de tigre y uno humano, varios monos disecados comidos por la polilla -uno sosteniendo una lámpara-, un armario anticuado, un huevo de avestruz o algo así ensuciado por las moscas, algunos aparejos de pesca y una pecera vacía extraordinariamente sucia. También había, al comenzar esta historia, un trozo de cristal tallado en forma de huevo y pulido con un brillo intenso. Y eso era lo que miraban dos personas que estaban ante el escaparate, una de ellas un clérigo alto y delgado, la otra, un joven de barba negra, piel morena y ropas holgadas. El joven moreno hablaba con gestos impacientes y parecía ansioso porque su compañero comprara el artículo.
Mientras estaban en esas, entró en su tienda el señor Cave con restos del pan y la mantequilla del té todavía en la barba. Al ver a estos hombres y el objeto de su consideración se le mudó el semblante. Miró por encima del hombro con aire de culpabilidad y suavemente cerró la puerta. Era un viejecito de rostro pálido y peculiares ojos azules y acuosos. Tenía el pelo de color gris sucio y llevaba una raída levita azul, un viejo sombrero de copa y unas zapatillas con los talones muy gastados. Se quedó observando a los dos hombres mientras hablaban. El clérigo registró a fondo el bolsillo del pantalón, examinó un puñado de dinero y enseñó los dientes en una sonrisa de aprobación. El señor Cave pareció todavía más deprimido cuando entraron en la tienda.
El clérigo, sin más rodeos, preguntó el precio del huevo de cristal. El señor Cave miró con nerviosismo hacia la puerta que daba a la trastienda y dijo que cinco libras. El clérigo se quejó, tanto a su compañero como al señor Cave, de que el precio era alto -era, desde luego, muchísimo más de lo que el señor Cave había pensado pedir cuando había puesto el artículo a la venta- y pasó a un intento de regateo. El señor Cave avanzó hasta la puerta de la tienda y la abrió.
-Cinco libras es mi precio -dijo como si deseara ahorrarse la molestia de una discusión inútil. Al hacerlo, la parte superior del rostro de una mujer asomó por encima de la cortina del panel superior de cristal de la puerta que daba a la trastienda y examinó con curiosidad a los dos clientes.
-Cinco libras es mi precio -repitió el señor Cave con voz temblorosa.
El joven de tez morena había permanecido hasta entonces como mero espectador, observando atentamente al señor Cave. Ahora habló.
-Dele cinco libras -dijo.
El clérigo le miró para cerciorarse de que lo decía en serio, y, cuando miró de nuevo al señor Cave, vio que tenía la cara pálida.
-Es mucho dinero -dijo el clérigo, y rebuscando en el bolsillo empezó a contar sus recursos. Tenía poco más de treinta chelines, así que apeló a su compañero, con quien parecía estar en términos de considerable familiaridad. Esto le dio al señor Cave la oportunidad de ordenar sus ideas y empezó a explicar de manera agitada que, de hecho, el cristal no estaba del todo disponible para la venta. A los dos clientes esto les sorprendió mucho, naturalmente, y preguntaron por qué no lo había dicho antes de empezar a negociar. El señor Cave se turbó, pero se aferró a la historia de que el cristal no estaba a la venta aquella tarde, que ya había aparecido un probable comprador. Los dos, tomándolo por un intento de subir todavía más el precio, hicieron ademán de salir de la tienda. Pero en ese momento se abrió la puerta de la trastienda y apareció la propietaria del flequillo oscuro y los ojos pequeños.
Era una mujer de facciones toscas, corpulenta, más joven y mucho más gruesa que el señor Cave. Andaba pesadamente y tenía la cara colorada.
-Ese cristal está en venta -subrayó-. Y cinco libras es un buen precio. ¡No sé qué te pasa, Cave, mira que no aceptar la oferta del caballero!
El señor Cave, muy perturbado por la interrupción, la miró furioso por encima de la montura de las gafas, y, sin excesiva seguridad, reafirmó su derecho a llevar los negocios a su manera. Comenzó un altercado. Los dos clientes contemplaban la escena con interés y algo divertidos, proporcionando ocasionalmente sugerencias a la señora Cave. El señor Cave, acosado, persistió en una confusa e imposible historia de alguien que se había interesado por el cristal aquella mañana y su nerviosismo se hizo penoso. Pero se aferró a su historia con extraordinaria tenacidad. Fue el joven oriental el que puso fin a la curiosa controversia. Propuso que volvieran al cabo de dos días para dar al pretendido interesado la debida oportunidad.
-Y entonces, hemos de insistir -dijo el clérigo-. ¡Cinco libras!
La señora Cave se encargó de pedir disculpas por la actitud de su marido, explicando que a veces era un poco raro, y, cuando los dos clientes salieron, la pareja se preparó para discutir todos los aspectos del incidente con plena libertad.
La señora Cave le habló a su marido en un tono especialmente directo. El pobre hombrecillo, temblando de emoción, se hizo un lío con sus historias manteniendo por una parte que tenía otro cliente a la vista y asegurando, por otra, que el cristal valía honradamente diez guineas.
-¿Entonces por qué pediste cinco libras? -preguntó su mujer. 
-Déjame llevar los negocios a mi manera -respondió el señor Cave.
El señor Cave tenía viviendo con él a un hijastro y una hijastra, y durante la cena se volvió a discutir la transacción. Ninguno de ellos tenía una opinión muy buena de los métodos comerciales del señor Cave y esta actuación les pareció el colmo de la locura.
-Yo creo que no es la primera vez que se niega a vender ese cristal -aseguró el hijastro, un fornido patán de dieciocho años.
-¡Pero cinco libras! -intervino la hijastra, una joven de veintiséis años propensa a las discusiones.
Las respuestas del señor Cave eran lastimosas. Sólo era capaz de farfullar débiles afirmaciones de que conocía su negocio mejor que nadie. Hicieron que, dejando la cena a medio comer, se fuera a la tienda para cerrarla hasta el día siguiente, con las orejas al rojo vivo y lágrimas de humillación detrás de las gafas. ¿Por qué había dejado tanto tiempo el cristal en el escaparate? ¡Qué locura! Ése era el problema que más le preocupaba. Durante un tiempo no pudo encontrar forma alguna de evitar la venta.
Después de cenar, hijastra e hijastro se acicalaron y salieron, y la mujer se retiró al piso de arriba para reflexionar sobre los aspectos comerciales del cristal con un poco de azúcar, limón y lo demás, en agua caliente. El señor Cave entró en la tienda y se quedó allí hasta tarde con el pretexto de preparar rocas ornamentales para peceras, pero en realidad con una finalidad personal que se explicará mejor más tarde. 
Al día siguiente la señora Cave advirtió que el cristal había sido retirado del escaparate y se encontraba detrás de unos libros de pesca usados. Volvió a ponerlo en el escaparate, en un lugar destacado, pero no discutió más sobre el asunto, dado que una jaqueca la desanimaba a discutir, al contrario del señor Cave, siempre opuesto a las discusiones. El día transcurrió de forma desagradable. El señor Cave estuvo más abstraído que de costumbre y, al mismo tiempo, excepcionalmente irritable. Por la tarde, cuando su mujer dormía su siesta habitual, retiró de nuevo el cristal del escaparate.


Al día siguiente el señor Cave tenía que entregar un pedido de perros marinos en uno de los hospitales universitarios donde los necesitaban para prácticas de disección. Durante su ausencia la señora Cave volvió a cavilar sobre el tema del cristal y la manera más apropiada de gastarse cinco libras llovidas del cielo. Ya había ideado algunos planes muy agradables, entre otros un vestido de seda verde para ella y una excursión a Richmond, cuando el chirrido de la campanilla de la puerta principal exigió su presencia en la tienda. El cliente era un profesor que venía a quejarse de que no habían sido entregadas ciertas ranas pedidas para el día anterior. La señora Cave no aprobaba esta rama especial de los negocios del señor Cave, y el caballero, que había llegado con ánimo un tanto agresivo, se retiró después de un breve intercambio de palabras, completamente educadas por lo que a él se refería. Los ojos de la señora Cave se volvieron entonces naturalmente hacia el escaparate, puesto que la visión del cristal significaba la seguridad de las cinco libras y de sus sueños. ¡Cuál no sería su sorpresa al ver que había desaparecido!
Fue al sitio, detrás de la caja sobre el mostrador, donde lo había descubierto el día anterior. No estaba allí, así que inmediatamente empezó una impaciente búsqueda por toda la tienda.
Cuando el señor Cave volvió de su negocio con los perros marinos hacia las dos menos cuarto de la tarde, encontró la tienda en cierto desorden y a su mujer, extremadamente exasperada y de rodillas, detrás del mostrador rebuscando entre sus materiales de taxidermia. Cuando la crispante campanilla anunció su vuelta, asomó la cara por encima del mostrador, acalorada y furiosa, y directamente le acusó de esconderlo.
-¿Esconder qué? -preguntó el señor Cave.
-¡El cristal!
A lo que el señor Cave, aparentemente muy sorprendido, corrió al escaparate.
-¿No está aquí? ¡Cielos! ¿Qué ha sido de él?
Justo entonces el hijastro del señor Cave volvió a entrar en la tienda desde la habitación interior -había llegado a casa un minuto o así antes que el señor Cave- blasfemando a sus anchas. Estaba de aprendiz con un comerciante de muebles usados calle abajo, pero comía en casa y, naturalmente, estaba enojado por no haber encontrado la comida dispuesta.
Pero cuando se enteró de la pérdida del cristal, se olvidó de la comida y el objeto de su cólera pasó de su madre a su padrastro. Lo primero que pensaron, desde luego, fue que él lo había escondido. Pero el señor Cave negó categóricamente todo conocimiento de su destino ofreciendo voluntariamente su perjura declaración jurada sobre el asunto, y finalmente llegó hasta el punto de acusar primero a su mujer y después a su hijastro de haberlo cogido con vistas a una venta privada. Y así comenzó una discusión extremadamente enconada y exaltada que terminó con la señora Cave en un estado de nervios muy especial entre la histeria y el frenesí, e hizo que el hijastro llegara por la tarde con media hora de retraso al establecimiento de muebles. El señor Cave escapó a las emociones de su mujer refugiándose en la tienda.
Por la noche se volvió a tratar el asunto con menos pasión y un talante judicial bajo la presidencia de la hijastra. La cena transcurrió de forma lamentable y culminó con una escena penosa. El señor Cave cedió finalmente a una extrema exasperación y salió por la puerta principal dando un violento portazo. El resto de la familia, después de hablar de él con la libertad que su ausencia garantizaba, registró la casa desde el desván al sótano esperando dar con el cristal.
Al día siguiente se presentaron de nuevo los dos clientes. Fueron recibidos por la señora Cave casi llorando. Se enteraron de que nadie podía imaginarse todo lo que había tenido que aguantar a Cave en diversas etapas de su matrimonial peregrinación... También les informó embrolladamente de la desaparición. El clérigo y el oriental se rieron por dentro en silencio y dijeron que era de lo más extraordinario. Y como la señora Cave parecía dispuesta a contarles la historia completa de su vida hicieron ademán de irse de la tienda, por lo que la señora Cave, aferrándose todavía a la esperanza, pidió la dirección del clérigo para, en caso de sacar algo a Cave, poder comunicárselo. La dirección fue entregada como era de esperar, pero, al parecer, posteriormente se extravió. La señora Cave no recuerda nada al respecto.
Aquel día por la noche los Cave parecían haber agotado todas sus emociones y el señor Cave, que había estado fuera por la tarde, cenó en un sombrío aislamiento que contrastaba agradablemente con la apasionada controversia de los días anteriores. Durante algún tiempo las relaciones dentro de la familia Cave estuvieron muy tensas, pero ni el cristal ni el cliente volvieron a aparecer.
Ahora bien, para no andarnos con rodeos, tenemos que admitir que el señor Cave era un embustero. Sabía perfectamente dónde estaba el cristal. Se hallaba en las habitaciones del señor Jacoby Wace, profesor ayudante de prácticas en el hospital de Santa Catalina en la calle Westbourne. Se encontraba sobre el aparador, parcialmente cubierto por una tela de terciopelo negro y junto a una licorera con whisky americano. Y fue precisamente del señor Wace de quien se obtuvieron los pormenores en los que se basa esta historia. Cave lo había llevado al hospital escondido en el saco de los perros marinos, y, una vez allí, había presionado al joven investigador para que se lo guardara. El señor Wace dudó un poco al principio. Su relación con Cave era especial. Le atraían los personajes raros, y más de una vez había invitado al viejo a fumar y a beber en sus habitaciones, animándole a desvelar sus opiniones, bastante divertidas, sobre la vida en general y sobre su esposa en particular. El señor Wace había tenido que vérselas también con la señora Cave en ocasiones en que el señor Cave no estaba en casa para atenderle. Conocía las constantes interferencias a las que Cave estaba sometido y, habiendo sopesado la historia judicialmente, decidió dar refugio al cristal. El señor Cave prometió explicar las razones de su extraordinario apego por el cristal de una manera más detallada en una ocasión posterior, pero habló claramente de ver visiones en él. Aquella misma noche volvió a visitar al señor Wace.
Contó una historia complicada. Dijo que el cristal había llegado a su poder junto con otros objetos en la subasta de los efectos de otro comerciante de antigüedades y, desconociendo cuál pudiera ser su valor, le había puesto el precio de diez chelines. Lo había tenido a ese precio durante algunos meses y estaba pensando en reducir la cantidad cuando hizo un descubrimiento extraordinario.
En aquella época tenía muy mala salud -hay que tener muy en cuenta que a lo largo de toda esta experiencia su estado físico era de decaimiento-, sufría una angustia considerable a causa de la negligencia y hasta los verdaderos malos tratos que recibía de su mujer y de sus hijastros. Su mujer era vanidosa, extravagante, insensible y cada vez más aficionada a beber a solas; su hijastra era ruin y ambiciosa, y su hijastro había concebido una violenta antipatía hacia él y no perdía ocasión de demostrársela. Las responsabilidades del negocio le oprimían muchísimo y el señor Wace no cree que estuviera completamente limpio de ocasionales excesos en la bebida. Había comenzado la vida en una posición acomodada, había recibido una buena educación y ahora padecía melancolía e insomnios que se prolongaban durante semanas. Cuando sus pensamientos se le hacían intolerables, temeroso de molestar a su familia, abandonaba el lecho conyugal deslizándose sin hacer ruido y vagaba por la casa. Y hacia las tres de la mañana, un día a finales de agosto, la casualidad le llevó a la tienda.


La sucia tiendecilla estaba sumida en una negrura impenetrable salvo en un punto donde percibió un insólito resplandor. Al acercarse, descubrió que era el huevo de cristal que estaba en el rincón del mostrador en dirección a la ventana. Un fino rayo de luz penetraba por una rendija en la persiana, incidía sobre el objeto y parecía como si fuera a llenar todo su interior.
Al señor Cave se le ocurrió que eso no concordaba con las leyes de la óptica que había aprendido en su juventud. Podía comprender que los rayos fueran reflejados por el cristal hacia un foco en su interior, pero esta difusión no casaba con sus conocimientos de física. Se acercó más al cristal, observando el interior y la superficie con un transitorio renacimiento de la curiosidad científica que en su juventud había decidido su elección vocacional. Le sorprendió descubrir que la luz no era constante, sino que oscilaba dentro de la sustancia del huevo como si aquel objeto fuera una esfera hueca con algún vapor luminoso. Al cambiar de sitio para conseguir puntos de vista distintos, repentinamente notó que se había interpuesto entre el rayo y el cristal, y que a pesar de ello el cristal continuaba luminoso. Profundamente asombrado, lo retiró de la luz y lo llevó a la parte más oscura de la tienda. Allí siguió brillando cuatro o cinco minutos, al término de los cuales se oscureció lentamente y se apagó. Lo expuso al fino haz de luz de día y recobró la luminosidad casi al instante.
Hasta aquí, por lo menos, el señor Wace pudo comprobar la sorprendente historia del señor Cave. Él mismo había tenido repetidas veces expuesto el cristal a un rayo de luz cuyo diámetro tenía que ser inferior a un milímetro. En completa oscuridad, como la que puede proporcionar una envoltura de terciopelo, el cristal presentaba indudablemente una fosforescencia muy débil. Parecía, no obstante, que la luminosidad era de una clase excepcional, no visible a todos por igual, pues al señor Harbinger -cuyo nombre le resultará familiar al lector científico en relación con el Instituto Pasteur- le fue completamente imposible ver ninguna luz en absoluto. La propia capacidad del señor Wace para apreciarla era sin comparación inferior a la del señor Cave. Incluso tratándose del señor Cave, la capacidad variaba muy considerablemente: Su visión resultaba mucho más intensa durante estados de debilidad y fatiga extremas.
Pues bien, desde el comienzo, esta luz en el cristal ejerció una fascinación irresistible sobre el señor Cave. Que no contara sus observaciones a ningún ser humano explica mejor la soledad de su alma de lo que lo haría todo un volumen de escritos patéticos. Parece haber estado viviendo en tal atmósfera de mezquinos resentimientos que el admitir la existencia de un placer habría significado el riesgo de perderlo. Observó que a medida que avanzaba el amanecer y aumentaba la cantidad de luz esparcida el cristal perdía toda traza de luminosidad. Y durante algún tiempo fue incapaz de ver nada dentro de él, excepto por la noche, en rincones oscuros de la tienda.
Pero se le ocurrió utilizar una vieja pieza de terciopelo negro que empleaba como fondo para una colección de minerales y, doblándolo y cubriéndose con él la cabeza y las manos, pudo obtener una visión del movimiento luminoso en el interior del cristal incluso a la luz del día. Era muy cauteloso, no fuera a ser descubierto en esa guisa por su esposa, y practicaba esta ocupación sólo por las tardes, mientras ella dormía en el piso de arriba, y aun entonces, de manera muy circunspecta en un hueco debajo del mostrador. Y un día, dando vueltas al cristal en las manos, vio algo. Apareció y desapareció como un destello, pero le dio la impresión de que por un instante el objeto le había mostrado la visión de un país, ancho, extenso y extraño, y al girarlo de nuevo, precisamente cuando se debilitaba la luz, volvió a contemplar la misma visión.
Está claro que resultaría tedioso e innecesario relatar todas las fases del descubrimiento del señor Cave desde ese momento. Baste con decir que la conclusión fue ésta: Cuando se observaba el interior del cristal formando éste un ángulo de 137 grados respecto de la dirección del rayo luminoso, mostraba una imagen clara y coherente de un paisaje extenso y extraño. No se parecía en absoluto a un sueño, daba una clara impresión de realidad, y cuanto mejor era la luz, más real y sólida parecía. Era una imagen en movimiento; es decir, ciertos objetos se movían dentro de ella, pero de forma lenta y ordenada como las cosas reales y, según cambiaba la dirección de la iluminación y de la visión, también cambiaba la imagen. Debió de haber sido, ciertamente, como contemplar una vista a través de un cristal ovalado girándolo para conseguir ver los diferentes detalles.
El señor Wace me asegura que las declaraciones del señor Cave eran extremadamente detalladas y carecían por completo de cualquiera de los aspectos emocionales que impregnan las impresiones alucinadoras. Pero hay que recordar que todos los esfuerzos del señor Wace para ver una claridad similar en la desvaída opalescencia del cristal fracasaron completamente por más que lo intentó. La diferencia de intensidad en las impresiones recibidas por los dos hombres era muy grande, y puede que lo que para el señor Cave era una visión para el señor Wace fuera una mera nebulosidad difusa.
La visión, tal como la describía el señor Cave, era invariablemente la de una extensa llanura, y parecía que siempre la contemplaba desde una altura considerable, como desde una torre o un mástil. Al este y al oeste la llanura estaba flanqueada a una distancia remota por vastos acantilados rojizos que le recordaban a los que había visto en un cuadro, pero el señor Wace no pudo determinar de qué cuadro se trataba. Estos acantilados iban de norte a sur -sabía los puntos cardinales por las estrellas que eran visibles por la noche-, alejándose en una perspectiva casi ilimitada y desdibujándose en las nieblas de la distancia antes de encontrarse. En el momento de su primera visión él estaba más cerca del macizo de acantilados orientales, el sol se elevaba sobre ellos y, negras contra la luz del sol y pálidas contra su sombra, aparecieron muchas formas volantes que el señor Cave tomó por pájaros. Una vasta hilera de edificios se extendía por debajo, de forma que él parecía estar mirándolos desde arriba, y, a medida que se acercaban al extremo borroso y refractado de la imagen se tornaban indistintos. También había árboles con formas curiosas y, en cuanto a color, era de un verde profundo como de musgo y de un gris exquisito, junto a un canal ancho y reluciente. Y algo grande, de colores brillantes, cruzó la imagen volando. Pero la primera vez que el señor Cave vio estas imágenes, lo hizo sólo en destellos, las manos le temblaban, la cabeza se le movía, la visión aparecía y desaparecía y se tornaba nebulosa y poco nítida. Al principio tuvo las mayores dificultades para volver a recuperar la imagen una vez perdida su dirección.
La siguiente visión clara, que se le presentó una semana más o menos después que la primera -en el intervalo no había cosechado más que tentadores vislumbres y alguna experiencia útil-, le mostró el valle en toda su longitud. La visión era diferente, pero tuvo la curiosa convicción, confirmada repetidamente por subsiguientes observaciones, de que estaba contemplando ese extraño mundo exactamente desde el mismo sitio, aunque mirando en una dirección diferente. La larga fachada del gran edificio cuyo tejado había mirado antes desde arriba ahora se alejaba en la perspectiva. Reconoció el tejado. En la parte delantera de la fachada había una terraza de masivas proporciones y extraordinaria longitud, y en medio de la terraza, a ciertos intervalos, se erguían mástiles enormes, pero muy gráciles sosteniendo pequeños objetos brillantes que reflejaban la puesta de sol. La importancia de estos pequeños objetos no se le ocurrió al señor Cave hasta algún tiempo después, cuando describía la escena al señor Wace. 


La terraza sobresalía por encima de un seto de la vegetación más exuberante y grácil, más allá había un amplio y herboso césped sobre el que reposaban ciertas criaturas anchas, de forma parecida a la de los escarabajos, pero muchísimo más grandes. Más allá todavía había una calzada de piedra rosácea ricamente decorada, y más allá, subiendo valle arriba en exacto paralelo con los remotos acantilados, bordeada de una densa maleza de color rojo, había una ancha extensión de agua parecida a un espejo. El aire parecía rebosar de escuadrillas de grandes pájaros que se deslizaban en curvas majestuosas, y al otro lado del río había una multitud de espléndidos edificios de muchos colores que relucían con sus tracerías y múltiples caras metálicas en medio de un bosque de árboles parecidos al musgo y al liquen. Y de repente algo cruzó la visión aleteando repetidamente como el ondear de un enjoyado abanico o el batir de un ala; un rostro o más bien la parte superior de un rostro con unos ojos muy grandes apareció, por decirlo así, muy cerca del suyo propio, y como si estuviera al otro lado del cristal. Al señor Cave la absoluta realidad de estos ojos le dejó tan atónito e impresionado que retiró la cabeza del cristal para mirar por detrás. Se había quedado tan absorto observando que le sorprendió mucho encontrarse en la fría oscuridad de su pequeña tienda con los familiares olores a metílico, humedad y podrido. Y mientras miraba pestañeando a su alrededor, el resplandeciente cristal se oscureció y se apagó.
Tales fueron las primeras impresiones generales del señor Cave. La historia es curiosamente directa y detallada. Desde el comienzo, cuando el valle destelló por primera vez momentáneamente sobre sus sentidos, su imaginación quedó extrañamente afectada, y, a medida que empezaba a apreciar los detalles de la escena que veía, su asombro se convertía en pasión. Atendía su negocio apático y destrozado, pensando sólo en el momento en que podría volver a su observación. Entonces, unas semanas después de su visión del valle, llegaron los dos clientes, la tensión y excitación de su oferta, y el cristal que se libra de la venta por los pelos como ya he contado.
Ahora bien, mientras aquello constituyó el secreto del señor Cave siguió siendo una pura maravilla, algo a lo que se va sigilosamente para observar a hurtadillas, como un niño podría mirar un jardín prohibido. Pero el señor Wace posee unos hábitos mentales especialmente lúcidos y consecuentes para un joven investigador científico. Tan pronto como el cristal y la historia llegaron hasta él y se convenció, al ver la fosforescencia con sus propios ojos, de que las declaraciones del señor Cave disponían realmente de ciertas pruebas procedió a desarrollar el asunto sistemáticamente. El señor Cave estaba más que deseoso de regalarse la vista con el maravilloso mundo que veía, y acudía todas las noches desde las ocho y media hasta las diez y media, y a veces, en ausencia del señor Wace, durante el día. También iba las tardes de los domingos. El señor Wace tomó abundantes notas desde el principio, y gracias a su método científico se demostró la relación entre la dirección por la que el rayo inicial entraba en el cristal y la orientación de la imagen. Y metiendo el cristal en una caja perforada únicamente con una pequeña abertura para permitir el acceso del rayo excitador, y sustituyendo las cortinas color beige por otras de holanda negra mejoró muchísimo las condiciones de las observaciones, de forma que en poco tiempo fueron capaces de examinar el valle en cualquiera de las direcciones que querían.
Una vez despejado el camino, podemos dar una breve explicación de este mundo visionario del interior del cristal. El que veía las cosas era siempre el señor Cave, y el método de trabajo consistía invariablemente en que él observaba el cristal e informaba de lo que veía, mientras el señor Wace, que como estudiante de ciencias había aprendido el truco de escribir a oscuras, redactaba una breve nota de su informe. Cuando el cristal se oscurecía, lo colocaban en su caja en la posición adecuada y daban la luz eléctrica. El señor Wace hacía preguntas y sugería observaciones para aclarar puntos difíciles. Nada, verdaderamente, podía haber sido menos visionario y más práctico.
La atención del señor Cave se vio rápidamente dirigida hacia las criaturas parecidas a pájaros que tanto abundaban en sus primeras visiones. Pronto corrigió su primera impresión y durante algún tiempo consideró que podían representar una especie diurna de murciélagos. Después pensó, de forma bastante grotesca, que podían ser querubines. Sus cabezas eran redondas y curiosamente humanas, y fueron los ojos de uno de ellos los que le habían asustado tanto en la segunda observación. Tenían anchas alas plateadas, sin plumas, pero que resplandecían casi con el mismo brillo que los peces recién pescados y con el mismo sutil juego de colores, y estas alas, según supo el señor Wace, no estaban hechas a la manera de las alas de pájaros o murciélagos, sino soportadas por costillas curvas que irradiaban del cuerpo; una especie de ala de mariposa con costillas curvas parece lo mejor para indicar su aspecto. El cuerpo era pequeño, pero dotado de dos manojos de órganos prensiles, semejantes a largos tentáculos, inmediatamente debajo de la boca. Por increíble que le pudiera parecer al señor Wace, al final tuvo el convencimiento de que estas criaturas eran las propietarias de los grandes edificios cuasi- humanos y del magnífico jardín que daba tanto esplendor al ancho valle. Y el señor Cave percibió que, entre otras peculiaridades, los edificios no tenían puertas, sino que las grandes ventanas circulares que se abrían libremente eran las que servían de entrada y salida a las criaturas. Se posaban sobre los tentáculos, plegaban las alas reduciéndolas casi al tamaño de un bastón y, saltando, entraban en el interior. Pero entre ellas había una multitud de criaturas de alas más pequeñas, como de grandes libélulas, polillas y escarabajos voladores, y por el césped se arrastraban perezosamente de un lado para otro gigantescos escarabajos de tierra de brillantes colores. Además, en las calzadas y terrazas se veían unas criaturas de grandes cabezas similares a las de las moscas aladas más grandes, pero sin alas, muy ocupadas saltando sobre su manojo de tentáculos en forma de mano.
Se ha aludido ya a los relucientes objetos sobre los mástiles que se erguían sobre la terraza del edificio más próximo. Después de observar uno de estos mástiles minuciosamente en un día muy claro, al señor Cave se le ocurrió que el objeto reluciente allí situado era un cristal exactamente igual al que estaba mirando. Y una inspección aún más meticulosa le convenció de que cada uno de ellos, unos veinte en conjunto, tenía un objeto similar.
De vez en cuando una de las grandes criaturas voladoras revoloteaba hasta uno de ellos, y, plegando las alas y enroscando algunos tentáculos alrededor del mástil, miraban fijamente el cristal durante un rato, a veces hasta un cuarto de hora. Una serie de observaciones hechas a sugerencia del señor Wace convencieron a ambos observadores de que, por lo que a este mundo visionario concernía, el cristal cuyo interior ellos miraban estaba en realidad en la punta del último mástil de la terraza, y que al menos en una ocasión uno de esos habitantes del otro mundo había mirado al señor Cave a la cara mientras hacía estas observaciones.


Y éstos son los hechos esenciales de esta singularísima historia. A menos que lo rechacemos todo como una ingeniosa invención del señor Wace, tenemos que admitir una de las dos alternativas: O bien que el cristal del señor Cave se encontraba en dos mundos a la vez, y que mientras en uno se le llevaba de acá para allá en el otro permanecía estacionario, lo que parece completamente absurdo, o bien que tenía una especial relación de simpatía con otro cristal exactamente igual en ese otro mundo, de forma que lo que se veía en el interior de uno en este mundo era, en las condiciones adecuadas, visible para el observador del cristal correspondiente del otro mundo, y viceversa. De momento, desde luego, no conocemos ninguna forma en la que dos cristales pudieran entrar en comunicación, pero hoy día sabemos lo suficiente como para comprender que la cosa no es por completo imposible. Esta teoría de los cristales en comunicación fue la suposición que se le ocurrió al señor Wace, y al menos a mí, me parece extremadamente plausible...
¿Y dónde estaba ese otro mundo? Sobre esto también la despierta inteligencia del señor Wace arrojó luz rápidamente. Después de ponerse el sol el cielo se oscurecía muy deprisa -el crepúsculo no constituía realmente más que un breve intervalo- y las estrellas se ponían a brillar. Eran sin duda las mismas que vemos nosotros, formando las mismas constelaciones. El señor Cave reconoció la Osa, las Pléyades, Aldebarán y Sirio, de modo que el otro mundo debía de encontrarse en algún lugar del sistema solar y, como máximo, sólo a unos cientos de millones de millas del nuestro. Siguiendo esta pista, el señor Wace averiguó que el cielo de medianoche era de un azul más oscuro incluso que el de nuestro cielo a mitad del invierno, y que el Sol parecía un poco más pequeño. Y había dos lunas pequeñas; como la nuestra, pero más pequeñas y con marcas muy diferentes, una de las cuales se movía tan deprisa que su movimiento resultaba claramente visible al mirarla. Estas lunas nunca estaban altas en el cielo, sino que se ponían cuando se elevaban; es decir, cada vez que daban vuelta se eclipsaban por estar tan cerca de su planeta primario. Todo esto responde completamente, aunque el señor Cave no lo supiera, a las condiciones que deben de darse en Marte.
Desde luego, parece una conclusión muy plausible que al observar el interior del cristal lo que el señor Cave en realidad veía era el planeta Marte y sus habitantes. Si ése fuera el caso, entonces la estrella vespertina que relucía con tanto brillo en el cielo de aquella distante visión no era ni más ni menos que nuestra familiar Tierra.
Durante algún tiempo los marcianos -si es que eran marcianos- no parecieron haberse percatado de la inspección del señor Cave. Una o dos veces alguno vino a mirar y marchó al poco a otro mástil, como si la visión no fuera satisfactoria. En ese periodo el señor Cave pudo vigilar los procedimientos de este pueblo alado sin ser molestado por sus atenciones y, aunque su informe es necesariamente vago y fragmentario, resulta, a pesar de todo, muy sugestivo. Imaginen la impresión que tendría de la humanidad un observador marciano que, después de un difícil proceso de preparación y con los ojos considerablemente fatigados, pudiera ver Londres desde el chapitel de la iglesia de San Martín a intervalos, como máximo, de cuatro minutos cada uno. El señor Cave no pudo cerciorarse de si los marcianos alados eran los mismos que los marcianos que saltaban por las calzadas y las terrazas, y si los últimos podían ponerse las alas a voluntad. Vio varias veces unos bípedos torpes, que recordaban vagamente a monos, blancos y un poco translúcidos, alimentándose entre algunos de los árboles de liquen, y, una vez, algunos de ellos huían delante de uno de los marcianos saltarines de cabeza redonda. Este último cogió a uno con sus tentáculos y luego la imagen se desvaneció de repente dejando al señor Cave absolutamente intrigado en la oscuridad. En otra ocasión, una cosa enorme, que el señor Cave al principio tomó por un insecto gigantesco, apareció avanzando por la calzada junto al canal con rapidez extraordinaria. A medida que se acercaba más, el señor Cave percibió que era un mecanismo de metales relucientes y sorprendente complejidad. Y luego, cuando volvió a mirar, había desaparecido de la vista.
Pasado algún tiempo, el señor Wace pretendió atraer la atención de los marcianos, y la siguiente vez que los extraños ojos de uno de ellos aparecieron pegados al cristal, el señor Cave gritó y saltó, y hasta encendieron la luz la luz de la habitación y empezaron a gesticular como haciendo señales. Pero cuando finalmente el señor Cave examinó de nuevo el cristal, el marciano se había marchado.
Hasta aquí habían avanzado las observaciones a principios del mes de noviembre, y entonces el señor Cave, con la sensación de que las sospechas de la familia sobre el cristal se habían disipado, empezó a llevárselo de acá para allá con el fin de poder disfrutar, surgiera la ocasión de noche o de día, de lo que rápidamente se estaba convirtiendo en lo más real de su existencia.
En diciembre el señor Wace tuvo mucho trabajo a causa de un examen que se aproximaba, así que suspendieron de mala gana las sesiones durante una semana, y en diez u once días -no está muy seguro de cuántos- no vio a Cave. Entonces, ansioso por reanudar las investigaciones, y habiendo amainado la tensión de sus trabajos trimestrales, bajó hasta los Siete Cuadrantes. En la esquina observó la contraventana ante el escaparate de un pajarero, y luego otra en el escaparate de un zapatero. La tienda del señor Cave estaba cerrada.
Llamó y le abrió la puerta el hijastro vestido de negro. Éste llamó de inmediato a la señora Cave que, como el señor Wace no pudo por menos de observar, llevaba ropas de luto, baratas, pero amplias y de lo más imponente. Sin gran sorpresa por su parte, el señor Wace supo que Cave había muerto y estaba ya enterrado. Ella lloraba y tenía la voz un poco ronca. Acababa de llegar de Highgate. Parecía tener la mente ocupada con sus propios planes y los honorables detalles de las exequias, pero el señor Wace pudo finalmente conocer los pormenores de la muerte de Cave. Le habían encontrado muerto en la tienda por la mañana temprano al día siguiente de su última visita al señor Wace, apretando el cristal entre sus frías manos. Tenía la cara sonriente, según dijo la señora Cave, y el paño de terciopelo de los minerales yacía a sus pies en el suelo. Debía de llevar cinco o seis horas muerto cuando lo encontraron.
Esto supuso una gran conmoción para el señor Wace, que empezó a reprocharse amargamente por no haber atendido los claros síntomas de la mala salud del viejo. Pero lo que más le preocupaba era el cristal. Abordó el tema con cuidado porque conocía las peculiaridades de la señora Cave. Se quedó de una pieza al saber que lo habían vendido.
El primer impulso de la señora Cave tan pronto como el cuerpo de Cave estuvo en el piso de arriba, había sido el de escribir al loco clérigo que había ofrecido cinco libras por el cristal, informándole de su recuperación, pero tras una violenta búsqueda en la que se le unió su hija se convencieron de que habían perdido la dirección. Como no disponían de los medios necesarios para llorar y enterrar a Cave con el esmerado estilo que exige la dignidad de un antiguo habitante de los Siete Cuadrantes, habían apelado a un anticuario amigo de la calle Great Portland, quien amablemente se había hecho cargo de parte de las mercancías a precio de tasación. La tasación la había hecho él mismo y el huevo de cristal estaba incluido en uno de los lotes. El señor Wace, después de las condolencias pertinentes, expresadas, quizá, un poco bruscamente, marchó de inmediato a la calle Great Portland. Pero allí se enteró de que el huevo de cristal ya había sido vendido a un hombre alto y moreno, vestido de gris. 
Y ahí terminan súbitamente los hechos materiales de esta historia curiosa y, al menos para mí, muy sugestiva. El anticuario de la calle Great Portland no sabía quién era el hombre alto vestido de gris, ni lo había observado con la suficiente atención como para describirlo minuciosamente. Ni siquiera sabía qué dirección había tomado al salir de la tienda. Durante algún tiempo el señor Wace permaneció en la tienda poniendo a prueba la paciencia del anticuario con inútiles preguntas, desahogando su propia exasperación. Por fin, dándose cuenta de pronto de que todo el asunto se le había ido de las manos, había desaparecido como una visión nocturna, volvió a sus habitaciones un poco asombrado de encontrar las notas que había escrito todavía tangibles y visibles sobre su desordenada mesa.


Naturalmente, su disgusto y decepción fueron muy grandes. Hizo una segunda visita (igualmente infructuosa) al anticuario de la calle Great Portland y recurrió a anuncios en aquellos periódicos que probablemente caerían en las manos de coleccionistas de chucherías. También escribió cartas a The Daily Chronicle y a Nature, pero ambos periódicos, sospechando una broma, le pidieron que reconsiderara su acción antes de imprimir, aconsejándole que una historia tan extraña, por desgracia tan desprovista de pruebas que la apoyaran, podría poner en peligro su reputación de investigador. Además, las obligaciones de su propio trabajo le urgían. Así que después de un mes más o menos, salvo por algún ocasional recordatorio a ciertos anticuarios, tuvo que abandonar de mala gana la búsqueda del huevo de cristal que, desde ese día hasta hoy, sigue sin ser descubierto. De vez en cuando, sin embargo, según me dice y yo le creo absolutamente, le dan arrebatos de celo en los que abandona las ocupaciones más urgentes y reanuda la búsqueda.
Si permanecerá o no perdido para siempre con su material y su procedencia son todo conjeturas por el momento. Si el actual comprador es un coleccionista era de esperar que las indagaciones del señor Wace llegaran a sus oídos a través de los anticuarios. Ha conseguido descubrir al clérigo y al oriental del señor Cave, que no eran otros que el reverendo James Parker y el joven príncipe de Bossokuni, en Java. Les estoy muy agradecido por ciertos detalles. Los motivos del príncipe eran simplemente la curiosidad... y extravagancia. Estaba tan empeñado en comprar porque Cave se resistía de forma tan extraña a vender. También es posible que el comprador en la segunda ocasión fuera simplemente un comprador casual y no un coleccionista, y el huevo de cristal puede encontrarse en estos momentos, vaya usted a saber, a una milla de aquí, decorando un salón o sirviendo de pisapapeles con sus extraordinarias propiedades por completo ignoradas. Desde luego que es en parte la idea de tal posibilidad la que me ha llevado a narrar la historia de una forma que le dé la oportunidad de llegar a lectores habituales de ficción.
Mis ideas sobre este asunto son prácticamente idénticas a las del señor Wace. Creo que el cristal en el mástil en Marte y el huevo de cristal del señor Cave están en algún tipo -por el momento completamente inexplicable- de comunicación física, y los dos pensamos también que el cristal terrestre debe de haber sido enviado aquí desde ese planeta, posiblemente en fecha remota, para proporcionar a los marcianos una visión próxima de nuestros asuntos. Posiblemente los compañeros de los cristales que están en los otros mástiles también se encuentran en nuestro planeta. Ninguna teoría de la alucinación es suficiente para explicar los hechos.

FIN

2023/10/09

Los horribles terrestres (Carlos Sáiz Cidoncha)

Año: 1972


Los dos seres se identificaron una vez más en el último control y al fin pudieron cruzar las puertas del «sancta sanctorum», la inmensa sala donde, en millares de jaulas y habitáculos vivían los especímenes vivos de un millar de mundos siderales.
–¡Te digo que nunca antes habíamos encontrado nada igual! –continuó su apasionado alegato el capitán explorador–. Cierto que nunca antes había llegado nuestra nave más allá de la Décima Nebulosa, hasta ese sector espacial casi en el borde de la Galaxia...
–¿Cómo dices que llaman sus habitantes al planeta? –interrumpió brevemente el periodista.
–Tierra. Al menos eso es lo que sacamos en claro de la investigación telepática del capturado... una de las pocas cosas que sacamos en claro. ¡Y por todos los soles que espero no volver a caer por sus cercanías en lo que me resta de vida!
El periodista lanzó sobre la marcha una distraída mirada a la colección de monstruosidades cautivas que flanqueaban por ambos lados su camino.
–¿Tan dura fue la captura del ejemplar? –inquirió.
El capitán hizo un gesto displicente.
–¡Oh, no! Por esa parte no hubo nada extraordinario. Ya sabes cuales son nuestros métodos, encaminados a ocultar en lo posible nuestra intervención a las razas dominantes de los planetas en que actuamos. Descendimos en plena zona nocturna y no nos costó mucho localizar a un ejemplar aislado que caminaba lejos de todo otro semejante suyo. Caímos sobre él y lo paralizamos con rayo krhi antes de que pudiera reaccionar. Paralizado estuvo durante todo el camino, colocado además en hibernación, pues hasta que se le hiciera el análisis telepático en el instituto Xenológico, ni siquiera podíamos saber –hizo un gesto de asco– lo que comía.
–¿Y luego...?
–Luego, cuando se le devolvió la libertad de movimientos... entonces fue cuando empezó todo. Imagínate, logró escaparse un par de veces y casi mata a uno de los investigadores. ¡Sí! –agregó al advertir el gesto de incredulidad de su interlocutor–. A pesar de que los habitáculos standard son prácticamente invulnerables, logró escaparse y sólo tras el análisis telepático descubrimos la forma de mantenerle encerrado. ¡Bicho del diablo!
El periodista observó cómo el astronauta se iba poniendo cada vez más nervioso.
–¿Seguro que era un ser de la raza predominante? –preguntó–. ¿Un ser inteligente?
–¡Seguro! El análisis fue terminante al respecto. Una inteligencia sensiblemente igual a la de nuestra raza, quizá incluso algo superior. Los terrestres se visten, viven en ciudades y tripulan vehículos de superficie, acuáticos y aéreos. Pero...
–¿Pero...?
–¡Todo lo demás! ¡Un metabolismo tan distinto al nuestro que ha estado a punto de volver locos a nuestros mejores biólogos! ¡Su repugnante forma de alimentarse! ¡Y sobre todo... lo que el análisis telepático dio a entender!
–¿Qué fue ello?
–¡Odio! Un odio espantoso, inconcebible, no por haber sido capturado, sino general, total, atávico, inseparable de todos los miembros de su maldita raza, ya que está en las raíces de lo más profundo de su ser racial. ¡Deseos de destrucción! Hasta un punto que nosotros no podremos nunca comprender. Y en el fondo de todo ello...
El astronauta se agarró convulsivamente a uno de los brazos de su acompañante.
–¡Maldad! Una maldad primigenia, inmunda, insoportable –hizo una excitada pausa–. Mira, yo mismo he asimilado mentalmente los informes del análisis y casi he sido aniquilado por ellos. Durante todo el tiempo que permanecí dentro de la máquina telepática me pareció estar sumergido en un horrible cenagal resbaladizo de cuya suciedad nunca más podría limpiar mi espíritu. Son malvados en esencia, la raza terrestre es malvada en esencia, de una forma diabólica desconocida hasta ahora en nuestro Universo...
Se estremeció violentamente al señalar un habitáculo próximo.
–Allí está. Esa es su jaula.
El periodista atisbo lleno de curiosidad el recinto mientras se iban acercando a él.
–Supongo que habréis reproducido en el habitáculo todas las características de su planeta natal.
–Todas –murmuró el astronauta mientras llegaban frente a la jaula–. Todas menos una...
–¿Y eso?
–Otra aberración en esa monstruosa raza terrestre –dijo el capitán explorador en tanto que ambos se detenían ante la jaula–. De todos los pueblos que habitan en el Universo, el terrestre es el único para el que son mortales los rayos de su propia estrella.
Desde detrás de los fuertes barrotes de plata, el aprisionado vampiro les dirigió una mirada de odio infinito.


FIN

2023/10/02

El secreto de Stonehenge (Harry Harrison)


Título original: The secret of Stonehenge
Año: 1968 


Las nubes bajas se precipitaron por encima de la oscuridad, y hubo una salpicadura de aguanieve en el aire. Cuando el doctor Lanning abrió la puerta de la cabina del camión, el viento se abalanzó sobre él, recién salido del ártico, avanzando sin obstáculos por la llanura de Salisbury. Hundió la barbilla en el cuello y fue hacia las puertas traseras. Barker lo siguió y llamó a la puerta de la pequeña oficina cercana. No hubo respuesta.
—Bueno —dijo Lanning, deslizando suavemente la voluminosa caja de madera hacia el suelo—, no dejamos nuestros monumentos nacionales sin vigilancia en los Estados Unidos.
—¿De verdad? —dijo Barker, caminando hacia la puerta en la cerca de alambre—. Entonces supongo que esas iniciales talladas en la base del Monumento a Washington son graffitis neolíticos. Como pueden ver, traje la llave.
Abrió la puerta con un chirrido de bisagras sin aceitar, luego fue a ayudar a Lanning con el estuche.
Por la noche, bajo un cielo cada vez más bajo, esa era la única forma de ver Stonehenge, sin los cucuruchos de helado y los niños trepando.
La llanura se asienta sobre la Tierra, presionada hacia un horizonte distante. Los pilares grises de sarsen dan la impresión de tener la fuerza necesaria para sostener el cielo. Lanning abrió el camino, inclinándose hacia el viento:
—Siempre son más grandes de lo que esperas que sean —dijo, y Barker no le respondió, tal vez porque era cierto.
Se detuvieron junto a la Piedra del Altar y bajaron el estuche.
—Lo sabremos pronto —dijo Lanning, abriendo los pestillos.
—¿Otra teoría? —preguntó Barker, interesado a pesar de sí mismo—. Nuestros megalitos parecen tener cierta fascinación para usted y sus conciudadanos.
—Abordamos problemas donde sea que los encontremos —respondió Lanning, abriendo la tapa y revelando un aparato grueso y complicado, montado en un trípode de aluminio—. No tengo ninguna teoría sobre estas cosas. Estoy aquí sólo para descubrir la verdad, por qué esta cosa fue construida.
—Admirable —dijo Barker, y la frescura de su comentario se perdió en el viento más frío—. ¿Puedo preguntar qué es este dispositivo?
—Registrador temporal de cronostasis —Abrió las piernas y puso la máquina al lado de la Piedra del Altar—. Mi equipo en el MIT lo resolvió. Descubrimos que el movimiento temporal, aparte de las habituales veinticuatro horas en el futuro, todos los días, es la muerte instantánea para cualquier cosa viva. Al menos matamos cucarachas, ratas y pollos; no había humanos voluntarios. Pero los objetos inanimados se pueden mover sin dañar.
—¿Viaje en el tiempo? —preguntó Barker con cierta inseguridad.
—En realidad, no. La estasis de tiempo sería una mejor descripción. La máquina se detiene y deja que todo lo demás se mueva por ella. Hemos penetrado unos diez mil años en el pasado de esta manera.
—Si la máquina se detiene, ¿eso significa que el tiempo corre hacia atrás?
—Quizás. ¿Serías capaz de notar la diferencia? Bien, creo que estamos listos para irnos ahora.
Lanning ajustó los controles en el costado de la máquina, presionó un perno y luego retrocedió. Un zumbido rápido vino de las profundidades del dispositivo.
Barker levantó una ceja burlona.
—Un temporizador —explicó Lanning—. No es seguro estar cerca de la cosa cuando está funcionando.
El zumbido cesó y fue seguido por un fuerte clic, inmediatamente después de lo cual todo el aparato desapareció.
—Esto no llevará mucho tiempo —dijo Lanning, y la máquina reapareció incluso mientras hablaba.
Una fotografía brillante cayó de una ranura en su mano cuando tocó la espalda. Se lo arrojó a Barker.
—Sólo una prueba, la envié unos veinte minutos al pasado.
Aunque la cámara los había apuntado, los dos hombres no estaban en la imagen. En cambio, en pasteles oscuros debido a la falta de luz, la fotografía mostraba una vista del camino, con su camión estacionado a poca distancia. Desde las puertas traseras del vehículo se podía ver a los dos hombres retirando la caja amarilla.
—Eso es… impresionante —dijo Barker, sorprendido al admitir la verdad—. ¿Cuánto tiempo atrás puedes enviarla?
—Parece que no hay límite, sólo depende de la fuente de alimentación. Este modelo tiene baterías de níquel y está en buenas condiciones como para funcionar hasta aproximadamente el 10.000 a. C.
—¿Y el futuro?
—Me temo que, por ahora, el futuro es un libro cerrado, pero aún estamos trabajando para abrirlo.
Extrajo una pequeña libreta del bolsillo de su cadera y la consultó, luego volvió a colocar los diales.
—Estas son las fechas óptimas, aproximadamente en el momento en que creemos que se construyó Stonehenge. Estoy programando una toma múltiple. Esta palanca registra la configuración.
Había que realizar más de veinte ajustes, lo que requería una gran cantidad de giros del dial. Cuando finalmente terminó, Lanning activó el temporizador y fue a unirse a Barker.
Esta vez, la partida de la máquina fue mucho más dramática. Se desvaneció con bastante facilidad, pero dejó una brillante réplica de sí misma, un resplandeciente contorno dorado fácilmente visible en la creciente oscuridad.
—¿Eso es normal? —preguntó Barker.
—Sí, pero sólo en los grandes saltos de tiempo. Nadie está realmente seguro de qué es, pero lo llamamos eco temporal, la teoría sostiene que se trataría de una especie de resonancia en el tiempo causada por la salida repentina de la máquina. Se desvanece en un par de minutos.
Antes de que el brillo dorado desapareciera por completo, el dispositivo regresó, apareciendo sólidamente en lugar de su eco temporal. Lanning se frotó las manos y luego presionó el botón de impresión. La máquina traqueteó en respuesta y sacó una larga tira de impresiones.
—No es tan bueno como esperaba —dijo Lanning—. Estamos bien en cuanto a las fechas, pero no pasa mucho.
A pesar de lo dicho, ya había suficiente como para detener el corazón del arqueólogo Barker. Imagen tras imagen del megalito de pie, firme y completo, los menhires en posición vertical y los dinteles en su lugar sobre todas las piedras de Sarsen.
—Mucha roca —dijo Lanning—, pero no hay señales de las personas que construyeron la cosa. Parece que las teorías de alguien están equivocadas. ¿Tienes alguna idea de cuándo fue construido Stonhenge?
—Sir J. Norman Lockyer creía que fue erigido el 24 de junio de 1680 a. C. —dijo abstraído, aún petrificado por las fotografías.
—Suena bien para mí.
Los diales giraban y la máquina desapareció una vez más. La imagen esta vez fue mucho más dramática. Un grupo de hombres en áspero rústico, arrodillados, con los brazos extendidos hacia la cámara.
—Lo tenemos —rio Lanning, y giró la máquina en semicírculo para que mirara en la dirección opuesta—. Sería interesante capturar una imagen de lo que sea que estén adorando, que está detrás de la cámara. Tomaré una foto y tendremos una buena idea de por qué construyeron esto.
La segunda imagen era casi idéntica a la primera, al igual que dos más tomadas en ángulo recto con respecto a las primeras.
—Esto es una locura —dijo Lanning—, todos mirando hacia la cámara e inclinándose porque la máquina debe estar encima de lo que sea que estén mirando.
—No, el ángulo demuestra que el trípode está al mismo nivel que ellos.
Cierto grado de repentina comprensión golpeó a Barker.
—¿Podría tu eco temporal ser visible también en el pasado?
—No veo por qué no. ¿Quieres decir... ?
—Correcto. El brillo dorado de la máquina causado por todas esas paradas debe haber sido visible, a intervalos, durante años. Me sorprendió cuando lo vi por primera vez, y debe haber sido mucho más impresionante para la gente en ese momento.
—Encaja —dijo Lanning, sonriendo alegremente y comenzando a embalar la máquina—. Es decir que construyeron Stonehenge alrededor de la imagen del dispositivo enviado al pasado para ver por qué construyeron Stonehenge. Así que eso está resuelto.
—¡Resuelto! El problema acaba de comenzar. Es una paradoja. ¿Cuál de ellos, la máquina o el monumento, existió primero?
Lentamente, la sonrisa desapareció de la cara del doctor Lanning.


FIN

2023/09/25

El centinela (Arthur C. Clarke)


Título original: The sentinel
Año: 1951


La próxima vez que vean la Luna llena allá en lo alto, por el sur, miren cuidadosamente al borde derecho, y dejen que su mirada se deslice a lo largo y hacia arriba de la curva del disco. Alrededor de las dos del reloj, notarán un óvalo pequeño y oscuro; cualquiera que tenga una vista normal puede encontrarlo fácilmente. Es la gran llanura circundada de murallas, una de las más hermosas de la Luna, llamada Mare Crisium, Mar de las crisis. De unos quinientos kilómetros de diámetro, y casi completamente rodeada de un anillo de espléndidas montañas, no había sido nunca explorada hasta que entramos en ella a finales del verano de 1966.
Nuestra expedición era importante. Teníamos dos cargueros pesados que habían llevado en vuelo nuestros suministros y equipo desde la principal base lunar de Mare Serenitatis, a ochocientos kilómetros de distancia. Había también tres pequeños cohetes destinados al transporte a corta distancia por regiones que no podían ser cruzadas por nuestros vehículos de superficie. Afortunadamente la mayor parte del Mare Crisium es muy llana. No hay ninguna de las grandes grietas tan corrientes y tan peligrosas en otras partes, y muy pocos cráteres o montañas de tamaño apreciable. Por lo que podíamos juzgar, nuestros poderosos tractores oruga no tendrían dificultad en llevarnos a donde quisiésemos.
Yo era geólogo —o selenólogo, si queremos ser pedantes— al mando de un grupo que exploraba la región meridional del Mare. En una semana habíamos cruzado cien de sus millas, bordeando las faldas de las montañas de lo que había antes sido el antiguo mar, hace unos mil millones de años. Cuando la vida comenzaba sobre la Tierra, estaba ya muriendo aquí. Las aguas se iban retirando a lo largo de aquellos fantásticos acantilados, retirándose hacia el vacío corazón de la Luna. Sobre la tierra que estábamos cruzando, el océano sin mareas había tenido en otros tiempos casi un kilómetro de profundidad, pero ahora el único vestigio de humedad era la escarcha que a veces se podía encontrar en cuevas donde la ardiente luz del sol no penetraba nunca.
Habíamos comenzado nuestro viaje temprano en la lenta aurora lunar, y nos quedaba aún una semana de tiempo terrestre antes del anochecer. Dejábamos nuestro vehículo una media docena de veces al día, y salíamos al exterior en los trajes espaciales para buscar minerales interesantes, o colocar indicaciones para guía de futuros viajeros. Era una rutina sin incidentes. No hay nada peligroso, ni siquiera especialmente emocionante en la exploración lunar. Podíamos vivir cómodamente durante un mes dentro de nuestros tractores a presión, y si nos encontrábamos con dificultades siempre podíamos pedir auxilio por radio y esperar a que una de nuestras naves espaciales viniese a buscarnos. Cuando eso ocurría se armaba siempre un gran alboroto sobre el malgasto de combustible para el cohete, de modo que un tractor solamente enviaba un SOS en caso de verdadera necesidad.
Acabo de decir que no había nada estimulante en la exploración lunar, pero, naturalmente, eso no es cierto. Uno nunca podía cansarse de aquellas increíbles montañas, mucho más abruptas que las suaves colinas de la Tierra. Cuando doblábamos los cabos y promontorios de aquel desaparecido mar, no sabíamos nunca qué esplendores nos iban a ser revelados. Toda la curva sur del Mare Crisium es un vasto delta donde veinte ríos iban antes al encuentro del océano, alimentados quizá por las torrenciales lluvias que debieron haber batido las montañas en la breve época volcánica cuando la Luna era joven. Cada uno de aquellos valles era una invitación, retándonos a trepar a las desconocidas tierras altas de más allá. Pero aún nos quedaban más de cien kilómetros por recorrer, y no podíamos hacer otra cosa sino contemplar con nostalgia las alturas que otros deberían escalar.
A bordo del tractor seguíamos la hora terrestre, y exactamente a las 22:00 h enviábamos el mensaje final por radio, y cerrábamos para el resto del día. Fuera, las rocas ardían todavía bajo el sol casi vertical, pero para nosotros era de noche hasta que nos despertábamos ocho horas más tarde. Entonces uno de nosotros preparaba el desayuno, se oía mucho zumbar de máquinas de afeitar eléctricas, y alguien siempre ponía en marcha la radio de onda corta de la Tierra. En realidad, cuando el olor del tocino frito comenzaba a llenar la cabina, era a veces difícil no creer que estábamos de regreso en nuestro propio mundo, todo era tan normal y casero, excepto por la sensación de poco peso y por la extraña lentitud con que caían los objetos.


Me tocaba a mí preparar el desayuno en el rincón de la cabina principal que servía de cocina. Después de tantos años, recuerdo aún vívidamente aquel instante, pues la radio acababa de tocar una de mis melodías favoritas, el viejo aire galés, David de la Roca Blanca. Nuestro conductor estaba ya fuera en su traje espacial, inspeccionando nuestras bandas oruga. Mi ayudante, Louis Garnett, estaba de pie delante, haciendo algunas anotaciones en el diario de a bordo del día anterior.
Mientras me encontraba junto a la sartén, esperando, como cualquier ama de casa terrestre, que las salchichas se dorasen, dejé que mi mirada se pasease distraídamente por las paredes de la montaña que cubría todo el horizonte meridional, extendiéndose hasta perderse de vista hacia el este y el oeste, por debajo de la curva de la Luna. Parecían estar a unos dos kilómetros del tractor, pero sabía que la más cercana estaba a treinta kilómetros de distancia. En la Luna, como es natural, no hay pérdida de detalle con la distancia, nada de aquella neblina casi imperceptible que suaviza las cosas distantes de la Tierra.
Aquellas montañas tenían tres mil metros de altura, y se erguían abruptamente desde la llanura, como si en edades pasadas alguna erupción subterránea las hubiese empujado hasta el cielo a través de la fundida corteza. La base de incluso la más cercana, estaba oculta de la vista por la pronunciada curvatura de la superficie del llano, pues la Luna es un mundo muy pequeño, y el horizonte estaba a solamente tres kilómetros del punto en donde me hallaba.
Alcé los ojos hacia las cumbres que ningún hombre había escalado aún, cumbres que, antes de llegar la vida a la Tierra, habían contemplado cómo los océanos en retirada se hundían sombríamente en sus tumbas, llevándose con ellos la esperanza y la temprana promesa de un mundo. La luz del sol batía aquellos baluartes con un resplandor que hería los ojos, y sin embargo, muy poco por encima de ellos las estrellas brillaban fijamente en un cielo más negro que el de una noche de invierno en la Tierra.
Apartaba yo la mirada cuando capté un brillo metálico en lo alto de una arista de un gran promontorio que se proyectaba hacia el mar, a unos cincuenta kilómetros hacia el oeste. Era un punto de luz sin dimensiones, como si una estrella hubiese sido arrancada al cielo por una de aquellas crueles cumbres, y me imaginé que alguna superficie lisa de roca recogía el resplandor del sol y lo reflejaba directamente hacia mis ojos. Tales cosas no son raras. Cuando la Luna está en el segundo cuadrante, los observadores en la Tierra pueden ver a veces cómo las grandes cordilleras del Oceanus Procellarum arden con una iridiscencia azul-blanca, al incidir sobre ellas la luz del sol y saltar de un mundo a otro. Pero tuve la curiosidad de saber qué clase de roca era la que tanto brillaba, y subí a la torrecilla de observación e hice girar hacia el este nuestro telescopio de diez centímetros.
Pude ver lo suficiente para ser tentado. Claros y bien definidos en el campo visual, las cumbres de las montañas parecían estar a solamente un kilómetro, pero lo que fuera que captaba la luz del sol era aún demasiado pequeño para ser resuelto con detalle. Y sin embargo, parecía tener una elusiva simetría, y la cumbre sobre la que se elevaba era extrañamente plana. Contemplé largo rato aquel resplandeciente enigma, forzando mis ojos hacia el espacio, hasta que un olor de quemado procedente de la cocina me indicó que las salchichas de nuestro desayuno habían hecho en vano su viaje de más de un millón de kilómetros.

Toda aquella mañana discutimos durante nuestra marcha a través del Mare Crisium, mientras las montañas occidentales se iban elevando hacia el cielo. Incluso cuando estábamos buscando minerales en nuestros trajes espaciales, continuamos la discusión por la radio. Mis compañeros sostenían que era absolutamente cierto que no había habido nunca ninguna forma de vida inteligente en la Luna. Los únicos seres vivientes que habían alguna vez existido allí, eran unas cuantas plantas primitivas y sus antepasados algo menos degenerados. Lo sabía tan bien como cualquier otro, pero hay ocasiones en que un científico no debe temer hacer el ridículo.
—Escúchenme —dije al fin—, voy a subir allá arriba, aunque solamente sea para tranquilidad de mi conciencia. Aquella montaña tiene menos de cuatro mil metros de altura; es decir, solamente setecientos para la gravedad de la Tierra, y puedo hacer el recorrido en veinte horas a lo sumo. En todo caso, siempre he deseado subir a aquellas cumbres, y esto me proporciona una excelente excusa.
—Si no te rompes la cabeza —dijo Garnett—, serás el hazmerreír de la expedición cuando volvamos a la Base. Desde ahora en adelante aquella montaña probablemente se llamará "La Locura de Wilson".
—No me romperé la cabeza —dije firmemente—. ¿Quién fue el primero en ascender a Pico y a Helicon?
—¿Pero no eras bastante más joven en aquellos tiempos? —preguntó suavemente Louis.
—Eso —dije con gran dignidad— es otra razón más para ir.
Aquella noche nos acostamos temprano, después de conducir el tractor hasta un kilómetro del promontorio. Garnett iba a venir conmigo a la mañana siguiente; era un buen alpinista, y me había acompañado con frecuencia en tales hazañas. Nuestro conductor estaba más que satisfecho con quedarse a cargo de la máquina.
A primera vista, aquellos acantilados parecían completamente inaccesibles, pero para cualquiera que tenga la cabeza firme, es fácil trepar en un mundo en donde todos los pesos son solamente el sexto de su valor normal. El verdadero peligro del alpinismo lunar estriba en un exceso de confianza; una caída de cien metros en la Luna puede matar con tanta seguridad como una de veinte en la Tierra.
Hicimos nuestra primera parada sobre una repisa a unos mil metros sobre el llano. La ascensión no había sido muy difícil, pero mis miembros estaban algo rígidos por el desacostumbrado esfuerzo, y me alegré del descanso. Podíamos todavía ver al tractor como si fuese un pequeño insecto metálico allá a lo lejos, al pie del acantilado, e informamos al conductor sobre la marcha de nuestra ascensión antes de partir de nuevo.


De hora en hora nuestro horizonte se fue ensanchando, y una porción cada vez mayor de la llanura se fue haciendo visible. Podíamos ahora ver hasta ochenta kilómetros a través del Mare, incluso las cumbres de las montañas de la costa opuesta, a más de ciento sesenta kilómetros. Pocas llanuras lunares son tan planas como el Mare Crisium, y hasta podíamos imaginarnos que había un mar de agua y no de roca a tres kilómetros por debajo de nosotros. Solamente un grupo de agujeros de cráteres hacia el final del horizonte estropeaba la ilusión.
Nuestro objetivo seguía invisible sobre la arista de la montaña, y nos orientábamos por medio de mapas empleando la Tierra como guía. Casi exactamente al este de nosotros, aquel gran creciente de plata pendía bajo sobre la llanura, ya muy en su primer cuadrante. El sol y las estrellas seguirían su lenta marcha a través del cielo y acabarían por desaparecer de la vista, pero la Tierra siempre estaría allí, sin moverse nunca de su lugar fijo, creciendo y menguando a medida que iban pasando los años y las estaciones. Dentro de diez días sería un disco cegador que bañaría aquellas rocas con su resplandor de medianoche, cincuenta veces más brillante que la luna llena. Pero teníamos que salir de las montañas mucho antes de la noche, o nos quedaríamos en ellas para siempre.
En el interior de nuestros trajes estábamos confortablemente frescos, pues las unidades de refrigeración combatían al feroz sol y extraían el calor corporal de nuestros esfuerzos. Rara vez nos hablábamos, salvo para comunicarnos instrucciones de escalada, y para discutir nuestro mejor plan de ascensión. No sé lo que pensaba Garnett, probablemente que aquélla era la aventura más descabellada en que se había metido en su vida. Yo casi estaba de acuerdo con él, pero el gozo de la ascensión, el saber que ningún hombre había pasado antes por allí y la sensación vivificadora ante el paisaje que se ensanchaba, me proporcionaba toda la recompensa que necesitaba.
No creo haberme sentido especialmente agitado cuando vi frente a nosotros la pared de roca que había antes inspeccionado a través del telescopio desde una distancia de cincuenta kilómetros. Se hacía llana a unos veinte metros sobre nuestras cabezas, y allí, sobre la meseta, estaba lo que me había atraído a través de todos aquellos desolados yermos. Casi con seguridad no sería sino una roca astillada hacía siglos por un meteoro en su caída, con sus planos de escisión nuevos y brillantes en aquel incorruptible e inalterable silencio.
No había en la roca dónde asirse con las manos, y tuvimos que emplear un pitón. Mis cansados brazos parecieron recobrar nuevas fuerzas cuando hice girar sobre mi cabeza el ancla metálica de tres dientes y la lancé en dirección a las estrellas. La primera vez no agarró, y volvió cayendo lentamente cuando tiramos de la cuerda. Al tercer intento los tres dientes se fijaron fuertemente, y no pudimos arrancarlos aunando nuestros esfuerzos.
Garnett me miró con ansiedad. Comprendí que quería ir primero, pero le sonreí desde detrás del vidrio de mi casco, y denegué con la cabeza. Lentamente, sin apresurarme, comencé la ascensión final.
Incluso contando mi traje espacial, aquí sólo pesaba unos veinte kilos, de modo que me icé con las manos, sin preocuparme de utilizar los pies. Al llegar al borde me detuve y saludé a mi compañero, luego acabé de subir y me alcé, mirando frente a mí.
Deben comprender que hasta aquel momento había estado casi convencido que no podía encontrar allí nada extraño ni desacostumbrado. Casi, pero no del todo; había sido precisamente aquella duda llena de misterio la que me había impulsado hacia adelante. Pues bien, no era ya una duda, pero el misterio apenas había comenzado.
Me encontraba ahora sobre una meseta que tendría quizá unos treinta metros de ancho. Había sido lisa en un tiempo —demasiado lisa para ser natural—, pero los meteoros en su cara habían marcado y perforado su superficie en el transcurso de incontables inmensidades de tiempo. Había sido aplanada para soportar una estructura aproximadamente piramidal, de una altura doble de la de un hombre, engastada en la roca.
Probablemente ninguna emoción llenó mi mente durante aquellos primeros segundos. Luego sentí una inmensa euforia, y una alegría extraña e inexplicable. Pues yo amaba a la Luna, y ahora sabía que el musgo rastrero de Aristarco y Eratóstenes no era la única vida que había soportado en su juventud. El viejo y desacreditado sueño de los primeros exploradores era cierto. Al fin y al cabo, había habido una civilización lunar, y yo era el primero en encontrarla. El hecho que había llegado quizá cien millones de años demasiado tarde, no me perturbaba; era suficiente haber llegado.
Mi mente comenzaba a funcionar normalmente, a analizar y a formular preguntas. ¿Era eso un edificio, un santuario o algo para lo cual mi lenguaje carecía de palabra? Si era un edificio, ¿entonces por qué había sido erigido en lugar tan inaccesible? Me preguntaba si podría haber sido un templo, y me imaginaba a los adeptos de algún extraño sacerdocio clamando a sus dioses que les salvasen, mientras la vida de la Luna refluía con los agonizantes océanos; ¡clamando en vano!
Adelanté una docena de pasos para examinar más de cerca aquello, pero un cierto instinto de precaución me impidió acercarme demasiado. Sabía algo de arqueología, e intenté adivinar el nivel cultural de la civilización que había alisado aquella montaña, y levantado aquellas brillantes superficies especulares que deslumbraban aún mis ojos.


Los egipcios pudieron haberlo hecho, pensé, si sus trabajadores hubiesen poseído los extraños materiales que esos arquitectos, mucho más antiguos, habían empleado. Debido al pequeño tamaño de aquel objeto, no se me ocurrió pensar que quizá estaba contemplando la obra de una raza más adelantada que la mía. La idea de que la Luna había poseído alguna inteligencia era aún demasiado inusitada para ser asimilada, y mi orgullo no me permitía dar el último y humillante salto.
Y entonces observé algo que me produjo un escalofrío por el cuero cabelludo y la espina dorsal, algo tan trivial e inocente que muchos ni siquiera lo hubiesen notado. Ya he dicho que la meseta presentaba cicatrices de meteoros; estaba también cubierta por algunos centímetros del polvo cósmico que está siempre filtrándose sobre la superficie de todos los mundos donde no hay vientos que lo perturben. Y sin embargo, el polvo y las marcas de los meteoros terminaban abruptamente en un círculo que incluía a la pequeña pirámide, como si una barrera invisible la protegiese de los estragos del tiempo y del lento pero incesante bombardeo del espacio.
Algo gritaba en mis auriculares, y me di cuenta que Garnett me había estado llamando desde hacía algún tiempo. Me dirigí vacilante hasta el borde del acantilado, y le señalé para que viniese a unirse conmigo pues no osaba hablar. Luego volví al círculo señalado sobre el polvo. Recogí un fragmento de roca y lo arrojé suavemente hacia el brillante enigma. No me hubiese sorprendido si el guijarro hubiese desaparecido en aquella barrera invisible, pero pareció tocar una superficie lisa, hemisférica, y resbalar suavemente hasta el suelo.
Supe entonces que estaba contemplando algo que no tenía equivalente en la antigüedad de mi propia raza. Aquello no era un edificio, sino una máquina, que se protegía con fuerzas que habían desafiado a la eternidad. Aquellas fuerzas, cualesquiera que fuesen, operaban aún, y quizá me había acercado ya demasiado. Pensé en todas las radiaciones que el hombre había capturado y dominado durante el pasado siglo. Podía muy bien ser que estuviese ya tan irrevocablemente condenado como si hubiese entrado en el aura silenciosa y mortífera de una pila atómica sin protección.
Recuerdo que entonces me volví hacia Garnett, quien se me había reunido y estaba de pie e inmóvil a mi lado. Parecía haberse olvidado de mí, de modo que no le perturbé, sino que me dirigí hacia el borde del acantilado, esforzándome por ordenar mis pensamientos. Allá abajo estaba el Mare Crisium, extraño y misterioso para la mayoría de los hombres, pero tranquilizadoramente familiar para mí. Levanté los ojos hacia la media Tierra, yaciente en su cuna de estrellas, y me pregunté qué habrían cubierto sus nubes cuando esos desconocidos constructores habían terminado su trabajo. ¿Era la jungla llena de vapores del Carbonífero, la desolada costa sobre la cual debían trepar los primeros anfibios para conquistar la Tierra, o, antes aún, la larga soledad precursora de la llegada de la vida?
No me pregunten por qué no adiviné antes la verdad, la verdad que ahora parece tan obvia. En la primera exaltación de mi descubrimiento había asumido sin titubear que aquella aparición cristalina había sido construida por alguna raza perteneciente al remoto pasado de la Luna, pero de repente y con avasalladora fuerza, se hizo en mí la certeza que ésta era tan extranjera a la Luna como yo mismo.
En veinte años no habíamos encontrado otros vestigios de vida sino unas cuantas plantas degeneradas. Ninguna civilización lunar, cualquiera que hubiese sido su fin, podía haber dejado no más que un solo testimonio de su existencia.
Miré nuevamente a la brillante pirámide, y me pareció aún más remota que todo lo que se relacionaba con la Luna. Y de repente sentí que me estremecía con una risa alocada e histérica, ocasionada por la exaltación y el exceso de fatiga; pues me había imaginado que la pequeña pirámide me hablaba diciéndome: "Lo siento, pero yo tampoco soy de aquí".

Hemos tardado veinte años en quebrantar aquella invisible coraza y en llegar a la máquina del interior de aquellas paredes de cristal. Lo que no podíamos comprender, lo rompimos al fin con la salvaje fuerza de la energía atómica, y ahora he visto los fragmentos de aquella hermosa y resplandeciente cosa que encontré en la montaña.
Carecen de sentido. Los mecanismos —si es que en realidad son mecanismos— de la pirámide, pertenecen a una tecnología que se encuentra mucho más allá de nuestro horizonte, quizá a la tecnología de las fuerzas parafísicas.
El misterio nos obsesiona tanto más ahora que los otros planetas han sido alcanzados, y que sabemos que solamente la Tierra ha sido el hogar de la vida inteligente. Y ninguna civilización perdida de nuestro propio mundo pudo haber construido aquella máquina, pues el espesor del polvo meteórico sobre la meseta nos ha permitido calcular su edad. Estaba ya allí, sobre su montaña, antes que la vida hubiese emergido de los mares de la Tierra.
Cuando nuestro mundo tenía la mitad de su presente edad, algo procedente de las estrellas pasó a través del Sistema Solar, dejó aquella señal de su paso, y prosiguió su camino. Hasta que la destruimos, aquella máquina seguía cumpliendo la misión de sus constructores; y en cuanto a esa misión, he aquí lo que yo presumo:
Hay cerca de cien mil millones de estrellas en el círculo de la Vía Láctea, y hace mucho tiempo que otras razas en los mundos de otros soles deben haber alcanzado y superado las alturas que nosotros hemos alcanzado. Piensen en tales civilizaciones, lejanas en el tiempo, en el resplandor mortecino que siguió a la Creación, dueñas de un Universo tan joven que la vida había llegado solamente a un puñado de mundos. De ellas hubiese sido una soledad que no podemos imaginarnos, la soledad de dioses que buscan a través del infinito, y que no encuentran a nadie con quien compartir sus pensamientos.
Debieron haber estado buscando por los racimos de estrellas del modo que nosotros rebuscamos por entre los planetas. Debía haber mundos por todas partes, pero debían estar vacíos, o poblados de cosas rastreras y sin mente. Tal era nuestra propia Tierra, con el humo de sus grandes volcanes que manchaba aún su cielo, cuando aquella primera nave de los pueblos de la aurora llegó desde los abismos de más allá de Plutón. Pasó los helados mundos externos, sabiendo que la vida no podría desempeñar parte alguna en sus destinos. Se detuvo entre los planetas interiores, calentándose al calor del Sol y esperando a que comenzasen sus historias.
Aquellos vagabundos debieron contemplar la Tierra, que giraba en la estrecha zona entre el hielo y el fuego, y debieron adivinar que era el favorito entre los hijos del Sol. Aquí habría inteligencia; pero tenían incontables estrellas delante de sí, y quizá nunca más volviesen por aquí.
Y así fue que dejaron un centinela, uno de los millones que han dispersado por todo el universo, para que vigilen los mundos con promesa de vida. Era un faro que a través de las edades ha venido señalando pacientemente el hecho de que nadie lo había descubierto.
Quizá comprenderán por qué fue colocada aquella pirámide de cristal sobre la Luna en lugar de sobre la Tierra. A sus constructores no les interesaban las razas que estaban aún luchando por salir del salvajismo. Solamente les interesaría nuestra civilización si demostrábamos nuestra aptitud para sobrevivir, cruzando el espacio y escapando así de nuestra cuna, la Tierra. Ése es el reto con que todas las razas inteligentes tienen que enfrentarse, más tarde o más temprano. Es un reto doble, pues depende a su vez de la conquista de la energía atómica y de la última elección entre la vida y la muerte.
Una vez que hubiésemos superado aquella crisis sería solamente cuestión de tiempo el que encontrásemos la pirámide y la abriésemos. Ahora habrán cesado sus señales, y aquéllos cuyo deber sea éste estarán dirigiendo sus mentes hacia la Tierra. Quizá deseen ayudar a nuestra joven civilización. Pero deben ser muy, muy viejos, y los viejos tienen con frecuencia una envidia loca de los jóvenes.
No puedo nunca mirar la Vía Láctea sin preguntarme de cuál de aquellas compactas nubes de estrellas vendrán los emisarios. Si me perdonan un símil tan prosaico, diré que hemos roto el cristal de la alarma de bomberos, y no nos queda más que hacer sino esperar.
Y no creo que tengamos que esperar mucho.


FIN