2023/09/04

La sabana (Ray Bradbury)


Título original: The Veldt
Año: 1950


1
-George, me gustaría que le echaras un ojo al cuarto de jugar de los niños.
-¿Qué le pasa?
-No lo sé.
-Pues bien, ¿y entonces?
-Sólo quiero que le eches un ojeada, o que llames a un sicólogo para que se la eche él.
-¿Y qué necesidad tiene un cuarto de jugar de un sicólogo?
-Lo sabes perfectamente -su mujer se detuvo en el centro de la cocina y contempló uno de los fogones, que en ese momento estaba hirviendo sopa para cuatro personas-. Sólo es que ese cuarto ahora es diferente de como era antes.
-Muy bien, echémosle un vistazo.
Atravesaron el vestíbulo de su lujosa casa insonorizada cuya instalación les había costado treinta mil dólares, una casa que los vestía y los alimentaba y los mecía para que se durmieran, y tocaba música y cantaba y era buena con ellos. Su aproximación activó un interruptor en alguna parte y la luz de la habitación de los niños parpadeó cuando llegaron a tres metros de ella. Simultáneamente, en el vestíbulo, las luces se apagaron con un automatismo suave.
-Bien -dijo George Hadley.
Se detuvieron en el suelo acolchado del cuarto de jugar de los niños. Tenía doce metros de ancho por diez de largo; además había costado tanto como la mitad del resto de la casa. "Pero nada es demasiado bueno para nuestros hijos", había dicho George.
La habitación estaba en silencio y tan desierta como un claro de la selva un caluroso mediodía. Las paredes eran lisas y bidimensionales. En ese momento, mientras George y Lydia Hadley se encontraban quietos en el centro de la habitación, las paredes se pusieron a zumbar y a retroceder hacia una distancia cristalina, o eso parecía, y pronto apareció un sabana africana en tres dimensiones; por todas partes, en colores que reproducían hasta el último guijarro y brizna de paja. Por encima de ellos, el techo se convirtió en un cielo profundo con un ardiente sol amarillo.
George Hadley notó que la frente le empezaba a sudar.
-Vamos a quitarnos del sol -dijo-. Resulta demasiado real. Pero no veo que pase nada extraño.
-Espera un momento y verás -dijo su mujer.
Los ocultos olorificadores empezaron a emitir un viento aromatizado en dirección a las dos personas del centro de la achicharrante sabana africana. El intenso olor a paja, el aroma fresco de la charca oculta, el penetrante olor a moho de los animales, el olor a polvo en el aire ardiente. Y ahora los sonidos: El trote de las patas de lejanos antílopes en la hierba, el aleteo de los buitres. Una sombra recorrió el cielo y vaciló sobre la sudorosa cara que miraba hacia arriba de George Hadley.
-Alimañas asquerosas -le oyó decir a su mujer.
-Los buitres.
-¿Ves? Allí están los leones, a lo lejos, en aquella dirección. Ahora se dirigen a la charca. Han estado comiendo -dijo Lydia-. No sé qué.
-Algún animal -George Hadley alzó la mano para defender sus entrecerrados ojos de la luz ardiente-. Una cebra o una cría de jirafa, quizás.
-¿Estás seguro? -la voz de su mujer sonó especialmente tensa.
-No, ya es un poco tarde para estar seguro -dijo él, divertido-. Allí lo único que puedo distinguir son unos huesos descarnados, y a los buitres dispuestos a caer sobre lo que queda.
-¿Has oído ese grito? -preguntó ella.
-No.
-¡Hace un momento!
-Lo siento, pero no.
Los leones se acercaban. Y George Hadley volvió a sentirse lleno de admiración hacia el genio mecánico que había concebido aquella habitación. Un milagro de la eficacia que vendían por un precio ridículamente bajo. Todas las casas deberían tener algo así. Claro, de vez en cuando te asustaba con su exactitud clínica, hacía que te sobresaltases y te producía un estremecimiento, pero qué divertido era para todos en la mayoría de las ocasiones; y no sólo para su hijo y su hija, sino para él mismo cuando sentía que daba un paseo por un país lejano, y después cambiaba rápidamente de escenario. Bien, ¡pues allí estaba! Y allí estaban los leones, a unos metros de distancia, tan reales, tan febril y sobrecogedoramente reales que casi notabas su piel áspera en la mano, la boca se te quedaba llena del polvoriento olor a tapicería de sus pieles calientes, y su color amarillo permanecía dentro de tus ojos como el amarillo de los leones y de la hierba en verano, y el sonido de los enmarañados pulmones de los leones respirando en el silencioso calor del mediodía, y el olor a carne en el aliento, sus bocas goteando.
Los leones se quedaron mirando a George y Lydia Hadley con sus aterradores ojos verde-amarillentos.
-¡Cuidado! -gritó Lydia.
Los leones venían corriendo hacia ellos.
Lydia se dio la vuelta y echó a correr. George se lanzó tras ella. Fuera, en el vestíbulo, después de cerrar de un portazo, él se reía y ella lloraba y los dos se detuvieron horrorizados ante la reacción del otro.
-¡George!
-¡Lydia! ¡Oh, mi querida, mi dulce, mi pobre Lydia!
-¡Casi nos atrapan!
-Unas paredes, Lydia, acuérdate de ello; unas paredes de cristal, es lo único que son. Claro, parecen reales, lo reconozco… África en tu salón, pero sólo es una película en color multidimensional de acción especial, supersensitiva, y una cinta cinematográfica mental detrás de las paredes de cristal. Sólo son olorificadores y acústica, Lydia. Toma mi pañuelo.
-Estoy asustada -Lydia se le acercó, pego su cuerpo al de él y lloró sin parar-. ¿Has visto? ¿Lo has notado? Es demasiado real.
-Vamos a ver, Lydia…
-Tienes que decirles a Wendy y Peter que no lean nada más sobre África.
-Claro que sí… Claro que sí -le dio unos golpecitos con la mano.
-¿Lo prometes?
-Desde luego.
-Y mantén cerrada con llave esa habitación durante unos días hasta que consiga que se me calmen los nervios.
-Ya sabes lo difícil que resulta Peter con eso. Cuando lo castigué hace un mes a tener unas horas cerrada con llave esa habitación…, ¡Vayaa rabieta que cogió! Y Wendy lo mismo. Viven para esa habitación.
-Hay que cerrarla con llave, eso es todo lo que hay que hacer.
-Muy bien -de mala gana, George Hadley cerró con llave la enorme puerta-. Has estado trabajando intensamente. Necesitas un descanso.
-No lo sé… No lo sé -dijo ella, sonándose la nariz y sentándose en una butaca que inmediatamente empezó a mecerse para tranquilizarla-. Tal vez tengo pocas cosas que hacer. Puede que tenga demasiado tiempo para pensar. ¿Por qué no cerramos la casa durante unos cuantos días y nos vamos de vacaciones?
-¿Te refieres a que vas a tener que freír tú los huevos?
-Sí -Lydia asintió con la cabeza.
-¿Y zurcirme los calcetines?
-Sí -un frenético asentimiento, y unos ojos que se humedecían.
-¿Y barrer la casa?
-¡Sí, sí… , claro que sí!
-Pero yo creía que por eso habíamos comprado esta casa, para no tener que hacer ninguna de esas cosas.
-Justamente es eso. No siento como si ésta fuera mi casa. Ahora la casa es la esposa y la madre y la niñera. ¿Cómo podría competir yo con una sabana africana? ¿Es que puedo bañar a los niños y restregarles de modo tan eficiente o rápido como el baño que restriega automáticamente? Es imposible. Y no sólo me pasa a mí. También a ti. Últimamente has estado muy nervioso.
-Supongo que he fumado en exceso.
-Tienes aspecto de que tampoco tú sabes qué hacer contigo mismo en esta casa. Fumas un poco más por la mañana y bebes un poco más por la tarde y necesitas unos cuantos sedantes más por la noche. También estás empezando a sentirte innecesario.
-¿Y no lo soy? -hizo una pausa y trató de notar lo que de verdad sentía interiormente.
-¡Oh, George! -Lydia lanzó una mirada más allá de él, a la puerta del cuarto de jugar de los niños-. Esos leones no pueden salir de ahí, ¿verdad que no pueden? Él miró la puerta y vio que temblaba como si algo hubiera saltado contra ella por el otro lado.
-Claro que no -dijo.


2
Cenaron solos porque Wendy y Peter estaban en un carnaval plástico en el otro extremo de la ciudad y habían televisado a casa para decir que se iban a retrasar, que empezaran a cenar. Así que George Hadley se sentó abstraído viendo que la mesa del comedor producía platos calientes de comida desde su interior mecánico.
-Nos olvidamos del ketchup -dijo.
-Lo siento -dijo un vocecita del interior de la mesa, y apareció el ketchup. En cuanto a la habitación, pensó George Hadley, a sus hijos no les haría ningún daño que estuviera cerrada con llave durante un tiempo. Un exceso de algo a nadie le sienta nunca bien. Y quedaba claro que los chicos habían pasado un tiempo excesivo en África. Aquel sol. Todavía lo notaba en el cuello como una garra caliente. Y los leones. Y el olor a sangre. Era notable el modo en que aquella habitación captaba las emanaciones telepáticas de las mentes de los niños y creaba una vida que colmaba todos sus deseos. Los niños pensaban en leones, y aparecían leones. Los niños pensaban en cebras, y aparecían cebras. Sol… sol. Jirafas… jirafas. Muerte y muerte.
Aquello no se iba. Masticó sin saborear la carne que les había preparado la mesa. La idea de la muerte. Eran terriblemente jóvenes, Wendy y Peter, para tener ideas sobre la muerte. No, la verdad, nunca se era demasiado joven. Uno le deseaba la muerte a otros seres mucho antes de saber lo que era la muerte. Cuando tenías dos años y andabas disparando a la gente con pistolas de juguete. Pero aquello, la extensa y ardiente sabana africana, la espantosa muerte en las fauces de un león… Y repetido una y otra vez.
-¿Adónde vas?
No respondió a Lydia. Preocupado, dejó que las luces se fueran encendiendo delante de él y apagando a sus espaldas según caminaba hasta la puerta del cuarto de jugar de los niños. Pegó la oreja y escuchó. A lo lejos rugió un león.
Hizo girar la llave y abrió la puerta. Justo antes de entrar, oyó un chillido lejano. Y luego otro rugido de los leones, que se apagó rápidamente. Entró en África. Cuántas veces había abierto aquella puerta durante el último año encontrándose en el País de las Maravillas, con Alicia y la Tortuga Artificial, o con Aladino y su lámpara maravillosa, o con Jack Cabeza de Calabaza del País de Oz, o el doctor Doolittle, o con la vaca saltando una luna de aspecto muy real -todas las deliciosas manifestaciones de un mundo simulado-. Había visto muy a menudo a Pegasos volando por el cielo del techo, o cataratas de fuegos artificiales auténticos, u oído voces de ángeles cantar. Pero ahora, aquella ardiente África, aquel horno con la muerte en su calor. Puede que Lydia tuviera razón. Tal vez necesitaban unas pequeñas vacaciones, alejarse de la fantasía que se había vuelto excesivamente real para unos niños de diez años. Estaba muy bien ejercitar la propia mente con la gimnasia de la fantasía, pero cuando la activa mente de un niño establecía un modelo… Ahora le parecía que, a lo lejos, durante el mes anterior, había oído rugidos de leones y sentido su fuerte olor, que llegaba incluso hasta la puerta de su estudio. Pero, al estar ocupado, no había prestado atención. George Hadley se mantenía quieto y solo en el mar de hierba africano. Los leones alzaron la vista de su alimento, observándolo. El único defecto de la ilusión era la puerta abierta por la que podía ver a su mujer, al fondo, pasado el vestíbulo a oscuras, como cuadro enmarcado, cenando distraídamente.
-Largo -les dijo a los leones.
No se fueron.
Conocía exactamente el funcionamiento de la habitación. Emitías tus pensamientos. Y aparecía lo que pensabas.
-Que aparezcan Aladino y su lámpara maravillosa -dijo chasqueando los dedos. La sabana siguió allí; los leones siguieron allí.
-¡Venga, habitación! ¡Que aparezca Aladino! -repitió.
No pasó nada. Los leones refunfuñaron dentro de sus pieles recocidas.
-¡Aladino!
Volvió al comedor.
-Esa estúpida habitación está averiada -dijo-. No quiere funcionar.
-O…
-¿O qué?
-O no puede funcionar -dijo Lydia-, porque los niños han pensado en África y leones y muerte tantos días que la habitación es víctima de la rutina.
-Podría ser.
-O que Peter la haya conectado para que siga siempre así.
-¿Conectado?
-Puede que haya manipulado la maquinaria, tocado algo.
-Peter no conoce la maquinaria.
-Es un chico listo para sus diez años. Su coeficiente de inteligencia es…
-A pesar de eso…
-Hola, mamá. Hola, papá.
Los niños habían vuelto. Wendy y Peter entraron por la puerta principal, con las mejillas como caramelos de menta y los ojos como brillantes piedras de ágata azul. Sus monos de salto despedían un olor a ozono después de su viaje en helicóptero.
-Llegan justo a tiempo de cenar -dijeron los padres.
-Nos hemos atiborrado de helado de fresa y de perritos calientes -dijeron los niños, cogidos de la mano-. Pero nos sentaremos un rato y miraremos.
-Sí, vamos a hablar de su cuarto de juegos -dijo George Hadley. Ambos hermanos parpadearon y luego se miraron uno al otro.
-¿El cuarto de juegos?
-De África y de todo lo demás -dijo el padre con una falsa jovialidad.
-No te entiendo -dijo Peter.
-Mamá y yo hemos estado viajando por África; Tom Swift y su león eléctrico -explicó George Hadley.
-En el cuarto no hay nada de África -dijo sencillamente Peter.
-Oh, vamos, Peter. Lo sabemos perfectamente.
-No me acuerdo de nada de África -le comentó Peter a Wendy-. ¿Y tú?
-No.
-Vayan corriendo a ver y vuelvan a contarnos.
La niña obedeció.
-Wendy, ¡vuelve aquí! -dijo George Hadley, pero la niña ya se había ido. Las luces de la casa la siguieron como una bandada de luciérnagas. Demasiado tarde, George Hadley se dio cuenta de que había olvidado cerrar con llave la puerta después de su última inspección.
-Wendy mirará y vendrá a contarnos -dijo Peter.
-Ella no me tiene que contar nada. Yo mismo lo he visto.
-Estoy seguro de que te has equivocado, padre.
-No me he equivocado, Peter. Vamos
Pero Wendy volvía ya.
-No es África -dijo sin aliento.
-Ya lo veremos -comentó George Hadley, y todos cruzaron el vestíbulo juntos y abrieron la puerta de la habitación.
Había un bosque verde, un río encantador, una montaña púrpura, cantos de voces agudas, y Rima acechando entre los árboles. Mariposas de muchos colores volaban, igual que ramos de flores animados, en torno a su largo pelo. La sabana africana había desaparecido. Los leones habían desaparecido. Ahora sólo estaba Rima, entonando una canción tan hermosa que llenaba los ojos de lágrimas. George Hadley contempló la escena que había cambiado.
-Vayan a la cama -les dijo a los niños.
Éstos abrieron la boca.
-Ya me escucharon -dijo el padre.
Salieron a la toma de aire, donde un viento los empujó como a hojas secas hasta sus dormitorios.
George Hadley anduvo por el sonoro claro y agarró algo que yacía en un rincón cerca de donde habían estado los leones. Volvió caminando lentamente hasta su mujer.
-¿Qué es eso? -preguntó ella.
-Una vieja cartera mía -dijo él.
Se la enseñó. Olía a hierba caliente y a león. Había gotas de saliva en ella; la habían mordido, y tenía manchas de sangre en los dos lados. Cerró la puerta de la habitación y echó la llave.
En plena noche todavía seguía despierto, y se dio cuenta de que su mujer lo estaba también.
-¿Crees que Wendy la habrá cambiado? -preguntó ella, por fin, en la habitación a oscuras.
-Naturalmente.
-¿Ha cambiado la sabana africana en un bosque y ha puesto a Rima allí en lugar de los leones?
-Sí.
-¿Por qué?
-No lo sé. Pero seguirá cerrada con llave hasta que lo averigüe.
-¿Cómo ha llegado allí tu cartera?
-Yo no sé nada -dijo él-, excepto que estoy empezando a lamentar que hayamos comprado esa habitación para los niños. Si los niños son neuróticos, una habitación como ésa…
-Se suponía que les iba a ayudar a librarse de sus neurosis de un modo sano.
-Es lo que me estoy empezando a preguntar -George Hadley clavó la vista en el techo.
-Les hemos dado a los niños todo lo que quieren. Y ésta es nuestra recompensa… ¡Secretos, desobediencia!
-¿Quién fue el que dijo que los niños son como alfombras a las que hay que sacudir de vez en cuando? Nunca les levantamos la mano. Son insoportables, admitámoslo. Van y vienen según les apetece; nos tratan como si los hijos fuéramos nosotros. Están echados a perder y nosotros estamos echados a perder también.
-Llevan comportándose de un modo raro desde que hace unos meses les prohibiste ir a Nueva York en cohete.
-No son lo suficientemente mayores para ir solos. Lo expliqué.
-Da igual. Me he fijado que desde entonces se han mostrado claramente fríos con nosotros.
-Creo que deberíamos hacer que mañana viniera David McClean para que le echara un ojo a África.
Unos momentos después, oyeron los gritos.
Dos gritos. Dos personas que gritaban en el piso de abajo. Y luego, rugidos de leones.
-Wendy y Peter no están en sus dormitorios -dijo su mujer. Siguió tumbado en la cama con el corazón latiéndole con fuerza.
-No -dijo él-. Han entrado en el cuarto de jugar.
-Esos gritos… suenan a conocidos.
-¿De verdad?
-Sí, muchísimo.
Y aunque sus camas se esforzaron a fondo, los dos adultos no consiguieron sumirse en el sueño durante otra hora más. Un olor a felino llenaba el aire nocturno.


3
-¿Padre? -dijo Peter.
-¿Qué?
Peter se observó los zapatos. Ya no miraba nunca a su padre, ni a su madre.
-Vas a cerrar con llave la habitación para siempre, ¿verdad?
-Eso depende.
-¿De qué? -soltó Peter.
-De ti y de tu hermana. De que mezclen África con otras cosas… Con Suecia, tal vez, o Dinamarca o China…
-Yo creía que teníamos libertad para jugar a lo que quisiéramos.
-La tienen, con unos límites razonables.
-¿Qué hay de malo con África, padre?
-Vaya, de modo que ahora admites que has estado haciendo que aparezca África, ¿es así?
-No quiero que el cuarto de jugar esté cerrado con llave -dijo fríamente Peter-. Nunca.
-En realidad estamos pensando en pasar un mes fuera de casa. Libres de esta especie de existencia despreocupada.
-¡Eso sería espantoso! ¿Tendría que atarme los cordones de los zapatos yo en lugar de dejar que me los ate el atador? ¿Y lavarme los dientes y peinarme y bañarme?
-Sería divertido un pequeño cambio, ¿no crees?
-No, sería horripilante. No me gustó que quitaras el pintador de cuadros el mes pasado.
-Es porque quería que aprendieras a pintar por ti mismo, hijo.
-Yo no quiero hacer nada excepto mirar y oír y oler. ¿Qué otra cosa se puede hacer?
-Muy bien, vete a jugar a África.
-¿Cerrarás la casa pronto?
-Lo estamos pensando.
-Creo que será mejor que no lo piensen más, padre.
-¡No voy a consentir que me amenace mi propio hijo!
-Muy bien -y Peter penetró en el cuarto de jugar.
 
4
-¿Llego a tiempo? -dijo David McClean.
-¿Quieres desayunar? -preguntó George Hadley.
-Gracias, tomaré algo. ¿Cuál es el problema?
-David, tú eres sicólogo.
-Eso espero.
-Bien, pues entonces échale una mirada al cuarto de jugar de nuestros hijos. Ya lo viste hace un año cuando viniste por aquí. ¿Entonces no notaste nada especial en esa habitación?
-No podría decir que lo notara: La violencia habitual, cierta tendencia hacia una ligera paranoia acá y allá, lo normal en niños que se sienten perseguidos constantemente por sus padres; pero, bueno, de hecho nada. 
Cruzaron el vestíbulo.
-Cerré la habitación con llave -explico el padre-, y los niños entraron en ella por la noche. Dejé que estuvieran dentro para que pudieran formar los modelos y así tú los pudieras ver.
De la habitación salían gritos terribles.
-Ahí lo tienes -dijo George Hadley-. Veamos lo que consigues. 
Entraron sin llamar.
-Salgan afuera un momento, chicos -dijo George Hadley-. No, no cambien la combinación mental. Dejen las paredes como están.
Con los niños fuera, los dos hombres se quedaron quietos examinando a los leones agrupados a lo lejos que comían con deleite lo que habían cazado.
-Me gustaría saber de qué se trata -dijo George Hadley-. A veces casi lo consigo ver. ¿Crees que si trajese unos prismáticos potentes y…?
David McClean se rió.
-Difícilmente -se volvió para examinar las cuatro paredes-. ¿Cuánto hace que pasa esto?
-Algo más de un mes.
-La verdad es que no me causa ninguna buena impresión.
-Yo quiero hechos, no impresiones.
-Mira, George querido, un sicólogo nunca ve un hecho en toda su vida. Sólo presta atención a las impresiones, a cosas vagas. Esto no me causa buena impresión, te lo repito. Confía en mis corazonadas y mi intuición. Me huelo las cosas malas. Y ésta es muy mala. Mi consejo es que desmontes esta maldita cosa y lleves a tus hijos a que me vean todos los días para someterlos a tratamiento durante un año entero.
-¿Es tan mala?
-Me temo que sí. Uno de los usos originales de estas habitaciones era que pudiéramos estudiar los modelos que dejaba la mente del niño en las paredes, y de ese modo estudiarlos con toda comodidad y ayudar al niño. En este caso, sin embargo, la habitación se ha convertido en un canal hacia… ideas destructivas, en lugar de una liberación de ellas.
-¿Ya has notado esto con anterioridad?
-Lo único que he notado es que has echado a perder a tus hijos más que la mayoría. Y ahora los has degradado de algún modo. ¿De qué modo?
-No les dejé que fueran a Nueva York.
-¿Y qué más?
-He quitado algunos de los aparatos de la casa y los amenacé, hace un mes, con cerrar el cuarto de jugar como no hicieran los deberes escolares. Lo tuve cerrado unos cuantos días para que aprendieran.
-Vaya, vaya.
-¿Significa algo eso?
-Todo. Donde antes tenían un Papá Noel, ahora tienen un ogro. Los niños prefieren a Papá Noel. Dejaste que esta casa los reemplazara a ti y a tu mujer en el afecto de sus hijos. Esta habitación es su madre y su padre, y es mucho más importante en sus vidas que sus padres auténticos. Y ahora vas y la quieres cerrar. No me extraña que aquí haya odio. Se ve que brota del cielo. Se nota en ese sol. George, tienes que cambiar de vida. Lo mismo que otros muchos, la has construido en torno a las comodidades. Mañana te morirías de hambre si en la cocina funcionara algo mal. Deberías saber cascar un huevo. Sin embargo, desconéctalo todo. Empieza de nuevo. Llevará tiempo. Pero conseguiremos obtener unos niños buenos a partir de los malos dentro de un año, espera y verás.
-¿Pero no será un choque excesivo para los niños cerrar la habitación bruscamente, para siempre?
-Lo que yo no quiero es que profundicen más en esto, eso es todo.
Los leones estaban terminando su festín rojo. Se mantenían al borde del claro observando a los dos hombres.
-Ahora estoy sintiendo que me persiguen -dijo McClean-. Salgamos de aquí. Nunca me gustaron estas malditas habitaciones. Me ponen nervioso.


-Los leones no son reales, ¿verdad? -dijo George Hadley-. Supongo que no habrá ningún modo de…
-¿De qué?
- ¡De que se vuelvan reales!
-No, que yo sepa.
-¿Algún fallo en la maquinaria, una avería o algo?
-No.
Se dirigieron a la puerta.
-No creo que a la habitación le guste que la desconecten -dijo el padre.
-A nadie le gusta morir… Ni siquiera a una habitación.
-Me pregunto si me odia por querer desconectarla.
-La paranoia abunda por aquí hoy -dijo David McClean-. Puedes utilizar esto como pista. Mira -se agachó y recogió un pañuelo de cuello ensangrentado-. ¿Es tuyo?
-No -la cara de George Hadley estaba rígida-. Pertenece a Lydia. 
Fueron juntos a la caja de fusibles y quitaron el que desconectaba el cuarto de juegos
Los dos niños estaban histéricos. Gritaban, pataleaban y tiraban cosas. Aullaban, sollozaban y soltaban tacos y daban saltos por encima de los muebles.
-¡No le puedes hacer eso al cuarto de juegos, no puedes!
-Vamos a ver, chicos.
Los niños se arrojaron en un sofá, llorando.
-George -dijo Lydia Hadley-, vuelve a conectarla, sólo unos momentos. No puedes ser tan brusco.
-No.
-No seas tan cruel.
-Lydia, está desconectada y seguirá desconectada. Y toda la maldita casa morirá dentro de poco. Cuanto más veo el lío que nos ha originado, más enfermo me pone. Llevamos contemplándonos nuestros ombligos electrónicos, mecánicos, demasiado tiempo. ¡Dios santo, cuánto necesitamos una ráfaga de aire puro!
Y se puso a recorrer la casa desconectando los relojes parlantes, los fogones, la calefacción, los limpiazapatos, los restregadores de cuerpo y las fregonas y los masajeadores y todos los demás aparatos a los que pudo echar mano. La casa estaba llena de cuerpos muertos, o eso parecía. Daba la sensación de un cementerio mecánico. Tan silenciosa. Ninguna de la oculta energía de los aparatos zumbaba a la espera de funcionar cuando apretaran un botón.
-¡No los dejes hacerlo! -gritó Peter al techo, como si hablara con la casa, con el cuarto de juegos-. No dejes que mi padre lo mate todo -se volvió hacia su padre-. ¡Te odio!
-Los insultos no te van a servir de nada.
-¡Quisiera que estuvieses muerto!
-Ya lo estamos, desde hace mucho. Ahora vamos a empezar a vivir de verdad. En lugar de que nos manejen y nos den masajes, vamos a vivir.
Wendy todavía seguía llorando y Peter se unió a ella.
-Sólo un momento, sólo un momento, sólo otro momento en el cuarto de juegos -gritaban.
-Oh, George -dijo la mujer-. No les hará daño.
-Muy bien… muy bien, siempre que se callen. Un minuto, ténganlo en cuenta, y luego desconectada para siempre.
-Papá, papá, papá -dijeron alegres los chicos, sonriendo con la cara llena de lágrimas.
-Y luego nos iremos de vacaciones. David McClean volverá dentro de media hora para ayudarnos a recoger las cosas y llevarnos al aeropuerto. Me voy a vestir. Conecta la habitación durante un minuto. Lydia, sólo un minuto, tenlo en cuenta.
Y los tres se pusieron a parlotear mientras él dejaba que el tubo de aire le aspirara al piso de arriba y empezaba a vestirse por sí mismo. Un minuto después, apareció Lydia.
-Me sentiré muy contenta cuando nos vayamos -dijo suspirando.
-¿Los has dejado en el cuarto?
-También quería vestirme. Oh, esa espantosa África. ¿Qué le pueden encontrar?
-Bueno, dentro de cinco minutos y pico estaremos camino de Iowa. Señor, ¿cómo se nos ocurrió tener esta casa? ¿Qué nos impulsó a comprar una pesadilla?
-El orgullo, el dinero, la estupidez.
-Creo que será mejor que baje antes de que esos chicos vuelvan a entusiasmarse con esas malditas fieras.
Precisamente entonces oyeron que llamaban los niños.
-Papá, mamá, vengan enseguida… ¡enseguida!
Bajaron al otro piso por el tubo de aire y atravesaron corriendo el vestíbulo. Los niños no estaban a la vista.
-¿Wendy? ¿Peter?
Corrieron al cuarto de juegos. En la sabana africana no había nadie a no ser los leones, que los miraban.
-¿Peter? ¿Wendy?
La puerta se cerró dando un portazo.
-¡Wendy! ¡Peter!
George Hadley y su mujer dieron la vuelta y corrieron a la puerta.
-¡Abran esta puerta! -gritó George Hadley, tratando de hacer girar el picaporte-. ¡Han cerrado por fuera! ¡Peter! -golpeó la puerta-. ¡Abran!
Oyó la voz de Peter afuera, pegada a la puerta.
-No los dejen desconectar la habitación y la casa -estaba diciendo.
George Hadley y su mujer daban golpes en la puerta.
-No sean absurdos, chicos. Es hora de irse. El señor McClean llegará en un momento y…
Y entonces oyeron los sonidos.
Los leones los rodeaban por tres lados. Avanzaban por la hierba amarilla de la sabana, olisqueando y rugiendo.
Los leones.
George Hadley miró a su mujer y los dos se dieron la vuelta y volvieron a mirar a las fieras que avanzaban lentamente, encogiéndose, con el rabo tieso. George Hadley y su mujer gritaron.
Y de repente se dieron cuenta del motivo por el que aquellos gritos anteriores les habían sonado tan conocidos.
 
5
-Muy bien, aquí estoy -dijo David McClean a la puerta del cuarto de juegos-. Oh, hola -miró fijamente a los niños, que estaban sentados en el centro del claro merendando. Más allá de ellos estaban la charca y la sabana amarilla; por encima había un sol abrasador. Empezó a sudar-. ¿Dónde están sus padres?
Los niños alzaron la vista y sonrieron.
-Oh, estarán aquí enseguida.
-Bien, porque nos tenemos que ir -a lo lejos, McClean distinguió a los leones peleándose. Luego vio cómo se tranquilizaban y se ponían a comer en silencio, a la sombra de los árboles.
Lo observó con la mano encima de los ojos entrecerrados.
Ahora los leones habían terminado de comer. Se acercaron a la charca para beber.
Una sombra parpadeó por encima de la ardiente cara de McClean. Parpadearon muchas sombras. Los buitres bajaban del cielo abrasador.
-¿Una taza de té? -preguntó Wendy en medio del silencio.


FIN

2023/08/28

La llamada (Fredric Brown)


Título original: Knock
Año: 1948


Hay un delicioso cuento de horror que sólo consta de dos frases: 

El último hombre sobre la Tierra estaba solo en una habitación. Sonó una llamada a la puerta...

Dos frases y una elipsis de tres puntos suspensivos. El horror, naturalmente, no está en la misma historia; está en la elipsis, en la implicación: Qué llamó a la puerta. Enfrentada con lo desconocido, la mente humana proporciona algo vagamente horrible. 
Pero no fue horrible, en realidad.

El último hombre sobre la Tierra -o en el universo, es igual- estaba sentado solo en una habitación. Era una habitación bastante peculiar. Se había dedicado a averiguar la razón de esta peculiaridad. Su conclusión no le horrorizó, pero le molestó. 
Walter Phelan, que había sido profesor adjunto de antropología en la Universidad Nathan hasta el momento en que, hacía dos días, la Universidad Nathan dejó de existir, no era hombre que se horrorizara fácilmente. Ni con un gran esfuerzo de imaginación se habría podido calificar a Phelan de figura heroica. Era de escasa estatura y carácter apacible. No se hacía mirar, y él lo sabía. 
No es que ahora le preocupara su aspecto. Ahora mismo, en realidad, era incapaz de sentir gran cosa. De una forma abstracta, sabía que dos días antes, en el espacio de una hora, la raza humana había sido destruida, a excepción de él y, en algún lugar... una mujer. Y éste era un hecho que no preocupaba en modo alguno a Walter Phelan. Probablemente jamás la había visto y no le preocupaba demasiado que jamás llegara a verla. 
Las mujeres no habían constituido un factor importante en la vida de Walter desde que Martha falleció un año y medio antes. No es que Martha hubiera sido una buena esposa... Era excesivamente dominante. Sí, había amado a Martha, de una forma profunda y tranquila. Ahora sólo tenía cuarenta años, y treinta y ocho cuando Martha falleció, pero la verdad es que desde entonces no había vuelto a pensar en las mujeres. Su vida fueron sus libros, los que había leído y los que había escrito. Ahora ya no tenía objeto seguir escribiendo libros, pero disponía del resto de su vida para leerlos. 
Realmente, tener compañía habría sido agradable, pero se las arreglaría sin ella. Quizá al cabo de un tiempo llegara a disfrutar la compañía de algún zan, aunque no le parecía probable. Sus pensamientos eran tan extraños y distintos de los suyos, que la posibilidad de encontrar un tema de conversación interesante para ambos resultaba muy improbable. Eran inteligentes en cierto aspecto, pero también lo eran las hormigas. Ningún hombre ha logrado comunicarse jamás con una hormiga. Sin saber por qué, pensaba en los zan como si fueran hormigas, unas súper hormigas, aunque no se parecieran a ellas, y tenía el presentimiento de que los zan consideraban a la raza humana tal como la raza humana consideraba a las hormigas vulgares. Lo que habían hecho con la Tierra era lo que los hombres hacían con los hormigueros, aunque lo hubieran hecho de un modo más eficiente. 
Pero le habían dado gran cantidad de libros. Fueron muy amables en eso, en cuanto él les dijo lo que quería. Y se lo dijo en el mismo momento de comprender que estaba destinado a pasar el resto de su vida en aquella habitación. El resto de su vida, o lo que los zan habían expresado con las palabras, pa-ra-siem-pre. 
Incluso una mente brillante, y los zan tenían una mente brillante, tenía sus peculiaridades. Los zan habían aprendido a hablar el idioma de la Tierra en cuestión de horas, pero se empeñaban en separar las sílabas. Sin embargo, estamos divagando. 


Sonó una llamada a la puerta. 
Ahora ya está todo explicado, a excepción de los puntos suspensivos, la elipsis, y yo me encargaré de completarlos y demostrarles que no fue nada horrible.
Walter Phelan exclamó: 
-Adelante -y la puerta se abrió. 
Naturalmente, era un zan. Era exactamente igual que los demás zan; si había un medio de distinguirlos, Walter no lo había descubierto. Medía un metro y medio de altura y no se parecía a nada de lo que pudiera haber existido sobre la Tierra, es decir, nada que hubiera existido en la Tierra antes de que los zan aparecieran. 
Walter dijo: 
-Hola, George. 
Cuando se enteró de que ninguno de ellos poseía un nombre propio, decidió llamarlos a todos George, y a los zan no pareció importarles. 
Este contestó: 
-Ho la, Wal ter.
Esto era el ritual, la llamada a la puerta y los saludos. Walter aguardó. 
-Pun to uno -dijo el zan-. Ha rás el fa vor de sen tar te con la si lla de ca ra al o tro la do. 
Walter repuso: 
-Ya me lo imaginaba, George. Esa pared es transparente por el otro lado, ¿verdad? 
-Es trans pa ren te. 
Walter suspiró. 
-Lo sabía. Esa pared es lisa y está vacía, no hay ningún mueble adosado a ella. Además, parece distinta de las otras paredes. Si insisto en sentarme de espaldas, ¿qué pasará? ¿Me matarán?
Casi lo desearía.
-Nos lle va ría mos tus li bros. 
-Me has convencido, George. De acuerdo, me pondré de cara a la pared cuando lea. ¿Cuántos animales, aparte de mí, tienen en este zoológico vuestro? 
-Dos cien tos die ci séis.
Walter meneó la cabeza. 
-No está completo, George. Incluso un zoológico de segunda fila puede superar al vuestro..., podría superarlo, quiero decir, si hubiera quedado algún zoológico de segunda fila. ¿Nos han escogido al azar? 
-Mues tras al a zar, sí. To das las es pe cies ha brían si do de ma sia das. Un ma cho y u na hem bra de cien es pe cies. 
-¿Con qué los alimentan? Me refiero a los carnívoros. 
-Fa bri ca mos co mi da sin té ti ca. 
-Muy ingenioso. ¿Y la flora? También han reunido una buena colección, ¿verdad? 
-La flo ra no ha si do daña da por las vi bracio nes. Si gue cre cien do. 
-Me alegro por la flora. Así pues, no han sido tan duros con ella como con la fauna. Bueno, George, has empezado hablando del "punto uno". Deduzco que existe un punto dos. ¿Cuál es?
-Hay al go que no com pren de mos. Dos de los o tros a ni ma les duer men y no se des pier tan. Están fríos. 
-Eso ocurre hasta en los zoológicos mejor organizados, George. Probablemente no les ocurra nada a excepción de que estén muertos. 
-¿Muertos? Esto significa detenidos. Nada los ha detenido. Cada uno de ellos estaba solo. 
Walter miró fijamente al zan. 
-¿Quieres decir, George, que no sabes lo que significa la muerte natural? 
-La muer te es cuan do se ma ta a un ser, cuándo se de tie ne su vi da. 
Walter Phelan parpadeó.
-¿Cuántos años tienes, George? -preguntó. 
-Die ci séis..., no com pren de rás el sen ti do de la palabra. Tu planeta ha girado unas siete mil ve ces en torno a tu sol. Aún soy jo ven. 
Walter dejó escapar un silbido. 
-Un niño de pecho -dijo. Reflexionó un momento-. Mira, George, tienes que saber ciertas cosas respecto al planeta donde ahora estás. Aquí hay un tipo que no existe en el lugar de donde tú vienes. Es un viejo con una barba, una guadaña y un reloj de arena. Tus vibraciones no le han matado. 
-¿Qué es?
-Llámale La Parca, George. El Viejo de la Muerte. Nuestra gente y nuestros animales viven hasta que alguien, el Viejo de la Muerte, les arrebata la vida. 
-¿Ha detenido a las dos criaturas? ¿De tendrá a más? 
Walter abrió la boca para contestar, pero volvió a cerrarla. Algún indicio en la voz de George le indicó que vería un ceño de preocupación en su rostro, en el caso de que tuviera un rostro reconocible como tal. 
-¿Qué te parece si me llevas a ver esos animales que no se despiertan? -preguntó Walter-. ¿Está contra las reglas? 
-Ven -dijo el zan.

Esto ocurrió por la tarde del segundo día. Fue a la mañana siguiente cuando regresaron los zan, varios de ellos. Se llevaron los libros y los muebles de Walter Phelan. Después, se lo llevaron a él. Se encontró en una habitación mucho más grande, a unos cien metros de distancia de la anterior. 
Se sentó y esperó lo que vendría a continuación. Cuando llamaron a la puerta, supo lo que ocurriría y se puso cortésmente en pie mientras decía:
-Adelante. 


Un zan abrió la puerta y se apartó ligeramente. Una mujer entró. Walter se inclinó. 
-Walter Phelan -dijo-, en caso de que George no le haya informado de mi nombre. George intenta mostrarse educado, pero no conoce todas nuestras costumbres. 
La mujer parecía tranquila; se alegró de constatarlo. Dijo: 
-Yo me llamo Grace Evans, señor Phelan. ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué me han traído aquí? 
Walter la examinó mientras hablaba. Era alta, tan alta como él, y bien proporcionada. Daba la impresión de tener unos treinta años escasos, casi la misma edad que Martha. Poseía la misma tranquila confianza en sí misma que siempre había admirado en Martha, a pesar de que contrastara con su propia informalidad. En realidad, pensó, se parecía bastante a Martha. 
-Creo que ya puede imaginarse la razón por la que la han traído aquí -repuso-, pero retrocedamos un poco. ¿Sabe qué ha sucedido? 
-¿Se refiere a que han... matado a todo el mundo? 
-Sí. Siéntese, por favor. ¿Sabe cómo lo hicieron?
Ella se dejó caer en un cómodo sillón cercano. 
-No -dijo-. No sé exactamente cómo. Creo que no importa demasiado, ¿verdad? 
-No demasiado. Pero voy a explicarle toda la historia, todo lo que sé después de hacer hablar a uno de ellos y unir los cabos sueltos. No son muchos..., por lo menos, aquí no hay muchos. No sé si constituyen una raza muy numerosa en su lugar de origen, que no sé dónde está, aunque me imagino que debe de encontrarse fuera del sistema solar. ¿Ha visto la nave espacial en la que vinieron?
-Sí. Es casi tan grande como una montaña. 
-Casi. Bueno, está equipada para emitir una especie de vibración. Ellos la llaman así en nuestro idioma, pero yo supongo que más que una vibración sonora es una onda radioeléctrica.., que destruye cualquier clase de vida animal. La nave está protegida contra la vibración. No sé si su radio de acción es tan amplio como para aniquilar de una vez a todo el planeta, o si volaron en círculo en torno a la Tierra, emitiendo las ondas vibratorias. Pero la cuestión es que aniquiló inmediatamente a todos los seres vivos, y confío en que lo hicieran sin dolor. La única razón por la que nosotros, y los otros doscientos animales y pico de este zoológico, no hemos muerto también, es que nos hallábamos dentro de la nave. Nos han escogido como muestra. ¿Sabía que esto era un zoológico? 
-Bueno, lo sospechaba. 
-Las paredes frontales son transparentes por la cara exterior. Los zan han demostrado ser muy hábiles al reproducir en el interior de cada cubículo el hábitat natural de la criatura que contiene. Los cubículos, como éste donde nos encontramos, son de plástico, y ellos poseen una máquina capaz de fabricar uno en menos de diez minutos. Si la Tierra hubiera tenido una máquina y un proceso como éste, no habría habido ningún problema de vivienda. Bueno, de todos modos, este problema ya no existe. Y me imagino que la raza humana -específicamente usted y yo- puede dejar de preocuparse por la bomba H y la próxima guerra. Es indudable que los zan nos han resuelto un gran número de problemas. 
Grace Evans sonrió ligeramente. 
-Otro caso en que la operación tuvo éxito, pero el paciente murió. Las cosas estaban realmente muy mal. ¿Se acuerda de cuándo le capturaron? Yo, no. Una noche me fui a dormir y me desperté en una jaula de la nave espacial. 
-Yo tampoco me acuerdo -repuso Walter-. Tengo el presentimiento de que primero usaron las ondas a muy baja intensidad, lo justo para que perdiéramos el conocimiento. Después descendieron y recogieron muestras para su zoológico más o menos al azar. Cuando tuvieron las que deseaban, o las que cabían en su nave, abrieron la espita al máximo. Y eso fue todo. Hasta ayer no supe que cometieron un error al sobreestimarnos. Pensaban que éramos inmortales, como ellos.


-Que éramos... ¿qué? 
-Se les puede matar, pero no saben lo que es la muerte natural. Por lo menos, hasta ayer. Dos de los nuestros fallecieron ayer. 
-Dos de... ¡Oh! 
-Sí, dos de nuestros animales que estaban en su zoológico. Dos especies que se han extinguido irrevocablemente. Y, por la forma en que los zan miden el tiempo, los restantes miembros de cada especie no vivirán más que unos minutos. Supusieron que tenían especies permanentes. 
-¿Quiere decir que no sabían lo que eran criaturas de corta vida?
-Así es -contestó Walter-. Uno de ellos es joven a los siete mil años, según me confesó él mismo. A propósito, ellos son bisexuales, pero no creo que se reproduzcan más que cada diez mil años. Cuando ayer se enteraron de la vida ridículamente corta que tenemos los animales terrestres, debieron de escandalizarse hasta la médula, si es que tienen médula. La cuestión es que han decidido reorganizar su zoológico: Dos y dos en vez de uno y uno. Se imaginan que duraremos más si vivimos colectivamente en vez de individualmente. 
-¡Oh! -Grace Evans se levantó y un ligero rubor cubrió su rostro-. Si usted cree..., si ellos creen... 
Se dirigió hacia la puerta. 
-Estará cerrada -dijo tranquilamente Walter Phelan-, pero no se preocupe. Quizás ellos lo crean, pero yo no lo creo. No necesita decirme que no se fijaría en mí aunque yo fuera el último hombre sobre la Tierra; sería absurdo en las actuales circunstancias. 
-¿Pero es que piensan tenernos encerrados, a los dos juntos, en esta habitación tan pequeña? 
-No es tan pequeña; nos las arreglaremos. Yo puedo dormir bastante cómodamente en uno de esos mullidos sillones. Y no crea que no estoy totalmente de acuerdo con usted. Dejando aparte todas las consideraciones personales, el mínimo favor que podemos hacer a la raza humana es permitir que se extinga con nosotros y no perpetuarla para que la exhiban en un zoológico. 
Ella dijo "Gracias" de forma casi inaudible, y el rubor desapareció de su cara. La ira se reflejaba en sus ojos, pero Walter sabía que no era por su causa. Con los ojos lanzando chispas como en ese momento, se parecía mucho a Martha, pensó. Le sonrió y dijo:
-O si no... 
Ella se levantó de un salto y por un momento él creyó que se acercaría y le pegaría. Después volvió a desplomarse en su asiento. 
-Si usted fuera un hombre, pensaría en una forma de... ¿Ha dicho que se les puede matar? -Su voz era dura. 
-¿A los zan? Oh, desde luego. Los he estado estudiando. Su aspecto difiere totalmente del nuestro, pero creo que tienen un metabolismo parecido, el mismo tipo de sistema circulatorio, y probablemente el mismo tipo de sistema digestivo. Creo que cualquier cosa capaz de matarnos a nosotros podría matarlos a ellos. 
-Pero usted ha dicho que... 
-Oh, naturalmente, hay diferencias. Ellos no poseen el factor que hace envejecer a los hombres. O bien ellos tienen una glándula de la que el hombre carece, algo que renueve las células. Más frecuentemente que cada siete años, quiero decir. 
Ella había olvidado su ira. Se inclinó ansiosamente hacia delante. Dijo: 
-Creo que tiene razón. Sin embargo, no creo que sientan dolor, de ninguna clase. 
Él había estado esperando eso. Dijo:
-¿Qué le hace pensar así? 
-Encontré un trozo de alambre en la mesa de mi cubículo y lo estiré frente a la puerta para que el zan se cayera. Así fue, y el alambre le hizo un corte en la pierna. 
-¿Observó si le salía sangre roja? 
-Sí, pero no pareció importarle. No se enfadó; ni siquiera hizo un solo comentario, lo único que hizo fue desatar el alambre. Al volver pocas horas después, el corte había desaparecido. Bueno, casi. Conseguí ver un pequeño rastro de él y por esto estoy segura de que era el mismo zan. 
Walter Phelan asintió lentamente.
-Es natural que no se enfadara. No experimentan ninguna clase de emoción. Quizá, si matáramos a uno de ellos, ni siquiera nos castigaran. Se limitarían a darnos la comida por un agujero y no se acercarían a nosotros, nos tratarían como los hombres trataban a los animales de un zoológico que habían matado a su guardián. Probablemente se limitarían a asegurarse de que no atacáramos a otro de nuestros guardianes. 
-¿Cuántos hay? 
Walter repuso: 
-Unos doscientos, según creo, en esta nave concreta. Pero, indudablemente, hay muchos más en el lugar de donde proceden. Sin embargo, tengo el presentimiento de que esto sólo constituye una avanzadilla, encargada de limpiar el planeta y preparar la ocupación de los zan. 
-Resulta indudable que han hecho un buen... 
Llamaron con los nudillos a la puerta y Walter Phelan dijo: 
-Adelante.
Un zan abrió la puerta y se quedó en el umbral. 
-Hola, George -saludó Walter. 
-Ho la, Wal ter. 
El mismo ritual. ¿El mismo zan? 
-¿Qué es lo que te preocupa?
-O tra cria tu ra duer me y no se des pier ta. U na llama da co madre ja. 
Walter se encogió de hombros. 
-Son cosas que ocurren, George. El Viejo de la Muerte. Ya te he hablado de él. 
-Al go peor. Un zan ha muerto. Esta ma ña na. 
-¿Es eso peor? -Walter le miró imperturbablemente-. Bueno, George, tendrán que acostumbrarse a ello, si piensan quedarse aquí. 
El zan no dijo nada. Se quedó donde estaba. Finalmente, Walter dijo: 
-¿Y bien? 
-Respecto a la comadreja, ¿recomiendas lo mismo? 
Walter se encogió de hombros nuevamente. 
-Lo más probable es que no sirva de nada. Pero ¿por qué no? 
El zan salió. 
Walter oyó sus pasos, alejándose. Sonrió entre dientes. 
-Quizá dé resultado, Martha -dijo. 
-Mar... Yo me llamo Grace, señor Phelan. ¿Qué es lo que quizá dé resultado? 
-Yo me llamo Walter, Grace. Dejémonos de formulismos. Verás, Grace, tú me recuerdas mucho a Martha. Era mi esposa. Falleció hace un par de años. 
-Lo siento. Pero ¿qué es lo que quizá dé resultado? ¿De qué has hablado con el zan? 
-Mañana lo sabremos -dijo Walter. Y no pudo sacarle una palabra más. 

Aquél era el tercer día de estancia de los zan. El día siguiente fue el último. Era cerca de mediodía cuando apareció uno de los zan. Después del ceremonial, permaneció junto a la puerta, con un aspecto más extraño que nunca. Resultaría interesante poder describirlo, pero no existen palabras para hacerlo. Dijo: 
-Nos mar cha mos. El con se jo se ha reu ni do y lo ha de ci di do. 
-¿Acaso ha muerto otro de ustedes? 
-A no che. Es te es un pla ne ta de muer te. 
Walter asintió. 
-Ustedes han hecho su parte. Dejaron a doscientos trece con vida, aparte de nosotros, pero esto no es demasiado entre muchos millones. No tengan prisa en volver. 
-¿Podemos hacer algo? 
-Sí. Pueden darse prisa. Dejen nuestra puerta abierta y las demás cerradas. Nos ocuparemos de los otros. 
El zan asintió y se fue. 
Grace Evans se había levantado, y tenía los ojos brillantes. Preguntó: 
-¿Cómo...? ¿Qué...? 
-Espera -le advirtió Walter-. Déjame oírles despegar. Es un ruido que quiero oír y recordar. 
El ruido se produjo a los pocos minutos, y Walter Phelan, adquiriendo súbitamente conciencia de lo tenso que estaba, se dejó caer en una silla y se relajó. Repuso apaciblemente: 
-En el Jardín del Edén también había una serpiente, Grace, y ella nos causó muchos problemas. Pero ésta nos los ha solucionado y ha compensado la acción de aquélla. Me refiero a la pareja de la serpiente que murió anteayer. Era una serpiente de cascabel. 
-Quieres decir que por su causa murieron los dos zan? Pero... 
Walter asintió. 
-No sabían nada acerca de las serpientes. Cuando los zan me llevaron a ver las primeras criaturas que "estaban dormidas y no se despertaban", vi que una de ellas era un serpiente de cascabel. Tuve una idea, Grace. Se me ocurrió pensar que las criaturas venenosas eran unas especies características de la Tierra y que los zan no debían de conocerlas. Además, cabía la posibilidad de que su organismo fuera tan parecido al nuestro que el veneno les matara. De todos modos, no se perdía nada por intentarlo. Y ambas suposiciones fueron acertadas. 
-¿Cómo lograste que la serpiente de cascabel...? 
Walter Phelan esbozó una sonrisa. 
-Les expliqué lo que es el cariño. Ellos no lo sabían. Sin embargo, descubrí que les interesaba conservar el mayor tiempo posible al miembro restante de las especies, para estudiarlo antes de su muerte. Les dije que moriría inmediatamente porque había perdido a su pareja, a menos que tuviera un cariño y afecto constantes. Se lo demostré con el pato, que era la otra criatura que había perdido a su pareja. Por fortuna, era un pato doméstico y no me resultó difícil estrecharlo contra mi pecho y acariciarlo, para enseñarles cómo debían hacerlo. Después dejé que ellos lo hicieran con el pato... y con la serpiente de cascabel. 
Se levantó y desperezó. Después volvió a sentarse más cómodamente. Dijo: 
-Bueno, ante nosotros se extiende un mundo que debemos organizar. Tendremos que sacar a los animales del arca, y antes habrá que pensar y decidir varias cosas. Podemos dejar en libertad a todos los animales salvajes que sean herbívoros, para que se las arreglen como puedan. En cuanto a los domésticos, es preferible que los conservemos y nos encarguemos de ellos; los necesitaremos. Pero los carnívoros, los predadores... Bueno, habrá que decidirse. Pero mucho me temo que todo sea inútil, al menos que encontremos y sepamos manejar la máquina que usaban para fabricar alimentos sintéticos. 
La miró fijamente.
-También hemos de pensar en la raza humana; habrá que tornar una decisión respecto a ella, una decisión muy importante. 
Ella volvió a sonrojarse un poco, como el día anterior; se sentó rígidamente en la silla. 
-No -dijo. 
El simuló no haberlo oído. 
-Ha sido una hermosa raza, incluso en el caso de que hubiera llegado a extinguirse. Ahora renacerá si nosotros hacemos que renazca, y puede que tropiece con grandes dificultades durante cierto tiempo, pero nosotros podemos reunir libros y conservar la mayoría de sus conocimientos intactos; los importantes, por lo menos. Podemos... 
Se interrumpió al ver que ella se ponía en pie y se dirigía hacia la puerta. Así habría reaccionado Martha, pensó, en la época que él la cortejaba, antes de casarse. Dijo: 
-Piénsalo, querida, y tómate todo el tiempo que quieras. Pero vuelve. 
Se oyó un portazo. El permaneció sentado, pensando en todas las cosas que debían hacerse en cuanto empezaran, pero sin prisas para empezarlas.
Y al cabo de un rato, oyó los vacilantes pasos de Grace que regresaba. Sonrió ligeramente. 
¿Ven? No fue horrible, en realidad. 
El último hombre sobre la Tierra estaba sentado solo en una habitación. Sonó una llamada a la puerta...


FIN

2023/08/21

Los nueve mil millones de nombres de Dios (Arthur C. Clarke)


Título original: The nine billion names of God
Año: 1953
Distinciones: Premio Retro Hugo 2004 al Mejor relato corto de 1954


—Es un pedido que se sale de lo corriente —dijo el Dr. Wagner, procurando disimular su desconcierto—. Que yo sepa, es la primera vez que alguien encarga una Computadora Automática para un monasterio tibetano. No quisiera parecer curioso, pero nunca se me hubiese ocurrido que su… ejem… establecimiento podía utilizar una máquina semejante. ¿Podría explicarme lo que pretenden hacer con ella?
—Con mucho gusto —respondió el Lama, alisando su bata de seda y apartando cuidadosamente la regla deslizante que había estado utilizando para calcular unas equivalencias monetarias—. Su Computadora Mark V puede realizar cualquier operación matemática rutinaria con cifras de hasta diez dígitos. Sin embargo para nuestro trabajo estamos interesados en letras, no en números. Por eso deseamos que modifique usted los circuitos, de modo que la máquina imprima palabras, en vez de columnas de cifras.
—No acabo de comprender…
—Este es un proyecto en el cual hemos estado trabajando durante los últimos tres siglos; desde que se fundó el monasterio, en realidad. Es algo ajeno a su mentalidad, de modo que confío en que me escuchará poniendo en juego toda su capacidad de comprensión.
—Naturalmente.
—Se trata de algo muy sencillo. Hemos estado compilando una lista que debe contener todos los nombres posibles de Dios.
—Disculpe, pero…
—Tenemos motivos para creer —continuó el Lama inperturbablemente— que todos esos nombres pueden ser escritos con un máximo de nueve letras en un alfabeto que hemos ideado.
—¿Y han estado haciendo eso durante tres siglos?
—Sí. Pensábamos que tardaríamos unos mil quinientos años en completar la tarea.
—¡Oh! —El desconcierto del doctor Wagner iba en aumento—. Ahora comprendo por qué desean alquilar una de nuestras máquinas. ¿Pero cuál es el objetivo concreto de ese proyecto?
El Lama vaciló por espacio de una fracción de segundo, y Wagner se preguntó si le había ofendido. De ser así, no hubo rastro de enojo en la respuesta.
—Llámele un rito, si quiere, pero es una parte fundamental de nuestra creencia. Todos los nombres del Ser Supremo —Dios, Jehová, Alá, etc.— son únicamente etiquetas ideadas por el hombre. Existe un problema filosófico algo complicado en esto, que no me propongo discutir ahora, pero en alguna parte, entre todas las combinaciones posibles de letras que pueden producirse, se encuentran los que podríamos llamar verdaderos nombres de Dios. Mediante una sistemática permutación de letras, hemos estado tratando de anotarlos todos.
—Comprendo. Han empezado por AAAAAAAAA… y han continuado hasta ZZZZZZZZZ.
—Exactamente, aunque nosotros utilizamos un alfabeto propio. Modificar las máquinas de escribir electromáticas para tratar con esto es un juego de niños, desde luego. Un problema más interesante es el de idear unos circuitos apropiados para eliminar combinaciones absurdas. Por ejemplo, ninguna letra puede repetirse más de tres veces consecutivas.
—¿Tres? Seguramente quiere decir dos.
—Tres —repitió el Lama—. Creo que sería demasiado largo de explicar, aunque usted comprendiera nuestro idioma.
—Desde luego —se apresuró a decir Wagner—. Continúe.
—Afortunadamente, resultará muy sencillo adaptar su Computadora Automática para esta tarea, puesto que una vez haya sido programada adecuadamente, permutará cada una de las letras en sucesión e imprimirá el resultado. Un trabajo en el que pensábamos invertir mil quinientos años, podrá quedar terminado en un centenar de días.
El doctor Wagner apenas tenía consciencia de los sonidos que llegaban débilmente de las calles de Manhattan, amortiguados por una distancia de treinta pisos. Estaba en un mundo distinto, un mundo de cumbres naturales en las que no había intervenido la mano del hombre. En aquellas remotas alturas, los monjes habían trabajado pacientemente, generación tras generación, compilando sus listas de vocablos desprovistos de significado. ¿Existía algún límite a las locuras del género humano? Sin embargo, no debía dejar traslucir lo que estaba pensando. El cliente siempre tiene razón…
—No cabe duda —dijo el doctor— que podemos modificar el Mark V para imprimir listas de esa naturaleza. Me preocupa mucho más el problema de instalación y mantenimiento. Llegar al Tibet, en esta época, no va a resultar fácil.
—Nosotros podemos arreglar eso. Los componentes son lo bastante pequeños como para ser transportados por vía aérea; ese es uno de los motivos por los cuales hemos escogido su máquina. Si ustedes pueden situarlos en la India, nosotros proporcionaremos los medios de transporte desde allí.
—¿Y desea usted contratar a dos de nuestros ingenieros?
—Sí, para los tres meses que invertiremos en el proyecto.
—Creo que la sección de Personal podrá solucionar eso —El doctor Wagner garabateó una nota en una cuartilla—. Hay otros dos extremos…
Antes de que pudiera terminar la frase el Lama había sacado una pequeña tira de papel.
—Este es el extracto de mi cuenta en el Banco Asiático.
—Gracias. Parece… ejem… correcto. El otro extremo a que me refería es tan insignificante, que casi no me atrevo a mencionarlo… aunque resulta sorprendente la frecuencia con que se pasa por alto lo evidente. ¿Qué fuente de energía eléctrica tienen ustedes?
—Un generador diesel, que proporciona 50 kilovatios a 110 voltios. Fue instalado hace cinco años, y puede confiarse en él. Ha hecho mucho más cómoda la vida en el monasterio, aunque en realidad fue instalado para proporcionar energía a los motores que mueven las ruedas de las plegarias.
—Claro —murmuró el doctor Wagner—. No se me había ocurrido.


La vista desde el parapeto producía vértigo, pero con el tiempo se acostumbra uno a todo. Después de tres meses, a George Hanley no le impresionaban ya los dos mil pies de vacío que se abrían sobre el tablero de ajedrez de los campos, allá abajo en el valle. Estaba apoyado contra la muralla de roca y contemplaba distraídamente las lejanas montañas cuyos nombres no se había molestado en descubrir.
Esto, pensó George, era la cosa más absurda que le había ocurrido nunca. Alguien de la empresa lo había bautizado con el nombre de "Proyecto Shangri-La". Durante semanas enteras el Mark V había estado llenando kilómetros de papel con un guirigay de palabras. Pacientemente, inexorablemente, la computadora había estado ordenando letras en todas sus combinaciones posibles; y a medida que la cinta de papel surgía de las máquinas de escribir electromáticas, los monjes las habían recortado cuidadosamente para pegarlas en unos enormes libros. Dentro de otra semana, gracias a Dios, terminarían su trabajo. George ignoraba qué obscuros cálculos habían convencido a los monjes de que no debían molestarse en buscar palabras de diez, veinte o cien letras. Una de sus continuas pesadillas era que se producía un cambio de plan, y que el Gran Lama (al cual ellos llamaban Sam Jaffe, aunque no tenía el menor parecido con este personaje) anunciaba repentinamente que el proyecto se prolongaría hasta el año 2060. Aquellos monjes eran capaces de todo.
George oyó cerrarse de golpe la pesada puerta de madera y vio a Chuck que se acercaba al parapeto. Como de costumbre, Chuck estaba fumando uno de los cigarros que le habían hecho tan popular entre los monjes, los cuales, al parecer, estaban dispuestos a gozar de todos los menores y de la mayor parte de los mayores placeres de la vida. Esto era algo que hablaba en su favor: Podían estar locos, pero no eran puritanos. Aquellos frecuentes viajes que realizaban al pueblo más próximo, por ejemplo…
—Escucha, George —dijo Chuck nerviosamente—. Me he enterado de algo que no me gusta.
—¿Qué pasa? ¿No funciona la máquina?
Esta era la peor contingencia que George podía imaginar. Demoraría su regreso, que era lo más horrible que podía sucederles. En su actual estado de ánimo, incluso el ver un anuncio de la televisión le parecía maná celestial. Al menos representaría una especie de lazo de unión con el hogar.
—No, nada de eso —Chuck se sentó en el parapeto, algo anormal en él, ya que el abismo solía inspirarle pavor—. Acabo de descubrir qué hay detrás de todo esto.
—¿De veras? Creí que ya lo sabíamos…
—Desde luego. Sabíamos lo que los monjes tratan de hacer. Pero ignorábamos el porqué. Es la cosa más absurda…
—Eso ya lo sabía —gruñó George.
—Pero el viejo Sam acaba de sincerarse conmigo. Ya sabes que cada tarde entra a echar un vistazo. Bueno, esta tarde parecía estar un poco excitado. Cuando le dije que estábamos en el último ciclo, me preguntó si me había interrogado alguna vez a mí mismo acerca de lo que trataban de hacer. Yo dije: "Desde luego". Y él me lo contó.
—¿Qué te contó?
—Bueno, ellos creen que cuando hayan anotado todos los nombres de Dios —y admiten que existen unos nueve mil millones—, el objetivo divino se habrá cumplido. La raza humana habrá terminado de hacer aquello para lo cual fue creada, y no tendrá ningún motivo para continuar existiendo.
—Entonces, ¿qué esperan que hagamos? ¿Suicidarnos?
—No será necesario. Cuando la lista esté terminada, Dios intervendrá y ¡zás!
—¡Oh! Comprendo. Cuando terminemos nuestro trabajo, se producirá el fin del mundo.
Chuck rió nerviosamente.
—Eso es precisamente lo que le he dicho a Sam. ¿Y sabes lo que ha ocurrido? Me ha mirado de un modo muy raro, como si yo fuera el tonto de la clase, y me ha dicho: "No es nada tan vulgar como eso".
George meditó unos instantes.
—Eso es lo que yo llamo Alteza de Miras —dijo finalmente—. Pero, en lo que respecta a nosotros, el resultado será el mismo. A fin de cuentas, ya sabemos que están chiflados.
—Sí, pero, ¿no te das cuenta de lo que puede ocurrir? Cuando la lista esté terminada y no suenen las trompetas del Juicio Final, pueden culparnos a nosotros. Han estado utilizando nuestra máquina. La situación no me gusta un pelo.
—Comprendo —dijo George lentamente—. Tienes razón. Pero no es la primera vez que pasa una cosa de estas, ¿sabes? Cuando yo era un niño, teníamos un predicador en Louisiana que estaba chiflado y anunció que al domingo siguiente se produciría el fin del mundo. Centenares de personas le creyeron, incluso vendieron sus casas. Pero cuando pasó el domingo y no ocurrió nada, no se mostraron furiosos como cabía esperar. Se limitaron a decir que el predicador se había equivocado en sus cálculos, y continuaron creyendo. Supongo que algunos de ellos siguen haciéndolo.
—Bueno, esto no es Louisiana, por si no te habías dado cuenta. Nosotros somos dos, y hay centenares de monjes. Me son simpáticos, pero preferiría encontrarme a muchos millas de aquí.
—Hace muchas semanas que lo estoy deseando. Pero no podemos hacer nada hasta que termine el contrato y llegue el avión que ha de recogernos.
—Desde luego —dijo Chuck pensativamente—, siempre podemos recurrir al sabotaje.
—¡Ni pensarlo! Eso empeoraría las cosas.
—No me has comprendido… Verás, la máquina terminará su tarea dentro de cuatro días, trabajando como ahora sin interrupción. El avión llegará dentro de una semana. Lo único que tenemos que hacer es encontrar algo que retrase el trabajo un par de días. ¿Entiendes? Si hacemos bien las cosas, podemos estar en el campo de aviación cuando el último nombre salga de la computadora. Entonces no podrán atraparnos.
—No me gusta la idea —dijo George—. Será la primera vez que no he cumplido escrupulosamente con mi trabajo. Además, pueden entrar en sospechas. No. No pienso hacer nada y aceptaré lo que venga.

—Continúa sin gustarme la idea —dijo George, siete días más tarde, mientras los pequeños y resistentes mulos les conducían montaña abajo—. Y no creas que me marcho porque tengo miedo. Lo que pasa es que esos pobres monjes me inspiran lástima, y no quiero estar allí cuando descubran lo tontos que han sido. Me pregunto cómo se tomará la cosa el viejo Sam…
—Es curioso —dijo Chuck—, pero cuando me he separado de él, me ha dado la impresión de que sabía que íbamos a marcharnos, y de que no le importaba, porque sabía que la máquina estaba funcionando normalmente y que la tarea tocaba a su fin. Después de eso… Bueno, para él no hay ningún Después de Eso, desde luego…
George se volvió en su silla y su mirada ascendió por el sendero montañoso. Aquel era el último lugar desde el cual podía divisarse el monasterio. Los achaparrados y angulares edificios se silueteaban contra los arreboles del ocaso. Aquí y allá, brillaban unas luces como portañolas en los costados de un transatlántico. Luces eléctricas, desde luego, compartiendo el mismo circuito que el Mark V. ¿Por cuanto tiempo lo compartirían?, se preguntó George. ¿Destrozarían los monjes la computadora, en su rabia y decepción? ¿O se limitarían a sentarse en silencio y a empezar de nuevo todos sus cálculos?
Sabía exactamente lo que estaba sucediendo en lo alto de la montaña en aquel preciso instante. El Gran Lama y sus ayudantes estarían sentados, envueltos en sus batas de seda, inspeccionando las hojas de papel a medida que los monjes más jóvenes las sacaban de las máquinas de escribir electromáticas para pegarlas en los grandes volúmenes. Nadie diría nada. El único sonido sería el incesante golpear de las teclas sobre el papel, ya que la Mark V era una máquina completamente silenciosa. Tres meses en el monasterio eran suficientes para que el hombre más ecuánime acabara trepando por las paredes.
—¡Allí está! —gritó Chuck de pronto, señalando hacia el valle—. ¿No es maravilloso?
Lo era, desde luego, pensó, George. El anticuado DC3 estaba posado en el suelo, semejante a una diminuta cruz de plata. Dentro de dos horas estaría conduciéndoles hacia la libertad y la cordura. Era un pensamiento que valía la pena saborear, como un fino licor. George lo saboreó, mientras la mula descendía pacientemente por la ladera.
La rápida noche de los altos Himalayas estaba ahora casi encima de ellos. Afortunadamente, el camino era muy bueno, como todos los caminos de aquella región, y los dos viajeros llevaban antorchas. No había el menor peligro, sólo la molestia causada por el intensísimo frío. Encima de sus cabezas, el cielo estaba completamente despejado y brillaban en él las familiares y amistosas estrellas. No existía el riesgo de que el piloto no pudiera despegar a causa de las condiciones atmosféricas, pensó George, sintiéndose liberado de su última preocupación.
Empezó a cantar, pero se interrumpió al cabo de unos instantes. Aquel vasto anfiteatro de montañas, resplandeciendo como albos fantasmas por todos lados, no estimulaban tales expansiones. De pronto, George consultó su reloj.
—Llegaremos allí dentro de una hora —le dijo a Chuck por encima del hombro. Luego añadió—: ¿Habrá terminado su tarea la computadora?
Chuck no respondió, de modo que George se volvió en su silla. Pudo ver solamente el rostro de Chuck, un óvalo blanco levantado hacia el cielo.
—Mira —susurró Chuck, y George alzó a su vez los ojos. Siempre hay una última vez para todas las cosas.
Encima de sus cabezas, silenciosamente, las estrellas se estaban apagando.


FIN