2023/06/12

Mensajero del futuro (Poul Anderson)


Título original: My object all sublime
Año: 1961


Nos conocimos por cuestión de negocios. La firma de Michaels deseaba abrir una sucursal en la parte exterior de Evanston y descubrió que yo era propietario de algunos de los terrenos más prometedores. Me hicieron una buena oferta, pero no cedí; la elevaron y permanecí en mi actitud. Por fin, el director en persona se puso en contacto conmigo. No era en absoluto como me lo esperaba. Agresivo, por supuesto, pero de un modo tan cortés que no ofendía, sus maneras eran tan correctas que difícilmente se advertía su falta de educación formal. De todas formas, estaba remediando con gran rapidez esta carencia con clases nocturnas, cursillos de ampliación y una omnívora lectura.
Salimos para beber algo mientras discutíamos el asunto. Me condujo a un bar que no parecía de Chicago: Tranquilo, raído, sin tocadiscos, sin televisión, con un anaquel de libros y varios juegos de ajedrez, sin ninguno de los extravagantes parroquianos que usualmente infestan tales lugares. Fuera de nosotros, había solamente media docena de clientes, un prototipo de profesor egregio entre los libros, varias personas que hablaban de política con cierta objetiva pertinencia, un joven que discutía con el camarero si Bartok era más original que Schoenberg o viceversa. Michaels y yo encontramos una mesa en un rincón y algo de cerveza danesa.
Expliqué que no me importaba el dinero, y que me oponía a que una excavadora estropease algún campo agradable con el pretexto de erigir todavía otro cromado bloque de casas. Michaels llenó su pipa antes de contestar. Era un hombre delgado y erguido, de pronunciada barbilla y nariz romana, cabello grisáceo, ojos oscuros y luminosos.
—¿No se lo explicó mi representante? —dijo—. No estamos proyectando viviendas en serie para conejos. Tenemos previstos seis diseños básicos, con variaciones, para situar en una disposición… así.
Sacó lápiz y papel y empezó a dibujar. Mientras hablaba, aumentó la inflexión de voz, pero la fluidez persistió. Y supo explicar sus propósitos mejor que sus enviados. Me dijo que estábamos en la mitad del siglo veinte y que, no por ser prefabricado, un núcleo de viviendas dejaba de ser atractivo; podía incluso lograr una unidad artística. Procedió a mostrarme el sistema.
No me presionó con demasiada insistencia, y la conversación se desvió hacia otros puntos.
—Agradable lugar —observé—. ¿Cómo lo descubrió?
Se encogió de hombros.
—Frecuentemente doy vueltas por ahí, sobre todo de noche. Explorando.
—¿No resulta un poco peligroso?
—No en comparación —dijo con una sombra de temor.
—Uh… Tengo entendido que usted nació aquí…
—No. No llegué a los Estados Unidos hasta 1946. Era lo que llamaban un PD, una persona desplazada. Me convertí en Thad Michaels, porque me cansé de deletrear Tadeusz Michalowski. Y decidí prescindir de sentimentalismos patrioteros. Sé adaptarme con rapidez.
Pocas veces habló acerca de sí mismo. Obtuve posteriormente algunos detalles de su precoz encumbramiento en los negocios a través de admirados y envidiosos competidores. Algunos de ellos no creían aún que fuese posible vender con beneficio una casa con calefacción radiante, por menos de veinte mil dólares. Michaels había descubierto cómo hacerlo posible. No estaba mal para un pobre inmigrante.
Indagué y descubrí que había sido admitido con visado especial, en consideración a los servicios prestados al ejército de los Estados Unidos en las últimas jornadas de la guerra en Europa. En ellos demostró tanto nervio como perspicacia.
Mientras, nuestro trato se desarrolló. Le vendí el terreno que deseaba, pero continuamos viéndonos, a veces en la taberna, a veces en mi apartamento de soltero, con más frecuencia en su ático a orillas del lago. Tenía una hermosa mujer rubia y un par de hijos brillantes y bien educados. Con todo, era un hombre solitario, por lo que le proporcioné la amistad que necesitaba.
Un año, más o menos, después de nuestro primer encuentro, me contó su historia.
Me había invitado otra vez a cenar el día de acción de gracias. En la sobremesa nos sentamos para hablar. Y hablamos. Después de considerar desde las probabilidades de que surgiese una sorpresa en las próximas elecciones de la ciudad hasta las de que otros planetas siguieran un curso en su historia idéntico al nuestro, Amalie se excusó y se fue a dormir. Esto ocurrió mucho después de la medianoche. Michaels y yo continuamos hablando. Nunca le había visto tan excitado. Era como si ese último tema, o alguna palabra en particular, le hubiese abierto algo nuevo. Finalmente se levantó, volvió a llenar nuestros vasos de whisky con un movimiento un tanto inseguro, y cruzó la sala de estar silencioso sobre la gruesa alfombra verde hasta la ventana.
La noche era clara y profunda. Desde lo alto contemplamos la ciudad, líneas, tramas y espirales de brillantes colores —rubí, amatista, esmeralda, topacio— y la oscura extensión del lago Michigan; casi parecía que pudiésemos vislumbrar infinitas y blancas llanuras más allá. Pero sobre nosotros se abovedaba el cielo, negro cristal, donde la Osa Mayor se apoyaba en su cola y Orión daba grandes zancadas a lo largo de la Vía Láctea. No veía a menudo un espectáculo tan grandioso y sobrecogedor.
—Después de todo —dijo—, sé de lo que estoy hablando.
Me agité, hundido en mi sillón. El fuego del hogar arrojó pequeñas llamas azules. Una simple lámpara iluminaba la habitación de suerte que podía vislumbrar haces de estrellas también desde la ventana. Me arrellané un poco.
—¿Personalmente?
Se volvió hacia mí. Su rostro estaba rígido.
—¿Qué dirías si te respondiese que sí?
Sorbí mi bebida. Un King’s Ransom es una noble y confortante mezcla, en especial cuando la misma Tierra adquiere un aire glacial para entonar.
—Supongo que tienes tus razones y esperaría para ver cuáles son.
Esbozó una media sonrisa.
—No te preocupes, también soy de este planeta —aclaró—. Pero el cielo es tan grande y extraño… ¿No crees que esto afectará a los hombres que vayan allí? ¿No se deslizará dentro de ellos y lo traerán en sus huesos al regresar? ¿La Tierra será la misma después?
—Sigue. Ya sabes que me gustan las fantasías.
Miró fijamente al exterior, luego se volvió, y súbitamente se tragó de un golpe su bebida. Este gesto violento no era propio de él. Pero había traicionado su perplejidad.
—Muy bien, entonces te contaré una fantasía. Es una historia invernal, muy fría, así que quedas advertido para no tomarla en serio —declaró ásperamente.
Di una chupada a mi excelente cigarro y esperé con el silencio que él deseaba.
Paseó unas cuantas veces arriba y abajo ante la ventana, con la vista en el suelo, llenó su vaso de nuevo y se sentó a mi lado. No me miró a mí sino a una pintura que colgaba de la pared, un objeto sombrío e ininteligible que a nadie gustaba. Esto pareció confortarle, pues empezó a hablar, rápida y quedamente.
—Dentro de mucho, mucho tiempo en el futuro, existe una civilización. No te la describiré, porque no sería posible. ¿Serías capaz de volver al tiempo de los constructores de las pirámides egipcias y hablarles de la ciudad en que vivimos? No pretendo decir que te creerían; por supuesto que no lo harían, pero eso es lo de menos. Quiero decir que no comprenderían. Nada de lo que dijeras tendría sentido para ellos. Y la forma en que la gente trabaja, piensa y cree sería aún menos comprensible que esas luces, torres y máquinas. ¿No es así? Si te hablo de habitantes del futuro que viven entre grandes y deslumbradoras energías, o de variables genéticas, de guerras imaginarias, de piedras que hablan, tal vez te hicieras una idea, pero no entenderías nada. Sólo te pido que pienses en los millares de veces que este planeta ha girado alrededor del Sol, en lo profundamente ocultos y olvidados que vivimos, en fin, en que esta civilización piensa según normas tan extrañas que ha ignorado toda limitación de lógica y ley natural, y ha descubierto medios para viajar en el tiempo. El habitante común de esa época (no puedo llamarle exactamente un ciudadano, cualquier expresión resultaría demasiado vaga), un tipo medio, sabe de un modo vago e indiferente que, milenios atrás, unos individuos semisalvajes fueron los primeros en desintegrar el átomo. Pero uno o dos miembros de esta civilización han estado realmente aquí, han caminado entre nosotros, nos han estudiado, han levantado y unido un archivo de información para el cerebro central, por llamarlo de alguna manera. Nadie más se interesa por nosotros, apenas más de lo que pueda interesarte la primitiva arqueología mesopotámica. ¿Comprendes?
Bajó su mirada hacia el vaso en su mano y la mantuvo allí, como si el whisky fuese un oráculo. El silencio aumentó. Al fin dije:
—Muy bien. En consideración a tu historia, aceptaré la premisa. Imaginaré viajeros en el tiempo, invisibles, dotados de ocultación y demás. Pero no creo que desearan cambiar su propio pasado.
—Oh, no hay peligro en ello —aseguró—. La verdad es que no podrían enterarse de mucho explicando por ahí que venían del futuro. Imagina.
Reí entre dientes.
Michaels me dirigió una mirada sombría.
—¿Puedes adivinar qué aplicaciones puede tener el viaje en el tiempo, aparte de la científica?
—Por ejemplo, el comercio en objetos de arte o recursos naturales. Se puede volver a la época de los dinosaurios para conseguir hierro, antes de que el hombre aparezca y agote las minas más ricas —sugerí.
Meneó la cabeza.
—Sigue pensando. ¿Se contentarían con un número limitado de figurillas de Minoan, jarrones de Ming, o enanos de la Hegemonía del Tercer Mundo, destinadas principalmente a sus museos, si es que "museo" no resulta una palabra demasiado inexacta? Ya te he dicho que no son como nosotros. En cuanto a los recursos naturales ya no necesitan ninguno, producen los suyos propios.
Se detuvo, como tomando aliento. Luego:
—¿Cómo se llamaba esa colonia penal que los franceses abandonaron?
—¿La Isla del Diablo?
—Sí, ésa fue. ¿Puedes imaginar mejor venganza sobre un criminal convicto que abandonarlo en el pasado?
—Pensaba que estarían por encima de cualquier concepto de venganza, o de técnicas de disuasión. Incluso en este siglo, sabemos que no dan resultado.
—¿Estás seguro? —preguntó sosegadamente—. ¿No se da junto con el actual desarrollo de la penalización incremento paralelo del crimen mismo? Te asombraste, hace algún tiempo, de que me atreviese a caminar solo de noche por las calles. Además, el castigo es como una catástasis de la sociedad en su conjunto. En el futuro, te explicarán que las ejecuciones públicas, reducen claramente la proporción de crímenes que, de otro modo, sería aún mayor. Y lo que es más importante, esos espectáculos hicieron posible el nacimiento del verdadero humanitarismo del siglo dieciocho —alzó una sardónica ceja—. O así lo pretenden en el futuro. No importa si tienen razón, o si racionalizan solamente un elemento degradado en su propia civilización. Todo lo que necesitas comprender es que envían a sus peores criminales al pasado.


—Poco amable para con el pasado —comenté.
—No, realmente no. Por una serie de razones, incluyendo el hecho de que todo cuanto hacen suceder ha sucedido ya… Nuestro idioma no sirve para explicar estas paradojas. En primer lugar, debes reconocer que no malgastan todo ese esfuerzo en delincuentes comunes. Hay que ser un criminal muy fuera de lo corriente para merecer el exilio en el tiempo. El peor crimen posible, por otra parte, depende de cada momento particular en la historia del mundo. El asesinato, el bandolerismo, la traición, la herejía, la venta de narcóticos, la esclavitud, el patriotismo y todo lo que quieras, en unas épocas han merecido el castigo capital, han sido consideradas en otras con indulgencia, y en otras todavía ensalzados positivamente. Continúa pensando y dime si no tengo razón.
Le miré por algún tiempo, observando cuán profundamente marcados estaban sus rasgos y pensé que para su edad no debería mostrar tantas canas.
—Muy bien —admití—. De acuerdo. Ahora bien, poseyendo todo ese conocimiento, un hombre del futuro no pretendería…
Dejó el vaso con perceptible fuerza.
—¿Qué conocimiento? —exclamó vivamente—. ¡Utiliza tu cerebro! Imagínate que te han dejado desnudo y solo en Babilonia. ¿Qué sabes de su lenguaje o de su historia? ¿Quién es el actual rey? ¿Cuánto tiempo reinará? ¿Quién le sucederá? ¿Cuáles son las leyes y costumbres que se deben obedecer? No te olvides de que los asirios o los persas o alguien han de conquistar Babilonia. ¿Pero cuándo? ¿Y cómo? ¿Esa guerra es un mero incidente fronterizo o una lucha sin cuartel? En este último caso, ¿ganará Babilonia? De lo contrario, ¿qué condiciones de paz serán impuestas? No encontrarías ahora ni veinte hombres capaces de contestar esas preguntas sin consultar un manual. Y no eres uno de ellos, ni dispones de un manual.
—Creo —dije lentamente—, que me dirigiría al templo más próximo, en cuanto conociese lo suficiente el idioma. Le explicaría al sacerdote que puedo hacer… no sé… fuegos artificiales…
Se rió con escaso júbilo.
—¿Cómo? Acuérdate, estás en Babilonia. ¿Dónde encuentras azufre o salitre? En el caso de que consigas por medio del sacerdote el material y los utensilios necesarios ¿cómo compondrás un polvo que realmente haga explosión? Eso es todo un arte, amigo mío. ¿No te das cuenta de que ni siquiera podrías obtener un trabajo como estibador? Fregar suelos sería ya mucha suerte. Esclavo en los campos, ese sería tu destino más lógico. ¿No es cierto?
El fuego empezó a debilitarse.
—Perfectamente —asentí—. Es verdad.
—Escogieron la época con cuidado. —Miró a su espalda, hacia la ventana. Desde nuestros sillones, la reflexión en el cristal borraba las estrellas, de modo que únicamente podíamos ver la noche.
—Cuando un hombre es sentenciado al destierro —explicó—, todos los expertos deliberan para establecer qué períodos, según sus especialidades, serían más apropiados para él. Es fácil comprender que ser abandonado en la Grecia de Homero resultaría una pesadilla para un individuo delicado e intelectual, mientras que uno violento podría pasarlo bastante bien, incluso acabar como un respetado guerrero. Podría encontrar su puesto junto a la antecámara de Agamenón, y tu única condena serían el peligro, la incomodidad y la nostalgia.
Se puso tan sombrío, que intenté calmarle con una observación seca:
—El convicto tendrá que ser inmunizado contra todas las enfermedades antiguas. En caso contrario el destierro significaría únicamente una elaborada sentencia de muerte.
Sus ojos me escrutaron nuevamente.
—Sí —dijo—. Y por supuesto el suero de la longevidad está todavía activo en sus venas. Sin embargo, eso es todo. Se le abandona en un lugar no frecuentado después de oscurecer, la máquina se desvanece, queda aislado para el resto de su vida. Lo único que sabe es que han escogido para él una época con… tales características… que esperan que el castigo se ajustará a su crimen.
El silencio cayó una vez más sobre nosotros, hasta que el tic-tac del reloj sobre la chimenea llegó a ser obsesionante, como si todos los demás sonidos se hubiesen helado hasta extinguirse en el exterior. Di un vistazo a la esfera. La noche acababa; pronto el Este se aclararía.
Cuando me volví, todavía estaba observándome con desconcertante intención.
—¿Cuál fue tu crimen? —pregunté.
No pareció cogerle de improviso, dijo solamente con hastío:
—¿Qué importa? Te dije que los crímenes de una época son los heroísmos de otra. Si mi intento hubiese tenido éxito, los siglos venideros habrían adorado mi nombre. Pero fracasé.
—Muchas personas deben haber resultado perjudicadas —dije—. Todo un mundo te habrá odiado.
—Bien, sí —admitió. Pasó un minuto—. Ni que decir tiene que esto es una fantasía. Para pasar el rato.
—Seguiré tu juego —sonreí.
Su tensión se suavizó un poco. Se inclinó hacia atrás, con las piernas extendidas a través de la magnífica alfombra.
—Sea. Considerando la magnitud de la fantasía que te he contado, ¿cómo has deducido la importancia de mi pretendida culpa?
—Tu vida pasada. ¿Cuándo y dónde fuiste abandonado?
—Cerca de Varsovia, en agosto de 1939 —dijo, con una voz tan helada como jamás la he oído.
—No creo que te interese hablar acerca de los años de guerra.
—No, en absoluto.
Sin embargo, prosiguió poco después como para desafiarme:
—Mis enemigos se equivocaron. La confusión que siguió al ataque alemán me ofreció una oportunidad para escapar a la vigilancia de la policía antes de que me internasen en un campo de concentración. Gradualmente me enteré de cuál era la situación. Por supuesto, no podía predecir nada. Ni puedo ahora; únicamente los especialistas conocen, o se interesan, por lo que sucedió en el siglo veinte. Pero cuando me hube convertido en un recluta polaco dentro de las fuerzas alemanas, comprendí quienes serían los vencidos. Me pasé entonces a los americanos, les expliqué lo que había observado, y llegué a trabajar como espía para ellos. Era peligroso, pero no mucho más de lo que había ya superado. Luego vine aquí; el resto de la historia no tiene ningún interés.
Mi cigarro se había apagado. Lo volví a encender, pues cigarros como los de Michaels no se encontraban todos los días. Se los hacía enviar por avión desde Amsterdam.
—La mies ajena —dije.
—¿Qué?
—Ya sabes. Ruth en el exilio. No era que la trataran mal pero, sin embargo, seguía llorando por su patria.
—No conozco esa historia.
—Está en la Biblia.
—Ah, sí. Realmente debería leer la Biblia alguna vez. —Su disposición de ánimo estaba cambiando y volvía hacia su primitiva seguridad. Saboreó su whisky con un gesto casi afable. Su expresión era alerta y confiada.
—Sí —dijo—, ese aspecto fue bastante malo. Las condiciones físicas de vida no influían en ello. Cuando se hace camping, pronto se olvida uno del agua caliente, la luz eléctrica, todos esos utensilios que los fabricantes nos presentan como indispensables. Me gustaría tener un reductor de gravedad o un estimulador celular, pero me lo paso admirablemente sin ellos. La añoranza es lo que más le consume. Las pequeñas cosas que jamás se echaban de menos, algún alimento particular, el modo con que camina la gente, los juegos, los temas de conversación. Incluso las constelaciones. Son diferentes en el futuro. El sol se ha desplazado bastante de su órbita galáctica. Pero de agrado o por fuerza, siempre ha habido emigrantes. Todos nosotros somos descendientes de aquellos que no pudieron soportar la conmoción. Yo me adapté.
Un ceño cruzó sus cejas.
—Tal como aquellos traidores están dirigiendo las cosas —dijo—, no regresaría ahora aunque me concediesen un indulto total.
Terminé mi bebida, saboreándola todo lo posible, pues era un maravilloso whisky, por lo que le escuché sólo a medias.
—¿Te gusta este mundo?
—Sí —contestó—. Por ahora así es. He superado la dificultad emocional. Mantenerme vivo me ha tenido muy ocupado los primeros años, luego el hecho de establecerme, de venir a este país, nunca me dejó mucho tiempo para compadecerme de mí mismo. Mis negocios me interesan ahora cada vez más, es un juego fascinante y agradablemente libre de castigos exagerados en caso de error. He descubierto aquí cualidades que el futuro ha perdido… apostaría que no tienes la menor idea de lo exótica que es esta ciudad. Piensa. En este momento, a unos kilómetros de nosotros, hay un soldado de guardia en un laboratorio atómico, un holgazán helándose en un portal, una orgía en el apartamento de un millonario, un sacerdote que se prepara para los ritos del amanecer, un mercader de Arabia, un espía de Moscú, un barco de las Indias…
Su excitación se calmó. Volvió su mirada hacia los dormitorios.
—Y mi esposa y los niños —concluyó, muy suavemente—. No, no regresaría, pase lo que pase.
Di una chupada final a mi cigarro.
—Lo has hecho muy bien.
Liberado de su humor gris, me sonrió burlonamente.
—Empiezo a pensar que te has creído todo ese cuento.
—Naturalmente —aplasté la colilla del cigarro y me levanté, desperezándome—. Es muy triste. Más vale que nos vayamos.
No lo comprendió de inmediato. Cuando lo hizo, saltó de su sillón igual que un gato.
—¿Irnos?
—Por supuesto —saqué una alentadora arma desde mi bolsillo. Se detuvo en un impulso—. En esta clase de asuntos nunca se deja nada al azar. Se hacen revisiones periódicas. Ahora, vamos.
La sangre desapareció de su rostro.
—No —murmuró—, no, no, no puedes, no es justo para Amalie, los niños…
—Eso —le expliqué—, es parte del castigo.
Le abandoné en Damasco, el año antes de que Tamerlán la saquease.



FIN

2023/06/05

La máquina CE, modelo número 1 (Anatoly Dneprov)


Título original: Mašina "ES" model' n. 1
Año: 1959


La discusión versaba sobre las ilimitadas posibilidades de la técnica moderna. Habíamos empezado por las neveras y los automóviles, para pasar gradualmente a los televisores, los aviones a reacción y los cohetes dirigidos. Cada uno de los presentes hablaba como si fuera un eminente especialista en la materia, a pesar de que el nivel del diálogo no superaba los suplementos ilustrados de los periódicos dominicales.
Como es natural, no podíamos olvidar la cibernética. Hablábamos de esta nueva ciencia casi a media voz, tímida y misteriosamente, como se hacía cincuenta años antes con el hipnotismo, o cien años más atrás, con los espectros. En especial, el hecho de que la cibernética existiera y de que ya existieran máquinas cibernéticas, había acalorado poco a poco a los interlocutores.
-Nosotros las construimos, nosotros -susurraba con entusiasmo el hombre rubio y alto de la usada camisa azul. Extendió hacia delante las manos y separó los gruesos dedos-. Miren, todos los dedos están cubiertos de manchas rojas. Es el estaño. De la mañana a la noche no hago otra cosa que soldar esas malditas máquinas. Hilos, válvulas… Vistas por dentro, parecen una tienda de radios. Y pensar que todo eso funciona. ¡Técnica! Pueden derribar aeroplanos, o adivinar con quién te vas a casar…
-Trastos viejos, amigo. Trastos viejos -afirmó, con voz ronca, el vagabundo calvo y tétrico, que movía absurdamente las manos sobre el sucio encerado-. Esos trastos no sólo predicen con quién te casarás, sino que nombran a los gobernantes. El año cincuenta y dos, una bestia electrónica llamada "Univac" ha elegido al gobernador del Estado de Nevada. Eso significa algo más que elegir esposa; se trata, se diga lo que se diga, de un superior.
-¿Es verdad, como dicen, que la policía tiene una máquina que indica dónde y cuándo los muchachos se proponen dar un golpe? Dicen que cuando los muchachos van a hacer un trabajito, ya hay alguien que los espera, amigos -pió, riéndose a carcajadas, un tipo sospechoso de gafas negras.
-Es cierto. Existe. Tanto los tribunales como la policía están armados de máquinas semejantes. Son algo increíble. La máquina te hace algunas preguntas estúpidas, y tú sólo tienes que contestar "sí" o "no". Sólo el diablo sabe dónde debe estar el "sí" y dónde debe estar el "no". Porque te pregunta cosas como: "¿Querrías visitar la luna?" "Cuando eras niño, ¿te han mordido los perros?"… Después de que has esparcido a gusto casi un centenar de estos "sí" y estos "no", la máquina dice; "Pónganle las esposas. Le esperan diez años de trabajos forzados". Y ya está. Será nuestra ruina -murmuró el vagabundo pelado-. Muy pronto todas esas máquinas ocuparán nuestro lugar. Vivirán por nosotros. Se beberán la cerveza. Irán al cine. Lo harán todo ellas solas…
-Son máquinas inteligentes. Geniales. Restablecerán sobre la tierra el orden y el bienestar. El caos desaparecerá, los negocios florecerán -declamó, inspirado, el borracho intelectual, que destacaba de la masa de vagabundos a causa del frac que había conservado, no se sabe cómo.
-¿Qué has dicho? ¿El caos desaparecerá y los negocios florecerán? No te vayas a creer que somos todos unos niños. Entiendes tú tanto de electrónica como yo de capar ratones. Esto no sucederá nunca, es inútil que confíes en ello.
El malhechor gordo, de fisonomía cubierta de pelo rojo, habló con pasión.
-¿Y quién es éste, si se puede saber? ¿Claud Shennon o Norbert Wiener? -preguntó sarcásticamente el intelectual.
-Ni Wiener, ni Claud. La electrónica la tengo yo aquí -se frotó, expresivamente, con la palma de la mano el cuello, mojado de sudor.
-Le han puesto una multa porque no había pagado el impuesto de la radio -se burló el tipo de gafas oscuras.
-O le han echado dos meses a la sombra por vender válvulas electrónicas fundidas.
-Se equivocan, caballeros. Si les interesa, conozco demasiado bien estas malditas máquinas electrónicas. Demasiado bien, pueden…
-Eh, se diría que has estado metido en algún asunto sucio -intervino el borracho pelado.
-Peor -musitó lúgubremente el propietario de la cara bermeja, acercándose al grupo-. Me llamo Rob Day. Quizá hayan oído ese nombre. He salido una vez en el cine.
-No, nunca lo he oído -dijo el intelectual.
-No tiene importancia. Ahora ya no me fío ni en sueños de las máquinas electrónicas.
Rob Day, con profundo descorazonamiento, sorbió su whisky.
-Cuéntanos algo, cómo ellos te han… -se interesó el tipo de las gafas oscuras.
-Existe en nuestro bendito país una empresa industrial que hace publicidad de máquinas electrónicas para uso privado e individual. Se trata, por así decirlo, de máquinas caseras, cuya obligación es hacernos menos pesada la vida. En un domingo lleno de sol se lee el periódico: "Querido señor, si precisa la compañía de un buen interlocutor, si se halla solo y necesita una compañera y si le sirve un buen consejo para enderezar sus negocios tambaleantes, escríbanos. Los hermanos Crooks y su personal de expertos ingenieros le ofrecen sus servicios. Díganos sus necesidades y nosotros le proporcionaremos una máquina electrónica que piensa, capaz de llenar cualquier hueco de su vida particular. A buen precio, segura y con garantía. Esperamos su pedido. Con nuestra mejor estima, Hermanos Crooks y Co." Cuando leí este anuncio, tenía algo de dinero, suficiente para que un joven soltero pudiese llevar una existencia decorosa. Y de pronto me puse a reflexionar. La máquina electrónica te elige la esposa. La máquina elige al gobernador. La máquina atrapa a los ladrones. La máquina redacta guiones cinematográficos. Todos hablan de lo mismo: Esto lo ha hecho la máquina electrónica, aquello ha sido posible gracias a la máquina electrónica, esto sólo lo podrá hacer la máquina electrónica. En resumen, la máquina electrónica es algo parecido a la lámpara de Aladino de Las mil y una noches. Bajo la sugestión de estas ideas, decidí dirigirme a los hermanos Crooks a fin de encargarles algo para mi propio uso. Mis necesidades eran limitadas y muy simples: Una máquina electrónica que pueda darme consejos en operaciones financieras. Quiero hacerme rico. Punto. ¿Qué les parece? Un mes más tarde se detuvo frente a mi casa, en la calle 95, un camión con una caja enorme que contenía algo parecido a un piano vertical. Entraron dos tipos en mi casa.
-¿Vive aquí Rob Day?
-Sí, yo soy.
-Por favor, ¿dónde la podemos dejar?
Acompañé a los muchachos a mi casa, donde instalaron la máquina.
-¿Cuánto cuesta? -pregunté.
-Diez mil dólares.
¡¿Están locos?! -grité.
-No, señor. Es su precio. Pero el dinero no lo queremos ahora. Sólo pagará cuando se haya convencido de que la máquina funciona a plena satisfacción.
-¡Diablos! Entonces que se quede… Enséñenme ahora el modo de usarla.
-Es muy sencillo, señor. Además de los esquemas analíticos, se han instalado en esta máquina cuatro radiorreceptores y un televisor. Estos aparatos escucharán todas las transmisiones durante las veinticuatro horas del día, Deberá introducir cada día, en la ranura alargada debajo del pupitre, tres diarios por lo menos. La máquina le prestará asesoramiento financiero sobre la base de un delicado análisis de todas las informaciones de la situación económica y política del país.
-Muy bien. ¿Y las operaciones financieras? -pregunté.
-Durante una semana, la máquina analizará toda la información. Luego podrá usted ponerse a trabajar. Observe este teclado con números. Sólo tiene cinco registros. El más alto corresponde a los centenares de millares de dólares; el de abajo, a las decenas, y así sucesivamente. Supongamos que desee usted invertir cinco mil dólares. Marca usted este número en el teclado y con el pie aprieta el pedal. Por la ranura de la derecha saldrá una tira de papel con el consejo impreso sobre cómo emplear la suma indicada para obtener el máximo beneficio.
Como pueden ver, nada más sencillo. Los muchachos prepararon y montaron la máquina CE modelo número 1, pusieron el enchufe en la toma de corriente y se marcharon.


-¿Y qué es CE? -preguntó alguien.
-Quiere decir consejero electrónico. Confieso que esperé con impaciencia a que terminara la semana. Metía diariamente los tres periódicos en el teclado, escuchaba, maravillado, el ruido del papel en el interior, observando luego cómo los periódicos salían proyectados por detrás, completamente revueltos. La bestia se los leía de cabo a rabo. En su interior se oía un murmullo semejante al de una colmena. Por fin llegó el día esperado, en el que mi consejero habría asimilado los informes necesarios. Me acerqué al teclado, pensando qué podría hacer. Como no soy tan estúpido como para invertir de golpe una fuerte suma, pulsé tímidamente la tecla que marcaba "un dólar". Luego apoyé el pie sobre el pedal…
No tuve tiempo de reaccionar, pues ya salía por la ranura lateral una cinta telegráfica con la siguiente frase: "A las siete de la tarde, en la esquina de la calle 95 con la calle 31, en el bar Universo, invitar una cerveza a Jack Linder".
Así lo hice. No sabía quién era Jack Linder. Pero cuando entré en el bar, sólo oí hablar de él: "Jack Linder es afortunado. Jack Linder es un muchacho de corazón. Jack Linder tiene un corazón de oro". Un minuto después sabía ya el motivo de toda esta adulación. Jack Linder había heredado de un cierto pariente australiano. Estaba de pie, apoyado en el mostrador con una sonrisa satisfecha. Me acerqué a él y le dije:
-Señor, permítame que le invite a una jarra de cerveza.
-Y sin esperar la contestación, le puse delante una jarra de un dólar.
-La reacción de Jack Linder fue pasmosa. Me abrazó, me besó en ambas mejillas, y metiéndome un billete de cinco dólares en el bolsillo, declaró, con toda seriedad:
-Por fin he encontrado entre esta pandilla de friega platos un hombre de bien. Toma, hermano, toma, no hagas cumplidos. Te lo doy por tu buen corazón.
Dejé el bar Universo con lágrimas de emoción, muy complacido por la inteligencia de aquella bestia CE, modelo número 1.
Después de esta primera operación, mi fe en la máquina creció notablemente. La vez siguiente, marqué diez dólares. La máquina me aconsejó que comprase cinco paraguas y que fuese a un usurero, cuya dirección me dio. Aquellos paraguas me fueron arrancados de las manos por la mujer del usurero, la cual me pagó veinte dólares. En su apartamento, en el terrado, habían estallado las tuberías de agua y el municipio se había negado a repararlas porque los inquilinos no habían pagado el alquiler.
Transformé luego ciento cincuenta dólares en cuatrocientos de la manera siguiente: La máquina me había ordenado que fuese a la Estación Central y que me tumbase sobre las vías delante del rápido con destino a Chicago. Estuve un buen rato indeciso antes de decidirme a dar este paso. A pesar de todo, fui y me tumbé. No es una sensación muy agradable el notar sobre la cabeza el rombo de la locomotora eléctrica. Se oyeron dos toques de campana, el tren dio la señal, pero yo permanecí tendido. Llegó un agente corriendo.
-¡Levántate, vagabundo! ¿Qué haces aquí?
Yo seguía inmóvil, mientras mi corazón palpitaba como si quisiera salírseme del pecho. Empezaron a tirar de mí, pero yo me resistía. Me dieron patadas, mientras me agarraba con las manos a los carriles.
-¡Saquen fuera de la vía a este cretino! -gritó el maquinista.
-¡Por su culpa, el tren lleva ya un retraso de cinco minutos!
Muchas personas se me echaron encima a la vez y me llevaron en vilo a la comisaría de la estación. El enjuto guardia me puso una multa de ciento cincuenta dólares exactamente.
"Vaya, pensé, ése es el CE modelo número 1".
Salí de la comisaría como un perro apaleado, cuando, de repente, me vi rodeado por una masa de gente.
-¡Es él! -gritaban-. ¡Llevémosle en triunfo!
-¿Pero por qué? -pregunté-. ¿Qué hice?
-¿Y lo preguntas? De no ser por ti, todos estaríamos hechos polvo.
-¿Pero de qué se trata?
-El tren de Chicago ha retrasado su marcha. A la salida de la estación, los raíles estaban arrancados. Cinco minutos antes… ¡Viva nuestro salvador!
Entonces comprendí lo ocurrido y dije:
-Señoras y señores. Los vivas están bien. Pero me han multado con ciento cincuenta dólares…
Inmediatamente, cuantos estaban a mi alrededor empezaron a meterme dinero en los bolsillos. En casa los conté. Eran exactamente cuatrocientos dólares, ni más ni menos. Acaricié tiernamente los costados calientes de mi máquina CE modelo número 1 y, con un trapo, le quité el polvo. Luego marqué cinco dólares y apreté el pedal. El consejo fue el siguiente: "Ponte inmediatamente un traje nuevo, vete al puente de Brooklyn y salta al río Hudson entre el quinto y el sexto pilón".
Después de todo cuanto había pasado en la Estación Central, ya no temía nada. Al caer la tarde encontré una tienda de trajes confeccionados en la Quinta Avenida y allí compré lo más elegante que tenían. Me vestí como para una boda y me dirigí al puente de Brooklyn. Al inclinarme sobre el parapeto y mirar hacia la oscuridad, entre la cual corrían las sucias aguas del Hudson, sentí un escalofrío en la espalda. Aquello era mucho más temerario que tumbarse sobre unos raíles. Pero sentía aún una ilimitada confianza en mi máquina, por lo que, cerrando los ojos, me tiré abajo. Entonces pasó algo inverosímil. A través de los párpados semicerrados me vi inundado por una brillante luz. Todo se incendió de pronto a mi alrededor y, pocos segundos después, caí sobre algo blando y elástico, luego salté por el aire, volví a caer, me golpeé de nuevo y quedé colgado en el aire. Abrí los ojos y descubrí que estaba enganchado en una espesa red tendida entre los pilones del puente. Desde la parte inferior del puente era iluminado por potentes reflectores, junto a los cuales se adivinaban sombras humanas. Al fin alguien gritó por un altavoz:
-Muy bien. Brillantísimo. Suba aquí.
Me arrastraron hacia arriba y empezaron a felicitarme. Luego apareció un tipo que me entregó un paquete de billetes.
-Tenga -dijo-. Dentro de ocho días vaya a ver al cine Homunculus la película con su participación en calidad de suicida. Aquí tiene 1.500 dólares. Después de la proyección del film se le entregarán otros 500.
Durante una semana entera asistí a todas las proyecciones del cine Homunculus para verme en mi papel de suicida. Pero los otros 500 dólares nunca los vi. Me dijeron que me había admirado justamente por esa suma.
Algún tiempo más tarde vinieron a visitarme los representantes de la firma Hermanos Crooks y yo pagué con alegría el precio de mi máquina electrónica. En lo sucesivo se transformó, por decirlo así, en algo mío en alma y cuerpo.


La siguiente operación que realicé por consejo de la máquina electrónica fue mi matrimonio con una vieja dama de Park Avenue. El matrimonio me había costado mil dólares. Cinco días más tarde, la dama murió, dejándome un cheque de cinco mil dólares. Invertí esa suma en un viejo rancho medio derruido. Por él cobré del Gobierno, una semana más tarde, quince mil dólares: En aquel terreno debían construir la quinta sección de un campo de tiro atómico. Por aquella cantidad compré a un canadiense cangrejos del océano Pacífico, que revendí inmediatamente por treinta mil al restaurante Ritz. Por un verdadero milagro mis cangrejos eran los únicos de todas las partidas existentes en el mercado que poseían un grado de infección radioactiva consentido por la ley.
Tras todas estas afortunadas operaciones, decidí hacerme millonario. Un día, después de haber rezado, marqué en el teclado de mi consejero una cifra con cuatro ceros que representaba todo mi capital en aquel momento. Luego apreté el pedal. No olvidaré nunca aquella tarde.
La cinta no podía salir, ignoro el motivo. Por fin se pudo ver una esquinita, que volvió a desaparecer inmediatamente. En el interior de la máquina se oía un estruendoso zumbido. Finalmente, cuando ya estaba a punto de perder la paciencia, salió la cinta con el consejo que recordaré mientras viva: "Quema en la chimenea todo el dinero que tengas".
Me rasqué mucho rato la cabeza, pensando si debía seguir o no el consejo de la máquina. Pero tenía una fe demasiado ciega en mi máquina. Después de haber reflexionado largamente, empaqueté con un cordel todos mis dólares, encendí la chimenea y arrojé el dinero al fuego. Sentado allí delante, mirando como mi dinero se transformaba en cenizas, esperaba, agradablemente turbado, que sucediese el próximo milagro de la serie. Un milagro que no podía ni siquiera imaginar, cuando mi máquina inteligente ya lo sabía todo, la base del análisis de la coyuntura política y económica.
El dinero se quemó tranquilamente. Había removido las cenizas con un bastón, pero el milagro no se producía. Ya vendrá, ya vendrá, seguro, pensaba, caminando, agitado arriba y abajo por la habitación y frotándome nerviosamente las manos.
Pasó una hora, luego dos, y el milagro no se producía. Me quedé perplejo junto al teclado. Dije:
-¿Y bien? -No obtuve respuesta-. Espabílate. ¡Devuélveme mi dinero!
La máquina continuaba observando un silencio sospechoso. En realidad, no sabía hablar. Entonces perdí por completo la cabeza y marqué en el teclado la misma suma que ya no poseía. Cuando apreté el pedal, sucedió una cosa bastante desagradable. Salió la cinta telegráfica completamente cubierta de ceros. Ceros ininterrumpidos, sin una palabra que tuviese sentido. Enfadado, empecé a golpear la máquina con el puño, luego lo hice con los pies, pero no se detenía. Sólo salían ceros. Esto me puso en un estado de furor tal que cogí la reja de fundición con la que se cierran las chimeneas y con ella empecé a golpear fuertemente al consejero electrónico. Volaron astillas, la cinta se detuvo y la máquina se paró de golpe. Y yo, desesperado, seguí golpeando hasta que, sobre el pavimento, sólo quedó un montón de chatarra, astillas de cristal y una masa informe de hilos eléctricos.
Me dejé caer sobre el diván y, con la cabeza entre las manos, grité como una pantera herida, maldiciendo a todo y a todos, empezando por las válvulas de radio y terminando por los consejeros electrónicos construidos con ellas. Durante este ataque de delirio, lancé una ojeada a los restos de mi máquina y advertí un trozo de cinta lleno de letras. Por unos momentos creí enloquecer cuando leí lo que estaba impreso, y que aquella bestia electrónica no me había hecho saber: "Véndeme, añade la suma que consigas a todo lo que posees y compra en Hermanos Crooks y Co. la máquina perfeccionada CE modelo número 2".
-¿Y por qué dices que la máquina no te lo quería decir? -Preguntó a Rob el borracho calvo, el cual, mientras escuchaba el increíble relato, había recuperado la sobriedad-. Podría suceder que, sencillamente, se hubiese estropeado.
-Pues es verdad, el diablo se la lleve, no quiso. Me aconsejó adrede que quemase el dinero para que yo no la vendiese. Pero no había tenido en cuenta mi carácter. Los periódicos no escriben esas cosas.
-Es extraño -observó el intelectual del frac-. Se diría que no quiso separarse de usted.
-Precisamente. Me había tomado mucho afecto. En los últimos tiempos, cuando la fortuna me era tan particularmente favorable, le hacía la corte como a una novia. La tenía envuelta en una cubierta de seda. Cada día le quitaba el polvo. Compré incluso algunas macetas con palmas y las puse a su alrededor para que se sintiera a gusto. En vez de tres periódicos, se leía diez. Y miren el resultado. Como consecuencia de la nueva coyuntura política y económica, yo debería haberla vendido y comprado la nueva y perfeccionada CE modelo número 2, pero la muy canalla, con su egoísmo despiadado, me engañó.
-Ese es el siglo en que vivimos -sentenció el muchacho de la camisa azul-. Ya no se puede fiar uno ni de las máquinas electrónicas…
Con profundos suspiros, todos empezaron a marcharse. Rob Day fue el último.


FIN

2023/05/29

¡Miren! El pájaro (Nelson Bond)


Título original: And lo! the bird
Año: 1950


El Pájaro del Tiempo apenas tiene luz para el vuelo y, ¡mira!, ya sus alas está tendiendo al cielo.
Fitzgerald-Rubáiyát


No sé por qué me molesto en escribir esto. Es indudable que es el texto más inútil que he escrito en el curso de mi carrera, dedicada a inundar resmas de pulcras cuartillas con torrentes de frases altisonantes. Pero tengo que hacer algo para mantener mi espíritu ocupado y, puesto que he vivido estos sucesos desde el principio, no estará de más que los registre tal como los recuerdo.
Desde luego, el hecho que ahora deje constancia de aquellos primeros días no tiene importancia alguna. Aunque, después de todo, en este momento nada importa. No sé por qué lo hago. Ya no estoy seguro de nada. A no ser que es absurdo que escriba esta historia tan poco importante. Sin embargo, sé que tengo que hacerlo...
Como he dicho antes, viví estos sucesos desde el principio. ¡Valiente afirmación! Su principio es algo que queda para el campo de las conjeturas. Depende de cómo se mida el tiempo. Para algunos comenzó hace cuatro mil años. Los que piensan así son fundamentalistas y partidarios de la cronología de un arzobispo. Quizás principió hace tres mil millones de años, afirman los que poseen aquello que, hasta hace unas pocas semanas, se solía denominar jactanciosamente "un espíritu científico".
Desconozco la verdad sobre ello, como la desconocen todos pero, en lo que a mí se refiere, todo comenzó hace un mes. Aquella noche nuestro Director Urbano, Smitty, me llamó a su despacho para espetarme una pregunta:
-¿Sabe algo de astronomía? -me preguntó con algo de petulancia.
-Desde luego -le respondí-. Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y alguno más.
-¿Cómo? -dijo Smitty, frunciendo el ceño.
-Y Plutón -recordé por fin-. La familia solar. Los planetas según su distancia al Sol. Me pasé un semestre contemplando las estrellas en la escuela. Aunque lo he olvidado en parte.
-Muy bien -respondió el Director-. Se ha ganado un encargo. ¿Conoce al doctor Abramson? 
-¿Quién no lo conoce? Es el jefe del observatorio de la Universidad.
-Exactamente. Irá a verlo. Según dice, tiene algo muy gordo que comunicarnos.
-¿En coche? -pregunté esperanzado. 
-Tome un ómnibus.
-Hablando desde el punto de vista astronómico -indiqué-, un notición podría significar muchas cosas: Un cometa que va a chocar con la Tierra, el calor del Sol que desaparece y nos mata a todos de frío...
-No es momento de bromas -rezongó Smitty-. Hasta medianoche, los ómnibuses suburbanos pasan cada veinte minutos.
-Por otra parte -musité-, quizás haya descubierto algún trastorno meteorológico causado por los experimentos atómicos. Si todos se dedican a jugar con bombas de hidrógeno...
-Bueno, en coche -suspiró Smitty-. Vaya.

Abramson era un hombrecillo flaco y cetrino, de ojos oscuros y hundidos. Después de estrecharme la mano me indicó una butaca frente a su mesa de roble amarillo, bajó una lámpara de pie para que su luz no nos molestase y luego cruzó sus dedos blancos y finos, mientras decía:
-Le agradezco que haya venido con tal prontitud, señor... 
-Flaherty -le aclaré.
-Pues bien, señor Flaherty, la cosa sucedió así. En nuestra profesión no es costumbre divulgar las noticias a través de la prensa. Lo corriente es que publiquemos nuestras observaciones en revistas técnicas que sólo están al alcance de los especialistas. Pero esta vez, este sistema no me parece adecuado. Tal vez no sería lo bastante rápido. He visto algo en el cielo..., que no me gusta nada.
Yo me entretenía dibujando garabatos sobre una hoja de papel doblada.
-¿Qué ha visto, profesor? ¿Un nuevo cometa?
-No estoy seguro de saberlo -repuso Abramson- y aún estoy menos seguro que desee averiguarlo. Pero sea lo que sea, es por completo desusado y lo bastante importante, creo, para autorizarme a dar este paso. Con el fin de obtener confirmación lo antes posible de mis observaciones y de mis temores, me creo en el deber de apelar a los servicios de prensa para difundir esta noticia.
-Todo cuanto valga la pena divulgar y mucho que no merece ser divulgado, ése es el género con que comerciamos -dije-. ¿Qué es lo que ha visto, profesor?
Él me dirigió una mirada sombría que duró un largo minuto. Luego dijo:
-Un pájaro.
Yo lo miré sin ocultar mi sorpresa.
-¿Un pájaro?
Me venían ganas de sonreír, pero la expresión de su mirada no alentaba precisamente al júbilo.
-Un pájaro -repitió-, perdido en las profundidades del espacio. Mi telescopio estaba dirigido hacia Plutón, el planeta más alejado de nuestro Sistema Solar. Este cuerpo celeste gravita a más de seis mil millones de kilómetros de la Tierra. Y a esta distancia -dijo con dolorosa decisión-, a esa increíble distancia... ¡He visto un pájaro!
Apercibiéndose de mi expresión de incredulidad, abrió el cajón superior de su mesa, extrajo de él un mazo de copias fotográficas de 18 x 24 centímetros y las extendió ante mí.
-Véalo usted mismo.
La primera fotografía nada me dijo. Mostraba una sección de espacio cubierta de estrellas; la típica fotografía que aparece en los manuales de astronomía. Pero en ella se había trazado un rectángulo de líneas blancas. La segunda foto era una ampliación de aquel cuadrado, mostrando la zona escogida. El campo visual era mayor y más brillante; miríadas de estrellas relucientes difundían un resplandor plateado sobre toda la placa. Sobre aquella nebulosa radiante se destacaba con gran precisión de líneas la negra silueta de un ser que tenía la apariencia de un pájaro en pleno vuelo.
Aventuré una indecisa explicación racional: 
-Muy interesante. Aunque, según creo, doctor Abramson, se han fotografiado muchas zonas oscuras en el espacio. El Saco de Carbón, por ejemplo. Y la nebulosa negra de...
-Es cierto -reconoció-. ¿Pero quiere mirar la siguiente fotografía?
Examiné la tercera fotografía y sentí por primera vez el frío de aquel terror helado que ya no me habría de abandonar durante las semanas siguientes. La foto mostraba otra parte de la zona comprendida en la segunda fotografía. Pero la silueta negra había cambiado. Lo que aparecía sobre el fondo de estrellas seguía siendo el perfil de un pájaro, aunque su forma era distinta. Un ala que antes estaba alzada aquí se había abatido; las posturas del cuello, cabeza y pico habían sufrido una alteración sutil pero definida.
-Esta fotografía -dijo Abramson con voz desprovista de emoción- fue tomada cinco minutos después de la primera. Sin tener en cuenta el cambio en la apariencia de la... imagen y considerando únicamente la posición relativa del objeto en el espacio, indicada por el paralaje, he calculado que el objeto que produce esta imagen debe viajar a una velocidad aproximada de doscientos mil kilómetros por minuto.
-¿Cómo? -exclamé-. Eso es imposible. En la Tierra no hay nada que pueda viajar a tal velocidad.
-En la Tierra, no -convino Abramson-. Pero los cuerpos cósmicos sí pueden. Y aunque presente el aspecto de un ser vivo, este objeto o lo que sea no deja de ser un cuerpo cósmico. Por eso -prosiguió con displicencia-, le he pedido que viniese. Esto es lo que quiero que cuente. ¿Comprende ahora por qué no podemos perder ni un minuto?
-Puedo escribir un artículo -dije-, pero nadie lo creerá.
-Quizás no lo crean... por un tiempo. Sin embargo, hay que divulgarlo. De momento, el público quizá se ría. Pero otros observatorios comprobarán mi descubrimiento y llegarán a las mismas conclusiones que yo. Esto es lo importante. Sin miedo a las consecuencias, sean éstas las que sean, debemos saber la verdad. El mundo tiene derecho a saber la amenaza que se cierne sobre él.
-¿Amenaza? ¿Cree usted que existe una amenaza?
Él asintió lenta y deliberadamente.
-Sí, Flaherty; sé que existe. Es esas fotografías hay algo que usted no ha visto, pero que cualquier matemático deduciría instantáneamente: Que esa cosa..., pájaro, bestia, máquina o lo que sea..., sigue un rumbo previsible. Y este rumbo la lleva directamente hacia... ¡El Sol!


Mi entrevista con el sabio dejó completamente desconcertado a Smitty. La leyó con rapidez, refunfuñó, volvió a leerla, más despacio y con la frente arrugada. Luego cayó como una tromba sobre mi mesa. 
-Vamos, Flaherty -me dijo con tono quejoso e indignado-. ¿Qué es todo esto? ¿Qué demonios significa?
-Es una noticia. Usted me envió por ella. Es lo que me contó Abramson. 
-Ya lo sé. Pero..., ¡un pájaro! ¿Qué historia es ésa?
Yo me encogí de hombros.
-Francamente, no lo sé. El doctor Abramson la consideró importante. ¿Y si el pobre se hubiese vuelto loco? Quizá tiene un roc en la cabeza.
Esto último era demasiado sutil para Smitty. Se rascó la nariz con la punta de un lápiz mientras mascullaba algo muy poco cortés respecto a los astrónomos en general y Abramson en particular.
-Supongo que no tendremos más remedio que publicarlo -dijo-. Pero no tengo el menor deseo de hacer el ridículo. Así es que dele usted un tono festivo y ligero. Así estaremos a salvo si intentan tomarnos el pelo.
Esto es lo que hicimos. Lo publicamos en una página interior sin omitir nada y con las fotografías de Abramson, como un artículo especial, de tono ligeramente humorístico, aunque sin burlarnos abiertamente de él. Después de todo, era el director del Observatorio. Pero tocamos con sordina todo el lado científico. Redacté de nuevo aquel cuento increíble en el estilo que solemos utilizar para dar informes sobre platillos volantes y hablar de la serpiente de mar.
Desde luego, este tono no era el más adecuado para que se lo tomasen en serio. Mas, para ser justos con Smitty, ¿cómo podía él saber que aquel cuento acabaría con todos los cuentos? ¿Que sería el mayor notición periodístico de su vida o de la de cualquier otro periodista?
Que el lector piense en la primera vez que lo leyó y sea sincero. ¿Se imaginaba, entonces, que aquello era cierto y que había que aceptarlo como el evangelio?
Pronto comprobamos nuestro error. La reacción producida por aquella disparatada historia fue rápida y sorprendente. Apenas llevaba una hora el Informativo en las calles cuando nuestros teléfonos comenzaron a sonar.
Esto, en sí, no era raro. Cualquier artículo fuera de lo corriente destapa una docena de chiflados. Debemos descontar la confirmación aportada por un astrónomo aficionado local que nos comunicó haber comprobado la veracidad de la observación de Abramson. Esta información, posiblemente seria, se vio sepultada bajo una docena de informes igualmente sinceros, pero a los que había que prestar mucho menos crédito, procedentes de otros tantos "testigos" visuales que también aseguraban haber visto un ave gigantesca que cruzaba los cielos durante la noche. La mitad de estos comunicantes describían las características del ave; uno de ellos aseguraba incluso haber oído su llamado.
Dos antiguos localizadores de aviones pertenecientes a la defensa civil nos llamaron para identificar el objeto como un B-29 y un súper reactor ruso. Aunque ambas identificaciones no coincidían, sus autores las presentaban con igual aplomo. Un miembro de la Sociedad Audubon identificó el pájaro con una figura de color rubí que, en su opinión, alguien había situado ante el telescopio cuando funcionó la cámara fotográfica. Un predicador ambulante de un oscuro culto se presentó en nuestra redacción para informarnos con gozo salvaje que aquél era el auténtico pájaro profetizado en el Libro de las Revelaciones y que el fin del mundo sonaría de un momento a otro.
Estos eran los chiflados. Pero lo que resulta extraño es que las llamadas que llegaron a nuestra redacción durante las próximas veinticuatro horas no proviniesen de desequilibrados ni fanáticos. Algunas eran de gran importancia, no sólo para sus instigadores, sino para el mundo científico y la Humanidad en general.
Habíamos enviado un extracto de la noticia a la Asociación de Prensa. Con gran asombro por nuestra parte, esa agencia nos solicitó inmediatamente más material informativo, incluyendo copias de las fotografías de Abramson. Las grandes revistas nacionales se mostraban aún más ansiosas. Enviaron por avión a sus redactores a la capital y habían pedido a Abramson una segunda versión de su relato, antes que nosotros pudiésemos darnos cuenta que habíamos lanzado la noticia más sensacional del año.
Entretanto, y lo que es aún más importante, los astrónomos esparcidos por todo el mundo enfocaron sus telescopios a la zona donde el Doctor Abramson había localizado el extraño objeto. Y antes de veinticuatro horas, para gran consternación de aquellos que, como Smitty y yo, habíamos considerado aquello como una broma descomunal, empezaron a llegar confirmaciones de todos los observatorios que gozaban de buenas condiciones para la observación. Por si aún fuese poco, los matemáticos comprobaron los cálculos de Abramson acerca de la velocidad y trayectoria del objeto. El pájaro, cuyo tamaño, según los cálculos, era mayor que el de cualquier planeta del Sistema Solar, se hallaba en la proximidades de Plutón y se acercaba al Sol a una velocidad de más de doscientos millones de kilómetros por día.


A fines de la primera semana, el pájaro era visible a través de un telescopio mediano. La historia fue creciendo como una bola de nieve que al rodar se llevaba todo cuanto encontraba a su paso. Un sujeto que se presentó como miembro de la Sociedad Forteana llegó a nuestra redacción blandiendo un mamotreto en el que nos señaló una docena de párrafos que, según él, demostraban que objetos similares se habían visto en el cielo sobre diversos lugares del mundo, en un período que abarcaba varios centenares de años.
El Comité central de la P.T.A. publicó un quejumbroso manifiesto en el que lamentaba la existencia del periodismo sensacionalista y su funesto efecto sobre la juventud de nuestra patria. Las Hijas de la Revolución Americana aprobaron una resolución según la cual se calificaba a la extraña imagen como una nueva arma secreta de los dirigentes del Kremlin, pidiendo que se tomasen medidas inmediatas, indefinidas pero drásticas, por parte de las autoridades. Una junta especial de la Asociación local de Clérigos nos visitó para advertirnos que la patraña que habíamos puesto en circulación minaba la fe religiosa de la comunidad; nos pidieron que publicásemos una retractación completa en nuestro próximo número.
A aquellas alturas, esto constituía ya una completa imposibilidad. Antes de terminar la segunda semana, bastaban unos gemelos para ver aquella mancha negra en el cielo. A medianoche de la tercera semana se la podía distinguir a simple vista. En las calles se formaron compactos grupos cuando esto se supo y, los que estaban dotados de una vista de lince, aseguraban distinguir el rítmico batir de aquellas tremendas alas, que entonces eran ya familiares a todos debido a las docenas de fotografías que se habían publicado en todos los periódicos y revistas de alguna importancia.
El cadencioso batir de aquellas alas monstruosas era uno más de los misterios inexplicables, al menos por el momento, que rodeaban a aquel ser del más allá. Por más que se esforzaban los físicos por asegurar que de nada sirven las alas en el vacío y que el vuelo alado sólo es posible donde existen corrientes aéreas sustentadoras, el hecho es que el pájaro volaba. Si aquellas alas colosales se agitaban, como algunos creían, en una atmósfera interestelar desconocida para la ciencia terrestre, o si batían sobre rayos de luz o haces de cuantos, como otros pretendían, esto no eran más que bagatelas ante aquel único hecho firme e incontrovertible: El pájaro volaba.
Al comenzar la cuarta semana, el ave del espacio alcanzó Júpiter y lo empequeñeció. Era un siniestro intruso negro, igual en tamaño a cualquiera de los vecinos cósmicos que el hombre conocía.
Abramson y yo estábamos a solas en su despacho. El astrónomo estaba fatigado y me pareció que algo enfermo. Su sonrisa era precaria y sus palabras habían perdido su viveza y animación.
-Bueno; ya tengo lo que quería, Flaherty -admitió-. Quería una acción pronta e inmediata y ya la tengo. Aunque no puedo imaginar para qué nos servirá. El mundo reconoce el peligro en que se halla, pero se ve impotente para conjurarlo.
-Atravesó el cinturón de asteroides -dije- y ahora se aproxima a Marte, sin dejar de avanzar hacia el Sol. Todos se preguntan por qué su presencia en el interior del Sistema Solar no altera las leyes de la mecánica celeste. Según dichas leyes, debiera haber producido un verdadero cataclismo. Un ser de ese tamaño, con su fuerza de atracción...
-Desecha los viejos conceptos, muchacho. Ahora nos enfrentamos con algo nuevo y extraño. ¿Quién conoce las leyes que gobiernan al Pájaro del Tiempo?
-¿El Pájaro del Tiempo? Me parece recordar esa frase.
-Claro -Con voz lúgubre citó-: "El Pájaro del Tiempo apenas tiene luz para el vuelo y, ¡mira!, ya sus alas está tendiendo al cielo".
-Eso es de los versos del Rubáiyát -dije, acordándome de pronto.
-Sí. Como usted sabe, Omar era astrónomo además de poeta. Debió de saber, o conjeturar, algo de esto. - Abramson indicó el cielo con un gesto-. A decir verdad, muchos antiguos parecían saber algo sobre esto. Durante estas últimas semanas he realizado muchas averiguaciones, Flaherty. Es sorprendente el número de referencias que se hallan en antiguos textos acerca de una enorme ave del espacio; referencias que hasta hace poco no parecían tener mucha importancia, pero ahora encierran un significado muy grave.
-¿Puede citarme algunas?
-Son principalmente mitos y leyendas. Existieron en un centenar de razas desaparecidas. El mito maya de la golondrina del espacio, el Quetzalcóatl tolteca, el pájaro de fuego ruso, el fénix de los griegos.


-Aún no sabemos si es un pájaro -argüí.
Él se encogió de hombros.
-Poco importa que sea un pájaro, un mamífero gigante, un pterodáctilo o cualquier otro ser semejante construido a escala cósmica. Quizá sea una forma biológica ajena a todo cuanto conocemos, algo que sólo podemos intentar describir en términos terrestres mediante analogías conocidas. Los antiguos lo llamaron pájaro. Los fenicios rendían culto al pájaro que era y volverá a ser. Los persas se refirieron al fabuloso roc. Existe una leyenda aramea sobre el ave gigantesca que gobierna y engendra mundos.
-¿Engendra a los mundos?
-¿Qué otra cosa podría motivar su venida? -inquirió el sabio-. ¿Es qué no le dice nada su enorme tamaño? -Me dirigió una pensativa mirada antes de añadir-. Flaherty, ¿qué es la Tierra?
La extraña pregunta me sorprendió.
-Pues el mundo en que vivimos. Un planeta.
-Sí. ¿Pero qué es un planeta?
-Una unidad del Sistema Solar. Un miembro de la familia del Sol.
-¿Está usted seguro? ¿O se limita a repetir de memoria lo que le enseñaron en la escuela? 
-Sí, repito lo que me enseñaron. ¿Pero qué otra cosa podría ser?
-Nuestro globo -me respondió a regañadientes- pudiera no formar parte de la familia solar. Se han esbozado muchas teorías, Flaherty, para explicar la existencia de la Tierra en este minúsculo segmento del universo que llamamos Sistema Solar. Ninguna de ellas puede demostrarse que sea falsa. Mas por otra parte, tampoco puede demostrarse que sean ciertas.
»Para empezar, tenemos la hipótesis nebular; la teoría según la cual la Tierra y sus planetas hermanos nacieron al contraerse el Sol. En realidad, eran pequeños glóbulos de materia solar que se enfriaron en órbitas abandonadas por su progenitor, que al condensarse se contraían. Un último retoque de esta teoría nos convierte en el producto de materiales procedentes de un sol gemelo al nuestro.
»Las teorías planetesimales y de las mareas están basadas en la presunción que, en tiempos remotísimos, otro sol pasó rozando al nuestro y que los planetas sólo son los retoños de aquel antiguo y ardiente encuentro en el espacio.
»Cada una de estas teorías tiene sus partidarios y sus detractores; cada una tiene sus comprobantes y sus dificultades. Ninguna de ellas puede demostrarse o refutarse totalmente.
»Pero... -y se agitó inquieto- existe otra posibilidad que, por cuanto he podido saber, nunca ha sido abordada, pese a que es tan válida como una cualquiera de las que he mencionado. Y a la luz de lo que ahora sabemos, me parece más probable que cualquier otra.
»Según esta teoría, ni la Tierra ni los restantes planetas tendrían algo que ver con el Sol. Ni forman ni han formado parte jamás de su familia. El Sol no sería más que una comodidad puesta en el espacio.
-¿Una comodidad? -pregunté con el ceño fruncido-. ¿Una comodidad para quién?
-Para el pájaro -respondió Abramson sin la menor alegría-. Para el gran pájaro que es nuestro progenitor. Imagínese usted, Flaherty, que el Sol no es más que una incubadora cósmica. Y que el mundo sobre el que vivimos no es más que... un huevo.
Lo miré de hito a hito.
-¿Un huevo? ¡Qué cosa tan fantástica!
-¿Le parece fantástica? Pues mire esas fotografías, lea los artículos de los periódicos, vea con sus propios ojos cómo se aproxima el pájaro y después de esto diga si puede existir algo más increíble aún que lo que nos está sucediendo.
-¡Pero un huevo! Los huevos tienen una forma característica, ovoide.
-Los huevos de algunos pájaros, sí. Pero los del chorlito tienen forma de pera, los de la ganga son cilíndricos y los del somormujo son bicónicos. Hay huevos en forma de huso y de lanza. Los huevos de los búhos y de los mamíferos son generalmente esferoides. Como lo es la Tierra.
-¡Pero los huevos tienen cáscara!
-La Tierra también. La corteza terrestre sólo tiene un espesor de sesenta y cinco kilómetros. Grosor que, para un cuerpo de su tamaño, es comparable totalmente al que tiene el cascarón de un huevo. Además, es un cascarón liso. La mayor altura terrestre está constituida por el Monte Everest, con ocho mil metros y algo más; su mayor profundidad es la fosa de las Carolinas en el Pacífico, con cerca de once mil. Una variación máxima de menos de veinte kilómetros. Para notar estas irregularidades en un modelo a escala reducida de la Tierra se requeriría el tacto delicadísimo de un ciego, pues ni la mayor altura ni la mayor profundidad serían apenas perceptibles.
-Sin embargo -dije con desesperación- no es posible que tenga usted razón. Ha pasado por alto el hecho más importante. ¡Los huevos contienen vida! Los huevos albergan los embriones del ser que los engendró. Los huevos se resquebrajan y...
Me interrumpí súbitamente. Abramson asintió, balanceándose en su vieja y crujiente silla giratoria, que crujía al compás de su monótono ademán de asentimiento. Había tristeza en su mirada y en su voz cuando dijo cansadamente:
-Aun así. Aun así...


Así fue como lancé mi segundo artículo sensacional. Aún fui lo bastante estúpido como para tratar de quitarle importancia; ahora no lo hubiera hecho. Aunque ahora todo me parece distinto. Creo que el lector me comprenderá. La llegada del pájaro fue algo tan extraordinario, tan descomunal, que empequeñeció e hizo parecer insignificante todo lo que antes nos parecía grande, importante y capaz de hacer temblar al mundo.
¡Capaz de hacer temblar al mundo!
Seré breve. Ya sé que relatar esta historia es perder el tiempo. Sin embargo, es posible que en ella existan algunos hechos aislados que el lector no conozca. Y, además, tengo que hacer algo, lo que sea, para dejar de pensar.
El lector recordará aquella fúnebre cuarta semana y la manera como el pájaro se iba acercando inexorablemente. Entonces fue cuando se resolvió llamarlo pájaro. Nadie estaba seguro de si era un ave u otro tipo de animal alado, pero los hombres están acostumbrados a dar nombres familiares a las cosas. Y aquella esbelta forma negra de tremendas alas, patas provistas de espolones y un pico largo, cruel y encorvado, parecía más un pájaro que otro animal cualquiera.
Además, había que tener en cuenta la teoría de Abramson sobre el mundo-huevo. El público, al conocerla, la puso en duda con la furiosa esperanza de que fuese falsa, pero temiendo en el fondo que fuera cierta. Importantes personajes preguntaron qué se podía hacer. Consultaron a Abramson y éste les dio su consejo, reconociendo que podía equivocarse. Pero si tenía razón, sólo había una esperanza de salvación: La vida que albergaba la Tierra en su seno debía ser extinguida.
Ante un comité especial nombrado por el presidente para hacer frente a la situación, Abramson dijo:
-Es mi creencia que el pájaro ha venido para buscar su cría, encerrada en el huevo que depositó Dios sabe cuántos millones de años hace, junto a esa cálida incubadora que es nuestro Sol. Su sabiduría o su instinto le dice que ha llegado el momento en que el polluelo debe romper el cascarón, y ha venido para ayudar a su cría a salir de su encierro.
»Pero sabemos que las hembras de los pájaros no rompen por sí solas el cascarón de sus huevos. Se limitan a ayudar al polluelo a salir de su cascarón, pero ellas nunca iniciarán la acción liberadora. Provistas de un curioso sentido, parecen saber cuáles son los huevos que no albergan vida en su interior, para apartarse de ellos sin tocarlos.
»Aquí, señores, reside nuestra única esperanza. La corteza terrestre tiene un espesor de sesenta y cinco kilómetros. Disponemos de nuestros ingenieros y técnicos; tenemos también la bomba atómica. Si la Humanidad tiene que vivir, el huésped del que nosotros solamente somos unos parásitos debe morir. Ésta es la solución que ofrezco. El resto les compete a ustedes.
Los dejó enzarzados en sus discusiones en el Capitolio de Washington y regresó a su casa. Según me dijo al día siguiente, abrigaba pocas esperanzas de que se llegase a un acuerdo concreto con tiempo suficiente. Creo que Abramson, por lo que pude ver, ya se había resignado a lo inevitable, entregando la Humanidad a su suerte con una triste sonrisa. Una vez me dijo que la burocracia había llegado a su final, sentenciándose a muerte con su propio papeleo.
Entretanto, el pájaro seguía avanzando hacia el Sol. Al día vigesimoctavo alcanzó su mayor proximidad con la Tierra y pasó de largo. Ni yo sé ni los científicos pudieron explicar por qué nuestro globo no saltó en pedazos a consecuencia de la atracción de aquella masa gigantesca. Quizás porque la ley de Newton no pasa de ser una teoría, sin aplicación práctica. No lo sé. Si hubiese tiempo, valdría la pena examinar de nuevo los hechos y descubrir la verdad acerca de ésta y otras cosas. Sea como fuere, la verdad es que sufrimos muy poco a causa de su proximidad. Hubo grandes mareas y fortísimos vendavales; las partes de la Tierra propensas a terremotos experimentaron algunos ligeros temblores. Y ahí terminó todo.
Entonces conseguimos una especie de tregua. Todo el mundo se acuerda de cómo el pájaro se detuvo en su vuelo inalterable para cernerse durante dos días enteros sobre el menor de los planetas de nuestro sistema, el que llamamos Mercurio. En realidad, parecía como si buscase algo, volando en amplio círculo entre Mercurio y el Sol.
Abramson opinaba que buscaba algo, algo que no podía encontrar porque ya no se encontraba allí. Según dijo Abramson, unos astrónomos creían que en otros tiempos hubo un planeta que giraba entre Mercurio y el Sol. Algunos observadores del cielo lo vieron hasta fecha tan reciente como el siglo XVIII, llamándolo Vulcano. Este planeta había desaparecido; quizás cayó en el Sol, según opinaba Abramson. Y ésta es también la conclusión a que pareció llegar el pájaro, porque tras una inútil búsqueda, se alejó del Sol para acercarse al más próximo de sus retoños que aún permanecía intacto.
¿Debo recordar aquí lo que sucedió aquel día espantoso? Creo que no, pues ningún hombre viviente olvidará jamás lo que vio entonces. El pájaro se aproximó a Mercurio, deteniéndose para cernerse inmóvil sobre un planeta que parecía una simple mota bajo la sombra de aquellas alas gigantescas. En las calles, los hombres lo vieron. Yo lo vi con mayor detalle, porque estaba junto a Abramson en el observatorio de la Universidad, observando la escena con ayuda de un telescopio.
Vi la primera y delgada grieta que corrió por la superficie de Mercurio, y el curioso licor fluido que rezumaba de aquel mundo moribundo. Observé la espeluznante eclosión de aquel ser pequeño, húmedo y huesudo -grosero simulacro de su monstruosa madre-, del huevo en el que había permanecido durante un período de tiempo incalculable, pues tan largo era el período de gestación de un ser tan vasto como el espacio y tan antiguo como el tiempo. Vi como la madre tendía su gigantesco pico para ayudar a su cría a librarse de su cascarón, ya innecesario; me quedé horrorizado al ver salir de él al monstruoso engendro que agitó tímidamente sus alas aún inseguras, secándolas bajo los rayos abrasadores del astro que fue su incubadora.
Y vi como los desgarrados jirones de un mundo caían en espiral hacia el sol, que se convirtió en su pira mortuoria.


Fue entonces cuando finalmente la Humanidad se decidió a entrar en acción. Los que aún dudaban terminaron por convencerse, los que ponían objeciones al plan de Abramson, so pretexto de "gastos innecesarios" y proyectos disparatados, fueron reducidos al silencio. Quedaron olvidados egoísmos y ambiciones, diferencias políticas y luchas internas. El mundo condenado tembló al borde del abismo, y una raza de parásitos decidió vender caras sus vidas.
En las grandes llanuras desérticas de Norteamérica se erigió frenéticamente el complicado mecanismo que debía realizar el más grande proyecto de la Humanidad, la Operación Vida. Llegaron hasta aquel desierto mineros, ingenieros, constructores, físicos nucleares, técnicos en operaciones de perforación y sondeo. Todos juntos comenzaron su tarea, trabajando noche y día con una celeridad que hasta entonces se había considerado imposible. Allí siguen trabajando en estos momentos, en este preciso instante, mientras yo escribo estas líneas. Luchan con desesperación para ganar un segundo, se esfuerzan por todos sus medios y recursos para alcanzar y destruir, antes que venga el pájaro, la vida que alberga nuestro mundo.
Hace una semana el pájaro se trasladó a Venus. Durante estos siete días hemos observado su progreso. No podemos ver gran cosa a través del velo de brumas eternas que rodea a nuestro planeta hermano, así que no sabemos en qué ha estado ocupado el pájaro durante un tiempo que nos ha sido precioso. Sea lo que sea lo que le ha retenido, estamos contentos con su demora. Esperamos y vigilamos. Y mientras vigilamos, no dejamos de trabajar. Y mientras trabajamos, elevamos nuestros ruegos al Cielo.
Así es que no puedo hablar propiamente de un fin de este relato. Como ya he dicho más arriba, no sé por qué me molesto en escribirlo. La solución aún no está preparada. Si triunfamos en nuestro empeño, habrá tiempo más que suficiente para referirlo todo con detalle; el relato completo y bien documentado de la batalla que actualmente se libra en los cálidos arenales de Arizona. Y si fracasamos... Entonces este relato ya no tendrá ninguna razón de ser, pues no habrá nadie para leerlo.
Lo que más inquietud nos causa no es precisamente el pájaro. Si cuando venga desde Venus encuentra aquí un cascarón silencioso e inanimado, pasará de largo, según creemos y esperamos, en dirección a Marte, a Júpiter y los mundos exteriores.
Esperamos que así todo termine felizmente. Muy pronto nuestros taladros atravesarán la corteza terrestre, para penetrar más allá de ella y clavarse en los tegumentos del monstruo que dormita en el seno de nuestro mundo.
Mas otra inquietud nos atormenta. ¿Y si antes que la madre se aproxime su cría se despierta y trata de liberarse del cascarón que lo aprisiona? Si tal cosa ocurriese, nos ha advertido Abramson, nuestro trabajo debe proseguirse con la celeridad del rayo. En cuanto la cría comience a golpear, hay que matarla, o de lo contrario la suerte de la Humanidad está echada.
Y he aquí la otra razón que me impele a escribir: Evitar que me asedien pensamientos que no quiero oír. Porque...
Porque a primeras horas de esta mañana se han empezado a escuchar golpes en la tierra.


FIN