2023/05/08

El dragón (Ray Bradbury)


Título original: The dragon 
Año: 1955


La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes.
Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.
-¡No, idiota, nos delatarás!
-¡Qué importa! -dijo el otro hombre-. El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
-Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos…
-¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
-¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.
-¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
-¡Espera, escucha!
Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente, suavemente.
-Ah… -el segundo hombre suspiró-. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien apaga el sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios, escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?
-¡Suficiente, te digo!
-¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.
-Novecientos años después de Navidad.
-No, no -murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados-. En este páramo no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos ampare!
-¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
-¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados.


Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza.
En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
-Mira… -murmuró el primer hombre-. Oh, mira, allá.
A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: El dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
-¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
-¡Pasará por aquí!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballos.
-¡Señor!
-Sí; invoquemos su nombre.
En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió su carrera.
-¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.

-¿Viste? -gritó una voz-. ¿No te lo había dicho?
-¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
-¿Vas a detenerte?
-Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la carne de gallina. No sé que siento.
-Pero atropellamos algo.
El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una ráfaga de humo dividió la niebla.


-Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.


FIN

2023/05/01

Un bloque espacioso (Richard Matheson)


Titulo original: Shipshape home
Año: 1952


—El conserje me da escalofríos —dijo Ruth cuando entró en casa aquella tarde.
Levanté la vista de la máquina de escribir mientras ella dejaba las bolsas en la mesa. Me miró. Yo estaba rematando el segundo borrador de un cuento.
—Te da escalofríos —dije.
—Sí. Esa forma tan sigilosa que tiene de moverse… Es como Peter Lorre o alguien así.
—Peter Lorre —repetí, aún inmerso en el argumento.
—Cariño —me urgió—, hablo en serio. Ese hombre es muy raro. 
Salí de la niebla creativa con un parpadeo.
—Cielo, el pobre no tiene la culpa de tener esa cara —dije—. Le viene de familia. Déjalo en paz.
Ruth se dejó caer en una silla junto a la mesa, empezó a sacar la comida de las bolsas y a amontonar latas.
—Escúchame —dijo.
Lo veía venir, por ese tono tan serio que adopta. Aunque ya ni se dé cuenta, lo emplea siempre que va a hacerme una de sus "revelaciones".
—Escúchame —repitió. Énfasis dramático.
—Sí, cariño. 
Apoyé un codo en la tapa de la máquina de escribir y la miré con paciencia.
—Ya pones esa cara. Siempre me miras como si fuera una niña idiota o algo parecido —Sonreí. Débilmente—. La noche que ese hombre entre sin hacer ruido con un hacha y nos descuartice, te arrepentirás.
—No es más que un pobre hombre que se gana la vida fregando suelos y alimentando las calderas.
—La calefacción es de petroleo —objetó Ruth.
—Bueno, pero si tuviéramos caldera, la alimentaría. Seamos comprensivos. Trabaja, como nosotros. Yo escribo cuentos; él friega suelos. ¿Quién juzga qué es más importante?
—De acuerdo —dijo con un gesto de rendición. Parecía decepcionada—. Si no quieres afrontar los hechos…
—Que son… —la pinché. Pensé que sería mejor que lo soltara antes de que le corroyera el cerebro.
—Escúchame —dijo, entornando los párpados—. Ese hombre está aquí por algo. No es conserje. No me sorprendería que…
—¿Que este bloque de apartamentos fuera la tapadera de una casa de apuestas? ¿Un escondite para los quince mayores enemigos públicos? ¿Una clínica de abortos? ¿La guarida de un falsificador? ¿Un centro de reunión de asesinos?
Ruth estaba ya en la cocina. Trasteaba con latas y cajas, y las metía en la despensa.
—De acuerdo —Estaba usando aquel tono de "no vengas a llorarme cuando te asesinen"—. Que no se diga que no lo he intentado. Si estoy casada con una pared, no es culpa mía.
Entré en la cocina, la abracé por la cintura y le besé el cuello.
—Para ya —me dijo—. No vas a distraerme. El conserje es… 
Se volvió y me miró.
—Estás hablando en serio —le dije, y se le oscureció el rostro.
—Cielo, pues claro que sí. Ese hombre me mira raro.
—¿Cómo?
—Oh —Meditó un momento—. Como si… Como si estuviera esperando algo. 
Me reí entre dientes.
—No puedes culparlo.
—Vamos, es en serio.
—¿Recuerdas aquella vez que creíste que el lechero era un asesino de la mafia? —le pregunté.
—¿Qué más da eso?
—Lees demasiadas noveluchas de misterio —le dije.
—Te arrepentirás.
Volví a besarle el cuello.
—Vamos a comer —le dije. Ella gruñó.
—No sé por qué te cuento nada…
—Porque me quieres —le dije.
—Me rindo —musitó, cerrando los ojos, con la paciencia de un santo condenado a la hoguera. La besé.
—Vamos, cielo, ya tenemos bastantes problemas.
—De acuerdo —cedió, resignada.
—Bien. ¿A qué hora vendrán Phil y Marge?
—A las seis —respondió ella—. He preparado cerdo.
—¿Asado?
—Ajá.
—Me apunto.
—Ya te habías apuntado.
—En tal caso, me vuelvo a la máquina de escribir.
Mientras me exprimía el cerebro para redactar otra página, la oí murmurar para sí en la cocina. No entendí todo lo que decía; sólo capté una profecía nefasta.
—Nos matará mientras dormimos o algo parecido.

—No, es una ganga —comentó Ruth aquella noche mientras cenábamos.
Sonreí a Phil, y él me devolvió la sonrisa.
—Yo también lo creo —coincidió Marge—. ¿Dónde se ha visto un departamento de cinco habitaciones totalmente amueblado por sesenta y cinco dólares al mes? Con cocina, frigorífico, lavadora… Es increíble.
—Chicas —dije—, no le busquemos tres pies al gato y disfrutemos de la ocasión.
—¡Oh! —Ruth sacudió su preciosa cabeza rubia—. Si te dijeran que van a regalarte un millón de dólares, seguro que lo aceptarías.
—Pues claro que sí —respondí—. Y después correría como alma que lleva el diablo.
—Eres un inocente. Crees que la gente es… Es…
—Normal —dije yo.
—¡Crees que todo el mundo es Papá Noel!
—Es un poco raro —intervino Phil—. Piénsalo, Rick.
Lo pensé. Un piso de cinco habitaciones, nuevo, con buenos muebles y vajilla. Fruncí los labios. Uno puede perder la perspectiva si pasa el día pegado a la máquina de escribir. Quizá fuera cierto. Sin embargo, meneé la cabeza. Entendía qué querían decir. Pero, evidentemente, no iba a reconocerlo. ¿Y estropear la batallita con Ruth? Jamás.
—Creo que es demasiado caro —dije.
—¡Ay, Dios! —Ruth estaba tomándoselo en serio, como siempre—. ¡Demasiado! ¡Cinco habitaciones! Muebles, vajilla, sábanas, manteles, ¡un televisor! ¿Qué más quieres? ¿Piscina?
—¿Una pequeña? —apunté con docilidad. Ruth miró a Marge y a Phil.
—Vamos a hablar de esto con tranquilidad —les dijo—. Vamos a hacer como que la cuarta voz que oímos no es más que el viento soplando en los aleros.
—Soy el viento en los aleros —repetí.
—Escuchen —Ruth se puso otra vez a dar vueltas a sus presentimientos—. ¿Y si el lugar es un farsa? Quiero decir, ¿y si nos quieren aquí únicamente como tapadera? Eso explicaría el precio del alquiler. ¿Recuerdan la avalancha de gente que vino cuando empezaron a alquilar?
Me acordaba tan bien como Phil y Marge. Si conseguimos el departamento fue porque dio la casualidad de que pasábamos por allí cuando el conserje colocó el cartel, y entramos a preguntar. Recuerdo nuestra sorpresa al enterarnos del precio. Estábamos encantados. Parecía que estuviéramos en Navidad.
Fuimos los primeros inquilinos. Al día siguiente, aquello parecía el asedio de El Álamo. Es un poco difícil conseguir piso hoy en día.
—Yo creo que aquí hay gato encerrado —concluyó Ruth.
—¿Se han fijado en el conserje?
—Es un bicho raro —contribuí, suavemente.
—Desde luego —convino Marge, riendo—. Dios mío, parece sacado de una película de serie B. Esos ojos… Se parece a Peter Lorre.
—¿Ves? —proclamó Ruth, victoriosa.


—Chicos —dije, alzando una mano conciliadora—, si se llevan algo entre manos, dejemos que continúe. No se nos pide que participemos ni que lo soportemos. Estamos viviendo en un buen sitio a buen precio. ¿Qué vamos a hacer? ¿Investigarlo y echarlo todo a perder?
—¿Y si nosotros formamos parte de ese plan? —preguntó Ruth.
—¿Qué plan, cielo?
—No lo sé —respondió ella—. Pero noto algo.
—¿Recuerdas aquella vez que sentías que el baño estaba encantado y resultó ser un ratón?
—¿Tú también estás casada con un ciego? —le preguntó a Marge, empezando a recoger los platos.
—Todos los hombres están ciegos —respondió Marge mientras acompañaba a mi pobre vidente a la cocina—. Tenemos que aceptarlo.
Phil y yo encendimos un cigarrillo.
—Bromas aparte —dije de modo que las chicas no pudieran oírme—, ¿crees que de verdad hay algo raro?
—No lo sé, Rick —Phil se encogió de hombros—. Pero te diré una cosa: No es normal conseguir un piso amueblado por tan poco dinero.
—Ya —asentí.
"Ya", pensé, abriendo los ojos por fin. "No es normal".

A la mañana siguiente me detuve a charlar con el policía que patrulla nuestro barrio, Johnson. Me comentó que había bandas y bastante tráfico de droga, y que había que vigilar a los muchachos, sobre todo a partir de las tres de la tarde.
Es un buen tipo, muy divertido. Charlo con él siempre que salgo a la calle.
—Mi mujer sospecha que en nuestro bloque se traen algo entre manos —le dije.
—Yo también sospecho algo —respondió Johnson, muy serio—. Ha costado aceptarlo, pero he llegado a la conclusión de que tienen encerrados a niños de seis años a los que obligan a tejer cestas a la luz de las velas.
—Bajo el látigo de una bruja cadavérica —añadí yo.
Él asintió con tristeza y miró hacia ambos lados como un conspirador.
—No se lo dirá a nadie, ¿verdad? —me rogó—. Quiero destapar el caso yo solo.
—Johnson —dije, dándole unas palmaditas en el hombro—, su secreto está a salvo tras estos labios de acero.
—Se lo agradezco. 
Nos reímos.
—¿Cómo está su mujer? —me preguntó.
—Llena de sospechas —respondí—. Curiosea e investiga.
—Lo de siempre —dijo él—. Todo en orden.
—Sí. Creo que no la dejaré leer más revistas de ciencia ficción.
—¿Qué sospecha? —me preguntó.
—Oh —Sonreí—. No hace más que suposiciones. Cree que el alquiler es demasiado bajo. Dice que todo el mundo paga de veinte a cincuenta dólares más en esta zona.
—¿Es cierto?
—Sí —respondí, propinándole un puñetazo amistoso en el brazo—. No se lo diga a nadie. No quiero quedarme sin la ganga.
Me fui a comprar.

—Lo sabía —dijo Ruth—. Lo sabía.
Me miró fijamente por encima de un barreño lleno de ropa mojada.
—¿Qué sabías, cielo? —le pregunté, dejando en la mesa el paquete de folios que había salido a comprar.
—Este lugar es una tapadera —Ruth levantó una mano—. No digas ni una palabra. Limítate a escucharme.
Me senté y esperé.
—Sí, querida.
—Hay motores en el sótano —me dijo.
—¿Qué tipo de motores, cariño? ¿Reactores? 
Ella apretó los labios.
—Mira… —Empezó a molestarse—. Los he visto.
Y lo decía en serio.
—Yo también he estado ahí abajo, cielo —le dije—. ¿Cómo es que yo no he visto ningún motor?
No me gustó la forma en que Ruth miró a su alrededor, como si pensara que de verdad había alguien agazapado al otro lado de la ventana, escuchando.
—Están debajo del sótano —explicó, y yo la miré dubitativo—. ¡Maldita sea! —Se levantó—. Ven conmigo y te lo enseño.
Me llevó de la mano por el pasillo hasta el ascensor. Mientras descendíamos, estuvo muy seria y me apretaba la mano con fuerza.
—¿Cuándo los viste? —le pregunté, intentando ser amable.
—Al ir a lavar la ropa ahí abajo. Bueno, en el pasillo, cuando volvía con la ropa. De camino al ascensor vi una puerta entreabierta.
—¿Has entrado? —le pregunté. Ella me miró—. Has entrado —concluí.
—Bajé los escalones, había luz y…
—Y viste motores.
—Vi motores.
—¿Grandes?
El ascensor se detuvo, las puertas se abrieron y salimos.
—Ahora mismo verás lo grandes que son. 
Llegamos frente a una pared lisa.
—Estaba aquí.
La miré y golpeé la pared.
—Cielo…
—¡No te atrevas a decirlo! —me soltó—. ¿Nunca has oído hablar de puertas ocultas?
—Y la puerta, ¿estaba oculta en la pared?
—Puede que la pared sea deslizante y la tape —dijo Ruth. Se puso a darle golpecitos. A mí me pareció sólida—. ¡Maldita sea! —exclamó— Ya sé lo que vas a decirme.
No lo dije. Me limité a mirarla.
—¿Han perdido algo?
La voz del conserje, grave e insinuante, en efecto se parecía un poco a la de Peter Lorre. Ruth se sobresaltó; la había pillado por sorpresa. Yo también di un respingo.
—Mi esposa cree que hay una… —empecé a decir, nervioso.
—Estaba enseñándole cómo se cuelga un cuadro —me interrumpió Ruth a toda prisa. Se volvió haca mí y dijo—: Así es como se hace, cariño. Pones el clavo en ángulo, no recto. ¿Lo entiendes ahora? 
Me cogió de la mano.
El conserje sonrió.
—Hasta luego —me despedí, incómodo. Sentía sus ojos posados sobre nosotros mientras íbamos hacia el ascensor.
Cuando se cerraron las puertas, Ruth se volvió con rapidez.
—¡Y buenas noches! —estalló—. ¿Qué pretendes? ¿Que nos descubra?
—Cielo, ¿qué…? —Yo estaba pasmado.
—No importa —me dijo—. Ahí abajo hay motores. Motores enormes. Los vi, y él sabe que están ahí.
—Cariño, ¿por qué no…?
—Mírame —me dijo con rapidez. La miré. Con intensidad—. ¿Crees que estoy loca? Vamos, no lo pienses tanto.
Suspiré.
—Creo que tienes mucha imaginación. Lees esas…
—¡Ah! —murmuró. Parecía enojada—. Eres tan intratable como…
—Tú y Galileo.
—Te los enseñaré —prometió—. Bajaremos otra vez esta noche, cuando el conserje esté durmiendo. Si es que duerme.
Fue entonces cuando empecé a preocuparme.
—Cielo, para ya —le dije—. Vas a terminar por asustarme.
—Bien. Bien. Pensaba que tendría que haber un terremoto para que reaccionaras.

Pasé toda la tarde sentado delante de la máquina de escribir, pero no me salió nada. Estaba preocupado.
No lo entendía. ¿De verdad lo decía en serio?
"Está bien", pensé, "me lo tomaré en serio". Había visto una puerta que se habían dejado abierta por descuido. Eso era obvio. Si de verdad había unos motores enormes bajo el bloque de pisos, como decía, seguro que quien los hubiera instalado no quería que nadie supiera de su existencia.
La Calle Siete Este. Un bloque de pisos. Y unos motores enormes debajo.
¿Podía ser cierto?

—¡El conserje tiene tres ojos!
Temblaba, blanca como una sábana. Me miraba como un niño que acabara de leer su primer cuento de terror.
—Cielo… —La abracé. Estaba asustada.
Yo también tenía un poco de miedo, y no precisamente por la posibilidad de que el conserje tuviera tres ojos. No dije nada. ¿Qué puede decir uno cuando su mujer le viene con una historia semejante?
Tardó un buen rato en reaccionar.
—Ya sé que no me crees —musitó, insegura. Tragué saliva.
—Cariño… —dije en vano.
—Vamos a bajar esta noche. Ahora sí que no podemos seguir esquivándolo. Esto es muy serio.
—No creo que debamos…
—Yo voy a bajar —me cortó, nerviosa, rayana en la histeria—. Te aseguro que ahí abajo hay motores. ¡Por Dios que hay motores!
Se echó a llorar. Temblaba sin control. Le acaricié la cabeza y la recosté en mi hombro.
—Tranquila, cariño. Tranquila.


Intentó decirme algo entre sollozos, pero no pudo. Más tarde, cuando se calmó, la escuché. No quería trastornarla, y pensé que la forma más segura de evitarlo era escuchándola.
—Estaba en el vestíbulo —me contó—. Iba a ver si el cartero dejó algo. Ya sabes que, de vez en cuando, por las tardes, el cartero… —Se interrumpió—. No importa. Lo que importa es lo que pasó con el conserje.
—¿Qué? —le pregunté, pese a que me asustaba la respuesta.
—Me ha sonreído —prosiguió—. Ya sabes cómo: Con esa sonrisa empalagosa y asesina.
Lo dejé pasar sin discutírselo. Seguía creyendo que no era más que un tipo inofensivo con la mala fortuna de haber nacido con una cara digna de la familia Addams.
—¿Y? —pregunté—. ¿Qué más?
—Al pasar a su lado sentí un escalofrío, porque me miraba como si supiera algo de mí que yo ignoró. Me da igual lo que digas; así me sentí. Y después…
Se estremeció. Le cogí la mano.
—¿Después?
—Noté que me miraba.
Yo también lo había notado cuando nos lo habíamos encontrado en el sótano. Sabía a qué se refería; simplemente, uno sabía que aquel tipo estaba mirándolo.
—De acuerdo —concedí—. Eso me lo creo.
—Pero no vas a creer lo que viene ahora —me dijo en tono lúgubre. Se sentó muy recta y siguió hablando—. Cuando me volví para mirar, estaba alejándose de mí.
Presentí lo que se avecinaba.
—No creo… —empecé a decir sin convicción.
—Tenía la cabeza hacia delante, pero me miraba.
Tragué saliva. Estaba aturdido y le acariciaba una mano de forma mecánica.
—¿Cómo, cielo? —me oí preguntar.
—Tiene un ojo en la nuca.
—Cielo… —La miré con, reconozcámoslo, miedo. Una mente desatada puede extraviarse mucho.
Cerró los ojos, entrelazó las manos tras apartar la que yo le sostenía y apretó los labios. Vi que se le escapaba una lágrima del ojo izquierdo y le rodaba por la mejilla. Estaba pálida.
—Lo he visto —dijo en voz baja—. Que Dios se apiade de mí, le he visto el ojo.
No sé por qué seguí con el asunto. Para torturarme, supongo. Estaba deseando olvidarlo todo, fingir que no había sucedido.
—¿Por qué no lo hemos visto hasta ahora, Ruth? —le pregunté—. Le hemos visto la nuca muchas veces.
—¿De verdad? ¿De verdad?
—Mi amor, alguien tiene que habérsela visto. ¿Es que crees que nunca ha tenido a nadie detrás?
—El pelo se le había apartado, Rick. Y antes de salir corriendo vi que el pelo volvía a su sitio y se lo tapaba.
Me quedé sentado en silencio.
"¿Qué más puedo decir? ¿Qué se le puede decir a una esposa que habla así? ¿Que está chiflada? ¿Que está loca? ¿Recurrir al viejo y manido 'Has estado trabajando mucho'? Tampoco ha trabajado tanto. O tal vez sí ha trabajado mucho. Con la imaginación".
—¿Bajarás conmigo esta noche? —me preguntó.
—De acuerdo —le respondí en voz baja—. De acuerdo, mi amor. Y ahora, ¿por qué no te acuestas un rato?
—Estoy bien.
—Mí amor, acuéstate un rato —insistí con firmeza—. Iré contigo esta noche, pero ahora quiero que te acuestes.
Se levantó y se fue al dormitorio. Oí el chirrido de los muelles del colchón cuando se sentó en la cama; después subió las piernas y apoyó la cabeza en la almohada.
Fui poco después para cubrirla con una colcha. Estaba mirando el techo. No le dije nada. No creo que quisiera hablar conmigo.

—¿Qué hago? —le pregunté a Phil.
Ruth estaba dormida. Yo había salido al pasillo a hurtadillas.
—Puede que viera esos motores —me dijo él—. ¿Es posible?
—Sí, claro —repuse—. Pero también sabes que es posible que lo que suceda sea otra cosa.
—Mira, deberías bajar a ver al conserje. Deberías…
—No —respondí—. No podemos hacer nada.
—¿Vas a bajar al sótano con ella?
—Si insiste, sí. Si no, no.
—Mira, cuando vayan, vengan a buscarnos.
—No me digas que estás contagiándote —dije, observándolo con curiosidad. Me miró de un modo raro y se le movió la nuez.
—No… No se lo digas a nadie. —Miró a su alrededor antes de continuar—. Marge me ha dicho lo mismo, que el conserje tiene tres ojos.

Bajé a comprar helado después de cenar. Johnson paseaba por allí.
—Le hacen trabajar demasiado —le comenté cuando se acercó a mi lado.
—Se esperan problemas con las bandas —me dijo.
—Nunca he visto ninguna banda por aquí —repliqué, distraído.
—Pues las hay.
—Ah.
—¿Cómo está su mujer?
—Bien —mentí.
—¿Sigue creyendo que el bloque de pisos es una tapadera? —Soltó una carcajada. Yo tragué saliva.
—No. Creo se lo he quitado de la cabeza. Me parece que me ha estado tomando el pelo desde el principio.
Johnson asintió y se separó de mí en la esquina. Inexplicablemente, las manos me temblaron todo el camino de vuelta a casa. Y no dejé de echar miradas de reojo hacia atrás.

—Ya es la hora —dijo Ruth.
Protesté y me di media vuelta. Ella me dio un codazo. Me desperté atontado y miré la hora. Los números luminosos me indicaron que eran casi las cuatro de la mañana.
—¿De verdad quieres ir ahora? —le pregunté, demasiado adormilado para tener tacto.
Hubo un momento de silencio. Eso me despertó.
—Yo voy a bajar —musitó Ruth.
Me senté en la cama. La miré en la penumbra y el corazón empezó a latirme un poquito más rápido de la cuenta. Tenía la boca y la garganta secas.
—Bien —dije—. Espera a que me vista.
Ella ya estaba vestida. La oí hacer café en la cocina mientras me ponía la ropa. No hacía ruido. Es decir, no parecía que le temblaran las manos. Además, hablaba con lucidez. Pero cuando me miré en el espejo del baño, vi a un marido preocupado. Me lavé la cara con agua fría y me peiné.
—Gracias —le dije cuando me pasó una taza de café. Me quedé allí de pie, nervioso ante mi propia esposa. Ella no tomó café.
—¿Estás despierto ya? —me preguntó, y yo asentí.
Vi la linterna y el destornillador sobre la mesa de la cocina. Me terminé el café.
—De acuerdo —dije—. Vamos a zanjar este asunto. 
Sentí su mano en el brazo.
—Espero que… —empezó a decir, pero de inmediato apartó la cara.
—¿Qué?
—Nada —respondió ella—. Será mejor que vayamos ya.
Un silencio sepulcral reinaba en el edificio cuando salimos de casa. Estábamos a medio camino del ascensor cuando recordé a Phil y Marge. Se lo dije a Ruth.
—No podemos entretenernos más —objetó—. Pronto amanecerá.
—Espera un momento. Veré si están despiertos.
No dijo nada. Se quedó junto a la puerta del ascensor mientras yo regresaba por el pasillo y llamaba con suavidad a la puerta de su piso. No hubo respuesta. Miré por el pasillo.
Ruth no estaba ahí.
El corazón me dio un vuelco. Aunque estaba seguro de que no había ningún peligro en el sótano, me asusté.
—Ruth —murmuré, yendo hacia las escaleras.
—¡Espera un momento! —oí que gritaba Phil desde la puerta.
—¡No puedo! —repuse, bajando a toda prisa.
Cuando llegué al sótano, vi la puerta del ascensor abierta y la luz que salía del interior. Estaba vacío.


Miré a mi alrededor en busca del interruptor, pero no lo encontré. Avancé por el pasillo, a oscuras, tan deprisa como pude.
—¡Cielo! —susurré en tono apremiante—. Ruth, ¿dónde estás?
La encontré junto a un hueco de la pared. Era una puerta y estaba abierta.
—Y ahora deja de tratarme como si estuviera loca —me dijo con frialdad.
Abrí la boca y me noté una mano en la mejilla. Era la mía. Ruth tenía razón. Había unas escaleras y abajo se veía luz. Oí ruido, tintineos metálicos y unos extraños zumbidos.
—Lo siento —me disculpé, cogiéndola de la mano—. Lo siento.
—Está bien —Apretó la mía—. Ya está, no te preocupes. Aquí está pasando algo extraño.
Asentí, primero con la cabeza y luego en voz alta, tras darme cuenta de que Ruth no podía ver mi gesto en la oscuridad.
—Vamos a bajar.
—No me parece buena idea.
—Tenemos que averiguar qué pasa —me dijo, como si el problema fuera responsabilidad nuestra.
—Pero habrá alguien ahí abajo.
—Vamos a echar un vistazo, nada más —respondió ella.
Me empujó, y supongo que me sentí demasiado avergonzado para echarme atrás. Comenzamos a bajar. Entonces caí en la cuenta. Si Ruth tenía razón en lo de la puerta de la pared y los motores, entonces también la tendría en lo referente al conserje. Por tanto, realmente tendría…
Me parecía estar en un sueño.
"La Calle Siete Este", me dije de nuevo. "Un bloque de pisos de la calle Siete Este. Todo es cierto". Pero no logré convencerme por completo.
Nos detuvimos al pie de la escalera y observé. Motores, en efecto. Unos motores fantásticos. Y entonces supe de qué tipo de motores se trataba. También había leído algo sobre ciencia de verdad, no sólo ciencia ficción.
Me dio vueltas la cabeza. No es fácil asimilar algo así. Bajar de un edificio de ladrillo para entrar en semejante… almacén de energía. Me sobrepasaba.
No sé cuánto tiempo estuvimos allí, pero de repente me di cuenta de que debíamos salir y contarlo.
—Vamos —la urgí.
Mientras subíamos por la escalera, la cabeza se me revolucionaba como un motor de aquellos, hilando ideas con furia y rapidez. Todas eran demenciales… Todas eran aceptables. Incluso las más demenciales.
Cuando avanzábamos por el pasillo del sótano vimos que se acercaba el conserje.
Ya asomaban las primeras luces del alba, pero seguía reinando la oscuridad. Cogí a Ruth y nos agachamos detrás de un pilar de piedra. Contuvimos la respiración y escuchamos el ruido de los pasos que se aproximaban.
Pasó de largo. Llevaba una linterna, pero no barrió el pasillo con el haz. Iba derecho hacia la puerta.
Y entonces lo vi.
Cuando entró en el cerco de luz de la puerta abierta, se detuvo. Estaba de cara a la puerta. Estaba de cara a las escaleras.
Pero nos miraba.
Me dejó sin el poco aliento que me quedaba. Inmóvil, clavé la vista en el ojo de la nuca. Y, aunque no formara parte de una cara, aquel maldito ojo iba acompañado de una sonrisa. Una sonrisa despectiva, segura de sí misma, aterradora. Nos había visto, lo encontraba gracioso, y no iba a hacer nada.
Atravesó el umbral. La puerta se cerró y la pared se deslizó y la ocultó. Ruth y yo estábamos temblando.
—Lo has visto —dijo ella al cabo de un rato.
—Sí.
—Sabe que vimos esos motores. Pero no ha hecho nada. 
Seguimos hablando mientras subíamos en el ascensor.
—Quizá no tenga importancia —aventuré—. Quizá… —Me interrumpí al recordar los motores. Sabía qué eran.
—¿Qué vamos a hacer? —me preguntó. La miré. Estaba asustada. La abracé, pero yo también estaba asustado.
—Será mejor que nos larguemos de aquí —dije—. Y deprisa.
—Pero no hemos hecho el equipaje —objetó.
—Pues vamos a hacerlo. Nos iremos antes de que termine de amanecer. No creo que puedan…
—¿Puedan?
"¿Por qué he dicho eso?", me pregunté. "Puedan".

Tenía que tratarse de un grupo. El conserje no podía haber fabricado aquellos motores él solo.
Creo que lo que redondeaba mi teoría era el tercer ojo. Y cuando pasamos por casa de Phil y Marge, cuando nos preguntaron qué había ocurrido, les dije lo que pensaba. No creo que Ruth se sorprendiese mucho; estaba claro que a ella ya se le había ocurrido antes.
—Creo que este edificio es una nave —dije.
Me miraron. Phil sonrió, pero se puso serio cuando se dio cuenta de que no bromeaba.
—¿Qué? —dijo Marge.
—Sé que parece una locura —continué con un tono que parecía más el de mi mujer que el mío—. Pero son motores de cohete. No sé cómo demonios los han metido ahí abajo, pero… —Me encogí de hombros sin saber qué decir para explicarlo—. Tan solo sé que son motores de cohete.
—Eso no quiere decir que sea una… ¿nave? —Phil terminó con un hilo de voz. Había cambiado de afirmación a pregunta a mitad de frase.
—Sí —dijo Ruth.
Y yo me estremecí. Aquello parecía zanjarlo todo. Había tenido razón demasiadas veces los últimos días.
—Pero… —Marge se encogió de hombros— ¿Para qué?
—Yo lo sé —dijo Ruth, mirándonos uno a uno.
—¿Qué, cielo? —le pregunté con aprensión.
—El conserje no es humano. Eso lo sabemos. Ese tercer ojo lo convierte en…
—Entonces, ¿es verdad que lo tiene? —preguntó Phil, incrédulo.
—Sí —asentí—. Lo he visto.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó.
—No es humano —repitió Ruth—. Humanoide, sí, pero no terrícola. Puede que en realidad tenga el aspecto que aparenta. O puede que sea completamente distinto, tan distinto que haya tenido que cambiar de forma. Puede que se colocara ese ojo extra para vigilarnos sin que lo sepamos.
Phil se pasó una mano temblorosa por el pelo.
—Esto es una locura.
Se derrumbó en una silla. Las chicas lo imitaron. Yo no. No me sentía cómodo allí dentro; estaba convencido de que teníamos que ponernos el abrigo y salir corriendo. Pero ellos no parecían percibir ningún peligro inmediato. Al final me persuadí de que no sería tan grave esperar a que amaneciera. Entonces se lo diría a Johnson, o a alguien más. En aquellos momentos no podía pasar nada.
—Esto es una locura —repitió Phil.
—He visto los motores —dije—. Es verdad que están ahí. No podemos negarlo.
—Escuchen —dijo Ruth—, probablemente sean extraterrestres.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Marge, irritada. Vi que tenía miedo, y con motivo.
—Cielo —contribuí con voz débil—, has estado leyendo demasiadas revistas de ciencia ficción.
Ruth apretó los labios.
—No empieces otra vez con lo mismo —replicó—. Pensaste que estaba loca cuando me pareció que este sitio era sospechoso. Pensaste que estaba loca cuando te dije que había visto los motores. Pensaste lo mismo cuando te dije que el conserje tenía tres ojos. Pues resulta que tenía razón las tres veces. Y ahora, por favor, concédeme un poco de credibilidad.
No dije nada y ella continuó.
—Imaginemos que son de otro planeta —Utilizó otras palabras para no alarmar a Marge más de la cuenta—. Supongamos que quieren gente de la Tierra para experimentar. Para observarla —se corrigió rápidamente, no sé por qué. Como si la idea de que nos observasen unos conserjes extraterrestres de tres ojos fuera mucho más agradable—. ¿Qué mejor manera de conseguir gente que construir una nave espacial con aspecto de bloque de apartamentos, alquilarlos baratos y llenarlos en menos que canta un gallo? — Nos miró sin ceder un ápice—. Y después, un buen día, cuando todos estén dormidos, de madrugada…, adiós, Tierra.
La cabeza me daba vueltas. Era una locura, pero ¿qué podía decir? Tres veces había dudado como un listillo. Pero ya no podía permitírmelo. No merecía la pena el riesgo. Además, en el fondo estaba convencido de que tenía razón.
—Pero el edificio entero… —decía Phil— ¿Cómo van a levantarlo por los aires?
—Si son de otro planeta, puede que estén varios siglos por delante de nosotros en cuanto a viajes espaciales.
Phil iba a responder, pero se mordió la lengua.
—Pero no tiene aspecto de nave —dijo al fin.
—Es probable que el edificio sea un armazón que recubre la nave —repuse—. Sí, seguramente. Quizá la verdadera nave incluya sólo los dormitorios. Es lo único que necesitan; es donde estará todo el mundo de madrugada si…
—No —me cortó Ruth—. No pueden deshacerse del armazón sin que se entere todo el mundo.
Nos quedamos pensando en silencio, sumidos en una espesa nube de confusión y miedos informes. Informes porque no se puede concretar el miedo a lo desconocido.
—Escuchen —dijo Ruth. Me hizo estremecer. Tuve deseos de pedirle que no siguiera con sus horribles presentimientos. Tenían demasiado sentido—. Supongamos que sí es un edificio. Supongamos que la nave está en el exterior.
—Pero… —Marge estaba bastante perdida. Por eso se enfadaba— ¡No hay nada en el exterior de la casa! ¡Eso es evidente!


—Esa gente nos lleva mucha ventaja en conocimientos científicos —insistió Ruth—. Quizá dominen la invisibilidad de la materia.
Creo que todos a la vez nos revolvimos en las sillas, incómodos.
—Cielo… —dije.
—¿Es posible? —preguntó Ruth con decisión.
—Es posible —admití con un suspiro—. Sólo posible. 
Nos quedamos en silencio.
—Escuchen —repitió Ruth.
—No —la corté—, escucha tú. Puede que nos estemos pasando. Pero es cierto que hay motores en el sótano y que el conserje tiene tres ojos. Teniendo eso en cuenta, creo que nos sobran motivos para largamos. Enseguida.
Al menos, todos estuvimos de acuerdo en eso.
—Será mejor que se lo digamos a la gente del edificio —dijo Ruth—. No podemos dejarlos aquí.
—Tardaríamos demasiado —repuso Marge.
—Es necesario —dije—. Haz tú la maleta, cielo. Yo se lo diré. 
Fui a la puerta del piso y puse la mano en el pomo.
No giró.
Sentí un escalofrío de pánico. Agarré el pomo y tiré con fuerza. Por un momento, mientras luchaba contra el miedo, pensé que la puerta estaba cerrada por dentro. Lo comprobé.
Estaba cerrada por fuera.
—¿Qué pasa? —preguntó Marge con voz temblorosa. En su interior, un grito amenazaba con estallar.
—Está cerrada —dije.
Marge dio un respingo. Los cuatro nos miramos.
—Es cierto —dijo Ruth, horrorizada—. Oh, Dios mío, entonces todo es verdad.
Corrí a la ventana. Repentinamente, todo empezó a vibrar como si hubiera un terremoto. Los platos tintinearon y cayeron de los estantes. Oímos que se volcaba una silla en la cocina.
—¿Qué pasa? —gritó Marge.
Phil la sujetó cuando empezó a gemir. Ruth corrió hacia mí y nos quedamos donde estábamos, helados, mientras el suelo se movía bajo nuestros pies.
—¡Los motores! —gritó Ruth de repente—. ¡Los han encendido!
—Tienen que calentarse —aventuré, desesperado—. ¡Todavía podemos salir! 
Solté a Ruth y agarré una silla. Suponía que también habrían cerrado las ventanas.
Lancé la silla contra el cristal. La vibración aumentaba.
—¡Deprisa! —grité para hacerme oír sobre el ruido—. ¡Por la escalera de incendios! ¡Puede que logremos salir!
Empujados por el pánico, Marge y Phil cruzaron corriendo la habitación temblorosa. Más que ayudarlos a salir, casi los empujé por el agujero abierto en la ventana. Marge se rasgó la falda y Ruth se cortó los dedos. Yo salí último y me clavé un cristal en la pierna. Estaba tan alterado que ni lo noté.
Seguí empujándolos mientras bajábamos a toda velocidad por la escalera de incendios. A Marge se le clavó un tacón en la rejilla de un peldaño y se le partió. El zapato salió disparado. Ella, con la cara blanca y crispada de miedo, trastabilló y estuvo a punto de caerse por los escalones metálicos pintados de naranja. Ruth, que llevaba mocasines, bajaba detrás de Phil. Yo iba último y los guiaba a la desesperada.
Vimos a otras personas en las ventanas. Por encima y por debajo de nosotros oímos cristales rompiéndose Vimos a una pareja mayor escabullirse a toda prisa por el hueco de su ventana y comenzar a bajar. Nos frenaban.
—¡Vamos, por favor! —les gritó Marge, furiosa, y ellos volvieron la cabeza, asustados.
Pálida, Ruth se giró para buscarme con la mirada.
—¿Estás aquí? —preguntó con rapidez. Le temblaba la voz.
—Estoy aquí —respondí sin aliento. Tenía la sensación de que en cualquier momento me desmayaría sobre los escalones, que parecían no tener fin.
Una escalerilla remataba la escalera de incendios. La anciana saltó de ella, cayó como un fardo y gritó de dolor al torcerse el tobillo. Su marido se arrojó a continuación y la ayudó a levantarse. El edificio vibraba con fuerza. Vimos desprenderse el polvo de entre los ladrillos.
Uní mi voz a la de todos, que gritábamos lo mismo:
—¡Deprisa!
Vi caer a Phil. Atrapó con torpeza a Marge, que lloraba de miedo.
—¡Oh, gracias a Dios! —la oí articular apenas tuvo los pies en el suelo.
Los dos se alejaron por el callejón. Phil se giró para mirarnos, pero Marge tiró de él.
—¡Déjame bajar a mí primero! —le dije precipitadamente a Ruth.
Se apartó, y yo me colgué de la escalera y me solté; sentí un pinchazo en los empeines y un ligero dolor en los tobillos. Miré hacia arriba y extendí los brazos para cogerla.
Un hombre, detrás de Ruth, intentaba apartarla para saltar.
—¡Cuidado! —le grité como un animal enfurecido, reducido a aquel estado por el miedo y la preocupación. De haber tenido una pistola, le habría disparado.
Ruth dejó bajar al hombre, que se levantó del suelo como pudo, con la respiración febril, y corrió por el callejón. El edificio vibraba y se tambaleaba. El rugido de los motores llenaba el aire.
—¡Ruth! —grité.
Ella saltó y la cogí. Recuperamos el equilibrio y corrimos por el callejón. Yo casi no podía respirar. Notaba una punzada en el costado.
Mientras corríamos por la calle, vimos a Johnson entre la gente desperdigada, intentando reunirla.
—¡Por aquí! —decía—. ¡Tranquilos! 
Corrimos hacia él.
—¡Johnson! —lo llamé—. La nave está…
—¿La nave? —preguntó, con incredulidad.
—¡La casa! ¡Es un cohete! Es… —El suelo tembló con fuerza.
Johnson se volvió para coger a alguien que salía corriendo. Se me cortó la respiración. Ruth ahogó un grito y se llevó las manos a las mejillas.
Johnson nos miraba con su tercer ojo, el que iba acompañado de una sonrisa.
—No —susurró Ruth con voz estremecida—. No.
Y entonces el cielo, que empezaba a iluminarse, se oscureció. Miré a mi alrededor, desesperado. Las mujeres gritaban de terror.
Unas paredes sólidas ocultaban el cielo.
—Oh, Dios mío —dijo Ruth—. No podemos salir. ¡Es toda la manzana! 
Entonces arrancaron los motores.


FIN

2023/04/24

Treinta días tenía septiembre (Robert F. Young)


Título original: Thirty days had September
Año: 1957


El letrero en el escaparate decía:
 
Maestra de Escuela en Venta
Baratísima
 
Y en letras más pequeñas:
 
Puede cocinar, coser y sabe desenvolverse en el hogar.
 
Al verla, Danby pensó en pupitres, borradores y hojas de otoño; en libros, sueños y risas. El dueño de aquel pequeño almacén de segunda mano la había ataviado con un vestido de alegres colores y unas minúsculas sandalias rojas. Permanecía en una caja, colocada en posición vertical en el escaparate, igual que una muñeca de tamaño natural, esperando que alguien la volviese a la vida.
Danby intentó descender de la calle hacia el estacionamiento donde tenía su Baby Buick. Probablemente, Laura tenía ya una cena automatizada dispuesta en la mesa y se pondría furiosa si llegaba tarde. Sin embargo, continuó donde se hallaba, alto y delgado, con su juventud aún cercana, refugiada en sus pardos y ávidos ojos, mostrándose débilmente en la suavidad de sus mejillas.
Su inercia lo molestó. Había pasado mil veces junto al almacén en su camino desde el estacionamiento a la oficina y viceversa, pero aquella era la primera vez que se detuvo para mirar el escaparate.
Pero..., ¿no era ésta la primera vez que el escaparate exhibía algo que le interesara?
Danby intentó afrontar la pregunta. ¿Le interesaba una maestra de escuela? No mucho. Sin embargo, Laura precisaba de alguien que le ayudase en las faenas domésticas, mientras no pudieran hacer frente al gasto de una criada automática y Billy, sin duda, sacaría provecho de algunas lecciones particulares, además de la televisión, ahora que se aproximaban los exámenes más difíciles.
Su cabello lo hizo pensar en la luz del sol de septiembre, y su rostro en un día de septiembre. Una neblina otoñal lo envolvió y, de súbito, su inercia lo abandonó por completo y empezó a caminar, pero no en la dirección que antes pensó.
—¿Cuánto vale la maestra de escuela del escaparate? —preguntó.
Antigüedades de toda clase se hallaban esparcidas por el interior del almacén. El dueño era un hombre viejo y menudo, con espeso cabello blanco y ojos de color del pan de jengibre. También tenía aspecto de antigüedad.
—¿Le gusta, señor? Es muy hermosa —fulguró ante la pregunta de Danby.
 Danby se sonrojó.
—¿Cuánto? —repitió.
—Cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos, más cinco dólares por la caja.
Danby apenas podía creerlo. Ante la escasez de maestras, lo lógico sería que el precio aumentara y no disminuyera. Un año antes, cuando pensó comprar una maestra de tercer grado reconstruida para que ayudase a Billy en su trabajo teleescolar, el precio más bajo que pudo encontrar sobrepasó los cien dólares. Sin embargo, la habría comprado de no haberle disuadido Laura. Su mujer nunca fue a una verdadera escuela y no lo comprendía.
¡Pero cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos! ¡Y también podía cocinar y coser! Seguro que Laura no tendría inconveniente. No lo habría, desde luego, a menos que él le diese oportunidad.
—¿Está... está en buen estado?
El rostro del dueño se oscureció.
—Ha sido completamente restaurada, señor. Nuevas baterías, nuevos motores. Sus cintas magnetofónicas pueden funcionar aún otros diez años y sus memorizadores, probablemente, durarán para siempre. Pase por aquí. La entraré y se la mostraré.
La caja estaba montada sobre ruedas, pero resultaba difícil de manejar.  Danby ayudó al viejo a empujarla fuera del escaparate y dentro del almacén. Permanecieron junto a la puerta, donde la luz era más clara.
El viejo retrocedió admirativamente.
—Quizás soy anticuado —dijo—, pero aún creo que los telemaestros jamás podrán compararse con los de verdad. Usted fue a una verdadera escuela, ¿no es cierto, señor?
Danby efectuó un gesto afirmativo.
—Lo pensé. Es curioso que nunca deje de advertirse.
—Póngala en funcionamiento, por favor —rogó Danby.
El activador era un pequeño botón, oculto detrás del lóbulo de la oreja izquierda. El dueño buscó a tientas durante un momento antes de encontrarlo; luego se escuchó un pequeño «clic», seguido de un suave y casi inaudible ronroneo. Al punto, el rubor se insinuó en sus mejillas, el pecho comenzó a elevarse y descender, los azules ojos se abrieron.
Las uñas de Danby se clavaron en las palmas de sus manos.
—Hágala decir algo.
—Puede responder casi todo, señor —afirmó el viejo—. Palabras, escenas, situaciones... Si decide tomarla y no queda satisfecho, devuélvala y tendré sumo gusto en restituirle su dinero. —Se colocó frente a la caja—. ¿Cuál es su nombre? —preguntó a la maestra.
—Señorita Jones. —Su voz era una brisa de septiembre.
—¿Su ocupación?
—Soy maestra de cuarto grado, señor, pero puedo desempeñar además los grados primero, segundo, tercero, quinto, sexto, séptimo y octavo, y tengo amplia formación humanística. Soy también hábil en las tareas domésticas, buena cocinera y puedo efectuar trabajos sencillos, tales como coser botones, zurcir calcetines, remendar descosidos y rasgaduras en la ropa.
—Pusieron muchos alicientes a los últimos modelos —explicó el viejo a  Danby—. Cuando al fin comprendieron que la teleeducación se implantaría, empezaron a hacer todo lo posible para derrotar a las compañías de cereales. Pero no lograron nada... Salga fuera de su caja, señorita Jones. Muéstrenos lo bien que sabe caminar.
Cruzó la pardusca habitación, con sus pequeñas sandalias rojas que centelleaban sobre el polvoriento suelo, con su vestido que era como un alegre chaparrón de colores. Permaneció en espera junto a la puerta.
A Danby se le hizo difícil hablar.
—Perfectamente —dijo por fin—. Póngala de nuevo en su caja; me la llevo.


—¿Algo para mí, papito? —gritó Billy—. ¿Algo para mí?
—Claro —confirmó Danby mientras empujaba la caja por el sendero de acceso para levantarla sobre el diminuto porche de entrada—. Y también para tu madre.
—Esperemos que valga la pena —cortó Laura, con los brazos cruzados en la puerta—. La cena está como una piedra.
—Puedes calentarla —repuso Danby—. ¡Mira, Billy!
Levantó la caja sobre el umbral, respirando con alguna dificultad, y la hizo entrar por el corto vestíbulo hasta la sala de estar. Ésta se hallaba invadida por un joven con chaqueta de color rosa que se había invitado a sí mismo a través de la pantalla de 120 pulgadas, desde donde se proclamaba ruidosamente la superioridad del nuevo Lincolnette 2061 convertible.
—¡Ten cuidado con la alfombra! —advirtió Laura.
—No te preocupes, no estropearé tu alfombra —aseguró Danby—. ¿Querría alguien, por favor, apagar la televisión para que tengamos un momento de tranquilidad?
—Yo la apagaré, papito. —Con sus zancadas de niño de nueve años, Billy cruzó la habitación y silenció al joven de la chaqueta rosa.
Danby hurgó en la cubierta de la caja, notando la respiración de Laura sobre la parte posterior de su cuello.
—¡Una maestra de escuela! —silbó la mujer con voz entrecortada al descubrir el contenido—. ¡Con todas las cosas que un hombre adulto podría traer al hogar para su esposa y apareces con esto!
—No es una maestra de escuela corriente —dijo  Danby—. Puede cocinar, coser, puede... Puede hacerlo exactamente todo. Siempre andas lamentándote que necesitas una criada. Bien, ahora ya la tienes. Y Billy tiene alguien que lo ayude en sus telelecciones.
—¿Cuánto? —Danby se dio cuenta por primera vez de lo afilado que era el rostro de su esposa.
—¡Cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos!
—¡Cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos! ¿Estás loco? Estuve ahorrando para cambiar nuestro Baby Buick por un nuevo Cadillette y tú lo malgastas en una vieja y estropeada maestra de escuela. ¿Qué sabe de teleeducación? ¡Si está anticuada en cincuenta años!
—¡No quiero que me ayude en mis telelecciones! —gritó Billy, mirando hoscamente hacia la caja—. Mi telemaestro dice que esas viejas maestras de forma humana no servían para nada. ¡Y les pegaban a los niños!
—¡No es verdad! —repuso Danby—. Sé lo que digo porque fui a una verdadera escuela todo el tiempo hasta el octavo grado. —Se volvió hacia Laura—. ¡Funciona bien, no está anticuada y sabe más acerca de la auténtica educación de lo que jamás sabrán tus telemaestros! Puede coser, puede cocinar.
—¡Entonces dile que caliente nuestra cena!
—¡Lo haré!
Introdujo la mano en la caja, bajó el pequeño interruptor del activador y, cuando se abrieron los ojos azules, dijo:
—Venga conmigo, señorita Jones —y la condujo al interior de la cocina.
Quedó sumamente complacido de la forma como ella respondió a sus instrucciones. La cena fue retirada de la mesa en un santiamén y puesta de nuevo en un abrir y cerrar de ojos, caliente, humeante y deliciosa.
Laura se ablandó.
—Bien.
—¡Claro que bien! —exclamó Danby—. Dije que podía cocinar, ¿no es cierto? Ahora ya no tendrás que quejarte de interruptores trabados, de uñas rotas, de...
—Está bien, George. No insistas.
Su rostro había vuelto a la normalidad, si bien aún parecía un poco afilado, pero ello habitualmente formaba parte de su atractivo, al igual que sus oscuros y cariñosos ojos y su boca de forma tan exquisita.
 Acababa de hacerse reforzar los pechos de nuevo y, en verdad, tenía un aspecto formidable con su nuevo negligé oro y escarlata. Puso un dedo bajo la barbilla de ella y la besó.
—Bueno, comamos —dijo.
Por alguna razón se había olvidado de Billy. Desde la mesa, vio a su hijo en el umbral de la puerta, mirando fija y tristemente a la señorita Jones, ocupada en preparar el café.
—¡No me pegará! —afirmó Billy, sosteniendo la mirada de su padre.
Danby rio. Se sentía mejor, ahora que la mitad de la batalla estaba ganada. La otra mitad podía ser atendida más tarde.
—Por supuesto que no va a pegarte —aseguró—. Ahora ven y sírvete la cena como un niño bueno.
—Sí —asintió Laura—, y date prisa. Dan  Romeo y Julieta en La Hora del Oeste y no quiero perdérmela.
Billy cedió.
—Bueno, está bien —dijo.
Sin embargo, evitó a la señorita Jones mientras entraba en la cocina y ocupaba su asiento en la mesa.


Romeo Montesco lió un cigarrillo con hábiles dedos, lo puso entre sus labios oscurecidos por el sombrero de ala ancha y lo encendió con un fósforo de cocina. Después condujo a su lustroso caballo hacia la ladera iluminada por la luna en dirección al rancho de los Capuletos.
—Me conviene mostrarme prudente —soliloquió—. Los altivos Capuletos, pastores y enemigos hereditarios de mi familia, descendiente de nobles ganaderos, me abatirán de un disparo sin contemplaciones, de presentarse la oportunidad. Pero esa muchacha que encontré esta noche en el calvero bien merece el riesgo.
Danby frunció el entrecejo. Nada tenía en contra de las readaptaciones de los clásicos, pero a su entender, quienes las escribían, se extralimitaban con sus eternos conflictos entre ganaderos y ovejeros. Con todo, Laura y  Billy no parecían hacer el menor caso. Inclinados hacia adelante en sus sillones especiales, miraban fija y extasiadamente la pantalla de 120 pulgadas. Tal vez los especialistas que escribían las obras tenían razón.
Hasta la señorita Jones parecía interesada..., pero eso resultaba imposible, recordó Danby. No podía estar interesada. Nada significaba el hecho que sus ojos azules estuviesen enfocados sobre la pantalla; lo único que hacía realmente era estar sentada allí, consumiendo sus baterías. Debería haber seguido el consejo de Laura y desconectarla.
El caso es que no tuvieron corazón para hacerlo. Era una crueldad privarla de la vida, aun temporalmente.
Danby experimentó una sensación de ridículo. Se movió irritado en su sillón al darse cuenta que había perdido el hilo de la obra. Cuando lo recuperó, Romeo había escalado el muro del rancho Capuleto y, tras deslizarse a través del huerto, se hallaba en un florido jardín.
Julieta Capuleto salió al balcón cruzando un par de antiguas puertas francesas. Llevaba un traje blanco de vaquera —o de ovejera—, con una falda de la longitud del muslo, y un sombrero de ala ancha coronaba sus abundantes y descoloridos cabellos rubios. Se asomó a la baranda del balcón y escrutó el interior del jardín.
—¿Dónde estás, Romeo? —dijo, arrastrando las palabras.
—¡Esto es ridículo! —exclamó bruscamente la señorita Jones—. ¡Las palabras, los trajes, la acción, el lugar..., todo es incorrecto!
Danby quedó atónito. Recordó entonces lo que el dueño del baratillo había dicho acerca de su respuesta a escenas y situaciones tanto como a palabras. En realidad, había entendido que el viejo se refería a las escenas y situaciones inherentes a sus obligaciones como maestra, no  todas las escenas y situaciones.
Una molesta prevención cruzó por la mente de Danby. Advirtió que tanto Laura como Billy se habían apartado de su alimento visual y observaban a la señorita Jones con ojos incrédulos. El momento era crítico.
Se aclaró la garganta.
—La obra no es realmente incorrecta, señorita Jones —explicó—. Sólo ha sido escrita de nuevo. ¿No lo comprende? Nadie le prestaría atención en su estado original. Sin público, sin patrocinadores, ¿cuál sería su sentido?
—¿Pero tenían que convertirla en un western?
Danby miró con aprensión a su esposa. La incredulidad había sido reemplazada por un furioso resentimiento. Con precipitación se volvió hacia la señorita Jones.
—Los westerns están ahora de moda, señorita Jones —explicó—. Es una especie de renacimiento de los primeros días de la televisión. Como gustan a la gente, los patrocinadores los auspician y los escritores buscan nuevo material para ellos.
—¡Pero vestir a Julieta con traje de vaquera! Está por debajo del nivel de los espectáculos más ínfimos.
—George, ya basta —la voz de Laura era glacial—. Te dije que estaba cincuenta años anticuada. ¡O la desconectas o me voy a dormir!
Danby suspiró y se puso en pie. Se sintió avergonzado al aproximarse a la señorita Jones y buscar a tientas el pequeño botón detrás de su oreja izquierda. Ella le observó con sosiego, con sus manos reposando inmóviles sobre su regazo, su respiración yendo y viniendo rítmicamente a través de sus sintéticas fosas nasales.
Fue como cometer un asesinato. Danby se estremeció mientras regresaba a su sillón.
—¡Tú y tus maestras de escuela! —le reprochó Laura.
—¡Cállate! —cortó Danby.
Miró la pantalla e intentó interesarse por la emisión. No lo consiguió. El siguiente programa presentó una historia policíaca titulada Macbeth. Tampoco le agradó. Echó una mirada subrepticia a la señorita Jones. Su pecho estaba ahora inmóvil, sus ojos cerrados. La estancia parecía horriblemente vacía.
Al final no pudo soportarlo más. Se levantó.
—Voy a dar un paseo en coche —informó a Laura, y salió.


Hizo salir al Baby Buick fuera de la pequeña calzada para coches y se dirigió por la calle suburbana en dirección a la avenida, mientras se preguntaba una y otra vez por qué una antigua maestra de escuela lo había afectado de esta manera. No se trataba simplemente de nostalgia, aunque algo también había en sus sentimientos: Nostalgia de septiembre, de la escuela, de la entrada a clases en las mañanas de septiembre, de ver como la maestra salía del pequeño cuarto junto a la pizarra al sonar la campana y decía: Buenos días, niños. ¿No es un hermoso día para estudiar?»
Pero nunca le gustó la escuela más que a los otros chicos. Septiembre tenía aún importancia para él por algo más que los libros y los sueños de otoño. Era algo que perdió en alguna parte a lo largo de su vida, algo indefinible, intangible, algo que ahora necesitaba con desesperación.
Danby hizo girar el Baby Buick avenida abajo, virando entre los fugaces automóviles. Al dar vuelta para entrar en la calle lateral que conducía a Friendly Fred's, vio un nuevo puesto en la esquina con un gran letrero que rezaba:
 
¡HOT DOGS GIGANTES A LAS BRASAS!
¡Pruebe un auténtico hot dog a la parrilla!
¡Próxima apertura!
 
Pasó de largo y entró en el estacionamiento cercano a Friendly Fred's. Salió del coche hacia la noche estrellada de primavera y se acercó al local. Pese a hallarse atestado, se las arregló para encontrar un compartimiento vacío. Introdujo una moneda de 25 centavos en el distribuidor y marcó una cerveza.
La sorbió pensativamente en su vaso de papel parafinado. El compartimiento estaba mal ventilado y olía a su último ocupante, un bebedor de vino, supuso Danby. Pensó en los viejos tiempos, cuando el aislamiento en los bares era desconocido y había que permanecer mezclado con los restantes clientes con el desagradable resultado que cada uno sabía lo que los demás bebían y el grado de borrachera que alcanzaban. Su pensamiento volvió luego a la señorita Jones.
Una pequeña pantalla de televisión sobre el distribuidor de bebidas anunciaba: ¿Tiene problemas? Sintonice a Friendly Fred, que escuchará sus penas (sólo 25 centavos por tres minutos). Danby deslizó una moneda de un cuarto de dólar en la ranura correspondiente. Se escuchó un chasquido y la moneda repiqueteó en el recipiente de devoluciones, al mismo tiempo que la voz grabada de Friendly Fred decía:
—Ocupado en este momento, compañero. Estaré con usted dentro de un minuto.
Después de un minuto y otra cerveza, Danby efectuó un nuevo intento. Esta vez, la pantalla se iluminó y el rostro de Friendly Fred adquirió progresiva nitidez.
—Hola, George. ¿Cómo va?
—No demasiado mal, Fred. No demasiado mal.
—Podría ser mejor, ¿eh?
Danby hizo un gesto afirmativo con la cabeza:
—Lo adivinó, Fred. Lo adivinó. —Miró al pequeño mostrador con su solitaria cerveza—. Yo... compré una maestra de escuela —confesó.
—¡Una maestra de escuela!
—Admito que es extraño, pero pensé que quizás el niño necesitaría un poco de ayuda en sus lecciones..., los exámenes más difíciles llegarán pronto y ya sabe como se sienten los niños cuando no envían las respuestas correctas y no pueden ganar un premio. Y luego creí..., es una maestra de escuela especial, ¿comprende, Fred?..., pensé que ayudaría a Laura en las faenas de la casa. Cosas como ésas.
Su voz se apagó poco a poco mientras levantaba su vista hacia la pantalla.  Friendly Fred movía su amistoso rostro con solemnidad. Sus carrillos temblaron ligeramente.
—George,  escúcheme. Deshágase de esa maestra. ¿Me oye, George? Deshágase de ella. Esas maestras androides son tan perjudiciales como las auténticas..., las de carne y hueso, quiero decir. ¿Sabe por qué, George? No lo creerá, pero yo lo sé. Acostumbraban pegar a los niños. Es cierto, les pegan... — Se oyó un zumbido y la pantalla se hizo borrosa—. Ha terminado el tiempo, George. ¿Desea el importe de otro cuarto de dólar?
—No, gracias —repuso Danby. Acabó su cerveza y se marchó.


¿Odiaban todos realmente a las maestras de escuela? Y si era así, ¿por qué no odiaban todos también a los telemaestros?
Danby consideró esta paradoja durante todo el día siguiente, en el trabajo. Cincuenta años atrás pareció que los maestros androides iban a resolver el problema educativo tan eficazmente como la reducción de tamaño y precio de los automóviles había resuelto el problema económico. Con el cambio de siglo, no obstante, aunque los androides remediaron el déficit de maestros, sólo lograron poner en relieve el otro aspecto del problema, el déficit de escuelas. ¿Para qué servía disponer de suficientes maestros cuando no existía el número de aulas indispensable para la enseñanza? ¿Cómo se hallaría el dinero para construir nuevas escuelas, cuando el país tenía la necesidad constante de más nuevas y mejores autopistas?
Era absurdo decretar que la construcción de escuelas públicas debería tener prioridad sobre la de carreteras ya que, de descuidarse éstas, automáticamente disminuía la tendencia del ciudadano medio a comprar nuevos automóviles, debilitando de este modo la economía y precipitando una depresión. Esto hacía la construcción de nuevas escuelas algo más difícil de lo que era antes.
Aceptado esto, había que descubrirse ante las compañías de cereales. Al introducir los telemaestros y la teleeducación, habían salvado la situación. Un simple maestro en una habitación, con una pizarra a un lado y una pantalla de cine al otro, era capaz de impartir clases a cincuenta millones de alumnos. Si alguno de ellos se sentía molesto por el sistema de enseñanza, no tenía más que cambiar de canal para sintonizar otro de los programas teleeducativos patrocinados por las numerosas compañías de cereales. (Por supuesto, era responsabilidad de los padres del alumno que éste no se saltase las clases o sintonizara el grado siguiente antes de aprobar los exámenes correspondientes.)
Pero la mejor característica de tan ingenioso sistema era el feliz hecho que las compañías de cereales sufragaban todos los gastos, dispensando de este modo al contribuyente de una de sus más onerosas obligaciones y dejando sus bolsillos más preparado para afrontar los impuestos sobre las ventas, impuestos de gasolina, peajes y pagos de automóvil. Y todo lo que las compañías de cereales pedían, a cambio de este admirable servicio público, era que los alumnos —y, preferiblemente, también los padres— consumiesen sus productos.
Por lo tanto, no existía tal paradoja después de todo. Una maestra de escuela era un anatema, porque simbolizaba gasto; una  telemaestra era una respetable servidora pública, porque simbolizaba una gran concentración económica. Aunque la diferencia, Danby la sabía, iba mucho más allá.
El odio hacia las maestras de escuela era en parte atávico a consecuencia de las campañas de propaganda que las compañías de cereales lanzaron al poner su idea en práctica. Eran responsables del mito, ampliamente  difundido, que las maestras androides pegaban a sus alumnos y con frecuencia reactualizado en precisión por si alguien lo dudase aún.
La cuestión radicaba en que la mayor parte de los ciudadanos eran  teleeducados y, por lo tanto, no conocían la verdad. Danby era una excepción. Nació en una pequeña ciudad cuya localización montañosa hizo imposible la recepción de la televisión; antes que su familia emigrase asistió a una verdadera escuela. Por eso sabía que las maestras de escuela no pegaban a sus alumnos.
A menos que Androides Inc. hubiera distribuido por error uno o dos modelos deficientes. Y eso no era probable. Androides Inc. era una sociedad muy eficiente. Crearon excelentes mozos de estación de servicio, sin contar la reconocida calidad de sus taquígrafas, camareras y criadas.
Naturalmente, no estaban al alcance del negociante medio ni del padre de familia tipo... Pero, ¿no constituía todo eso una razón de más por la que Laura debería sentirse satisfecha con una sirvienta eficiente?
Pero no se sentía satisfecha. Cuando Danby llegó a casa aquella noche y la miró al rostro supo, sin asomo de dudas, que no se sentía satisfecha.
Jamás había visto sus mejillas tan contraídas, sus labios tan delgados.
—¿Dónde está la señorita Jones? —preguntó.
—En su caja —respondió Laura—. ¡Y mañana por la mañana la devolverás a quien la compraste y harás que te restituyan nuestros cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos!
—¡No me pegará otra vez! —gritó Billy, sentado en cuclillas frente a la pantalla del televisor.
Danby palideció.
—¿Le pegó?
—Bueno, no exactamente —dijo Laura.
—¿Lo hizo o no lo hizo? —insistió Danby.
—¡Explícale lo que dijo de mi telemaestra! —gritó Billy.
—Dijo que la maestra de Billy no estaba capacitada para enseñar ni a caballos.
—¡Y cuéntale lo que dijo de Héctor y Aquiles!
—Dijo que era una vergüenza sacar un melodrama de vaqueros e indios de una obra clásica como la Ilíada y llamarlo educación.
La historia salió gradualmente. La señorita Jones mostró, al parecer, una gran inquietud intelectual desde el mismo momento en que Laura la conectó por la mañana. Según la señorita Jones, todo en la casa de Danby era malo, desde los programas de teleeducación que Billy miraba en el pequeño televisor rojo de su habitación, y los programas matutinos y vespertinos que Laura contemplaba en el gran televisor de la sala de estar, hasta el diseño del papel para las paredes del vestíbulo (pequeños cadilletes rojos, retozando a lo largo de entrelazadas cintas de carretera), la ventana en forma de parabrisas de la cocina y la escasez de libros.
—¿Te das cuenta? —dijo Laura—. ¡Cree que aún se editan libros!
—Todo lo que deseo saber —manifestó Danby—, es si le pegó.
—Te lo estoy explicando.
Alrededor de las tres, la señorita Jones quitaba el polvo en el cuarto de Billy, que miraba obedientemente sus lecciones, sentado en su pequeño pupitre, absorto en los esfuerzos de los vaqueros por conquistar el poblado indio de Troya. De repente, la señorita Jones cruzó la habitación como una loca, enunció sacrílegos comentarios acerca de la alteración de la Ilíada, y apagó el aparato justamente en medio de la clase. Entonces fue cuando Billy comenzó a gritar; al irrumpir Laura en la habitación, encontró a la señorita Jones asiendo su brazo con una mano y levantando la otra para dar el golpe.
—Llegué a tiempo —concluyó Laura—. No sabes lo que pudo haber hecho. ¡Pudo haberlo matado!
—Lo dudo —cortó Danby—. ¿Qué sucedió luego?
—Tomé a Billy para apartarlo de ella y le ordené que se retirase a su caja. Después cerré la tapa. ¡Y te juro, George Danby, que permanecerá cerrada! ¡Mañana por la mañana la devolverás, si quieres que Billy y yo continuemos viviendo en esta casa.
 
Danby se sintió mal toda la noche. Apenas probó la cena y languideció durante La Hora del Oeste, echando vistazos fugaces, cuando Laura no lo miraba, hacia la caja que permanecía silenciosa junto a la puerta. La heroína de La Hora del Oeste era una bailarina, una rubia que medía 98-60-95, llamada Antígona. Por lo visto, sus dos hermanos se habían matado el uno al otro en un tiroteo y el sheriff del lugar, un personaje llamado Creón, sólo permitió a uno de ellos un entierro decente en Boot Hill, insistiendo de modo ilógico en que el otro fuese abandonado en el desierto como pasto para buitres. Antígona mantenía otro punto de vista ante su hermana Ismenia; si un hermano merecía una tumba respetable, el otro también. Antígona iba a remediar esta situación. ¿Querría Ismenia ayudarla? Pero Ismenia era cobarde, por lo que Antígona decidió solucionar el problema por sí misma. Luego, un viejo explorador llamado Tiresias se dirigía hacia el pueblo y...
Danby se levantó sin ruido, se deslizó al interior de la cocina, y salió por la puerta de la cocina. Subió al automóvil y condujo hacia la avenida, con todas las ventanillas abiertas y el aire cálido golpeando su rostro.
El puesto de hot dogs de la esquina estaba casi concluido. Le echó una perezosa ojeada mientras giraba por la calle lateral. Había cierto número de compartimientos vacíos en Friendly Fred's y escogió uno al azar. Tomó varias cervezas, de pie en el pequeño mostrador solitario, y pensó durante largo rato. Seguro que su esposa e hijo se habían ido a dormir, volvió a su hogar, abrió la caja de la señorita Jones, y la conectó.


—¿Iba a pegar a Billy esta tarde? —preguntó.
Los ojos azules lo miraron con firmeza, mientras las pestañas temblaban a rítmicos intervalos y las pupilas se ajustaban gradualmente a la lámpara de la sala de estar, que Laura dejó encendida.
—Soy incapaz de golpear a un ser humano, señor. Creo que la cláusula está en mi garantía.
—Me temo que su garantía caducó hace algún tiempo, señorita Jones —repuso Danby. Su voz era espesa y sus palabras se confundían—. Pero no importa. Le tomó del brazo de todas formas, ¿no es cierto?
—Tuve que hacerlo, señor.
Danby frunció el entrecejo. Volvió a la sala de estar, caminando como si sus piernas fuesen de goma.
—Venga y siéntese. Explíquemelo todo, señ... señorita Jones —dijo.
La vio salir desde su caja y cruzar la habitación. Había algo extraño en su modo de andar. Su paso ya no era ligero, su cuerpo ya no parecía delicadamente equilibrado. Con sobresalto, se dio cuenta que cojeaba.
Se sentó en el canapé y se acomodó junto a ella.
—Le pegó patadas, ¿verdad? —inquirió.
—Sí, señor. Tuve que retenerle o hubiera continuado.
Una luz rojiza llenó la estancia. Luego, sutilmente, ésta se disipó ante la naciente comprensión que en sus manos se hallaba el arma psicológica con la cual podría reprimir en lo sucesivo toda objeción a la señorita Jones.
—Lo siento mucho, señorita Jones. Me temo que Billy es demasiado agresivo.
—Lo extraño sería lo contrario, señor. Quedé horrorizada hoy cuando supe que esos horribles programas constituyen todo su alimento educativo. Su telemaestro es poco más que un viajante encargado de vender la particular marca de copos de maíz de su compañía. Comprendo ahora por qué sus escritores han de volver a los clásicos para conseguir ideas. Su facultad creadora fue sofocada por los tópicos, ya desde su etapa embrionaria.
Danby estaba encantado. Jamás había oído a nadie hablar de ese modo hasta entonces. No eran las palabras. Era la manera con que las decía, la convicción que mostraba su voz, pese a tratarse de un altavoz hábilmente construido, conectado a unas cintas magnetofónicas, conectadas a su vez a inimaginablemente intrincados memorizadores.
Sentado allí junto a ella, viendo moverse sus labios, descender sus pestañas, siempre tan suavemente sobre aquellos ojos tan azules, era como si septiembre hubiese entrado a la habitación. De súbito, un sentimiento de paz lo envolvió. Los dulces y suaves días de septiembre desfilaron otra vez ante su mirada, y comprendió porqué eran distintos a los demás días. Eran diferentes porque tenían profundidad, belleza y quietud; porque sus cielos azules contenían promesas de días más dulces y suaves por venir.
Eran diferentes porque tenían significado.
Aquel momento se hacía grato de modo tan intenso que Danby deseó que jamás terminase. El mero hecho de pensar en ello le torturaba con insoportable agonía e, instintivamente, efectuó el único gesto físico a su alcance para prolongarlo.
Pasó un brazo alrededor de los hombros de la señorita Jones.
Ella no se movió. Seguía allí sosegadamente, con su pecho que se alzaba y descendía a intervalos regulares, sus largas pestañas que se movían hacia abajo de vez en cuando como oscuros y apacibles pájaros aleteando sobre azules y límpidas aguas.
—El programa que vimos la noche pasada —dijo Danby—. Romeo y Julieta. ¿Por qué no le gustó?
—Era más bien horrible, señor. Una parodia barata y despreciable, la belleza de los versos corrompida y oscurecida.
—¿Conoce usted los versos?
—Algunos de ellos.
—Dígalos, por favor.
—Sí, señor. Al terminar la escena del balcón, cuando los dos enamorados están despidiéndose, dice Julieta: ¡Buenas noches, buenas noches! Despedirse es tan dulce aflicción, que diré buenas noches hasta que sea mañana. Y contesta Romeo: ¡El sueño more sobre tus ojos, la paz en tu pecho! ¡Quisiera yo fuesen el sueño y la paz, tan dulces para descansar! ¿Por qué omitieron eso, señor? ¿Por qué?
—Porque estamos viviendo en un mundo despreciable —dijo Danby, sorprendido ante su súbita percepción—, y en un mundo despreciable las cosas preciosas son inútiles. Dig... diga los versos de nuevo, por favor, señorita Jones.
—¡Buenas noches, buenas noches! Despedirse es tan dulce aflicción, que diré buenas noches hasta que sea mañana.
—Déjeme terminar —Danby se concentró—. El sueño more sobre tus ojos, la paz...
—...en tu pecho...
—Quisiera yo fuesen el sueño y la paz, tan...
—...dulces...
—¡...tan dulces para descansar!
Bruscamente la señorita Jones se puso en pie.
—Buenas noches, señora —dijo.
Danby no se molestó en levantarse. No habría servido de nada. De cualquier modo, podía ver bastante bien a Laura desde donde se hallaba. Su mujer, que permanecía en el umbral de la sala de estar con su nuevo pijama «Cadillete» y sus pies desnudos silenciosos en su subrepticio descenso de la escalera. Los automóviles bidimensionales que adornaban el pijama eran de un vivo bermellón y parecían correr sobre su cuerpo yacente, rampando por encima de sus pechos, su vientre y sus piernas.
Vio su afilado rostro y sus fríos y despiadados ojos y supo que serían inútiles las explicaciones, que no comprendería, no podría comprender. Y descubrió con súbita y horrible claridad que en el mundo en que vivía, septiembre estuvo muerto durante décadas, y se vio a sí mismo cargando la caja por la mañana en el Baby Buick y descendiendo las relucientes calles de la ciudad en dirección al pequeño almacén de objetos para pedir al dueño que le devolviese su dinero. Miró a la señorita Jones permaneciendo incongruentemente en la poco acogedora sala de estar y la oyó decir, una y otra vez, como un disco rayado:
—¿Algo está mal, señora? ¿Algo está mal?

Transcurrieron varias semanas antes que Danby se sintiese lo suficientemente bien para volver a Friendly Fred's en busca de una cerveza. Para entonces, Laura había empezado a hablarle otra vez y el mundo, aun cuando no fuera el mismo de antes, recuperó algunos de sus aspectos anteriores. Hizo salir al Baby Buick de la pequeña calzada y se introdujo calle abajo en el multicolor tráfico de la avenida. Era una clara noche de junio y las estrellas aparecían como puntas de alfileres de cristal sobre el fuego fluorescente de la ciudad. El puesto de  hot dogs de la esquina estaba terminado y abierto al público. Varios clientes junto al resplandeciente mostrador cromado miraban como una camarera estaba dando vueltas unos panecillos de Viena sobre una también cromada parrilla. Había algo familiar en el alegre centelleo de su vestido, el modo en que se movía, la forma en que el suave nacimiento de su cabello enmarcaba su dulce rostro. El nuevo propietario se apoyaba sobre el mostrador a cierta distancia, charlando con un cliente.
Había una tensión en el pecho de Danby mientras estacionaba el Baby Buick, salía y se encaminaba a través del batiente de hormigón hacia el mostrador; una tensión en su pecho y un constante latido en sus sienes.
Había llegado a la parte del mostrador donde se hallaba el propietario y, cuando iba a inclinarse para abofetear su presumido y grueso rostro, vio un pequeño letrero de cartón apoyado contra un tarro de mostaza, letrero que decía:

SE NECESITA MOZO.

Un puesto de hot dogs estaba muy lejos de ser un aula de septiembre, y una maestra distribuyendo hot dogs jamás se podría comparar con una maestra dispensadora de sueños. Pero cuando se necesitaba algo con urgencia había que tomarlo sea como fuese y dar, además, las gracias.
—Podría trabajar por las noches —dijo  Danby al propietario—. Es decir, desde las seis hasta las doce.
—Sería estupendo —manifestó el propietario—. Aunque me temo que no podré pagarle mucho al principio. Comprenda, acabo de empezar y...
—No importa —replicó Danby—. ¿Cuando empiezo?
—Cuanto antes mejor.
Danby se acercó hasta donde una parte del mostrador se levantaba sobre ocultos goznes, entró en el interior y se quitó la chaqueta. Si a Laura no le gustaba la idea, podía irse al infierno, pero sabía que no le importaría, porque el dinero adicional que ganase haría realidad el sueño de su mujer, el Cadillete.
Se puso el delantal que le entregó el propietario y se unió a la señorita Jones frente a la parrilla.
—Buenas noches, señorita Jones —dijo.
Ella volvió la cabeza y sus ojos azules parecieron iluminarse y su cabello era como el sol surgiendo en una brumosa mañana de septiembre.
—Buenas noches, señor —respondió, y un aire de septiembre se levantó en la noche de junio y sopló a través del puesto y fue como volver a la escuela otra vez, después de un interminable y vacío verano.


FIN