2025/12/01

Señorita encanto sideral (Richard Matheson)


Título original: Miss Stardust
Año: 1955


Querido Harry:
¿Cómo van las cosas en la industria de los frijoles con tomate? Supongo que de película, como solíamos decir antaño, en aquellos días felices en nuestra querida universidad, cuando regábamos con néctares exquisitos nuestra sabia y docta carrera de relaciones públicas.
Apuesto a que las cosas te van de película de verdad, a que tienes el Cadillac pagado y el futuro asegurado. Publicista de segunda línea para Productos de Belleza Altshuler en Boston. Eso es vida, muchacho.
En cuanto a mí…, pues nada. Este maldito concurso de La señorita encanto sideral me tiene contra las cuerdas. Imagino que habrás leído las noticias sobre la debacle de nuestros compañeros de andanzas, los corresponsales. Verás, amigo, la historia todavía va a dar que hablar. Así que ahí voy. Atento. Empecemos por el principio, tal como dicen los relatos Victorianos de fantasmas. Abro mi propia agencia, yo solo, lucho por hacerme un hueco. No me quejo. Tengo algunos clientes fijos, como Hilo Dental Garshbuller, Bombas Insecticidas Los Alamos, la marca de ropa interior Blue Underwear y, por supuesto, los siempre populares Maquillajes Mae Bushkin Imperial.
Todos los clientes mencionados me han ido garantizando unos ingresos, no estratosféricos, pero sí regulares.
¿Qué pasa entonces? ¿Te acuerdas de aquel payaso de mi ciudad del que te hablé alguna vez, Gad Simpkins? ¿Sabes quién te digo? El que quería tirarse en paracaídas al pozo de una mina. El que pensaba caminar por encima de un convertidor Bessemer haciendo equilibrismo. Seguro que lo recuerdas.
Pues al muy imbécil no se le ocurre otra cosa que cruzar el canal de la Mancha nadando de espalda. Una auténtica sandez como desafío, pero allí estaba Gad, siempre dispuesto a llevar las cosas un poco más lejos.
En resumidas cuentas, el caso es que Gad no conoce a nadie. Se mueve en círculos modestos, chupa banquillo en las ligas menores. Así que recurre a mí.
«Joe —rae dice—, tienes que llevarme la publicidad de la travesía. Será un bombazo.» Yo lo miro con recelo. «Cambia de marca», le digo. Él abandona.
Pero entonces la cosa se complica. Por un lado, Bombas Insecticidas Los Alamos quiebra porque uno de sus productos más vendidos hace saltar por los aires la casa de siete habitaciones y el garaje de un cliente que se ha ido al cine con su familia.
Resultado: a) un cliente menos; b) pérdidas suficientes para provocar una mueca en los morros de mi amada, lo cual constituye un mensaje tan claro como si hubiera entonado con un áspero gruñido: "¡Nos hundimos en la miseria!".
Eso es lo primero. Lo segundo tiene un tinte más sutil, pero aun así peso suficiente para alentarme. Empiezo a hartarme de hilos dentales, maquillaje y ropa interior azul. Estoy cansado de prestar mis servicios a dientes y torsos. Necesito un poco de chispa. Aparte de que, como ya he dicho, me gustaría embolsarme algún extra para mejorar la situación en mi hogar dulce hogar y abandonar la casta inferior a la que me relega mi exiguo sueldo.
Ya te haces una idea. Basta decir que me lanzo a aceptar el trabajo por dinero. Ataco por todos los frentes, desde cuñas ingeniosas hasta piezas de relleno en la revista The New Yorker. Llevo a Gad a la radio; él desbarra como el idiota que es. El resto ya lo conoces. Una publicidad sólida y de calidad, un interés que crece como una bola de nieve, el proyecto se consolida. ¿Tengo yo la culpa de que Gadstone Simpkins se estrelle contra una roca a veinte metros de la costa gala?
Así que me resigno, vuelvo sobre mis pasos y, cuando estoy preparándome para regresar a la ropa interior, se planta en la puerta de mi casa una comitiva formada por tres tipos. Se trata de los directores de un concurso organizado para determinar quién será una tal Señorita Encanto Sideral. Y ahora entro en detalles, porque ahí reside el motivo de mi lamento. La ganadora del concurso del que hablan se proclamará el rostro más bello no sólo de la Tierra, ni siquiera del Sistema Solar, sino de toda la galaxia. Eso incluye un sinfín de estrellas y, por tanto, según la escasa información sobre cuerpos celestes que obra en mi poder, una buena suma de planetas en los que se presume la existencia de vida, además de los nueve nuestros, en uno de los cuales nos consta ya que existe una extraña forma de materia viviente.
Ergo, se arma un alboroto.
Sin embargo, en el momento en que los cazatalentos vinieron a verme, no tuve presente esa clase de etéreos detalles. Sé lo mismo de astronomía que adónde fueron a parar los impuestos del año pasado. Si hablamos de supernovas y velocidades de escape, voy más perdido que un pulpo en un garaje.
Eso, déjame que lo precise, era algo que entonces no me preocupaba en absoluto. Porque la cosa es que a los tipos les gusta la publicidad que he hecho para la fatídica travesía de Gad. Tengo imaginación. Un enfoque fresco. Desenfado periodístico. Conclusión: Quieren que me encargue del concurso Señorita Encanto Sideral y están dispuestos a pagarme bien (nada de premios, como a las concursantes; con anticipo y todo).
Firmo el contrato. Dicho y hecho. Me convierto en el hombre que lleva la batuta del espectáculo en el que se determinará qué criatura posee el rostro que hará zarpar un millar de naves espaciales.
Me pongo las pilas. Comienzo a repartir por todas partes toneladas de artículos y anuncios publicitarios disfrazados de noticias. Empiezan a circular los carteles a todo color. Señorita Georgia, Señorita Nueva York, Señorita Transilvania, Señorita Hemoglobina y Señorita La Chica con la que Todos Querríamos Quedarnos Atrapados en una Hormigonera.
Se anuncian los premios. Una gigantesca copa de plata. Un contrato en Hollywood. Un coche. Nos llueven las inscripciones.
Crece el interés. Empiezan a engalanar el paseo marítimo de Long Harbor. Seleccionan al jurado, de cinco miembros. Dos son dignatarios locales, fugitivos de la Cámara de Comercio. Otro es un alcalde, el señor Grassblood, de Gall Stone (Arizona), que está disfrutando de sus vacaciones anuales. Otro es Marvin O'Shea, presidente de una planta química. Y en quinto y último lugar, Gloober, de Gloober & Gloober, una vieja empresa de buena reputación que fabrica trajes de baño (adivina qué trajes de baño llevarán las concursantes…).
Todo marcha de película. Se respira ilusión en el ambiente. La prensa habla del asunto sin parar. Los comerciantes se frotan las manos nudosas mientras aceitan los engranajes de las máquinas registradoras. Los maduritos preparan las maletas y se repeinan el peluquín para asistir al festival. ¡Alegría, alegría! Todo el mundo está animado. Sobre todo yo. Me estoy embolsando tales cantidades de dinero que estoy tentado de mandar a Mae Bushkin a hacer gárgaras en ropa interior mientras se limpia los agujeros de los puentes con hilo dental. Pero se impone la prudencia. Mi esposa, experta en ese campo, sostiene que "nunca se sabe".
Y resulta que tiene más razón que un santo.


Porque lo que sucede es que, a tan sólo tres días de que comience el concurso, la esposa de nuestro Dignatario Local Número Uno contrae una grave dolencia galopante de carácter indefinible y acaba en el hospital. Al anciano Dignatario Local Número Uno le entra el tembleque y suspende su asistencia para llegar corriendo a los pies de la cama con flores y condolencias. Un gesto marital encomiable, pero un golpe para el concurso.
Decidimos sustituirlo por Sam Sampson, propietario de cinco concesionarios de coches. La cosa tampoco sale del todo mal, porque eso nos permite ahorrarnos el alquiler de los vehículos para que las chicas recorran el puerto y el paseo, y consigan que a los hombres se les salgan los ojos de las órbitas al comprobar el escaso género con el que el viejo Gloober confecciona los trajes de baño.
Todo vuelve a marchar viento en popa. Hasta que Marvin O'Shea, presidente de la planta química, que ha salido de viaje para visitar a una tía enferma que tiene en La Jolla, sufre un reventón en la rueda trasera derecha y tanto él como su malcarada parienta se llevan por delante los dos últimos bungalows del motel Little Hawaiian de Mackintosh.
La pareja no sale herida de gravedad, pero ambos acaban tumbados bocarriba en la cama de una habitación blanca olisqueando ramos de flores de apoyo. Y eso supone buscar otro miembro del jurado.
Con cierta sensación de que nos han echado mal de ojo, nos ponemos manos a la obra para buscar otro sustituto y, cuando lo encontramos, el susodicho se ve envuelto en una reyerta callejera entre borrachos y tenemos que apresurarnos a borrarlo del mapa. El tipo se pone hecho una furia y no le falta razón, porque la cosa es bien extraña. El hombre había dejado la bebida veinte años atrás. Pero las pruebas pesan más. Se demuestra que el caballero tenía suficiente alcohol en la sangre para encender diecisiete fanales.
Nos aventuramos a reemplazar a este desdichado por un tal Saúl Mendelheimer, propietario y productor de los pepinillos El Jardín del Edén. Él sí da la talla. Otra vez todo a punto. La maquinaria se pone en marcha.
Y entonces, un día antes de que comience el concurso, se derrumba el muelle. Por suerte, no había nadie; sólo Lewisohn Tamarkis, que se encargaba de los arreglos florales. El tipo vuelve nadando al estilo perro hasta la orilla mientras maldice todo lo que se mueve, se monta chorreando en su Studebaker de 1948, derrama medio océano Pacífico en el tapizado de los asientos y se larga.
Fruncimos el entrecejo con serio recelo. Más de uno masculla entre dientes: "Los comunistas". Alquilamos el auditorio municipal. No es comparable con celebrar el acto al aire libre, pero estamos atados de pies y manos. Yo, por mi parte, que soy un supersticioso empedernido, empiezo a pensar que ha recaído una maldición sobre el concurso. En mis tiempos me las vi con unos cuantos proyectos abocados al fracaso, y te digo que cuando la cosa empieza a torcerse no hay nada que hacer.
Llego a la conclusión de que el concurso de Señorita Encanto Sideral está maldito. Y eso que lo mejor estaba por llegar.
Bueno, ¿por dónde iba? Ah, sí. El caso es que al final conseguimos llegar a la mañana del concurso con cinco jueces sanos y salvos. El día amanece con una lluvia espléndida. La primera vez que llueve en esa fecha desde 1867. Estamos todos que trinamos. Los jueces echan pestes en la habitación del hotel. "Diríjanse al auditorio", les digo. Luego me dedico a correr de acá para allá para intentar sacarlo todo adelante.
En primer lugar, mando dieciséis coches de Sampson con altavoces para que recorran Long Harbor informando de que el espectáculo continuará. Sobre los coches viaja un amplio espectro de participantes: Desde la Señorita Alsacia-Lorena hasta la Señorita Avenida Pitkin. Llevan trajes de baño de color carne y chubasqueros transparentes. Sostienen un paraguas con una mano y saludan con la otra. Dedican sonrisas al público y se insinúan frente al micro. Si eso, sumado a los trajes de baño de color carne, tampoco funciona, tendré que aceptar que el concurso se ha ido a pique y mandarle un telegrama a Mae Bushkin para pedirle la revancha.
También envío a niños con octavillas. Consigo unos minutos de radio y cuelo la cuña de un anunciante local de voz agradable para hacer difusión de que todo el mundo es bienvenido. Lanzo un globo con el mensaje ¡Vengan a ver hoy a la Señorita Encanto Sideral!. Alguien lo derriba de un disparo. Un gracioso, imagino.
Ja.
Después de una ajetreada mañana de relaciones públicas, voy volando al auditorio para una última charla con los miembros del jurado. Al llegar, veo que los carpinteros todavía están montando las cabinas del jurado en el escenario. Lewisohn Tamarkis, ya seco, y su equipo corren de aquí para allí con los adornos florales. Por un momento creo que vamos a conseguirlo. Y entonces…
Cojo el ascensor y subo volando. Recorro el pasillo a toda velocidad.
Irrumpo en la habitación de los jueces.
—Señores… —digo. Y eso es todo.
Porque me los encuentro a todos paralizados en sus asientos, mirando boquiabiertos una cosa que ocupa el centro de la sala y hacia la cual a mí también se me va la vista.
La mandíbula inferior se me cae hasta los cordones de los zapatos.
¿Has visto alguna vez una aspiradora? ¿Con un repollo en lo alto? ¿Y chaqueta? ¿Erguida en mitad de una alfombra y mirándote fijamente?
Pues, chico, yo sí. Y cuando veo que esa cosa empieza a hablarme, por poco me caigo redondo.
—¿Es usted el responsable? —me pregunta.
No respondo. Se me traba la lengua. No puedo hablar. Se me saltan los ojos y rebotan contra el suelo. O casi.
La cosa parece resentida, todo lo resentida que puede mostrarse una cabeza de repollo.
—Muy bien —dice ella-él-ello—, puesto que ninguno de los presentes parece capacitado para hablar, expondré nuestro caso y me marcharé.
"Nuestro" caso. Noto cómo se me tensa la piel. Cada cual ocupa su asiento. Escuchamos la voz mecánica de la cosa. No se le ve la boca por ninguna parte. Su pronunciación suena forzada. Es como escuchar un monólogo con la voz del tren del anuncio que decía "Bromo Seltzer, Bromo Seltzer, Bromo Seltzer".
—Este concurso se declara nulo —dice la cosa. Y entonces, cuando nos mira a todos con el único ojo ovalado que tiene, me entra un escalofrío. En mis largos años como esclavo, demagogo y conocedor del gusto público, he visto mucha fauna extraña.
De forma que trato de estudiar a esa cosa con ojo experto. Sopeso cómo enfocar el asunto.
—Deduzco, pues —continúa cabeza de repollo—, que este silencio indica un vacío de percepción. De manera completamente inapropiada, han dado ustedes en llamar a este concurso Señorita Encanto Sideral. Puesto que su microscópica Tierra, como la llaman, no representa más que una mota infinitesimal en la galaxia, la elección del título de su concurso se revela del todo imprudente. Consideramos que se trata de un acto de nociva ingenuidad y se nos antoja, en gran medida, insultante.
"Demasiado listo", pienso. "Demasiado grandilocuente. Nadie salvo el Departamento de Lengua de Cambridge suelta esos discursos. Es un montaje. Están gastándonos una broma".
Tiempo atrás conocí a un tío llamado Campbell Gault. Fabricaba artículos de broma como arañas de goma, ceniceros con forma de retrete o esos artilugios que dan calambre cuando le estrechas la mano a alguien. El bueno de Gault también fabricaba robots. En una ocasión, durante la guerra, sacó un Hirohito de acero que recorrió tintineando la calle 42 mientras cantaba I'm a Japanese Sandman.


—¿Lo han entendido? —pregunta la cabeza de repollo sacudiendo las hojas.
Yo sonrío con aire de entendido y me vuelvo hacia los jueces, que permanecen estupefactos.
—Muy bien —digo—, creo que ya es suficiente. Ahora tenemos trabajo.
—Siéntese —me ordena aquella cosa—. No me estoy dirigiendo a usted.
—Bah, váyase a buscar un poco de carne en conserva —le suelto.
—Se lo advierto...
—Bromo Seltzer, Bromo Seltzer —respondo.
De pronto la aspiradora emite un rayo azulado que me estampa contra la alfombra. La sensación se parece a cuando caminas con esas plantillas masajeadoras: Una vibración intensa y sensación de entumecimiento. Pero resulta que no estoy de pie sobre nada. Estoy tendido bocarriba.
—¡Eh! —grito, confundido.
—¿Servirá eso para que entre usted en razón? —inquiere la aspiradora—.Ahora procederé a concluir mi alegato.
La cosa se desplaza rodando por el suelo mientras habla.
—Como les iba diciendo antes de esta impertinente interrupción de mi discurso, dado que su planeta molecular no representa más que una proporción diminuta del vasto espacio que este concurso asegura abarcar, no podemos menos que entender que incurren en una grave intolerancia y exigirles que se retracten.
—¿Me... me... —comienza a preguntar Mendelheimer, de los pepinillos El Jardín del Edén— me permite que le pregunte... deee... deee... de dónde viene usted?
—Acabo de llegar de Asturi Cridenta, según la denominación que emplearían ustedes en su lenguaje primitivo.
—Un... un... un... —tartamudea Mendelheimer.
—¡Un extraterrestre! —exclama Sam Sampson, que, cuando no engatusa a amantes del automóvil, lee ciencia ficción.
—¿Y qué... qué es lo que quiere?
Ese soy yo, y mi voz suena como un quejido ahogado procedente de la alfombra.
—Una de dos —responde el vegetal interplanetario—: O un cambio en el nombre del concurso o representación.
—Pero... —Vuelvo a ser yo.
—Le recuerdo —me interrumpe el electrodoméstico del espacio exterior— que tenemos la potencia necesaria para ejercer coacción sobre este organismo.
—¿Coacción? —interviene Gloober, de Gloober etcétera.
—Ya hemos intentado disuadirlos de su empeño por celebrar el acto —dice lo que sea eso—, pero sin éxito alguno, al parecer.
—Los accidentes... —murmuro.
—¡El muelle! —exclama Mendelheimer.
—¡La pelea! —Sampson chasquea la lengua y los dedos.
—La lluvia —agrega la aspiradora.
—¡Lo sabía! —grita el Dignatario Local Número Dos—. ¡Nunca llueve en Long Harbor a menos que alguien juegue sucio!
—Eso es lo de menos —replica nuestro visitante—. Ya pueden hacerse a la idea del alcance de nuestra fuerza, así que juzguen ustedes mismos.
Fuera, las gotas de lluvia empapan los cristales de las ventanas. Dentro, el sudor empapa las corbatas de los jueces. Yo estoy blanco como una sábana y desearía que se me tragara la tierra. Miramos al repollo, que adopta una postura agresiva en la alfombra.
—¿Cómo ha... ha conseguido entrar aquí? —pregunta Mendelheimer.
—Tomen una decisión —replica la cosa—. Tendrán que cambiar el nombre del concurso o concedernos representación.
—Pero escuche una... —comienzo a decir, y olvido por un momento que estoy pegado al suelo de los pies a la cabeza.
La cosa me mira. Yo me encojo.
—No hemos venido a negociar. 
El tren de Bromo Seltzer traquetea con rabia por un puente de hierro.
—La decisión está tomada. No abusen de nuestra paciencia.
Relaciones públicas al rescate.
—Pero, escuche —procedo a explicarle—, ya tenemos un millar de carteles en los que pone Concurso Señorita Encanto Sideral. Hemos difundido ese nombre por todas partes. Hemos vendido por anticipado tacos de entradas donde se lee Entrada individual al concurso Señorita Encanto Sideral. Los concesionarios tienen globos en los que...
—Los globos se pueden pinchar —repone cabeza de repollo, aún más irritado.
—¿Eso también ha sido cosa suya? —murmuro.
—¡Basta ya! —profiere la aspiradora procedente de la negrura espacial—. Si quieren conservar el nombre, entonces exigimos ejercer nuestro derecho a participar.
En mi mente de publicista empedernido, Harry, ya estoy viendo los engranajes en marcha, oigo las sirenas y aprieto a los operarios de la fábrica para que se pongan manos a la obra. Visualizo la difusión:

¡VENGAN A VER SEÑORITA ENCANTO SIDERAL! ¡¡¡EL CONCURSO    DE    BELLEZAS    ESTELARES!!!
¡¡¡HERMOSURA DE LOS ASTROS Y MÁS ALLÁ!!! ¡¡¡EL CONCURSO MÁS SENSACIONAL DEL ESPACIO EXTERIOR!!!

Signo de exclamación.
—De acuerdo —digo, lo que provoca un respingo al jurado al completo—. Concedido.
—Un momento, por favor.
El alcalde de Gall Stone (Arizona) se embarca en un discurso de fisión lenta.
—Eso habría que discutirlo.
—¿Discutirlo? —repito, todavía tendido bocarriba—. ¿Qué quiere? ¿Que desintegren el auditorio municipal?
El Dignatario Local Número Dos se pone en pie de un salto.
—¡No, señor! —exclama—. ¡El auditorio municipal, no!
Frente a nuestros balbuceos, el silencio por respuesta. La aspiradora recorre nuestros rostros con una mirada fulminante.
—Decídanse —advierte.
Todos asentimos, blancos como el papel.
—Muy bien —dice.
—¿Cuánto cree que tardará en llegar su representante? —pregunto con suma cortesía.
—Informaré a las unidades de la alianza —anuncia—. Las representantes estarán aquí en el plazo de una hora.
—¿Lasss? —farfullo.
—Son varios miles —responde.
Vuelvo a dejarme caer en la alfombra. Contemplo el techo y me digo que ojalá me hubiera quedado ensalzando las virtudes de la ropa interior. De pronto visualizo el escenario atestado de miles de mozas interplanetarias. No consigo imaginar el panorama compuesto por aspiradoras de sexo femenino ataviadas con los trajes de baño de Gloober.
—¿Miles? —balbucea Mendelheimer.
—Detecto cierta resistencia —aventura cabeza de repollo—. La alternativa es tan simple como cambiar el título del concurso.
—Estamos en la ruina —dice Gloober.
El ojo amarillo se ablanda.
—Si he de serles del todo sincero, he mencionado una cifra elevada con la esperanza de que se vieran obligados a aceptar la alternativa. Sin embargo, veo que no están en disposición de hacerlo. Sepan que, más allá de su propio sistema, nuestra alianza ha puesto en marcha su propia Señorita Encanto Sideral..., aunque no precisamente con ese nombre —agregó con retintín—. Accederemos a que sea ella quien represente al resto de esta galaxia. Ella más las cuatro concursantes de su sistema sumarán cinco. Creo que no cabe esperar un trato mejor.
—¿Cuatro... en nuestro sistema? —pregunta Sampson.
—No hay vida activa en los cuatro planetas más remotos de su sistema.


Es cierto que no soy ningún experto en astronomía, Harry, pero no creo que sea la mejor forma de descubrir que hay vida en otros mundos. De la boca de una col grosera. ¿Boca? ¿Qué boca?
Bien, para abreviar un poco esta grotesca historia, aceptamos las condiciones. Contra las cuerdas, accedemos al trato. Si la aspiradora parlante es capaz de derribar muelles y licuar los cielos, ¿quiénes somos nosotros para llevarle la contraria? Le decimos: "Usted gana". Y todo va de película... de terror.
Después de eso, la aspiradora de otro mundo se marcha. Todos se ponen de puntillas para contemplar cómo atraviesa el techo del vestíbulo con la cabeza por delante. Más tarde descubrimos, por boca de un conserje balbuceante que estaba en el tejado, que cabeza de repollo se ha propulsado a través de la claraboya y se ha elevado flotando hasta su platillo interestelar, suspendido a quince metros del edificio. Dice que a continuación el platillo ha salido despedido hacia el infinito azul y ha desaparecido. A la misma velocidad a la que ha desaparecido la serenidad de un conserje antes cuerdo.
Los jueces y yo celebramos una reunión. Dos de ellos se envalentonan y salen con que es todo una farsa. Yo los reprendo. Les recuerdo que ellos no están pegados al suelo con una luz azul. El detalle los hace reflexionar.
Quedamos en preparar unas tarjetas para las concursantes que esperamos. Me encargo personalmente, porque no quiero llamar a un dibujante y que luego se vaya de la lengua. Contrasto la información con Sampson. Debería haber una tarjeta para Señorita Mercurio, dice, una para Señorita Venus y otras dos para Señorita Marte y Señorita Júpiter. Es bastante probable, dice, que usen nombres distintos para sus propios planetas. Sin embargo, protesta el alcalde Grassblood, si van a participar en un concurso de la Tierra, que acepten nuestros nombres o que se vayan. Yo le recuerdo que cabeza de repollo es capaz de hacer llover, derrumbar un muelle o propulsarse a través del techo como si fuese un ascensor. Grassblood reflexiona un momento.
Nos encontramos ante un pequeño problema con la tarjeta identificativa de la última concursante. No podemos llamarla Señorita Encanto Sideral, porque, según las bases del concurso, todavía no lo es, pero la aspiradora sostiene que es su propia Señorita Encanto Sideral. ¿Qué hacemos, entonces? Finalmente optamos por poner Señorita Espacio Exterior, aunque la solución no nos satisfaga.
—Al monstruo no va a gustarle un pelo —presagia Mendelheimer.
Lo acallamos. Por fin cogemos el ascensor, aturdidos pero sin darnos por vencidos, preguntándonos qué nos deparará la jornada.
Nos depara quebraderos de cabeza.
Decidimos no difundir nada de todo esto, puesto que no estamos seguros. No quiero decir con eso que la aspiradora no hablase en serio, quiero decir que no sabemos si nos conviene irnos de la lengua, no vaya a ser que se ponga nerviosa y tire abajo las paredes del auditorio.
Aun así, como suele pasar en estos casos, alguien de dentro habla más de la cuenta en la clásica conversación de "que quede entre tú y yo" y, antes de que pueda decir esta galaxia es mía, los rumores se extienden por todo el auditorio. Si a eso le añades el testimonio de una cotorra histérica que ha avistado el despegue del platillo sobre el auditorio, ahí lo tienes: Plantado el viento, recogida la tempestad.
La gente me aborda. 
—¿Es cierto eso del platillo, y lo de la cabeza de repollo?
—Ja, ja, esa sí que es buena —les contesto.
Al llegar al escenario, cuarenta minutos y muchos "ja, ja" más tarde, descubro lo buena que es de verdad.
Las concursantes se han presentado con su delegado, entrenador y acompañante, cabeza de repollo. Todas las muchachas, que forman una hilera y aguardan con su traje de baño al estilo terrícola, están boquiabiertas y con los ojos como platos, como niñas ante una atracción de circo.
Cosa que al delegado no le hace ni puñetera gracia. Cuando le tiendo la mano con una sonrisa de anfitrión ufano, el gran ojo amarillo me enfoca como el faro de una locomotora. En todo caso, me doy cuenta de que no hay nada que estrechar, me trago mi metedura de pata y trato de disimular.
—Vaya, han conseguido llegar a tiempo —comento.
—¿Acaso lo dudaba? —me responde él con un tono malhumorado que denota tanta amabilidad como una elocuente lavadora marca Bendix.
—¡No, no! —le digo, y hago desaparecer cualquier asomo de alegría de mis pálidas mejillas—. Ni mucho menos. Los estábamos esperando.
Él hace caso omiso de mis palabras. Recorre con su único ojo a las personas que ocupan el escenario. Sisea.
—Mis concursantes están perdiendo la paciencia con las miradas desorbitadas de sus terrícolas. Exijo que el concurso dé comienzo de inmediato y le ruego que haga lo que corresponda para que cese este ofensivo escrutinio.
Yo asiento, sonrío, voy de corrillo en corrillo dispersando a los presentes, el estómago se me pone del revés. Una vez concluida esa misión, abordo de nuevo a la aspiradora. Lo que dice hace que me dé un vuelco el corazón.
—Como advierta el menor atisbo de prejuicio hacia mis representantes, la más mínima sospecha de consideraciones extrañas, tendrán que atenerse a las graves consecuencias. 
Y así irrumpe en el escenario la ya galardonada Señorita Encanto Sideral.
¿Alguna vez has tenido uno de esos sueños en los que todo sale mal? ¿En los que hagas lo que hagas te acaba saliendo el tiro por la culata? ¿En los que eres el eterno metepatas? Así me sentí yo en ese concurso. Fue un completo desastre.
Se oye un murmullo de curiosidad cuando, después de que hayan desfilado unas cuantas terrícolas por el escenario, levantamos la pancarta que anuncia la entrada de Señorita Mercurio. Luego llegan algunos silbidos y abucheos, aunque se interrumpen de forma repentina cuando la muchacha en cuestión sale al escenario. Y...
ahora bien, Harry, ¿tú qué harías si apareciera dando tumbos en escena una piedra en tecnicolor? Pues supongo que lo mismo que hizo el público. Ojos como platos, caras pálidas y bocas abiertas. Una sola pregunta asalta las mentes del millar de asistentes: "¿Qué carajo es eso?".
Entonces alguno de nuestros invitados de honor suelta la primera carcajada, y se abre la veda. Deciden que se trata de una broma magnífica. Me vuelvo, tembloroso, echo una mirada angustiada de reojo y advierto un brillo asesino en el ojo amarillo. Trago saliva con tanta fuerza que la nuez se me zambulle en los pulmones. Me giro de nuevo.
El público rompe a aplaudir. Qué gracia, la broma, ja, ja. ¡Otra, otra! Y, en efecto, ahí va la siguiente.
Señorita Venus.
Es una planta con ojos. Se desliza por el escenario sobre su frondosa base. Los ojos, que son tres, recorren a la audiencia. Reflejan un ligero disgusto.
Otro rugido del público, en esta ocasión un poco forzado. Como el rugido de un hombre que decide que va a pasarlo bien, claro que sí, aunque en realidad tiene los pelos de punta. Este truco es casi perfecto.
Podría jurarse que la planta verde se mueve sola; hay que ver lo bien que han disimulado los cables.


Noto el aliento de alguien en la nuca. Un aliento pestilente.
—El recibimiento está dejando mucho que desear —farfulla cabeza de repollo—. O ataja usted la situación o las cosas van a ponerse feas.
Lo miro. Pienso en platillos volantes y en pistolas de rayos y en toda California saltando por los aires.
Con eso en mente, salgo al escenario en el momento en que Señorita Venus efectúa su retirada. Cojo el micrófono del suelo y levanto los brazos temblorosos.
—¡Atención, por favor, quiero decirles algo! —Mi voz retumba por toda la sala. Sólo gracias a la electrónica. El bullicio se interrumpe un instante—. Escuchen, por favor. Sé que lo que voy a decirles resulta difícil de creer, pero las dos concursantes a las que acaban de ver ustedes proceden de verdad de Mercurio y.. 
Estallan de nuevo las risas de burla. El público me acribilla a abucheos. Alguien lanza un cojín por los aires. El cielo del auditorio se llena de aviones fabricados con los programas del concurso. Comienza a llover confeti desde los palcos.
—¡Esperen un momento! —suplico a voz en grito—. ¡Atención, por favor!
Más ruido. Espero a que amaine. Veo flashes por todas partes. La historia y las imágenes saldrán en los periódicos. Por primera vez, lamento horrores que se genere publicidad sin esfuerzo alguno. Hay que afrontarlo, Harry: Estoy asustado. Cuando crearon a los héroes, yo estaba durmiendo la mona en la habitación de al lado.
—Comportémonos como es debido con estas concursantes —continúo, y mi voz suena como un graznido espléndido—. Mostrémosles la verdadera deportividad de la Tierra.
Concluyo con un torpe saludo con la mano, dejo caer el micrófono de nuevo al suelo, le hago una seña al presentador para que prosiga y bajo trastabillando del escenario. Y entonces me topo con la aspiradora. Dedico una sonrisa trémula a su complejo sistema de dudosa bondad. Me mira fijamente.
—La Señorita Mercurio está tremendamente ofendida —anuncia—. Me ha dicho que, como no la proclamen ganadora del concurso, sus mayores tomarán serias represalias.
—¿Cómo?
Retrocedo contra la cortina.
—Espere un momento —digo entre jadeos—. ¡Piense un poco! No podemos amañar el concurso sólo porque...
Pero le entra por un oído y le sale por el otro. Bueno, ni eso, porque no tiene oídos.
—Se buscó el problema usted solo —sentencia— al ponerle al concurso el nombre que le puso.
—Amigo, ¡yo no escogí el nombre!
—Eso es lo de menos —replica, y se aleja rodando.
Me vuelvo hacia el escenario, angustiado. Y justo alcanzo a entrever de pasada el debut de Señorita Marte en la Tierra.
Más que como una mujer, la definiría como un aperitivo. El tronco y la cabeza son dos aceitunas, y las piernas y los brazos, palillos ensartados. Me agarro a las cuerdas del telón con un quejido. El público ya no abuchea tanto. La cosa se está calmando, y eso a pesar de lo difícil que resulta admitir qué ocurre sin perder la cordura. Cuando ves un par de aceitunas rodando por el escenario, precedidas de una planta tropical ambulante y una roca multicolor móvil, primero te entra la risa, pero luego empiezas a inquietarte.
Y el público empieza a inquietarse.
La salida al escenario de Señorita Júpiter en un globo transparente tampoco ayuda. Parece un iceberg sucio. No tiene cara, ni brazos, ni piernas; nada. Oigo una arcada procedente del público. Alguien exclama: "¡Puaj!". Lo que nos faltaba...
—La Señorita Marte me ha comunicado —dice la aspiradora— que, como no gane el primer premio, sus sentimientos heridos se traducirán en malignos impulsos de venganza contra este planeta.
—Eh, amigo, espere un momento... —le suplico.
—Terminen el concurso cuanto antes —me espeta—. Mis participantes se están poniendo enfermas a causa de la visión de terrícolas en masa.
—¿Qué quiere decir exactamente con "enfermas"?
—Su aspecto les resulta de una repugnancia extrema.
—Oiga.
Pero ya no está.
Veo como se aleja rodando. Les resultamos repugnantes. Si no tuviera ganas de llorar, me echaría a reír. Pero tengo muchas ganas de llorar.
Momento álgido del espectáculo: Señorita Encanto Sideral. Su propia Señorita Encanto Sideral sale de entre bastidores.
No puedo decir que saliera andando. Tampoco que rodase. Ni que se arrastrase. Se desplazaba dejando un rastro de babas por el escenario.
Era una suerte de medusa naranja con falda y ojos. Era como un trozo de gelatina temblorosa que se ha escapado del plato en busca de la nata montada. Mejor me callo. Se me está revolviendo el estómago.
No, me digo a mí mismo una y otra vez, ella no. Es imposible que crea que...
—Nuestra Señorita Encanto Sideral me ha comunicado... —comienza a decir el delegado.
Ya no puedo más.
—¡Oh! ¿No me diga? —grito—. ¿Y qué me dice de Venus y Júpiter?, ¿están enfermas?
—Ellas también exigen el primer premio —dice la aspiradora con cabeza de repollo.
Me derrito, me deslizo entre los tablones del suelo y desaparezco por las grietas. En mi imaginación. En la realidad, me quedo con la boca tan abierta que podrían entrarme todas las moscas que buscan hogar.
—¿Y cómo quieren ganar todas? —pregunto con un titubeo atropellado.
—Eso es lo de menos —dice él, al tiempo que lo pienso yo. Por unos instantes, me enciendo otra vez.
—Me parece a mí que usted solo ha venido a buscar gresca —le digo.
Me fulmina con el ojo como un exterminador que apuntase con la mira a un espécimen particularmente odioso.
—Ustedes, los terrícolas, no nos gustan. Mis concursantes y yo mismo los vemos como seres aborrecibles para la mente y desagradables para la vista. Todos nosotros nos sentiremos aliviados cuando las proclamen a todas ganadoras y podamos abandonar su detestable presencia.
Miro fijamente la bolsa para el polvo que tiene por espalda. Me planteo la posibilidad de escabullirme por la puerta de atrás y coger un barco a Sudamérica. En el foso, la orquesta está tocando Estoy enamorada del hombre de la Luna, la única canción espacial que conocen. Los jueces están bajando del escenario para tomarse un descanso; necesitan un buen trago de algo fuerte. Se hicieron jueces con la esperanza de darle una alegría al cuerpo contemplando chicas despampanantes, ¿y con qué se han encontrado?
Los conduzco hasta un vestidor del tamaño de un armario ropero. Las gotas de sudor se les deslizan por el rostro rollizo, aunque a ninguno le importa. Todos me censuran con la mirada.
—Tenemos un problema de mil demonios —les comunico, y les doy los detalles.
—¡Pero eso es imposible! —exclama el Dignatario Local Número Dos, incapaz de golpearse la noble testa a causa de la angostura del lugar.
—Ya se lo he dicho —digo—, pero no lo convenzo.
Gloober, de etcétera, etcétera, se agacha para tomar asiento en una silla que a duras penas acoge su generosa envergadura.
—Me estoy mareando —advierte.
Grassblood se da un puñetazo en la poderosa palma.
—¡Esto es antiamericano! —suelta, y frunce los labios.
—Y yo tengo una sobrina que quería ganar el concurso... —apunta Mendelheimer con tristeza.


—¿Cómo? —brama el Dign. Local Núm. 2—. ¡Tongo! ¡Estafa!
—Vale, vale, vale... ¡Basta! —Ese soy yo, enfadado, hasta la coronilla ya.
Acto seguido trato de aliviar la tensión. Le digo a Mendelheimer que aunque su sobrina, Señorita Canal Alimentario, fuese juzgada con imparcialidad y considerada la más bella, no podría ganar porque estamos atados de pies y manos. Tiene que llevarse el galardón una de las candidatas del espacio exterior.
—Y, si no, ¿qué? —pregunta Gloober, de...
—Si no, nos pulverizarán —le digo yo.
—¿De verdad cree que son capaces? —pregunta Mendelheimer.
—Amigo, después de lo que le he visto hacer a esa criatura, tengo que creerme cuanto me diga.
—¿Y a cuál de las candidatas deberíamos concederle el premio? —Es Sampson quien hace la gran pregunta.
El Dign. Local Núm. 2 se lleva las manos a la cabeza en un gesto de municipal desesperación.
—¡Estamos acorralados! —grita. Estoy de acuerdo.
Al final, tenemos que postergar la decisión, porque el concurso debe continuar. Les recomiendo que sean todo lo cautos que puedan, que se piensen las cosas dos veces, que sopesen sus decisiones con detenimiento. Regresan a sus asientos con la alegría con que los nobles se subían a las carretas que los llevaban a la guillotina. Se acomodan, y yo me doy cuenta de hasta qué punto están preocupados cuando ante ellos desfila Señorita Brooklyn y ni siquiera pestañean. Si una mujer tan despampanante no provoca ninguna reacción, o estás muy preocupado o estás muerto.
Intento razonar con cabeza de repollo una vez más.
—Escuche —le digo—, es usted inteligente. ¿No le parece evidente que no podemos conceder un único premio a cinco concursantes?
Las matemáticas terrestres carecen de significado para él.
—Este concurso debe terminar pronto —es todo cuanto alcanza a decirme—. Este parloteo superficial sólo sirve para aumentar nuestra irritación. Resulta indiscutible que esas repugnantes criaturas que desfilan ahí no pueden competir con mis hermosas participantes. Ningún juez en su sano juicio, ni en la Tierra ni en el Cielo, podría otorgar un galardón a una criatura tan manifiestamente horribles.
Atisbo una luz. Posible idea.
—¿horribles? —le digo—. ¿Cree usted que son horribles?
—Todos ustedes lo son.
Me doy la vuelta. De repente, creo que lo tengo. Mi cerebro, por fin, se ha puesto en funcionamiento. Me dirijo raudo y veloz a un teléfono, y hago mi apuesta para intentar salvar a nuestro pobre planeta.
Después subo al escenario y me deslizo hasta donde está Sampson. Allí, mientras contemplo bellezas excelsas con medidas perfectas de 90-60-90, se lo cuento con disimulo por la comisura de los labios.
Se le ilumina el rostro con la clase de sonrisa reservada para quienes han pagado el Cadillac del año al contado. Después se inclina hacia el otro lado y le susurra la noticia al representante del orgullo cívico de Gall Stone. El alcalde se la transmite al oído a Mendelheimer; este, a Gloober & Gloober, y este último, al Dign. Local Núm. 2.
Después, todos ellos se sonríen y contemplan con renovada lascivia a los bellezones que desfilan, y yo me siento orgulloso de mi gran ingenio como publicista.
Este es probablemente el concurso de belleza más largo que se haya celebrado jamás. Tiene que serlo. Mi plan requiere tiempo y tenemos que conseguirlo por mucho que nos cueste. Hacemos desfilar a las concursantes de frente, de espaldas, de lado. Solas, en pareja, en grupo, en una larga y nutrida hilera. Desfilan de todas las maneras habidas y por haber, salvo de cabeza. Las mujeres comienzan a quejarse. Incluso el público empieza a cansarse de los cuerpos esbeltos de las muchachas. Y cuando los hombres de mirada vidriosa se hartan de ver mujeres es que, en efecto, te has pasado de la raya.
Sin embargo, no pasa nada, porque mi plan ya está a punto. Me dirijo al micrófono.
—Damas y caballeros, antes de anunciar a la ganadora, quiero añadir un galardón sorpresa a nuestra lista de premios. Con anterioridad anunciamos la copa, el coche, el contrato en Hollywood, un año de atención gratuita y apaños varios en Max Factor, y otros artículos pequeños. Pues bien, ahora tenemos un premio más —Hago una breve pausa antes de dar el golpe de efecto definitivo—. Un mes de vacaciones en el Mediterráneo con nada más y menos que...
»Damas y caballeros —le doy emoción—: ¡Míster Universo!
Un rubio apuesto y musculoso aparece en mallas en el escenario, y todas las aburridas amas de casa del público pegan un brinco en sus asientos.
Mientras en mi mente, agotada pero feliz, resuenan los vítores y protestas, echo un vistazo fuera del escenario.
Tal como imaginaba, las chicas del espacio exterior se han apiñado alrededor del delegado. Hago una señal al presentador y desciendo del entarimado con una sensación refrescante de victoria.
Así que somos feos. Vaya, qué mala suerte. Si quieren llevarse el primer premio, tendrán que aceptar esas vacaciones. Un mes en el Mediterráneo con Míster Fealdad Manifiesta. Lo tomas o lo dejas.
Cabeza de repollo me localiza y arranca a rodar hacia mí. Yo trago saliva a medida que se acerca y la sensación de victoria se desvanece un poco. Advierto enajenación en su ojo.
—¡Quiere estafarnos! —me acusa.
—¿Estafarlos? —pregunto con rostro inexpresivo.
—¿Piensa llevar esta estratagema hasta el final?
—Señor —le digo—, es nuestro concurso. Le concederemos el premio, pero tenemos derecho a decidir cuál será ese premio.
—Eso es lo de menos —dice.
—¿Cómo? —Intuyo que habla de otra cosa.
—¿Cómo se atreve a proclamar Míster Universo a esa criatura? —farfulla—. ¿Es que no se da cuenta de que el universo contiene más galaxias que estrellas hay en su propia galaxia?
—¿Cómo?
—Esto exige medidas drásticas. Tengo que llamar inmediatamente a la Alianza de Galaxias. Se celebrará un concurso en este mismo edificio para decidir quién es merecedor del título de Míster Universo. Déjeme ver: Hay aproximadamente unos siete millones quinientos noventa y cinco mil representantes, que, divididos entre sus partes integrantes, dan un total...
Harry, ¿qué me dices? ¿No necesitarías a un pobre ayudante para dar un empujoncito a los frijoles? Harry, trabajaré gratis. ¡Por favor!


FIN

2025/11/24

El túnel adelante (Alice Glaser)


Título Original: The Tunnel Ahead
 Año: 1961


El piso del Topolino estaba cubierto de arena. Tom tenía también arena en los pantalones y entre los dedos de los pies. Pensó:
"Maldita sea, han construido aquí una carretera de seis pistas que va directamente al océano, una plataforma giratoria con capacidad para trescientos coches que facilita el tránsito en la playa, todo eficiente, organizado, mecanizado y amable, y he aquí el resultado: Arena. Y dentro del coche, a pesar del aire acondicionado, el olor acre de las salinas quemadas por el sol".
Los músculos entumecidos le dolían como de costumbre. Acarició inútilmente el volante, deseando tener algo que hacer, lamentando que el coche fuese tan pequeño, y en seguida se sintió avergonzado. Esos sentimientos eran antisociales. Por supuesto, nada tenía que hacer, pues la carretera estaba funcionando en forma automática, como todas. Así era la ley. Y aunque viajaba tan encogido que las rodillas le tocaban casi el mentón, y el techo del coche le apretaba la nuca como la tapa de una caja, y sus cuatro hijos amontonados en el asiento trasero parecían aspirarle el cuello de la camisa... bueno, era inevitable y, además, el Topolino tenía dos metros de largo como indicaba la ley. No había por qué quejarse.
Por otra parte, no había sido un mal día al fin y al cabo. Cinco horas para recorrer sesenta kilómetros hasta la playa y luego, por supuesto, un par de horas esperando en fila a que les llegara el turno para meterse en el mar. Estaban tardando un poco más en el viaje de vuelta, como siempre. No se podía saber tampoco qué ocurriría en el Túnel. Estarían otra vez en casa a eso de las diez, quizá. No demasiado tarde.
"Un modo tan bueno como cualquier otro para matar el ocio", pensó. A veces sobraba ocio para matar, realmente.
Jeannie, sentada a su lado, miraba por la ventanilla. Se había recogido el pelo en la nuca —un pelo casi tan rubio como el de los niños— y aunque estaba embarazada otra vez no parecía mucho más vieja que hacía diez años. Pero había dejado de tejer y pensaba ahora en el Túnel. Tom siempre se daba cuenta.
—¡Ay!
Algo golpeó la nuca de Tom, que se dobló hacia adelante tropezando con el parabrisas.
—¡Eh!
Se volvió a medias y lanzó un manotazo a la pala que la pequeña Pattie, de cuatro años, blandía en ese momento.
—Nadé —anunció Pattie, con los ojos azules muy abiertos—. Nadé bien y no tropecé a ninguno.
—Con ninguno —corrigió Tom.
Confiscó la pala, pensando cansadamente que "nadar" en esos días significaba "pisar agua". No había espacio para más en la atestada área de baño.
Jeannie se había vuelto también y miraba sonriendo a su hija, pero Tom meneó la cabeza.
—Ha llegado el momento —dijo brevemente.
Sabía que un paseo en coche aumentaba inevitablemente la tensión de los niños; lo sabía bien pues los veía a menudo, con tantos intervalos entre las horas de clases, entre las horas de juegos y aun entre las horas de su propio trabajo. Pero no les faltaría la educación apropiada. Al primer signo de extroversión, cortar por lo sano, ese era su lema. Se les evitaba así muchos daños futuros.
Jeannie se inclinó hacia adelante y apretó un botón del tablero. La gaveta de tranquilizantes salió y se abrió. Jeannie eligió una pastilla rosada, pero cuando se volvió, Pattie estaba ya apaciguada, con las manos en el regazo y los ojos fijos en la pantalla de TV del asiento trasero. Jeannie suspiró y deslizó la píldora en la boca entreabierta de la pequeña Pattie.
Los otros tres no hablaban desde hacía horas, tal como se esperaba. Jeannie les había servido un almuerzo apropiadamente pesado en el coche: Proteínas sintéticas y un tazón caliente de la sopa de algas deshidratadas que había puesto en el termo. Además, todos habían tomado una dosis extra de tranquilizantes para el viaje. David, de seis años, que hacía un tiempo se resistía a abandonar su extroversión, estaba mirando la pantalla de TV y respiraba con dificultad. David era el primogénito, y había nacido en la cabina de partos del supermercado el 3 de abril del año 2100, a las ocho y treinta de la mañana. El mismo año en que la población de los Estados Unidos había llegado a los mil millones. Y era el quinto niño entre los que habían nacido aquella mañana en el supermercado. Las mellizas Susan y Pattie estaban sentadas muy derechas y miraban atentamente la pantalla; y la bebé, Betsy, de dos años, se había tumbado en el asiento y no tardaría en dormirse.
El coche avanzaba a quince kilómetros por hora, uno más en la fila de brillantes burbujas que se extendía como una cinta de caramelos a lo largo de la nueva carretera de Pulaski, iluminada por el sol poniente. La distancia entre los coches (que la ruta automática medía estrictamente) nunca cambiaba.
Tom sintió un dolor sordo en los ojos. Unos breves calambres le atenaceaban ahora los músculos. Le echó a Jeannie una mirada de disculpa, pues a ella no le gustaban los programas deportivos, y encendió la pantalla de TV del tablero. La tercera partida del campeonato mundial ya había comenzado. Malenkovsky con las rojas. Malenkovsky movió una pieza y se reclinó en la silla. Las cámaras enfocaron a Saito, con las negras. Iba a ser una buena partida de damas. Más movida que casi todas.
Estaban a menos de un kilómetro del Túnel cuando la fila de coches se detuvo de pronto. Durante un minuto Tom no dijo nada. Quizás había ocurrido un accidente, o quizás alguien había salido de la fila, pasando ilegalmente de automático a manual. Otro minuto más. Las manos de Jeannie apretaban tensamente la manta amarilla que estaba tejiendo.
Era evidente ahora que la detención se prolongaría. Jeannie miró las filas inmóviles de coches, frunciendo un poco el ceño.


—Me alegra que ocurra ahora. Esto aumenta nuestras probabilidades, ¿no es así?
La pregunta era retórica y Tom sintió la irritación habitual. Jeannie era una joven inteligente, pues si no él no la hubiese querido tanto. Pero no podía entender las leyes de las probabilidades. El Túnel se cerraba diez veces por semana, término medio. Los diez cierres podían sucederse con intervalos de segundos o en plazo de una hora. A veces no había ningún cierre en todo un día. Que hubiese ocurrido en este momento no modificaba nada.
—Alguna vez nos tocará a nosotros, Tom —dijo Jeannie pensativamente.
Tom se encogió de hombros sin responder. Podía ocurrir cualquier cosa en el futuro, pero ahora estaban a salvo, por lo menos durante media hora.
David estaba retorciéndose un poco, con cara de disculpa.
—¿Puedo salir, papá, si el Túnel está cerrado? Me duele.
Tom se mordió los labios. Entendía bien a los chicos, recordando los años en que su propio cuerpo crecía y crecía, y él no quería hacer otra cosa que correr, correr rápidamente, a cualquier parte. Los chicos, extrovertidos, todos ellos. Quizás uno podía ir adelante de ese modo en el siglo veinte, cuando no había multitudes y sobraba el espacio, pero no ahora. David tendría que aprender a estarse quieto, como todos los demás.
David había comenzado a flexionar los músculos rítmicamente. Ejercicio pasivo, lo llamaban. Un nuevo pseudo deporte que no necesitaba espacio y era enseñado científicamente en los minutos de recreo. Tom observó con envidia a su hijo. Era magnífico disponer de tanta energía física, no teniendo que hacer cola para obtener una nueva ración de gimnasia.
—Papá, en serio, tengo que salir.
David se retorció otra vez en el asiento. Bueno, parecía que el chico decía la verdad. Tom miró por el parabrisas. Los miles de coches que estaban a la vista no se movían aún. Abrió la portezuela. David se deslizó rápidamente fuera del coche. Tom observó como el chico comenzaba a estirar los brazos por encima de la cabeza, liberado de la presión del techo y como en seguida se comportaba en forma decente adoptando el paso introvertido. Por suerte, había un retrete a pocos metros y la cola de gente era corta allí.
"Está creciendo", pensó Tom, sintiéndose descorazonado de pronto. Había estado rogando que el chico heredara la estatura baja de Jeannie, no su propio metro ochenta. Cuanto más espacio ocupaba uno, más difíciles eran las cosas que, por otra parte, empeoraban día a día. Tom había notado últimamente que la gente le ponía mala cara en la calle.
En el brillante Topolino azul que estaba detrás había una familia italiana, también con muchos chicos. Dos de ellos, al ver a David delante del retrete, salieron corriendo y se pusieron a la cola. El padre sonreía y, de pronto, se volvió hacia Tom, que apartó los ojos. Recordó haber visto como se pasaban en el coche una botella de agua muy cara, y toda la familia había empinado alegremente el codo como si el agua creciese en los árboles. Extrovertidos, todos ellos. Era casi criminal que se les permitiera a esas gentes ir de este modo de aquí para allá, aumentando la incomodidad de todo el mundo. Ahora el padre había dejado también el coche. Tenía el pelo negro, rizado, y era rechoncho. Cuando vio que Tom lo miraba, sonrió ampliamente, señaló el Túnel y alzó los hombros como queriendo expresar una divertida resignación.
Tom tamborileó con los dedos en el volante. Los extraversos eran afortunados. Nunca parecían preocupados a propósito del Túnel. Tenían que sacar a los chicos fuera de la ciudad, de cuando en cuando, como todo el mundo. Para salir y para entrar había que pasar necesariamente por el Túnel, de modo que se encogían de hombros y pasaban. Además, ahora había tantas normas y reglas que era difícil discutirlas. Nadie podía oponerse al Consejo de la Ciudad. Los extraversos nunca temían el viaje como Jeannie, ni lo... Los dedos de Tom se cerraron rígidamente sobre el volante y trató de alejar el pensamiento que se le había ocurrido. Había estado a punto de decir que ni lo necesitaban como a él.
David salió del retrete y se deslizó otra vez en su asiento. Los coches habían empezado a moverse y poco después ya se arrastraban como antes.
A la izquierda de la carretera se extendía ahora la construcción que llamaban, en broma, la "montaña de las latas de cerveza". Hasta ahora no había nada allí excepto las pilas montañosas de ladrillos brillantes, los ladrillos de metal que en un tiempo habían sido recipientes de hojalata y que pronto se ordenarían en otra de las tan necesitadas casas de vivienda. Probablemente con cielos rasos todavía más bajos y paredes aún más delgadas. Tom parpadeó involuntariamente, pensando que en su casa, en una zona de residencias más antiguas, los cielos rasos eran tan bajos que él nunca podía estar de pie sin tener la cabeza inclinada. El espacio destinado a los hombres estaba reduciéndose, y todos los días un poco más.
En la llanura, a la derecha de la carretera, se extendían en hileras de kilómetros y kilómetros de edificios centelleantes, separados por estaciones de gasolina y parques de estacionamientos. Y más allá de esa llanura se alzaban los suburbios de Long Island, de pisos de cemento y atestados de rascacielos de alegres colores.
Aquí, ya más cerca de la ciudad, el aire tronaba con el ruido de las radios de transistores y los aparatos de TV. La intimidad y el silencio habían desaparecido de todas partes, por supuesto, pero éste era un barrio de clases bajas y el estruendo atravesaba aun las ventanillas cerradas del coche. Los inmensos edificios, de bloques de cemento y luces de neón, llegaban casi al borde de la carretera, con rampas entre ellos en todos los niveles. En esas rampas, construidas en un principio para los coches, se amontonaba ahora la gente que volvía de sus turnos de trabajo o de una visita a los mercados, o que entretenía simplemente las interminables horas de ocio. "Parecen todos bastante apáticos", pensó Tom. Nadie podía acusarlos en verdad. La vida material era tan segura que nadie hacía un trabajo que no fuese realmente necesario. Todos lo sabían. Los empleos de esa gente eran probablemente tan monótonos y fútiles como el suyo. Todo lo que él hacía era verificar columnas de números en un libro mayor y luego copiarlas en otro libro mayor. Mataba el tiempo, como los demás. No parecía que a esta gente le importara mucho.
Pero, mientras miraba, hubo de pronto un rápido forcejeo en la multitud, un breve estallido de violencia. El zapato de un hombre había roto el tacón de una mujer. La mujer se volvió y golpeó al hombre con el bolso de las compras, abriéndole una herida en la mejilla. El hombre contestó con un puñetazo al estómago de la mujer, que lanzó a su vez un puntapié. Un hombre que venía detrás se abrió paso entre ellos a codazos, con la cara distorsionada. La pareja se separó, murmurando entre dientes. La irritación se extendió, como ocurría de cuando en cuando, como si nadie esperara otra cosa que la oportunidad de descargar un golpe.
Jeannie había visto también el incidente. Ahogó un grito y apartó los ojos de la ventanilla, mirando a los niños que ahora dormían. Tom le acarició el pelo.


Un vasto rascacielos se alzaba ahora ante ellos: El cubo de paredes de vidrio de Manhattan. Unos rayos luminosos salían del edificio y se perdían en el crepúsculo. Los jardines, cuidadosamente planeados, eran manchas verdes en los noventa y ocho pisos de la unidad. Tom, como siempre, bendijo a la mente previsora que los había puesto allí. Todos sus hijos podían pasar de ese modo una hora semanal en la hierba y jugar junto al árbol. Hasta había un zoológico en cada piso, no como los zoológicos complicados de Washington, Londres y Moscú, por supuesto, pero sí por lo menos con un perro, un gato y una pecera bastante grande. Lujos semejantes permitían que uno olvidara a veces la multitud y el ruido y los cuartos diminutos y la sensación que nunca había bastante aire para respirar.
Estaban ya cerca del Túnel. Jeannie había dejado su tejido y tendía la cara hacia adelante como si estuviese escuchando más que mirando. A pesar de sus propios razonamientos, Tom se sorprendió tocando nerviosamente el tablero. En la pantalla de TV, Malenkovsky movía triunfalmente una dama.
Habían llegado a las puertas del Túnel. Jeannie estaba callada; y miró irracionalmente su reloj pulsera.
Tom apretó el botón de los tranquilizantes y la gaveta se abrió, pero Jeannie meneó la cabeza.
—Odio esto, Tom. Me parece una idea absolutamente sucia.
La irritación de Jeannie sorprendió a Tom, sintiéndose casi escandalizado.
—¿No es lo más justo? —replicó—. Lo sabes muy bien.
—No me importa —dijo Jeannie entre dientes—. Tiene que haber otro modo.
—No hay nada más justo —insistió Tom—. Corremos el riesgo como todos los demás.
Sentía ahora los latidos de su propio corazón. Tenía las manos frías. Siempre le pasaba eso cuando entraban al Túnel, y nunca había sabido si era miedo o impaciencia, o las dos cosas. Observó a los niños en el asiento trasero. David miraba la pantalla de TV otra vez y se mordisqueaba una uña. Los otros tres dormían aún, tal como se les había enseñado, con las manos dobladas sobre el vientre. Tres ratones ciegos.
En el Túnel había ecos y frío. Las paredes de azulejos, limpios y pulidos, emitían una luz blanca. Soplaba un viento y parecía que los coches se movían rápidamente. La familia italiana venía aún detrás de ellos, a una velocidad constante. En el techo del Túnel se movían unos grandes ventiladores, más ruidosos que los invisibles aparatos de aire acondicionado y el lento movimiento de los coches.
Jeannie había apoyado la cabeza en el respaldo del asiento como si estuviese dormida. Los coches se detuvieron un instante, poniéndose en seguida en movimiento. Tom se preguntó si Jeannie había sentido aquel mismo escalofrío. Le miró entonces la boca y descubrió una expresión de miedo.
El Túnel, pensó, tenía dos mil quinientos metros de largo. Cada uno de los coches medía dos metros. Había un metro y medio entre cada coche. Setecientos coches en el Túnel por lo tanto, más de tres mil personas. Se tardaba quince minutos en pasar el Túnel. Estaban a medio camino.
Habían cruzado ya las tres cuartas partes. Unas luces automáticas parpadeaban en el techo. El pie de Tom se movió hacia el acelerador antes que recordara que el coche marchaba en automático. Era un movimiento casi instintivo. Las manos y los pies querían hacer algo. El cuerpo deseaba controlar la dirección del avance. Siempre se sentía así, en el Túnel.
Ya estaban casi afuera. Tom tuvo la sensación que unas hormiguitas le corrían por el cuero cabelludo. Movió los dedos de los pies sintiendo las asperezas de la arena entre ellos. Ahora ya se veía la salida. Quizá dos minutos más. Un minuto.
Se detuvieron otra vez. Un coche, en algún sitio, allá adelante, se había salido de la fila. Una vez fuera del Túnel estaba permitido pasar otra vez a manual, pues era necesario elegir la pista correcta entre las otras diez. De otro modo, uno podía encontrarse de pronto en la pista más alta de Manhattan cuando ya no había sitio para doblar.
Tom palmeó el volante. El coche de adelante había vuelto otra vez a la fila. Se pusieron de nuevo en marcha, más rápidamente. Ya estaban fuera del Túnel.
Jeannie recogió su tejido y lo sacudió bruscamente. En seguida, lo dejó caer como si se hubiera pinchado los dedos. Arriba sonó una campana, no muy fuerte pero clara. Justo detrás del parachoques trasero, unas puertas se deslizaron cerrándose silenciosamente.
Jeannie se volvió para mirar el espacio donde había estado hasta entonces la familia italiana, el coche de color azul y donde habían estado otros. No se veía ningún coche ahora. Jeannie se dio vuelta otra vez y miró inexpresivamente por el parabrisas.
Tom estaba calculando. Dos minutos para que funcionaran las duchas del techo. Luego, los setecientos coches del Túnel serían izados y vaciados. Diez minutos para eso, aproximadamente. Se preguntó cuánto tardarían los ventiladores en eliminar los restos del gas cianuro.
"Despoblación sin discriminación" lo habían llamado en la época de las elecciones. Nadie hubiera admitido que votaba por eso, pero casi todos votaron. Uno se decía en voz alta: "Es el modo más justo de cumplir con algo necesario". Pero en algún lugar secreto de la mente, uno reconocía que había algo más. Una apuesta, el único elemento impredecible en el largo y temible proceso de la supervivencia. Un juego. Una ruleta rusa. Un juego en que uno entraba para ganar. O quizá para perder. No importaba mucho, pues el Túnel excitaba en verdad. No quedaba otra excitación en el mundo.
Tom se sintió de pronto notablemente despierto. Puso el coche en manual y enfiló la nariz redonda del Topolino hacia la cuarta carretera.
Se puso a silbar entre dientes.
—La próxima semana otra vez a la playa, ¿eh, querida?
Jeannie lo miraba a la cara. Tom dijo defensivamente:
—Es bueno para todos salir alguna vez de la ciudad, respirar de cuando en cuando un poco de aire fresco.
Tocó a Jeannie con el codo y le tironeó el pelo, afectuosamente.


FIN

2025/11/17

Curso de supervivencia (Philip E. High)


Título original: Survival Course
Año: 1961


Crichton era un brillante químico, que tenía una obsesión: La creencia de que podía verse abandonado a sus propios recursos.
Había estudiado, me dijo, las técnicas de la supervivencia en las condiciones más primitivas.
—No estoy dispuesto a morir sin luchar —añadió, en tono firme—. Si naufragamos, sabré cómo arreglármelas.
Ninguno de nosotros esperaba naufragar, y, en el peor de los casos, una nave de rescate no tardaría más de dos años en recogernos, pero Crichton no estaba dispuesto a correr ningún riesgo.
Se compró un arco y un montón de flechas ("La munición puede escasear, ¿sabes?") y había aprendido a encender fuego frotando dos trozos de madera.
—Todo el mundo debería de seguir un curso de supervivencia antes de enfrentarse con un trabajo como éste —dijo—. No trato de establecer un precedente, sino de apuntar un dedo acusador contra la autoridad: Los cursos de supervivencia deberían ser obligatorios. Si la base fuera destruida y necesitáramos comida y fuego...
Cuando llegamos a Venus, me hubiera gustado ver a Crichton tratando de encender fuego.
La anterior expedición nos había advertido de las condiciones que íbamos a encontrar, y planteó la discusión de si el planeta era una bola de polvo, o todo lo contrario. Era todo lo contrario. Crichton hubiera necesitado una tienda impermeable para encender su fuego. Y en cuanto a materiales secos...
A pesar de los informes y de las fotografías de primera mano, Venus fue una sorpresa para nosotros. Nos habían preparado para la humedad, los insectos, los gérmenes, las tormentas casi diarias, pero no para el escenario real.
Maynes miró a través de la mirilla azotada por la lluvia y exclamó con una voz sorprendida:
¡Hermano! 
Como comentario resultaba muy significativo, pero en el momento de aterrizar estábamos demasiado atareados y sólo más tarde pudimos contemplar el espectáculo con nuestros propios ojos y añadir algunos detalles profanos a aquel comentario.
Afortunadamente, la anterior expedición había comprobado las condiciones de la llanura en la cual habíamos aterrizado, de modo que pudimos empezar a establecer la base Nos colocamos las mascarillas nasales y nos aventuramos bajo el implacable diluvio.
Me parecía increíble que una base operacional que incluía un campamento de chozas, laboratorios en miniatura, tres dormitorios con sus correspondientes camastros y pasillos de comunicación, pudiera ser almacenada en un compartimiento poco mayor que una caja de sombreros, pero los magos de la ciencia lo habían conseguido. Lo único que había que hacer era hinchar todos los elementos, los cuales, al alcanzar el tamaño adecuado, se endurecían en dieciocho minutos. Transportar aquellos elementos resultó bastante fácil, pero anclarlos ya fue harina de otro costal.
Sobre la llanura había una capa de cinco pies de enredaderas que tenían que ser arrancadas, y debajo de las enredaderas había seis pulgadas de agua. Después del agua aparecieron dieciocho pulgadas de detritus vegetales, y antes de llegar al suelo de roca tuvimos que extraer otra capa de cuatro pies de tierra.
La base tenía que ser anclada, y las tiendas, a pesar de que eran sorprendentemente fuertes, parecían ligeras como plumas ante la fuerza del temporal y teníamos la impresión que iban a echar a volar de un momento a otro.
Chapoteamos a través del diluvio, con el equipo atado a nuestros pechos, tropezando con las malditas enredaderas como un grupo de cómicos en una antigua película muda. El trabajo nos llevó casi diez horas y nos dejó físicamente agotados. Hacía un calor insoportable, el sudor mezclado con la lluvia corría a raudales por nuestros rostros, y, bajo la opresión de las mascarillas nasales, experimentábamos la sensación de que nos hervían vivos lentamente.
Fue un verdadero alivio entrar en las tiendas cuando por fin quedaron ancladas y librarse del insoportable calor. Alguien había puesto en marcha los acondicionadores de aire y resultaba delicioso poder respirar.
Sin embargo, las tiendas carecían de eliminadores de ruidos. No había modo de librarse del continuo repiqueteo de la lluvia, un repiqueteo cada vez más obsesionante.
Cuando nos recobramos un poco dirigimos una primera ojeada al planeta y, como ya he dicho, no estábamos preparados para lo que vimos. Sabíamos que en Venus no había árboles, y sí unos arbustos en forma de hongos que a veces alcanzaban una altura de sesenta pies. Sabíamos que había enredaderas, pero aquello... La vegetación no era verde, ni siquiera de un verde pálido; era blanquecina, con grandes zonas negras como si se hubiera prendido fuego recientemente; cosa imposible dadas las condiciones climatológicas.
Venus parecía un gigantesco lecho de setas que crecían en medio de una maraña de interminables gusanos blancos.
El cielo también era bastante especial. En la Tierra, cuando llueve, suele ser oscuro, pero allí era blancuzco, brillante, como si el sol estuviera inmediatamente detrás de las nubes y quemara a través de ellas.
Más tarde descubrimos que la penetración ultravioleta era prodigiosa, y la mayoría de nosotros padecimos graves quemaduras a pesar de que la lluvia caía constantemente sobre nuestros rostros.
Holz explicó lo blanquecino de la vegetación en un largo discurso acerca de los eslabones celulares y de la clorofila, discurso que no llegué a comprender del todo.
Mendoza le superó más tarde cuando habló del extraño aspecto del cielo. La única palabra que comprendí fue "refracción".
Personalmente experimenté una sola reacción, y fue de tipo emotivo: El lugar me ponía la carne de gallina.
Paulatinamente fuimos adaptándonos a la situación. A mí me correspondió el pesado trabajo de descargar los suministros.
Unos meses antes de nuestra salida de la Tierra habían sido colocados en órbita alrededor de Venus seis Sputlites. Hacerlos descender por radio-control y acercarlos a la base lo suficiente para que fueran accesibles no es un trabajo que pueda recomendarse para los nervios.
Una vez estaban en la atmósfera, la cosa no resultaba demasiado difícil, ya que los estabilizadores entraban en funciones, pero de todos modos me veía obligado a vigilar los mandos con un ojo y los indicadores del nivel de combustible con el otro. Después de un viaje de veintiséis millones de millas la provisión de combustible era muy limitada. En resumidas cuentas, perdí casi veinte libras en sudor nervioso antes de que la tarea estuviera terminada.
Inmediatamente después empezó el trabajo de delinear mapas. Podíamos explorar todo el planeta por medio del radar y, cuando era necesario, fotografiar cualquier zona por medio de cámaras teledirigidas.
Era un trabajo que al principio resultó interesante, pero no tardó en hacerse aburrido, ya que el paisaje de Venus era bastante monótono. Había dos grandes continentes, innumerables islas de todos los tamaños y amplias zonas de océano de aspecto fangoso, cubiertas siempre por una espesa niebla.


Sin embargo, Holz, nuestro biólogo, se hallaba en su elemento y hacía continuamente nuevos descubrimientos que era incapaz de reservarse.
—Sucede algo muy curioso. Todo lo que he examinado hasta ahora en este planeta es ciego, lo mismo los insectos que la vida orgánica.
—¿Entonces cómo se mueven? —preguntó alguien.
—¡Ah! Ése es otro factor interesante. Todo lo viviente emite un zumbido ultrasónico, inaudible para el oído humano, cuyos ecos utilizan las formas vivientes para determinar su posición, tal como hacen los murciélagos, por ejemplo.
Medité en el problema. La Naturaleza podía haber tropezado con dificultades para desarrollar un órgano de la vista en el planeta. Todos nosotros nos habíamos visto obligados a utilizar gafas polarizadas al cabo de unas horas de nuestra llegada a Venus, e incluso así nuestra visión se vio desagradablemente afectada durante unas horas más.
Fue también Holz el que sembró las primeras confusiones en nuestras mentes.
—Sucede algo muy raro aquí —dijo—. Las apariencias exteriores sugieren una Tierra en decadencia. Y la Tierra es más antigua que Venus, aunque no mucho más antigua.
Ratcliffe, el geólogo, asintió rápidamente.
—Parece como si tuviera un centenar de millones de años, pero yo diría que tiene diez, millón más, millón menos.
Holz se golpeó la palma de la mano con un enorme puño.
—Y, sin embargo, sólo existen dos formas de vida orgánica. Esto no tiene sentido. Biológicamente, algo tendría que haber evolucionado, algo con un principio de inteligencia.
—Me gustaría —intervino Pearson— hacer una pregunta acerca de la edad del planeta.
—Estamos hablando en términos de desarrollo, en términos de vida, si lo prefiere —Ratcliffe estaba decidido a no dejarse arrastrar a una discusión—. Astronómicamente, desde luego.
—Dejemos esto —dijo Holz—. Antes de llegar a una conclusión tenemos que estudiar a fondo los elementos que poseemos.
Y, por el momento, quedó zanjada la cuestión.
La vida continuó. Todo el mundo estaba muy ocupado, pero a mí me quedaba tiempo para observar y para pensar.
Tal como Holz había observado, en Venus había solamente dos formas de vida orgánica. La primera era el Piesplanos. Se coge un cerdo, se le pinta de un color blanco sucio, se le extirpan los ojos y se le añaden unos enormes pies en forma de aletas, y ya está. Olía espantosamente mal y se pasaba la mayor parte del tiempo con el hocico enterrado debajo de las enredaderas. Holz dijo que se alimentaba de materia vegetal en descomposición.
El Saltarín era menos complicado aún y, como su nombre indica, se desplazaba dando pequeños saltos. Casi tan grande como un balón de fútbol y de color blanquecino, parecía idealmente adecuado al medio. Flotaba, y mediante una rápida contracción y expansión de su superficie podía saltar sobre el agua o sobre los cuerpos sólidos con la misma facilidad.
Desde luego no tenía ojos. Tampoco tenía boca ni otros apéndices visibles.
Holz capturó y disecó centenares de aquellos bichos y, cosa rara en él, su aspecto se hizo taciturno.
Un día casi nos arrastró a Mendoza y a mí hasta su diminuto laboratorio.
—No puedo seguir soportando esto solo. Mis amigos más íntimos deben compartir la carga y luego podremos enloquecer todos juntos. Será mejor que dibuje unos croquis...
Holz me agradaba porque era un hombre recto, sin complicaciones, y se tomaba la molestia de explicar las cosas en términos sencillos, sin adoptar aires de suficiencia ni dar a entender que estaba hablando con un "inferior". Holz, Mendoza y yo nos habíamos hecho muy amigos durante el largo viaje.
Mendoza, nuestro físico, era un personaje completamente distinto, alto, moreno, estricto, pero no excitable. Estaba muy orgulloso de su ascendencia española y llevaba una pequeña barba proyectada hacia adelante como un gesto de desafío.
Holz terminó sus croquis y dijo:
—No quiero fastidiarles con tecnicismos; estos croquis son una simple reproducción de algunos ejemplares —Señaló algunas partes disecadas de lo que imaginé que era un Saltador—. Corazón, pulmones, vejigas de aire para flotar... Observen la evolucionada y compleja estructura muscular exterior.
Hizo una pausa y se quedó mirándonos. Finalmente, Mendoza dijo:
—¿Bien?
Holz suspiró.
—Es maravilloso, ¿no es cierto? Ese animal carece solamente de un órgano vital: El cerebro.
Contemplamos a Holz, asombrado, y él asintió.
—Yo he experimentado la misma sensación que experimentan ustedes ahora. Me he dicho a mí mismo: "Tiene que haber algo", pero no hay nada —Movió nerviosamente las manos—. De acuerdo, de acuerdo, no tiene sexo, lo sé. Las abejas y las hormigas son gigantes intelectuales comparadas con ese bicho. Biológicamente hablando, este animal no puede saltar, no puede moverse, carece incluso de instinto, no posee ningún receptáculo para el instinto. Si quieren definir ustedes una paradoja, aquí tienen una.
—Supongo —dijo Mendoza prudentemente— que es un mamífero.
Holz suspiró de nuevo.
—Tiene un sistema circulatorio, tiene una temperatura corporal de ochenta y nueve con tres, y respira. Sí, debo reconocer que posee las características de un mamífero.
Mendoza cogió uno de los croquis, lo examinó atentamente, frunció el ceño y luego pareció encontrar lo que buscaba.
—¿Y esto? —dijo—. ¿No lo ha tenido usted en cuenta?
Holz le miró con expresión enfurruñada.
—Lo he tenido en cuenta; y estoy tratando de olvidarlo —Se frotó la barbilla furiosamente—. Es un ganglio nervioso, uno de los más complejos y sensibles que he visto. Si estuviera conectado a un cerebro tendría una explicación, pero faltando ese cerebro es completamente superfluo.
Mendoza había cogido otro croquis.
—El animal come, por lo que veo.
—¡Oh, sí, come! Posee una boca en forma de ventosa que puede extender hacia adelante en caso necesario. En realidad, tengo aquí un ejemplar dotado de unos pequeños apéndices retráctiles que pueden ser utilizados como brazos. Queda por ver si se trata de una especie distinta de Saltador.
—¿Y qué es lo que come exactamente?
—Eso, amigo mío, no puedo decírselo. Quizá cuando nuestro amigo químico se canse de jugar a los exploradores se dignará hacer un análisis del contenido del estómago.
Cuando me separé de Holz, unos minutos después, no pude evitar el pensar que nadie simpatizaba con Crichton. Como ya he dicho, era un individuo pomposo y algo cargante, pero esto solo no justifica su impopularidad. Es cierto que tenía un modo muy desagradable de mirar con sus fríos ojos verdosos cuando hacía una afirmación. Crichton no "expresaba una opinión": Hacía afirmaciones autoritarias, y si alguien se atrevía a contradecirle, se apresuraba a demostrar que estaba equivocado. Nadie simpatiza con un hombre que pretende ser infalible, pero cuando las afirmaciones de un hombre de esa clase resultan ciertas, la antipatía se convierte en aborrecimiento.


Crichton, sin recurrir a las palabras desagradables ni al sarcasmo, había dado con una fórmula única para crearse enemigos: Siempre tenía razón.
Por ejemplo, a pesar de las observaciones, no siempre humorísticas, acerca de su cursillo de supervivencia, casi había conseguido refutar lo evidente.
Había descubierto que la corteza o envoltura exterior de las enredaderas más gruesas podía ser sacada y era impermeable. Una vez sacada, las fibras interiores no sólo servían como un fuerte y duradero cordel, sino que, una vez secas, ardían durante mucho tiempo con una brillante llama que no producía humo.
Crichton había conseguido no sólo encender fuego dentro de una tienda, sino también asar y comerse parte de un Piesplanos. En resumen, con sus propios esfuerzos casi había hecho posible la supervivencia en Venus.
Sus actividades con su arco tenían casi el mismo éxito. A pesar de las evidentes limitaciones impuestas por la continua lluvia, la práctica constante le había convertido en un arquero sumamente hábil. Utilizaba los Saltadores como blancos móviles, y rara vez fallaba el tiro.
—¿Por qué diablos no deja a esos pobres bichos en paz? —le espetó Hogben en cierta ocasión—. Si los Piesplanos son comestibles, ¿por qué no deja tranquilos a los Saltadores?
Crichton se había encogido de hombros con su habitual aire de superioridad.
—Un hombre inteligente está siempre preparado para todas las eventualidades. Necesitaba un blanco móvil. Suponga que aparece súbitamente una bestia hostil, de movimientos rápidos...
Hogben le miró con expresión de enojo, pero no replicó. Crichton podía estar en lo cierto, como de costumbre, y no cabía dudar de que en tres meses terrestres sus progresos habían sido muy notables.
En una ocasión, Crichton perdió el arco y las flechas. Hogben los encontró cuatro días después entre las enredaderas, pero ése fue un asunto que Crichton no nos permitió olvidar.
—Miré allí. Sé que miré allí. Cuando descubra al adulto de inteligencia infantil aficionado a esta clase de bromas voy a retorcerle el cuello.
Nadie admitió nunca ser el responsable de aquella supuesta broma, pero Crichton no estaba satisfecho ni mucho menos. En su rostro había una perpetua expresión de sospecha, y andaba de un lado para otro haciendo preguntas y más preguntas, a veces realmente impertinentes.
—Ese hombre está loco —dijo Holz, cansado de aquel juego—. ¿Por qué no puede haber perdido el arco y las flechas?
—Como si no tuviéramos bastantes quebraderos de cabeza —dijo Baynes. —Hay cosas que me ponen la carne de gallina, y, encima, tener que soportar las estúpidas preguntas de Crichton... Es para volverse loco.
Holz frunció el ceño.
—¿La carne de gallina? ¿Por qué?
—No me diga que no lo ha notado usted —Baynes dejó en el suelo el complicado mecanismo fotográfico que había estado revisando—. No me diga que no ha experimentado la sensación de que nos vigilan continuamente.
—No sea usted idiota —La voz de Holz era demasiado brusca para resultar convincente—. Soy un científico que se apoya en hechos, y no puedo dejarme guiar por mis emociones.
Baynes sonrió débilmente.
—Entonces ha experimentado usted esa sensación.
Holz le miró enfurruñado.
—Sí, desde luego, la he experimentado —Se frotó furiosamente la barbilla—. ¿No ha descubierto usted nada en el curso de sus trabajos?
—¿Por ejemplo?
—¡Oh! No lo sé; huellas que conduzcan a cavernas o algo por el estilo.
—No, no he descubierto nada de eso. Pero no puedo evitar la impresión de que son los Saltadores. Cuando aterrizamos sólo había unos cuantos alrededor de la base. Y ahora hay centenares. Y tengo la impresión de que nos están vigilando.
—Son ciegos —dijo Holz—. Los he disecado por docenas y son ciegos. Además no tienen cerebro.
—Estoy seguro de que tiene usted razón —dijo Baynes—. Completamente seguro. Y me gustaría que esta seguridad fuese suficiente para tranquilizarme, pero no es así.
Nos miramos unos a otros con expresión de inquietud, y la conversación hubiera continuado a no ser por una súbita interrupción.
Alguien había hecho sonar el timbre de alarma.
Maquinalmente nos colocamos las mascarillas nasales y echamos a correr hacia la puerta. Por qué llegamos a la conclusión de que el peligro procedía del exterior es cosa que nunca supimos, pero todos corrimos hacia la salida más próxima, casi empujándonos en nuestros esfuerzos para salir. Vi a Hogben, que estaba ya fuera y corría a través de la lluvia, y le seguí maquinalmente.
Llegamos junto a un grupo de inclinadas figuras apenas visibles en medio de la cortina de lluvia. En aquel momento, Wang, nuestro médico, se estaba incorporando.
—Resulta difícil precisar el tiempo que lleva muerto. Los insectos o algún bicho han mutilado su rostro, y con este calor la descomposición es muy rápida.
En efecto, unos diminutos gusanos blancos brotaban ya de entre los dedos de las manos, y el cadáver esta hinchado a causa de los gases internos.
Un sudor frío inundó mi rostro y experimenté una inexplicable sensación de temor.
El muerto era Crichton. Estaba boca abajo sobre las enredaderas, y de su espalda sobresalía la emplumada asta de una de sus propias flechas.
Hogben nos contempló con una expresión que hasta entonces no había visto en su rostro. El hombre cordial, que se dirigía siempre a nosotros en tono amable, se había convertido en un jefe adusto.
—Habrá una inmediata investigación —dijo—. Comuniquen a todo el mundo que se reúna en la nave.
Era evidente que estaba pensando lo que pensábamos todos: Uno de nosotros era un asesino. La posibilidad de un suicidio quedaba absolutamente descartada, ya que un hombre no puede dispararse una flecha por la espalda. Cuando llegamos a la nave, Hogben estaba en su camarote. Era muy reducido, pero había espacio para dos personas.
—Mister Holz, entre, por favor.
Holz me dirigió una mirada significativa, asintió y cruzó la estancia. Contemplé cómo se cerraba detrás de él la puerta del camarote.
Lo que Hogben estaba haciendo era evidente: Tomaba declaración a cada uno de los miembros de la tripulación para cotejar más tarde las diversas declaraciones. Me pregunté si antes de dedicarse a los vuelos espaciales habría sido policía; por lo menos estaba actuando como uno de ellos. La investigación quedaba reducida a diez hombres y, no sabiendo ninguno de ellos lo que había dicho el otro, las falsedades o contradicciones podrían ser fácilmente detectadas.
Nueve hombres en la sala de mandos dejaban poco espacio para moverse y menos aún para conversar. Nos dispusimos a esperar en medio de un desagradable silencio, evitando el mirarnos unos a otros.
A pesar de los esfuerzos que todos hacíamos por disimularlo, cada uno de nosotros dudaba, de todos los demás; alguien tenía que haberío hecho.
Personalmente, traté de pensar en otras cosas. Pero lo único que conseguí fue recordar el estribillo de una antigua canción que oí cuando era un niño.

¿Quién mató a Cock Robin?
Yo, dijo el Gorrión, con mi arco y mis flechas.
 
—Doctor Wang, por favor.
Uno por uno, todos fuimos entrando y saliendo. Transcurrieron dos largas horas antes de que Hogben dejara abierta la puerta.


Hogben tenía una expresión preocupada y no parecía estar satisfecho por el curso de los acontecimientos.
—Esto no es un tribunal —dijo. Se aclaró la garganta indeciso—. Sólo estoy autorizado para arrestar a un sospechoso hasta que pueda comparecer ante un tribunal de la Tierra.
Hizo una pausa, carraspeo de nuevo y sacó unas papeles de su bolsillo.
—Los hechos son éstos. Crichton, como ustedes saben, ha muerto a consecuencia de una flecha que le fue disparada por la espalda. Las declaraciones de los testigos demuestran que fue visto con vida por última vez en el momento en que salía de la base, seis horas antes del descubrimiento de su cadáver.
Hizo otra pausa y examinó con el ceño fruncido los papeles que tenía en la mano.
—Durante ese período solamente uno de los miembros de la expedición estuvo "fuera", y únicamente a ese hombre podemos aplicarle el término "sospechoso". Como ya he dicho, esto no es un tribunal, aunque debo puntualizar dos cosas. Primera: El testigo fue absolutamente sincero y no trató en ningún momento de ocultar el lugar en que se encontraba a la hora aproximada en que se produjo la muerte de Crichton. Segunda: Las pruebas son puramente circunstanciales, pero estoy obligado a tomar medidas de seguridad. El sospechoso era el único de nosotros que se encontraba en condiciones de cometer el crimen, y tengo que atenerme a este hecho.
Hogben se volvió hacia Baynes y su expresión volvió a hacerse implacable.
—Mister Baynes, en vista de las pruebas que me han sido presentadas, me veo en la penosa obligación de arrestarle a usted como sospechoso de asesinato. Permanecerá encerrado en la nave hasta que regresemos a la Tierra. Ahora abriremos una encuesta y oiremos a los testigos. Si lo desea, puede usted interrogar a esos testigos, y ellos, a su vez, podrán interrogarle a usted. ¿Tiene algo que alegar?
Baynes abrió la boca y luego sacudió la cabeza lentamente. Parecía anonadado.
La encuesta resultó muy penosa. Se celebró en la sala de mandos y todos evitábamos cuidadosamente encontrarnos con la mirada de Baynes. Todo el mundo le apreciaba y a nadie le agradaba ayudar a condenarle. A pesar de todas las pruebas, ninguno de nosotros creía realmente que Baynes hubiera asesinado a Crichton. Su declaración personal, que Hogben leyó en voz alta, sonó como la declaración de un hombre inocente. Creo que todos nos vimos obligados a recordarnos a nosotros mismos que Baynes era el único hombre que podía haberío hecho.
—¿Alguna pregunta?
Hogben parecía dispuesto a cerrar la encuesta.
—Sí —dijo Mendoza, dando un paso hacia adelante—. Con su permiso, me gustaría examinar la prueba material. ¿Puedo ver la flecha que mató a Crichton?
Hogben se la entregó en silencio, y Mendoza la hizo girar lentamente entre sus manos.
—Tiene las iniciales J. C. grabadas en el asta, por lo que veo —dijo Mendoza.
—Todas las flechas de Crichton llevaban sus iniciales —dijo Hogben—. ¿Tiene algo de particular?
Era evidente que Hogben deseaba terminar de una vez con aquel desagradable asunto.
—Creo que sí. Como usted sabe, ayudé a supervisar las operaciones de carga. No ignoran ustedes que todas nuestras pertenencias fueron pesadas, incluso los objetos que llevábamos en los bolsillos. Crichton deseaba embarcar, entre otras cosas, un analizador eléctrico y su arco con sus correspondientes flechas. Le dijeron que no podía llevarse las dos cosas y renunció el analizador. Resumiendo, Crichton embarcó el arco y doce flechas exactamente.
—¿De veras? —Hogben tamborileaba nerviosamente con la punta de los dedos sobre la mesa.
—¿Tiene usted inconveniente en contar las flechas? —preguntó Mendoza.
—¿Contarlas? —Hogben miró a Mendoza con expresión de extrañeza y luego se encogió de hombros—. Como quiera. Una, dos...
Antes de llegar a diez su rostro palideció y nadie le oyó pronunciar el número final.
Había exactamente trece flechas.
Siguió un largo e incómodo silencio. Todos nosotros nos dábamos cuenta de que nadie podía haber metido en la nave aquella flecha en el último minuto, ya que la sobrecarga hubiese sido detectada inmediatamente. Por otra parte, en Venus no había elementos para fabricar una flecha como aquélla.
Holz avanzó unos pasos.
—Me gustaría examinar esa flecha en mi laboratorio, sí me lo permiten.
—Desde luego —Hogben le entregó la flecha y se removió nerviosamente en su silla—. Esto cambia el aspecto del caso. Le ruego que me disculpe, mister Baynes, pero con las pruebas que tenía no podía obrar de otro modo.
—Supongo que se da usted cuenta de lo que esto significa —dijo Mendoza, que había palidecido—. A pesar de las pruebas en contra, en este planeta hay vida inteligente.
—¿Dónde? —inquirió Ratcliffe con voz ligeramente ronca—. Hemos explorado colinas y valles con el radar y con las cámaras controladas por radio. Si hubiera un poblado lo habríamos descubierto. Y no hemos encontrado absolutamente nada, ninguna huella, ningún objeto...
—Ahora lo tenemos.
Holz había regresado y su rostro aparecía sumamente grave.
—Aquí está —Mostró la flecha, que había reducido a fragmentos—. El problema es ahora más complicado que nunca —Tendió los fragmentos de la flecha a Hogben—. Como puede ver, esta flecha no es de plástico, como las otras. Es de hueso, pero no se trata del hueso de un animal muerto aprovechado para labrar con él una flecha.
Hizo una pausa, como si no se decidiera a continuar. Finalmente, concluyó:
—Es un hueso nuevo.
Hogben frunció el ceño.
—¿Nuevo? ¿Qué quiere usted decir con eso?
—Hace menos de seis días el hueso formaba parte de un animal vivo. Tal vez alguno de ustedes puede decirnos qué clase de inteligencia puede coger un hueso de esas características, darle la forma correcta y convertirlo en una flecha perfectamente equilibrada.
Nadie respondió. No parecía haber ninguna respuesta.
Hogben rompió el prolongado silencio.
—Creo que es evidente la existencia en Venus de una forma de vida inteligente y por añadidura hostil —Suspiró—. No veo ningún motivo para que abandonemos nuestro trabajo, pero debemos adoptar las necesarias medidas de precaución. Tendremos que limpiar de enredaderas los alrededores de la base, a fin de que los indígenas no puedan acercarse sin ser vistos. Además, mantendremos una vigilancia continua. Dos hombres armados montarán guardia mientras los otros trabajan —Se puso en pie—. Afortunadamente, nos enfrentamos con una inteligencia primitiva.
—¿Qué es lo que le hace creer eso? —preguntó Holz en tono ácido—. Hace nueve semanas perdió Crichton su arco y sus flechas. Tardaron cuatro días en aparecer. En mi opinión, las tomaron "prestadas" a fin de copiarlas. Y no sólo consiguieron una copia perfecta, sino que aprendieron a utilizarla adecuadamente.
—Lo que yo me pregunto —dijo Pearson— es por qué pusieron las iniciales de Crichton en el asta.
—Ya he dicho que se trata de una copia —dijo Holz—. Pusieron las iniciales porque las otras flechas las llevaban. Tal vez pensaron que eran un elemento necesario para su correcta utilización.


Pearson no pareció muy convencido.
—De todos modos, no parece que tengamos mucho que temer de unos copistas, aunque sean inteligentes, ¿verdad?
Holz se encogió furiosamente de hombros.
—Piense lo que guste. Viva en un mundo de espléndida ilusión. Personalmente, voy a empaquetar todas mis cosas, a fin de estar preparado para huir a la menor señal de peligro.
Al día siguiente empezamos a limpiar de enredaderas los alrededores del campamento. Era un trabajo muy penoso y progresaba muy lentamente. Antes de darle fin hicimos un sorprendente descubrimiento: Ocultos entre las enredaderas encontramos dos arcos. Estaban provistos de flechas y apuntaban directamente al centro de la base, aunque allí no había ningún rastro de vida indígena.
Todos nos pusimos muy nerviosos, y los centinelas hicieron unos disparos porque creían haber visto algo que se movía.
Las conclusiones de Holz no mejoraron nuestro estado de ánimo.
—Son de hueso, como las flechas —dijo—. Hueso de una densidad y fortaleza anormales. Dios sabe a qué clase de ser pertenecen.
El trabajo continuó, y por espacio de casi tres semanas no se produjo ningún incidente. Todos habíamos empezado a tranquilizamos, cuando...
No me atrevo a afirmar que Ratcliffe estuviera aterrorizado, aunque sí puedo asegurar que acababa de recibir una fuerte impresión. Era evidente que estaba realizando un enorme esfuerzo para dominarse.
—He pensado que lo mejor sería decírselo primero a usted, Holz.
Se quitó la mascarilla nasal con manos temblorosas.
—Si mal no recuerdo, usted aseguró que los Saltadores eran ciegos.
—Y lo son. He disecado docenas de ellos y...
—Acabo de ver a uno con un ojo. Estaba fuera, montando guardia, y lo vi claramente. Estaba a menos de seis pies de distancia, me miraba fijamente y lo vi parpadear.
Ratcliffe se estremeció ligeramente.
—Tranquilícese —dijo Holz—. Lo que vio usted era una nueva especie. No hay motivo para alarmarse.
—No comprende usted... —Ratcliffe hizo una pausa y tragó saliva nerviosamente—. Mire, no creerá usted que estoy loco, ¿verdad? No ha sido imaginación mía; estaba lo bastante cerca para verlo. Y el ojo era el de Crichton.
Vi que Holz se ponía rígido, pero su voz sonó tan tranquila como antes.
—Vamos a ver si nos entendemos: ¿Dice usted que el ojo de ese animal era el de Crichton?
—Bueno, tal vez no sea eso exactamente. Ya sabe usted el aspecto que tenían los ojos de Crichton: Eran fríos y verdosos. Pues bien, el ojo de ese animal era exactamente igual y, cuando parpadeó, quedó cubierto por una delgada membrana blanca.
Ratcliffe se estremeció de nuevo.
Holz procuró tranquilizarle y se marchó a comunicarle la noticia a Hogben.
—Tendré que capturar uno —Holz hizo un gesto de impaciencia—. Este condenado planeta me está sacando de quicio. ¿Cómo diablos puede uno conservar la ecuanimidad científica en un planeta como éste? —Encendió un cigarrillo y fumó furiosamente unos instantes—. Desde luego, equivoqué el camino. Tenía que haberme dedicado a algún tipo de Investigación mecánica como la suya. De este modo hubiese tenido ocupadas las manos y el cerebro al mismo tiempo... ¿Qué diablos es eso?
—Es un circuito receptor para una cámara controlada por radio. Los impulsos emitidos por la caja de control son captados por la rejilla y eventualmente controlan los movimientos y la altura de la cámara. Al mismo tiempo los circuitos complementarlos controlan el mecanismo, el objetivo y el obturador. Es una técnica un poco complicada, pero puedo darle unas cuantas lecciones a un precio razonable.
Normalmente, Holz hubiera seguido la broma, pero esta vez no pareció oír mis palabras.
—¡Dios mío! —exclamó, mirando como hipnotizado la rejilla de la cámara—. ¡Dios mío! Tengo que capturar uno... Discúlpeme.
Se marchó corriendo y tuve la desagradable impresión de que acababa de encontrar la respuesta a algo muy importante.
Diez minutos más tarde vi que Holz y Mendoza salían del campamento con unas jaulas de alambre. Holz no había perdido el tiempo.
Cuatro días después, una flecha de ocho pies de longitud llegó zumbando a través de la lluvia y traspasó de parte a parte nuestro dormitorio número cuatro.
La cosa se estaba poniendo muy fea. La flecha paso a unos centímetros de la cabeza de Pearson, que estaba dé pie junto a su camastro.
Algunos corrieron hacia la nave, otros cogieron lo que encontraron más a mano como posible arma y salieron al exterior. Los dos centinelas estaban disparando ya ciegamente, con la vana esperanza de disuadir a los posibles atacantes.
De pronto otra flecha silbó sobre nuestras cabezas y fue a enterrarse en el suelo, a menos de dos pies de distancia del lugar donde se encontraba Ratcliffe.
—¡Todo el mundo a la nave! —A través del altavoz, Hogben habló en tono autoritario y tranquilizador—. No se precipiten, y cuidado con las flechas.
Diez minutos después la puerta de la nave se cerraba detrás del último de los miembros de la expedición.
Hogben esperó hasta que hubimos recobrado el aliento.
—Bien, caballeros, parece ser que debemos prepararnos para continuar nuestro trabajo sometidos a un verdadero asedio o levar anclas y marcharnos de aquí. Es evidente que dentro de un par de semanas los indígenas estarán en condiciones de iniciar un ataque masivo, si es que no lo están haciendo ya. ¿Alguna sugerencia?
Hubo un largo silencio. Luego dijo Pearson:
—Me estaba preguntando si hay posibilidades de llegar a un acuerdo amistoso con ellos.
Holz resopló despectivamente.
—En nombre del cielo, Pearson, colóquese usted en la situación de los indígenas. Hemos llegado aquí por las buenas, hemos limpiado una amplia zona de lo que podía ser un campo de cultivo, y hemos matado y disecado todo lo que se nos ha puesto a tiro. ¿Aceptaría usted un acuerdo amistoso? —Hizo un gesto de impaciencia—. De todos modos no tenemos más alternativa que la de marcharnos de aquí antes de que sea demasiado tarde.
—Una medida un poco drástica, ¿no le parece? —intervino Ratcliffe—. No podemos echar a correr a la menor...
Hogben le interrumpió.
—No dudo de que mister Holz tiene sus motivos para hablar de ese modo. Creo que debemos oírle antes de tomar una decisión. Continúe, mister Holz.


—Gracias —dijo Holz—. Lo que voy a decirles no es fácil de aceptar, pero estoy dispuesto a presentar pruebas biológicas de mis afirmaciones —Hizo una pausa y suspiró— Caballeros, en Venus no hay vida indígena, tal como nosotros la concebimos; no hay humanoides ni semi-humanoides ocultos entre las enredaderas, armados con arcos y dispuestos a atacarnos —Hizo otra pausa, frunciendo el ceño—. De hecho, no hay indígenas, pero en alguna parte de este planeta hay un... una... "cosa". Puede estar en el fondo del mar, oculta en una caverna o en alguna otra parte. Lo que puedo asegurarles es que existe. Y sugiero la inmediata evacuación no sólo porque la "cosa" tiene fuerza para derrotarnos, sino porque en términos de inteligencia la "cosa" está a un nivel infinitamente superior al nuestro; a su lado nos encontramos muy por debajo del nivel de la infancia.
—¿Con arcos y flechas? —preguntó burlonamente Ratcliffe.
—Sí, con arcos y flechas —respondió Holz. Cuando llegamos a Venus no eran necesarios el arco ni las flechas. La "cosa" tiene al planeta completamente sometido a su voluntad y le hace funcionar de acuerdo con su propio plan. Todo lo que en el curso normal de la evolución ha ido surgiendo, con posibilidades de convertirse en una amenaza para la "cosa", ha sido eliminado. Todo lo que queda es inofensivo para la "cosa" o ha sido conservado para su consumo personal —Hizo una pausa y se encogió de hombros—. Luego llegamos nosotros, yo con mi laboratorio y Crichton jugando a pieles rojas con su arco y sus flechas. En menos de cuatro meses la "cosa" captó las posibilidades del arma de Crichton, la consiguió, la copió y aprendió a utilizarla. Entonces mató a su principal atormentador y practicó una pequeña disección por su cuenta. La idea de la "vista" era un concepto absolutamente desconocido para la "cosa", pero no sólo extirpó los ojos de Crichton, sino que comprendió su finalidad y los copió con éxito.
—A continuación va usted a decirnos que esa "cosa" dispone de un laboratorio quirúrgico completamente equipado. La idea es absurda...
Era evidente que Ratcliffe estaba asustado y no quería creer. Los demás estábamos demasiado tensos o demasiado absortos para interrumpir a Holz.
—Si no cree usted lo que digo, la prueba está en mi laboratorio —replicó bruscamente Holz—. Si la "cosa" dispone de un laboratorio completamente equipado, pero me referiré a este punto más tarde —Su mirada se cruzó con la de Mendoza—. Mi colega me vio examinar los ojos y puede confirmar que están especialmente adaptados a las condiciones de este planeta.
—Entonces ha capturado a un indígena. Tiene que haberío capturado.
Pearson parecía perplejo y furioso.
—Repito que ya llegaremos a eso.
Pero Pearson insistió.
—¿Dónde fabricó el arco y las flechas? Opino como Ratcliffe. ¿Es que la "cosa" dispone también de un taller?
Holz miró a Pearson con una expresión de cansancio.
—No las fabricó: Las formó —Holz hizo una pausa, mientras Pearson palidecía intensamente—. Veo que empieza usted a comprender. El arco y las flechas eran de hueso nuevo, y la "cosa" las formó de o en su propio cuerpo.
Oí la ahogada exclamación que soltaba Pearson y me encontré a mí mismo sudando. No soy biólogo, pero podía imaginar lo que implicaban las palabras de Holz. Una masa informe en una cueva subterránea, exudando una especie de vaina dentro de la cual se formaba la estructura ósea del objeto deseado. ¡Dios mío! Con ese control mental sobre sus funciones corporales, la cosa debía de ser inmortal y, a todos los efectos, indestructible. La masa corporal de aquel ser podía presumiblemente ser medida por millas, y no por pies...
—¿Dónde obtuvo usted esos ojos? —preguntó Ratcliffe, como si estuviera al borde de un ataque de nervios.
Holz suspiró.
—Esto es lo más difícil de aceptar. Los obtuve de los Saltadores. Los Saltadores son los ojos y los oídos de la "cosa", lo que utiliza para controlar y dominar su medio.
—¿Una especie de simbiosis? —preguntó Hogben, como si diera por sentada la veracidad de las afirmaciones de Holz.
—Veo que siguen sin comprender, y no puedo reprochárselo —suspiró Holz—. Los Saltadores son unidades de la "cosa", partes de ella. Se forman de su propio cuerpo para realizar determinadas funciones específicas; unos recogen alimento, otros pastorean los Piesplanos, y últimamente ha aparecido un nuevo tipo con apéndices retráctiles. ¿Tengo que decirles quién arrastró aquellos arcos a través de las enredaderas?
Hubo un prolongado silencio antes de que Holz continuara.
—Los Saltadores no tienen cerebro; biológicamente son incapaces de moverse e incluso de realizar las funciones normales necesarias para vivir. Poseen, sin embargo, un ganglio nervioso sumamente sensible y, a través de ese ganglio, la "cosa" controla mentalmente a sus unidades del mismo modo que una cámara puede ser dirigida desde una caja de control. Es una comparación imperfecta, pero sirve para el caso. ¿Les extraña ahora que dijera que al lado de la "cosa" nuestro nivel mental es infantil?
Le miramos fijamente. La "cosa" controlaba literalmente a millares de Saltadores que realizaban centenares de tareas distintas. Por muchos que matáramos, serían reemplazados inmediatamente, y lo peor del caso sería que la "cosa" adquiriría una nueva experiencia. Los Saltadores que llegaran a continuación serían unidades especializadas adaptadas para atacarnos.
—Creo que debemos marcharnos inmediatamente —dijo Ratcliffe.
Me adherí con entusiasmo a la proposición. No resultaba difícil imaginar las desagradables posibilidades que se abrirían ante nosotros en caso de quedarnos.
Si éramos vencidos... Era indudable que la "cosa" había aprendido ya a conocer el valor de los cautivos vivos. Supongamos que aprendía a comunicarse con nosotros o, peor aún, que encontraba el medio de enlazar nuestros sistemas nerviosos con el suyo. ¡Podría absorber no sólo nuestras impresiones sensoriales, sino también todos nuestros conocimientos!
Cuando llegara una expedición de rescate para comprobar qué nos había sucedido, sus miembros serían capturados antes de que pudieran luchar. Todos nuestros conocimientos técnicos y científicos serían absorbidos por un ser que nos superaba muchísimo en inteligencia pura. Y podría adaptar sus unidades para explotar y entender aquellos conocimientos.
¿Cuánto tiempo transcurriría antes de que desarrollara una tecnología?
¿Cuántos siglos pasarían antes de que una legión de Saltadores treparan a sus propias naves espaciales y emprendieran el vuelo hacia la Tierra?


FIN