2025/11/10

Manchas verdes (Isaac Asimov)


Título original: Green Patches
Año: 1950


¡Había logrado entrar en la nave! Una muchedumbre estuvo aguardando ante la barrera energética en lo que parecía una espera infructuosa. Luego, la barrera se quebró durante un par de minutos (lo cual demostraba la superioridad de los organismos unificados sobre los fragmentos de vida) y él logró cruzar.
Ninguno de los demás se movió con velocidad suficiente para aprovechar la abertura, pero eso no importaba. Él solo se bastaba. No necesitaba a los demás.
Pero poco a poco fue sintiendo menos satisfacción y más soledad. Era triste y antinatural estar separado del resto del organismo unificado, ser un fragmento de vida. ¿Cómo soportaban los alienígenas ser fragmentos?
Eso aumentó su compasión por ellos. Al experimentar la fragmentación sintió, como desde lejos, el terrible aislamiento que les infundía tanto temor. El temor nacido de ese aislamiento les dictaba sus actos. ¿Qué otra cosa, salvo el loco temor de su condición, los había inducido a arrasar una superficie de un kilómetro de diámetro con una ola de calor rojo antes de descender con la nave? El estallido destruyó incluso la vida organizada que se encontraba a tres metros de profundidad bajo el suelo.
Sintonizó la recepción y escuchó ávidamente, dejando que el pensamiento alienígena lo saturase. Disfrutó del contacto de la vida con su conciencia. Tendría que racionar ese gozo. No debía olvidarse de sí mismo.
Pero escuchar pensamientos no podía causar daños. Algunos fragmentos de vida de la nave pensaban con claridad, teniendo en cuenta que eran criaturas primitivas e incompletas; sus pensamientos parecían campanilleos.

—Me siento contaminado —dijo Roger Oldenn—. ¿Entiendes a qué me refiero? Me lavo las manos una y otra vez y no sirve de nada.
Jerry Thorn odiaba lo melodramático así que ni siquiera lo miró.
Aún estaban maniobrando en la estratosfera del Planeta de Saybrook y prefería vigilar los diales del panel.
—No hay razones para que te sientas contaminado. No ha ocurrido nada.
—Eso espero. Al menos ordenaron a todos los que descendieron que dejaran los trajes espaciales en la cámara de presión para que se desinfectaran por completo. Dieron un baño de radiación a todos los que regresaron de fuera. Supongo que no ocurrió nada.
—¿Entonces por qué estás nervioso?
—No lo sé. Ojalá la barrera no se hubiera roto.
—Fue sólo un accidente.
—Eso me pregunto —dijo Oldenn con vehemencia—. Estaba allí cuando ocurrió. Era mi turno, ya lo sabes. No había razones para sobrecargar la línea de energía. Le conectaron un equipo que no tenía por qué estar allí. En absoluto.
—De acuerdo, la gente es estúpida.
—No tan estúpida. Me quedé cerca cuando el Viejo investigó el asunto. Ninguno de ellos tenía excusas razonables. Los circuitos de blindaje, que consumían dos mil vatios, estaban conectados a la línea de la barrera. Si utilizaron las segundas subsidiarias durante una semana, ¿por qué no lo hicieron esta vez? No pudieron dar ninguna explicación.
—¿Tú puedes?
Oldenn se sonrojó.
—No, sólo me preguntaba si esos hombres estaban... —Buscó una palabra—. Bueno..., hipnotizados por esas cosas de ahí fuera.
Thorn lo miró con severidad.
—Yo no repetiría eso ante nadie. La barrera falló sólo durante dos minutos. Si algo hubiera pasado, si una brizna de hierba la hubiera atravesado, habría aparecido en nuestros cultivos de bacterias a la media hora y en las colonias de moscas de las frutas en cuestión de días. Antes de que regresáramos se manifestaría en los hámsters, en los conejos y en las cabras. Métetelo en la cabeza, Oldenn. No pasó nada.
Oldenn giró sobre sus talones y se marchó. Su pie pasó a medio metro del objeto que estaba en el rincón de la sala. Oldenn no lo vio.

Desconectó los centros de recepción y dejó de escuchar los pensamientos. En todo caso, esos fragmentos de vida no eran importantes, pues no eran aptos para la continuación de la existencia. Aun como fragmentos resultaban incompletos.
En cuanto a los otros tipos de fragmentos, eran diferentes. Tenía que cuidarse de ellos. La tentación sería grande, y no debía dar indicios de su permanencia a bordo hasta que aterrizaran en el planeta de origen.
Se concentró en las otras partes de la nave, maravillándose de la diversidad de la vida. Cada elemento, por pequeño que fuese, se bastaba a sí mismo. Se esforzó por reflexionar sobre ello hasta que le resultó tan repulsivo que añoró la normalidad de su hogar.
La mayoría de los pensamientos que recibía de los fragmentos más pequeños eran vagos y fugaces, como cabía esperar. No se podía sacar mucho de ellos, pero eso significaba que eran aún más incompletos. Eso lo conmovía.
Uno de esos fragmentos de vida, en cuclillas sobre sus cuartos traseros, manoseaba la alambrada que lo encerraba. Sus pensamientos eran claros, pero limitados. Se relacionaban principalmente con la fruta amarilla que comía otro de los fragmentos. Anhelaba esa fruta intensamente. Sólo la alambrada que los separaba a ambos le impedía arrebatarle la fruta por la fuerza.
Desconectó la recepción en un acceso de total repugnancia. ¡Esos fragmentos competían por el alimento!
Trató de hallar fuera la paz y la armonía del hogar, pero se encontraba ya a muchísima distancia. Sólo podía palpar la nada que lo separaba de la cordura.
En ese momento echaba de menos hasta el suelo inanimado que mediaba entre la barrera y la nave. Se había arrastrado por allí la noche anterior. No había vida en él, pero era el suelo del hogar y, al otro lado de la barrera, aún se sentía la reconfortante presencia del resto de la vida organizada.
Recordaba el momento en que se encaramó a la superficie de la nave, aferrándose desesperadamente hasta que se abrió la cámara de presión. Entró y se desplazó con cautela entre los pies de los que salían. Había una compuerta interior y la atravesó. Y ahora estaba allí tendido como un pequeño fragmento, inerte e inadvertido.
Con todo cuidado conectó la recepción en la sintonía anterior. El fragmento de vida que estaba en cuclillas sacudía furiosamente la alambrada. Seguía deseando la comida del otro, aunque era el menos hambriento de los dos.

—No le des de comer —dijo Larsen—. No tiene hambre. Lo que pasa es que le fastidia que Tillie se pusiera a comer. ¡Mona tragona! Ojalá estuviéramos de vuelta en casa y nunca más tuviera que mirar a otro animal a la cara.
Miró con disgusto a la hembra de chimpancé más vieja, que en reciprocidad movió la boca y le soltó una retahíla.
—De acuerdo, muy bien —se impacientó Rizzo—, ¿y qué hacemos aquí entonces? La hora de la comida ha terminado. Vámonos.
Pasaron ante los corrales de cabras, las conejeras, las jaulas de los hámsters.
Larsen dijo con amargura:
—Te presentas como voluntario para un viaje de reconocimiento, eres un héroe, te despiden con discursos... y te nombran cuidador de un zoológico.
—Te pagan el doble.
—¿Y qué? No me alisté sólo por dinero. Cuando nos dieron las instrucciones, dijeron que incluso había probabilidades de que no regresáramos, de que termináramos como Saybrook. Me alisté porque quería hacer algo importante.
—Todo un héroe —se mofó Rizzo.
—No soy un cuidador de animales.
Rizzo se detuvo para levantar a un hámster y acariciarlo.
—Oye, ¿alguna vez se te ha ocurrido que quizás una de estas hámsters tenga unas bonitas crías en su interior?
—¡Las analizan todos los días, sabihondo!
—Claro, claro. 
Acarició con la nariz a la criaturilla, que respondió haciendo vibrar el morro.
—Pero suponte que una mañana llegas y los encuentras aquí; pequeños hámsters que te miran con manchas de pelambre suaves y verdes donde deberían tener los ojos.
—Cállate, por amor de Dios —chilló Larsen.
—Suaves manchas verdes de pelo brillante —dijo Rizzo, y bajó al hámster con una repentina sensación de asco.


Conectó nuevamente la recepción y varió la sintonía. En casa no había un solo fragmento de vida especializado que no tuviera su tosco equivalente a bordo de esa nave.
Había corredores móviles de varios tamaños, nadadores móviles y voladores móviles. Algunos voladores eran grandes, con pensamientos perceptibles; otros eran criaturas pequeñas y de alas transparentes. Estos sólo transmitían patrones de percepción sensorial, patrones imperfectos, y no añadían ningún elemento de inteligencia propia.
Había también inmóviles que, al igual que los inmóviles de casa, eran verdes y vivían del aire, el agua y el suelo. Constituían un vacío mental. Sólo conocían la opaca conciencia de la luz, de la humedad y de la gravedad.
Y cada fragmento, móvil o inmóvil, tenía su parodia de vida. Aún no. Aún no...
Contuvo sus sentimientos. En cierta ocasión, esos fragmentos de vida fueron a casa y todos allí intentaron ayudarlos. Demasiado pronto. No funcionó. Esta vez deberían esperar.
Confiaba en que esos fragmentos no lo descubrieran.
De momento no lo habían hecho. No lo vieron tendido en un rincón de la sala de pilotaje. Nadie se agachó para recogerlo y arrojarlo después. En un principio supuso que no debía moverse, pues alguien podía ver esa forma rígida y vermiforme, de apenas quince centímetros de longitud. Lo habría visto, hubiese gritado y todo habría concluido.
Pero quizás hubiera esperado ya demasiado. Había transcurrido un buen rato desde el despegue. Los controles estaban cerrados; la sala de pilotaje se encontraba vacía.
No le llevó mucho tiempo encontrar la grieta en el blindaje, que conducía el hueco donde se hallaban los cables. Eran cables condenados.
La parte frontal de su cuerpo terminaba en un filo, que cortó en dos un cable del diámetro adecuado. Luego, a quince centímetros de distancia, volvió a dar otro corte. Empujó el trozo de cable y lo ocultó en un rincón del recoveco. La funda externa era de un material plástico y de un color pardo, y el núcleo era de metal reluciente y rojizo. No podía imitar el núcleo, por supuesto, pero no había ninguna necesidad; bastaba con que la piel que lo cubría imitase la superficie del cable.
Regresó, sujetó las dos secciones de cable cortado, se apretó bien contra ellas y activó los pequeños discos de succión. No se notaba la juntura. Ya no podrían localizarlo. Al mirar sólo verían un tramo continuo de cable.
A menos que mirasen con mucha atención y notaran que, en un diminuto segmento del cable, había dos pequeñas manchas de pelambre suave, verde y brillante.

—Es notable que este vello verde pueda hacer tanto —dijo el doctor Weiss.
El capitán Loring sirvió el coñac. En cierto sentido era una celebración; dos horas después estarían preparados para el salto en el hiperespacio y, luego, al cabo de dos días, llegarían a la Tierra.
—¿Está convencido, pues, de que la pelambre verde es el órgano sensorial? —preguntó.
—Lo es —afirmó Weiss. Tenía la voz pastosa a causa del coñac, pero era consciente de que necesitaba celebrarlo, muy consciente—. Los experimentos se realizaron con dificultades, pero fueron muy significativos.
El capitán sonrió con rigidez.
—Decir "con dificultades" es un modo muy modesto de expresarlo. Yo nunca habría corrido esos riesgos que usted afrontó para realizarlos.
—Pamplinas. Todos somos héroes a bordo de esta nave, todos somos voluntarios, todos somos grandes hombres que merecen trompetas, flautas y fanfarrias. Usted eligió venir aquí.
—Pero fue usted el primero en atravesar la barrera.
—No implicaba ningún riesgo en particular. Quemé el suelo a medida que avanzaba, además de estar rodeado por una barrera portátil. Pamplinas, capitán. Recibamos nuestras medallas cuando regresemos, recibámoslas sin modestias. Además, soy varón.
—Pero está lleno de bacterias hasta aquí —El capitán alzó la mano por encima de la cabeza—. Con lo cual es tan vulnerable como una mujer.
Hicieron una pausa para beber.
—¿Otra copa? —ofreció el capitán.
—No, gracias. Ya me he pasado de la raya.
—Entonces, el último trago para el camino. 
Alzó su vaso en la dirección del Planeta de Saybrook, que ya no era visible y cuyo sol apenas figuraba como una estrella brillante en la pantall. Dijo:
—Por los vellos verdes que le proporcionaron a Saybrook su primera pista.
Weiss asintió con la cabeza.
—Un hecho afortunado. Pondremos el planeta en cuarentena, por supuesto.
—Eso no parece suficientemente drástico —observó el capitán—. Alguien podría aterrizar por accidente sin tener la perspicacia ni las agallas de Saybrook. Supongamos que no hiciera estallar su nave, como sí hizo Saybrook. Supongamos que regresara a un sitio habitado —Adoptó una expresión sombría—. ¿Cree usted que podrían desarrollar el viaje interestelar por su cuenta?
—Lo dudo. No hay pruebas, desde luego. Lo que pasa es que tienen una orientación muy distinta. Su organización de la vida ha vuelto innecesarias las herramientas. Por lo que sabemos, no hay en el planeta ni siquiera un hacha de piedra.
—Espero que tenga usted razón. Ah, Weiss, ¿quiere dedicarle un rato a Drake?
—¿El fulano de Prensa Galáctica?
—Sí. Cuando regresemos, la historia del Planeta de Saybrook será revelada al público y no creo que convenga darle un matiz excesivamente sensacionalista. He pedido a Drake que se deje asesorar por usted. Usted es biólogo y cuenta con autoridad suficiente como para intimidarlo. ¿Me haría ese favor?
—Con mucho gusto.
El capitán entrecerró los ojos y sacudió la cabeza.
—¿Jaqueca, capitán?
—No. Sólo pensaba en el pobre Saybrook.

Estaba harto de la nave. Un rato antes, había experimentado una sensación extraña y fugaz, como si lo hubieran puesto del revés. Alarmado, indagó en la mente de los pensadores-lúcidos en busca de una explicación. Al parecer, la nave había brincado por vastas extensiones de espacio vacío, con el fin de atajar a través de algo que llamaban "hiperespacio". Los pensadores-lúcidos eran ingeniosos.
Pero estaba harto de la nave. Era un fenómeno de lo más fútil. Los fragmentos de vida parecían ser muy habilidosos en sus construcciones, pero, a fin de cuentas, eso constituía sólo una parte de su felicidad. Procuraban hallar en el control de la materia inanimada lo que no hallaban en sí mismos.
En su anhelo inconsciente de totalidad construían máquinas y surcaban el espacio, buscando, buscando...
Esas criaturas, por la propia naturaleza de las cosas, nunca encontrarían lo que buscaban. Al menos, mientras él no se lo diera. Se estremeció un poco ante la idea.
¡La totalidad!
Esos fragmentos de vida, ni siquiera habían captado el concepto. El término de "totalidad" resultaba insuficiente.
En su ignorancia incluso combatirían contra ella. Como en el caso de la nave anterior. La primera nave contenía muchos fragmentos que eran pensadores-lúcidos. Había dos variedades: Los productores de vida y los estériles.
(La segunda nave era muy diferente. Todos los pensadores-lúcidos eran estériles, mientras que los otros fragmentos, los pensadores-confusos y los no-pensadores, eran todos productores de vida. Resultaba muy extraño).
¡El planeta al completo le dio la bienvenida a esa primera nave! Aún recordaba el intenso choque emocional que sintieron al notar que los visitantes eran tan sólo fragmentos, que no estaban completos. La conmoción los llevó a la piedad y la piedad, a la acción. No sabían cómo se adaptarían a la comunidad, pero no lo dudaron un momento. Toda la vida era sagrada y habría que cederles lugar a todos, a todos ellos, desde los grandes pensadores-lúcidos hasta los minúsculos que proliferaban en la oscuridad.
Pero fue un error de cálculo. No analizaron correctamente el modo de pensar de los fragmentos. Los pensadores-lúcidos advirtieron lo que sucedía y se disgustaron. Tenían miedo; no lo entendían.


Primero, colocaron la barrera y, luego, se autodestruyeron haciendo explotar la nave.
Pobres y tontos fragmentos.
Al menos, ya no volvería a ocurrir. Los salvaría a pesar de sí mismos.

Aunque no alardeaba de ello, John Drake estaba muy orgulloso de su habilidad con la fototipo. Tenía un modelo portátil, una lisa y pequeña lámina de plástico oscuro y con protuberancias cilíndricas en cada extremo para sostener el rollo de papel delgado. Cabía en un maletín de cuero marrón, equipado con una correa que se lo sujetaba a la cintura y a una cadera. El artilugio pesaba medio kilo.
Drake podía hacerlo funcionar con cualquiera de las manos. Movía los dedos con rapidez y soltura, presionando suavemente ciertos lugares de la superficie, y las palabras se escribían sin sonido alguno.
Miró con aire pensativo el principio del escrito y, luego, al doctor Weiss.
—¿Qué le parece, doctor?
—Un buen comienzo.
Drake movió la cabeza en sentido afirmativo.
—Pensé que era lógico empezar por Saybrook. En la Tierra aún no se ha difundido su historia. Ojalá hubiera podido ver el informe de Saybrook. ¿Y cómo logró transmitirlo?
—Por lo que sé, pasó la última noche transmitiéndolo a través del subéter. Cuando terminó, produjo un cortocircuito en los motores y, una fracción de segundo después, convirtió la nave en una nube de vapor. Junto con la tripulación y consigo mismo.
—¡Qué hombre! ¿Usted supo esto desde un principio?
—No desde el principio. Sólo desde que recibimos el informe de Saybrook.
No podía evitar recordarlo.
Leyó el informe y comprendió lo maravilloso que el planeta debía de parecer cuando la expedición colonizadora llegó allí. Era prácticamente un duplicado de la Tierra, con abundante vida vegetal y una vida animal puramente vegetariana.
Lo único extraño eran las pequeñas manchas de pelambre verde (¡con cuánta frecuencia usaba esa frase!). Ningún individuo viviente del planeta tenía ojos, sólo esa pelambre. Incluso las plantas, cada brizna y las hojas y los capullos poseían esas dos manchas de un verde más intenso.
Luego, Saybrook advirtió, sobresaltado y desconcertado, que en todo el planeta no había conflicto alguno por los alimentos. Todas las plantas tenían apéndices pulposos; los animales se los comían, y los apéndices se regeneraban en cuestión de horas. No tocaban ninguna otra parte de las plantas. Era como si estas alimentaran a los animales dentro de un proceso de orden natural. Y las plantas mismas no crecían con abrumadora profusión. Parecía que se las cultivara, pues estaban juiciosamente distribuidas en el suelo disponible.
Weiss se preguntaba de cuánto tiempo habría dispuesto Saybrook para observar el extraño orden que imperaba en aquel planeta. Los insectos se habían establecido en un número razonable, aunque las aves no se los comían; los roedores no proliferaban, aun cuando no existían carnívoros para mantenerlos a raya.
Y luego se produjo el episodio de las ratas blancas. Weiss volvió al presente.
—Una corrección, Drake. Los hámsters no fueron los primeros animales afectados, sino las ratas blancas.
—Ratas blancas —repitió Drake al introducir la corrección en sus notas.
—Cada nave colonizadora lleva un grupo de ratas blancas con el propósito de poner a prueba los alimentos alienígenas. Las ratas son muy similares a los seres humanos desde el punto de vista de la nutrición. Naturalmente, sólo se llevan hembras.
Naturalmente. Si sólo un sexo estaba presente, no había peligro de una multiplicación indiscriminada en caso de que el planeta resultara favorable.
Todos recordaban el caso de los conejos de Australia.
—A propósito, ¿por qué no se utilizan machos? —preguntó Drake.
—Las hembras son más resistentes, lo cual es una suerte, pues fue eso lo que reveló la situación. De pronto todas las ratas empezaron a tener cría.
—Bien. Hasta aquí llega mi información, así que esta es mi oportunidad de aclarar ciertos detalles. Veamos... ¿Cómo averiguó Saybrook que estaban preñadas?
—Accidentalmente. Durante las investigaciones de nutrición se disecciona a las ratas para buscar pruebas de lesiones internas. Era inevitable descubrir su preñez. Diseccionaron a otras. Los mismos resultados. Con el tiempo, todas las criaturas vivas tuvieron crías ¡sin que hubiera machos a bordo!
—Y todos los recién nacidos tenían manchitas de pelambre verde en vez de ojos.
—Así es. Saybrook lo dijo y nosotros lo corroboramos. Después de las ratas quedó preñada la gata de uno de los niños. Cuando dio a luz, los gatitos no nacieron con los ojos cerrados, sino con manchas de pelambre verde. No había ningún gato macho a bordo.
»Saybrook hizo analizar a las mujeres. No les dijo por qué, no quería asustarlas. Todas se encontraban en las etapas iniciales del embarazo, al margen de las que ya estaban encinta en el momento de embarcarse. Saybrook no esperó a que esos niños nacieran. Sabía que no tendrían ojos; sólo brillantes manchas de pelambre verde.
»Incluso preparó cultivos bacterianos (Saybrook era hombre meticuloso) y encontró que cada bacilo tenía microscópicas manchas verdes.
Drake se mostraba muy interesado.
—Eso no estaba incluido en lo que nos dijeron, o al menos en lo que me dijeron a mí. Pero, concediendo que en el Planeta de Saybrook la vida esté organizada en un todo unificado, ¿cómo se hace?
—¿Que cómo se hace? ¿Que cómo se organizan las células en un todo unificado? Extraiga una célula del cuerpo, aun una célula cerebral, ¿y qué es por sí sola? Nada. Una pizca de protoplasma sin más capacidad para algo humano que una ameba. Menos capacidad, en realidad, pues no podría vivir sola. Pero unimos las células y obtenemos algo que puede inventar una nave espacial o componer una sinfonía.
—Capto la idea.
—En el Planeta de Saybrook, toda la vida es un solo organismo. En cierto sentido, lo mismo ocurre en la Tierra, sólo que se trata de una dependencia conflictiva, una dependencia combativa. Las bacterias fijan el nitrógeno, las plantas fijan el carbono, los animales comen plantas y se comen entre sí; la descomposición bacteriana lo altera todo. El círculo se cierra. Cada cual atrae lo que puede y es atraído a su vez.
»En el Planeta de Saybrook, cada uno de los organismos tiene su lugar, lo mismo que cada célula en nuestro cuerpo. Las bacterias y las plantas producen comida, de cuyo exceso se alimentan los animales, suministrando a la vez dióxido de carbono y desechos nitrogenados. No se produce más de lo necesario. El esquema de la vida es alterado inteligentemente para adaptarlo al ámbito local. Ningún grupo de formas de vida se multiplica más de lo necesario, así como las células del cuerpo dejan de multiplicarse cuando hay suficientes para un propósito dado. Cuando no dejan de multiplicarse lo llamamos cáncer. Y eso es la vida en la Tierra, toda nuestra organización orgánica en comparación con la del Planeta de Saybrook: Un gran cáncer. Cada especie y cada individuo hacen lo posible para desarrollarse a expensas de las otras especies o los otros individuos.


—Habla usted como si aprobara el Planeta de Saybrook.
—En cierto modo lo apruebo. Tiene sentido como actividad vital. Entiendo la perspectiva que tienen de nosotros. Supongamos que una de las células de nuestro cuerpo pudiera ser consciente de la eficiencia del cuerpo humano en comparación con la de la célula misma y que comprendiera que esto sólo es resultado de la unión de muchas células en un todo superior. Y supongamos que fuera consciente de la existencia de células no dependientes, con vida propia. Tendría un fuerte deseo de imponer una organización a la pobre criatura. Sentiría pena por ella y tal vez actuara como un misionero. Es muy posible que esas criaturas (o esa criatura, pues el singular parece ser más adecuado) sientan eso.
—Y por eso ocasionaron alumbramientos vírgenes, ¿eh? Tengo que andarme con cuidado en este tema. Ya sabe, las normas.
—No hay nada obsceno en ello, Drake. Hace siglos que logramos que los huevos de erizos de mar, las abejas, las ranas y otros se desarrollasen sin fertilización masculina. A veces bastaba con el pinchazo de una aguja o con la mera inmersión en la solución salina adecuada. La criatura del Planeta de Saybrook puede causar la fertilización mediante el uso controlado de energía radiante. Por eso, una barrera energética adecuada la detiene; interferencia, como ve, o intromisión.
»Puede lograr más que estimular la división y el desarrollo de un huevo no fertilizado. Puede imprimir sus propias características en sus nucleoproteínas, de modo que la prole nace con esas manchas de pelambre verde, las cuales, actúan como órgano sensorial y medio de comunicación del planeta. La prole no está constituida por individuos, sino que se integra a la criatura del Planeta de Saybrook. Esta criatura, pues, puede inseminar cualquier especie, ya sea vegetal, animal o microscópica.
—Vaya potencia —murmuró Drake.
—Omnipotencia. Potencia universal. Cualquier fragmento de la criatura es omnipotente. Con tiempo suficiente, una sola bacteria del Planeta de Saybrook puede convertir la Tierra entera en un organismo único. Tenemos pruebas experimentales de ello.
—¿Sabe una cosa, doctor? —dijo inesperadamente Drake—. Creo que soy millonario. ¿Puede guardar su secreto? —Weiss asintió en silencio, asombrado—. Tengo un recuerdo del Planeta de Saybrook —añadió sonriendo—. Es sólo un guijarro, pero después de la publicidad que recibirá ese planeta, además de lo de la cuarentena, el guijarro será todo lo que un ser humano podrá ver de él. ¿Por cuánto cree que podré venderlo?
Weiss lo miró fijamente.
—¿Un guijarro? —Le arrebató el objeto, que era ovoide, duro y gris—. No debió hacer eso, Drake. Va contra las normas.
—Lo sé. Por eso he preguntado que si podía guardar el secreto. Si usted pudiera darme una nota firmada de autentificación... ¿Qué pasa, doctor?
En vez de responder, Weiss sólo pudo balbucear algo y señalar con el dedo el guijarro. Drake se acercó y lo miró. Era igual que antes... Excepto que la luz lo alumbraba desde un ángulo y mostraba dos pequeñas manchas verdes. Vistas de cerca, eran manchas de vello verde.

Se sentía turbado. Existía una atmósfera de peligro a bordo. Se sospechaba su presencia. ¿Cómo era posible? Aún no había hecho nada.
¿Habría subido a la nave otro de los fragmentos de casa y se habría mostrado menos cauto? Eso sería imposible sin que él lo supiera, y no había hallado nada aunque examinó la nave intensamente.
Luego, la sospecha disminuyó, pero no murió del todo. Uno de los pensadores lúcidos seguía haciéndose preguntas y se aproximaba a la verdad.
¿Cuánto faltaba para el aterrizaje? ¿Un mundo entero de fragmentos de vida quedaría privado de totalidad? Se aferró a los trozos cortados del cable con el cual se mimetizaba, temiendo que lo descubrieran, temiendo por su misión altruista.

El doctor Weiss se había encerrado en su habitación. Ya estaban dentro del sistema solar y tres horas después aterrizarían. Tenía que pensar. Le quedaban tres horas para decidir.
El diabólico "guijarro" de Drake había formado parte de la vida organizada del Planeta de Saybrook, pero estaba muerto. Lo estaba ya cuando él lo vio por primera vez y, en todo caso, no pudo sobrevivir cuando lo arrojaron al motor hiperatómico y lo convirtieron en un estallido de calor puro. Y los cultivos bacterianos seguían teniendo un aspecto normal cuando los examinó angustiado.
No era eso lo que preocupaba a Weiss.
Drake había recogido el guijarro durante las últimas horas de permanencia en el Planeta de Saybrook, después del fallo en la barrera. ¿Y si el fallo hubiera sido el resultado de una lenta, pero implacable presión mental por parte de la criatura de ese planeta? ¿Y si partes de la criatura hubieran estado esperando para invadir cuando cayese la barrera? Si el "guijarro" no fue lo suficientemente rápido y se desplazó sólo después del restablecimiento de la barrera, esa sería la causa de que hubiese muerto. Se habría quedado allí, y Drake entonces lo vio y lo recogió.
Se trataba de un "guijarro", no de una forma natural de vida. ¿Pero eso significaba que no era una especie de forma de vida? Podía ser un producto deliberado del único organismo del planeta; una criatura deliberadamente diseñada para que pareciera un guijarro, de aspecto inofensivo e inocente. Camuflaje, en otras palabras; un camuflaje astuto y sobrecogedoramente eficaz.
¿Alguna otra criatura camuflada habría logrado atravesar la barrera antes de que la restablecieran, como una forma adecuada y extraída de la mente de los humanos de la nave por el organismo telépata del planeta? ¿Podría tener la inocua apariencia de un pisapapeles? ¿Uno de los clavos ornamentales y con cabeza de bronce de la anticuada silla del capitán? ¿Y cómo lo localizarían?
¿Podrían investigar cada palmo de la nave en busca de esas manchas verdes; y también los microbios?
¿Y por qué el camuflaje? ¿Se proponía pasar inadvertido durante algún tiempo? ¿Por qué? ¿Para aguardar hasta que aterrizaran en la Tierra?
Una infección después del aterrizaje no se podría remediar haciendo estallar la nave. Las bacterias de la Tierra, el moho, la levadura y los protozoos serían los primeros. Al cabo de un año habría un sinfín de neonatos no humanos.
Weiss cerró los ojos y se dijo que no sería tan malo, después de todo. No habría más enfermedades, pues ninguna bacteria se multiplicaría a expensas de su organismo huésped, sino que se contentaría con una parte de lo disponible. No habría ya exceso de población; las muchedumbres de humanos disminuirían para adaptarse al suministro de alimentos. No habría guerras, crímenes ni codicia.
Pero tampoco habría individualidad.
La humanidad hallaría la seguridad transformándose en engranaje de una máquina biológica. Un hombre sería hermano de un germen o de una célula hepática.
Se puso de pie. Debía ir a hablar con el capitán Loring. Enviarían el informe y harían estallar la nave, igual que hizo Saybrook.
Se sentó de nuevo. Saybrook contó con pruebas, mientras que él sólo tenía las conjeturas de una mente aterrorizada, trastornada por dos manchas verdes en un guijarro. ¿Podría matar a los doscientos hombres de a bordo por una leve sospecha?
Tenía que pensar.


Estaba tenso. ¿Por qué tenía que seguir esperando? Si al menos pudiera dar la bienvenida a los que se encontraban a bordo. ¡Pero ya!
Una parte más fría y racional de sí mismo lo disuadió. Los pequeños que proliferaban en la oscuridad delatarían su cambio en quince minutos, y los pensadores-lúcidos los tenían bajo observación continua. Incluso a un kilómetro de la superficie del planeta sería demasiado pronto, pues aún podrían destruir la nave en el espacio.
Sería mejor esperar a que estuvieran abiertas las cámaras de presión, a que el aire del planeta penetrara con millones de fragmentos de vida minúsculos. Sería mejor, sí, acogerlos a todos ellos en la hermandad de la vida unificada y dejar que echaran a volar para difundir el mensaje.
¡Entonces se lograría! ¡Otro mundo organizado, y completo!
Se mantuvo a la espera. Los motores vibraban sordamente en su potente esfuerzo por controlar el descenso de la nave; la sacudida del contacto con la superficie del planeta y luego...
Conectó la recepción, para captar el júbilo de los pensadores-lúcidos, y les respondió con sus propios pensamientos jubilosos. Pronto podrían recibir tan bien como él. Tal vez no esos fragmentos en particular, pero sí los fragmentos que nacerían de quienes fuesen aptos para la continuación de la vida.
Las cámaras de presión estaban a punto de abrirse... Y todo pensamiento cesó.

"Demonios, algo anda mal", pensó Jerry Thorn.
—Lo lamento —le dijo al capitán Loring—. Parece haber un fallo energético. Las cámaras no se abren.
—¿Estás seguro, Thorn? Las luces están encendidas.
—Sí, señor. Lo estamos investigando.
Se alejó y se reunió con Roger Oldenn ante la caja de conexiones de la cámara de presión.
—¿Qué pasa?
—Déjame en paz, ¿quieres? —Oldenn tenía las manos ocupadas—. ¡Por amor de Dios, hay un corte de quince centímetros en el cable de veinte amperios!
—¿Qué? ¡Imposible!
Oldenn levantó los cables, cuyos filosos bordes estaban limpiamente cortados.
El doctor Weiss se reunió con ellos. Estaba ojeroso y su aliento apestaba a coñac.
—¿Qué pasa? —preguntó, con un temblor en la voz.
Se lo dijeron. En el fondo del compartimiento, en un rincón, estaba el trozo que faltaba.
Weiss se agachó. Había un fragmento negro en el suelo. Lo tocó con el dedo y se disolvió, dejándole una mancha de hollín en la yema. Se la frotó distraídamente.
Tal vez algo había reemplazado el trozo de cable que faltaba; algo que estaba vivo y que tenía de cable únicamente su aspecto, pero algo que podía calentarse, morir y carbonizarse en una fracción de segundo en cuanto se cerró el circuito eléctrico que controlaba la cámara de presión.
—¿Cómo están las bacterias? —preguntó.
Un miembro de la tripulación fue a comprobarlo y regresó.
—Todo normal, doctor.
Entre tanto, colocaron un empalme en el cable; abrieron las compuertas y el doctor Weiss salió al mundo de vida anárquica que era la Tierra.
—Anarquía —dijo con una risotada—. Y así se mantendrá.

FIN

2025/11/03

Absalón (Henry Kuttner y Catherine L. Moore)


Título original: Absalom
Año: 1946


Joel Locke regresó al atardecer de la universidad donde daba cátedra de psiconámica. Entró silenciosamente en la casa por una puerta lateral y se quedó escuchando. Era un cuarentón alto, de labios delgados, con una sonrisa ligeramente sardónica y ojos grises y distantes. Oía el zumbido del precipitrón. Eso significaba que Abigail Schuler, el ama de llaves, se ocupaba de sus tareas. Locke sonrió ligeramente y se volvió hacia un panel de la pared, que se abrió cuando él se acercó.
El pequeño ascensor lo llevó calladamente arriba. Allí se movió con extraño sigilo. Fue directamente hacia una puerta en el fondo del vestíbulo y se detuvo, la cabeza gacha, los ojos extraviados. No oía nada. Luego abrió la puerta y entró en la habitación.
Instantáneamente la sensación de inseguridad le asaltó de nuevo. Le paralizó. No hizo ningún gesto, aunque la boca se le frunció. Se obligó a quedarse quieto mientras miraba en torno.
Podía haber sido la habitación de cualquier muchacho de veinte años, no de un niño de ocho. Había raquetas de tenis arrumbadas contra una pila desordenada de libros grabados. El tiaminizador estaba encendido, y Locke empleó el modo mecánico de encender la luz. Se volvió abruptamente. El televisor estaba apagado, pero él habría jurado que unos ojos le estaban observado desde la pantalla.
No era la primera vez que le ocurría.
Al rato Locke se volvió de nuevo y se acuclilló para examinar los carretes. Eligió uno can la etiqueta LA LÓGICA ENTRÓPICA SEGÚN BRIAFF y frunció el ceño mientras jugueteaba con el cilindro. Después lo guardó y salió del cuarto, pero no antes de haberle echado una última y pensativa mirada al televisor.
Abajo, Abigail Schuler tecleaba en el panel de la Limpiadora Maestra. Tenía la boca menuda tan rígida como el severo mechón de cabello entrecano que le tapaba la nuca.
—Buenas noches —dijo Locke—. ¿Dónde está Absalón?
—Afuera, hermano Locke. Está jugando —dijo el ama de llaves con tono formal—. Llega usted temprano. Aún no he limpiado la sala.
—Bien, conecte los iones y ellos se encargarán —dijo Locke—. No tardará mucho. De todos modos, tengo que corregir algunos exámenes.
Se iba a marchar, pero Abigail carraspeó de un modo significativo.
—¿Bien?
—Se le ve bastante desmejorado.
—Entonces lo que necesita es jugar al aire libre —dijo Locke concisamente—. Lo enviaré a un campamento de verano.
—Hermano Locke —dijo Abigail—, no entiendo por qué no lo deja ir a Baja California. Se muere por ir. Usted le dejó estudiar antes todas las materias difíciles que él quería. Ahora se lo prohíbe. Sé que no me concierne, pero le noto ansiedad.
—La ansiedad sería peor si yo le dijera que sí. Tengo mis razones para no permitirle estudiar lógica entrópica. ¿Sabe usted lo que implica eso?
—No sé… Usted sabe que no sé. No soy una mujer instruida, hermano Locke. Pero Absalón es brillante como un botón.
Locke gesticuló con impaciencia.
—Tiene usted ocurrencias geniales —dijo—. ¡Brillante como un botón!
Encogiéndose de hombros, se dirigió a la ventana y observó el patio de abajo, donde su hijo de ocho años jugaba al handball. Absalón no levantó los ojos. Parecía absorto en el juego. Pero Locke no pudo evitar que una sensación de terror frío y sigiloso le invadiera la mente, y se apretó las manos con fuerza detrás de la espalda.
Un niño que aparentaba diez años, con un nivel de madurez de veinte, pero que seguía siendo un niño de ocho. No era fácil de gobernar. Había muchos padres con el mismo problema. La curva del diagrama que registraba el porcentaje de niños prodigio nacidos en tiempos recientes se estaba alterando. Algo había empezado a agitarse perezosamente en los cerebros de las últimas generaciones y una nueva especie, por así decirlo, estaba naciendo lentamente. Locke lo sabía bien. En su época él también había sido un niño prodigio.
Quizás otros padres encararan el problema de modo distinto, pensaba tercamente. No él. Él sabía qué era lo mejor para Absalón. Otros padres quizás enviaran a sus hijos prodigio a esos institutos donde podían desarrollarse entre los de su misma especie. No Locke.
—El lugar de Absalón es éste —dijo en voz alta—. Aquí. Donde yo puedo… — notó que el ama de llaves lo estaba mirando y se encogió nuevamente de hombros, irritado, retomando la conversación que antes había interrumpido—. Claro que es brillante. Pero todavía no lo suficiente para ir a Baja California y estudiar lógica entrópica. ¡Lógica entrópica! Es demasiado para el chico. Hasta usted tendría que darse cuenta. No es como darle una golosina tras asegurarse de que hay aceite de castor en el botiquín de la sala de baño. Absalón es inmaduro. Podría ser realmente peligroso enviarlo a la Universidad de Baja California con hombres tres veces mayores. Lo sometería a esfuerzos mentales para los que aún no está preparado. No quiero que se transforme en psicópata.
Abigail frunció hurañamente la boca menuda.
—Usted le permitió aprender álgebra.
—Oh, déjeme en paz. 
Locke observó de nuevo al niño que jugaba en el patio, y agregó lentamente:
—Creo que es hora de un nuevo contacto con Absalón.
El ama de llaves lo miró con severidad, entreabrió los labios finos y luego los cerró con un chasquido reprobatorio casi audible. Claro que ella no comprendía del todo cómo funcionaba un contacto o para qué servía. Pero sabía que en estos días había maneras de imponer la hipnosis, de forzar una mente para hurgar los pensamientos ocultos. Meneó la cabeza y apretó los labios.
—No trate de interferir en cosas que no entiende —dijo Locke—. Le digo que yo sé qué es mejor para Absalón. Está en la misma situación que yo hace treinta y tantos años. ¿Quién puede comprenderlo mejor? Llámelo adentro, por favor. Estaré en mi estudio.
Abigail lo observó alejarse y arrugó el entrecejo. Era difícil saber qué era mejor. Las costumbres actuales exigían una conducta rígida, pero a veces costaba decidir qué era lo correcto. En los viejos tiempos, después de las guerras atómicas, cuando se vivía licenciosamente y cualquiera podía actuar a su antojo, la vida debía de haber sido más fácil. Ahora, en esta vuelta brusca a una cultura puritana, había que pensar dos veces y escudriñarse el alma antes de cometer un acto dudoso.
Bien, Abigail no tenía elección esta vez. Abrió el micrófono de la pared y habló.
—¿Absalón?
—Sí, hermana Schuler.
—Entra, tu padre quiere verte.


En su estudio, Locke permaneció callado un instante, reflexionando. Luego tomó el micrófono de la casa.
—Hermana Schuler, estoy usando el televisor. Dígale a Absalón que espere.
Se sentó ante el visor privado. Movió las manos diestramente.
—Déme con el doctor Ryan, del Instituto de Niños Anómalos de Wyoming. Le habla Joel Locke.
Mientras esperaba tendió la mano para sacar un viejo volumen encuadernado en tela de un anaquel de libros curiosos y antiguos. Leyó:

Mas Absalón envió espías a todas las tribus de Israel, y les advirtió:
Cuando oigáis el sonido de la trompeta, entonces diréis: "Absalón reina en Hebrón".

—¿Hermano Locke? —preguntó el televisor.
En la pantalla apareció el rostro de un hombre de cabellos blancos y facciones agradables. Locke guardó el libro y levantó la mano para saludar.
—Doctor Ryan, lamento seguir importunándole.
—No tiene importancia —dijo Ryan—. Me sobra tiempo. Se supone que soy supervisor del Instituto, pero los chicos lo dirigen a gusto de ellos —rió—. ¿Cómo está Absalón?
—Hay un límite —dijo amargamente Locke—. Le he dado todos los gustos al chico. Le permití hacer carrera y ahora quiere estudiar lógica entrópica. Hay solamente dos universidades con esa especialidad, la más cercana está en Baja California...
—Podría viajar en helicóptero, ¿verdad? —preguntó Ryan, pero Locke gruñó reprobatoriamente.
—Demasiado tiempo. Además, uno de los requisitos es alojarse en la universidad bajo un régimen estricto. Se supone que la disciplina, mental y física, es necesaria para dominar la lógica entrópica. Que es dura de pelar. Tengo los rudimentos en casa, pero tuve que usar el tri-disney para llegar a visualizarlos.
Ryan rió.
—Los chicos de aquí se interesan en ella. Ejem..., ¿está usted seguro de que la ha comprendido?
—Lo suficiente, sí. Lo suficiente para entender que no es algo que un chico pueda estudiar mientras no se le hayan ampliado los horizontes.
—Los de aquí no tienen problemas —dijo el doctor—. No olvide que Absalón es un genio, no es un niño común.
—No lo olvido. Tampoco olvido mi responsabilidad. Absalón necesita un medio doméstico normal para no perder la seguridad en sí mismo... Y por ese motivo no quiero que se mude ahora a Baja California. Quiero estar cerca para protegerlo.
—Hemos diferido en ese aspecto anteriormente. Todos los anómalos saben arreglárselas por cuenta propia, Locke.
—Absalón es un genio, y un niño. Por lo tanto, carece del sentido de la proporción. Tiene más peligros que sortear. Creo que es un grave error darles todos los gustos a los anómalos. Rehusé enviar a Absalón a un instituto por una razón excelente. Juntan a todos los niños prodigio en un montón y los dejan actuar a sus anchas. Un medio ambiente totalmente artificial.
—No discutiré. Es cosa de usted —dijo Ryan—. Aparentemente no quiere admitir que hay una sinusoide de genios actualmente. Un aumento constante. En otra generación...
—Yo mismo he sido un niño prodigio, pero logré sobreponerme —graznó Locke—. Ya tuve bastantes problemas con mi padre. Era un déspota, y si yo no hubiese tenido suerte él habría hecho lo posible para deformarme psicológicamente. Lo he superado, pero tuve problemas. No quiero que Absalón pase por lo mismo. Por eso estoy empleando psiconámica... Es una valiosa catarsis mental, como usted sabrá.
—¿Narcosíntesis? ¿Hipnotismo forzado?
—No es forzado —replicó Locke—. Bajo hipnosis, él me cuenta todo lo que tiene en la mente, y yo puedo ayudarle.
—No sabía que estaba empleando eso —dijo lentamente Ryan—. No estoy seguro de que sea un procedimiento atinado.
—Yo no le indico a usted cómo dirigir el Instituto.
—Oh, no. Lo hacen los propios chicos. Muchos de ellos son más listos que yo.
—La inteligencia inmadura es peligrosa. Un chico se larga a patinar sin probar primero el espesor de la capa de hielo. No piense que quiero retener a Absalón. Simplemente hago las pruebas de antemano, para asegurarme de que la capa de hielo es firme. Yo puedo entender la lógica entrópica, pero él todavía no. Así que tendrá que esperar.
—¿Bien?
Locke titubeó.
—Eh... ¿Sabe usted si sus muchachos se han estado comunicando con Absalón?
—No sé —dijo Ryan—. No interfiero en sus vidas.
—De acuerdo, yo no quiero que ellos interfieran en la mía ni en la de Absalón. Quisiera que me informe si están en contacto con él.
Hubo una pausa prolongada.
—Lo intentaré —dijo por fin Ryan—. Pero si yo fuera usted, hermano Locke, dejaría que Absalón vaya a Baja California, si lo desea.
—Sé lo que hago —dijo Locke, y cortó la comunicación. Se volvió nuevamente hacia la Biblia.
¡Lógica entrópica!
Una vez que el muchacho haya llegado a la madurez sus síntomas somáticos y fisiológicos se orientarían a la normalidad, pero entretanto el péndulo seguía oscilando peligrosamente. Absalón necesitaba un control estricto, por su propio bien.
Y últimamente el muchacho por alguna razón estaba eludiendo los contactos hipnóticos. Algo pasaba.
Pensamientos caóticos se arremolinaban en la mente de Locke. Olvidó que Absalón le esperaba. Sólo se acordó al oír la voz de Abigail anunciar que la cena estaba servida.
Durante la cena Abigail Schuler se sentó entre padre e hijo como Átropos, dispuesta a cortar la conversación si no le gustaba. Locke sintió que su largamente reprimida irritación contra Abigail, que se creía obligada a proteger a Absalón del padre, empezaba a aflorar. Tal vez por eso sacó finalmente el tema de Baja California.
—Parece que has estado estudiando la tesis de la lógica entrópica. ¿Aún no te has convencido de que es demasiado para ti?
—No, papá —dijo Absalón sin demostrar ninguna sorpresa—. No me he convencido.
—Los rudimentos del álgebra pueden ser fáciles para un niño. Pero una vez internado en la especialidad... He leído algo sobre lógica entrópica, hijo. Leí el libro entero, y a mí me costó bastante. Y tengo una mente madura.
—Sé que la tienes. Y sé que yo todavía no la tengo. Pero sigo pensando que podría estudiar esa materia.
—El problema es el siguiente —dijo Locke—: Podrías desarrollar síntomas psicóticos si estudiaras esa cosa, y quizá no los reconocerías a tiempo. Si pudiéramos tener un contacto todas las noches, o noche de por medio, mientras estudias...
—¡Pero es en Baja California!
—Ése es el inconveniente. Si esperas mi licencia, podré acompañarte. O quizás alguna universidad más cercana inicie cursos. No quisiera parecer poco razonable. La lógica debería indicarte mis motivos.


—En efecto —dijo Absalón—. Esa parte la entiendo. La única dificultad es un imponderable, ¿verdad? Es decir, tú crees que mi mente no podría asimilar la lógica entrópica sin alteraciones, y yo estoy convencido de lo contrario.
—Exacto —dijo Locke—. Tú tienes la ventaja de conocerte a ti mismo mejor de lo que podría conocerte yo. Tu desventaja es la inmadurez, la falta de un sentido de la proporción. Y yo cuento con la ventaja de una mayor experiencia.
—Pero es la tuya, papá. ¿Puedes aplicarme los mismos valores?
—Deja que sea yo quien lo juzgue, hijo.
—Tal vez —dijo Absalón—. Pero preferiría haber ido a un instituto de anómalos.
—¿Acaso no eres feliz aquí? —preguntó Abigail, lastimada, ante lo cual el niño le dirigió una cálida mirada de afecto.
—Claro que sí, Abbie. Tú sabes que sí.
—Sería mucho menos feliz con dementia praecox —dijo sardónicamente Locke—. La lógica entrópica, por ejemplo, presupone una captación de las variaciones temporales que se encaran en problemas relacionados con la relatividad.
—Oh, eso me da dolor de cabeza —dijo Abigail—. Y si a usted le preocupa tanto que Absalón exagere su actividad mental, no tendría que hablarle de esa manera —apretó botones y deslizó los platos metálicos esmaltados en el compartimiento—. Café, hermano Locke... Leche, Absalón... Y yo tomaré té.
Locke le guiñó el ojo a su hijo, que conservó una actitud solemne. Abigail se levantó con la taza de té y se dirigió al hogar. Tomó la escobilla, barrió unas pocas cenizas, se acomodó entre los almohadones y se entibió los tobillos huesudos al fuego. Locke emitió un bostezo.
—Hasta que lleguemos a una decisión, hijo, las cosas quedarán como están. No vuelvas a tocar ese libro de lógica entrópica ni nada más relacionado con el tema. ¿Correcto?
No hubo respuesta.
—¿Correcto? —insistió Locke.
—No estoy seguro —dijo Absalón tras una pausa—. En realidad, ese libro ya me ha sugerido ciertas ideas...
Mirando por encima de la mesa, Locke se sorprendió ante la incongruencia de esa mente increíblemente desarrollada en el cuerpo infantil.
—Todavía eres joven —dijo—. Unos días de diferencia no importarán. No olvides que legalmente ejerzo control sobre ti, aunque nunca lo haré sin que tú apruebes mis decisiones como justas.
—Lo que es justo para ti puede no serlo para mí —dijo Absalón, trazando dibujos con la uña en el mantel.
Locke se levantó y apoyó la mano en el hombro del muchacho.
—Lo volveremos a discutir, hasta llegar a un acuerdo. Ahora tengo que corregir exámenes.
Salió.
—Lo hace por tu bien, Absalón —dijo Abigail.
—Claro que sí, Abbie —convino el niño, pero siguió pensativo.

Al día siguiente Locke dio sus clases con aire distraído y a mediodía llamó por televisor al doctor Ryan del Instituto de Wyoming. Ryan le atendió con cierta indiferencia. Dijo que había preguntado a los chicos si se habían comunicado con Absalón, y le habían dicho que no.
—Claro que mentirían por cualquier insignificancia, si lo creen conveniente —añadió Ryan, inexplicablemente divertido.
—¿Qué le causa gracia? —preguntó Locke.
—No sé —dijo Ryan—. El modo en que ellos me toleran. A veces les soy útil, pero... Originalmente se suponía que el supervisor era yo. Ahora ellos me supervisan a mí.
—¿Lo dice de veras?
Ryan se puso serio.
—Siento un tremendo respeto por los niños anómalos. Y creo que usted comete un gravísimo error con su hijo. He estado en casa de usted, hace un año. Es la casa de usted. Sólo una habitación le pertenece a Absalón. No puede dejar ninguna de sus cosas en otra parte. Usted lo domina espantosamente.
—Trato de ayudarle.
—¿Está seguro de que es el modo correcto?
—Claro que sí —estalló Locke—. Aunque me equivoque, eso no significa que esté cometiendo fil..., filio...
—Ese detalle es interesante —dijo Ryan casualmente—. No le habría costado mucho nombrar el matricidio, el parricidio o el fratricidio. Pero matar al hijo es menos frecuente. La palabra no sale con la misma facilidad.
Locke clavó los ojos en la pantalla.
—¿Qué demonios está insinuando?
—Que tenga cuidado —dijo Ryan—. Creo en la teoría de los mutantes, después de dirigir este Instituto durante quince años.
—Yo mismo he sido un niño prodigio —repitió Locke.
—Ajá —dijo Locke, mirándole con intensidad—. Y usted habrá de saber que se supone que la mutación es acumulativa..., ¿verdad? Tres generaciones antes, los niños prodigio constituían el dos por ciento de la población. Y hace dos generaciones, el cinco por ciento. Hace una generación, una sinusoide, hermano Locke. El CI aumenta proporcionalmente. ¿El padre de usted no fue también un niño prodigio?
—Lo fue —admitió Locke—. Pero inadaptado.
—Lo suponía. Las mutaciones llevan tiempo. La teoría es que en este momento estamos viviendo la transición del homo sapiens al homo superior.
—Lo sé. Es bastante lógico. Cada generación de mutaciones, al menos de esta mutación dominante, avanza un paso hacia el homo superior. ¿Cómo será...?
—No creo que lo sepamos nunca —dijo serenamente Ryan—. Creo que no entenderíamos. Quién sabe cuánto tardará. ¿La próxima generación? Lo dudo. ¿Cinco generaciones más, o diez, o veinte? Y cada una avanzando un paso, explotando otra potencialidad sepultada en el hombre hasta llegar a la cúspide. El superhombre, Joel.
—Absalón no es un superhombre —dijo pragmáticamente Locke—. O un superniño, en este caso.
—¿Está seguro?
—¡Dios santo! ¿No le parece que conozco a mi propio hijo?
—No responderé a eso —dijo Ryan—. Estoy seguro de que no sabe todo lo que se puede saber sobre los chicos anómalos de mi Instituto. Beltram, el supervisor del Instituto de Denver, me dice lo mismo. Estos chicos son el próximo paso de la mutación. Usted y yo formamos parte de una especie moribunda, hermano Locke.
La cara de Locke cambió. Apagó el televisor sin una palabra.


La campanilla anunció la próxima clase. Pero Locke permaneció inmóvil, las mejillas y la frente ligeramente húmedas. Luego la boca se le curvó en una sonrisa curiosamente desagradable. Cabeceó y se alejó del televisor.
Llegó a casa a las cinco. Entró silenciosamente por la puerta lateral y tomó el ascensor. La puerta de Absalón estaba cerrada, pero se oían voces. Locke escuchó un rato. Luego golpeó violentamente el panel.
—Baja, Absalón. Quiero hablar contigo.
En la sala le dijo a Abigail que saliera un momento. De espaldas a la chimenea, esperó a que llegara Absalón.

Los enemigos de mi señor el rey, y todos los que se alzan contra ti para tu daño, son como ese joven...

El niño entró sin demostrar embarazo. Avanzó y encaró al padre con una expresión calma y despreocupada. Era equilibrado, pensó Locke. De eso no cabía duda.
—Oí parte de esa conversación, Absalón —dijo Locke.
—De acuerdo —dijo fríamente Absalón—. Igual te lo habría contado esta noche. Tengo que hacer ese curso de lógica entrópica.
Locke ignoró la frase.
—¿Con quién te comunicabas?
—Un chico que conozco, Malcolm Roberts, del Instituto de Denver.
—¿Discutiendo lógica entrópica con él, eh? ¿Después de lo que te dije?
—Recordarás que no estábamos de acuerdo...
Locke se llevó las manos a la espalda y entrelazó los dedos.
—Entonces también recordarás que mencioné que ejercía control legal sobre ti.
—Legal —dijo Absalón—. No moral.
—Esto no tiene nada que ver con la moral.
—Sin embargo, sí. Y con la ética. Muchos niños menores que yo están estudiando lógica entrópica en los institutos. No les causa daño. Tengo que ir a un instituto, o a Baja California. Es necesario.
Locke agachó la cabeza, pensativo.
—Espera un minuto —dijo—. Lo siento, hijo. Por un momento caí en la trampa de mis propias emociones. Volvamos al plano de la lógica pura.
—De acuerdo —dijo Absalón, con una distancia serena e imperceptible.
—Estoy convencido de que ese estudio en particular te podría resultar peligroso. No quiero que sufras ningún daño. Quiero que tengas todas las oportunidades posibles, especialmente las que yo no tuve nunca.
—No —dijo Absalón, con una curiosa nota de madurez en la voz atiplada—. No fue falta de oportunidad. Fue incapacidad.
—¿Qué?
—Nunca dejarías que te convenzan de que yo podría estudiar lógica entrópica sin peligro. Me he dado cuenta. He hablado con otros chicos anómalos.
—¿De problemas privados?
—Ellos son de mi raza —dijo Absalón—. Tú no. Y por favor, no hables de amor filial. Tú mismo quebraste esa ley hace mucho tiempo.
—Sigue hablando —dijo serenamente Locke, apretando los labios—. Pero cerciórate de ser lógico.
—Bien. Pensaba que no tendría necesidad de hacer esto durante mucho tiempo, pero ahora es necesario. Me estás impidiendo hacer lo que debo.
—La mutación gradual. Acumulativa. Entiendo.
El fuego daba demasiado calor. Locke se alejó un paso del hogar. Absalón pareció a punto de escabullirse. Locke le clavó los ojos.
—Es una mutación —dijo el niño—. No una mutación completa, pero abuelo fue uno de los primeros pasos. Tú también... Fuiste más lejos que él. Y yo iré más lejos que tú. Mis hijos estarán más cerca del paso definitivo. Los únicos expertos en psiconámica que valen la pena son los niños prodigio de tu generación.
—Gracias.
—Me temes —dijo Absalón—. Me temes y me envidias.
Locke se echó a reír.
—¿Adónde has dejado la lógica?
El niño tragó saliva.
—Es lógico. Una vez convencido de que la mutación era acumulativa no puedes tolerar la idea de que yo llegaría a desplazarte. Es una distorsión psicológica básica en ti. Te pasó lo mismo con abuelo, en un sentido diferente. Por eso te dedicaste a la psiconámica, donde eras un pequeño dios que arrancaba secretos a las mentes de los alumnos y moldeaba los cerebros tal como se moldeó a Adán. Tienes miedo de que te supere. Y lo haré.
—Supongo que por esa razón te he dejado estudiar todo lo que has querido —dijo Locke—. Con excepción de esto.
—Sí, por eso. Muchos niños prodigio trabajan tan duro que se consumen y pierden totalmente su capacidad mental. No habrías mencionado tanto el peligro si dadas las circunstancias, no hubiera sido lo que más te interesaba. Claro que me has dado los gustos. Y subconscientemente deseabas que me consumiera, así eliminarías a tu posible rival.
—Entiendo.
—Me dejaste estudiar matemáticas, geometría plana, álgebra, geometría no-euclidiana... Pero me seguías los pasos. Cuando no conocías el tema, ponías cuidado de actualizarte para estar seguro de que era algo que tú podías dominar. Te cercioraste de que yo no pudiera superarte, de que no obtuviera ningún conocimiento que tú no pudieras obtener. Y por eso no me dejas aprender lógica entrópica.
En la cara de Locke no había ninguna expresión.
—¿Por qué? —preguntó fríamente.
—Porque tú no podías comprenderla —dijo Absalón—. Lo intentaste, y no estaba a tu alcance. No eres flexible. Tu lógica no es flexible. Se fundamenta en el hecho de que un segundero registra sesenta segundos. Has perdido la capacidad de asombro. Has traducido demasiado de lo abstracto a lo concreto. Yo sí puedo entender esa lógica. ¡Puedo entenderla!
—Estas ideas se te han ocurrido la semana pasada —dijo Locke.
—No. Te refieres a la hipnosis. Hace mucho tiempo que aprendí a proteger una zona de mi mente de tus sondeos.
—¡Eso es imposible! —dijo Locke, perplejo.
—Lo es para ti. Soy un paso posterior de la mutación. Tengo muchísimos talentos de los que no sabes nada. Y algo más: No soy lo suficientemente avanzado para mi edad. Los niños de los institutos me llevan la delantera. Sus padres obedecieron leyes naturales pues la función de cualquier padre es proteger al hijo. Sólo los padres inmaduros actúan de otro modo... como tú.
Locke aún conservaba la impasibilidad.
—¿Yo soy inmaduro? ¿Y te odio? ¿Te envidio? ¿Estás muy seguro?
—¿Es verdad o no?
Locke no respondió.
—Todavía eres mentalmente inferior a mí —dijo—, y lo seguirás siendo durante varios años. Digamos, si lo prefieres, que tu superioridad reside en tu... flexibilidad, y en tus talentos de homo superior, sean cuales fueren. En el otro platillo de la balanza pon el hecho de que soy un adulto físicamente maduro y tú pesas menos de la mitad que yo. Legalmente soy tu tutor. Y soy más fuerte que tú.


Absalón tragó saliva nuevamente, pero no dijo nada. Locke se irguió un poco más, y miró despectivamente al niño. Se llevó la mano a la cintura, pero sólo encontró una ligera cremallera. Caminó hacia la puerta. Se volvió.
—Te voy a demostrar que eres inferior a mí —dijo serena y fríamente—. Tendrás que admitirlo.
Absalón no respondió.
Locke fue arriba. Tocó el interruptor del escritorio, metió la mano en el cajón y saco un cinturón elástico de lucita. Palpó con los dedos la superficie fría y tersa. Luego bajó nuevamente.
Ahora tenía los labios pálidos y exangües.
En la puerta de la sala se detuvo, empuñando el cinturón. Absalón no se había movido, pero Abigail Schuler estaba de pie al lado del niño.
—Salga de aquí, hermana Schuler —dijo Locke.
—No azotará al niño —dijo Abigail, la cabeza erguida y los labios muy tensos.
—Váyase.
—No me iré. He oído cada palabra. Y todo es cierto.
—¡Largo de aquí, he dicho! —aulló Locke.
Se precipitó hacia adelante desplegando el cinturón. Los nervios de Absalón cedieron al fin. Jadeó de pánico y se escabulló, buscando a ciegas una salida inexistente.
Locke lo persiguió.
Abigail manoteó la escobilla y la arrojó a las piernas de Locke. El hombre soltó una exclamación y perdió el equilibrio. Cayó pesadamente, braceando con los brazos rígidos.
La cabeza chocó contra el borde de un sillón. Quedó inmóvil. Abigail y Absalón cambiaron una mirada. De pronto la mujer cayó de rodillas y rompió a llorar.
—Lo he matado —sollozó—. ¡Lo he matado! ¡Pero no podía dejar que te azotara, Absalón! ¡No podía!
El niño se mordisqueó el labio inferior. Se acercó lentamente al padre.
—No está muerto.
Abigail soltó un suspiro largo y convulsivo.
—Sube, Abbie —dijo Absalón, con aire preocupado—. Yo lo atenderé. Sé cómo hacerlo.
—No puedo dejarte...
—Por favor, Abbie —insistió él—. Tal vez te desmayes. Descansa un rato. Todo irá bien, de veras.
Finalmente ella subió en el ascensor, Absalón, mirando de soslayo al padre, fue hasta el televisor.
Llamó al Instituto de Denver. Expuso concisamente la situación.
—¿Qué conviene hacer, Malcolm?
—Espera un minuto.
Hubo una pausa, hasta que apareció en la pantalla la cara de otro niño.
—Haz como te digo —sugirió una voz firme y aguda que le dio una serie de instrucciones intrincadas—. ¿Has comprendido, Absalón?
—Sí. ¿No le causará daño?
—Vivirá. Ya tiene rasgos psicóticos irreversibles. Esto le dará una orientación diferente, más segura para ti. Es proyección. Externalizará todos sus deseos, sentimientos, etcétera. En ti. Obtendrá placer sólo con lo que tú hagas, pero no podrá controlarte. Tú conoces la clave psiconámica de su cerebro. Trabaja entonces principalmente con el lóbulo frontal. Ten cuidado con el área de Broca. No debes provocarle afasia. Bastará con que sea inofensivo para ti. Una muerte sería difícil de manejar. Además, supongo que no es lo que deseas...
—No —dijo Absalón—. Es mi padre.
—De acuerdo —dijo la voz infantil—. Deja la pantalla encendida. Observaré y te ayudaré.
Absalón se volvió hacia la figura que yacía inconsciente.

Durante mucho tiempo el mundo había sido borroso. Locke estaba acostumbrado. Aún podía cumplir con sus funciones ordinarias, de modo que no estaba loco en ningún sentido de la palabra.
Tampoco podía revelarle la verdad a nadie. Le habían creado un bloqueo psíquico. Día tras día asistía a la universidad y enseñaba psiconámica y volvía a casa y comía y esperaba ansiosamente las llamadas televisivas de Absalón.
Y cuando Absalón llamaba, a veces condescendía a hablarle de lo que hacía en Baja California. De sus logros. De sus triunfos. Pues esas cosas importaban ahora. Era lo único que importaba. La proyección era total.
Absalón rara vez se olvidaba de él. Era un buen hijo. Llamaba todos los días, aunque a veces, si el trabajo apremiaba, tenía que apresurarse. Pero Joel Locke siempre hallaba ocupación en las inmensas carpetas dedicadas a Absalón, atiborradas de recortes y fotografías.
Además, estaba escribiendo la biografía de Absalón.
El resto de su vida transcurría en un mundo de sombras y sólo existía de veras, realmente feliz, cuando el rostro de Absalón aparecía en la pantalla del televisor. Pero no había olvidado nada. Odiaba a Absalón y odiaba el vínculo espantoso e inquebrantable que lo encadenaría para siempre a su propia carne, una carne que en realidad no le pertenecía y que ascendería otro peldaño en la escalera de la nueva mutación.
Sentado en el crepúsculo de su irrealidad, rodeado de carpetas, con un televisor que sólo funcionaba para las llamadas de Absalón pero que él vigilaba incesantemente, Joel Locke alimentaba su odio y una satisfacción serena y secreta.
Algún día Absalón tendría un hijo... Algún día. Algún día...


FIN