2025/09/08

El ingeniero y el verdugo (Brian Stableford)


Título original: The Engineer and the Executioner
Año: 1975


—Mi vida —dijo el ingeniero— es mía. ¿Lo entienden?
—Yo lo entiendo —replicó con calma el verdugo.
—Yo lo he creado —persistió el hombrecito de anteojos y mirada poco firme—. Yo lo hice, con mis propias manos. No fue todo creación de mi propia imaginación. Otros hombres pueden atribuirse el plan, y la teoría que les permitió hacer el plan. Pero yo lo hice. Yo fui quien juntó los genes, esculpió los cromosomas, armó la célula inicial. El trabajo que yo hice fue el verdadero trabajo. Yo puse el tiempo, la concentración, la determinación. Los otros jugaban con ideas, pero yo realmente construí su sistema de vida. Convertí el sueño en realidad. Pero no pueden comprender lo que sentía.
—Yo entiendo —repitió el robot. Sus ojos rojos brillaban sin parpadear en la cabeza angulosa. Realmente entendía.
—Míralo —dijo el hombrecito, tendiendo el brazo hacia la gran ventana cóncava que era una pared de la habitación—. Míralo y dime si no vale algo. Es mío, recuérdalo. Se formó a partir de lo que yo construí. Se desarrolló a partir de las células creadas por mí. Ahora va por su propio camino. Hace años que va por su propio camino. Yo lo puse en ese camino.
El hombre y el robot miraron por el vidrio. Del otro lado de la ventana estaba el interior hueco del Asteroide Lamarck. Desde el espacio, el Lamarck parecía igual a cualquier otro asteroide. Tenía marcas de cráteres y piedras y montones de polvo. Pero era hueco, y dentro de él había un entorno herméticamente sellado, cuidadosamente controlado, de simulación de la Tierra. Tenía aire, y agua —cuidadosamente transportados desde la Tierra— y luz de las grandes baterías que atrapaban la energía solar en el exterior del planetoide y lo liberaban nuevamente en su interior.
La luz era pálida y perlada. Tomaba color de cera y palidecía a medida que el asteroide giraba sobre su eje. En ese momento en particular era brillante y clara... en el mediodía del interior del Lamarck.
Mostraba el borde de un gran bosque de plata, objetos brillantes como los hilos de una telaraña. Los objetos eran tan leves y transparentes que parecía que podía verse a gran distancia, pero en realidad la visión clara se perdía a los cien metros de la ventana de observación.
Medio escondidos junto a las telarañas plateadas había otros crecimientos de diferentes colores y especies. Algunos eran rojos como anémonas de mar y movían sus tentáculos en una danza lenta y rítmica, como si trataran de atrapar una presa demasiado pequeña como para ser vista por ojos humanos. Había pálidas esferas de color amarillo limón moteadas de colores más oscuros, suspendidas dentro del marco de los filamentos plateados. Había varas rectas de colores diversos que crecían en manojos geométricamente regulares a intervalos al azar.
Había objetos que se movían, también pompones que volaban por el aire y seres diminutos como peces tropicales que flotaban en el gigantesco recipiente de aire. No parecía haber vida que se arrastrara, ni que caminara. Todos los objetos móviles volaban o flotaban. La cubierta externa del asteroide era tan delgada que prácticamente no había fuerza de gravedad en la vasta cámara. No había arriba ni abajo. Sólo había superficie y lumen.
—El sistema de vida está entre la comunidad, el organismo y la célula —dijo el ingeniero—. Posee ciertas características de cada uno. El método de reproducción empleado por el sistema de vida es tan único como para hacer imposible una clasificación estricta por medio de los términos que aplicamos a los tipos de material orgánico de la Tierra. Es completamente cerrado. La luz es lo único que viene desde afuera, que proporciona la energía que mantiene funcionando al sistema. El agua, el aire, los minerales, todos se reciclan. No hay más materia orgánica allí que la que hubo siempre. Todo se usa y vuelve a usarse a medida que el sistema de vida funciona y mejora. A medida que crece, cambia y evoluciona día a día. Fue diseñado para evolucionar, para mutar y para adaptarse a increíble velocidad. El ciclo de sus elementos es una espiral, no un círculo. Nada vuelve jamás a un estado anterior. Cada generación es una nueva especie, nada se reproduce jamás a sí mismo. Lo que he construido aquí es la ultraevolución, la evolución que no es causada por la selección natural. Mi sistema de vida exhibe una verdadera evolución lamarckiana. Mi vida es mejor que la vida que surgió en la Tierra. ¿No se dan cuenta de por qué es tan importante, tan maravilloso?
—Yo sí —dijo el robot.
—Es lo más maravilloso que hemos hecho —continuó el hombrecito con expresión soñadora—. Es el más grande de nuestros logros. Yo lo construí. Es mío.
—Lo sé —dijo el verdugo, sin necesidad.
—No lo sabes —repuso el hombrecito—. ¿Qué puedes saber tú? Eres de metal. De metal duro y frío. No te reproduces. Tu especie no tiene evolución. ¿Qué sabes tú sobre los sistemas de vida? No puedes saber cómo es vivir y cambiar, soñar y construir. ¿Cómo puedes pretender saber lo que quiero decir?
—Trato de comprender.
—¡Viniste a destruirlo todo! Viniste a lanzar al Lamarck hacia el sol, a incendiar mi mundo y a convertir mi vida en cenizas. Te enviaron a cometer un asesinato. ¿Cómo puede un asesino sostener que comprende la vida? La vida es sagrada.
—Yo no soy el asesino —respondió el robot con calma—. Los asesinos son quienes me enviaron, los que tomaron la decisión. Gente real, viva. Ellos deben de haber comprendido, pero tomaron la decisión. El metal no toma decisión. El metal no asesina. Sólo vine a hacer lo que me ordenaron.
—No pueden ordenarte que me mates —dijo el hombre de anteojos, en voz baja y petulante—. No pueden hacerte destruir mi trabajo. No pueden arrojarme al sol. Cometer un asesinato está en contra de la ley. Un robot no puede actuar en contra de la ley.
—A veces la ley debe ser ignorada —replicó el robot—. Consideraron que era demasiado peligroso permitir que existiera el Asteroide Lamarck. Sostenían que el experimento peligroso comenzado aquí debía ser obliterado lo más rápidamente posible, y que no se toleraría ninguna posibilidad de contaminación. Se sostuvo que el Asteroide Lamarck contenía un peligro que amenaza la existencia de la vida en la Tierra. Se consideró que había peligro de que liberaran esporas desde el interior del planetoide que pudieran cruzar el espacio. Se señaló que si eso ocurría, no había absolutamente ninguna forma de impedir que el sistema de vida del Lamarck destruyera toda la vida en la Tierra. Se llegó a la conclusión que, por más pequeña que fuera la probabilidad de que esto ocurriera, la pérdida potencial era demasiado grande como para correr cualquier riesgo. Por lo tanto se ordenó que el Asteroide Lamarck fuera arrojado hacia el Sol, y que no se permitiera que nada que hubiese estado en contacto con el Asteroide volviera a la Tierra.


En realidad el hombrecito no escuchaba. Ya había oído eso antes. Miraba atentamente por la ventana, al bosque plateado. Sus ojos de mirada poco firme dejaron caer pequeñas lágrimas por las comisuras. No lloraba por sí mismo, sino por la vida que había creado en Lamarck.
—Pero ¿por qué? —protestó—. Mi vida... es maravillosa, hermosa. Significa más para la ciencia que cualquier cosa que hayamos hecho o descubierto. ¿Quién tomó esta decisión? ¿Quién quiere destruirme?
—Es peligroso —declaró el verdugo, obstinadamente—. Debe ser destruido.
—A ti te han programado para que guardes el secreto —dijo el ingeniero—. Tienen miedo. Incluso tienen miedo de decirme quiénes son. Ésta no es obra de hombres honestos... de hombres responsables. Los que te enviaron eran políticos, no científicos.
»¿De qué tienen miedo, realmente? ¿Miedo de que mi vida pueda desarrollar inteligencia? ¿De que pueda tornarse más inteligente, mejor en todo sentido que la de un hombre? Pero eso es una tontería.
—No sé nada de miedo —dijo el robot—. Sé lo que me han contado, y sé lo que tú piensas de ello. Pero los hechos son inalterables. Hay peligro de infección del Asteroide Lamarck. Las consecuencias de este peligro son tan terribles que no puede permitirse que ese peligro exista un momento más de lo inevitable.
—Mi vida nunca podría llegar a la Tierra.
—Se piensa que hay peligro de evolución de las esporas de Arrhenius.
—¿Las esporas de Arrhenius? —repitió el hombrecito con tono burlón—. ¿Qué podría saber Arrhenius? Murió hace cientos de años. Sus especulaciones carecen de sentido. Su concepto de las esporas vitales que pueden plantarse en nuevos planetas era ingenua y ridícula. No hay evidencia de que tales esporas puedan existir alguna vez. Si los hombres que te enviaron usaron esporas de Arrhenius como excusa, son unos tontos.
—No vale la pena correr ningún riesgo, por más leve que sea —insistió el robot.
—No hay peligro —declaró enfáticamente el ingeniero genético—. Estamos separados de mi forma de vida por una pared de vidrio. En todos los años que he trabajado aquí, mi vida nunca ha atravesado esa pared. Lo que sugieres implica pasar a través de la corteza de un planetoide, doscientos setenta millones de kilómetros de espacio, luego encontrar un mundo relativamente pequeño y establecerse allí. 
La voz del hombrecito se había agudizado notablemente, y hablaba en forma entrecortada.
—Lo siento —dijo el robot.
—¡Lo sientes! ¿Cómo puedes sentirlo? Tú no estás vivo. ¿Cómo puedes saber lo que significa la vida, y menos aún sentir como yo siento?
—Estoy vivo —contradijo el verdugo—. Estoy tan vivo como tú, o como el mundo más allá de tu ventana.
—No puedes sentir pena —saltó el hombrecito—. No eres más que metal. No puedes comprender.
—Tu apasionada determinación de demostrar mi falta de comprensión es equivocada —dijo el robot, con cierta amargura metálica—. Sé exactamente cuál es tu sistema de vida. Sé exactamente lo que eres. Sé exactamente lo que sientes.
—Pero no puedes sentirlo tú mismo.
—No.
—Entonces no comprendes. 
El hombrecito estaba tranquilo otra vez, su furia se disolvía al encontrarse con la frialdad del verdugo.
—Entiendo exactamente lo que has hecho, y por qué —dijo pacientemente el robot.
—Entonces sabes que no hay peligro —respondió el ingeniero.
—Tu sistema de vida, si alguna vez llegara a la Tierra, destruiría el planeta. Tu sistema de vida no se reproduce por réplica. Cada organismo es único, y tiene dos cromosomas, cada uno de los cuales tiene un genoma completo. Un cromosoma determina el organismo, el otro, una partícula de virus. Este segundo cromosoma permanece inactivo hasta que el organismo llega a la senilidad, entonces se apropia del control de la síntesis de proteínas del cromosoma-organismo. Se producen billones y billones de partículas de virus y el organismo muere por su enfermedad intrínseca. Las partículas de virus se liberan y son universalmente infecciosas. Cualquier sistema de síntesis de proteínas está abierto a su ataque. Con la infección, el cromosoma-organismo y el cromosoma-organismo del huésped se fusionan y se co-adaptan, desarrollándose por un proceso de cambio dirigido. Entonces el nuevo cromosoma induce la metamorfosis del cuerpo huésped y lo transforma en un ser que es al principio parásito, pero que más tarde puede adquirir vida independiente. El nuevo ser lleva el cromosoma virus inactivo en sus propias células. El aspecto importante del sistema de vida es el hecho de que el virus puede infectar a absolutamente cualquier ser vivo, independientemente de que ya sea parte del sistema de vida o no. No hay inmunización posible. Por lo tanto, eventualmente, toda vida en cualquier continuo debe convertirse inevitablemente en parte del sistema de vida. Y la incorporación significa inevitablemente una pérdida total de identidad.
El hombrecito asintió.
—Entonces lo sabes todo —anunció—. Sabes lo que es y cómo funciona. Sin embargo, aun conociendo todos los hechos puedes plantarte ahí y acusarme de crear una especie de monstruo de Frankenstein que sólo espera destruirme y conquistar la Tierra. ¿No ves qué infantil y ridículo es esto?
—Existe un peligro —insistió obstinadamente el robot.
—¡Eso es una absoluta estupidez! El sistema de vida está absolutamente ligado al interior del Asteroide Lamarck. No hay posibilidad de que alguna vez llegue al exterior. Si llegara, no podría vivir. Ni siquiera un sistema tan versátil como el mío podría vivir allí, sin aire ni agua. Sólo los robots pueden hacerlo. No hay forma de escapar de Lamarck.
—Si, como has dicho en tus informes, la evolución del sistema de vida Lamarck es directiva y beneficiosa, y seria un error limitarla a supuestas capacidades del sistema, hay una probabilidad finita de que el sistema obtenga acceso al Lamarck externo, y desarrolle un mecanismo de dispersión extraplanetaria.
—¡Esporas de Arrhenius! —exclamó el hombrecito—. ¿Cómo? Dímelo, ¿cómo? ¿Cómo puede un sistema cerrado, dentro de un asteroide, enviar esporas a la Tierra, contra el viento solar? Sin duda hasta los idiotas que te enviaron deben comprender que las esporas de Arrhenius tienen que salir hacia afuera, apartándose de la Tierra, aunque hubiera una pequeñísima probabilidad de que esas esporas se formaran.


—Es imposible hacer predicciones sobre la forma del desplazamiento dentro del sistema solar —declaró el robot, implacable.
—¿Me tomas por tonto?
—No.
—Entonces, ¿por qué te niegas a admitir nada de lo que yo digo? Los robots son esencialmente seres lógicos. Sin duda tengo a la lógica de mi lado.
—No te salvará ninguna cantidad de lógica. El dispositivo ya está armado y activado. El Asteroide Lamarck está en camino al Sol. No hay apelación contra la decisión.
—No hay apelación —dijo el ingeniero genético con desprecio—. No hay apelación porque no se atrevieron a concederme una voz. No hay justicia en esta decisión. Hay solamente miedo.
—Hay miedo —admitió el robot.
—Tratas de convencerme de que ésa es la razón de esta sentencia de muerte. Hablas en términos fríos y exactos de la probabilidad y el peligro. Tratas de decírmelo a mí, de encubrir la verdad y la culpa. Sé honesto, si puedes. Dime la verdad; que he sido condenado a muerte por un miedo demente, irracional, el miedo a algún fantasma monstruoso que jamás podría surgir de mi sistema de vida. Eso es todo... un miedo chiflado, estúpido, patológico, a algo que no pueden comenzar a entender ni a apreciar. El miedo que puede engendrar miedo, contagiar a otros de miedo. El miedo que puede usarse como palanca para dictar sentencias de muerte. Dicen que mi virus infeccioso podría llegar a la Tierra. Ya está allí. El miedo contagia a todo. Y su segunda generación es el asesinato.
—El miedo es completamente natural —dijo el verdugo.
—¡Natural! —El hombrecito levantó la mirada detrás de los anteojos hasta el cielo raso y tendió los brazos—. ¿Qué clase de naturaleza tiene miedo a la naturaleza?
—La naturaleza humana —respondió el robot, con rapidez.
—Eso es lo que me condenó —dijo el hombre—. La naturaleza humana. No la razón... no las probabilidades finitas. La naturaleza humana, la vanidad humana y el miedo humano. Pero sólo tienen miedo de sí mismos. Los humanos diseñaron este virus. Los bioquímicos y los genetistas lo consiguieron. Los ingenieros genéticos y los cirujanos de reconstrucción lo armaron. Todo el sistema es producto de la inspiración humana, el ingenio humano, la capacidad. ¿Qué vas a citarme ahora? ¿Que hay cosas que el hombre no estaba destinado a conocer? ¿Qué la creación es la prerrogativa de la divinidad?
—No —respondió el verdugo—. Simplemente diré que por el solo hecho de poder hacer algo, no hay razón ipso facto de que un hombre deba hacerlo. Lo que has creado es potencialmente tan peligroso que no puede permitirse que siga existiendo.
—Ellos te ordenaron que hicieras esto.
—Éstas son mis palabras —insistió el robot—. Digo lo que me indican. Digo lo que me mandan decir. Pero lo creo. Soy de metal, pero estoy vivo. Creo en mí mismo. Sé lo que hago.
—Es una sentencia de muerte para ti también —dijo el ingeniero.
—Acepto la necesidad.
—¿Y se supone que por eso debo aceptarla yo también? Tú eres un robot. No das a a la vida el mismo valor que yo. Estás programado para morir. No importa lo que sea tu mente de metal, tú no puedes ser humano. No puedes aceptar valores humanos. No eres más que una máquina.
—Sí —respondió el robot delicadamente—. Soy una máquina.
El hombrecito miró por la pared de vidrio, obligándose a volver a las náuseas, la frustración y el miedo.
—No es sólo por mí —dijo el hombre—. Es mi vida. Es todo lo que he hecho; todo aquello en que creo. No quiero morir, pero tampoco quiero que todo esto muera. Es importante para mí. Yo lo hice. Tal vez puedas entender eso.
—Si tú lo dices —concedió el verdugo, cansadamente.
—Yo tampoco lo entiendo —confesó el hombrecito.
—No —replicó el robot—. No puedes comprenderlo. No es tu ciencia. Es tu hijo. 
El hombre trató de contenerse.
—¿Quién eres tú para juzgar? ¿Qué eres tú para juzgar? ¿Cómo puede un ser de metal decir cosas así? ¿Qué diferencia hay para mí? Ni ciencia ni hijo. Porque amo el sistema que he creado, ¿se desvaloriza mi razón? ¿No hay que atender a mis argumentos porque estoy personalmente involucrado en ellos?
—Tus argumentos no tienen ninguna importancia. En realidad la discusión ha terminado.
—Y la sentencia se ha dictado. ¿Quién habló a mi favor? ¿Quién presentó mis argumentos, mi desafío?
—Fueron presentados —respondió rígidamente el robot.
—Desestimados. Desalentados.
—Se tomó la decisión. Se consideraron todos los hechos. Se estudiaron todos los posibles cursos de acción. Pero no se podía correr ningún riesgo. El Asteroide Lamarck y todo lo que se ha puesto en contacto con él deben ser destruidos. Hay que elimina el peligro de infección.
—Deben de estar locos —dijo el hombrecito con expresión lejana—. El miedo irracional no puede extenderse tanto. Ni siquiera se contentan con adueñarse de mi vida. Además deben matarme. Deben asesinar además de destruir. Sin duda eso significa que tienen miedo de mí... de lo que yo podría decir. Qué tenues deben de ser sus argumentos, si se atreven a no permitir que se oiga mi voz...
—Tienen miedo de las esporas —repuso el robot—. Tú has estado en contacto personal con el sistema. Si te permitieran volver a la Tierra estarían dando lugar al peligro que quieren evitar.
—¿Estás seguro? ¿Crees eso también? ¿Por qué no dijeron, también, que mis conocimientos eran demasiado peligrosos? ¿No habría sido mucho más diplomático hacerme morir en un accidente? ¿O es eso lo que dirán? —agregó el ingeniero, como si acabara de ocurrírsele la idea.
—Es lo mismo —respondió el robot.
—¿Quién te envió? —preguntó el hombrecito, sabiendo perfectamente bien que no obtendría respuesta del verdugo—. ¿Quién comenzó a sembrar el miedo?
—¿Qué miedo? —se defendió el robot.
—Ese pánico. ¿Quién diseminó el miedo que hay detrás de esta decisión? No puede haber aparecido solo. No se formó en las mentes serias por generación espontánea. Alguien lo puso allí. Alguien se embarcó en una cruzada. Alguien necesitaba una palanca. Es obvio. No soy tan estúpido como para pensar que alguien me odia, o que algún lunático verdaderamente cree en el peligro de infección. Alguien necesitaba una plataforma. Alguien necesitaba explotar el miedo, para iniciar una cruzada que pudiera llevarlo a la cabeza. Es la política la que produjo tu lógica deformada. Es la política la que se comprometió a guardar silencio. Es la política la que usa el miedo como arma. Es así, ¿verdad?
—No lo sé.
—Yo sí lo sé. El miedo no aparece de pronto, totalmente formado. Es necesario extenderlo, como a un virus. Es necesario nutrirlo, inyectarlo. Es parte de la actividad política. Plantarlo, cultivarlo, comprarlo y venderlo.
 —Estás diciendo cosas sin sentido —dijo el robot con tono sensato.
—Dime que no entiendes —sugirió el hombrecito, y rió. El robot no rió.


—De nada vale —repuso el robot— tratar de hacerme cambiar de idea. Puedes desvalorizar mis argumentos, porque la decisión ya se ha tomado. La sentencia ya se ha cumplido.
El hombre se apartó de la pared de vidrio y fue hacia la puerta.
—Nada de lo que hagas te servirá —dijo el robot—. Si vas a buscar el arma que tienes en el escritorio, no te molestes. No puedes hacer nada. El aparato fue implantado y activado antes de que yo llegara aquí. Lamarck ya está muerto.
El hombrecito se detuvo y volvió la cabeza.
—No iba a buscar el arma —dijo. 
El robot no pudo sonreír.
—Sigue adelante, entonces —dijo el verdugo—. Ve a hacer lo que quieres.
El hombrecito salió, y el robot volvió sus ojos rojos a la pared de vidrio. Observó en silencio el bosque sedoso.
Más allá y dentro de los hilos plateados —que conformaban un organismo— había otros organismos, otras fracciones de organismos. El robot no trató de verlas. No le interesaban.
El Asteroide Lamarck comenzó a perder velocidad orbital, e inició una larga y lenta espiral hacia el Sol.

El hombrecito sostenía el arma con ambas manos. Tenía manos pequeñas, delicadas, y brazos delgados. La pistola era pesada.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó el robot con calma.
El hombrecito miró por encima de sus anteojos de armazón fino el objeto poco conocido que tenía en las manos.
—De nada te servirá disparar contra mí —dijo el robot.
—¿Qué te importa si disparo o no? —preguntó el hombrecito. Su voz era aguda y emotiva—. Eres de metal. No comprendes la vida. Matas, pero no sabes lo que estás haciendo realmente.
—Sé lo que es vivir —respondió el robot.
—Tú existes —replicó el ingeniero con desprecio—. No sabes lo que significa una vida humana. No sabes lo que eso significa... —señaló la ventana en la pared— para mí, para la ciencia. Tú solo quieres matar. Matar la vida, matar el conocimiento, matar la ciencia. Por miedo.
—Todo eso ya lo hemos discutido.
—¿Qué otra cosa podemos hacer, excepto volver a pasar por todo? ¿Qué otra cosa queda excepto hablar, hasta que Lamarck caiga en el Sol y tú y yo nos convirtamos en cenizas? ¿Qué quieres hacer tú?
—De nada sirve discutir.
—Nada sirve de nada. Soy un hombre condenado. Cualquier cosa que haga será una pérdida de tiempo. Soy un hombre muerto. Tú eres un robot muerto. Pero no te importa.
El verdugo guardó silencio.
El hombrecito levantó el arma, y apuntó a uno de los ojos rojos del robot. Por unos momentos, el hombre y el metal se miraron. El robot vio un dedo delgado, vacilante, que apretaba el gatillo del arma.
Las manos que sostenían el arma se sacudieron y también se sacudió el ingeniero genético con el disparo. Hubo un fuerte BANG. La bala chocó contra el cielo raso de metal, y de allí saltó a la ventana, pero el vidrio no se rompió.
—No tiene sentido —dijo el robot con suavidad. De alguna manera, después del disparo, su tranquilidad parecía melancólica.
El hombrecito volvió a hacer fuego, entrecerrando los ojos y apretando los labios, luchando por mantener quietas las manos. La bala rompió el ojo electrónico del robot convirtiéndolo en pequeños fragmentos rojos. El hombre de metal gimió, y cayó hacia atrás. Hubo un momento en que logró conservar el equilibrio con sus rodillas de doble articulación, compensando el impacto, y el robot quedó de rodillas, echado hacia atrás. Luego el gemido terminó en un fuerte jadeo, y el ingeniero retrocedió mientras el robot caía al suelo cuan largo era.
El robot muerto dejó escapar una risa burlona, que salía en ronca sacudida del aparato vocal en ese momento sin coordinación. El ingeniero miró ese montón de metal torcido. Sólo era una parodia de una forma humana. Era sólo metal. Y estaba muerto.
El hombrecito caminó lentamente hasta la gran ventana. Disparó desde la cintura, como un delincuente. La bala rebotó en el vidrio y lo alcanzó en el muslo. Su rostro palideció, y retrocedió, pero sin caer. Disparó tres veces más, y la tercera vez el vidrio se partió. Pero de todas maneras no había brecha en la pared de vidrio.
El ingeniero sintió las lágrimas que brotaban de sus ojos y la sangre que le corría de la pierna. Golpeó el vidrio con la culata una y otra vez. Las grietas se extendieron, y finalmente la ventana abandonó la lucha y se hizo pedazos.
Una vez que apareció la brecha fue fácil agrandarla. El hombrecito dejó que la gravedad artificial del laboratorio lo hiciera caer al suelo, para hacer descansar la pierna herida, mientras seguía golpeando en el borde inferior del agujero hasta lograr un hueco del tamaño de una puerta en la pared.
Se arrastró por allí, entrando en el mundo de su sistema de vida. Una vez allí, más allá de la atracción de la gravedad, la pierna dejó de molestarle, y su cuerpo se llenó de un alegre bienestar.
Inspiró el aire e imaginó que era más limpio y más fresco que el aire frío y estéril de su propio mundo dentro del Lamarck. No sentía nada, pero sabía que en el aire que respiraba, y a través de la herida de la pierna, el virus invadía su cuerpo.
Comenzó  a  arrastrarse  apartándose  de  la  ventana,  apartándose  del  robot asesinado, y descubrió que podía hacerlo con increíble rapidez y con poco esfuerzo. Había gravedad suficiente como para que no se lastimara. El ingeniero dejó atrás la ventana, porque no era una ventana al mundo que había enviado un verdugo a quitarle la vida. Se internó cada vez más en el cuerpo del bosque plateado, y siguió internándose.
Encontró otro bosque, otro ser singular con muchos aspectos individuales. Era una conglomeración de formas de árboles que consistían en tallos retorcidos, con muchas ramas, cada una de las cuales parecía haber surgido por un proceso de bifurcación y deformación de espirales a partir de elementos de un punto único u origen. Cada una de las ramas terminaba en un pequeño esferoide parecido a un ojo.
Las ramas eran de igual grosor, y de suavidad y dureza de vidrio. A primera vista, todo el bosque parecía petrificado, pero había vida allí, y crecimiento. Nada se petrificaba en el sistema de vida de Lamarck. Dentro de los globos en los extremos de las ramas, el ingeniero percibía movimiento, y cuando se detuvo a mirar con más atención, vio una especie de humo móvil que sólo podía ser una corriente citoplasmática. Percibió regiones más oscuras que eran núcleos y organelas. Llegó a la conclusión de que los esferoides eran los elementos vivos de un ser o colmena colonial, que construía los tallos que los producían a partir de materia puramente inorgánica.
Luego siguió penetrando, volando por momentos a través del pequeño bosque, y luego entrando en otro bosque, y otro. Había perdido de vista la ventana hecha pedazos, y no veía la batería de células solares que eran la única evidencia de interferencia humana en el sistema de vida del Lamarck. Estaba solo. Un desconocido en el mundo que él había construido. Flotó hasta detenerse, y se hundió lentamente hasta la alfombra de diminutos organismos únicos. Quedó allí tendido, exhausto, escuchando los latidos de su corazón y admirando las maravillas que había producido su habilidad en ingeniería genética.


Vio una planta gigante, a no mucha distancia, que debía de haber cubierto un área mucho más grande de suelo que cualquiera de los llamados bosques. Era de tal complejidad que estaba construida en hileras en el aire.
La capa inferior consistía en un denso enredo de ramas retorcidas de color claro y continuidad pareja, bastante parecidas a los filamentos del bosque de seda. Los delgados hilos se entretejían para formar un almohadón de densidad variable.
Por encima de ese almohadón había una alfombra más floja, seriada, de elementos más gruesos y de color más oscuro, pero de textura pareja similar. Los hilos Se agitaban suavemente, y parecían muy flexibles.
Desde ese estrato aéreo se extendían torres de pequeños elementos esféricos, mantenidos en posición vertical por alguna fuerza adhesiva invisible. Esas células esféricas se producían continuamente por brotes en los filamentos. Las esferas de la parte superior perdían constantemente la misteriosa adhesión y flotaban a la deriva, cayendo muy lentamente, elevándose de tanto en tanto para volver a caer.
Eventualmente, explotaban en nubes de partículas de virus pequeñas hasta tornarse invisibles.
En dirección opuesta, el ingeniero veía otro vasto crecimiento, con el aspecto de un árbol con frutas que parecían piedras preciosas. Surgía de un profundo lecho de lodo, un extenso almohadón que habría parecido hostil a la vida si no hubiera sido parte del sistema de vida de Lamarck. Entrecerrando los ojos, el hombrecito percibía miles de cuerpos como varas que se movían al azar dentro del cuerpo de lodo.
El árbol mismo era esbelto y muy hermoso por la forma de sus curvas y sus ramas. Las ramas eran traslúcidas, pero no totalmente claras, porque en ciertos puntos contenían cuerpos como varas, encapsulados, encerrados como moscas en ámbar. El ingeniero imaginó que el ámbar estaba formado de lodo cristalino.
En el extremo de cada rama había una gran joya esférica o elíptica, encerrada dentro de una fina membrana. Había movimiento dentro de cada gema, y parecían los ojos multifacéticos de alguna extraña bestia.
El ingeniero miraba, maravillado, y enamorado de todo.

El Asteroide Lamarck entró en la órbita de Marte.
El ingeniero dormía, y durante el sueño murió.
El virus trabajaba dentro de él. Invadía las células, penetraba los núcleos. Se apoderaba de la producción de proteínas. Mataba. Y mientras todavía estaba matando, comenzaba a reconstruir y a regenerar. El segundo cromosoma de virus y los cuarenta y seis cromosomas humanos formaron un complejo, y el DNA dentro de ellos comenzó a sufrir metamorfosis químicas a medida que cambiaron las bases y los genes se remodelaban.
Mientras se creaba el nuevo genotipo, el virus esculpía, estimulaba y respondía. Mutaba y hacía pruebas. El sendero de la generación del nuevo ser se corregía continuamente.
En conjunción con la metamorfosis química llegó el cambio físico. El cuerpo del ingeniero comenzó a fluir y a distorsionarse. Un nuevo ser nacía y crecía dentro de él, alimentándose de él. El virus probó la viabilidad de lo que estaba construyendo su segundo conjunto de cromosomas, y el ser que surgía estaba perfectamente diseñado para cumplir su tarea. El proceso que tenía lugar dentro del cadáver del hombrecito estaba mucho más allá del proceso elemental que había construido el ingeniero. La rapidez de evolución del sistema de vida Lamarck había aumentado mucho la velocidad, la agilidad y la eficiencia de la metamorfosis.
El nuevo ser absorbió al ingeniero, y avanzó lentamente hacia la madurez.
 
El Asteroide Lamarck cruzó la órbita de la Tierra.
El cuerpo del hombrecito había perdido la mayor parte de su sustancia. El rostro se había ensanchado en una sonrisa de calavera, y el ridículo par de anteojos estaba ladeado sobre el brillante puente blanco de la nariz. El cerebro había desaparecido totalmente del cráneo, y también había desaparecido toda la parte inferior del abdomen. Las piernas eran finas cuerdas de músculos atrofiados. Las costillas estaban reducidas a diminutas varitas fijadas a lo que alguna vez había sido la columna vertebral. Sólo había polvo donde antes se encontraban los órganos internos.
Por encima del cadáver volaba algo alado, como un murciélago, probando sus fuerzas. Tenía cuerpo pequeño, pero cráneo grande. Y un diminuto rostro, extrañamente humano y arrugado, sin ojos. El rostro se movía continuamente como si expresara emociones desconocidas, y el ser produjo un pequeño sonido, agudo como una risita.
Se apartó de los restos de su padre, y voló velozmente por los extraños bosques del interior de Lamarck en grandes círculos. Finalmente, encontró el bosque de plata, y se posó en una rama muy cerca de la pared de vidrio destrozada. Quedó inmóvil. Nunca había comido. No estaba equipado para comer. Había nacido sólo para realizar una pequeña tarea para el sistema de vida Lamarck, y luego morir otra vez.
Entretanto, las plantas del Lamarck interno habían pasado por el hueco que el ingeniero había abierto para ellas. Habían explorado sus laboratorios, sus bibliotecas, su dormitorio, su oficina. Se habían deslizado debajo de las puertas y por los agujeros de las cerraduras. Sólo había un lugar a donde no podían llegar, que era el mundo del Lamarck externo, más allá de la gran zona de hierro a prueba de aire que no tenía grietas ni llave.
Las plantas morían, y luego renacían. Se formaban nuevos tipos de plantas alrededor de la puerta de hierro y sobre la puerta... plantas que construían sus paredes similares de hierro puro. Con eficiencia vegetal, comenzaban a disolver la zona hermética a prueba de aire.
La criatura alada comenzó a esparcir pequeños objetos que llevaba en el abdomen. Un esfínter pulsaba y pulsaba, centenares de contracciones por minuto, y cada pulso liberaba otra partícula. Las partículas flotaban en el aire, demasiado livianas para la escasa gravedad que las atraía al suelo. El aire del bosque de plata se llenó de ellas.

El Asteroide Lamarck cruzó la órbita de Venus.
Se formaron agujeros en la puerta externa de la zona hermética. La puerta interna había desaparecido totalmente. Comenzaba a escaparse el aire, pero antes de que la situación se tornara dramática, los agujeros ya eran grandes como puños. Como todos los otros miembros del sistema de vida Lamarck, los consumidores de hierro eran rápidos y eficientes. El filtrado se convirtió en una inundación. Junto con él, el aire recibía las pequeñas partículas producidas en cientos de millones por la criatura alada.
Lamarck era demasiado pequeño como para contener la atmósfera que inundaba la desolación de sus superficie externa. Se perdía el aire y con él las partículas. Mientras el Lamarck avanzaba velozmente hacia el Sol, en una espiral siempre decreciente, dejaba tras él una larga huella de esporas Arrhenius, que comenzaban a flotar perezosamente a la deriva en el viento solar.
Lentamente, hacia afuera, hacia la órbita de la Tierra.


FIN

2025/09/01

La hormiga eléctrica (Philip K. Dick)


Título original: The Electric Ant
Año: 1969


A las cuatro y cuarto de la tarde, hora estándar de la Tierra, Garson Poole despertó en una cama de hospital y supo que estaba ingresado en una habitación de tres camas. También advirtió dos cosas: Que ya no tenía mano derecha y que no sentía dolor.
"Me dieron un fuerte analgésico", pensó mirando la pared, donde la ventana mostraba el centro de Nueva York. La retícula de calles por donde se desplazaban vehículos y peatones relucía bajo el sol del atardecer, y el brillo de la luz moribunda le agradó. Pensó: "Aún no se ha extinguido. Y yo tampoco".
Había un fono en la mesilla; titubeó, lo cogió y pidió una línea externa. Un instante después hablaba con Louis Danceman, a cargo de las actividades de Tri-Plan mientras él estuviera ausente.
—Gracias a Dios que estás vivo —dijo Danceman al oírlo. Su rostro grande y carnoso, con su superficie lunar de marcas de viruela, se estiró con alivio—. He llamado a todas...
—Me falta la mano derecha —dijo Poole.
—Pero estarás bien. Pueden injertarte otra.
—¿Cuánto hace que estoy aquí? —preguntó Poole. Se preguntaba adonde habían ido los médicos y enfermeras. ¿Por qué no protestaban por su llamada?
—Cuatro días —dijo Danceman—. Aquí en la fábrica todo va bien. Hemos recibido pedidos de tres organizaciones policíacas diferentes, todas de la Tierra. Dos de Ohio y uno de Wyoming. Pedidos en firme, con un tercio de anticipo y la opción habitual de tres años de arrendamiento.
—Ven a sacarme de aquí —dijo Poole.
—No puedo sacarte hasta que la nueva mano...
—Me lo haré hacer después.
Poole ansiaba regresar a un entorno familiar. El recuerdo de la turbonave comercial agigantándose en la pantalla del piloto giraba en el fondo de su mente. Si cerraba los ojos, se sentía de vuelta en una nave averiada que chocaba con un vehículo tras otro, sufriendo enormes daños. Las sensaciones cinéticas... Se estremeció al recordarlas. 
"Supongo que tuve suerte", se dijo.
—¿Sarah Benton está contigo? —preguntó Danceman.
—No. 
Desde luego, su secretaria personal, aunque fuera por consideraciones laborales, estaría en las cercanías, mimándolo a su manera cándida y pueril. 
"A las mujeres corpulentas les gusta mimar a la gente", pensó. "Y son peligrosas. Si caen sobre ti pueden matarte".
—Quizá fue eso lo que me pasó —dijo en voz alta—. Quizá Sarah cayó sobre mi turbonave.
—No, no; una varilla de enlace del timón de tu turbonave se partió durante la hora punta y...
—Lo recuerdo. 
Se dio la vuelta en la cama cuando se abrió la puerta de la sala. Un médico vestido de blanco y dos enfermeras vestidas de azul se dirigieron a su cama.
—Hablaremos luego —dijo Poole, y colgó. Respiró con expectación.
—No debería hablar tan pronto —dijo el médico mientras examinaba su historial—. Garson Poole, propietario de Tri-Plan Electronics. Fabricante de dardos de identificación aleatorios que rastrean su presa en mil quinientos kilómetros a la redonda, respondiendo a patrones encefalográficos ondulatorios únicos. Parece usted un hombre de éxito. Pero no es un hombre, señor Poole. Usted es una hormiga eléctrica.
—Cielos —exclamó Poole, anonadado.
—No podemos tratarle aquí, ahora que lo hemos descubierto. Lo supimos en cuanto examinamos la mano derecha lesionada; al ver los componentes electrónicos, tomamos radiografías del torso que confirmaron nuestra hipótesis.
—¿Qué es una hormiga eléctrica? —preguntó Poole. Pero lo sabía. Conocía el término.
—Un robot orgánico —dijo la enfermera.
—Entiendo —dijo Poole. Un sudor helado le perló la piel de todo el cuerpo.
—Usted no lo sabía —dijo el médico. Poole sacudió la cabeza.
—No.
—Cada semana recibimos una hormiga eléctrica. O bien por accidentes de tránsito como el suyo, o bien porque alguien ingresa voluntariamente... alguien que, como usted, ignora qué es, alguien que ha actuado entre humanos creyéndose humano. En cuanto a su mano...
Hizo una pausa.
—Olvídese de mi mano —rezongó Poole.
—Cálmese —El médico se inclinó y lo miró a la cara—. Pediremos que un transporte hospitalario lo lleve a un centro donde puedan reparar o reemplazar la mano a un coste razonable para usted, si es usted dueño de sí mismo, o para sus propietarios, si los hay. De un modo u otro, estará de vuelta en su despacho de Tri- Plan, funcionando igual que antes.
—Excepto que ahora lo sé —dijo Poole.
Se preguntó si Danceman, Sarah y los otros de la oficina lo sabían. ¿Alguno de ellos lo había comprado? ¿Diseñado? 
"Una figura decorativa", se dijo. "Sólo he sido eso. Nunca he dirigido realmente la compañía. Era una ilusión que me implantaron al fabricarme... junto con la ilusión de que soy humano y estoy vivo".
—Antes de ir al centro de reparaciones —dijo el médico—, ¿tendría la amabilidad de saldar su cuenta en la oficina?
—¿Cómo puede haber una cuenta si aquí no tratan hormigas? —replicó Poole.
—Por nuestros servicios —dijo la enfermera—, hasta el momento en que lo supimos.
—Cóbrenme —gruñó Poole con furia impotente—. ¡Cóbrenle a mi empresa! 
Con gran esfuerzo logró incorporarse; mareado, bajó trabajosamente de la cama.
—Me alegrará irme de aquí. Y gracias por la humanitaria atención.
—Gracias a usted, señor Poole —dijo el médico—. O quizá sólo deba decir Poole.


En el centro de reparaciones le sustituyeron la mano.
Era fascinante. La examinó largo tiempo antes de permitir que los técnicos la instalaran. La superficie parecía orgánica. Mejor dicho, la superficie era orgánica. Piel natural que cubría carne natural, y sangre verdadera en las venas y capilares. Pero debajo relucían cables y circuitos, componentes miniaturizados. Al examinar la muñeca vio compuertas, motores y válvulas, todo muy pequeño y complicado. La mano costaba cuarenta ranas. El sueldo de una semana, si pagaba la compañía.
—¿Tiene garantía? —preguntó a los técnicos mientras unían la sección ósea de la mano con el resto del cuerpo.
—Noventa días, para componentes y mano de obra —dijo un técnico—. A menos que sea sometida a un mal uso inusitado o intencionado.
—Eso suena vagamente acusatorio —dijo Poole. El técnico era humano. Todos lo eran.
—¿Usted ha actuado como humano? —dijo, mirándolo con firmeza.
—Sin darme cuenta —dijo Poole.
—¿Y ahora es intencionado?
—Exacto.
—¿Sabe por qué nunca se enteró? Debe de haber habido indicios... crujidos y zumbidos en su interior, de vez en cuando. Usted nunca se enteró porque estaba programado para no enterarse. Ahora tendrá la misma dificultad para averiguar por qué lo construyeron y para quién trabajaba.
—Un esclavo —dijo Poole—. Un esclavo mecánico.
—Pero se ha divertido.
—Tuve una buena vida. Trabajé duramente.
Pagó sus cuarenta ranas, flexionó los nuevos dedos, los puso a prueba recogiendo monedas y otros objetos, y se marchó. Diez minutos después subía a un transporte público para dirigirse a casa. Había sido un día complicado.
En su apartamento de una habitación se sirvió una copa de Jack Daniel’s Purple Label de sesenta años y se puso a saborearlo mientras miraba el edificio de enfrente a través de su única ventana. No sabía si ir a la oficina o no. 
"Si voy, ¿por qué? Si no voy, ¿por qué? Escoge una. Cielos" pensó, "es devastador saber esto. Soy un fenómeno. Un objeto inanimado que imita objetos animados". 
Pero él se sentía vivo. Sin embargo, ahora se sentía diferente. Frente a sí mismo. Y frente a los demás. Sobre todo Danceman y Sarah, la gente de Tri-Plan. Pensó:
"Creo que me mataré. Pero quizás esté programado para no hacerlo. Sería un gran despilfarro que mi propietario tendría que asumir. Y seguro que no querría... Programado. En alguna parte de mí hay una matriz, un filtro que impide ciertos pensamientos, ciertos actos, y facilita otros. No soy libre. Nunca lo fui, pero ahora lo sé. Eso cambia las cosas".
Corrió las cortinas, encendió la luz del techo y se quitó la ropa, prenda por prenda. Había observado atentamente mientras los técnicos del taller de reparaciones le instalaban la mano nueva; ahora tenía una idea bastante clara de cómo estaba ensamblado su cuerpo. Dos paneles grandes, uno en cada muslo; los técnicos habían quitado los paneles para revisar los complejos circuitos que había debajo. 
"Si estoy programado quizá la matriz esté ahí".
El laberinto de circuitos lo desconcertó.
"Necesito ayuda" se dijo. "Veamos... ¿Cuál es el número de fono del ordenador clase BBB que contratamos en la oficina?" 
Cogió el fono y llamó al ordenador a su posición fija de Boise, Idaho.
—El uso de este ordenador tiene un coste de cinco ranas por minuto —dijo una voz mecánica—. Por favor, ponga su masterplaca de crédito frente a la pantalla.
Así lo hizo.
—Al sonar la señal, usted será conectado con el ordenador —continuó la voz—. Por favor, haga las preguntas con la mayor rapidez posible, teniendo en cuenta que su respuesta será dada en microsegundos, mientras que su pregunta... 
Bajó el sonido. Pero lo subió enseguida cuando la entrada de audio del ordenador apareció en pantalla. En ese momento, el ordenador era un oído gigante que escuchaba sus consultas y las de otros cincuenta mil habitantes de la Tierra.
—Examíname visualmente —ordenó—, y dime dónde puedo encontrar el mecanismo de programación que controla mis pensamientos y mi conducta.
Esperó. En la pantalla del fono, un gran ojo múltiple lo escrutaba. Se expuso ante él, pendiente de las instrucciones del ordenador.
—Quítese el panel del pecho —dijo el ordenador—. Aplique presión en el esternón y luego apriete hacia fuera.
Así lo hizo y una parte de su pecho se desprendió. Aturdido, lo dejó en el suelo.
—Puedo distinguir módulos de control —dijo el ordenador—, pero no veo cuál... 
Calló mientras el ojo se desplazaba en la pantalla.
—Distingo un rollo de cinta perforada montado sobre el mecanismo del corazón. ¿Lo ve usted?
Poole arqueó el cuello y también lo vio.
—Debo cortar la comunicación —dijo el ordenador—. Después de examinar los datos disponibles, me comunicaré con usted y le daré una respuesta. Hasta luego.
La pantalla se apagó.
"Me arrancaré la cinta", pensó Poole. 
Pequeña, no más grande que dos carretes de hilo, con un lector montado entre el tambor de distribución y el de recepción. No veía señales de movimiento. Los carretes parecían inertes. Reflexionó:
"Deben activarse automáticamente cuando se producen situaciones específicas, para anular mis procesos cerebrales. Y lo han hecho durante toda mi vida".
Extendió el brazo y tocó el tambor de salida. 
"Sólo tengo que arrancar esto y..." 
La pantalla se encendió.
—Masterplaca de crédito número 3-BNX-882-HQR446-T —dijo la voz del ordenador—. Este es BBB-307DR, comunicándose en respuesta a su pregunta de dieciséis segundos, 4 de noviembre de 1992. La cinta perforada que está encima del mecanismo del corazón no es un circuito de programación sino un dispositivo de suministro de realidad. Todos los estímulos sensoriales recibidos por su sistema neurológico central proceden de esa unidad y una manipulación indebida podría ser arriesgada, incluso terminal. Al parecer usted no tiene circuito de programación. Pregunta respondida. Buenos días.
La pantalla se apagó.
Poole, desnudo frente a la pantalla del fono, tocó el tambor de cinta una vez más, con gran cautela. 


"Entiendo", pensó frenéticamente. "¿De veras entiendo? Esta unidad..."
"Si corto la cinta" comprendió, "mi mundo desaparecerá. La realidad continuará para los otros, pero no para mí. Porque mi realidad, mi universo, llega a mí a través de esta unidad minúscula. Alimenta el lector y luego mi sistema nervioso central, mientras se desenrolla lentamente. Se ha desenrollado durante años".
Recogió su ropa, se vistió, se sentó en su gran diván, un lujo llevado a su apartamento desde las oficinas centrales de Tri-Plan, y encendió un cigarrillo. Le temblaron las manos cuando dejó el encendedor, que tenía grabadas sus iniciales; recostándose, exhaló el humo, creando una nube gris. 
"Tengo que ir despacio. ¿Qué estoy tratando de hacer? Evitar mi programación. Pero el ordenador no encontró ningún circuito de programación. ¿Me conviene interferir con la cinta de realidad? Y en tal caso, ¿por qué? Porque si controlo eso, controlo la realidad. Al menos en lo que a mí concierne. Mi realidad subjetiva... pero eso es todo lo que hay. La realidad objetiva es una construcción artificial que se relaciona con la universalización hipotética de una multitud de realidades subjetivas".
"Mi universo está a mi alcance", comprendió. "Si puedo deducir cómo funciona esa condenada cosa. Sólo me proponía buscar mi circuito de programación para obtener un auténtico funcionamiento homeostático, el control de mí mismo. Pero con esto..."
Con esto no sólo ganaba el control de sí mismo. Ganaba el control de todo.
"Y esto me diferencia de todos los seres humanos que han existido", caviló. Cogió el fono para llamar. Danceman apareció en pantalla.
—Quiero que mandes un juego completo de microherramientas y una pantalla de aumento a mi apartamento —ordenó—. Debo trabajar en unos microcircuitos.
Luego cortó la conexión, pues no quería hablar de ello.
Media hora más tarde llamaron a la puerta. Al abrir, se encontró con uno de los capataces de la fábrica, cargado con microherramientas de todo tipo.
—Usted no aclaró lo que quería —dijo el capataz, entrando en el apartamento—. Así que el señor Danceman me ordenó traer todo esto.
—¿Y el sistema de aumento?
—En el aerocamión, en la azotea.
"Quizá lo que deseo es morir", pensó Poole. Encendió un cigarrillo y se puso a fumar mientras esperaba que el capataz le trajera la pesada pantalla, con su fuente de alimentación y su panel de control, al apartamento. "Lo que estoy haciendo es suicida", pensó con un escalofrío.
—¿Algún problema, señor Poole? —preguntó el capataz mientras depositaba el sistema de aumento en el suelo—. Aún debe de estar conmocionado por el accidente.
—Sí —murmuró Poole. 
Esperó con ansiedad a que el capataz se fuera.
Bajo el sistema de aumento, la cinta plástica cobró una nueva forma: Una ancha pista donde se alineaban cientos de miles de perforaciones. 
"Lo sospechaba", pensó Poole. "No son grabaciones en una capa de óxido ferroso, sino ranuras perforadas y libres".
Bajo la lente, el tramo de cinta avanzaba lenta y visiblemente. Muy despacio, pero a velocidad uniforme, hacia el lector.
"A mi entender, las perforaciones son portales de encendido. Funciona como una pianola. Sólido significa no, perforación significa sí. ¿Cómo puedo verificarlo? Obviamente, tapando unos cuantos orificios". 
Midió la cantidad de cinta que quedaba en el carrete de distribución, calculó con gran esfuerzo la velocidad de movimiento de la cinta y llegó a una cifra. Si modificaba la cinta visible en el extremo de entrada del lector, pasarían de cinco a siete horas hasta que llegara ese momento en concreto. Estaría imprimiendo estímulos destinados a activarse pocas horas después.
Con un micropincel cubrió una sección relativamente grande de cinta con un barniz opaco que encontró entre los suministros que acompañaban a las microherramientas. 
"He eliminado estímulos por una media hora. He tapado por lo menos mil perforaciones".
Sería interesante ver qué cambios sufría su entorno seis horas después, si es que sufría alguno.
Cinco horas y media después estaba en Krackter’s, un magnífico bar de Manhattan, tomando una copa con Danceman.
—Tienes mal aspecto —dijo Danceman.
—Me siento mal —dijo Poole. Terminó su copa, un scotch sour, y pidió otro.
—¿Por el accidente?
—En cierto sentido, sí.
—¿Es algo que... descubriste acerca de ti mismo? —preguntó Danceman. Poole irguió la cabeza y lo escrutó bajo la turbia luz del bar.
—Entonces lo sabes.
—Sé que corresponde llamarte Poole, no señor Poole —dijo Danceman—. Pero prefiero lo segundo, y seguiré llamándote así.
—¿Cuánto hace que lo sabes?
—Desde que estás al frente de la empresa. Me lo revelaron los verdaderos dueños de Tri-Plan, que tienen su base de operaciones en el sistema de Próxima y querían que Tri-Plan fuera administrada por una hormiga eléctrica que ellos pudieran controlar. Querían un brillante y enérgico...
—¿Los verdaderos dueños? —Era la primera vez que oía eso—. Tenemos dos mil accionistas. Desperdigados por todas partes.
—Marvis Bey y su esposo Ernan, en Próxima 4, controlan el cincuenta y uno por ciento de los votos de los accionistas. Ha sido así desde el principio.
—¿Por qué yo no lo sabía?
—Me ordenaron que no te lo dijera. Debías pensar que tú tomabas las decisiones. Con mi ayuda. Pero en realidad yo te pasaba la información que los Bey me pasaban a mí.
—Soy una figura decorativa —dijo Poole.
—En cierto sentido, sí. Pero para mí siempre serás el señor Poole.
Un sector de la pared desapareció, y con ella varias personas de las mesas vecinas. Y...
Más allá del gran lateral de cristal del bar, el horizonte de Nueva York se extinguió con un parpadeo.
—¿Qué pasa? —preguntó Danceman, cuando vio su cara.
—Mira alrededor —jadeó Poole—. ¿Ves algún cambio? 
Danceman miró en torno.
—No. ¿A qué te refieres?
—¿Todavía ves la ciudad?
—Claro. Con toda su polución. Las luces parpadean...
—Ahora lo sé —dijo Poole. Había dado en el clavo. Cada orificio cubierto significaba la desaparición de un objeto de su mundo real. Se puso de pie—. Hasta luego, Danceman. Tengo que regresar a mi apartamento. Debo hacer ciertas cosas. Buenas noches.
Salió del bar a la calle, buscando un taxi. No había taxis.
"También los taxis", pensó. "¿Qué más habré eliminado con el barniz? ¿Prostitutas? ¿Flores? ¿Cárceles?"
El turbo de Danceman estaba en el aparcamiento del bar. 
"Me lo llevaré. En el mundo de Danceman todavía hay taxis. Él puede conseguir uno después. Al fin y al cabo, es un vehículo de la compañía, y tengo una copia de la llave". 
Poco después volaba hacia su apartamento.
La ciudad de Nueva York no había reaparecido. A izquierda y derecha, vehículos y edificios, calles, peatones en aceras móviles, letreros... y en el centro nada.
"¿Cómo puedo aterrizar allí?", se preguntó. Desaparecería. ¿O no? Voló hacia esa nada.
Fumando un cigarrillo tras otro, voló en círculos durante quince minutos. De pronto, silenciosamente, Nueva York reapareció. Pudo terminar su viaje. Tiró el cigarrillo, y se dirigió al apartamento.
"Si inserto una cinta estrecha y opaca" reflexionó mientras abría la puerta del apartamento "puedo..."
Interrumpió sus reflexiones. Había alguien sentado en el sillón del salón, mirando el Capitán Kirk en la televisión.


—Sarah —dijo con fastidio.
Ella se levantó, silenciosa pero grácil.
—No estabas en el hospital, así que vine aquí. Aún conservo esa llave que me diste en marzo después de nuestra espantosa discusión. Oh... pareces muy deprimido.
Se acercó y le examinó ansiosamente la cara.
—¿La herida te duele mucho?
—No es eso. 
Poole se quitó el abrigo, la corbata, la camisa y el panel del pecho. Arrodillándose, insertó las manos en los guantes de las microherramientas. Miró a Sarah.
—Descubrí que soy una hormiga eléctrica. Lo cual abre ciertas posibilidades que ahora estoy explorando. 
Flexionó los dedos y a la izquierda giró un microdestornillador, sólo visible gracias al sistema de aumento.
—Puedes mirar, si quieres.
Sarah había roto a llorar.
—¿Qué sucede? —pregunto él frenéticamente, sin apartar los ojos de su trabajo.
—Es tan triste. Eras tan buen jefe para todos en Tri-Plan. Te respetábamos tanto. Y ahora todo ha cambiado.
La cinta plástica tenía un margen sin perforaciones en los extremos superior e inferior. Poole cortó un tramo horizontal, muy estrecho, y tras un momento de gran concentración cortó la propia cinta, a cuatro horas de la cabeza lectora. Luego giró la cinta cortada en ángulo recto en relación con la unidad lectora, la pegó con un dispositivo microtérmico, y volvió a sujetar el carrete a sus costados izquierdo y derecho. Había insertado veinte minutos en blanco en su flujo de realidad. Según sus cálculos, surtiría efecto pocos minutos después de medianoche.
—¿Te estás reparando? —preguntó Sarah tímidamente.
—Me estoy liberando —dijo Poole. Tenía varias alteraciones en mente, pero antes debía verificar su teoría. La cinta en blanco, sin perforaciones, significaba ausencia de estímulos. En tal caso, la falta de cinta...
—Esa expresión que tienes —dijo Sarah. Recogió su bolso, su abrigo, su revista audio-vídeo—. Me voy. Veo que no te ha gustado encontrarme aquí.
—Quédate —dijo Poole—. Veré el Capitán Kirk contigo. 
Se puso la camisa.
¿Recuerdas que hace años había más de veinte canales de televisión? ¿Antes de que el gobierno clausurara los canales independientes?
Ella asintió.
—¿Qué pasaría si este televisor proyectara todos esos canales en la pantalla de rayos catódicos al mismo tiempo? ¿Distinguiríamos algo en esa confusión?
—No lo creo.
—Quizá podríamos aprender. Aprender a ser selectivos. Esforzarnos para percibir lo que deseamos y lo que no deseamos. Piensa en las posibilidades. Si nuestro cerebro pudiera asimilar veinte imágenes al mismo tiempo, piensa en la cantidad de conocimientos que almacenaríamos en determinado periodo. Me pregunto si el cerebro, el cerebro humano... —Se interrumpió. Al cabo de un rato añadió reflexivamente—: El cerebro humano no podría lograrlo. Pero en teoría un cerebro cuasiorgánico podría.
—¿Eso es lo que tienes? —preguntó Sarah.
—Sí —dijo Poole.
Vieron el Capitán Kirk hasta el final y se fueron a acostar. Pero Poole se sentó apoyándose contra las almohadas, fumando y cavilando. Sarah se movía inquieta, preguntándose por qué no apagaba la luz. Las doce menos diez. Sucedería en cualquier momento.
—Sarah —dijo Poole—. Necesito tu ayuda. Dentro de pocos minutos me sucederá algo extraño. No durará mucho, pero quiero que me observes atentamente. Fíjate si... —gesticuló—, si muestro algunos cambios. Si te parece que me duermo, o si desvarío, o... —Quería decir: Si desaparezco, pero no lo dijo—. No te causaré ningún daño, pero creo que sería buena idea que cogieras un arma. ¿Tienes contigo tu pistola antiatracos?
—En el bolso.
Ahora ella estaba totalmente despejada. Sentada en la cama, lo miraba con frenético temor con sus amplios hombros bronceados y pecosos a la luz de la habitación. Él fue a buscar la pistola.
La habitación se paralizó en una rígida inmovilidad. Los colores comenzaron a desvanecerse. Los objetos se desdibujaron hasta evaporarse en las sombras como humo. La oscuridad lo cubría todo mientras los objetos de la sala se desdibujaban cada vez más.
"Los últimos estímulos están muriendo", comprendió Poole. Pestañeó, tratando de ver. Distinguió a Sarah Benton, sentada en la cama: Una figura bidimensional recostada como una muñeca, cada vez más pequeña e imprecisa. Ráfagas aleatorias de sustancia disgregada se arremolinaban en nubes inestables; los elementos se unían, se separaban, se volvían a unir, como desprendidos de la realidad. Y en ese momento una negrura absoluta lo reemplazó todo, espacio sin profundidad, rígido e inflexible. Además, no oía nada.
Quiso estirar los brazos para tocar algo, pero no tenía brazos. La conciencia de su propio cuerpo había desaparecido con el resto del universo. No tenía manos, y aunque las hubiera tenido, no había nada que tocar.
—Así que tengo razón en cuanto al funcionamiento de esa condenada cinta dijo usando una boca inexistente para comunicar un mensaje inaudible.
"¿Esto pasará en diez minutos? ¿También tengo razón en eso?" Esperó, pero sabía intuitivamente que su sentido del tiempo había desaparecido con todo lo demás.
"Sólo puedo esperar", comprendió. "Ojalá no tarde mucho".
Para calmarse, pensó: "Confeccionaré una enciclopedia. Trataré de enumerar todo lo que empieza por la letra A, Veamos: Automóvil, acksetrón, atmósfera, Atlántico, aspic de tomate, advertencia". Pensaba y pensaba. Las categorías iban deslizándose por su asustada mente. De pronto la luz se encendió.
Estaba acostado en el diván del salón, y una moderada luz solar entraba por la única ventana. Había dos hombres inclinados sobre él, con las manos llenas de herramientas. "Personal de mantenimiento", comprendió. "Han estado trabajando en mí".
—Está consciente —dijo uno de los técnicos. Se levantó y retrocedió. Lo reemplazó Sarah Benton, temblando de angustia.
—¡Gracias a Dios! —exclamó, jadeando al oído de Poole—. Tenía tanto miedo que al fin llamé al señor Danceman.
—¿Qué sucedió? —interrumpió airadamente Poole—. Empieza desde el principio y habla despacio. Así podré asimilarlo todo.
Sarah recobró la compostura, se frotó la nariz y habló nerviosamente.
—Te desmayaste. Te quedaste tendido como si estuvieras muerto. Esperé hasta las dos y media y no pasaba nada. Llamé al señor Danceman, y lo desperté. Él llamó a la gente de mantenimiento de hormigas eléctricas... es decir, la gente de mantenimiento de robots orgánicos... y estos dos hombres llegaron a las cinco menos cuarto. Han trabajado en ti desde entonces. Ahora son las seis y cuarto de la mañana. Tengo mucho frío y quiero acostarme. Hoy no podré ir a la oficina.
Se apartó, sorbiendo las lágrimas. Ese sonido molestó a Poole.
—Usted ha estado manipulando su cinta de realidad —dijo uno de los hombres de mantenimiento.
—Sí —dijo Poole. ¿Por qué negarlo? Era obvio que habían hallado el tramo insertado—. No debí perder el conocimiento por tanto tiempo. Sólo inserté una cinta de diez minutos.


—El lector de cinta se desconectó —explicó el técnico—. La cinta dejó de desplazarse. El injerto la atascó, y automáticamente se desconectó para no dañar la cinta. ¿Por qué ha manipulado eso? ¿No sabía lo que podría suceder?
—No estoy seguro —dijo Poole—. Pero seguro que ustedes lo saben muy bien. Por eso lo estoy haciendo.
—La factura será de noventa y cinco ranas —dijo el técnico—. Pagadera a plazos, si lo desea.
—De acuerdo —le dijo. Se levantó aturdido, se frotó los ojos e hizo una mueca.
Le dolía la cabeza y sentía el estómago totalmente vacío.
—La próxima vez recorte la cinta —le dijo el primer técnico—. Así no se atascará. ¿No pensó que podía tener incorporado un dispositivo de seguridad? Así se detendría en vez de...
—¿Qué ocurre si no circula cinta bajo el lector? —interrumpió Poole con un resuello—. Ninguna cinta... nada. La fotocélula brillando hacia arriba sin impedancia.
Los técnicos se miraron.
—Todos los neurocircuitos saltan la brecha y entran en corto —dijo uno de ellos.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que es el fin del mecanismo.
—He examinado el circuito —dijo Poole—. No tiene suficiente voltaje para lograr eso. El metal no se funde bajo cargas de corriente tan leves, aunque se estén tocando los terminales. Hablamos de una millonésima de vatio a lo largo de un canal de cesio, de, quizás, un decimosexto de pulgada de longitud. Supongamos que hay mil millones de combinaciones posibles en determinado instante, surgiendo de las perforaciones de la cinta. La descarga total es acumulativa. La cantidad de corriente depende de aquello que la batería determina para ese módulo, y no es demasiada. Con todos los portales abiertos y en funcionamiento.
—¿Por qué tendríamos que mentirle? —preguntó, cansado, uno de los técnicos.
—¿Por qué no? Aquí tengo una oportunidad de experimentarlo todo de forma simultánea. Conocer el universo en su totalidad, estar por un instante en contacto con toda la realidad. Algo que los humanos no pueden hacer. Una partitura sinfónica entrando en mi cerebro fuera del tiempo, todas las notas, todos los instrumentos al unísono. Y todas las sinfonías. ¿Entiende?
—Lo abrasaría —dijeron ambos técnicos.
—No lo creo —dijo Poole.
—¿Una taza de café, señor Poole? —preguntó Sarah.
—Sí —dijo él. Bajó las piernas, posó los pies fríos contra el suelo, y tiritando, se levantó. Le dolía todo el cuerpo. "Me tuvieron toda la noche tendido en el diván. La verdad, no fueron muy considerados".

Sentado a la mesa de la cocina, Garson Poole tomaba una taza de café frente a Sarah. Los técnicos se habían ido hacía un rato.
—¿No harás más experimentos contigo mismo, verdad? —preguntó Sarah.
—Me gustaría controlar el tiempo. Revertido —replicó Poole.
"Cortaré un segmento de cinta y lo pondré al revés. Las secuencias causales fluirán en sentido contrario. Entonces bajaré de espaldas desde la aeropista de la azotea, caminaré de espaldas hasta mi puerta, abriré de un empujón la puerta cerrada y retrocederé hasta el fregadero, de donde sacaré una pila de platos sucios. Me sentaré a esta mesa ante la pila, llenaré cada plato con comida salida de mi estómago y llevaré la comida a la nevera. Al día siguiente sacaré la comida de la nevera, la envolveré en bolsas, llevaré las bolsas a un supermercado, distribuiré la comida aquí y allá en la tienda. Y por último, en el mostrador, me pagarán con dinero de la caja registradora. La comida será empaquetada con otros alimentos en grandes cajas de plástico, enviada fuera de la ciudad, a las plantas hidropónicas del Atlántico, y allí se unirá a árboles y arbustos o cuerpos de animales muertos o será enterrada en el suelo. ¿Pero qué demostraría todo eso? Una cinta de vídeo desplazándose al revés... No sabría más de lo que sé ahora, lo cual no es suficiente".
"Lo que quiero" comprendió, "es una realidad extrema y absoluta, por un microsegundo. Después de eso no importa, porque todo se sabrá; no quedará nada por ver ni entender. Podría intentar otro cambio. Antes de tratar de cortar la cinta, abriré nuevos orificios y veré qué sale. Será interesante porque no sabré qué significan los orificios que yo abriré".
Usando la punta de una microherramienta, abrió varios orificios al azar en la cinta. Tan cerca del lector como pudo... No quería esperar.
—Me pregunto si tú lo verás —le dijo a Sarah. Al parecer no, por lo que podía extrapolar—. Quizás ocurra algo. Sólo quiero que estés advertida. No quiero que tengas miedo.
—Cielos —suspiró Sarah.
Miró su reloj de pulsera. Pasó un minuto, otro, un tercero. Y luego...
En el centro de la habitación apareció una bandada de patos verdes y negros. Graznaron con gran alboroto, se elevaron del suelo, revolotearon pegados al cielo raso en un tumulto de plumas y alas, frenéticos en su instintivo afán de alejarse.
—Patos —dijo Poole, maravillándose—. Abrí un orificio para una bandada de patos salvajes.
Apareció algo más. Un banco en el parque, donde un hombre mayor y andrajoso leía un periódico doblado y roto. Levantó los ojos, distinguió difusamente a Poole, le sonrió con una dentadura postiza deforme y siguió leyendo su periódico.
—¿Lo ves? —le preguntó Poole a Sarah—. Y los patos.
En ese momento los patos y el vagabundo del parque desaparecieron. No quedó nada de ellos. El intervalo de sus orificios perforados había pasado rápidamente.
—No eran reales, ¿verdad? —dijo Sarah—. ¿Entonces cómo...?
—Tú no eres real —dijo Poole—. Eres un factor de estímulo en mi cinta de realidad. Un orificio que se puede saltar. ¿También tienes una existencia en otra cinta de realidad, o en una realidad objetiva?
No lo sabía. No podía saberlo. Quizá Sarah tampoco lo supiera. Quizás existiera en un millar de cintas de realidad, quizás en todas las cintas de realidad que se habían fabricado.
—Si corto la cinta —dijo Poole— estarás por todas partes y en ninguna parte. Como todo lo demás en el universo. Al menos en lo que concierne a mi percepción.
—Yo soy real —tartamudeó Sarah.
—Quiero conocerte completamente. Para eso debo cortar la cinta. Si no lo hago ahora, lo haré en otra ocasión. Es inevitable que lo haga.


"¿Para qué esperar?", se preguntó. "Además, siempre está la posibilidad de que Danceman me haya denunciado a mi dueño, que estén trabajando en mi contra. Porque quizá yo esté poniendo en peligro su propiedad... que soy yo mismo".
—Me haces lamentar que no haya ido a la oficina —dijo Sarah, torciendo la boca en una mueca de consternación.
—Vete —dijo Poole.
—No quiero dejarte solo.
—Estaré bien.
—No, no estarás bien. Te desconectarás o algo parecido, te matarás porque has descubierto que eres sólo una hormiga eléctrica y no un ser humano.
—¡Quizás! —exclamó él. Quizá todo se redujera a eso.
—Y yo no puedo detenerte —dijo ella.
—No —convino él.
—Pero me quedaré. Aunque no pueda detenerte. Porque si me marcho y te matas, siempre me preguntaré qué habría ocurrido si yo me hubiera quedado. ¿Entiendes?
Él asintió.
—Hazlo —dijo Sarah. Él se puso de pie.
—No sentiré dolor —le dijo—. Aunque te dé esa impresión. Ten en cuenta que los robots orgánicos tienen unos circuitos de dolor mínimos. Experimentaré el más intenso...
—No me cuentes más —interrumpió Sarah—. Si quieres hacerlo, hazlo. De lo contrario, no lo hagas.
Con torpeza, pues tenía miedo, él metió las manos en los microguantes y cogió una diminuta herramienta: Una hoja afilada.
—Cortaré una cinta montada dentro del panel de mi pecho —dijo mientras miraba por el sistema de aumento—. Eso es todo.
Le temblaba la mano mientras alzaba la hoja. 
"Se puede hacer en un segundo", comprendió. "Todo habrá terminado. Y... tendré tiempo de unir los extremos de la cinta, media hora por lo menos, si cambio de parecer". Cortó la cinta. Sarah lo miraba intimidada.
—No ha pasado nada —susurró.
—Tengo treinta o cuarenta minutos.
Él volvió a sentarse a la mesa, tras sacar las manos de los guantes. Notó que le temblaba la voz. Sin duda Sarah lo había advertido. Poole se enfureció consigo mismo, sabiendo que la había alarmado.
—Lo lamento —dijo irracionalmente. Quería disculparse—. Quizá deberías irte. 
Se levantó, presa del pánico. Ella también, por reflejo, como si lo imitara.
Temblaba, abrumada y nerviosa.
—Lárgate —rugió él—. Regresa a la oficina, donde debes estar. Donde ambos deberíamos estar.
"Uniré los extremos de la cinta", pensó. "Esta tensión es insoportable para mí". 
Extendió las manos hacia los guantes e insertó los nerviosos dedos. Mirando la pantalla de aumento, vio que el haz fotoeléctrico brillaba, apuntando hacia arriba, hacia el lector. Al mismo tiempo vio que el extremo de la cinta desaparecía bajo el lector. Vio y comprendió. 
"Me he retrasado. Ya ha pasado. Dios, ayúdame. Ha comenzado a enrollarse a mayor velocidad de la que calculé. Así que ahora..."
Vio manzanas, adoquines, cebras. Sintió calor, la textura sedosa de un paño; sintió el mar que lo lamía y un gran viento del norte que tiraba de él como para llevarlo a alguna parte. Sarah estaba cerca de él, y también Danceman. Nueva York brillaba en la noche, y las turbonaves brincaban entre cielos nocturnos y luminosos, inundaciones y sequías. Sintió el sabor de la mantequilla derritiéndose en su lengua, y al mismo tiempo lo asaltaron olores y sabores desagradables: La amarga presencia de venenos y limones y briznas de hierba estival. Se ahogó; se cayó; yació en brazos de una mujer en una vasta cama blanca al tiempo que sentía un chirrido en los oídos, el ruido de advertencia de un ascensor defectuoso en uno de los antiguos y decrépitos hoteles del centro. 
"Estoy vivo. He vivido, nunca viviré", se dijo, y con sus pensamientos llegaba cada palabra, cada sonido; corrieron y volaron insectos, y se sumergió en un complejo sistema de maquinaria homeostática localizada en los laboratorios de Tri-Plan.
Quería decirle algo a Sarah. Abriendo la boca, intentó articular unas palabras, una secuencia específica de ellas a partir de la enorme cantidad que bullía en su mente, abrasándolo con su plenitud de significados. Su boca ardía. Se preguntó por qué.
Pegada contra la pared, Sarah Benton abrió los ojos y vio la bocanada de humo que brotaba de la boca entreabierta de Poole. El robot se derrumbó, se apoyó en los codos y las rodillas y se estiró lentamente en un montón inerte. Sin examinarlo, supo que había muerto.
"Poole se destruyó a sí mismo", comprendió. Y no podía sentir dolor; él mismo lo había dicho. O al menos no mucho dolor. "Quizás un poco. De todos modos, ya ha terminado. Será mejor que llame al señor Danceman y le cuente lo que sucedió". Temblando, se dirigió al fono. Lo cogió y marcó de memoria.
"Él pensaba que yo era un factor de estímulo en su cinta de realidad. Así que pensaba que yo moriría cuando él muriera. Qué extraño. ¿Por qué se imaginaba eso? Nunca lo habían conectado al mundo real. Había vivido en un mundo electrónico aparte. Qué extraño".
—Señor Danceman —dijo cuando la comunicaron con su oficina—. Poole se acabó. Se destruyó frente a mis propios ojos. Será mejor que venga.
—Así que al fin nos hemos librado de él.
—Sí, ¿no es fantástico?
—Enviaré un par de hombres del taller —dijo Danceman. Miró más allá de ella y distinguió a Poole tendido junto a la mesa de la cocina—. Será mejor que vayas a casa a descansar —le dijo a Sarah—. Debes de estar exhausta.
—Sí, gracias, señor Danceman.
Colgó y se quedó ahí, de pie, sin saber qué hacer. Entonces reparó en algo.
"Mis manos", pensó. Las levantó. "¿Por qué puedo ver a través de ellas?" Las paredes de la sala también se habían diluido.
Temblando, caminó hacia el robot inerte, se detuvo junto a él sin saber qué hacer. A través de sus piernas veía la alfombra, y luego la alfombra se desdibujó. A través de ella vio otros estratos de materia en desintegración.
"Si lograra unir los extremos de la cinta", pensó. Pero no sabía cómo. Y Poole ya se había disuelto.
El viento de la mañana soplaba a su alrededor. Sarah ya no lo sentía. Sus sensaciones desaparecían. El viento soplaba y soplaba.


FIN