2025/06/09

Eran morenos y de ojos dorados (Ray Bradbury)


Título original: Dark They Were, and Golden-Eyed
Año: 1949


El metal del cohete se enfriaba en los vientos de la pradera. La tapa se alzó con un pop. De la relojería interior salieron un hombre, una mujer, y tres niños. Los otros pasajeros se alejaban ya, murmurando, por las praderas marcianas.
El hombre sintió que los cabellos le flotaban y que los tejidos del cuerpo se le estiraban como si estuviera de pie en el centro de un vacío. Miró a su mujer que casi parecía disiparse en humo. Los niños, pequeñas semillas, podían ser sembrados en cualquier momento, a todas las latitudes marcianas.
Los niños lo miraban, como la gente mira el sol para saber en qué hora vive.
—¿Qué anda mal? —preguntó la mujer.
—Volvamos al cohete.
—¿A la Tierra?
—¡Sí! ¡Escucha!
El viento soplaba como si quisiera quitarles la identidad. En cualquier momento el aire marciano podía sacarle a uno el alma, como una médula arrancada a un hueso blanco. El hombre se sentía sumergido en una sustancia química capaz de disolverle la inteligencia y quemarle la memoria.
Miraron las montañas marcianas que el tiempo había carcomido con una aplastante presión de años. Vieron las ciudades antiguas perdidas en las praderas, y que yacían como delicados huesos de niños entre los lagos ventosos de césped.
—Ánimo, Harry —dijo la mujer—. Es demasiado tarde. Hemos recorrido más de noventa millones de kilómetros.
Los niños de pelo amarillo llamaban al eco en la profunda cúpula del cielo marciano. Nada respondía; sólo el siseo apresurado del viento entre las briznas tiesas.
Las manos frías del hombre recogieron el equipaje. Un hombre de pie a la orilla de un mar, decidido a vadearlo, y a ahogarse.
—Vamos —dijo. Fueron a la ciudad.
Se llamaban Bittering. Harry y su mujer Cora; Dan, Laura y David. Edificaron una casa blanca y tomaron buenos desayunos, pero el miedo nunca desapareció del todo. Acompañaba al señor Bittering y a la señora Bittering, como un intruso, en las charlas de medianoche, a la mañana, al despertar.
—Me siento como un cristal salino —decía Harry— arrastrado por un glaciar. No somos de aquí. Somos criaturas terrestres. Esto es Marte, y es para gente marciana. Escúchame, Cora, ¡compremos los pasajes para la Tierra!
Cora sacudía la cabeza.
—Algún día la bomba atómica destruirá la Tierra. Aquí estamos a salvo.
—¡A salvo, pero locos!
Tic-toc, son las siete, cantó el reloj parlante. Hora de levantarse. Harry y Cora se levantaron.
A la mañana, Harry examinaba todas las cosas —el fuego del hogar, las macetas de geranios— como si temiera descubrir que faltaba algo. El periódico llegó caliente como una tostada en el cohete de las seis. Harry rompió el sello y puso el diario junto al plato del desayuno. Trató de mostrarse animado.
—Hemos vuelto a los días de la colonia —declaró—. Bueno, dentro de diez años habrá en Marte un millón de terráqueos. ¡Grandes ciudades, todo! Decían que fracasaríamos. Decían que los marcianos se resistirían a la invasión. ¿Pero encontramos a algún marciano? Ninguno. Oh, sí, encontramos las ciudades, pero estaban desiertas, ¿no es así? ¿No es así?
Un río de viento inundó la casa. Cuando las ventanas dejaron de temblar el señor Bittering tragó saliva y miró a los niños.
—No sé —dijo David—. Quizás haya marcianos aquí, y no los vemos. A veces, de noche me parece oírlos. Oigo el viento. La arena golpea la ventana. Me asusto. Y veo esas ciudades allá en las montañas donde vivieron hace tiempo los marcianos. Y me parece entonces que algo se mueve en esas ciudades, papá. Y me pregunto si a esos marcianos les gustará que estemos aquí. Me pregunto si no nos harán algo por haber venido.
—¡Tonterías! —El señor Bittering miró por la ventana—. Somos gente sana, decente. 
Miró a sus hijos.
—Todas las ciudades muertas tienen fantasmas. Recuerdos, quiero decir —Observó las colinas—. Ves una escalera y te preguntas qué parecerían los marcianos cuando las subían. Ves pinturas marcianas y te preguntas cómo sería el pintor. Inventas así un fantasma, un recuerdo. Es perfectamente natural. La imaginación. 
Hizo una pausa.
—No habrás visitado las ruinas, ¿verdad?
—No, papá.
David se miró los zapatos.
—Bueno, entonces no vayas. Alcánzame el dulce.
—Sin embargo —dijo el pequeño David—, creo que aquí pasa algo.

Algo pasó aquella tarde.
Laura corrió entre las casas, llorando.
Llegó al porche tropezando como una ciega.
—¡Mamá, papá, la guerra, en la Tierra! —sollozó—. Acaba de oírse en la radio. Bombas atómicas cayeron en Nueva York. Los cohetes del espacio estallaron todos. No más cohetes a Marte, ¡nunca más!
La madre se abrazó a su marido y a su hija.
—¡Oh, Harry!
—¿Estás segura, Laura? —preguntó el padre, serenamente. Laura lloraba.
—¡Estamos en Marte para siempre, para siempre!
Durante un largo rato sólo se oyó el sonido del viento en el atardecer.
"Solos", pensó Bittering. "Y apenas mil de los nuestros. Sin posibilidades de regresar. Ninguna. Absolutamente ninguna". El sudor le bañaba la cara, las manos; el calor del miedo le empapaba el cuerpo. Quería pegarle a Laura, quería gritarle: "¡No, mientes! ¡Los cohetes volverán!" En cambio la abrazó y le acarició la cabeza.
—Un día los cohetes volverán —dijo.
—Papá, ¿qué haremos?
—Ocuparnos de nuestras cosas, por supuesto. Cultivar campos, y criar hijos.
Esperar. Seguir adelante hasta que la guerra termine, y los cohetes vengan otra vez.
Los dos niños entraron en el porche.
—Hijos —dijo Harry, mirando a lo lejos—. Tengo algo que decirles.
—Lo sabemos —dijeron los niños.

En los días siguientes, Bittering rondó a menudo por el jardín, a solas con su miedo. Mientras los cohetes habían tejido una tela de plata en el cielo, había podido aceptar a Marte. Siempre se decía: Mañana, si quiero, puedo comprar un pasaje y volver a la Tierra.
Pero ahora la tela había desaparecido. Las vigas derretidas y los cables sueltos de los cohetes yacían en montones, como piezas de un rompecabezas. Desterrados en el mundo extraño de Marte, de vientos de canela y aires vinosos, horneándose como hogazas de pan de jengibre en los veranos marcianos, conservados en despensas durante los inviernos marcianos. ¿Qué les pasaría a él y a los otros? Marte había estado esperando este momento. Ahora los devoraría.
Se arrodilló en el macizo de flores, con una pala en las manos nerviosas. "Trabaja", pensó, "trabaja y olvida".
Alzó los ojos y miró las montañas marcianas.


Pensó en los antiguos y orgullosos nombres marcianos de esas cumbres. Los terrestres, caídos del cielo, habían contemplado las colinas, los ríos, los mares de Marte, todos anónimos, aunque tenían nombres. En otro tiempo los marcianos habían levantado ciudades, las habían bautizado; habían trepado a las montañas, las habían bautizado, habían navegado mares, los habían bautizado. Las montañas se fundieron, los mares se secaron, las ciudades se derrumbaron. Sin embargo, los terrestres se habían sentido culpables cuando pusieron nuevos nombres a las colinas y valles antiguos.
El hombre vive de símbolos y de signos. Inventaron los nuevos nombres.
El señor Bittering se sintió muy solo y anacrónico al sol marciano, plantando flores terrestres en un suelo inclemente.
"Piensa, sigue pensando. En otras cosas. No en la Tierra, ni en la guerra atómica, ni en los cohetes perdidos".
Transpiraba. Miró alrededor. Nadie lo veía. Se quitó la corbata. "Qué audacia", pensó. "Primero la chaqueta, ahora la corbata". La colgó cuidadosamente en un duraznero que había traído de Massachusetts.
Volvió a su filosofía de los nombres y las montañas. Los terrestres habían cambiado los nombres. Ahora había en Marte valles Hormel, mares Roosevelt, montañas Ford, planicies Vanderbilt, ríos Rockefeller. No estaba bien. Los colonizadores norteamericanos habían usado acertadamente los nombres de las antiguas praderas indias: Wisconsin, Minnesota, Idaho, Ohio, Utah, Milwaukee, Waukegan, Osseo. Nombres antiguos, significados antiguos.
Mirando fijamente las montañas, Bittering pensó: "¿Están ustedes ahí? ¿Ustedes, todos los muertos, los marcianos? Pues bien, aquí estamos nosotros, solos, desamparados. Vengan, échennos".
El viento sopló una lluvia de flores de durazno.
El señor Bittering tendió una mano curtida por el sol y ahogó un grito. Tocó los capullos, los recogió. Los dio vuelta, los tocó de nuevo, una y otra vez.
—¡Cora! —gritó.
Cora se asomó a la ventana. El señor Bittering corrió hacia ella.
—Cora, ¡estas flores! —Se las puso en la mano—. ¿Ves? Son distintas. Han cambiado. Ya no son flores de durazno.
—Para mí están bien —dijo Cora.
—No, no están bien. ¡Les pasa algo! No sé qué. ¡Un pétalo de más, una hoja, el color, el perfume!
Los niños aparecieron cuando el padre corría por el jardín, arrancando rábanos, cebollas y zanahorias.
—¡Cora, ven, mira!
Se pasaron de mano en mano las cebollas, los rábanos, las zanahorias.
—¿Te parecen zanahorias?
—Sí…, no. —Cora titubeó—. No lo sé.
—Han cambiado.
—Quizá.
—¡Sabes que sí! Cebollas, pero no cebollas, zanahorias, pero no zanahorias. El mismo sabor, pero distinto. Otro olor también. 
El señor Bittering sintió los latidos de su propio corazón y tuvo miedo. Hundió los dedos en la tierra.
—Cora, ¿qué pasa? ¿Qué es esto? Tenemos que cuidarnos. 
Corrió por el jardín, tocando los árboles.
—Las rosas. Las rosas. ¡Son verdes ahora!
Se quedaron mirando las rosas verdes.
Y dos días más tarde Dan llegó corriendo:
—Vengan a ver la vaca. La estaba ordeñando y entonces lo vi. Vengan, pronto. 
Fueron al establo y miraron la vaca.
Le estaba creciendo un tercer cuerno.
Y frente a la casa, muy silenciosa y lentamente, el césped tomaba el color de las violetas primaverales. Una planta de la tierra, pero de color púrpura.
—Tenemos que irnos —dijo Bittering—. Si comemos esto, nos trasformaremos también, quién sabe en qué. No puedo permitirlo. Sólo nos queda una cosa. Quemar las plantas.
—No están envenenadas.
—Sí, de un modo sutil, muy sutil. Un poquito, apenas. No hay que comerlas. 
Miró desanimado la casa.
—Hasta la casa. El viento le ha hecho algo. El aire la quemó. La niebla nocturna. Las maderas, todo tiene otra forma. Ya no es una casa terrestre.
—Oh, imaginaciones tuyas.
Harry se puso la chaqueta y la corbata.
—Me voy a la ciudad. Tenemos que hacer algo en seguida. Volveré.
—¡Espera, Harry! —gritó la mujer. Pero Bittering ya estaba lejos.
En la ciudad, en los escalones de la tienda de comestibles, a la sombra, los hombres sentados, con las manos en las rodillas, charlaban ociosamente.
El señor Bittering tuvo ganas de disparar una pistola al aire. "¡Qué hacen, imbéciles!", pensó. "Sentados aquí. Sabrán ya que estamos clavados en este planeta. ¡Vamos, muévanse! ¿No tienen miedo? ¿Qué piensan hacer?"
—Hola, Harry —dijeron todos.
—Escuchen —dijo Bittering—. Habrán oído las noticias, el otro día, ¿verdad? 
Los hombres asintieron y se echaron a reír.
—Claro, Harry, claro.
—¿Y qué piensan hacer?
—Pero, Harry, no podemos hacer nada.
—¡Sí, construir un cohete!
—¿Un cohete, Harry? ¿Y volver a esa pesadilla? Oh, Harry.
—Pero ustedes desean volver. ¿Han visto las flores de durazno, las cebollas, el césped?
—Bueno, Harry, sí, creo que sí —dijo uno de los hombres.
—¿Y no te asustaste?
—No mucho, Harry, me parece.
—¡Idiotas!
—Vamos, Harry. 
Bittering quería llorar.
—Tienen que ayudarme. Si nos quedamos aquí, todos nosotros cambiaremos. El aire. ¿No huelen? Hay algo en el aire. Un virus marciano, tal vez; una semilla, un polen. ¡Escúchenme!
Todos lo miraron.
—Sam —le dijo Bittering a uno de los hombres.
—Sí, Harry.
—¿Me ayudarás a construir un cohete?
—Harry, tengo todo un cargamento de metal y algunos planos. Si quieres trabajar en mi taller, con mucho gusto. Te venderé el metal a quinientos dólares. Trabajando solo, podrías construir un bonito cohete, en unos treinta años.
Todos se echaron a reír.
—No se rían.
Sam lo miró de muy buen humor.
—Sam —dijo Bittering—. Tus ojos…
—¿Qué pasa con mis ojos, Harry?
—¿No eran grises?
—Bueno, francamente, no recuerdo.
—Eran grises, ¿verdad?
—¿Por qué lo preguntas, Harry?
—Porque ahora son amarillentos.
—¿Sí? —dijo Sam, con indiferencia.
—Y estás muy alto y más delgado.
—Tal vez tengas razón, Harry.
—Sam, no debieras tener los ojos amarillos.
—Harry, ¿de qué color son tus ojos? —dijo Sam.
—¿Mis ojos? De color azul, naturalmente.
—Bueno, Harry, mira —Sam le alcanzó un espejo de bolsillo—. Mírate los ojos. 
El señor Bittering vaciló, y alzó el espejo y miró.
En las pupilas azules había débiles motitas de oro nuevo.
—Mira lo que hiciste —dijo Sam un momento después—. Rompiste el espejo.


Harry Bittering se instaló en el taller y empezó a construir el cohete. Los hombres se detenían junto a la puerta abierta y conversaban y bromeaban en voz baja. De cuando en cuando, ayudaban a Bittering cuando había que levantar una pieza demasiado pesada. Pero la mayor parte del tiempo se quedaban en la puerta sin hacer nada, mirándolo con unos ojos cada día más amarillos.
—Es la hora del almuerzo, Harry —le decían. Cora le traía el almuerzo en una cesta de mimbre.
—No lo probaré —decía Harry—. Sólo comeré alimentos del congelador. Alimentos traídos de la Tierra. Nada de nuestra huerta.
Cora lo miró.
—No puedes construir un cohete.
—Trabajé en un taller, a los veinte años. Conozco el metal. Cuando empiece, los otros me ayudarán —dijo Bittering sin mirarla, extendiendo los planos.
—Harry, Harry —dijo Cora, desanimada.
—Tenemos que irnos, Cora. Tenemos que irnos.
El viento soplaba toda la noche en las desiertas praderas marinas, iluminadas por la luna, más allá de las ciudades ajedrezadas, tendidas en las playas desiertas desde hacía doce mil años. En la colonia terrestre, la casa de los Bittering se sacudía, cambiando.
El señor Bittering, acostado, sentía que los huesos se le movían, se trasformaban, se fundían como el oro. Cora, tendida junto a él, tenía la piel bronceada por muchas tardes de sol. Era ahora morena y de ojos dorados, y los niños, metálicos en sus camas, y el viento salado rugía cambiando entre los viejos durazneros, el césped violeta, sacudiendo los pétalos verdes de las rosas.
El miedo del señor Bittering era incontenible. Le apretaba la garganta y el corazón. Le rezumaba en la humedad del brazo, de la sien, de la palma temblorosa.
En el este apareció una estrella verde.
Una palabra extraña brotó de los labios del señor Bittering.
—Iorrt. Iorrt —repitió.
Era una palabra marciana. El señor Bittering no sabía marciano. Se levantó en medio de la noche y llamó a Simpson, el arqueólogo.
—Simpson, ¿qué significa la palabra Iorrt?
—Bueno, es el antiguo nombre marciano del planeta Tierra. ¿Por qué?
—Nada en especial.
El teléfono se le cayó de las manos.
—Hola, hola, hola, hola —seguía diciendo el aparato mientras Bittering miraba fijamente la estrella verde—: ¿Bittering? ¿Harry? ¿Estás ahí?

Los días estaban llenos de ruidos metálicos. Ayudado de mala gana por tres hombres, Bittering montó el armazón del cohete. Al cabo de una hora se sintió muy fatigado y tuvo que sentarse a descansar.
—La altura —comentó uno de los hombres jocosamente.
—Dime, Harry, ¿tú comes? —preguntó otro.
—Sí, como —dijo Bittering, colérico.
—¿Del congelador?
—¡Sí!
—Estás más delgado, Harry.
—¡No es verdad!
—Y más alto.
—¡Mientes!

Unos días después, Cora lo llevó aparte.
—Harry, las provisiones congeladas se acabaron. No queda absolutamente nada. Tendré que prepararte unos sándwiches con comida de Marte.
Harry se desplomó en una silla.
—Tienes que comer, Harry —dijo Cora—. Estás débil.
—Sí —dijo Bittering.
Tomó un sándwich, lo abrió, lo miró, y empezó a mordisquearlo.
—¿Por qué no descansas hoy? —dijo Cora—. Hace calor. Los chicos quieren ir a nadar a los canales y pasear. Ven con nosotros.
—No puedo perder tiempo. Estamos en un momento crítico.
—Una hora, nada más —insistió Cora—. Te hará bien nadar un rato. 
Harry se puso de pie, sudoroso.
—Bueno, bueno. Déjame solo. Iré.
—Me alegro mucho, Harry.
El día era sereno, el sol ardiente. Un incendio inmenso, único, inmutable. Caminaron a lo largo del canal, el padre y la madre; los niños correteaban en trajes de baño. Hicieron un alto y comieron sándwiches de carne. Bittering miró la piel bronceada y los ojos amarillos de Cora y los niños, los ojos que antes no habían sido amarillos. Sintió un temblor, que desapareció en oleadas de calor mientras descansaba al sol. Estaba demasiado cansado para sentir miedo.
—Cora, ¿desde cuándo tienes los ojos amarillos? Cora parecía perpleja.
—Siempre los tuve así, creo.
—¿No eran castaños? ¿No cambiaron de color en los tres últimos meses? 
Cora se mordió los labios.
—No. ¿Por qué?
—No tiene importancia. 
Hubo un silencio.
—Los ojos de los chicos —dijo Harry—. También son amarillos.
—A los niños, cuando crecen, les cambia el color de los ojos.
—Quizá también nosotros seamos niños. Al menos para Marte. Es una idea —Bittering se echó a reír—. Creo que voy a nadar.
Saltaron al agua, y Bittering se dejó ir, hasta el fondo, como una estatua dorada, y allí descansó, en el silencio verde. Todo era agua serena y profunda, todo era paz. Sintió que la corriente lenta y firme lo llevaba fácilmente. "Si me quedo aquí bastante tiempo", pensó, "el agua me abrirá y carcomerá la carne hasta mostrar los huesos de coral. Sólo quedará mi esqueleto. Y luego el agua hará cosas con mi esqueleto: Cosas verdes, cosas acuáticas, cosas rojas, cosas amarillas. Cambios. Cambios. Cambios lentos, profundos, silenciosos. ¿Y no es lo mismo allá, arriba?"
Miró el cielo sumergido sobre él, el sol que era ahora marciano, en otra atmósfera, otro tiempo y otro espacio.
"Allá arriba, un río inmenso", pensó, "un río marciano, y todos nosotros en el fondo, en nuestras casas de guijarros, en hundidas casas de piedra, como cangrejos ocultos, y el agua que nos limpia los viejos cuerpos y nos alarga los huesos y…"
Se dejó ir a la superficie a través de la luz suave.
Dan, sentado en el borde del canal, miraba a su padre seriamente.
—Utha —dijo.
—¿Cómo? —preguntó el padre. 
El chico sonrió.
—Bueno, papá, tú sabes. Utha en marciano significa padre.
—¿Dónde lo aprendiste?
—No lo sé. Por ahí. ¡Utha!
—¿Qué quieres? 
El chico vaciló.
—Quiero…, quiero cambiarme el nombre.
—¿Cambiártelo?
—Sí.
La madre se acercó nadando.
—¿Qué tiene de malo el nombre Dan? 
Dan se tironeaba de los dedos.
—El otro día tú me llamaste: Dan, Dan, Dan. Ni siquiera te oí. Ése no es mi nombre, pensé. Tengo un nombre nuevo.


El señor Bittering se tomó del borde del canal. Tenía el cuerpo frío, y el corazón le golpeaba lentamente.
—¿Qué nombre nuevo?
—Linnl. ¿No es bonito? ¿Puedo usarlo? Papá, por favor.
El señor Bittering se llevó la mano a la cabeza. Recordó el cohete absurdo, se vio trabajando a solas. Estaba solo hasta entre su propia familia, tan solo…
Oyó la voz de su mujer.
—¿Por qué no? Y se oyó decir:
—Sí, puedes usarlo.
—¡Yaaa! —gritó el chiquillo—. Soy Linnl. Linnl. Corría por la pradera, bailando y gritando.
El señor Bittering miró a su mujer.
—¿Por qué lo hicimos?
—No lo sé —dijo ella—. Me pareció una buena idea.
Fueron hacia las colinas. Pasearon por los viejos senderos de mosaicos, junto a las fuentes todavía vivas. Durante todo el verano una película de agua helada cubría los senderos. Chapoteando como en un arroyo, vadeando, los pies descalzos estaban siempre frescos.
Llegaron a una villa marciana con una hermosa vista al valle, en lo alto de un cerro. Vestíbulos de mármol azul, murales inmensos, una piscina. Una casa fresca en el caluroso estío. Los marcianos no habían creído en las grandes ciudades.
—Que bueno —dijo la señora Bittering— si pudiésemos instalamos aquí, en esta villa, a pasar el verano.
—Ven —dijo el señor Bittering—. Volvamos a la ciudad. Tengo que trabajar en el cohete.
Pero esa noche, mientras trabajaba, recordó la fresca villa de mármol azul. A medida que transcurrían las horas, el cohete le parecía menos importante.
Pasaron días, semanas, y el cohete quedó relegado, olvidado. La antigua fiebre había desaparecido. El señor Bittering se asustaba pensando cómo se había dejado estar. Pero el calor, la atmósfera, las condiciones de trabajo…
Oyó a los hombres que cuchicheaban en el porche del taller.
—Todo el mundo se marcha. ¿Te enteraste?
—Sí, todos se marchan. Y está bien así. 
Bittering salió.
—¿Adónde se marchan?
Vio un par de camiones, cargados de niños y de muebles, que se alejaban por la calle polvorienta.
—A las villas —dijo el hombre.
—Sí, Harry. Yo también me marcho. Y Sam, ¿no es cierto, Sam?
—Por supuesto. ¿Y tú, Harry?
—Tengo que trabajar, aquí.
—¡Trabajar! Podrías terminar el cohete en el otoño, cuando el tiempo es más fresco.
Bittering tomó aliento.
—Ya tengo lista la armazón.
—En el otoño será mucho mejor. 
Las voces eran indolentes en el calor.
—Tengo que trabajar —dijo Bittering.
—En el otoño —insistieron los otros. Y parecían tan sensatos, tan lógicos. "En otoño será mejor", pensó Bittering. "Tengo tiempo de sobra".
¡No!, gritó una parte de mismo, muy adentro, desplazada, encerrada, sofocándose. ¡No! ¡No!
—En el otoño —dijo.
—Vamos, Harry —dijeron todos.
—Sí —dijo Bittering, sintiendo que la carne se le fundía en el líquido aire caliente—. Sí, en el otoño. Entonces empezaré a trabajar de nuevo.
—Conseguí una villa cerca del canal Tirra —dijo un hombre.
—Te refieres al canal Roosevelt, ¿verdad?
—Tirra. El antiguo nombre marciano.
—Pero en el mapa…
—Olvídate del mapa. Ahora es Tirra. Bueno, descubrí un lugar en las montañas Pillan…
—La cordillera Rockefeller, querrás decir —observó Bittering.
—Las montañas Pillan —repitió Sam.
—Sí, sí —dijo Bittering, hundido en el aire caliente, hormigueante—. Las montañas Pillan.

Todos ayudaron a cargar el camión en la tarde calurosa y apacible del día siguiente.
Laura, Dan y David llevaban paquetes. O, como ellos preferían que los llamasen, Ttil, Linnl y Werr llevaban paquetes.
Los muebles quedaron abandonados en la casita blanca.
—Quedaban muy bien en Boston —dijo la madre—, y aquí, en la cabaña. Pero allá arriba, en la villa… No. Los dejaremos aquí para nuestra vuelta, en el otoño.
Bittering no decía nada.
—Tengo algunas ideas para el mobiliario de la villa —dijo después de un rato—. Muebles cómodos, grandes.
—¿Y tu enciclopedia? Me imagino que querrás llevarla. 
El señor Bittering apartó los ojos.
—Vendré a buscarla la semana que viene. 
Los padres se volvieron hacia Laura.
—¿Qué harás con los vestidos que te compramos en Nueva York? ¿Piensas llevarlos?
La niña los miró perpleja.
—¿Para qué? No. No los necesito.
Cerraron el gas, el agua, atrancaron las puertas y se alejaron. El padre echó una mirada al camión.
—Diantre, no llevamos casi nada —dijo—. Trajimos tantas cosas a Marte, y esto cabe en un puño.
Puso en marcha el camión.
Miró largamente la casita blanca, y tuvo el deseo de correr hacia ella, de tocarla, de decirle adiós, porque sentía que partía en un largo viaje, que abandonaba algo que nunca recuperaría, que nunca comprendería.
En ese momento Sam y su familia pasaron en otro camión.
—¡Hola, Bittering! ¡Aquí vamos!
El camión avanzó bamboleándose por la antigua carretera hacia las afueras de la ciudad. Otros sesenta camiones iban en la misma dirección. En el pueblo flotó un polvo grávido, silencioso. Las aguas azules del canal resplandecían al sol, y un viento sereno movía los árboles raros.
—¡Adiós, pueblo! —dijo el señor Bittering.
—Adiós, adiós —dijo la familia, agitando los brazos. No miraron hacia atrás.

El verano resecó los canales. El verano avanzó como una llama por encima de las praderas. En la desierta colonia terrestre, la pintura de las casas se resquebrajó y descascaró. Los neumáticos de automóvil que habían sido las hamacas de los niños, en los jardines, colgaban como relojes de péndulo, detenidos en el aire ardiente.
En el taller el casco del cohete empezó a enmohecerse.
Había llegado el otoño. Desde la escarpa que coronaba la villa, el señor Bittering, muy moreno ahora, con los ojos muy dorados, contemplaba el valle.
—Es hora de regresar —dijo Cora.
—Sí, pero no iremos —dijo Bittering con calma—. No queda nada allí.
—Tus libros —dijo ella—. Tus ropas buenas. Tus llles y tus ior uele rre.
—La ciudad está desierta. Nadie regresa —dijo Bittering—. No hay ninguna razón para volver, ninguna.
La hija tejía tapices y los hijos tocaban canciones en flautas y gaitas antiguas. Las risas resonaban en la villa de mármol.


El señor Bittering echó una mirada a la colonia terrestre, en la profundidad del valle.
—Qué casas tan absurdas, tan ridículas edifican los hombres de la Tierra.
—No conocían nada mejor —murmuró la mujer—. Qué gente tan fea. Me alegra que se hayan ido.
Se miraron, sorprendidos por lo que acababan de decir. Se rieron.
—¿Adónde se han ido? —se preguntó Bittering en voz alta.
Miró de soslayo a su mujer. Dorada y esbelta como la hija. Cora lo miró a su vez, y él también parecía casi tan joven como el hijo mayor.
—No lo sé —dijo Cora.
—Tal vez el año próximo, o el otro, o el siguiente, regresemos al pueblo —dijo Bittering, con calma—. Ahora…, tengo calor. ¿Te gustaría nadar un rato?
Dieron la espalda al valle. Tomados del brazo, caminaron silenciosamente por un sendero de aguas claras y primaverales.

Cinco años más tarde cayó un cohete del cielo. Se posó, humeando, en el valle.
Unos hombres descendieron gritando.
—¡Ganamos la guerra! ¡Hemos venido a rescatarlos! ¡Eh!
Pero el pueblo norteamericano, el pueblo de durazneros y teatros estaba mudo. En un taller vacío encontraron la armazón de un cohete, cubierta de herrumbre.
La tripulación recorrió las colinas. El capitán había establecido sus cuarteles en un bar abandonado. El teniente llegó con el informe.
—El pueblo está desierto, pero encontramos nativos en las colinas, señor. Gente muy morena. De ojos amarillos. Marcianos. Muy amables. Hablamos un poco con ellos, no mucho. Aprenden inglés rápidamente. Creo que nuestras relaciones serán sumamente cordiales.
—¿Morenos, eh? —murmuró el capitán—. ¿Cuántos?
—Seiscientos, ochocientos quizá. Viven en las ruinas de mármol de las montañas, señor. Altos, sanos. Mujeres muy hermosas.
—¿No le dijeron qué les pasó a los terrestres que fundaron la colonia, teniente?
—No tienen la más remota idea.
—Curioso. ¿Le parece que los marcianos pueden haberlos matado?
—Parecen gente muy pacífica. Una peste probablemente, señor.
—Tal vez. Se me ocurre que nunca lo sabremos. Será cómo uno de esos misterios de los que hablan los libros.
El capitán miró el cuarto, las ventanas polvorientas, las montañas azules que se alzaban a lo lejos, los canales que se movían a la luz, y oyó el viento suave en el aire. Se estremeció. Luego, recobrándose, tocó con los dedos un mapa grande y nuevo que había desplegado sobre una mesa.
—Hay mucho que hacer, teniente. 
La voz se arrastró mientras el sol se ponía detrás de las colinas azules.
—Nuevas colonias. Minas, prospección de minerales. Especímenes bacteriológicos. Trabajo, tanto trabajo. Los viejos archivos se han perdido. Será una verdadera tarea dibujar los mapas, poner nuevos nombres a las montañas, a los ríos, a todo. Necesitamos imaginación… ¿Qué le parece si a estas montañas las llamamos las montañas Lincoln, a este canal el canal Washington, a estas colinas…, a estas colinas podemos ponerle el nombre de usted, teniente? Diplomacia. Y usted, en cambio, puede darle mi nombre a un pueblo. Cortesía ante todo. ¿Y por qué no llamar a esto el valle Einstein y a aquello…? Teniente, ¿me escucha?
El teniente apartó bruscamente los ojos del color azul y de la bruma serena de las colinas, más allá del pueblo.
—¿Cómo? ¡Oh, sí, sí, señor!


FIN

2025/06/02

Impulso (Eric Frank Russell)


Título original: Impulse
Año: 1938



Era la tarde libre de su criado y el doctor Blain tuvo que contestar personalmente al zumbador de su sala de espera. Maldiciendo mentalmente la prolongada ausencia de Tod Mercer, su factótum, el doctor tapó la probeta, tomó de debajo el tubo de ensayo con el líquido neutralizante y lo colocó en un estante.
Rápidamente, se metió una espátula de remover en un bolsillo del chaleco, se frotó las manos una con otra y dirigió una breve mirada a todo el pequeño laboratorio. Luego trasladó su alto y delgado cuerpo a la sala de espera.
El visitante se hallaba desplomado sobre un gran sillón. El doctor le observó, dándose cuenta de que se trataba de un individuo de aspecto cadavérico con ojos de pez, piel manchada y pálidas e hinchadas manos. Las ropas que llevaba no le sentaban mucho mejor que le hubiera sentado un saco.
Blain le catálogo a simple vista como un caso de úlcera perniciosa, o bien como un agente de seguros que se proponía hacerle un seguro que él no tenía intención de hacer. "De todos modos" —decidió—, "la expresión del hombre tiene un fantástico retorcimiento". En una palabra, que le atacaba los nervios.
—Es usted el doctor Blain, ¿verdad? —preguntó el hombre del sillón.
Su voz surgió gangosa y misteriosa, y el doctor Blain sintió un estremecimiento en su espina dorsal.
Sin esperar respuesta y con su muerta mirada fija en Blain, que se alzaba en pie ante él, el visitante continuó:
—Nosotros somos un cadáver individual con ojos de pez, piel manchada, y peludas e hinchadas manos.
El doctor tomó asiento de pronto, agarrándose a los brazos de su sillón hasta que sus nudillos parecieron como ampollas.
El visitante se aclaró la garganta lenta e imperturbablemente.
—Las ropas que llevamos no nos sientan mucho mejor que nos habría sentado un saco. Somos sin duda un caso de úlcera perniciosa o bien un agente de seguros al que usted no tiene intención de complacer. Nuestra expresión tiene un extraño torcimiento y ello le ataca a usted los nervios.
El visitante movió un ojo putrefacto que se clavó, con horrible falta de brillo, en el doctor, que parecía herido por un rayo. Luego añadió:
—Nuestra voz es gangosa y su sonido le ha producido a usted un estremecimiento en la espina dorsal. Tenemos ojos que parecen putrefactos y que se clavan en usted con horrible falta de brillo…
Haciendo un poderoso esfuerzo, Blain, con el rostro rojo y tembloroso, se inclinó hacia adelante. Sus cabellos color acero se le habían erizado en la parte posterior de su cuello. Abrió la boca, pero su visitante se apresuró a decir palabras que él iba a pronunciar:
—¡Dios de los cielos! ¡Lee usted mis pensamientos!
La fría mirada del individuo permaneció fija en la sorprendida faz de Blain mientras éste se ponía en pie. Entonces, breve y sencillamente, dijo:
—Siéntese.
Blain continuó en pie. Pequeñas gotas de sudor le corrían por la frente y descendían por su cansado y arrugado rostro.
Con más ímpetu, en tono de advertencia, el otro repitió:
—¡Siéntese!
Blain, que sentía una extraña debilidad en las rodillas acabó por obedecer. No dejaba de mirar la sorprendente palidez de las facciones de su visitante, y al cabo tartamudeó:
—¿Quién… quién diablos es usted?
—¡Eso! —contestó el otro entregándole un recorte de periódico.
Blain lanzó al recorte una mirada indiferente, seguida de otra más atenta. Luego protestó:
—Pero esto es una noticia periodística en la que se habla del robo de un cadáver en un depósito.
—Exacto —asintió el visitante.
—Pero no comprendo —dijo Blain, cuya expresión reflejaba el mayor asombro.
—Esto —dijo el visitante señalando con un dedo sin color su fofa vestimenta—, esto es el cadáver.
—¿Qué?
Por segunda vez, el doctor se puso en pie. El recorte se desprendió de sus dedos sin fuerza, cayendo sobre la alfombra. Y el doctor permaneció mirando hacia aquella cosa que había en la silla, expeliendo su aliento con un largo silbido mientras buscaba inútilmente algunas palabras que decir.
—Este es el cuerpo —repitió el visitante.
Su voz sonaba como si pasara burbujeante a través de un espeso aceite. Luego señaló el recorte.
—No se ha fijado usted en la fotografía —continuó—. Mírela. Compare ese rostro con el que llevamos.
—¿Llevamos? —inquirió Blain, que sentía un torbellino en su mente.
—¡Llevamos! Somos muchos. Mandamos en este cuerpo. Siéntese.
—Pero…
—¡Siéntese!
La criatura sentada en el sillón metió una fría y flácida mano en las interioridades de su amplia chaqueta, sacó una gran pistola automática y apuntó con ella torpemente. A Blain le pareció que el cañón del arma abría una boca enorme.
Se sentó, recogió el recorte y miro la fotografía.
El pie de ella decía: 

El difunto James Winstanley Clegg, cuyo cuerpo desapareció misteriosamente anoche del depósito de cadáveres de Simmstown.

Blain miró a su visitante, luego a la fotografía y después de nuevo a su visitante. Los dos eran el mismo, indudablemente el mismo. La sangre empezó a martillear en las arterias del doctor.
La automática cayó, titubeó, se alzó un poco una vez más.
—Sus preguntas se han anticipado —murmuró el difunto James Winstanley Clegg—. No, éste no es una caso de despertar espontáneo de un sueño cataléptico. Su idea es ingeniosa, pero no explica lo verdaderamente ocurrido.
—Entonces… ¿qué caso es éste? —preguntó Blain con súbito valor.
—Se trata de una confiscación.
Los ojos del cadáver se movieron de un modo muy poco natural.
—Nos hemos apropiado de algo —continuó el visitante—. Ante usted se halla un hombre que ha sido poseído —se permitió una sonrisa de vampiro—. Parece que, en vida, este cerebro estuvo dotado del sentido del humor.
—Sin embargo, yo no puedo…
—¡Silencio! —El arma se movió para dar énfasis a la orden—. Nosotros hablaremos y usted escuchará. Nosotros comprenderemos todos sus pensamientos.
—Perfectamente.
El doctor Blain tomó de nuevo asiento en su silla sin dejar de mirar con disimulo a la puerta. Estaba convencido de que se las había la con un loco. Sí, con un maniático… a pesar de lo de la lectura de los pensamientos, a pesar de la fotografía del recorte.
—Hace días —gargageó Clegg, o lo que había sido Clegg—, una cosa llamada meteoro aterrizó en las proximidades de esta ciudad.
—Ya lo leí —admitió Blain—. Lo buscaron, pero no lo encontraron.
—Ese fenómeno era en realidad una nave del espacio —la automática temblaba en la débil mano; el visitante apoyó el arma sobre su regazo—. Era una nave del espacio que nos trajo desde nuestro mundo, Glantok. La nave era extraordinariamente pequeña para los tamaños de ustedes, pero es que nosotros también somos pequeños. Muy pequeños. Somos submicroscópicos, y nos contamos por miríadas. No, no somos gérmenes inteligentes —el nauseabundo ser robó el pensamiento de la mente del que escuchaba—. Somos aún menos que eso —hizo una pausa para buscar palabras más explícitas—. En masa, parecemos un liquido. Puede usted catalogarnos como virus inteligentes.


—¡Oh! —exclamó Blain.
Luchaba para calcular el número de saltos que precisaba dar para alcanzar la puerta, calculándolos sin revelar sus pensamientos.
—Nosotros los glantokianos somos parásitos en el sentido de que habitamos y controlamos los cuerpos de criaturas de más bajo nivel. Vinimos aquí al mundo de ustedes, ocupando el cuerpo de un pequeño mamífero glantokiano.
Tosió, produciendo un viscoso ruido en su gaznate. Luego continuó:
—Cuando aterrizamos y salimos al exterior, un perro excitado persiguió a nuestro animal y lo atrapó. Nosotros, a nuestra vez atrapamos al perro. El animal glantokiano murió y nosotros salimos de él. El perro no nos servía para nuestro propósito, pero sí sirvió para transportarnos al interior de la ciudad y para encontrar este cuerpo, Cuando abandonamos al perro, éste se dejó caer patas arriba y murió.
La puerta de la verja produjo un súbito chirrido que puso en tensión los nervios de Blain. Unos pasos ligeros resonaron en el sendero de asfalto que conducía a la puerta principal. Blain esperó casi sin respirar, con los oídos tensos y los ojos muy abiertos.
—Tomamos este cuerpo, licuamos la congelada sangre, aflojamos las rígidas articulaciones, suavizamos los muertos músculos, e hicimos andar el cadáver. Parece ser que su cerebro fue en vida bastante inteligente y que sus recuerdos permanecían perfectamente ordenados. Utilizamos la inteligencia del cerebro muerto para pensar en términos humanos y para conversar con usted.
Los pasos que se aproximaban sonaron ya muy cerca. Blain colocó sus pies en posición firme sobre la alfombra, apretó sus manos contra los brazos del sillón y luchó para mantener bajo dominio sus pensamientos. El otro no pareció notar nada; mantenía su cadavérico rostro vuelto hacia Blain y continuaba pronunciando sus gangosas palabras:
—Bajo nuestro control, el cuerpo robó estas ropas y esta arma. Su propio cerebro muerto recordó para lo que servía el arma y nos explicó el modo de usarla. También nos habló de usted.
—¿De mí?
El doctor Blain, inclinado hacia adelante, movió sus brazos mientras calculaba si su proyectado salto le pondría lejos del alcance de la automática. Los pasos que sonaban en el exterior habían llegado a los escalones.
—No es prudente lo que hace —le advirtió el individuo que decía ser un cadáver—. Sus pensamientos son no sólo observados sino que anticipamos sus conclusiones.
Blain aflojó la tensión. Los pasos estaban subiendo la escalera.
—Pero un cuerpo muerto es meramente un substituto —continuó el otro—. Necesitamos uno vivo, que posea toda su capacidad orgánica. Cuando nos multipliquemos, necesitaremos más cuerpos. Desgraciadamente, la susceptibilidad del sistema nervioso se halla en proporción directa con la inteligencia del sujeto.
Se aclaró el gaznate y luego tosió, produciendo el mismo líquido carraspeo de antes.
—No podemos garantizar, al ocupar los cuerpos de los inteligentes, que no les volvamos locos, y un cerebro desordenado nos resulta tan poco conveniente como uno recién muerto. Nos resulta tan inútil como una máquina estropeada le resulta a usted.
Las pisadas cesaron. La puerta del departamento se abrió y alguien penetró en el pasillo. La puerta se cerró luego. Unos pies anduvieron por encima de la alfombra camino de la sala de espera.
—Por lo tanto —continuó el humano que no era humano—, debemos posesionarnos de los inteligentes cuando éstos se hallen tan profundamente inconscientes que no se den cuenta de nuestra invasión, y nuestra posesión debe estar completada cuando se despierten. Necesitamos, pues, la ayuda de alguien capaz de tratar a los inteligentes de la manera que nosotros deseamos, y que lo haga sin despertar sospechas de nadie. En una palabra, requerimos la cooperación de un médico.
Los espantosos ojos se hincharon ligeramente. Su poseedor añadió:
—Como no tenemos poder para seguir animando mucho tiempo este cuerpo ineficaz, debemos disponer de uno fresco, vivo, saludable, tan pronto como nos sea posible.
Los pies que sonaban en el pasillo titubearon, se detuvieron. La puerta se abrió.
En aquel momento, el difunto Clegg apuntó con un pálido dedo a Blain y barbotó:
—Usted nos va a ayudar —y el dedo, se dirigió entonces hacia la puerta—. O ese cuerpo será el primero.
La muchacha que estaba en el umbral era joven, rubia, agradablemente llenita. Permaneció inmóvil, cubriéndose con una mano su pequeña boca roja y medio abierta. Sus azules ojos, muy abiertos, contemplaban con temerosa fascinación la blanqueada máscara que había tras el dedo que apuntaba hacia ella.
Reinó un momento de profundo silencio mientras el individuo cadavérico mantenía su ademán. Las facciones del mismo sufrieron un progresivo acromatismo, tornándose aún más incoloras, más cenicientas. Su pupilas —muertas bolas en unas heladas órbitas— brillantes súbitamente con repentina luz, una luz verde, infernal. El individuo se puso torpemente en pie, no sin balancearse sobre los talones primero hacia adelante y después hacia atrás.
La muchacha carraspeó. Bajó la vista y vio la automática en aquella mano escapada de la tumba. Entonces lanzó un grito agudo. Fue un grito que sugería que arrastraban su alma hacia lo desconocido. Luego, cuando el muerto vivo avanzó hacia ella, cerró los ojos y se desplomó.
Blain llegó junto a la muchacha en el preciso instante en que tocaba el suelo. Había cubierto la distancia en tres frenéticos saltos. Sostuvo el suave y moldeado cuerpo, salvándolo de recibir un golpe. Apoyó su cabeza sobre la alfombra y palmoteó sobre sus mejillas vigorosamente.
—Se ha desmayado —gruñó enfadado—. Puede ser una enferma, o quizá viniera a buscarme para que fuese a ver a un paciente. Quizá se trate de un caso de urgencia.
—¡Basta!
La voz fue imperiosa, a pesar de su fantástico borboteo. El arma apuntó ahora directamente a la frente de Blain.
—Vemos, a través de los pensamientos de usted que este desmayo es una cosa temporal. Sin embargo, resulta oportuno. Aprovéchese usted de la situación, anestesie el cuerpo, y nosotros lo ocuparemos.
Arrodillado como estaba junto a la joven, Blain miró hacia arriba, y lenta y firmemente dijo:
—¡Les mandaré a ustedes al infierno!
—¡No necesitaba usted decirlo! —replicó el individuo.
Hizo, una horrible mueca y dio dos pasos de autómata hacia adelante.
—Usted hará lo que le digo, o bien lo haremos nosotros con la ayuda del propio conocimiento de usted y del propio cuerpo de usted. Le metemos una bala en el corazón, tomamos posesión de usted, reparamos la herida, y usted es nuestro. ¡Maldito sea usted! —añadió robando las palabras de los propios labios de Blain. Y continuó—: Podemos hacer uso de usted en cualquier caso, pero preferimos un cuerpo vivo a uno muerto.


Mientras lanzaba una desesperada mirada a su alrededor, el doctor Blain pronunció una plegaria mental en busca de ayuda; una plegaria que interrumpió al ver la sonrisa de su antagonista, que la había entendido. Se puso en pie, alzó la inerte figura de la muchacha y la condujo, atravesando la puerta y el pasillo, a su departamento de cirugía. Lo que había sido el cuerpo de Clegg avanzó grotescamente tras él.
Tras depositar suavemente a la muchacha en un sillón, Blain le froto las manos y las muñecas y le dio de nuevo golpecitos en las mejillas. Un ligero color afluyó al rostro de la desmayada, que movió los párpados. Blain llegó hasta un armario, abrió sus puertas de cristal y sacó de él una botella de sal volátil. En aquel momento sintió algo duro en mitad de la espalda. Era el cañón de la automática.
—Olvida usted que el proceso que sigue su mente es para nosotros un libro abierto. Está usted intentando reavivar el cuerpo y así ganar tiempo.
La asquerosa forma que había detrás del arma forzó a sus músculos faciales a que hicieran una retorcida mueca.
—Deje el cuerpo en esa mesa y anestésielo —continuó.
A regañadientes, el doctor Blain apartó su mano del armario. Luego cogió a la muchacha y la depositó sobre la mesa de operaciones, encendiendo a continuación la poderosa lámpara que colgaba directamente sobre ella.
—¡Más comedia! —comentó el otro—. ¡Apague esa lámpara! Con la otra hay luz más que suficiente.
Blain apagó la lámpara. Su rostro reflejaba la mayor agitación, pero mantenía la cabeza erecta, los puños crispados.
Miró cara a cara la amenazadora arma y dijo:
—Escúcheme. Voy a hacerle una proposición.
—¡Tonterías! —exclamó el difunto Clegg, paseándose alrededor de la mesa cortos y arrastrados pasos. Como le hemos dicho antes, está usted intentando ganar tiempo. Su propio cerebro nos advierte de ello…
Se  interrumpió  bruscamente  cuando  la  desmayada  muchacha  comenzó  a murmurar vagas palabras e intentó erguirse.
—¡De prisa! ¡La anestesia!
Antes de que se pudieran mover, la muchacha se sentó.
Una vez sentada contempló fijamente aquel horroroso rostro que maullaba y hacía muecas a un pie de su propio rostro.
Se estremeció y dijo lastimosamente:
—¡Déjenme salir de aquí! ¡Déjenme salir, por favor!
Una fofa mano avanzó con objeto de empujarla. Pero la joven se dejó caer hacia atrás para evitar el contacto de aquella asquerosa carne.
Tomando ventaja de la ligera distracción del otro, Blain deslizó una de sus manos hacia su propia espalda en busca de un atizador de adorno que colgaba de la pared. Pero el arma de fuego se alzó en el mismo instante en que sus dedos encontraban la improvisada arma y se curvaban sobre su frío metal.
—¡Qué olvidadizo! —exclamó el extraño ser mientras pequeños puntos brillaban en sus vacías órbitas—. La comprensión mental no tiene limitada su dirección. Le vemos a usted aun cuando estos ojos miren a otra parte. —La pistola se movió señalando a la muchacha—. Ate ese cuerpo.
Obediente, el doctor Blain se proveyó de vendas y ato concienzudamente a la muchacha a la mesa. El cabello gris del médico estaba desordenado y su rostro cubierto de sudor mientras apretaba los nudos. Miró a la joven con valor apenas justificado y murmuró:
—Paciencia… No tenga miedo.
Echó una significativa mirada al reloj colgado de la pared. Las manecillas indicaban que faltaban dos minutos para las ocho.
—Así que usted espera ayuda —dijo la voz de una miríada de seres—. Ayuda de Tod Mercer, su criado, que debía ya estar aquí. Usted cree que podría ayudarle en algo, aunque tiene poca fe en su ingenio. En opinión de usted, posee el cerebro de un buey… Es demasiado estúpido para saber en dónde tiene su mano derecha.
—¡Es usted el diablo! —exclamó el doctor Blain al oír aquel recital de sus propios pensamientos.
—Que llegue ese Mercer. Servirá de mucho, ¡pero a nosotros! Tenemos bastante con dos cuerpos… y un tonto vivo siempre es mejor que un inteligente muerto.
Sus anémicos labios se fruncieron en una mueca que puso al descubierto unos secos dientes.
—Mientras tanto, trabaje usted con este cuerpo.
—No creo que tenga ningún otro —protestó Blain.
—Tiene usted que hacer algo. Su corteza cerebral lo grita. Dese prisa, pues de lo contrario vamos a perder la paciencia y nos posesionaremos de usted aún a costa de su salud mental.
Tragando saliva, Blain abrió un cajón y extrajo de él una mascarilla nasal. Arregló su apósito de gasa y colocó el artefacto sobre la nariz de la asustada muchacha. Pensó que no había peligro en hacer a la joven un guiño tranquilizador. Un guiño no es un pensamiento.
Abriendo el armario una vez más, el doctor forzó a su mente, valiéndose de todas sus facultades, a recitar: "Eter, éter, éter". Al mismo tiempo acercó su mano a una botella de ácido sulfúrico concentrado. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para lograr su doble propósito. Sus dedos se acercaban cada vez más a la botella. Por fin la cogió. Forzando a cada fibra de su cuerpo a hacer una cosa mientras mentalmente pensaba en otra, el doctor se volvió al tiempo que quitaba el tapón de cristal a la botella. Entonces quedó inmóvil, con la abierta botella en su mano derecha.
El muerto se colocó inmediatamente frente a él, arma en ristre.
—¡Éter! —Cloquearon en tono de mofa las cuerdas vocales de Clegg—. La mente consciente de usted grita: "¡Eter!", al tiempo que su subconsciente murmura: "¡Ácido!". ¿Cree usted que su inferior inteligencia puede enfrentarse con la nuestra? ¿Cree usted que puede destruir lo que ya está muerto? ¡Es usted un tonto!
La pistola automática se aproximó aún más al doctor.
—Venga la anestesia… sin más dilaciones.
Sin contestar, el doctor Blain volvió a cerrar la botella y la dejó en su sitio. Luego, lentamente, moviéndose lo más despacio que pudo, cruzó la habitación hasta llegar a un armario más pequeño, abrió éste y extrajo de él una pequeña botella de éter. Colocó la botella sobre el radiador y empezó a cerrar el armario.
—¡Quítela de ahí! —cacareó la extraña voz en un tono agudo que delataba la mayor impaciencia.
El arma emitió un tintineo de advertencia al tiempo que Blain se apoderaba de nuevo de la botella.
—De modo que esperaba usted que el radiador hiciera que el líquido se evaporase con la suficiente rapidez para que la botella estallase, ¿eh?
El doctor Blain no contestó. Tardando todo lo que le era posible, trasladó el líquido a la mesa. La muchacha, con los ojos muy abiertos por el efecto del miedo, le vio acercarse y lanzó un pequeño gemido. Blain dirigió una mirada al reloj, pero aunque fue una mirada muy rápida, su atormentador captó el pensamiento que había tras ella y sonrió.
—Él está aquí ahora —dijo.
—¿Quién está aquí? —preguntó Blain.


—Su criado, Mercer. Está ahí fuera, a punto de entrar. Percibimos el tonto vagabundeo de su débil mente. Tenía usted razón al pensar sobre la pequeñez de su inteligencia.
La puerta se abrió, confirmando lo que el visitante había dicho. La muchacha intentó levantar la cabeza. En, sus ojos brilló una luz de esperanza.
—Mantenga la boca de la joven abierta con algo —articuló la voz que obraba bajo el extraño control—. Utilizaremos la boca para entrar.
El visitante hizo una pausa mientras unos pesados pies se posaban sobre el felpudo de la puerta.
—Llame a ese tonto para que venga aquí. Lo utilizaremos también.
El doctor Blain, a quien se le iban hinchando las venas de la frente, llamó:
—¡Tod! ¡Venga aquí!
Encontró una mordaza dental con la almohadilla puesta. La excitación mantenía tensos los nervios del doctor de los pies a la cabeza. Ningún arma podía disparar en dos direcciones a la vez. Si él lograba hacer que el idiota de Mercer se colocase en la posición adecuada… Si le pudiera advertir… Si él se encontraba en un lado y Tod en el otro…
—No lo intente —le advirtió el resucitado Clegg—. Ni siquiera piense en ello. Si lo hace, acabaremos por posesionarnos de ambos.
Tod Mercer penetró en la habitación. Sus pesadas suelas pisaron la alfombra. Era un hombre corpulento, y su grueso rostro de luna llena, con barba de dos días, surgía muy cerca de sus anchos hombros. Se detuvo cuando vio que en la mesa de operaciones había una muchacha. Sus grandes y estúpidos ojos pasaron de la muchacha al doctor.
—¡Hola, doctor! —dijo con voz insegura—. Tuve un pinchazo y fue necesario cambiar un neumático en la carretera.
—No se preocupe —dijo un gorgoteo irónico detrás de él—. Ha llegado usted muy a tiempo.
Tod se volvió lentamente, moviendo sus botas como si cada una de ellas le pesara una tonelada. Miró a aquello que había sido Clegg y dijo:
—Perdóneme, señor. No sabía que estaba usted aquí.
Sus ojos, parecidos a los de las vacas, recorrieron, sin demostrar el menor interés, al muerto vivo y la pistola automática. Luego se volvieron hacia el anhelante Blain. Tod abrió la boca como para decir algo. Luego la cerró. Una expresión como de ligera sorpresa apareció en su grueso rostro. Sus ojos se volvieron de nuevo para mirar hacia su costado, encontrándose otra vez con la automática.
Esta vez, la mirada no duró ni una décima de segundo. Los ojos de Tod se dieron cuenta de lo que veían, y con asombrosa rapidez, descargó sobre las terribles facciones de lo que había sido Clegg un puño como un jamón. El golpe resultó dinamita, pura dinamita. El cadáver se desplomó con un golpe que hizo retemblar toda la habitación.
—¡Rápido! —gritó el doctor—. Coja el arma.
A continuación, el doctor volcó la mesa de operaciones, con muchacha y todo, haciendo que el mueble diera un fuerte golpe al arma que aún sujetaba una débil mano.
Tod Mercer no salía de su asombro y sus ojos iban de un lado a otro. De la pistola surgió un disparo estruendoso.
La bala rozó el metálico y tubular borde de la mesa y, silbando, fue a incrustarse en la pared, arrancando un trozo de yeso de un pie de ancho.
 Blain lanzó un frenético puntapié contra una débil muñeca, pero falló, pues el propietario de la misma la apartó en aquel instante. La pistola se disparó de nuevo. Se oyó un ruido de cristales en el armario más lejano. La muchacha, atada a la mesa, lanzó un agudo chillido.
Aquel grito penetró en el espeso cerebro de Mercer, impulsándole a la acción. Dejando caer una gran bota, aprisionó una muñeca, que pareció de goma bajo su tacón, logrando que los fríos dedos soltaran la pistola. Luego cogió el arma e hizo puntería con ella.
—No, si no puede usted matar eso, así —gritó Blain.
Dio un empujón a Tod Mercer para poner más énfasis a sus palabras.
—Saque a la muchacha de aquí. ¡Apresúrese, hombre por el amor de Dios!
La prisa que había en la voz de Blain no admitía espera. Mercer dejó la automática, llegó hasta la mesa y rompió las ligaduras que aprisionaban a la quejumbrosa joven. Sus enormes brazos la levantaron al fin, sacándola de la habitación.
Tendido en el suelo, aquel cuerpo robado se retorcía y luchaba por ponerse en pie. Sus extrañas pupilas habían desaparecido. Las órbitas de sus ojos estaban ahora llenas de movedizos charcos de luminosidad de color de esmeralda. Su boca se abrió como si estuviera vomitando una fosforescencia de color verde brillante. ¡Las huevas procedentes de Glantok abandonaban a su anfitrión!
El cuerpo logró incorporarse, quedando con la espalda apoyada en la pared. Sus miembros se habían retorcido adoptando posturas de pesadilla. Era un terrible disfraz de ser humano. La masa color verde, de una tonalidad brillante y vívida, fluía de sus ojos, de su boca, formando serpenteantes riachuelos y luego charcos en el suelo.
Blain llegó hasta la puerta en un gigantesco salto, cogiendo al pasar la botella de éter, que estaba, sobre la mesa. Al alcanzar el umbral de la puerta se detuvo temblando. Luego arrojó la botella en medio de la verde masa. A continuación encendió su encendedor, que arrojó tras la botella. Toda la habitación se llenó al instante de llamas, formándose una hoguera infernal.
La muchacha se agarró fuertemente al brazo de Blain mientras, desde la carretera, observaban cómo ardía la casa. La joven dijo:
—Vine a buscarle a usted para que fuera a ver a mi hermano menor. Creemos que tiene el sarampión.
—Iré pronto a verle —prometió Blain.
Un Sedan subía por la carretera y se detuvo cerca de ellos, aunque manteniendo el motor en marcha. Un policía sacó la cabeza por la ventanilla y gritó:
—¡Qué desastre! Vimos el resplandor desde una milla de distancia. Ya hemos avisado a los bomberos.
—Temo que lleguen demasiado tarde —repuso Blain.
—¿Tenía asegurado el edificio? —preguntó el policía con amabilidad.
—Sí.
—¿Todas las personas están fuera de él?
Blain afirmó con la cabeza. El policía, antes de marcharse, dijo:
—Hemos venido por aquí en busca de un loco que se ha escapado. El Sedán rugió y se puso en marcha.
—¡Eh! —gritó Blain.
El coche se detuvo de nuevo.
—¿No se llamaba ese loco James Winstanley Clegg? —preguntó el doctor.
—¿Clegg? —dijo la voz del conductor desde el otro lado del Sedán—. Ese era el individuo cuyo cadáver desapareció del depósito cuando el vigilante volvió la espalda durante un minuto. Lo más curioso es que encontraron un perro muerto precisamente en el sitio donde había estado el cuerpo de Clegg. Los periodistas empezaron a decir que se trataba de un lobo, pero a mí me pareció un perro.
—De todos modos, el loco no es Clegg —dijo el policía que había hablado primero—. El loco se llama Wilson. Es bajito, pero de cuidado.
Alargó un brazo desde el coche y entregó a Blain una fotografía. El doctor observó el retrato a la luz de las crecientes llamas. El hombre que aparecía en él no tenía el menor parecido con su visitante de aquella tarde.
—Recordaré ese rostro —comentó el doctor devolviendo el retrato al policía.
—¿Sabe usted algo sobre el misterio de Clegg? —preguntó el chofer.
—Sólo sé que está muerto —contestó Blain sin faltar un ápice a la verdad.
Con ademán pensativo, el doctor Blain observó cómo las llamas que surgían de lo que había sido su hogar llegaban casi al cielo. Se volvió a Mercer, que estaba con la boca abierta, y dijo:
—Lo que me extraña es cómo se las arregló usted para pegar a ese individuo sin que él se anticipara a adivinar su intención, disparándole un tiro a quemarropa.
—Vi el arma y le pegué —explicó Mercer extendiendo las manos como disculpándose—. Al ver que tenía un arma, le pegué maquinalmente sin pensar en nada.
—¡Sin pensar en nada! —murmuró Blain. Esto los había salvado.
El doctor Blain se mordió el labio inferior sin dejar de mirar la creciente hoguera.
El techo se hundió con un violento crujido y del hueco surgió un haz de chispas.
Dentro de su mente, pero no en sus oídos, sonaron unos ligeros y extraños gemidos que se fueron haciendo cada vez más débiles hasta que al cabo cesaron.


FIN