2025/04/21

Asesinato en grado Urth (Edward Wellen)


Título original: Murder in the Urth Degree
Año: 1989


—Que se haga el día.
El día se hizo cuando él dijo que se hiciera. La luz solar que pasó a través del periscopio inundó el camarote del núcleo de Terrarium Nueve.
Keith Flammersfeld vio la luz con los ojos aún cerrados y supo que su pequeño mundo continuaba salvo y tibio al otro lado de sus párpados. Perezosamente, se quitó de las sienes los complicados diodos que lo habían conectado al vídeo de A través del espejo, y que ahora acababa de desvanecerse de la pantalla de su computadora/jugadora.
Abrió los ojos, se sentó en la cama y se desperezó. Profirió un bostezo desmesurado que hizo desaparecer las bolsas de ardilla que flanqueaban su boca pagada de sí misma. Para conservar el tono muscular y mantenerse en forma, volvió a tenderse y se entregó a pensamientos de aerobic durante unos buenos cinco minutos. Se acercaba a los cuarenta pero él hacía retroceder a esos cuarenta.
Sintiéndose en forma después de ese ejercicio, volvió a sentarse y bajó los pies al suelo alfombrado de la cubierta de la nave. Repasó sus prioridades: La visita a la naturaleza podía esperar, pero el clamor de su estómago no podía. Pidió su bandeja de alimentos.
Se deslizó fuera del tabique para quedar justo sobre sus piernas. Acabó con el sano desayuno de frutas, verduras y cereales, todo cultivado allí mismo, en Terrarium Nueve. La bandeja percibió el momento en el que había desaparecido de su superficie el último trozo de comida, y volvió a deslizarse al interior del tabique.
Flammersfeld se puso de pie y se quitó los pantalones cortos del pijama. Los arrojó dentro del reconstructor, entró en el cubículo del lavabo, evacuó, se lavó, se enjuagó la boca y se puso unos pantalones cortos limpios.
Dos pasos a la derecha llevaron a Flammersfeld a su oficina. Se sentó ante la computadora principal y pulsó algunas teclas. La pantalla le presentó un formulario de requerimiento en blanco.
Su rostro se dividió con una enorme sonrisa mientras tecleaba dos cosas y las colocaba en el lugar adecuado con el ratón. Los músculos faciales contraídos en torno a la boca y los ojos le dijeron que aquella era una sonrisa maliciosa. Al darse cuenta de ello, relajó rápidamente la sonrisa y la convirtió en una expresión de inocente alegría. Luego, tras recordarse a sí mismo que estaba solo a bordo de la Terrarium Nueve y que nadie podía verlo, volvió a reasumir la expresión de sonrisa maliciosa.
Saboreó y luego grabó el requerimiento. Estaba a punto de enviarlo a su oficina central en la Tierra, cuando se llevó un sobresalto que casi lo hace caer al suelo.
El cuadrante derecho inferior de la pantalla mostraba una imagen reducida de la foto de otra pantalla monitora.
La imagen estaba etiquetada como proveniente de la estación de trabajo Buck Dos. Dejó su propia página en estado de espera y llenó la pantalla con la imagen intrusa.
La miró fijamente mientras sentía que los ojos se le salían de las órbitas.
Alguien había entrado en su sistema y lo había infectado con rabiosos versos ramplones.

¿Es el sol un pimpollo de leche?
¿De dónde proceden las sombras sobre mi rostro?
¿Por qué el cielo es tan verde como la sangre?
¿Quién ganará la carrera de la Reina Roja?

Locura. Pero incluso la locura tenía que tener una explicación lógica.
Posible explicación número uno, un virus de computadora. Si era verdad, tenía que haber entrado a través de la única conexión de la computadora principal con la Tierra y el universo. ¿Qué sentido tenía intentar hacerle creer que el mensaje provenía de la computadora esclava de Buck Dos, y no de la memoria central de Buck Uno?
¿Simplemente el travieso placer de enviarlo a una cacería inútil a través de la selva de Buck Dos? Una jugarreta muy pequeña para lo que tenía que haber sido un gran esfuerzo para conseguir atravesar el sistema Labcom vacunado y rebotado regularmente, con sede en la Tierra.
Posible explicación número dos, una presencia polizón, hasta entonces insospechada por Flammersfeld y que le había pasado completamente inadvertida a todos los sensores. Si eso era cierto, la persona tendría que haber subido a bordo cuando se detuvo a repostar hacía un año entero. Si alguien semejante había sobrevivido durante todo aquel tiempo alimentándose de las frutas, verduras y granos de cereal cultivados en Terrarium Nueve —aunque no comprendía cómo podría haber ocurrido dado que Flammersfeld mantenía todos sus preciosos alimentos cuidadosamente etiquetados, tabulados y controlados—, ¿por qué iba a querer, aquel polizón o polizona, dar a conocer su presencia en aquel momento? ¿Habría caído enfermo y necesitaría ayuda? ¿Se habría vuelto loco y estaba a punto de atacar? ¿Tras haber esperado el momento más propicio, se disponía ahora a intentar apoderarse de la nave?
Posible explicación número tres, auténtica locura…, la del propio Flammersfeld.
¿Era posible que el mismo Flammersfeld hubiera programado la aparición de aquella imagen, digamos mientras experimentaba en sueños con A través del espejo? ¿Le habría afectado al cerebro la fiebre de camarote, trastornándole la cordura?
Mientras miraba la pantalla, la imagen cambió. Apareció otro verso, letra a letra, lentamente, trabajosamente, como si unos dedos torpes y vacilantes lo estuvieran escribiendo en tiempo real.

Cuando Adán cavaba
¿Fue entonces cuando me creaban? 
Cuando Eva hiló
¿Fue entonces cuando comencé yo?

La boca de Flammersfeld se tensó. Había realmente alguien en Buck Dos.
Corrió a la caja fuerte instalada en una de las paredes y tecleó el número de la combinación. La puerta de seguridad se abrió y él se armó con la desintegradora que nunca había soñado que llegaría a necesitar algún día.
La Terrarium Nueve, que seguía una órbita baja en torno a la Tierra, era una seis- bucker; seis esferas concéntricas construidas según el principio geodésico de R. Buckminster Fuller. Un pseudo agujero negro emplazado en el centro le confería gravedad terrestre a la esfera más interior. La atracción calibrada disminuía hasta la inexistencia en la esfera más exterior en la que se hallaba el laboratorio de gravedad cero. Podía accederse a él por escalerilla y ascensor. La Terrarium Nueve era lo suficientemente grande como para hacer que las escalerillas norte y sur fuesen prácticas y eficaces. El ascensor, ligeramente inclinado para evitar el pseudoagujero negro, corría a lo largo del eje, desde una escotilla polar a la otra. La caja del mismo tenía asideros para facilitar la orientación, o más bien la borealización o australización.
La estación de trabajo Buck Dos estaba en el hemisferio norte. Flammersfeld se encaminó hacia el ascensor, y cuando se disponía a dar el primer paso al interior del mismo, cambió de opinión.
Tecleó el panel del ascensor para que subiera hacia el norte, a Buck dos, pero lo programó para que se retrasara cinco minutos.


Retrocedió apresuradamente por las planchas de la cubierta geodésica suavemente curvadas hacia la escalerilla sur, y subió velozmente por ella hacia la escotilla.
Si alguien acechaba en espera de que Flammersfeld saliera del ascensor, y si ese alguien mantenía astutamente vigilada la compuerta de la escalerilla norte, cercana al mismo, Flammersfeld, al entrar al lugar por el sur caería sobre aquel alguien por la espalda.
Miró su reloj, respiró profundamente y descorrió el cierre de la escotilla. Con el arma desintegradora preparada para disparar, saltó a la inferior gravedad de Buck Dos donde, sobre tierra lunar y con la adición de varios nitratos, las plantas florecían magníficamente.
Aterrizó suavemente y buscó refugio en la plataforma de diez metros de alto de centeno que se balanceaba lentamente. Contuvo la respiración, escuchó en el susurro suave de brisa programada, pero no oyó ningún sonido anormal. Había burlado al intruso; aparentemente podía desplazarse con seguridad.
Atravesó a buen paso la zona de las rechonchas remolachas, enormes endivias, lozanos guisantes y abultadas alubias. En menos de cuatro minutos llegó a las robustas patatas. Ya casi había llegado. La estación de trabajo estaba debajo del enorme nogal que tenía justo delante. Después de aquél se erguían tomates tremendos, prodigiosos pimientos, lechugas descomunales y corpulentas coles; luego había una pila de desechos para abonar…, y después el ascensor.
Flammersfeld anduvo cuidadosamente de puntillas hasta el nogal y espió al otro lado del enorme tronco. Vio claramente la terminal de computadora. No había nadie ante ella.
Las tomateras le bloqueaban la visión del área del ascensor. Flammersfeld se agachó para dar un salto gigantesco. Se aferró con una mano, a cinco metros de altura, al tallo de una tomatera de cincuenta metros de alto, y se quedó allí colgado mirando a través y por encima de las tomateras mientras el arma desintegradora apuntaba en dirección al ascensor.
Oyó el repentino zumbido del ascensor que comenzaba a funcionar.
Aquello debería obligar a quien estuviese emboscado a tomar posición. Desde su posición, Flammersfeld dominaba los macizos de lechugas y coles. Alguien que estuviese acechando tendría que tener desde allí una visión clara del ascensor y la escotilla norte. Nadie se movió.
El ascensor se detuvo y la puerta se deslizó hasta quedar completamente abierta. Flammersfeld buscó una agitación en alguna parte. El arma desintegradora buscó en vano con su hocico. No había nadie al acecho.
Se quedó allí colgado, mientras el rostro se le enrojecía de furia y frustración; los tomates eran tan grandes como su cabeza, así que ésta podría haber sido uno de ellos. Una caza infructuosa, después de todo.
Con una mueca, guardó la pistola desintegradora en el cinturón de sus pantalones cortos y descendió por la tomatera valiéndose de las manos. Una vez sobre la cubierta, se encaminó hacia la estación de trabajo.
Metió un pie en un zarcillo de tomatera, y tomó nota mental de limpiar los restos y maleza a la primera oportunidad que tuviese. Antes de que se diera cuenta de que el zarcillo era un lazo corredizo, éste ya se había cerrado en torno a su tobillo. Antes de que pudiera inclinarse para aflojarlo, se encontró disparado por el aire, donde permaneció balanceándose y rebotando con el pie cogido en el lazo cuyo otro extremo estaba atado a una flexible rama del altísimo nogal.
Girando los ojos hacia arriba para mirar hacia abajo, descubrió la estaca y el extremo cortado de otra rama de tomatera que había estado sujetando la rama a la cubierta. ¿Dónde estaba el trampero que había cortado la ligadura?
Flammersfeld hizo como si estuviera indefenso. Se debatió y se retorció en la suave brisa mantenida de forma continuada. Hizo que su voz sonara aterrorizada.
—¡Socorro! ¡Déjenme bajar! ¡Por favor!
Sin embargo el polizón, o la polizona —pues Flammersfeld se había decantado a la fuerza por la posible explicación número uno—, no dejó ver su cara.
Flammersfeld no podía esperar de aquella manera durante mucho tiempo más; incluso en la ligerísima gravedad de Buck Dos, el lazo corredizo le estaba cortando la circulación del pie atrapado.
Esperó durante un doloroso minuto más; luego, al ver que no hacía acto de presencia enemigo alguno, sacó la pistola desintegradora del cinturón y cortó el zarcillo.
Mientras caía, apuntó la desintegradora hacia la cubierta y pulsó el botón de retroceso. El ligero efecto contrario enlenteció su caída lo suficiente como para permitirle rodar hacia delante y amortiguar el golpe.
Se puso trabajosamente de pie, y gimió al fallarle el pie dormido. Desplazó su peso al pie sano y miró alrededor de sí en busca de otra trampa o incluso de un ataque directo. Levantó la mirada hacia lo más alto de las ramas y el follaje del nogal, no vio ni silueta ni artificio alguno por encima de sí, y apoyó la espalda contra el tronco. Se inclinó para quitarse el lazo del tobillo…, y vio sobre el suelo algunos fragmentos de hoja de col.
Abrió la boca mientras una escalofriante realidad se le hacía evidente.
Los labios se le apretaron hasta reducirse casi a una línea. Muy bien. Ahora ya sabía con qué tenía que habérselas.
No se trataba de ninguna de las tres explicaciones posibles. Era una cuarta…, que era probable y dentro de pocos minutos sería verificable.
Se echó a reír. ¡Pensar que aquella pobre criatura miserable lo acechaba precisamente a él!
Luego se puso serio. Había subestimado a la criatura. Ni siquiera se le había ocurrido que pudiera ser la responsable de los ramplones versos que habían aparecido en la pantalla de la computadora. Tenía que concederle mérito a aquella cosa; muchísimo más de lo que había imaginado. De todas formas, ahora que lo sabía era perfectamente capaz de enfrentarse con la amenaza.
—Muy bien, bastardo —masculló a través de su sonrisa maliciosa—, estás cavando tu propia tumba.
Cojeó directamente hacia el macizo de coles. Bajó los ojos hasta un espacio vacío y asintió con la cabeza. De allí había sido desarraigada una planta, a pesar de que alguien había hecho esfuerzos para alisar la tierra revuelta.
¡Como si eso pudiera engañarlo! Él sabía perfectamente bien qué era lo que crecía en aquel preciso lugar, qué era lo que debería haber aún allí, qué era lo que parecía andar suelto por el recinto.
Una mirada más próxima le reveló una línea punteada de gotitas verde lechosas que partían del centro de la zona vacía. Tocó una. Pegajosa. Se acercó el dedo a la nariz y olfateó. Su sonrisa se hizo más ancha. Aquella maldita cosa estaba verdaderamente condenada. ¿Sabía que no le quedaba mucho tiempo de vida?
La pista era corta; acababa abruptamente en una planta de col cercana. El tallo recién partido mostraba dónde había sido arrancada una hoja. La sonrisa se le amplió al máximo. La criatura debía de estar utilizando la hoja para contener la hemorragia.


Desaparecida la pista, Flammersfeld miró por los contornos en busca de otros indicios.
Sus ojos se encontraron con la pila de desechos que tenía cerca. Sintió una punzada por haberla descuidado; había permitido que se descompusiera hasta transformarse casi en abono. Se tensó. Había alguna diferencia en su estructura, alguna variación en sus componentes. Consistía, mitad en ramas de árbol que él había seccionado para estudiarlas, y mitad en papel de impresora desechado. Tuvo la impresión de que el papel cubría ahora una superficie mayor de la pila que la última vez que lo había visto…, que estaba más esparcido y menos plegado en forma de acordeón.
La criatura tenía que estar oculta allí debajo. Flammersfeld sostuvo la pistola en posición de disparo.
Con la mano libre apartó el papel continuo impreso, húmedo y enmohecido, que voló como largas pancartas aleteantes. No encontró a la criatura, pero debajo del papel halló lo que parecía una tosca catapulta, una cosa fabricada con ramas y tallos de tomatera, y una compacta bola de tierra aglutinada mediante alguna goma de origen vegetal. También encontró un tambor con una manivela: Un torno; también esto estaba construido con ramas partidas y tallos de tomatera.
Ambos artilugios daban la impresión de haber sido pergeñados por un niño, pero habían funcionado. La catapulta había disparado el peso al que estaba atado el extremo del zarcillo por encima de la rama del nogal, y el torno había tirado de la misma para doblarla hasta el suelo.
Removió un poco más y halló otra cosa, la mitad de la cáscara de una nuez tan grande como su mano ahuecada. Estaba habituado al tamaño; lo que contenía era…, otra cosa.
La criatura había utilizado la cáscara vacía como mortero para machacar algo de origen vegetal y convertirlo en una sustancia resinosa, negra y pegajosa que tenía un aromático olor a brea. Era una preparación tosca en la que se veía espuma de saliva.
Imágenes de amilasa danzaron dentro de la cabeza de Flammersfeld. ¿Cuál sería la acción enzimática idiosincrásica en aquel caso sobre —lo que él estaba seguro que descubriría al analizar aquello— la pimienta verde? Parecía claro que la criatura estaba pensando en curare, una flecha envenenada. Eso era exactamente lo que parecía aquella sustancia.
Flammersfeld se dio cuenta de que estaba completamente sudado. Necesitaba un relajante, pero no de aquella clase. Aquel podía relajarlo hasta la muerte.
Sería mejor poner pies en polvorosa. Estaba seguro de que la criatura moriría desangrada… ¿pero cuánto tardaría? Flammersfeld se dio cuenta de que ya no estaba tan seguro acerca de un montón de cosas referentes a la criatura.
¿Cómo podía ser que le hubiese pasado inadvertido el despertar de su inteligencia y el hecho de que su odio se volviera contra él?
Aún en cuclillas, miró en torno de sí. Por primera vez observaba aquel pequeño mundo desde el punto de vista de otro.
Desde el macizo de coles, la pantalla de la computadora se veía con absoluta claridad. ¡Cuánto debía de haber aprendido la criatura simplemente observando y escuchando el trabajo y el juego!
Aquel no era el momento para meditar sobre aquellas cuestiones. Aquel era el momento de largarse como si se lo llevaran los demonios antes de que volara una pequeña flecha o lo acometiera una pequeña lanza.
Flammersfeld se puso de pie y se encaminó hacia el ascensor abierto a paso ligero.
Profirió un suspiro al conseguir llegar a su destino, y tendió la mano para pulsar el botón que cerraba la puerta y hacerlo descender a continuación.
El asesino debía de haberse deslizado al interior del ascensor cuando el lazo tenía a Flammersfeld colgado del nogal.
Desde el rincón izquierdo de la caja, donde el asesino se había acuclillado, invisible detrás de la puerta que no se había abierto del todo, un brazo frágil clavó la punta afilada y envenenada de una ramita en el tejido blando del tobillo de Flammersfeld.
Flammersfeld bajó la mirada hacia el rostro tristemente inteligente y salvajemente astuto.
—Que Dios te maldiga —le dijo.
—Que tú te maldigas.
Fue la primera y última vez que oyó la torpe vocecilla chillona.
Pero él no estaba pensando en eso. Estaba pensando en llegar a la enfermería a tiempo de preparar un antídoto. Con el corazón latiéndole violentamente, pulsó los botones para cerrar y hacer bajar el ascensor.
Los ojos se le pusieron vidriosos, y no volvió a mirar a la criatura hasta que el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Entonces apartó a la criatura de su camino con una patada, y dio dos pasos tambaleantes antes de que sus piernas quedaran tendidas sobre la cubierta.
El asesino no pudo contener la hemorragia de sangre verde y poco después siguió a Flammersfeld a través del oscuro umbral al interior de los dominios de la muerte; pero el asesino había ganado lo que deseaba: Venganza y olvido.

El inspector H. Seton Davenport, del Departamento de Investigación Criminal Terrícola, había esperado ver cualquier cosa excepto un detective invertido. Sin embargo, eso fue exactamente con lo que se dio de bruces.
La voz del doctor Wendell Urth, el extraterrólogo de los extraterrólogos terrícolas, había sonado rara cuando autorizó la entrada de Davenport. Davenport había percibido una nota de tensión en la fina voz de tenor cuando dijo:
¡Adelante!
Pero Davenport no había siquiera soñado que eso se debía al esfuerzo realizado por el doctor Urth para permanecer cabeza abajo. Al menos eso era lo que parecía estar haciendo, a primera vista, el sabio asesor extra oficial del DICT.
Una segunda mirada le reveló que aquello a lo que el doctor Urth estaba realmente dedicado era a hacer rodar un holograma solar por las tablas del piso; y que estaba haciendo eso para iluminar el suelo que quedaba debajo de los estantes inferiores de libros-película.
La sangre que se concentraba en la cabeza del doctor Urth hacía que sus ojos abiertos pareciesen más hipertiroideos. El que tuviera los ojos abiertos y que los faldones de la camisa del buen doctor se hubieran salido, o caído del interior de los pantalones, le dijo a Davenport qué era lo que ocurría. Sin dar un paso más, Davenport escrutó el suelo.
Los descubrió, no en el suelo mismo, sino sobre uno de los estantes inferiores al que habían rebotado. Avanzó dos pasos, se estiró y recogió lo que estaba buscando el doctor Urth.
—Aquí tiene, doctor Urth.
—Aquí me tiene a mí, ciertamente —resolló el doctor Urth—. Y en una postura muy embarazosa. 
Entonces pareció reconsiderar las palabras y el tono empleado por Davenport. Volvió la mitad de su cuerpo invertido para mirar a Davenport, entrecerró los ojos y aparentemente distinguió lo que Davenport tenía en la mano.
—Ah.
Se enderezó entre jadeos y resuellos, y dejó el sol holograma cargado de energía solar encima de una pila de papeles; estaba evidentemente calculado para que sirviera de pisapapeles además de para ayudar a alumbrar la enorme sala desordenada y en penumbra.
El doctor Urth cogió las gafas de la mano tendida de Davenport.
—Gracias. 
Luego se dibujó en su rostro una cambiante sonrisa, una que varió de la de un búho parpadeante a la de un alegre Buda. Dijo: 
Pero ya ha obtenido usted su recompensa al verme haciendo el ridículo.
Limpió los cristales con un faldón de la camisa, los observó con ojos miopes miró a través de ellos y finalmente se los puso. Las orejas cumplían su cometido, pero la nariz de botón hacía muy poco para sostener la montura.


Con un gesto, el doctor le señaló una silla a Davenport. Él se sentó en el escritorio-sillón con un suspiro al que le hizo eco el asiento. Entrelazó las manos encima de la panza y miró al visitante con expectación. La panza realzaba el aspecto de expectación.
—¿Se trata esta visita de la muerte de Terrarium Nueve?
Davenport asintió con la cabeza.
—"Muerte" es la palabra de trabajo para lo ocurrido allí. "Muerte" es un término lo suficientemente ambiguo para algo que no podemos definir satisfactoriamente. No podemos llamarlo accidente, no podemos llamarlo asesinato, y no estamos dispuestos a llamarlo suicidio.
El doctor Urth adoptó una postura más cómoda.
—Cuénteme los detalles.
—Será mejor y más fácil mostrárselos.
Davenport sacó una hoja de hologramas de uno de sus espaciosos bolsillos. Dio unos saltitos con la silla para aproximarla al doctor Urth, y se inclinó para mostrarle los hologramas uno por uno, señalar y explicar.
—Aquí tiene un primer plano de Terrarium Nueve tomada desde el vehículo de investigación cuando llegaba en respuesta a una alarma de anormalidad. Flammersfeld, el único experimentador a bordo de la Terrarium Nueve, no había transmitido su informe diario a la central de la Tierra a la hora prevista, no había enviado la señal de Todo-En-Orden a la hora indicada, ni había respondido a las llamadas de preocupación… Aquí están las tomas que la oficial al mando tomó de las dos plataformas de atraque antes de realizar su entrada por el puerto norte. Advertirá la presencia de al menos un año de polvo estelar intacto en ambas plataformas. Eso indica que nadie atracó allí desde la última vez en que la Terrarium Nueve repostó, hace un año entero… Aquí tiene el escenario de la muerte, emplazado en la esfera más interior.
El doctor Urth cogió este último holograma en sus manos y realizó un prolongado escrutinio del mismo. Luego le dirigió a Davenport una mirada burlona.
—Aparte de decirme que Flammersfeld acababa de bajar a sus dependencias desde Buck Dos, que llevaba consigo una col para estudiarla o para comérsela, que salió del ascensor y cayó muerto tras habérsele clavado de alguna forma un dardo con la punta envenenada en el tobillo, este holograma no me dice todo lo que necesito saber si voy a ayudarlo a dilucidar su muerte. ¿Qué hay de los descubrimientos de la autopsia? ¿Qué veneno era ese?
Davenport meneó la cabeza.
—Eso es lo que resulta extraño. Uno pensaría que un bioquímico del nivel de Flammersfeld lo habría preparado en su laboratorio, dentro de tubos de ensayo, sin impurezas. Sin embargo, este veneno era una extraña clase de curare toscamente preparado. La investigadora encontró una parte del preparado dentro de una cáscara de nuez que descubrió en una pila de desperdicios en Buck Dos. —Le entregó otro holograma al doctor Urth—. Aquí tiene una toma de eso.
El doctor hizo con la cabeza un medio asentimiento y una media negación.
—Eso ya lo veo, ¿pero qué son estas cosas?
Davenport miró el punto que le señalaba el doctor Urth.
—Ah, sí, eso. Parecen ser un torno de juguete y una catapulta de juguete. Los ingenieros a los que consultamos dicen que no son grandes ingenios pero que funcionan. Quizá Flammersfeld estaba atravesando una segunda infancia.
El doctor Urth profirió un gruñido que expresaba duda. Volvió al holograma de la escena de la muerte. Con un peludo dedo señaló una masa negra verdosa.
—¿Es esta la col? 
Davenport hizo una mueca.
—Estaba muy mal. Bastante podrida para cuando la investigadora llegó allí. Había apestado todo el lugar, nos dijo, así que, tras tomar unas fotografías, la incineró.
—Mal.
—Sí, podrida.
El doctor Urth le dirigió al inspector del DICT una mirada de censura.
—No me refería a la col, sino al acto de la oficial. Tendría que haber conservado la prueba, independientemente de lo ofensiva que a ella le resultase.
Davenport ni defendía ni culpaba a la oficial. Al igual que ella, él no veía la col como una prueba sino como una coincidencia.
—Tal vez.
—No hay tal veces en estas cosas —le espetó el doctor Urth. La panza evidenció una agitación momentánea que desapareció con un suspiro del doctor—. Bueno, eso ya no tiene solución; pero me hubiera gustado haber podido mirar de cerca esa col. Tiene algo extraño.
Davenport sonrió.
—No hay ningún problema. Este es uno de los nuevos hologramas SOTA. ¿Ve los ratones burbuja pegados a los bordes izquierdo y superior?
El doctor Urth advirtió por primera vez la presencia de dos perlas de aire que casi se encontraban en la esquina superior izquierda de la película del holograma. Sus ojos se animaron.
—¿Significa eso que si emplazo una fijación estereotáxica sobre la col, esta se ampliará?
—Exactamente. Pinzando los bordes puede desplazar los ratones por los bordes. Coordine ambos ratones para que agranden y realcen automáticamente el área que quiere observar con mayor detalle. Hay un límite, por supuesto, pero verá bastantes más detalles de los que puede apreciar en este momento.
El doctor Urth desplazó los ratones hasta que tuvo el área de la col aumentada a cinco veces el tamaño anterior.
La observó durante mucho tiempo y muy fijamente, y finalmente se quitó las gafas y se enjugó lágrimas de esfuerzo visual de los ojos.
—Mucho mejor, pero sigue siendo insuficiente. Mi queja no se refiere a la resolución, sino al objeto captado. La col está borrosa a causa de la descomposición. Debo admitir que incluso a pesar de que la oficial la hubiese conservado para que usted pudiera ponérmela delante, hubiera resultado una tarea dura sacar mucho más de ella. Eso no significa que su destrucción haya sido una gran pérdida. Podría haber sido posible determinar su composición exacta mediante una autopsia.
Davenport lo miró fijamente.
—¿Una autopsia? ¿A una col?
El doctor Urth asintió secamente.
—Autopsia. Escojo cuidadosamente mis palabras. 
Su boca se retorció repentinamente y él se irguió inesperadamente, tras lo cual habló con un tono semiburlón:
—Yo no mastico dos veces la misma col —Volvió a ponerse completamente serio—. Resulta claro que algo se escapó de las manos: El experimento, el experimentador, o ambos.
Davenport estaba aún procesando aquello de la autopsia. ¿Qué era lo que quería decirle el doctor Urth?
El doctor suspiró y le devolvió el holograma de la escena de la muerte. Se estremeció ligeramente y luego le echó a Davenport una mirada con la que parecía preguntarse si Davenport lo había advertido.


Davenport mantuvo una expresión impenetrable. El doctor Urth profirió un leve suspiro.
—Esto requiere meditación —Volvió hacia su visitante un rostro grave y unos ojos parpadeantes—. ¿Qué le diría a un dedo de Ganímedes?
—Le diría hola. 
Davenport había oído hablar de Ganímedes pero nunca lo había visto, y mucho menos probado. Sabía que era extremadamente raro y extremadamente caro, y sabía que muchas comunidades lo prohibían. No estaba dispuesto a preguntarle al doctor Urth cómo lo había conseguido.
—Estoy por el juego.
Pero ya no se pareció tanto a un juego cuando el doctor Urth sacó dos frascos y dos vasos de un cajón para licores del escritorio-sillón, y uno de los frascos resultó contener dedos.
El doctor Urth sacudió el frasco para extraer dos dedos y los colocó con la uña hacia abajo, uno en cada vaso.
Davenport se estremeció ante aquella visión.
Una de las comisuras de la rosácea boca de Urth se alzó.
—Ganímedes es un binario. La parte fluida actúa sobre la parte sólida. La "uña" del dedo es una cristalización. Observe.
Vertió el fluido ámbar del otro frasco en uno de los vasos y cuando cayó sobre la uña el dedo se disolvió. El conjunto se volvió de un violeta claro que despertaba los sentidos. El doctor Urth transformó el otro dedo, le tendió uno de los vasos a Davenport, y levantó el otro en el aire con un gesto de brindis.
Davenport le correspondió levantando el suyo, olió el contenido y sorbió. Tentadoramente delicioso, deliciosamente tentador. Se dio cuenta de que podía ser peligroso: Un gusto demasiado fácilmente adquirido por una cosa que no era tan fácilmente asequible.
La delicada pero fuerte bebida pareció volver filosófico al doctor Urth.
—En realidad, Ganímedes no proviene de Ganímedes sino de Calisto. Hay muchas cosas que llevan el nombre equivocado. ¿Qué usted tiene por nombre "Davenport" [escritorio pequeño]? Yo debería llevar ese nombre. Soy realmente yo la patata sentada en el sillón, la patata asentada, la cama plegable. En el mejor de los casos un rosal trepador…, atado como me encuentro al campus de la universidad. Es usted quien lleva el polvo en los zapatos, el hombre de acción. Davenport, tiene usted el nombre incorrecto.
Davenport se permitió sonreír. La nariz de Davenport estaba afinada para meterse en los lugares más estrechos; una pelea de juventud le había dejado una cicatriz en forma de estrella en la mejilla derecha. Sin embargo, una persona podía agotar su cuota de acción, perder el gusto por la aventura y —mientras atesoraba sus recuerdos de encuentros peligrosos— mirar casi con envidia al académico enclaustrado que corría aventuras con la mente. Quizás el Ganímedes lo había vuelto filosófico también a él, o propenso a charlar; estaba a punto de expresar sus sentimientos con respecto a la vida, cuando el doctor Urth le ahorró el trabajo.
El doctor había bebido el último sorbo, se había llevado el vaso a la altura de los ojos, había mirado a través de su vacío y ahora acababa de dejarlo con una decisión no carente de cierto lamento.
—Volvamos al trabajo. Para darle el nombre correcto a la muerte de Flammersfeld, debo entender primero qué es exactamente Terrarium Nueve, en qué estaba metido Flammersfeld.
Levantó un índice en el aire, a pesar de que Davenport no había dado muestras de intentar intervenir.
—Ya sé que usted cree que lo sabe, pero por favor escúcheme mientras le digo qué es lo que yo pienso. Déjeme enumerar lo obvio y definir lo conocido; no hay nada que se pase por alto con mayor frecuencia que lo obvio, ni nada tan misterioso como lo conocido.
Davenport tendió las manos con las palmas hacia arriba con un gesto comprensivo, indicando que lo dejaba todo en manos del doctor Urth.
El doctor le respondió con un asentimiento igualmente benevolente.
—Para prevenir las alteraciones ecológicas, la Tierra tiene leyes en contra de la introducción de plantas o animales genéticamente alterados en el medio ambiente terrícola. Dichos experimentos deben ser llevados a cabo fuera del planeta. De ahí los Terrariums… ¿había una docena la última vez que los contamos?…, en órbitas cercanas a la Tierra. Un beneficio colateral es la gravedad cero, que facilita técnicas tales como la de la fotosíntesis; el rápido flujo segmentador constante de soluciones concentradas de proteínas en un campo eléctrico de alta intensidad —Miró con intención a Davenport—. Su turno. ¿Qué es lo que cree saber acerca de Terrarium Nueve y de los experimentos de Flammersfeld?
Davenport se encogió de hombros.
—Todo lo que sé de Terrarium Nueve es que fue construida y puesta en servicio hace seis años, y que Flammersfeld fue su primer y único habitante. Todo lo que sé de Flammersfeld es que era un trabajador infatigable que nunca se tomaba un descanso; rechazaba de forma rutinaria los permisos; según sus superiores de la oficina central él decía que podía obtener toda la relajación que necesitaba mediante el vídeo interactivo, y de hecho en el momento de su muerte estaba en la computadora el vídeo de A través del espejo; también sé que actualmente estaba trabajando en dos proyectos no relacionados entre sí. Además de que tenía planes para el futuro; su último pedido, aunque no llegó a enviarlo, era embriones de cerdo y unos huevos de águila.
El doctor Urth arrugó la frente y se acomodó las gafas.
—Me gustaría ver las notas de los dos experimentos no relacionados entre sí que ha mencionado usted.
Davenport pareció incómodo ante aquel pedido.
—Eso podría ser imposible.
La boca del doctor Urth se contrajo.
—¿Existe algún problema de acreditación? Si es así, buenos días. 
Davenport se apresuró a responderle.
—No se trata de eso, doctor Urth, no se trata de eso en absoluto. Yo creo que su acreditación es de proporciones cósmicas.
Aquello apaciguó al doctor Urth.
—Entonces ¿cuál es el problema? ¿Es que Flammersfeld destruyó sus notas?
—Tampoco se trata de eso. Lo que ocurre es que parecía paranoicamente secretista. Esas notas están en la memoria de la computadora, pero encerradas detrás de palabras clave que no hemos conseguido descifrar todavía.
—Admiro su optimismo, señor, pero el optimismo, aunque es admirable incluso cuando constituye una tontería, es uva verde, comida futura que no nos alimenta en el presente.
Davenport se puso rojo. El doctor Urth se suavizó.
—Dos proyectos no relacionados entre sí; sabe usted todo eso. Puede que sepa usted más de lo que cree saber, es decir, si puede usted darme el título de esos dos proyectos. Los superiores de la oficina central a los que Flammersfeld informaba tenían que tener alguna idea de aquello sobre lo que estaba trabajando si eran los que tenían que aprobar sus pedidos.
Davenport se animó.
—No tengo los títulos en mente ahora mismo, pero recuerdo que estaba buscando una cura para la hemofilia y que estaba investigando para localizar los…, eh…, sensores de dirección de las células de las plantas.


El doctor Urth se palmeó la panza como si acabara de comerse un buen banquete.
—Excelente. Hemofilia. La enfermedad hemorrágica. Enfermedad de reyes, por ejemplo, de los Romanov de la Rusia zarista. Las mujeres la transmiten a través de un cromosoma X recesivo pero no la sufren ellas mismas. La hemorragia es profusa, incluso en las más leves heridas. En un tubo de ensayo, la sangre normal extraída de una vena coagula en un período de entre cinco y quince minutos; el tiempo de coagulación de la sangre hemofílica varía entre treinta minutos y varias horas. Algo perfecto para investigarlo en una gravedad cero. Mientras que el volumen absoluto de la totalidad del plasma excluirá la segmentación por electroforesis en una gravedad cero, no ocurre lo mismo con los componentes menores como los factores de coagulación.
Su voz se hizo aún más aguda a causa del entusiasmo.
—Sí, sí; y el otro proyecto de Flammersfeld era naturalmente adecuado para la gravedad cero. Las plantas presentan un intrigante enigma: ¿Cómo siente una planta la dirección de la gravedad? Las plantas tienden a crecer en dirección vertical…, pero aún estamos por descubrir los sensores celulares de dirección. Sí, sí. Ya tenemos nuestra respuesta.
Davenport miró fijamente al doctor Urth.
—¿La tenemos?
—Es algo tan obvio —dijo el doctor Urth con tono mordaz—, como lo es mi nariz.
"Quizás es por eso que yo no la veo", murmuró mentalmente Davenport, pero adoptó una máscara agradable.
—Usted ha dicho antes que es fácil pasar por alto lo obvio.
—Al menos me ha estado usted escuchando —el doctor Urth hizo de sí mismo un monumento de paciencia—. Escuche ahora un poco de poesía.

—Ha llegado la hora —dijo la morsa— de que hablemos de muchas cosas:
De zapatos…, de barcos…, y de lacre; de reyes…, y coles…
y de por qué hierve el mar tan caliente y de si tienen alas los cerdos.

El doctor Urth miró con fijeza a Davenport y sonrió.
—No sabe usted si reír o bufar ante un despropósito tan rematado. Bueno, ría. Los seres humanos necesitamos el estímulo de la frivolidad; no puede haber demasiada gravedad.
Davenport no se echó a reír pero tampoco soltó un bufido.
—Eso pertenece a un libro infantil, ¿no es así?
—Ciertamente. El infante que llevaba dentro Charles Lutwidge Dodgson se llamaba Lewis Carroll. Esos versos pertenecen a Alicia a través del espejo.
—¡El vídeo interactivo de Flammersfeld!
—El mismo.
Davenport meneó la cabeza.
—¿Cómo encaja eso en todo este asunto?
—Encaja, en primer lugar, con una rima infantil muy antigua.
 
El viejo Rey Col era un alma feliz,
y una feliz alma vieja era; pedía su pipa,
pedía su cuenco,
y llamaba a sus tres violinistas. 
Cada violinista tenía un violín, y un muy buen violín tenía; 
Twee tweedle dee, tweedle dee,
hacían los violines.
¡Oh, nadie tan raro hay que se pueda comparar
con el rey Col y sus tres violinistas!

Esta vez Davenport no pudo evitar echarse a reír; y pasado un momento el doctor Urth se le unió.
Davenport fue el primero en ponerse serio y esperó, sin prejuicios, a que el doctor Urth recobrara la serenidad.
El doctor Urth pareció un tanto más serio cuando retomó el hilo del discurso donde lo había dejado.
—La rima del rey Col estaba en la mente de Lewis Carroll, consciente o inconscientemente, cuando escribió el discurso de la morsa.
"Rey Col", empleando la palabra como en ensalada de col, se separa de forma natural en "coles y reyes"; y volvió a reunirse en la mente de Flammersfeld como una fusión protoplásmica de semillas de col y sangre real.
Davenport acercó el holograma de la escena de la muerte a la luz, y miró fijamente la col aumentada.
—¿Quiere usted decir que esta cosa…?
El doctor Urth asintió con la cabeza. Señaló un punto de la parte superior de la col.
—Eso se parece mucho a la agalla de corona, ¿no le parece?
—No me lo parece…, dado que no sé absolutamente nada acerca de agallas de corona.
—Entonces, créame lo que voy a decirle. Existen dos clases de células vivas, las eucariotas y las procariotas. La célula procariota tiene núcleo, es decir que la membrana nuclear protege a los cromosomas de la misma. La célula procariota está menos organizada; es decir, que los cromosomas flotan libremente en el citoplasma, entre los orgánulos celulares. Vayamos a la agrobacteria, que es el nombre común de la Agrobacterium tumefaciens. La agrobacteria contiene el plásmido Te, un diminuto espiral de ADN, de un largo aproximado de doscientos genes. La agrobacteria puede perforar una célula vegetal e inyectarle el plásmido Te en el núcleo. Una vez dentro, el espiral de doscientos genes, llamado tADN por transferencia de ADN, se libera del plásmido Te y se convierte en parte de los cromosomas de la planta. Los tADN pueden programar a la planta para que nutra a la agrobacteria.
El doctor Urth hizo una pausa momentánea para respirar y —según pensó Davenport—, para producir un efecto dramático.
—Ahora llegamos al centro de todo este asunto. El insidioso parásito llamado agrobacteria provoca una hinchazón tumoral, una agalla en forma de pequeña corona en este caso. 
La voz del doctor Urth aumentó de volumen a causa de la ira.
¿Puede usted imaginárselo? ¡Ese malévolo procedimiento era la elaborada forma que empleaba Flammersfeld para ponerle a su pobre y pequeño rey Col, un híbrido inteligente, la corona de la realeza!
Davenport fijó la mirada en la imagen, no vio más que una col podrida, e intentó imaginársela como había sido en vida: Un ser con poder de raciocinio, y por lo tanto memoria y previsión; con sentimientos, y por lo tanto con la necesidad de amar y odiar. Tendría que haber sido principalmente cabeza, con el rostro enmarcado por hojas. Se estremeció. Como un destello, visualizó aquel rostro superpuesto con la cara redonda del doctor Urth, otro hijo de Buda. Levantó la mirada hacia el doctor Urth.


El doctor parecía melancólico. Davenport recordó de pronto que el doctor Urth había sido un niño prodigio. El doctor Urth habría sentido simpatía por los monstruos de cualquier tipo. El doctor Urth debió de sentir su mirada y captar sus pensamientos, porque el doctor Urth lo miró a los ojos y sonrió con tristeza.
—Todos nosotros, nosotros mismos y nuestras matrices, son modelos de interferencia, y por eso resulta natural pensar en cruzar esto con aquello. Es la naturaleza de la bestia, es decir, del universo. En conjunto, es una suerte que Flammersfeld y su criatura murieran cuando lo hicieron…, si bien no en la forma en que lo hicieron. Los seres humanos necesitamos un mínimo de frivolidad; no puede haber demasiada gravedad; pero Flammersfeld llevó las cosas demasiado lejos, interfirió demasiado —Su semblante se ensombreció—. Y tenía la intención de continuar interfiriendo. ¿Recuerda su último pedido, los embriones de cerdo y los huevos de águila? ¿Y recuerda el verso de Lewis Carroll: "Y de si tienen alas los cerdos"? Los seres humanos necesitamos una cantidad mínima de gravedad; no puede haber demasiada frivolidad —Su rostro adoptó una expresión que indicaba que había terminado—. Eso es todo.
Davenport guardó los hologramas y se puso de pie para marcharse.
—Gracias por su ayuda, doctor Urth.
El doctor Urth le quitó importancia al asunto con un vaivén de la mano. Se levantó y le estrechó la mano al visitante.
Su voz detuvo a Davenport en el umbral.
—Inspector. 
Davenport se volvió.
—¿Sí, doctor Urth?
—En cuanto a mis honorarios… 
Davenport sonrió.
—Me estaba preguntando cuándo llegaríamos a ese punto.
—Ahora lo sabe. Hemos llegado en este momento. Unas pocas fruslerías.
—Usted sabe que haré todo lo posible. ¿De qué se trata?
—En primer lugar, dos datos informativos para satisfacer mi curiosidad. Cuando regrese a Nueva Washington, tenga la amabilidad de pasar por Near-Earth Ltd., y recuperar el expediente de Terrarium Nueve. Vea si puede averiguar a través de los pedidos de Flammersfeld y otros documentos, la historia genética de la col y de la sangre hemofílica —Sonrió—. He apostado conmigo mismo que la col era una col de Saboya y que la sangre provenía de uno de los descendientes de la casa real de Saboya.
Davenport parpadeó.
—¿Saboya? ¿Por qué iba Flammersfeld a trabajar con una col y una sangre específicas de Saboya?
—Por la misma razón que impulsó a James Joyce a enmarcar una vista de Cork en corcho: El sentido de lo conveniente.
Davenport pensó en ello detenidamente y luego meneó la cabeza.
—Si no le importa que se lo diga, el sentido de lo conveniente puede conducir a la locura.
El doctor Urth se cubrió la boca con una mano regordeta.
—Ve usted mis intenciones con tanta claridad que casi dudo en mencionar el resto de mis honorarios.
Davenport lo miró con cautela y se sintió impulsado a decir:
—Adelante.
—Consiga que el investigador que se ha hecho cargo de Terrarium Nueve lleve a cabo un cruzamiento entre tortuga y grillo.
Davenport intentó imaginarse qué aspecto tendría aquello.
—¿Puede saberse para qué, en nombre del cielo?
—Para que cuando pierda las gafas, la montura hecha con esa concha me conduzca hasta ellas con el cric-cric.


FIN

2025/04/14

Encuentro en las profundidades (Carlos Sáiz Cidoncha)



Había penetrado más que nunca en aquella inexplorada caverna, a profundidades hasta el momento jamás alcanzadas por él mismo, y probablemente por nadie más. Se hallaba en galerías donde el mismo aire sofocaba como si fuera ajeno a la suave atmósfera de la superficie.
Él era un gran espeleólogo y, por eso mismo, sabía hasta donde podía llegar. Hizo una señal en la pared, a manera de signo de victoria, y se preparó a seguir la cuerda en dirección contraria, para salir a la superficie.
Y fue entonces cuando vio la luz.
La luminosidad de su propia linterna estuvo a punto de ahogarla; apenas si pudo advertirla con el rabillo del ojo. Pero se dio cuenta y, para estar aún más seguro, apagó la linterna por un momento.
Sí, allí estaba. Un leve fulgor azulado llegaba desde lo más profundo de la caverna, del lugar a donde se hubiera dirigido de no decidir dar media vuelta.
¿Una luz azul en aquella caverna?
Decidió ir a investigar. No sin cierta aprensión abandonó el cabo de la cuerda y se internó en territorio desconocido, con la linterna apagada para no perder el fulgor azul.
No, aquello no podía ser una salida al exterior a aquella profundidad. Tuvo un instante de inquietud, pensando en algún posible peligro, en alguna hipotética amenaza subterránea. Se detuvo un momento, pero luego se encogió de hombros, escupió y siguió avanzando.
Oyó el zumbido poco después. Zumbido de maquinaria. Y casi al mismo tiempo vio la maquinaria en cuestión.
Era una maquinaria rara, dispuesta en un bloque pulido y reluciente, con muchas pequeñas luces que se encendían y apagaban. La luz azul procedía de un par de grandes lámparas fijas, adosadas también al bloque. El espeleólogo se quedó inmóvil, sin saber que hacer.
¿Qué sería aquello? ¿Una central eléctrica? ¿Algo relacionado con el ejército? ¿Un arma secreta?
Miró a derecha e izquierda, pero no se veía a nadie, ni tampoco ninguna segunda instalación. La máquina estaba simplemente allí, solitaria.
En el instante siguiente sonó la voz. Una voz metálica y totalmente inexpresiva.
—Bienvenido, humano.
Estuvo a punto de dejar caer la linterna, tal susto fue el que se llevó.
—¿Quién está ahí?
—Soy yo.
Escudriñó hasta el último rincón de la galería visible, sin encontrar rastro de presencia alguna. En medio de su estupefacción tuvo la vaga idea que alguien intentaba gastarle una broma pesada, y la cosa no le gustó.
—¿Quién habla? —preguntó—. ¡Vamos, déjese de tonterías y salga!
—No puedo salir de ningún sitio —respondió la voz inexpresiva—. Soy yo, hombre, la máquina.
Algunas piezas articuladas se movieron, y el bloque pulido avanzó un par de pasos.
El espeleólogo soltó una rotunda exclamación.
—¡Un robot!
La máquina se detuvo en su camino y pareció aguardar. El hombre tragó saliva y decidió tomar la iniciativa.
—¿Cómo... cómo te llamas?
—Mi nombre nada te diría, y además dudo que pudieras pronunciarlo. Puedes llamarme A-16.
El espeleólogo iba ya recuperando el aplomo. Aquella era una gran aventura, y la máquina se mostraba amistosa. Incluso podría obtener algún beneficio del asunto.
—¿Te han construido en la Tierra? —preguntó—. ¿De dónde vienes?
—Como sin duda habrás supuesto ya, no tengo origen terrestre. Procedo de allá arriba, más allá de tu atmósfera.
—Del espacio —concluyó el hombre—. ¿Y cómo has venido a parar aquí?
—Cosas de la guerra —replicó el robot—. Hubo una gran batalla, y mi bando perdió. Yo y algunos otros fuimos precipitados aquí. Bueno, todo eso ocurrió, desde luego, hace mucho tiempo. En realidad, antes que la raza humana existiera en este mundo.
—¡Ostras! —se asombró el hombre—. ¿Y has estado aquí escondido todo este tiempo?
—Los de mi condición no conocen el aburrimiento —explicó el robot—. Simplemente nadie me ordenó que saliera de aquí. Así pues no tenía ningún motivo para hacerlo.
El hombre reflexionó un momento.
—¿Quieres decir que si alguien te hubiera ordenado salir lo hubieras hecho?
—Desde luego. Debo comunicarte que estoy programado para servir a los miembros de todas las razas inteligentes, excepto las que me han sido designadas como enemigas.
—¿Y la raza humana, la que puebla la Tierra, te ha sido programada como enemiga?
—Negativo.
El espeleólogo volvió para reflexionar. Aquello parecía un sueño, o una mala película de ciencia-ficción. Ante él tenía a un robot parlante, procedente de alguna olvidada guerra de las galaxias, que se declaraba dispuesto a servirle, a él personalmente. Con los recursos de una ciencia dominadora del espacio, que viajaba entre las estrellas.
Para estar seguro del todo, hizo una nueva pregunta, ya francamente personal.
—¿Eso quiere decir que me servirías a mí, que harías todo lo que yo te pidiera?
—Afirmativo.
El hombre se lamió los labios, mientras sus ojos brillaban de excitación.
—Veamos —dijo—. ¿Qué eres capaz de hacer?
—Te comunico que soy un modelo polifacético y ambivalente —respondió con seriedad la máquina—. Tengo la posibilidad de ayudar a un miembro de raza inteligente de diez mil quinientas cuarenta y dos formas distintas. Mis capacidades exceden probablemente a todo cuanto tú puedes imaginar. Soy...
—Eres un charlatán —se enfadó el hombre—. Yo quiero que me digas algo concreto. ¿Puedes darme poder... riquezas... mujeres...?
El robot pareció vacilar, y su interlocutor casi pudo oír en su interior el girar de ruedecillas y el chirrido de cintas programadas. Bueno, en el caso que un robot superadelantado como parecía ser aquel poseyera tales antiguallas.
—Humano —habló por fin la máquina—: ayudaría mucho que me dejaras escudriñar superficialmente tu mente. Así podría enterarme de tus necesidades y deseos.
—¡Bueno! —rió el hombre—. No tengo ningún secreto que no pueda conocer un saco de tuercas como tú. ¡Permiso concedido!
Hubiera esperado alguna sensación especial, algo así como unos dedos invisibles hurgando en el interior de su cerebro. Pero nada de eso sucedió. Al cabo de unos instantes, el robot dijo simplemente:
—Ya está.
—Muy bien, montón de latas —rió el hombre de buena gana—. ¿Qué has sacado en limpio?
—He extraído un esquema de tus deseos conscientes e inconscientes y he ido acoplando automáticamente a cada uno de ellos en el camino más lógico para darles satisfacción. Corrígeme si me equivoco.
—Vamos a ello.
—Salud y larga vida. Quieres vivir cuanto más tiempo mejor, y estar libre de toda clase de enfermedades. ¿No es cierto?
—Como dices tú: afirmativo.
—Bien, puedo darte un tratamiento de regeneración de células orgánicas de forma que cada una, al morir, sea sustituida por otra de similares características.
—¿Inmortalidad? —preguntó el hombre, esperanzado.


—Negativo. El potencial necesario para ello es superior a infinito, puesto que el factor temporal incluiría el elemento «eternidad» de carácter totalmente irracional. Pero vivirás de cinco a seis veces lo corriente en tu especie. Alrededor de quinientos años. Te verás además libre del proceso de degeneración orgánica denominado «vejez». Puedo mejorar tu físico hasta situarlo en el punto óptimo para los de tu raza. En cuanto a enfermedades, desarrollaré en pocos días un cultivo de anticuerpos mutantes que eliminarán de tu cuerpo cualquier microbio, germen o virus perjudicial que pudieran invadirlo. Nunca sufrirás la menor enfermedad.
—¡Magnífico! —estalló el espeleólogo—. Puedes seguir, mi buen A-17.
—A-16 —corrigió la máquina—. Segundo, lo que los de tu raza llaman «riquezas». Por medio de la transmutación atómica puedo proporcionarte cualquier elemento químico que desees. Oro, plata, platino...
—¿Diamantes?
—¿Carbono cristalizado? Eso es muy fácil. Sólo tendrías que indicarme el tamaño que prefieres.
—¡De los más grandes! —gritó el espeleólogo, entusiasmado—. ¿Qué más puedes ofrecerme?
—Tercero. La inclinación que tienen los humanos hacia sus congéneres del sexo opuesto. Lo que tu mente define como «mujeres». Primera oferta, puedo fabricar en pocos días un androide femenino de las características que desees, perfectamente acomodaticio y atraído hacia tu persona.
—Bueno, pero yo preferiría muchachas reales —los ojos del hombre brillaron de nuevo—. ¡Muchachas de carne y hueso!
—Segunda oferta. Te puedo modificar el sistema glandular de forma que exhales una radiación odorífera indetectable a nivel consciente, pero que atraiga sexualmente a las hembras de tu especie. Lo que tú llamarías «irresistible». Secundariamente, nada me cuesta modificar ligeramente tu aspecto para hacerte... como se diría en tu léxico... «muy guapo». De manera complementaria, una simple radiación excitadora de células reproductoras aumentaría al máximo tu potencia sexual.
—Ofertas aceptadas. Y la del andre... andro...
—Androide.
—Y la del androide femenino también. Me encantaría tener en la cama a Marilyn Monroe.
—Marilyn Monroe..., perdona que penetre en tu mente una vez más. Listo, concepto asimilado. Y prosiguió:
—Cuarto. Sección «poder», la referente a influenciar a un gran número de otros humanos de acuerdo con tu voluntad. Puedo implantar en tu cerebro seudoformaciones orgánicas de tipo psiónico, que te permitan influenciar levemente las mentes de tus semejantes, hasta un nivel de energía... veamos, siete u ocho, en algunos casos.
—¿Quieres decir que podré hipnotizarles?
—Exactamente. Hipnotismo, sugestión de masas, inducción..., y podrás convencer a una o a varias personas de cualquier idea que se te ocurra.
La sonrisa del hombre se hizo feroz.
—¿Y fastidiar a mis enemigos? ¿Hacer trizas a quien me pise los pies? ¿Descalabrar a quien me jorobe?
—Ese es otro punto importante —admitió el robot—, que también he encontrado en tu mente. Con el poder de sugestión que te he mencionado podrás originar, desde luego, accidentes, quizá suicidios. Puedo proporcionarte también ciento doce formas de veneno indetectable, catorce tipos de rayo mortal invisible, tres mil doscientas diecisiete variedades de gérmenes letales.
—¡Basta, basta! —cortó el hombre, con una carcajada—. Eso es más que suficiente. ¡Pues van a enterarse, sí señor! Con tu ayuda voy a ser el amo. ¿Entiendes lo que quiere decir ser el amo? ¡Pues yo voy a serlo!
Se volvió hacia el robot, impaciente.
—¡Bueno! Pues empecemos con todo ese programa.
El robot emitió un zumbido electrónico.
—Tan sólo un momento. Antes debemos solucionar el trámite del efecto de retrocarga.
—¿El efecto de retro... qué?
—Está programado en mis circuitos un proceso de alimentación energética que las razas inteligentes favorecidas deben proporcionar a los de mi clase, cumpliendo el principio filosófico de la compensación cósmica. Debes proporcionarme la energía psiónica de tu naturaleza.
—¡Un momento! —exclamó el espeleólogo, en tono de sospecha—. ¡Ya me imaginaba yo que habría una trampa por algún lado! ¿Qué es exactamente lo que tengo que darte?
—Simplemente poner a mi disposición el componente psíquico de tu esencia. ¿Entiendes? La fuerza energética inmaterial que hace funcionar las células de tu cuerpo y lo conecta con tu inteligencia. La energía de tu personalidad incorporal.
—No entiendo una patata de lo que dices —replicó el hombre—. Dime tan sólo una cosa: ¿qué efecto me producirá la extracción de esa fuerza mental o lo que sea? Porque si me voy a quedar idiota, poco podré disfrutar de todo lo que me has ofrecido.
—No me entiendes —aclaró el robot—. No te voy a quitar nada ahora. Desde luego que ese efecto de retrocarga de energía psiónica no tendrá lugar hasta después que mueras, tras la larga vida que te he prometido.
—¡Ah, eso es distinto! —rió el hombre—. Después que esté muerto como si quieres sacarme el hígado. Para lo que me importará entonces...
—Pues si no te importara, todo está ya aclarado. Si quieres acercarte a mi micrófono central, para perforar la cinta referente al asunto de la retrocarga. Repite conmigo...

A-16 alargó a su jefe la cinta perforada.
—Lo único que siento es que no está firmada con sangre —se disculpó—. No hubiera sido propio...
—¡Al Arcángel con todas esas majaderías pasadas de moda! —rugió alegremente el otro—. Un contrato siempre es un contrato, y un alma siempre es un alma.
Se inclinó, benévolo, hacia su subordinado.
—¡El primer contrato de venta que logramos extender en los últimos trescientos años! —exclamó—. Esa idea tuya de la ciencia-ficción te valdrá un ascenso inmediato al Círculo Inferior.
A-16 había abandonado su forma metálica, adquiriendo su habitual aspecto con cuernos, pezuñas, alas de murciélago y tridente en garra. Aunque sus ideas comerciales eran avanzadas, a su modo seguía siendo un demonio clásico.
—Uno debe trabajar de acuerdo con los tiempos —sonrió modestamente.


FIN

2025/04/07

El tiempo no tiene límites (Jack Finney)


Título original: Time has no boundaries
Año: 1962


En uno de los pisos superiores del Palacio de Justicia encontré el número de habitación que buscaba y abrí la puerta. Una muchacha guapa levantó la vista de la máquina de escribir, activó la sonrisa y dijo:
—¿Profesor Weygand? —Sólo era una pregunta en su forma. Le bastó mirarme para saber que era yo. Así que sonreí y asentí, deseando haberme puesto las ropas de pásalo-bien-en-San-Francisco en lugar de mi traje de profesor. Ella añadió—: El inspector Ihren está al teléfono; ¿le importaría esperar, por favor? —Yo volví a asentir y me senté, sonriendo benigno como corresponde a un profesor.
Mi problema es que, a pesar de tener el rostro delgado y resuelto de un profesor, soy un poco joven para mi trabajo, que consiste en ser profesor asociado de física en una importante universidad. Por suerte, tengo algo de gris prematuro en el pelo desde los diecinueve años, y en el campus llevo habitualmente esos horribles trajes de tweed permanentemente holgados que se supone deben vestir los profesores, aunque muchos de ellos hacen trampa y no se los ponen. Estos trajes, junto con las gafas redondas de metal que realmente no necesito, y una cuidadosa selección de corbatas de arpillera con enfermizos estampados de naranja brillante, azul babuino y verde pandilla (de rigor para los trajes de grandes bolsillos de profesor) completan la imagen. Ésta última es una palabra muy popular que significa que si quieres convertirte en profesor a tiempo completo debes dejar de tener el aspecto de un alumno.
Examiné la pequeña sala de espera: Paredes de escayola amarilla, un enorme calendario, archivadores, una mesa, máquina de escribir y secretaria. La observé de la misma forma que inspecciono a algunas de mis estudiantes más avanzadas, desde abajo y con una sonrisa paternal en caso de que levantase la vista y me pillase. Aunque en realidad lo que deseaba hacer era sacar la carta del inspector Ihren y leerla de nuevo en busca de cualquier pista que se me hubiese pasado con respecto a por qué quería verme. Pero siento cierto miedo hacia la policía —me entra una sensación de culpabilidad simplemente por preguntarle a un policía por una calle— y pensé que releer la carta en ese momento no haría sino traicionar mi nerviosismo frente a la señorita Candyhips, que de alguna forma se lo transmitiría secretamente al inspector.
En todo caso, sabía con exactitud qué decía. Era una petición formalmente amable de tres líneas, dirigida a mi despacho en el campus, para venir y ver al inspector Martin O. Ihren, si no era molestia, cuando me fuese conveniente, si no me importaba, por favor, señor. Estaba sentado preguntándome qué hubiese hecho el inspector si, con la misma amabilidad, me hubiese negado, cuando sonó el interfono, la sonrisa volvió a aparecer y la chica dijo:
—Entre, profesor.
Me puse en pie, tragando nervioso, abrí la puerta que había a mi lado y entré en el despacho del inspector.
Tras la mesa se puso en pie lenta y renuentemente como si no estuviese del todo seguro de no arrojarme pronto a una celda. Me ofreció una mano con suspicacia y sin sonreír dijo:
—Gracias por venir.
Yo respondí, me senté frente a la mesa y creí saber qué hubiese sucedido de haber rechazado la invitación de este hombre. Simplemente se hubiese presentado en el aula, puesto las esposas y arrastrado hasta aquí. No quiero dar a entender que su rostro fuese severo o en cualquier forma extraordinario; tenía un aspecto muy común. Al igual que el pelo castaño y el traje gris corriente. Era un hombre de una mediana edad joven, algo más alto y pesado que yo, y sus ojos no mostraban el más mínimo interés por nada en el universo exceptuando su trabajo. Yo tenía la convicción cierta de que, excepto por algunas noticias de crímenes, no leía nada, ni siquiera los titulares de los periódicos; que era inteligente, sagaz, perceptivo y carecía de sentido del humor; y que probablemente no conociese a nadie excepto a policías y que no tenía muy buen concepto de la mayoría de ellos. Era un hombre imponente en nada distinguido, y yo sabía que mi sonrisa traslucía nerviosismo.
Fue directamente al grano; estaba más acostumbrado a arrestar gente que a tratar con ella en un contexto social. Dijo:
—Hay algunas personas a las que no podemos encontrar, y pensé que quizás usted pudiese ayudar. 
Yo adopté una expresión de incertidumbre educada, pero él no prestó atención.
—Una de ellas trabajaba en el restaurante Haring’s; usted conoce el local; lleva años allí. Era camarero y desapareció al final de un fin de semana de tres días con toda la caja; casi cinco mil dólares. Dejó una nota diciendo que le gustaba Haring’s y que disfrutaba trabajando allí pero que le habían estado pagando de menos durante diez años y que ahora suponía que estaba en paz. Me cuentan que era un tipo con un extraño sentido del humor —Ihren se reclinó sobre la silla giratoria y frunció el ceño—. No podemos encontrarle. Lleva un año desaparecido y no hay ni rastro de él.
Supuse que esperaba que dijese algo e hice lo que pude.
—Quizá se trasladó a alguna otra ciudad y se cambió de nombre.
Ihren me miró asombrado, como si hubiese dicho algo aún más estúpido de lo que había esperado.
—¡Eso no nos ayudaría! —dijo irritado.
Estaba cansado de sentirme intimidado. Envalentonado dije:
—¿Por qué no?
—La gente no roba para luego esconderse por siempre; roban dinero para gastarlo. Ya le ha desaparecido el dinero, se cree olvidado y tiene otro trabajo en algún sitio… de camarero.
Supongo que puse cara de escepticismo, porque añadió:
—Ciertamente de camarero; no cambiará de trabajo. Es lo único que conoce, lo único que sabe hacer. ¿Recuerda a John Carradine, el actor? Solía ser muy popular. Tenía una cara de treinta centímetros de largo, todo barbilla y una larga quijada; muy característico. 
Asentí, y Ihren giró la silla hacia un archivador. Abrió una carpeta, sacó una hoja de papel satinada y me la pasó. Era un cartel de SE BUSCA de la policía, y aunque la fotografía no se parecía en realidad al actor, poseía la misma característica memorable en la barbilla. Ihren dijo:
—Podría trasladarse y cambiar de nombre, pero no podría cambiarse la cara. Esté donde esté, deberíamos haberle encontrado hace meses; este cartel fue a todas partes.
Me encogí de hombros, y Ihren se dirigió de nuevo a la carpeta. Sacó, y me pasó, una gran fotografía sepia de estilo antiguo, montada sobre un trozo de pesado cartón gris. Era una fotografía de grupo de las que rara vez se ven ya: Todos los empleados de un pequeño negocio posando en la acera frente a la entrada. Había una docena de hombres con bigotes y una mujer de vestido largo que sonreían y mantenían los ojos entrecerrados bajo el sol mientras posaban frente a un pequeño edificio que reconocí. Era el restaurante Haring’s con un aspecto no muy diferente al de ahora. 


Ihren dijo:
—La vi colgada de la pared en la oficina del restaurante; supongo que nadie la ha mirado de verdad desde hace años. El tipo grande en medio es el dueño original, que abrió el restaurante en 1885, cuando se tomó la fotografía; nadie conoce la identidad de las otras personas, pero échele un buen vistazo a las caras.
Lo hice, y vi a qué se refería: Un rostro en la vieja fotografía casi idéntico al del cartel de SE BUSCA. Poseía la misma asombrosa longitud, la barbilla ancha casi tan amplia como las mejillas. Miré a Ihren.
—¿Quién es? ¿Su padre? ¿Su abuelo? 
Casi renuente, dijo:
—Quizá. Claro, podría ser. Pero la verdad es que se parece al tipo que estamos persiguiendo, ¿no? ¡Y observe cómo sonríe! ¡Casi como si deliberadamente hubiese conseguido otra vez trabajar en el restaurante Haring’s y estuviese en 1885 riéndose de mí!
Yo dije:
—Inspector, está usted siendo extremadamente interesante, por no decir que totalmente divertido. Tiene toda mi atención, créame, y no tengo prisa por ir a ninguna parte. Pero no acabo de…
—Bien, usted es profesor, ¿no? Y los profesores son listos, ¿no? Busco ayuda allí donde puedo encontrarla. Tenemos media docena de casos sin resolver como éste: ¡Gente que debería haber sido localizada con facilidad! William Spangler Greeson es otro; ¿ha oído hablar de él?
—Claro. ¿Quién no en San Francisco?
—Exacto, un nombre importante en círculos sociales. ¿Pero sabe que no tenía ni un penique propio?
Me encogí de hombros.
—¿Cómo iba a saberlo? Siempre di por supuesto que era rico.
—Su esposa lo es; supongo que por eso se casó con ella, aunque me cuentan que ella le persiguió a él. Ella es mayor, por un buen margen. Una mujer desagradable; he hablado con ella. Él era un joven guapo y agradable, cuentan, pero vago; así que se casó con ella.
—Le he visto mencionado en la columna de Herb Caen. Tenía alguna relación con el teatro, ¿no?
—Toda la vida obsesionado con el escenario; intentó convertirse en actor, pero no lo logró. Cuando se casaron ella le dio el dinero para montar una obra en Nueva York, lo que lo mantuvo contento durante un tiempo; solía volar al este para los ensayos y las pruebas. A continuación empezó a forjar amistad con las actrices más jóvenes y bonitas. Su mujer le castigó como a un niño. Le hizo volver aquí y sin un centavo para el teatro. Dinero para cualquier otra cosa, pero ya no podía ni comprarse una entrada para el teatro; había sido un chico malo. Así que desapareció con ciento setenta mil dólares, y no se sabe nada de él desde entonces, lo que no es natural. Pero él no puede… no sé si me entiende, no puede… mantenerse alejado del teatro. Hace tiempo que debería haber reaparecido en Nueva York; con nombre falso, pelo teñido, bigote y esas tonterías. Deberíamos haberle capturado hace meses; pero no fue así —Ihren se puso en pie—. Espero que fuese en serio eso de que no tiene prisa, porque…
—Bien, de hecho…
—… porque he concertado una cita para los dos. En la calle Powell cerca del embarcadero. Vamos. 
Salió de detrás de la mesa, recogiendo un sobre grande que había en una esquina de la misma. Vi que el sobre llevaba como dirección del remitente la del departamento de Policía de Nueva York, y estaba dirigido a él. Se dirigió a la puerta sin mirar atrás, como si supiese que iba a seguirle. Frente al edificio dijo:
—Podemos coger un taxi; con usted puedo ponerlo como gasto. Cuando fui solo usé el tranvía.
—En un día como hoy, el que coge un taxi cuando puede ir en tranvía está lo suficientemente loco como para unirse al cuerpo de policía.
Ihren dijo:
—De acuerdo, turista.
Y caminamos en silencio hasta la esquina de Market y Powell. Un tranvía acababa de girar sobre la plataforma, y cogimos asientos exteriores, sin nadie cerca de nosotros; en su momento el tranvía comenzó a arrastrarse y resonar subiendo lentamente por Powell. Uno se puede sentar fuera en los tranvías, y se está bien, con sol y cielo azul, un típico día de verano tardío en San Francisco. Pero Ihren podría haber estado en el metro de Nueva York.
—Bien, ¿dónde está William Spangler Greeson? —dijo tan pronto como hubo pagado por los billetes—. Bien, por una corazonada le escribí a la policía de Nueva York, y enviaron a un hombre durante unas horas al museo histórico de la ciudad. 
Ihren abrió el sobre, sacó varias hojas dobladas de papel grisáceo, y me pasó la primera. La abrí; se trataba de una copia fotostática de un cartel al viejo estilo, estrecho y alargado.
—¿Ha oído hablar alguna vez de esa obra? —dijo Ihren leyendo por encima del hombro. 
La hoja decía: 

"¡HOY Y TODA LA SEMANA! ¡SIETE NOCHES DE GALA!"

Debajo, en letras grandes: 

"¡EL TÍO BISOÑO DE MABLE!"

—Claro, ¿quién no? —dije—. Shakespeare, ¿no?
Justo en ese momento pasábamos frente a Union Square y el hotel St. Francis.
—Guárdese los chistes para los estudiantes y lea la lista de personajes.
La leí, una larga lista de nombres; en las obras de antaño había casi tanta gente en la obra como entre el público.
Al pie de la lista decía Miembros de la Multitud Callejera, seguido de una docena o más de nombres en medio de los cuales aparecía William Spangler Greeson.
Ihren dijo:
—Esa obra se representó en 1906. Aquí tiene otra del invierno de 1901.
Me pasó una segunda copia fotostática, señalando otra lista al pie del elenco. "Espectadores en la Gran Carrera", decía, y estaba seguido por un centímetro de nombres en un tipo diminuto, el tercero de los cuales era William Spangler Greeson.
—Tengo copias de dos carteles más —dijo Ihren—, uno de 1902, el otro de 1904, cada uno con su nombre en el elenco.
El tranvía giró en Powell, nos bajamos, y seguimos caminando hacia el norte. Devolviéndole las fotostáticas, dije:
—Es su abuelo. Probablemente Greeson heredó de él su interés por el teatro.
—Hoy está encontrando un montón de abuelos, ¿no, profesor? —Ihren volvía a meter las hojas en el sobre.
—¿Y qué está encontrando usted, inspector?
—Se lo mostraré en un minuto —dijo, y caminamos en silencio.
Al frente podíamos ver la Bahía, más allá de donde terminaba la calle Powell, y tenía un aspecto precioso bajo el sol, pero el inspector Ihren no la miraba. Estábamos junto a un edificio bajo de cemento, y me hizo un gesto con la barbilla; un cartel junto a la puerta decía: 

ESTUDIO DIECISÉIS: TV COMERCIAL. 

Entramos, atravesamos una pequeña oficina donde no había nadie y llegamos a una sala de suelo de cemento donde un carpintero estaba construyendo un decorado: La pared delantera de una pequeña casa de campo. Atravesamos la sala —era evidente que el inspector ya había estado allí— para abrir un par de puertas dobles, y llegamos a una pequeña sala de proyección. Una pantalla en blanco delante, una docena de asientos y una pequeña cabina de proyección. El hombre de la cabina gritó:
—¿Inspector?
—Sí. ¿Está listo?
—Tan pronto como inserte la película.
—Bien.


Ihren me indicó que me sentase y él tomó asiento a mi lado. En tono de conversación, me dijo:
—Solía haber un personaje en la ciudad llamado Tom Veeley, un fan de los deportes, un chalado. Iba a todas las peleas, todos los partidos de los Gigantes y los Forty-Niners, a todas las carreras de coches, el derbi, y toda exhibición de jai-alai que venía a la ciudad… y se quejaba de todo. Le conocíamos porque de vez en cuando abandonaba a su esposa. Ella odiaba los deportes, le amargaba la vida y él se largaba, y nosotros teníamos que ir a pillarlo por las denuncias de abandono y desamparo económico; nunca llegaba muy lejos. Incluso, cuando le arrestábamos, de lo único que hablaba era de cómo los deportes habían muerto, al público ya no le importaban y tampoco a los jugadores, y deseaba haber estado presente en los grandes días del deporte. ¿Sabe a qué me refiero?
Asentí, la pequeña sala se oscureció y un rayo de intensa luz blanca pasó sobre nuestras cabezas. A continuación apareció una película en la pantalla que teníamos delante. Era en blanco y negro, cuadrada, con movimientos algo más temblorosos y rápidos de lo que estamos acostumbrados, y muda. Ni siquiera había música, y era irreal observar los movimientos sin oír más sonido que el zumbido del proyector. La imagen mostraba el estadio de los Yanquis tomado desde detrás de la tercera base, mostrando las tarimas, un hombre con un bate, el pitcher preparándose. A continuación cambiaba a un primer plano: Babe Ruth en la base, con el bate sobre el hombro, una alambrada de fondo, fans detrás. Agitó el bate, le dio a la pelota y — levantando la barbilla mientras seguía su vuelo— echó a correr. Sonriendo, con los puños agitándose rítmicamente, recorrió las bases. Empezaron a aparecer letras sobre la pantalla: "¡Babe, vuelve a hacerlo!" Empezaba, y continuaba para decir que había sido su carrera completa número cincuenta y uno de la temporada de 1927, y que parecía que Ruth establecería un nuevo récord.
La pantalla quedó en blanco excepto por unos números incomprensibles y perforaciones que pasaban volando, y Ihren dijo:
—Un estudio de Hollywood me ayudó a montar esta demostración, sin coste. En ocasiones filman películas de policías y ladrones aquí y les gusta que cooperemos con ellos.
Jack Dempsey apareció de pronto en la pantalla, sentado en un taburete en una esquina del ring, con hombres afanándose con él. La imagen era mala; el ring estaba en el exterior y había demasiado sol. Pero se trataba de Dempsey, de eso no había duda, quizá con unos veinticuatro años, sin afeitar y con el ceño fruncido. Alrededor del borde del ring, con la cámara moviéndose sobre ellos ahora que estaban en un periodo entre asaltos, había hombres sentados con sombreros de paja y cuellos duros; algunos tenían pañuelos metidos en los cuellos y otros se estaban secando la cara. Luego, en medio de un extraño silencio, Dempsey saltó al ring, agachándose, y comenzó a boxear con un enorme oponente que se movía a cámara lenta: Jess Willard, imaginé. De pronto la película terminó, y la pantalla quedó iluminada sólo por un parpadeo de luz blanca. Ihren dijo:
—Examiné casi seis horas de material como éste; todo desde Red Grange hasta Gertrude Ederle. Entresaqué tres escenas; aquí está la última.
En la pantalla, la película rayada mostraba a un golfista intentando elegir un putt; los espectadores se encontraban formado tres o cuatro filas en los bordes del green. El golfista sonrió simpático y comenzó a agitar el palo; llevaba pantalones que le llegaban justo bajo las rodillas y tenía el pelo peinado con raya en medio y directamente hacia atrás. Era Bobby Jones, uno de los grandes golfistas del mundo, en la cima de su carrera en los años veinte. Golpeó la bola, que echó a rodar y cayó en el hoyo y Jones corrió tras ella mientras la multitud se apresuraba a seguirle… todos excepto un hombre. Sonriendo, el hombre caminó directamente hacia la cámara, luego se detuvo, se quitó la gorra de tela en una especie de saludo y se dobló por la cintura. La cámara lo dejó atrás girando para seguir a Jones que se inclinaba para recoger la pelota. A continuación Jones siguió avanzando, y el hombre que se había inclinado frente a nosotros corrió tras él junto a la multitud, atravesando la pantalla y desapareciendo para siempre. La película terminó de pronto, y las luces del techo se encendieron.
Ihren se volvió hacia mí.
—Ése era Veeley —dijo—, y no tiene sentido que intente convencerme de que era su abuelo, así que no lo intente. Ni siquiera había nacido cuando Bobby Jones ganaba campeonatos de golf, pero es igual, era indiscutible y absolutamente Tom Veeley, el fan de los deportes que desapareció de San Francisco hace seis meses. 
Se quedó sentado, pero no le respondí; ¿qué podía decir a eso? Ihren siguió hablando:
—También está sentado justo tras la barrera cuando Ruth consiguió la carrera, aunque su rostro está en sombras. Y creo que es uno de los hombres que se limpia la cara durante la pelea de Dempsey, aunque no estoy del todo seguro.
La puerta de la cabina de proyección se abrió y el proyeccionista salió diciendo:
—¿Es todo por hoy, inspector? —Y Ihren dijo que sí. El proyeccionista me miró y dijo—: Hola, profesor —y se fue.
Ihren asintió.
—Sí, le conoce, profesor. Le recuerda. La semana pasada, cuando estábamos repasando el material, llegamos hasta la película de Bobby Jones. Comentó que se la había puesto a alguien más hacía sólo unos días. Pregunté quién era, y me dijo que era un profesor de la universidad llamado Weygand. Profesor, nosotros dos debemos ser las únicas personas del mundo interesadas en ese fragmento de película. Así que hice algunas comprobaciones; era usted profesor asistente de física, brillante y con buena reputación, pero eso no me ayudaba. No tenía antecedentes criminales, al menos no con nosotros, pero eso tampoco me dice nada; la mayoría de la gente no tiene antecedentes pero la mitad debería. Luego comprobé los periódicos, y el Chronicle tiene un recorte sobre usted guardado en sus archivos. Vamos —Ihren se puso en pie —, salgamos de aquí.
En el exterior, nos dirigimos hacia la Bahía; y caminamos hasta el final de la calle y luego hasta un embarcadero de madera. Un enorme buque cisterna, pintado de rojo, medio fuera del agua, pasaba al lado, pero Ihren ni lo miró.
Se sentó en un atraque, indicándome otro a su lado, y sacó el recorte de periódico del bolsillo.
—Según esto, dio una conferencia para la Sociedad Américo-Canadiense de Física en el Hotel Fairmont en junio de 1961.
—¿Es un delito?
—Quizá; no asistí. Habló sobre "Algunos aspectos físicos del tiempo", dice el recorte. Pero no digo que entienda el resto.
—Fue una charla bastante técnica.
—Pero me hago la idea de que usted opina que realmente podría ser posible enviar a un hombre a un tiempo anterior.
Sonreí.
—Mucha gente ha pensado tal cosa, incluyendo a Einstein. Muchos sostienen esa teoría. Pero eso es todo, inspector, una teoría.


—Entonces hablemos sobre algo que es más que una teoría. Durante más de un año San Francisco ha sido un buen mercado para moneda antigua; acabo de descubrirlo. Cada numismático y filatélico de la ciudad ha tenido un cliente nuevo, tipos extraños que no daban nombres y a los que no les importaba en qué condiciones se encontraba el dinero antiguo. De hecho, cuanto más gastado, sucio y doblado, y por tanto más barato, más les gustaba. Uno de esos clientes, como hace un año, fue un hombre de una cara asombrosamente larga y delgada. Compró billetes y algunas monedas; cualquiera le valía siempre que no fuese posterior a 1885. Otro cliente fue un joven amistoso de buen aspecto que no quería billetes posteriores a principios del siglo XX. Y así más. ¿Sabe por qué le he traído hasta aquí?
—No.
Hizo un gesto en dirección a una larga franja de embarcaderos vacíos detrás de nosotros.
—Porque no hay nadie a nuestro alrededor; no hay testigos. Así que dígame, profesor… no puedo usar lo que me diga, sin corroboración, como prueba… ¿cómo demonios lo hizo? Creo que le gustaría contárselo a alguien; bien puedo ser yo.
Asombrosamente, tenía razón; deseaba, mucho, contárselo a alguien.
Rápidamente, antes de poder cambiar de opinión, dije:
—Uso una pequeña caja negra con botones, botones de latón. 
Me detuve, miré durante unos segundos el bote blanco de la guardia costera que salía de detrás de Angel Island y luego me encogí de hombros y me volví hacia Ihren.
—Pero usted no es físico; ¿cómo puedo explicárselo? Sólo puedo decirle que es realmente posible enviar a un hombre a un tiempo anterior. Mucho más fácil, de hecho, de lo que supone cualquier teórico. Ajusto los botones, los indicadores, apunto la caja negra sobre el sujeto como si fuese una cámara. Luego —volví a encogerme de hombros—, bien, conecto una versión muy tenue de una corriente o rayo eléctrico especializado y bien dirigido. Y mientras la corriente está activa… ¿cómo puedo explicarlo? Está flotando, digamos; está libre del tiempo, que sigue avanzando sin él. He calculado que está a la deriva, con el pasado acercándose a él a un ritmo de veintitrés años y once semanas por cada segundo que la corriente está activada. Empleando un cronómetro, puedo enviar a un hombre al pasado que desee con un margen de unas tres semanas. Sé que funciona porque… bien, Tom Veeley no es más que un ejemplo. Todos intentan hacer algo para demostrarme que han llegado sanos y salvos, y Veeley dijo que haría lo posible por aparecer en una toma del noticiario cuando Jones ganase el Open de Golf. Comprobé el noticiario la semana pasada para asegurarme de que así había sido.
El inspector asintió.
—De acuerdo; bien, ¿por qué lo hizo? Son criminales, ya lo sabe; y les ayudó a escapar.
Yo dije:
—No, no sabía que eran criminales, inspector. Y no me lo contaron. Parecían buenas personas con más problemas de los que podían resolver. Y lo hice porque necesitaba lo que necesita un médico cuando descubre una nueva vacuna: ¡Voluntarios para probarla! Y los conseguí; usted no es el único que lee ese recorte de prensa.
—¿Dónde lo hace?
—En la playa, no lejos de Cliff House. De noche, cuando no hay nadie.
—¿Por qué allí?
—Hay cierto peligro de que un hombre pueda aparecer en un momento y lugar ya ocupado por otra cosa, una pared de piedra o un edificio, con sus moléculas ocupando el mismo espacio. Quedaría entremezclado con las otras moléculas ocupando el mismo espacio, lo que sería desagradable y grave. Pero nunca ha habido ningún edificio en la playa. Evidentemente, la playa podría haber estado un poco más alta en un momento que en otro, así que no dejo nada al azar. Les hago situarse en la torre del salvavidas, con la ropa adecuada para el periodo en que planean entrar y con el dinero adecuado en el bolsillo. Enfoco cuidadosamente para excluir la torre, activo la corriente para el tiempo adecuado y cae en la playa cincuenta, sesenta, setenta u ochenta años en el pasado.
Durante un rato el inspector se quedó sentado asintiendo, mirando ausente las tablas rugosas del embarcadero. Luego volvió a mirarme, frotándose vigorosamente las palmas.
—De acuerdo, profesor, ¡y ahora va a traerlos a todos de vuelta! —Empecé a negar con la cabeza y él sonrió con severidad y dijo—: Oh, sí va a hacerlo, ¡o acabaré con su carrera! Puedo hacerlo, ya sabe. Sacaré a la luz todo lo que le he dicho, y mostraré las conexiones. Cada una de las personas desaparecidas le visitó más de un vez. Sin duda, alguien vio a alguno de ellos. Puede que incluso les viesen en la playa. Para cuando haya terminado no volverá a dar clase. 
Yo seguía negando y él dijo con tono amenazador:
—¿Quiere decir que no va a hacerlo?
—¡Quiero decir que no puedo, idiota! ¿Cómo demonios voy a llegar hasta ellos? Están en 1885, 1906, 1927 o cuando sea; es absolutamente imposible traerlos de vuelta. Han escapado de usted, inspector… para siempre.
Se puso blanco de verdad.
—¡No! —gritó—. No; son criminales y hay que castigarlos, ¡debe hacerse!
Yo estaba asombrado.
—¿Por qué? Ninguno de ellos causó mucho daño. Y en lo que a nosotros respecta, no existen. Olvídelos.
Me enseñó los dientes.
—Nunca —susurró, luego rugió—: ¡Nunca olvido a un hombre buscado!
—Vale, Javert.
—¿Quién?
—Un policía ficticio de un libro llamado Los Miserables. Pasa media vida persiguiendo a un hombre al que ya nadie quería capturar.
—Buen hombre; me gustaría tenerlo en mi departamento.
—En general no se le tiene en mucha estima.
—¡Yo sí! —El inspector Ihren empezó a golpear lentamente el puño contra la palma de la mano—. Hay que castigarlos, hay que castigarlos.  
Luego me miró.
—¡Váyase de aquí! —me gritó—, ¡rápido! 
Era algo que yo deseaba y así lo hice. A una manzana de distancia miré atrás y le vi que seguía sentado en el muelle golpeando lentamente el puño contra la palma.
Pensé que le había visto por última vez, pero no era así; vi al inspector Ihren una vez más. Una noche, como diez días más tarde, me telefoneó al apartamento y me pidió —me ordenó— que fuese de inmediato con la pequeña caja negra, y así lo hice aunque me estaba preparando para meterme en la cama; simplemente era uno de esos hombres a los que no se desobedece a la ligera. Cuando llegué al enorme y oscuro Palacio de Justicia él estaba de pie en la entrada, y sin una palabra me indicó que subiese al coche. Así lo hicimos, y nos dirigimos en silencio hasta un tranquilo distrito residencial.
Las calles estaban vacías, las casas a oscuras; era cerca de medianoche.
Aparcamos cerca de una farola en una esquina y Ihren dijo:
—Desde que le vi por última vez he estado pensando, y he estado investigando —Señaló a un buzón junto a la farola a unos tres metros—. Ése es uno de los tres buzones de la ciudad de San Francisco que lleva en el mismo sitio casi noventa años. No ése en particular, claro, pero siempre en el mismo sitio. Y ahora vamos a enviar algunas cartas. 


Del bolsillo del abrigo el inspector Ihren se sacó un fajo de sobres, con la dirección escrita con tinta, y sellados para enviar. Me mostró el primero de todos, metiéndose los demás en el bolsillo.
—¿Ve para quién es?
—El jefe de policía.
—Exacto; el jefe de policía de San Francisco… ¡en 1885! Ése es su nombre y dirección, y el sello que usaban entonces. Voy a dirigirme a ese buzón de la esquina y voy a sostenerlo sobre la boca. Enfocará su cajita negra sobre el sobre y activará la corriente cuando lo suelte, ¡y caerá en el buzón que estaba en ese sitio en 1885!
Moví la cabeza en gesto de admiración; era ingenioso.
—¿Qué dice la carta? 
Sonrió diabólico.
—¡Le diré lo que dice! Todo el tiempo libre que he tenido desde la última vez que nos vimos lo he pasado leyendo viejos periódicos en la biblioteca. En diciembre de 1884 se cometió un robo, varios miles de dólares; meses después no se dice nada en el periódico de que lo resolviesen —Levantó el sobre—. Bien, esta carta sugiere al jefe de policía que investigue a un hombre con una cara inusualmente larga que trabaja en el restaurante Haring’s, y que si registran su habitación, probablemente encuentren varios miles de dólares que no puede explicar. ¡Y que de ninguna forma tendrá coartada para el robo de 1884! —El inspector sonrió, si se le podía llamar sonrisa—. Es todo lo que necesitarán para enviarle a San Quintín y cerrar el caso; ¡en aquellos días no mimaban a los criminales!
A mí me colgaba la mandíbula.
—¡Pero no es culpable! ¡No de ese crimen!
—¡Es culpable de otro igual! Y debe ser castigado; ¡no ¡permitiré escapar, ni siquiera a 1885!
—¿Y las otras cartas?
—Puede suponerlo. Hay una para cada hombre que ayudó a escapar, dirigidas a la policía del momento adecuado. Y va usted a ayudarme a enviarlas, una a una. Si no lo hace, le arruinaré la vida, y eso es una promesa, profesor. 
Abrió la portezuela, salió y caminó hasta la esquina sin mirar atrás.
Supongo que habrá quienes digan que tendría que haberme negado a usar la cajita negra sin que me importasen las consecuencias para mí. Bien, quizá debería haberme negado, pero no lo hice. El inspector hablaba en serio y yo lo sabía, y no iba a permitir que arruinase la única carrera que había tenido o deseaba. Hice todo lo que pude; rogué y supliqué. Salí del coche con la caja; el inspector estaba de pie junto al buzón.
—Por favor, no me obligue a hacerlo —dije—. ¡Por favor! ¡No es necesario! No le ha contado este plan a nadie, ¿verdad?
—Claro que no; me echarían del cuerpo riéndose de mí.
—¡Entonces olvídelo! ¿Por qué perseguir a esas pobres personas? En realidad no han hecho nada; en realidad no han hecho nada a nadie. ¡Sea humano! ¡Perdóneles! ¡Sus ideas se oponen frontalmente a las ideas modernas de la rehabilitación de los criminales!
Me paré para respirar y él dijo:
—¿Ha terminado, profesor? Espero que sí, porque nada me va a hacer cambiar de idea. Ahora, ¡use la maldita caja!
Desesperado me encogí de hombros y empecé a ajustar los indicadores.
Estoy seguro de que el caso más enigmático de la oficina de personas desaparecidas de San Francisco no se resolverá jamás. Sólo dos personas —el inspector Ihren y yo— conocen la respuesta, y no vamos a desvelarla. Durante un breve periodo de tiempo hubo una pista que alguien podría haber encontrado, pero yo llegué primero. Se encontraba en la sección de fotografías curiosas de la biblioteca pública; tienen cientos de fotografías del viejo San Francisco, y yo las repasé todas hasta encontrarla. Luego la robé; apenas importaba un crimen más en la lista de aquellos de los que ya era culpable.
De vez en cuando la saco y la miro; muestra una fila de hombres uniformados formando frente a la comisaría de policía de San Francisco. En cierta forma me recuerda a una vieja comedia porque cada uno de ellos lleva un casco alto de fieltro con una amplia ala hacia abajo, y largos abrigos hasta las rodillas. Casi todos llevan largos bigotes, y sostienen una porra apoyada en el hombro como si estuviesen dispuestos a golpear en la cabeza de Chester Conklin. A primera vista parecen los Keystone Kops pero, si se examinan los rostros con cuidado, pronto se cambia de opinión. Miren especialmente de cerca el rostro de un hombre en el extremo de la fila, con galones de sargento. Tiene un aspecto evidente de ferocidad permanente, mirando con furia (o eso siempre me parece) directamente hacia mí. Es el rostro implacable de Martin O. Ihren de la fuerza de policía de San Francisco, allí donde realmente pertenece, allí donde le envié con mi cajita negra, al año 1893.


FIN