2025/02/17

El hombre máquina de Ardathia (Francis Flagg)


Título original: The Machine Man of Ardathia
Año: 1927


No sé qué creer. A veces estoy seguro de que todo fue un sueño. Pero luego está el asunto de la pesada mecedora. Es innegable que desapareció. Tal vez alguien me gastó una broma. ¿Pero quién se rebajaría a un engaño tan extraño, sólo con el propósito de confundir a un anciano? Tal vez alguien robó la mecedora. ¿Pero por qué alguien iba a robar la mecedora? Era, es cierto, un mueble resistente, pero no lo suficientemente valioso como para excitar la codicia de un ladrón. Además, la mecedora estaba en su lugar cuando me senté en el sillón. Por supuesto, puedo estar mintiendo.
Peters, a quien cometí el error de contárselo todo la noche del suceso, escribió la historia para su periódico, y el editor de The Chieftain lo menciona en su editorial del día 15, cuando señala que "el señor Matthews parece poseer una imaginación igual a la de H. G. Wells". Y, considerando la naturaleza de mi historia, estoy dispuesto a perdonarle por dudar de mi veracidad.
Sin embargo, los pocos amigos que me conocen mejor piensan que cené demasiado, o demasiado bien y que tuve una pesadilla.
Hodge sugirió que el japonés que limpia mis habitaciones había, por alguna razón, quitado la mecedora de su lugar y que yo simplemente daba por sentado su presencia cuando me sentaba. El japonés niega enérgicamente haberlo hecho.
Debo detenerme un momento aquí para explicar que tengo dos habitaciones y un baño en el tercer piso de un moderno edificio de apartamentos frente al lago. Desde la muerte de mi esposa hace tres años he vivido así, desayunando y almorzando en un restaurante, y generalmente cenando en el club. También puedo confesar que tengo una habitación alquilada en un edificio de oficinas del centro de la ciudad donde paso unas horas todos los días trabajando en mi libro, que está diseñado para ser un análisis crítico de las falacias inherentes a la teoría marxista de la economía, abarcando al mismo tiempo una refutación completa de La sociedad antigua de Lewis Morgan. Una empresa bastante ambiciosa, admitirán, y no apta para atraer el interés de una persona dada a inventar historias disparatadas con el propósito de asombrar a sus amigos. No; niego enfáticamente haber inventado la historia. Sin embargo, el futuro hablará por sí mismo. Me limitaré a poner por escrito los detalles de mi extraña experiencia (la justicia para conmigo mismo exige que lo haga, pues han aparecido muchos relatos confusos en la prensa) y dejaré que el lector saque sus propias conclusiones.
Contrariamente a mi costumbre habitual, esa noche cené con Hodge en el Hotel Oaks. Permítanme afirmar enfáticamente que, si bien es bien sabido entre sus íntimos que Hodge lleva una petaca en la cadera, yo no tenía absolutamente nada de naturaleza embriagadora para beber. Hodge lo comprobará. Alrededor de las ocho y media rechacé una invitación para ir al teatro con él y fui a mis habitaciones. Allí me puse una chaqueta de fumar y zapatillas y encendí un habano suave. La mecedora ocupaba su lugar habitual cerca del centro del suelo de la sala de estar. Lo recuerdo claramente porque, como de costumbre, tuve que empujarla a un lado o rodearla, preguntándome por enésima vez por qué ese japonés idiota insistía en colocarla en un lugar tan inconveniente; y resolviendo, también por enésima vez, hablar con él al respecto. Con un cuaderno y un lápiz colocados en el estante a mi lado, también un ejemplar de Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de Federico Engels, encendí la luz de mi lámpara de lectura con pantalla verde, apagué todas las demás y me hundí con un suspiro de alivio en el sillón. Era mi intención tomar algunas notas de la obra de Engels relativa a los matrimonios plurales, mostrando que contradecía ciertas conclusiones de Morgan cuando dijo... Pero ahí; es suficiente decir que después de unos minutos de trabajo me recliné en mi silla y cerré los ojos. No me quedé dormido; estoy seguro de eso. Mi mente estaba activamente ocupada en tratar de armar una frase que expresara claramente mi pensamiento.


La mejor manera de describir lo que ocurrió entonces es decir que hubo una explosión. No fue exactamente eso, pero en ese momento me pareció que debió haber habido una explosión. Un destello de luz cegadora se registró con una claridad espantosa a través de los párpados cerrados en la retina de mis ojos. Mi primer pensamiento fue que alguien había dinamitado el edificio; el segundo, que se habían fundido los fusibles eléctricos. Pasó un tiempo antes de que pudiera ver con claridad. Cuando pude...
—Dios mío —susurré débilmente—, ¿qué es eso?
En el lugar que había ocupado la mecedora (aunque en ese momento no me di cuenta de su ausencia) había un cilindro que parecía ser de cristal, de un metro y medio de altura, según creo. Dentro de este cilindro parecía haber una caricatura de un hombre... o de un niño. Digo caricatura porque, si bien el cilindro medía un metro y medio de altura, el ser que había dentro de él apenas medía noventa centímetros. Pueden imaginar mi asombro mientras miraba esta aparición. Después de un rato me levanté y encendí todas las luces para observarla mejor.
Quizá se pregunten por qué no intenté llamar a alguien. Lo único que puedo decir es que nunca se me ocurrió esa idea. A pesar de mi edad (tengo sesenta años), no soy nervioso y no me asusto fácilmente. Caminé con mucho cuidado alrededor del cilindro y observé a la criatura que había dentro desde todos los ángulos. Extendí la mano en un intento de tocar su superficie, pero cierta fuerza impidió que mis dedos hicieran contacto, lo cual fue muy curioso. Además, no pude detectar ningún movimiento del cuerpo o de las extremidades de la extraña cosa dentro del cristal.
—Lo que me gustaría saber —murmuré— es qué eres, de dónde vienes, si estás vivo y si estoy soñando o despierto.
Por primera vez, la criatura cobró vida. Una de sus manos, parecidas a tentáculos, que sostenía un tubo de metal, se dirigió a su boca. Del tubo salió una raya blanca que se adhirió al cilindro.
—Ah —dijo una voz clara y metálica—, inglés, primitivo, según creo; probablemente del siglo XX.
Las palabras fueron pronunciadas con una entonación indescriptible, como si un extranjero estuviera hablando nuestro idioma. Pero más que eso... como si estuviera hablando un idioma que había desaparecido hacía mucho tiempo. No sé por qué se me ocurrió esa idea entonces. Tal vez...
—Puedes hablar —exclamé.
La criatura emitió una risa metálica.
—Como dices, puedo hablar.
—Entonces dime quién eres.
—Soy un Ardathiano. Un hombre-máquina de Ardathia. Y tú... Dime, ¿eso que tienes en la cabeza es realmente pelo?
—Sí —respondí.
—¿Y esos mantos que llevas sobre el cuerpo son prendas de vestir?
Respondí afirmativamente.
—Qué extraño. Entonces sí que eres un primitivo, un hombre prehistórico.
Los ojos detrás del escudo de cristal me miraron fijamente.
—¡Un hombre prehistórico! —exclamé—. ¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que tú perteneces a esa raza de hombres primitivos cuyos esqueletos hemos desenterrado aquí y allá y reconstruido para nuestras escuelas de biología. ¡Es maravilloso cómo nuestros científicos los han copiado a partir de algunos fragmentos de hueso! La cabeza pequeña cubierta de pelo; la mandíbula bestial; el cuerpo y las piernas anormalmente grandes; las cubiertas artificiales hechas de tela... ¡Incluso su lenguaje!
Por primera vez comencé a sospechar que era víctima de una broma. Me levanté y caminé con cuidado alrededor del cilindro, pero no pude detectar ningún agente externo que controlara el artefacto. Además, era absurdo pensar que alguien se tomaría la molestia de construir un aparato tan complicado como parecía ser, simplemente por jugar una broma. Sin embargo, miré hacia el rellano.
Regresé y volví a sentarme frente al cilindro.
—Perdóname —dije—, pero tú te refieres a mí como si perteneciera a un período mucho más remoto que el tuyo.
—Así es. Si no me equivoco en mis cálculos, estás treinta mil años atrás. ¿Qué fecha es ésta?
—5 de junio de 1926 —respondí débilmente.
La criatura hizo algunas contorsiones, ordenó algunos tubos de metal con sus manos y luego anunció con su voz metálica:
—Calculado según tu método de cálculo, he viajado en el tiempo exactamente veintiocho mil años, nueve meses, tres semanas, dos días, siete horas y un cierto número de minutos y segundos que me resulta inútil enumerar con exactitud.
Fue en ese momento cuando me esforcé por asegurarme de estar completamente despierto y en pleno uso de mis facultades. Me levanté, escogí un puro nuevo del humidor, encendí uno y comencé a fumar. Después de unas cuantas bocanadas, lo dejé junto al que había estado fumando esa misma noche. Lo encontré allí más tarde. Prueba irrefutable...
Dije que soy un hombre de nervios firmes. Lo soy. Me senté de nuevo frente al cilindro, decidido esta vez a averiguar todo lo que pudiera sobre la increíble criatura que había dentro.
—Dices que has viajado en el tiempo miles de años atrás. ¿Cómo es posible?
—Verificando el tiempo como una cuarta dimensión y perfeccionando dispositivos para viajar en él.
—¿De qué manera?
—No sé si puedo explicarlo con exactitud en tu idioma, y tú eres demasiado primitivo y poco evolucionado para entender el mío. Sin embargo, lo intentaré. Debes saber que el espacio es algo tan relativo como el tiempo. En sí mismo, aparte de su relación con la materia, no tiene existencia. No puedes verlo ni tocarlo, pero te mueves libremente en el espacio. ¿Está claro?
—Suena como la teoría de Einstein.
—¿Einstein?
—Uno de nuestros grandes científicos y matemáticos —expliqué.
—¿Así que tienen científicos y matemáticos? ¡Maravilloso! Eso confirma lo que dice Hoomi. Debo recordar decir... Sin embargo, para reanudar mi explicación, el tiempo se capta de la misma manera que el espacio, es decir, en su relación con la materia. Cuando miden el espacio, lo hacen dejando que su vara de medir salte de un punto a otro de la materia. O, en el caso de abarcar el vacío, digamos, desde la Tierra hasta Venus, empiezan y terminan con la materia, observando que entre ellos hay muchos kilómetros de espacio. Pero está claro que no ven ni tocan ningún espacio, simplemente abarcan la distancia entre dos puntos de la materia con la vista o con la vara de medir. Hacen lo mismo cuando calculan el tiempo con el sol o por medio del reloj que veo colgado en la pared. El tiempo, entonces, no es más una abstracción que el espacio. Si es posible para el hombre moverse libremente en el espacio, es posible para él moverse libremente en el tiempo. Nosotros, los ardathianos, estamos empezando a hacerlo.
—¿Pero cómo?
—Me temo que tu limitada inteligencia no pueda captar lo que te he contado. Debes comprender que, comparado con nosotros, no eres ni mucho menos un ser humano. Cuando te miro, percibo que tu cuerpo es enormemente más grande que tu cabeza. Esto significa que estás dominado por las pasiones animales y que tu capacidad mental no es muy elevada.
Que esa cosa extrañamente graciosa dentro de un cilindro de cristal llegara a tal conclusión respecto a mí, me hizo sonreír.
—Si alguno de mis conciudadanos te viera —respondí—, te consideraría... bueno, absurdo.
—Eso es porque juzgarían según el único criterio que conocen: Ellos mismos. En Ardathia se les consideraría bestiales. De hecho, así es exactamente como se considera a sus esqueletos reconstruidos. Dime, ¿es cierto que nutren sus cuerpos llevando comida a sus estómago a través de la boca?
—Sí.
—¿Y están en esa etapa de la evolución corporal en la que eliminarán los productos de desecho a través del canal alimentario?
Bajé la cabeza.
—Que asco.
Los ojos que no parpadeaban me miraban fijamente. Entonces ocurrió algo que me sobresaltó mucho. La criatura se llevó un tubo de vidrio a la cara. Del extremo del tubo saltó un rayo violeta que atravesó la cubierta de vidrio y recorrió la habitación.
—No hay por qué alarmarse —dijo la voz metálica—. Sólo estaba observando tu hábitat y sacando algunas deducciones. Corríjeme si me equivoco, por favor. Tú eres un hombre de habla inglesa del siglo XX. Tú y los de su especie viven en ciudades y casas. Comen, digieren y reproducen a sus crías, de forma muy similar a como lo hacen los animales de los que descienden. Utilizan máquinas rudimentarias y tienen un conocimiento elemental de física y química. Corríjeme si me equivoco, por favor.
—Hasta cierto punto tienes razón —respondí—, pero no me interesa que me digas quién soy. Lo sé. Deseo saber quién eres tú. Afirmas que vienes de unos treinta mil años en el futuro, pero no presentas ninguna prueba que respalde esa afirmación. ¿Cómo sé que no eres un truco, un impostor, una alucinación mía? Dices que puedes moverte libremente en el tiempo. ¿Cómo es que nunca has venido por aquí antes? Cuéntame algo sobre ti; tengo curiosidad.
—Tus preguntas están bien formuladas —respondió la voz—, y trataré de responderlas. Debes saber, entonces, que soy un Hombre Máquina de Ardathia. Es cierto que estamos comenzando a movernos en el tiempo así como en el espacio; pero nota que digo 'comenzando'. Nuestras máquinas del tiempo son todavía muy rudimentarias, y yo soy el primer ardathiano que penetra en el pasado más allá de un período de seis mil años. Debes saber que un viajero en el tiempo corre ciertos riesgos. En cualquier lugar del camino, puede materializarse dentro de algún tipo de sólido. En ese caso, es casi seguro que explotará o será destruido de alguna otra manera. Tal era el peligro constante hasta que perfeccioné mi rayo envolvente de... No puedo nombrarlo ni describirlo en tu lengua, pero si te acercas demasiado a mí sentirás su resistencia. Este rayo tiene el efecto de desintegrar y dispersar cualquier cuerpo de materia dentro del cual pueda materializarse un viajero en el tiempo. ¿Quizás eras consciente de una gran luz cuando aparecí en tu habitación? Probablemente tomé forma dentro de un cuerpo de materia y el rayo lo destruyó.
—¡La mecedora! —exclamé—. Estaba en el lugar que ocupas tú ahora.
—Entonces se ha reducido a sus átomos originales. Este es un momento maravilloso para mí. Mi rayo ha demostrado ser un éxito rotundo por segunda vez. No sólo elimina cualquier materia que impida el paso del viajero en el tiempo, sino que también crea un vacío dentro del cual está perfectamente a salvo de cualquier daño. Pero, para resumir...
»Es difícil creer que nosotros, los ardathianos, evolucionáramos de criaturas como ustedes. Nuestra historia escrita no se remonta a una época en la que los hombres se alimentaban llevando comida a sus estómagos a través de sus bocas, la digerían o reproducían a sus crías de la manera animal en que lo hacen ustedes. Los primeros hombres de los que tenemos algún registro escrito fueron los bichánicos. Vivieron unos quince mil años antes de nuestra era y ya estaban muy avanzados en el camino de la evolución mecánica cuando cayó su civilización. Los bichánicos vaporizaban sus sustancias alimenticias y las respiraban por la nariz, excretando los productos de desecho del cuerpo a través de los poros de la piel. Sus hijos eran llevados al punto de nacimiento en incubadoras ectogenéticas. Existe suficiente evidencia auténtica para demostrar que los bichánicos habían perfeccionado el uso de corazones mecánicos y eran capaces de hacer rudimentariamente... No puedo encontrar las palabras para explicar exactamente lo que hacían, pero no importa. El punto es que, aunque sólo habían subordinado parcialmente la maquinaria a su uso, son la raza más antigua de seres humanos de la que poseemos algún conocimiento real, y era su período de tiempo el que estaba buscando, cuando inadvertidamente llegué demasiado lejos y aterricé en el tuyo.


La voz metálica se calló por un momento y aproveché la pausa para hablar. 
—No sé nada sobre los Bi-Chanics, o como sea que los llamen —comenté—, pero ciertamente no fueron los primeros en fabricar corazones mecánicos. Recuerdo haber leído en el periódico hace sólo unos meses acerca de un científico ruso que mantuvo vivo a un perro durante cuatro horas por medio de un motor de gasolina que bombeaba la sangre a través del cuerpo del perro.
—¿Quieres decir que el motor fue utilizado como corazón?
—Exactamente.
El ardathiano (así llamaré a la criatura en el cilindro de ahora en adelante) hizo un movimiento rápido con una de sus manos.
—He tomado nota de tu información; es muy interesante.
—Además —continué—, hace un año o dos leí un artículo en una de nuestras revistas actuales que contaba cómo un cirujano vienés estaba sacando conejos y conejillos de indias en incubadoras ectogenéticas.
El ardathiano hizo otro rápido gesto con la mano. Me di cuenta de que mi noticia lo había entusiasmado.
—Tal vez —dije, no sin un sentimiento de satisfacción (pues la alusión casual a mí mismo como apenas humano había irritado mi orgullo)— tal vez le resulte tan interesante visitar a la gente de dentro de quinientos años, digamos, como le resultaría visitar a los Bi-Chanics.
—Puedo asegurarte —respondió la voz metálica del ardathiano— que si logro regresar con éxito a Ardathia, esos períodos serán explorados a fondo. No puedo sino expresar mi sorpresa por el hecho de que hayan avanzado tanto y me pregunto por qué no han hecho un uso práctico de sus conocimientos.
—A veces me lo pregunto —respondí—. Pero estoy muy interesado en aprender más sobre ti y tu época. Si pudieras reanudar tu historia...
—Con mucho gusto —respondió el ardathiano—. En Ardathia no vivimos en casas ni en ciudades. Tampoco nos alimentamos como tú o como lo hacían los bichánicos. El fluido químico que ves circular por estos tubos que recorren mi cuerpo ha sustituido a la sangre. El fluido se produce por la acción de un rayo de luz sobre ciertos elementos vivificantes del aire. Se produce constantemente en esos tubos bajo mis pies y se conduce a través de mi cuerpo mediante un mecanismo demasiado intrincado para que yo pueda describirlo. El mismo fluido circula por mi cuerpo sólo una vez, nutriéndolo y recogiendo todas las impurezas a su paso. Una vez completada su revolución, se disipa y se expulsa mediante otro rayo que lo devuelve al aire circundante. ¿Has observado la sustancia transparente que me envuelve?
—¿Te refieres al cilindro de cristal?
—¡Cristal! ¿Qué quieres decir con cristal?
—¡Vaya, eso de ahí! —dije señalando uno de los cristales de la ventana.
El Ardathiano dirigió un tubo de metal hacia el lugar indicado. Una raya violeta brilló, se detuvo un momento sobre el cristal y luego se retiró.
—No —dijo la voz metálica—, no es eso. El cilindro, como lo llamas, está hecho de una sustancia transparente, muy fuerte y prácticamente irrompible. Nada puede penetrarlo, salvo los rayos que ves y los dos cuya acción he descrito antes, que son invisibles. Sabe, pues, que nosotros los ardatianos no nacemos de la carne; ni somos introducidos en incubadoras como óvulos extraídos de cuerpos femeninos, como los bichánicos. Entre los ardatianos no hay machos ni hembras. La célula a partir de la cual vamos a desarrollarnos se crea sintéticamente. Se la fecunda por medio de un rayo y luego se la coloca en un cilindro como el que observas a mi alrededor. A medida que el embrión se desarrolla, los diversos tubos y dispositivos mecánicos son introducidos en el cuerpo por nuestros mecánicos y se convierten en parte integrante de él. Cuando el joven ardatiano nace, no abandona la caja en la que se ha desarrollado. Esa caja —o cilindro, como lo llamas— lo protege de la acción de un entorno hostil. Si se rompiera y lo expusiera a los elementos, se volvería a envenenar y perecería miserablemente. ¿Me sigues?
—No exactamente —confesé—. Dices que has evolucionado a partir de hombres como nosotros, y luego afirmas que fuiste concebido sintéticamente y creado por máquinas. No veo cómo fue posible esta evolución.
—¡Y es posible que nunca lo entiendas! No obstante, intentaré explicarlo. ¿No me dijiste que había entre ustedes sabios que estaban experimentando con corazones mecánicos e incubadoras ectogenéticas? ¿No han hecho otros experimentos tendientes a demostrar que es la acción del medio ambiente, y no el paso del tiempo, lo que explica el envejecimiento de los organismos?
—Bueno —dije vacilante—, he oído hablar de corazones de pollo que se mantienen vivos en contenedores especiales que los protegen de su entorno normal.
—¡Ah! —exclamó la voz metálica—, pero Hoomi se quedará atónito cuando sepa que tales experimentos fueron llevados a cabo por hombres prehistóricos quince mil años antes de los bichánicos. Escucha atentamente, porque lo que has dicho acerca de los corazones de pollo proporciona un punto de partida desde el cual podrás seguir mi explicación de la evolución del hombre desde tu época hasta la mía. De los miles de años que separan tu época de la de los bichánicos no tengo conocimiento auténtico. Mi conocimiento exacto comienza con los bichánicos. Fueron los primeros entre los hombres en darse cuenta de que el avance corporal del hombre se basaba en y a través de la máquina. Percibieron que el hombre sólo se hacía humano cuando fabricaba herramientas; que las herramientas aumentaban la longitud de sus brazos, el agarre de sus manos, la fuerza de sus músculos. Observaron que con la ayuda de la máquina, el hombre podía dar vueltas alrededor de la Tierra, hablar con los planetas, contemplar íntimamente las estrellas. Aumentaremos nuestra duración de vida en la Tierra, dijeron los bichánicos, arrojando la protección de la máquina, las cosas que la máquina produce, alrededor de nosotros. Y en nuestros cuerpos. Lo hicieron lo mejor que pudieron y aumentaron su longevidad hasta un promedio de doscientos años. Luego vinieron los trinámicos. Más avanzados que los bichánicos, razonaron que la vejez no era causada por el paso del tiempo, sino por la acción del medio ambiente sobre la materia de la que estaban compuestos los hombres. Es este razonamiento el que llevó a los hombres de su tiempo a experimentar con corazones de pollo. Los trinámicos trataron de perfeccionar dispositivos para salvaguardar la carne contra el desgaste de su entorno. Fabricaron envolturas -cilindros- en las que intentaron hacer nacer embriones y criar niños, pero tuvieron un éxito parcial.
—Hablas de los bichánicos y de los trinámicos —dije— como si fueran dos razas distintas de personas. Sin embargo, das a entender que los últimos evolucionaron a partir de los primeros. Si la civilización bichánica cayó, ¿pasó algún tiempo entre esa caída y el surgimiento de los trinámicos? ¿Y cómo heredaron estos últimos de sus predecesores?
—Es debido a tu lenguaje, que me puuuarece muy crudo e inadecuado, que no lo he dejado claro ya —respondió el ardathiano—. Los trinámicos eran en realidad una parte más progresista de los bichánicos. Cuando dije que la civilización de estos últimos cayó, no quise decir lo que eso implica en tu lenguaje. Debes darte cuenta de que quince mil años en tu futuro, la raza del hombre estaba, científicamente hablando, haciendo rápidos avances. No siempre fue posible para las mentes atrasadas o conservadoras adaptarse a los nuevos descubrimientos. Los grupos minoritarios, compuestos principalmente por jóvenes, avanzaron, hicieron nuevas deducciones a partir de viejos hechos, propusieron cambios radicales, abrigaron nuevas ideas y finalmente culminaron en lo que he aludido como los trinámicos. Inevitablemente, con el transcurso del tiempo, los bichánicos murieron, y con ellos los métodos conservadores. Eso es lo que quise decir cuando dije que su civilización cayó. De la misma manera seguimos a los trinámicos. Cuando estos últimos lograron criar niños dentro del cilindro, se destruyeron a sí mismos. Pronto todos los niños nacieron de esta manera. Con el tiempo, el destino de los trinámicos se convirtió en el de los bichánicos, dejando atrás a los Hombres Máquina de Ardathia, que diferían radicalmente de ellos en su estructura corporal (tantos núcleos humanos dentro de máquinas), pero no por ello dejaban de ser sus descendientes directos.
Por primera vez, comencé a tener una idea de lo que el Ardathiano quería decir cuando se refería a sí mismo como un Hombre Máquina. La terrible historia de la evolución final del hombre hasta convertirse en un centro controlador que dirigía un cuerpo mecánico despertó algo parecido al miedo en mi corazón. Si fuera verdad, ¿qué pasaría con el alma, el espíritu, Dios...?
La voz metálica continuó.
—No debes imaginar que los primeros Ardathianos poseían un cilindro tan invulnerable como el que me protege. Las primeras envolturas de esta naturaleza estaban hechas de una sustancia maleable, que la corrosión del medio ambiente desgastó en tres siglos. La sustancia que compone la envoltura ha sido gradualmente mejorada, perfeccionada, hasta que ahora es inmune durante mil quinientos años a todo, salvo una explosión poderosa o alguna otra catástrofe mayor.
—¡Mil quinientos años! —exclamé.


—Salvo que haya un accidente, ese es el tiempo que vive un Ardathiano. Pero para nosotros, mil quinientos años no es más de lo que serían cien para ti. Recuerda, por favor, que el tiempo es relativo. Doce horas de tu tiempo son un segundo del nuestro, y un año... Pero basta con decir que muy pocos Ardathianos viven el lapso que les corresponde. Como estamos constantemente involucrados en experimentos y expediciones peligrosas, los accidentes son muchos. Miles de nuestros valientes exploradores se han sumergido en el pasado y nunca han regresado. Probablemente se materializaron dentro de sólidos y fueron aniquilados. Pero creo que finalmente he superado este peligro con mi rayo desintegrador.
—¿Y tú cuántos años tienes?
—Si contamos el tiempo, quinientos setenta años. Debes entender que no ha habido ningún cambio en mi cuerpo desde que nací. Si el cilindro fuera eterno o a prueba de accidentes, yo viviría eternamente. Es el desgaste o la ruptura de la envoltura lo que nos expone a las peligrosas fuerzas de la naturaleza y causa la muerte. Algunos de nuestros científicos están tratando de perfeccionar los medios para construir el cilindro tan rápido como el desgaste del medio ambiente lo descompone; otros están tratando de criar embriones hasta que nazcan con nada más que rayos para cubrirlos, rayos incapaces de dañar el organismo, pero inmunes a la disipación por el medio ambiente e incapaces de destruirse por explosión. Hasta ahora no han tenido éxito; pero tengo plena confianza en su triunfo final. Entonces seremos tan inmortales como el planeta en el que vivimos.
Me quedé mirando el cilindro, a la criatura que había dentro del cilindro, al techo, a las cuatro paredes de la habitación y luego de nuevo al cilindro. Me pellizqué la suave carne del muslo con los dedos. Estaba bien despierto, de eso no cabía ninguna duda.
—¿Hay alguna pregunta que quieras hacer? —preguntó la voz metálica.
—Sí —dije al fin, medio asustado—. ¿Qué alegría puede haber para ti en la existencia? No tienes sexo; no puedes aparearte. Me parece… —dudé— me parece que no hay infierno más grande que siglos de vida enjaulada vivida dentro de esa cosa que llamas envoltura. Ahora tengo pleno control de mis miembros y puedo ir a donde me plazca. Puedo amar... 
Me detuve sin aliento, sobrecogido por la luz espeluznante que de repente brilló en los ojos sin guiños.
—Pobre mamífero prehistórico —fue la respuesta—, ¿cómo podrías, a tientas en el amanecer de la existencia humana, comprender lo que está más allá de tu humilde entorno? Comparados contigo, somos como dioses. Nuestros amores y odios ya no son la reacción de las vísceras. Nuestros pensamientos, nuestro pensar, nuestras emociones están condicionados, moldeados en la medida en que controlamos el entorno inmediato. No existe tal cosa como la mente... Pero es imposible continuar. Tu vocabulario es demasiado limitado. Tu mentalidad —no es la palabra que me gusta usar, pero como he dicho repetidamente, tu lenguaje es lamentablemente inadecuado— tiene un rango restringido de sólo unos pocos miles de palabras. Por lo tanto, no puedo explicar más. Sólo la misma falta —de una manera diferente, por supuesto, y con objetos en lugar de palabras— obstaculiza los movimientos libres de tus miembros. Tienes el control de ellos, dices. Pobre primitivo, ¿te das cuenta de lo encadenado que estás con nada más que tus manos y pies? Los aumentas, por supuesto, con algunas máquinas; pero son rudimentarias y engorrosas. Son ustedes los que están enjaulados vivos, no yo. He atravesado los muros de su jaula, me he librado de sus grilletes, soy libre. ¡Mira el mando que tengo sobre mis miembros!
De un tubo extendido salió una franja blanca, como un embudo, cuyo radio era lo bastante grande como para rodear mi cuerpo sentado. Sentí que me alzaban y me arrastraban hacia delante a una velocidad inconcebible. Durante un instante, sin aliento, quedé suspendido contra el propio cilindro, con los ojos sin pestañear a menos de un centímetro de los míos. En ese momento tuve la sensación de que me palpaban, me manipulaban. Me hicieron girar varias veces, como un hombre haría girar un palo. Luego volví a estar en el sillón, pálido, conmocionado.


—Es cierto que nunca salgo del envoltorio en el que estoy encerrada —continuó la voz metálica—, pero tengo a mi disposición rayos que pueden traerme todo lo que deseo. En Ardathia hay máquinas —máquinas que sería inútil que yo describiera— con las que puedo caminar, volar, mover montañas, excavar en la tierra, investigar las estrellas y desencadenar fuerzas de las que no tienes ni idea. Esas máquinas son partes mecánicas de mi cuerpo, extensiones de mis miembros. Me las quito y me las pongo a voluntad. Con su ayuda puedo ver un continente mientras estoy ocupada en otro. Con su ayuda puedo construir máquinas del tiempo, aprovechar los rayos y sumergirme treinta mil años en el pasado. Déjame que te lo ilustre de nuevo.
La mano del ardathiano, que parecía un tentáculo, agitó un tubo. El cilindro de un metro y medio de altura brilló con una luz intensa, giró como un trompo y, al girar, se disolvió en el espacio. Mientras yo me quedaba boquiabierto como un petrificado (quizá transcurrieron veinte segundos), el cilindro reapareció con la misma rapidez. La voz metálica anunció:
—Acabo de cumplir cinco años en tu futuro.
—¡Mi futuro! —exclamé—. ¿Cómo puede serlo si aún no lo he vivido?
—Pero claro que lo has vivido.
Me quedé mirando, desconcertado.
—¿Podría visitar mi pasado si no hubieras vivido tu futuro?
—No lo entiendo —dije débilmente—. No parece posible que mientras yo esté aquí, en esta habitación, puedas viajar hacia adelante en el tiempo y descubrir qué estaré haciendo en un futuro al que aún no he llegado.
—Eso se debe a que no eres capaz de comprender inteligentemente qué es el tiempo. Piensa en él como una dimensión, una cuarta dimensión, que se extiende como un camino delante y detrás de ti.
—Pero incluso entonces —protesté— sólo podría estar en un lugar en un momento dado en ese camino, y no donde estoy y en otro lugar al mismo tiempo.
—Nunca estás en ningún sitio en ningún momento —respondió la voz metálica—, salvo en el pasado o en el futuro. Pero veo que es inútil tratar de familiarizarte con una verdad simple, treinta mil años por delante de tu capacidad para comprenderla. Como dije, viajé cinco años hacia tu futuro. Los hombres estaban destruyendo este edificio.
—¿Derribar este lugar? Tonterías, fue construido hace apenas dos años.
—Sin embargo, lo estaban derribando. Envié mi rayo visual para localizarte. Estabas...
—Sí, sí —pregunté ansiosamente.
—En una gran sala con muchos otros hombres. Todos estaban haciendo una variedad de cosas extrañas. Había...
En ese momento se escuchó un fuerte golpe en la puerta de mi habitación.
—¡¿Qué te pasa, Matthews?! —gritó una voz fuerte—. ¿De qué has estado hablando todo este tiempo? ¿Estás enfermo?
Lancé una exclamación de fastidio porque reconocí la voz de John Peters, un periodista que ocupaba el apartamento contiguo al mío. Mi primera intención fue decirle que estaba ocupado, pero al momento siguiente se me ocurrió una idea mejor. ¡Aquí había alguien a quien podía mostrar el cilindro y la criatura que había dentro! Alguien que pudiera dar testimonio de haberlo visto además de mí. Corrí hacia la puerta y la abrí de golpe.
—Rápido —dije, agarrándolo del brazo y arrastrándolo hacia la habitación—. ¿Qué te parece?
—¿Qué me parece qué? —preguntó.
—¿Qué te parece eso? —empecé a decir, señalando con el dedo, y luego me detuve en seco, con la boca abierta, pues en el lugar donde unos segundos antes había estado el cilindro no había nada. El Ardathiano habían desaparecido.

NOTA DEL AUTOR: 
El material para este manuscrito llegó a mis manos de una manera extraña. Aproximadamente un año después de que la imprenta dejara de imprimir versiones confusas de la experiencia de Matthews, conocí a Hodge. Le pregunté sobre Matthews. Me dijo:
—¿Sabías que lo han internado en un manicomio? ¿No lo sabías? Pues sí. Ya está bastante loco, pobre diablo. Siempre fue un poco raro, pensé. Fui a verlo el otro día y me llevé una buena impresión, ¿sabes?, al verlo en un pabellón con un montón de otros hombres, todos haciendo algo raro. Por cierto, Peters me dijo el otro día que iban a derribar el edificio de apartamentos. La ciudad va a quitar varias casas a lo largo de la orilla del lago para ensanchar el bulevar. Dice que no las destrozarán hasta dentro de tres o cuatro años. Es curioso, ¿verdad? ¿Te gustaría ver lo que escribió el propio Matthews sobre el asunto?
Lo haría y lo hice. Y, al igual que Matthews, presento la historia al público lector y dejo que cada uno saque sus propias conclusiones.


FIN

2025/02/10

No sucedió (Fredric Brown)


Título original: It didn’t happen
Año: 1963


Aunque él no podía saberlo, Lorenz Kane estaba perdido desde el día que atropelló a la muchacha de la bicicleta. La perdición propiamente dicha pudo haberle alcanzado en cualquier parte, en cualquier momento; dio la casualidad de que sucediera en los camerinos de un teatro de variedades una noche de finales de septiembre.
Por tercera vez en una semana había presenciado la actuación de Queenie Quinn, la primera bailarina del espectáculo, una actuación digna de presenciarse, en verdad.
Vestida sólo con tres minúsculos pedazos de cinta azul, estratégicamente colocados, Queenie, una rubia de elevada estatura y cuerpo de ninfa, había terminado su último número de la noche y acababa de desvanecerse entre bastidores, cuándo Kane pensó que una actuación privada de Queenie, en su apartamento de soltero, no sólo sería mucho más agradable que una actuación en público, sino que indudablemente le produciría placeres mucho mayores. Y como el número final, en el que Queenie, en su calidad de estrella, no debía aparecer estaba empezando en aquel momento, decidió que era la ocasión ideal para hablar con ella a fin de conseguir una actuación particular.
Salió del teatro y bajó rápidamente por el callejón hasta la puerta de entrada de los artistas. Un billete de cinco dólares hizo que el portero le dejara entrar sin dificultades y al cabo de un minuto llamaba con los nudillos a la puerta de un camerino decorado con una estrella dorada. Una voz preguntó: 
—¿Sí?
No tenía intención de hacer su oferta a través de una puerta cerrada, y conocía lo bastante la jerga utilizada entre bastidores para saber la única pregunta que haría suponer a la muchacha que él era alguien relacionado con el mundo del espectáculo que tenía una razón de peso para querer verla con urgencia.
—¿Está visible? —inquirió.
—Un momento —respondió ella, y después, al cabo de un minuto escaso—: Adelante.
Entró y la vio en pie frente a sí, envuelta en una bata de color rojo vivo que ponía de relieve sus hermosos ojos azules y su cabello rubio. Saludó y se presentó, después de lo cual empezó a explicar los detalles de la proposición que quería hacerle.
Estaba preparado para una cierta resistencia inicial o incluso una negativa y dispuesto a mostrarse persuasivo incluso, si era necesario, hasta el punto de ofrecerle una suma de cuatro cifras, que desde luego sobrepasaría los ingresos semanales de ella —hasta era posible que sus ingresos mensuales —en un teatro de variedades tan pequeño cómo aquél. Pero en vez de escucharle razonablemente, ella empezó a gritar como una arpía, lo cual ya era bastante ofensivo; pero después cometió la gravísima equivocación de dar un paso adelante y cruzarle la cara de una bofetada. Fuerte. Le dolió.
Él perdió la paciencia, retrocedió un paso, sacó su revólver y le disparó al corazón.
Después salió del teatro y cogió un taxi para volver a su apartamento. Tomó unas cuantas copas para tranquilizar sus nervios comprensiblemente agitados y se fue a la cama. Estaba durmiendo profundamente cuando, un poco después de medianoche, llegó la policía y le arrestó por asesinato. Él no comprendió nada.

Mortimer Mearson, que probablemente, por no decir sin duda alguna, era el mejor abogado criminalista de la ciudad, regresó al edificio del club a la mañana siguiente después de una temprana partida de golf y encontró un recado en el que se le pedía que telefoneara a la juez Amanda Hayes en cuanto pudiera. La telefoneó inmediatamente.
—Buenos días, Señoría —dijo—. ¿Ocurre algo?
—Ocurre algo, Morty; pero si tienes libre el resto de la mañana y puedes dejarte caer por mi despacho, me ahorrarás el tener que explicártelo por teléfono.
—Estaré ahí dentro de una hora —le aseguró él. Y así fue.
—Buenos días otra vez, Señoría —dijo—. Ahora hágame el favor de tomar aliento y explicarme detalladamente lo que sucede.
—Un caso para ti, si lo quieres. En pocas palabras, anoche se arrestó a un hombre por homicidio, se niega a hacer declaraciones de ninguna clase hasta haber consultado a un abogado, y no lo tiene. Dice que, hasta ahora, jamás había tenido problemas legales y que ni siquiera conoce a ningún abogado. Pidió al jefe que le recomendara uno, y el jefe me ha pasado el muerto a mí.
Mearson suspiró.
—Otro caso de oficio. Bueno, supongo que ya era hora de que volviese a encargarme de uno. ¿Me ha designado a mí?
—No tan de prisa, muchacho —dijo la juez Hayes—. No se trata de ningún caso de oficio. El caballero en cuestión no es rico, pero disfruta de una posición razonablemente acomodada. Es un joven bastante conocido en la ciudad, un playboy o algo por el estilo, capaz de pagar la minuta que quieras presentarle, siempre que no sea excesiva. No estoy diciendo que tu minuta suela ser excesiva, pero esto es algo que deben discutir ustedes dos, si es que él acepta que le representes.
—¿Puede decirme si ese dechado de virtud, evidentemente inocente y difamado, tiene nombre?
—Lo tiene, y lo habrás oído más de una vez si lees los periódicos. Lorenz Kane.
—El nombre lo confirma; evidentemente es inocente. Uh... hoy no he leído el periódico.. ¿A quién se supone que ha matado? ¿Sabe usted algún detalle?
—Será un caso difícil, Morty, muchacho —dijo la juez—. No creo que tenga ninguna posibilidad a menos que alegues locura momentánea. La víctima era una tal Queenie Quinn; un nombre artístico, aunque sin duda se descubrirá uno más válido. Era bailarina en el Majestic. La estrella del espectáculo. Muchas personas vieron a Kane entre los espectadores durante su último número y le observaron salir justo después, durante el número final. El portero le ha identificado y admite haberle dejado entrar. El portero le conocía de vista y esto fue lo que condujo a la policía hasta él. Al cabo de unos minutos volvió a pasar junto al portero, cuando salió. Mientras tanto, varias personas habían oído el disparo. Y pocos minutos después del final del espectáculo, la señorita Quinn fue hallada muerta, de un disparo, en su camerino.
—Es su palabra contra la del portero. No será tan difícil. Conseguiré demostrar que el portero no es más que un mentiroso patológico con unos antecedentes interminables.
—Estoy segura de que lo conseguirías, Morty. Sin embargo, hay un pero. En vista de su posición relativamente importante, la policía llevaba una orden de registro junto con la orden de arresto bajo sospecha de asesinato cuando fueron a prenderle. En el bolsillo del traje que había llevado, encontraron un revólver de calibre treinta y dos con un cartucho disparado. La señorita Quinn murió a causa de una bala disparada con un revólver del calibre treinta y dos. Exactamente el mismo revólver, según los expertos en balística de nuestro departamento de policía, que dispararon una bala de muestra y usaron el microscopio para compararla con la bala que mató a la señorita Quinn.
—¿Y dice que Kane no ha hecho absolutamente ninguna declaración excepto en el sentido de que no declarará hasta haber consultado al abogado que elija?
—Así es, aparte de un comentario bastante raro que hizo inmediatamente después de que le despertaran y acusaran. Los dos oficiales que le arrestaron lo oyeron y coinciden incluso en las palabras. Dijo: “¡Dios mío, así que ella debía de ser real!" ¿Qué crees que quería significar con esto?
—No tengo ni la menor idea, Señoría. Pero si me acepta como su abogado, no dude de que se lo preguntaré. Mientras tanto, no sé si darle las gracias por proporcionarme el caso o maldecirla por encomendarme un problema tan difícil.
—A ti te gustan los problemas difíciles, Morty, y tú lo sabes. Especialmente si percibes tus honorarios, ganes o pierdas. Sin embargo, quiero ahorrarte gestiones inútiles. Sería inútil tratar de conseguir una fianza o un mandato de habeas corpus. El fiscal del distrito saltó de la silla al recibir el informe de balística. La acusación es formal: Homicidio en primer grado. Y la parte acusadora no necesita más de lo que tiene; están dispuestos a ir a juicio en cuanto te hayan convencido de que no hay ningún motivo para esperar. Bueno, ¿qué estás aguardando?
—Nada —dijo Mearson. Y se fue.

Un guardia acompañó a Lorenz Kane a la sala de consultas y le dejó allí con Mortimer Mearson. Mearson se presentó y ambos se estrecharon la mano. Kane, pensó Mearson, parecía muy tranquilo, y decididamente más asombrado que inquieto. Era un hombre alto, moderadamente atractivo, de unos treinta y cinco o cuarenta años, y estaba impecablemente aseado a pesar de una noche en una celda. Daba la impresión de ser el tipo de hombre que conseguiría parecer impecablemente aseado en cualquier lugar, en cualquier momento, incluso una semana después de que sus porteadores le hubieran abandonado en pleno safari a mil kilómetros al norte del Congo, llevándose todas sus pertenencias.


—Sí, señor Mearson. Estaré más que satisfecho si usted me representa. He oído hablar de usted, y he leído algo respecto a los casos que ha defendido. No sé por qué no se me ocurrió pensar en usted, en vez de solicitar una recomendación. Ahora bien, ¿desea oír mi historia antes de aceptarme como cliente... o me ha aceptado ya, para bien o para mal?
—Para bien o para mal —dijo Mearson—, hasta que.. —Entonces se interrumpió. "Hasta que la muerte nos separe" es una frase muy poco diplomática para un hombre que se halla, muy posiblemente, a la sombra de la silla eléctrica.
Pero Kane sonrió y acabó él mismo la frase.
—Muy bien —dijo—. Sentémonos —y ambos se sentaron en las dos sillas, una a cada lado de la mesa, de la sala de consultas—. Y como eso significa que nos veremos continuamente durante un tiempo, será mejor que nos llamemos por el nombre de pila. Pero no Lorenz, en mi caso. Llámeme Larry.
—Y a mí llámeme Morty —dijo Mearson—. Ahora quiero que me cuente su historia con todo detalle, pero primero le haré dos preguntas rápidas. ¿Es usted...?
—Espere —le interrumpió Kane—. Una pregunta rápida antes de esas dos. ¿Está usted absoluta y completamente seguro de que no hay ningún micrófono oculto en esta sala, de que esta conversación es completamente privada?
—Lo estoy —repuso Mearson—. Ahora mi primera pregunta: ¿Es usted culpable?
—Sí.
—Los oficiales que le arrestaron declaran que, antes de esposarle, usted dijo una cosa: "¡Dios mío, así que ella debía de ser real!" ¿Es eso cierto? Y en caso afirmativo, ¿a qué se refería con ello?
—En aquel momento yo estaba muy aturdido, Morty; y no me acuerdo, pero probablemente dijera algo en este sentido, porque es exactamente lo que pensaba. Pero, en cuanto a lo que me refería, eso es algo que no puedo contestar rápidamente. El único modo de que usted me comprenda, si es que logro que me comprenda, es empezar por el principio.
—De acuerdo. Empiece. Y tómese todo el tiempo que necesite. No tenemos que resolverlo todo en una sesión. Puedo retrasar el juicio unos tres meses como mínimo... más si es necesario.
—Puedo contárselo en menos tiempo. Todo empezó —y no me pida que sustituya el "todo" por otra palabra —hace cinco meses y medio, a principios de abril. Cerca de las dos y media de la madrugada del martes tres de abril, para ser lo más exacto posible. Había estado en una fiesta en Armand Village, al norte de la ciudad, y volvía a casa. Yo...
—Disculpe las interrupciones. Quiero asegurarme de que no se me escapa ningún detalle. ¿Conducía usted? ¿Iba solo?
—Conducía mi Jaguar. Iba solo.
—¿Sobrio? ¿A demasiada velocidad?
—Sobrio, sí. Me fui de la fiesta relativamente temprano —era muy aburrida —y en esa época bebía con mucha moderación. Pero de repente me sentí hambriento (creo que me había olvidado de cenar) y me detuve en un parador. Tomé un cóctel mientras esperaba, pero me comí hasta el último pedazo del enorme filete que me trajeron, toda la guarnición, y bebí varias tazas de café. Después no bebí ninguna copa, y yo diría que cuando salí estaba más sobrio que de costumbre, si es que sabe a lo que me refiero. Y, por si esto fuera poco, di un paseo de media hora en un coche descapotado y en una noche bastante fría. En resumen, yo diría que estaba más sobrio que ahora, y no he bebido alcohol desde poco antes de la medianoche de ayer. Yo...
—Espere un momento —dijo Mearson. Sacó un frasco plateado del bolsillo de la americana y lo dejó encima de la mesa—. Es una reliquia de la Prohibición; a veces lo uso para hacer de San Bernardo con clientes encarcelados demasiado recientemente para que hayan podido procurarse la importación de las necesidades de la vida.
Kane dijo:
—Ahhh. Morty, puede usted duplicar sus honorarios por excederse en el cumplimiento de su deber.
Bebió un buen trago. 
—¿Dónde estábamos? —preguntó—. ¡Ah, sí! Yo estaba decididamente sobrio. ¿A mucha velocidad? Sólo técnicamente. Me dirigía hacia el sur por la calle Vine y sólo me separaban unas cuantas manzanas de Rostov...
—Cerca de la comisaría del distrito cuarenta y cuatro.
—Exactamente. Figura en mi relato. Es una zona de velocidad limitada a cuarenta y yo debía ir a sesenta, pero qué demonios, eran las dos y media de la madrugada y no había tráfico. Sólo la proverbial damita de Pasadena habría ido a menos de sesenta.
—Ella no estaría en la calle a esas horas. Pero continúe.
—De repente, por la boca de un callejón situado en medio de una manzana, sale una muchacha en bicicleta, pedaleando con toda la rapidez posible. Y justo enfrente de mí. La vi claramente un instante, mientras pisaba el freno con todas mis fuerzas. Era una adolescente, de unos dieciséis o diecisiete años. Su cabello rojizo le salía por debajo de un gran pañuelo marrón que llevaba en la cabeza. Iba vestida con un jersey de angora verde pálido y pantalones de color canela hasta media pierna. La bicicleta era roja.
—¿Observó todo eso en una ojeada?
—Sí. Todavía lo veo con claridad. Y... esto no lo olvidaré jamás: Un momento antes del impacto, ella se volvió y me miró fijamente, con ojos muy asustados ocultos tras unas gafas de concha.
»Yo ya estaba apretando el pedal del freno con todas mis fuerzas y el maldito Jaguar empezó a clavarse en el suelo y a decidir si patinaba o no. Pero, demonios, por muy rápidas que sean tus reacciones, y las mías lo son mucho, es imposible parar un coche en seco si vas a sesenta. Debía de ir a cincuenta cuando la arrollé... Fue un impacto espantoso.
»Y después, un ruido sordo y varios crujidos al pasar primero las ruedas delanteras del Jaguar y luego las posteriores El ruido sordo fue ella, naturalmente, y los crujidos fueron la bicicleta. El coche debió de pararse a un metro escaso.
»Un poco más adelante, a través del parabrisas, vi las luces de la comisaría á una manzana de distancia. Salí del coche y eché a correr hacia allí. No miré atrás. No quise mirar atrás. No habría servido de nada, pues ella debía de estar más que muerta, después de aquel impacto.
»Me precipité en el interior de la comisaría y, al cabo de unos segundos, conseguí dejar de tartamudear y explicar lo que intentaba decirles. Dos agentes salieron conmigo y los tres nos dirigimos hacia el lugar del accidente. Yo empecé a correr, pero ellos se limitaron a andar de prisa y yo moderé el paso porque no quería llegar primero. Bueno, llegamos y...
—Déjeme adivinarlo —interrumpió el abogado—. Ni rastro de la joven, ni rastro de la bicicleta.
Kane asintió lentamente.
—Estaba el Jaguar, parado en medio de la calle; los faros encendidos; la llave en el contacto, pero el motor calado. Detrás de él, unos doce metros de marcas de neumáticos, que empezaban unos cuatro metros antes del lugar donde estaba el callejón.
»Y eso es todo. Ni rastro de la muchacha, ni rastro de la bicicleta. Ni una gota de sangre, ni un pedazo de metal. Ni una abolladura en el parachoques del automóvil. Me tomaron por un loco y no les culpo. Ni siquiera me dejaron sacar el coche de en medio de la calle; uno de ellos lo aparcó junto a la acera, se quedó la llave y volvieron a conducirme a la comisaría para interrogarme.
»Pasé el resto de la noche allí. Supongo que habría podido llamar a un amigo para que avisara a un abogado y me sacaran bajo fianza, pero estaba demasiado trastornado para pensar en nada. Quizá demasiado trastornado para querer salir, para tener una idea de adónde querría ir o qué querría hacer si salía. Lo único que deseaba era estar solo para pensar y, después del interrogatorio, uno de los sitios a donde podía ir era justo el que me asignaron. No me metieron en la celda de los borrachos. Me imagino que iba demasiado bien vestido y llevaba tarjetas de identificación demasiado impresionantes, para convencerles de que, cuerdo o loco, era un ciudadano sólido y solvente al que debían tratar con guantes de seda. Sea como fuere, me hicieron entrar en una celda individual y yo me alegré de poder quedarme a pensar en ella. Ni siquiera traté de dormir.


»A la mañana siguiente enviaron a un psiquiatra de la policía para hablar conmigo. A estas alturas, yo había llegado a la conclusión de que, cualquiera que fuese el problema, la policía no me ayudaría en nada y que cuanto antes los perdiera de vista, mejor. Así que engañé al psiquiatra restando importancia a mi historia en vez de contársela tal como sucedió. Omití los efectos acústicos, como los crujidos de la bicicleta al pasar por encima y las sensaciones cinéticas del impacto y el golpe, y se lo presenté como una súbita y momentánea alucinación visual. El picó el anzuelo y me dejaron marchar.
Kane dejó de hablar el tiempo suficiente para tomar un trago del frasco plateado y después preguntó:
—¿Aún me cree? Y, me crea o no, ¿tiene alguna pregunta que hacerme?
—Sólo una —dijo el abogado-... ¿Está usted... puede usted estar seguro de que su experiencia con la policía del distrito cuarenta y cuatro es objetiva y demostrable? En otras palabras, si llegamos a juicio y decido basar mi defensa en un estado de enajenación mental, ¿puedo llamar como testigos a los policías que hablaron con usted, y al psiquiatra de la policía?
Kane esbozó una sonrisa irónica.
—Para mí, la experiencia con la policía es tan objetiva como el atropello de la muchacha en bicicleta. Pero, por lo menos, usted puede verificar lo primero. Compruébelo y averigüe si lo recuerdan. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Continúe.
—La policía dedujo que yo había sufrido una alucinación y se dio por satisfecha, pero yo no. Hice varias cosas. Primero llevé el Jaguar a un garaje para levantarlo del suelo y examiné detenidamente los bajos y la parte delantera. Nada de nada. Está bien, no había sucedido, en lo que al coche respecta.
»Después quise saber si una muchacha de esa descripción, viva o muerta, había salido aquella noche en bicicleta. Gasté varios miles de dólares en una agencia de detectives privada, para que escudriñaran minuciosamente aquel barrio y una amplia zona a su alrededor, y descubrieran si había existido alguna vez una joven que concordase con esa descripción, con o sin bicicleta roja. Se presentaron con unas cuantas adolescentes pelirrojas posibles, pero yo me las arreglé para verlas, y no era ninguna de ellas.
»Y, después de informarme, yo mismo escogí a un psiquiatra y empecé a visitarle. Se suponía que era el mejor de la ciudad, e indudablemente el más caro. Fui a verle durante dos meses. Resultó un fracaso. No conseguí averiguar lo que creía que había sucedido; no quiso decirme nada. Ya sabe cómo trabajan los psicoanalistas, te hacen hablar a ti, te hacen analizarte a ti mismo, y finalmente te hacen decirles cuál es tu problema; entonces cotorreas un poco sobre ello y les dices que estás curado, ellos se muestran de acuerdo contigo y te dicen que vayas con Dios. Eso está muy bien si tu subconsciente sabe cuál es el problema y finalmente lo deja escapar. Pero mi subconsciente no sabía qué pasaba y, como vi que estaba perdiendo el tiempo, me largué.
»Pero, mientras tanto, había hablado con unos amigos para conocer sus ideas, y uno de ellos, profesor de filosofía en la Universidad, empezó a hablar de ontología, y eso me impulsó a leer libros sobre el tema y me proporcionó una pista. En realidad, yo creí que era más que una pista, creí que era la solución. Hasta anoche. Desde anoche sé que, por lo menos parcialmente, me equivoqué.
—Ontología... —dijo Mearson-... La palabra me resulta vagamente familiar, ¿será tan amable de aclarármela?
—Voy a citarle la versión íntegra del Webster Unabridged: "Ontología es la ciencia del ser o la realidad; la rama del saber que investiga la naturaleza, las propiedades esenciales y las relaciones de ser como tal".
Kane lanzó una mirada a su reloj de pulsera.
—Veo que estoy tardando en explicárselo más de lo que había pensado. Empiezo a cansarme de hablar y sin duda usted aún estará más cansado de escuchar. ¿Qué le parece si acabamos esta conversación mañana?
—Una excelente idea, Larry —Mearson se levantó.
Kane inclinó el frasco plateado para aprovechar hasta la última gota y lo devolvió.
—¿Volverá a hacer de san Bernardo mañana?

—Fui al cuarenta y cuatro —dijo Mearson—. El incidente que usted me describió no ha sido olvidado. Hablé con uno de los dos agentes que salieron con usted hasta la escena del... uh... hasta el coche. Usted informó realmente del accidente, de eso no hay duda.
—Comenzaré por donde lo dejé —declaró Kane—. La ontología, el estudio de la naturaleza de la realidad. Al leer mucho sobre el tema me tropecé con el solipsismo, que se inició en tiempos de los griegos. Es la creencia de que todo el universo es producto de la imaginación; en este caso, mi imaginación. Es la creencia de que yo soy la única realidad concreta y de que todas las cosas y todas las personas sólo existen en mi mente.
Mearson frunció el ceño.
—Así pues, la muchacha de la bicicleta, como para empezar sólo tenía una existencia imaginaria, ¿cesó de existir... uh, retroactivamente, en el momento que usted la mató? ¿Sin dejar rastro tras sí, excepto un recuerdo en su mente, que atestiguara su paso por la vida?
—A mí también se me ocurrió esta posibilidad, y decidí hacer algo que seguramente lo confirmaría o refutaría. Específicamente, cometer un asesinato, deliberadamente, para ver qué sucedía.
—Pero... pero Larry, se cometen asesinatos todos los días, hay personas que son asesinadas, y no se desvanecen retroactivamente sin dejar rastro tras de sí.
—Pero no soy yo quien las ha asesinado —replicó gravemente Kane—. Y si el universo es un producto de mi imaginación, eso supone una gran diferencia. La muchacha de la bicicleta es la primera persona que yo he matado en mi vida.
Mearson suspiró.
—De modo que decidió averiguarlo cometiendo un asesinato; y disparó sobre Queenie Quinn. Pero, ¿por qué no...?
—No, no, no —interrumpió Kane—. Cometí otro antes de ése, hace uno o dos meses. Un hombre. Un hombre... No vale la pena que le diga su nombre o cualquier otra cosa acerca de él porque la verdad es que nunca existió, como la muchacha de la bicicleta.
»Pero, naturalmente, yo no sabía que ocurriría así, de modo que no me limité a matarle abiertamente, como hice con la bailarina. Tomé las debidas precauciones para que, si hallaban su cuerpo, la policía no pudiera detenerme como el asesino.
»Pero después de haberle matado, bueno... él no había existido jamás, y creí que mi teoría estaba confirmada. A partir de entonces siempre he llevado un arma, creyendo que podría matar impunemente todas las veces que quisiera, y que eso no tendría importancia que no sería inmoral, porque cualquiera que yo matase no habría existido realmente excepto en mi imaginación.
»Normalmente, Morty, soy una persona de carácter apacible. La otra noche fue la primera vez que usé el revólver. Cuando esa maldita bailarina me pegó lo hizo con fuerza, me dio un bofetón tremendo. Me cegó momentáneamente y yo reaccioné de un modo automático al sacar la pistola y disparar.
—Hummm —dijo el abogado—. Y Queenie Quinn resultó ser real y usted está en prisión por homicidio, así que, ¿no reduce eso su teoría de solipsismo a la nada?
Kane frunció el ceño.
—Evidentemente, la modifica. He reflexionado mucho desde que me arrestaron, y he llegado a una conclusión. Si Queenie era real —y desde luego lo era—, yo no era, y probablemente no soy, la única persona real. Hay personas reales y personas irreales, que sólo existen en la imaginación de las reales.
»No sé cuántas hay. Quizá sólo unas pocas, quizá miles, o incluso millones. Mi muestra, tres personas de las cuales una resultó ser real, es demasiado pequeña para ser significativa.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué tiene que haber una dualidad como ésta?
—No tengo ni la menor idea —repuso Kane—. He llegado a pensar cosas muy raras, pero no son más que suposiciones. Es como una conspiración, ¿pero una conspiración contra quién? ¿O contra qué? Y no todas las personas reales pueden estar envueltas en la conspiración, porque yo no lo estoy.
Se rió entre dientes con humorismo.
—Anoche tuve un sueño muy curioso acerca de eso, uno de esos sueños confusos y revueltos que no puedes contar a nadie, porque no tienen continuidad y no son más que una serie de impresiones. Era algo sobre una conspiración y un archivo de la realidad que incluía los nombres de todas las personas reales y las mantenía reales. Voy a tratar de explicárselo: La realidad está manejada por una cadena de compañías inmobiliarias, una en cada ciudad, aunque desde luego no se sabe que formen una cadena. Naturalmente, también se ocupan de bienes raíces, como fachada. Y... Oh, demonios, es demasiado complicado para tratar de explicarlo.
»Bueno, Morty, eso es todo. Supongo que me dirá que mi única defensa es alegar locura... y tendrá razón porque, maldita sea, si estoy cuerdo soy un asesino. En primer grado y sin circunstancias atenuantes; ¿no es así?
—Sí —dijo Mearson. Jugueteó un momento con una pluma de oro y después alzó la vista—. El psiquiatra que le trató durante cierto tiempo... su nombre no era Galbraith, ¿verdad?
Kane negó con la cabeza.
—Bien. El doctor Galbraith es amigo mío y el mejor psiquiatra forense de la ciudad, quizá del condado. Ha trabajado conmigo en una docena de casos y los hemos ganado todos. Me gustaría conocer su opinión antes de planear la defensa. ¿Querrá hablar con él, ser completamente sincero, si le digo que venga a verle?
—Desde luego. Uh... ¿le pedirá que me haga un favor?
—Probablemente; ¿de qué se trata?
—Préstele su frasco y dígale que lo traiga lleno. No tiene usted ni idea de lo agradables que hace estas entrevistas.

El interfono que había sobre la mesa de Mortimer Mearson dejó oír su zumbido característico y él apretó el botón que le traería la voz de su secretaria.
—El doctor Galbraith quiere verle, señor.
Mearson le dijo que lo hiciera entrar inmediatamente.
—Hola, doctor —dijo Mearson—. Quítese un peso de encima y cuéntemelo todo. 
Galbraith se dispuso a obedecer y encendió un cigarrillo antes de hablar.
—Incomprensible al principio —dijo—. No di con la solución hasta hacerle el historial médico. Sufrió una caída jugando al polo a los veintidós años y el golpe que le dieron con un mazo en la cabeza le produjo una contusión grave y la subsiguiente amnesia. Primero fue completa, pero después fue recobrando gradualmente la memoria hasta la época de su primera adolescencia. Sin embargo, casi no recuerda nada de lo que ocurrió entre esa época y el momento del accidente.
—¡Dios mío, el período de adoctrinamiento!
—Exactamente. Oh, tiene destellos, como el sueño del que te habló. Podríamos rehabilitarlo, pero temo que ya sea demasiado tarde. Si le hubiéramos descubierto antes de que cometiera un crimen abierto... Pero ahora no podemos arriesgarnos a que su historia conste en un expediente, ni siquiera alegando locura como defensa. Ya lo sabes.
—Bien —dijo Mearson—. Haré la llamada inmediatamente. Después iré a verle otra vez. No me gusta, pero hay que hacerlo.
Apretó un botón del interfono.
—Dorothy, comuníqueme con el Señor Hodge, de la Compañía Inmobiliaria Midland. Páseme la llamada a la línea privada.
Galbraith se fue mientras él esperaba y a los pocos momentos sonó uno de los teléfonos y lo descolgó.
—¿Hodge? —dijo—. Soy Mearson. ¿No nos escucha nadie? Bien. Clave ochenta y cuatro. Quita la tarjeta de Lorenz Kane del archivo de realidad... Sí, es necesario y una emergencia. Mañana te presentaré el informe.
Sacó una pistola del cajón de la mesa y cogió un taxi hasta el Palacio de Justicia.
Solicitó una entrevista con su cliente y en cuanto Kane traspuso la puerta —no valía la pena esperar— le mató de un disparo. Aguardó el minuto que tardaba el cuerpo en desvanecerse, y después subió al despacho de la juez Amanda Hayes para realizar una última comprobación.
—¿Cómo está Su Señoría? —dijo—. Hace poco me hablaron de un hombre llamado Lorenz Kane, y no recuerdo quién fue. ¿Usted, por casualidad?
—Jamás he oído ese nombre, Morty. No fui yo.
—En este caso, debió de ser otra persona. Gracias, Señoría. Hasta la vista.


FIN

2025/02/03

Factor vital (Nelson Bond)


Título original: Vital factor
Año: 1951


¿A quién enviaremos en busca de este nuevo mundo?
¿Quién nos parecerá Suficiente?

John Milton, El paraíso perdido.


Wayne Crowder se llamaba a sí mismo un hombre poderoso. Aquellos que le conocían mejor (aunque no había nadie que le conociese verdaderamente bien) utilizaban adjetivos hasta cierto punto lisonjeros para él. Era, según decían estas personas, un hombre frío e implacable; un hombre de voluntad de hierro e inflexible decisión; un hombre cuyo corazón corría, parejas con su mandíbula de granito. No es que fuese astuto, inmoral o injusto. Solamente era duro. Un hombre que quería las cosas a su manera... y las conseguía.
En una época que ve más el naufragio que el triunfo de las fortunas, Crowder demostró su habilidad y talento enriqueciéndose. Aun en estos días en que tan duro precio hay que pagar por todo, un hombre atrevido y resuelto que no admite obstáculos puede conseguirlo. Wayne Crowder lo consiguió. Patentó un sencillo artículo doméstico de uso general, lo vendió a un precio irrisorio que hizo trizas a todos los posibles competidores, y se convirtió en un multimillonario a pesar de los astronómicos impuestos que tenía que pagar al Departamento de la Renta Nacional. Se construyó un orgulloso rascacielos, en cuya cumbre instaló su despacho particular. Vivía en las nubes, tanto en el sentido figurado como en el verdadero. Sus empleados eran subordinados en el verdadero sentido de la palabra.
Crowder constituía el ejemplo final del hombre de negocios completamente desapasionado: Dueño de sí mismo, falto de amenidad, enérgico, astuto. Incluso aquellos periódicos untuosos y caros que se dedican a adular a los ricos y a los poderosos eran incapaces de hallar frases cordiales y lisonjeras cuando se referían a Wayne Crowder. Sólo sabían llamarle un hombre de hielo, de piedra, tinta y acero. Y en líneas generales, este juicio era exacto. Pero él les dio una sorpresa.
Una tarde dijo a su secretario:
―Reúna a mis ingenieros.
Los ingenieros tomaron asiento en actitud deferente ante la maciza mesa del jefe. Wayne Crowder les dijo con laconismo:
―Señores... quiero que me construyan una nave espacial.
Los ingenieros le miraron y luego se miraron entre sí sin poder ocultar su extrañeza. El que hacia las veces de portavoz de los reunidos carraspeó.
―¿Una nave espacial, señor Crowder?
―He resuelto ―dijo el millonario― ser el hombre que dará la navegación interplanetaria a la Humanidad.
Uno de los expertos dijo:
―Si usted lo desea, señor, podemos trazar los planos de semejante nave. Eso no es difícil. Los planos esenciales existen desde hace muchos años; la base de los mismos es el submarino. Pero...
―¿Qué?
― Pero el motor que impulse a esta nave ―dijo francamente el ingeniero― eso es lo que nosotros no podemos darle. La humanidad lo busca desde hace docenas de años, pero la solución aún no se ha encontrado. Dicho en otras palabras: Podemos construir la nave espacial que usted pide, pero nos consideramos incapaces de levantar a dicha nave de la superficie de la Tierra.
―Ustedes tracen los planos de la nave ―dijo Crowder― y yo me ocuparé de encontrar el motor que les hace falta.
El primer ingeniero preguntó:
―¿Dónde?
A lo que Crowder repuso:
―Pregunta muy adecuada. He aquí mi respuesta: No lo sé. Pero en algún lugar de este mundo existe el hombre que conoce ese secreto... y que me lo revelará si yo le proporciono el dinero necesario para convertir su teoría en realidad. Encontraré a ese hombre.
―Se verá usted asediado por una turba de chiflados.
―Lo sé. Ustedes deben ayudarme a separar el trigo de la paja. Pero todo aquel que se presente con una idea prometedora, por fantástica que parezca, gozará de la oportunidad de demostrar lo que es capaz de hacer.
―¿Quiere usted decir que está dispuesto a subvencionar sus experimentos? ¡Eso le costará una fortuna!
―Tengo una fortuna ―dijo Crowder con brevedad―. Ahora, manos a la obra. Ustedes constrúyanme la nave, y yo haré que se eleve.
Luego Wayne Crowder convocó una conferencia de prensa. Aparecieron artículos sensacionalistas, divertidos y bastante maliciosos. Los sindicatos periodísticos se deleitaron ofreciendo al mundo los menores detalles de la Locura de Crowder... Y la oferta que había hecho el magnate, de cien mil dólares en efectivo, al hombre que hiciese posible que una nave se elevase de nuestro planeta. Pero la historia llegó hasta los confines más recónditos del globo y la oferta circuló en una docena de lenguas diferentes.
La predicción de los ingenieros se cumplió al pie de la letra. Las oficinas de Crowder se convirtieron en la Meca y el refugio de todos los chiflados de la Humanidad; sus planos y modelos a escala abarrotaban los corredores, sus cartas constituían un diluvio de tinta, que amenazaba sumergir al personal destinado a clasificar, examinar y analizar todas las propuestas, pese a que dicho personal se había duplicado. Crowder sólo recibía a aquellos pocos que conseguían pasar la criba de sus Cancerberos. Despedía a la mayor parte de aquellos, si bien conservaba a algunos, asignándoles un sueldo y poniéndolos a trabajar. Invirtió una suma que hubiera servido para el rescate de un príncipe en la construcción de nuevos laboratorios. Sus amplios terrenos de prueba se convirtieron en el taller manicomio de una veintena de pretendidos conquistadores del espacio.
Así fueron pasando las semanas; la astronave diseñada por los ingenieros dejó la mesa de los delineantes para empezar a convertirse en realidad. Sin embargo, todavía ninguno de los subvencionados había conseguido que demostrar que el motor que él presentaba ―ya fuese de vapor o explosión, de gas, atómico o de cualquier otro combustible― sería capaz de levantar a aquel monstruo metálico de la superficie de la Tierra. Se realizaron muchas pruebas, algunas cómicas, otras trágicas. Pero todas terminaron en fracaso.
A pesar de ello, Crowder seguía aferrado a su obsesión.
―Vendrá ―decía―. Con dinero y decisión se compra todo. Vendrá tarde o temprano.
Y resultó que tenía razón. Un día se presentó en su despacho un individuo. Era un hombrecillo insignificante. Aún lo parecía más en aquella inmensa estancia. Aparecía empequeñecido en las vastas profundidades de una enorme butaca... Tenía los ojos a la altura de la maciza mesa de despacho de Crowder. A diferencia de sus predecesores, no llevaba una abultada cartera conteniendo planos, esquemas o fórmulas. También difería de los demás en que no fanfarroneaba, ni se encogía o se deshacía en adulaciones. Era un hombrecito de aspecto agradable, de ojillos y movimientos de pájaro, alerta y sonriente.
Se limitó a decir:
―Me llamo Wilkins. Puedo impulsar esa nave que usted desea.
―¿De veras? ―dijo Crowder.
―Pero no tendrá nada que ver con ese disparatado y enorme proyectil que están construyendo sus ingenieros. Los cohetes constituyen un estúpido despilfarro de tiempo. Mi motor requiere otro tipo de nave.
―¿Dónde están sus planos? ―le preguntó Crowder.
―Aquí ―respondió el hombrecillo golpeándose la frente.
Crowder dijo sin inmutarse:
―Mantengo a un par de docenas de individuos que dicen lo mismo. Ninguno de ellos ha conseguido nada. ¿Qué le hace a usted creer que su idea tendrá resultado?
―Los platillos volantes ―replicó el hombre.
―¿Eh?
―He penetrado su secreto. Mi proyecto se basa en el principio que impulsa a esas naves. Y éste no es otro que el electromagnetismo. La utilización de la fuerza de gravedad. O la fuerza opuesta, la antigravedad.


―Muchísimas gracias ―dijo Crowder, levantándose―. Ahora, si usted me permite...
―¡Espere usted! ―le ordenó el hombrecillo― Aún hay otra cosa. Esto.
Al tiempo que pronunciaba estas palabras, sacó del bolsillo un objeto metálico del tamaño y la forma de un cenicero. Suspendiéndolo sobre la mesa de Crowder... retiró la mano. El objeto permaneció inmóvil en el aire. Crowder lo tocó. Notó un ligero hormigueo en la yema de sus dedos, pero el objeto no cayó. Crowder sentóse de nuevo lentamente.
―Me basta ―dijo―. ¿Qué necesita usted?
―Ya ha establecido usted un precio muy bueno por mis servicios ―dijo Wilkins―. Sólo le pediré tres cosas más. Un taller en el que pueda construir un prototipo basado en este modelo. La ayuda de mecánicos expertos. Y una respuesta.
Crowder enarcó las cejas.
―¿Una respuesta?
―La respuesta a una pregunta. ¿Por qué desea usted en tan gran manera construir esta nave?
―Porque amo el poder ―repuso francamente Crowder―. Porque soy ambicioso. Quiero ser el primero en conquistar el espacio porque esto me hará más poderoso, más rico y más fuerte que cualquier otro de mis semejantes. Yo seré el amo, no sólo de un mundo, sino de todos los mundos.
―Sincera respuesta, en verdad ―observó Wilkins―, si bien extraña.
―¿Qué otra podía darle?
―Yo puedo darle otra ―dijo el hombrecillo con expresión pensativa―. Yo quiero irme de este planeta y dirigirme a cualquier otro lugar, a Marte, quizá, porque todavía existen extrañas bellezas por descubrir. Porque me aguardan crepúsculos purpúreos sobre yermas soledades, mientras en el cielo nocturno tachonado de estrellas el tenue y frío aire de un mundo moribundo se agita en inquietos suspiros por los valles de los secos canales. Por que desde aquí su vivo y lejano brillo en los cielos semeja un doloroso rubí clavado en mi corazón, y mi alma desfallece de añoranza, anhelando poner la planta sobre otro mundo que aún no haya sido pisado por el hombre.
Crowder le atajó bruscamente:
―Es usted un sentimental. Pero a mí sólo me interesa la lógica. No importa. Podemos trabajar juntos. Mañana por la mañana tendrá usted el taller a punto.
Cuatro meses más tarde, bajo la humeante colina de un crepúsculo otoñal, los dos hombres estaban sentados de nuevo uno frente a otro. Aunque esta vez no se hallaban en el rascacielos de Crowder, sino agazapados en la estrecha cabina de una pequeña nave discoidal construida por los ingenieros de Crowder de acuerdo con los planos de Wilkins. En el exterior, una ingente multitud se hallaba reunida para presenciar el vuelo de prueba. El gentío se agitaba y murmuraba, en una espera impaciente, mientras, en el interior de la cabina del disco, Wilkins instalaba la última parte secreta cuya naturaleza no había revelado a los que le ayudaron a construir su aparato.
El hombrecillo empalmó un alambre, realizó un pequeño ajuste en otro lugar, mientras Crowder lanzaba gruñidos de impaciencia.
―¿Bien, Wilkins? ¿A qué esperamos?
―No esperamos nada. ―Wilkins dejó sus herramientas se dirigió al borde exterior de la nave de curiosa forma y levantó una pantalla metálica que le permitió contemplar el terreno de pruebas―. Tal vez sea... sentimentalismo. El deseo de contemplar una vez más las escenas familiares de la Tierra.
―¡Déjese usted de sensiblerías! ―rezongó Crowder―. ¿O es que tiene miedo? ¿Tal vez ha pensado que su invento no funcionará, después de todo?
―Funcionará.
―Entonces, ponga el motor en marcha. Déjeme que oiga su rugido y note el arranque cuando nos libremos de la gravedad terrestre para volar hacia el espacio exterior. Cuando esto llegue, quizá yo también comparta su sentimentalismo.
El hombrecillo cerró la escotilla y volvió a su sitio ante los mandos. Tocó una palanca y accionó una llave. Sus manos se movían con ademán soñador sobre el tablero. Crowder dijo con displicencia:
―Empiezo a desconfiar de usted, Wilkins. Como esto resulte ser un fraude... ¿Cuándo vamos a despegar? Usted dijo que lo haríamos a las cinco en punto, y ahora son... ―consultó su reloj― ...ahora son las cinco y dos minutos. ¿Bien? ¿Es que no nos movemos?
―Ya nos estamos moviendo ―repuso Wilkins.
Levantó de nuevo la pantalla que cubría la portilla. Crowder vio el negro aterciopelado del espacio, salpicado con millares de estrellas arremolinadas. Bajo ellos la Tierra retrocedía, semejante a un vagón de juguete... una moneda... una luciérnaga.
―¡Dios mío! ―exclamó Crowder, tratando de ponerse en pie―. ¡Dios mío, es verdad! ¡Lo ha conseguido usted, Wilkins!
El hombrecillo sonrió.
Crowder experimentó un júbilo inenarrable. Por último aquel hombre frío y duro conoció una emoción. Gritó en son de triunfo:
―¡Entonces, eso quiere decir que yo tenía razón! No hay nada que no se pueda comprar con decisión y dinero. Prometí ser el primer hombre que conquistaría el espacio, y he cumplido mi promesa. Es un triunfo del poder y de la ambición.
―Y del sentimiento ―dijo Wilkins.
―¡Váyase usted al diablo! Sus sueños y proyectos hubieran muerto antes de nacer, de no haber sido por mí. Fui yo quien hizo esto posible, Wilkins; no lo olvide. Mi capital, mi poderío, mi voluntad.
Contempló la Tierra distante con ojos llameantes.
―Esto no es más que el comienzo ―dijo―. Construiremos un modelo mayor, capaz de contener a un centenar de personas. Prepararemos la primera invasión de otro mundo. Forjaré un nuevo imperio... en Marte. Regresemos ya, Wilkins.
―No ―dijo Wilkins―. Me parece que no.
―¿Cómo? Hemos demostrado que esta nave puede elevarse. Ahora volvamos y preparémonos para más largas travesías.
―Nada de eso ―dijo el hombrecillo― Continuaremos adelante.
―¿Qué significa esto? ―rugió Crowder―. ¿Se atreve usted a desafiarme? ¿Se ha vuelto loco?
―No ―dijo Wilkins―. Sentimental.
Entonces se quitó la chaqueta. Luego deshizo el nudo de su corbata y se despojó de la camisa, los pantalones y los zapatos. Bajo sus ropas surgió otro atavío, unas extrañas y brillantes vestiduras totalmente distintas a todo cuanto Crowder había visto hasta entonces. Una tela rutilante, de apretada malla y de un tono dorado, que subrayaba de un modo extraño las características no humanas de su desmedrado físico. Dirigió una sonrisa a Crowder, una sonrisa amistosa. Pero no era la sonrisa de un ser nacido sobre la Tierra.
―Su dinero y su ambición me han allanado el camino ―observó el marciano―, pero el sentimiento fue el factor vital que me hizo acudir a usted. Comprenda... deseaba regresar a mi hogar.


FIN