2024/01/01

La noche en que todo el tiempo escapó (Brian W. Aldiss)


Título original: The night that all time broke out
Año: 1967


El dentista le indicó con una sonrisa la puerta, mientras le pedía un taxi. Se estaba posando en el balcón cuando ella salió. Era del tipo no automático, lo suficientemente pasado de moda como para ser considerado chic. Fifi Fevertrees sonrió de modo deslumbrante al conductor y subió.
—Servicio extraurbano —dijo—. A la ciudad de Rouseville, fuera de la Ruta Z4.
—Así que vive en el campo, ¿eh? —dijo el taxista, alzándose hacia el seudoazul y conduciendo como un loco con un solo pie.
—Me gusta el campo —dijo Fifi a la defensiva. Vaciló, y luego decidió que podía permitirse un poco de vanagloria—. Además, es mucho mejor ahora que han conseguido que las cañerías del tiempo lleguen hasta allí. Precisamente nuestra casa va a ser conectada a la canalización ahora; todo estará listo cuando yo llegue.
El taxista se alzó de hombros.
—Apostaría a que eso debe de costar un montón, en el campo.
—Tres payts cada unidad básica.
El otro silbó significativamente.
Ella sintió deseos de decirle más, de contarle lo excitada que estaba, cuánto hubiera deseado que papá estuviera vivo para gozar de la experiencia de estar conectado a las canalizaciones temporales. Pero era difícil hablar con el pulgar en la boca, de modo que se miró en su espejo de muñeca y palpó para ver lo que el dentista le había hecho.
Había sido un buen trabajo. El nuevo y pequeño diente nacarado estaba empezando a crecer ya firmemente en la rosada encía. Fifi llegó a la conclusión de que tenía una boca muy sexy, como decía Tracey. El dentista había extirpado el viejo diente con gas temporal. Tan sencillo... Un simple golpe de spray y ella estaba de vuelta al día de anteayer, reviviendo aquel agradable interludio cuando había tomado café con Peggy Hackenson, sin sentir el menor dolor. El gas temporal estaba tan de moda. Ardía de impaciencia pensando en que iban a tenerlo en su casa, a su disposición en cualquier momento.
El taxi burbuja se remontó y salió por una de las compuertas dilatables del gram domo que cubría la ciudad. Fifi sintió un momentáneo pesar al abandonarla. Las ciudades eran tan agradables hoy en día que nadie deseaba vivir fuera de ellas. Todo era también el doble de caro fuera, pero afortunadamente el gobierno pagaba una elevada asignación por penuria a todos aquellos que, como los Fevertrees, se veían obligados a vivir en el campo.
En un par de minutos descendían de nuevo al suelo. Fifi indicó su granja lechera, y el taxista se posó expertamente en su balcón de aterrizaje antes de tender su garra reclamando un exorbitante número de kilopayts. Sólo cuando hubo recibido el dinero se inclinó y abrió la puerta de Fifi con un pie. Uno no podía fiarse para nada de esos chimpancés conductores.
Lo olvidó todo cuando echó a correr a través de la casa. ¡Aquél era el gran día! Los constructores habían necesitado dos meses para instalar la central temporal —dos semanas más de lo que habían calculado al principio—, y todo el mundo había estado de un humor de perros durante ese tiempo, mientras los hombres hacían rodar sus tuberías y arrastraban sus hilos por todas las habitaciones. Ahora todo volvía a estar ordenado. Casi bailaba cuando bajó las escaleras en busca de su esposo.
Tracey Fevertrees estaba de pie en la cocina, hablando con el constructor. Cuando entró su esposa, se volvió y tomó su mano, sonriéndole de una forma que para ella era relajante pero que alteraba el sueño de muchas chicas de Rousevüle. Sin embargo, su apostura quedaba empañada por la belleza de su esposa cuando estaba excitada, como ahora.
—¿Todo listo para funcionar? —preguntó Fifi.
—Sólo hay una pequeña complicación de última hora —dijo de mala gana el señor Archibald Smith.
—¡Oh, siempre hay alguna complicación de última hora! Hemos tenido quince de esas complicaciones la semana pasada, señor Smith. ¿Qué ocurre ahora?
—No es nada que les afecte directamente. Sólo que, como saben, hemos tenido que tender muchas canalizaciones de gas temporal desde la factoría central de Rousevüle hasta aquí, y parece que tenemos algunos problemas para mantener la presión. Se dice que hay una fuga en el pozo principal de la central, y que no consiguen localizarla. Pero eso no tiene por qué preocuparles.
—Hemos hecho algunas pruebas, y parece que todo funciona bien —dijo Tracey a su esposa—. ¡Ven y te lo mostraré!
Le dieron la mano al señor Smith, que evidenciaba la tradicional reluctancia de los constructores a abandonar su lugar de trabajo. Finalmente se fue, prometiendo volver a la mañana siguiente para recoger los últimos útiles, y Tracey y Fifi se quedaron solos con su nuevo juguete. El panel temporal apenas se distinguía entre todos los demás elementos de la cocina. Estaba situado cerca de la unidad nuclear, un pequeño y discreto accesorio con una docena de diales y el doble de manecillas. Le mostró cómo habían regulado las presiones temporales: bajo para pasillos y cocina, alto para dormitorios, variable para el salón. Ella se frotó contra él e imitó un ronroneo.
—Estás contento, ¿verdad, amor? —preguntó.
—No dejo de pensar en todas las facturas que vamos a tener que pagar. Y en las que vendrán luego... Tres payts la unidad base... ¡Guau! —Entonces vio la mirada decepcionada de ella y añadió—: Pero, por supuesto, me encanta, querida. Sabes bien que me encanta.
Luego recorrieron toda la casa, con los controles en marcha. En la propia cocina, se conectaron a una reciente velada. Flotaron en el pasado hasta la hora del día en que Fifi gozaba más del trabajo de la cocina, cuando terminaba el desayuno y faltaba aún un rato para que tuviera que empezar a pensar en la comida y discarla. Fifi y Tracey seleccionaron una mañana en la que ella se había sentido particularmente tranquila y feliz; el ambiente de aquel período flotó sobre ellos y los envolvió.
—¡Maravilloso! ¡Delicioso! ¡Puedo hacer cualquier cosa, cocinar lo que quieras!
Se besaron y corrieron al pasillo, gritando:
—¡La ciencia es maravillosa! Se detuvieron bruscamente.
—¡Oh, no! —gritó Fifi.
El pasillo estaba en perfecto orden: Las cortinas en su lugar, resplandeciendo metálicamente junto a las dos ventanas, controlando la cantidad de luz que penetraba por ellas y almacenando el exceso para las horas sin sol; la reptalfombra en su lugar y recién limpiada, llevándolos suavemente hacia delante; los paneles de la pared, cálidos y suaves al tacto. Pero habían sido cronocontrolados hacia atrás a las tres de la tarde de hacía un mes, una tranquila hora del día..., sólo que un mes atrás los constructores habían estado trabajando allí.
—¡Querido, van a estropear la alfombra! ¡Y estoy segura de que no sabrán volver a poner los paneles correctamente en su lugar! Oh, Tracey, mira, ¡han desconectado las cortinas, y Smithy prometió que no lo haría!
Él la sujetó por el hombro.
—¡Cariño, todo está bien, de veras!
—¡No! ¡No está todo bien! Mira todos esos viejos tubos temporales por todas partes, ¡y esos cables colgando aquí y allá! Han estropeado nuestro maravilloso techo absorbepolvo. ¡Mira cómo el polvo se está acumulando por todas partes!
—¡Cariño, es el efecto del tiempo!
No obstante, tuvo que admitir que no podía decir que el corredor que tenía ante sus ojos estuviera en perfectas condiciones; hacía un mes él también se había dejado llevar por los nervios como Fifí, cuando vio cómo estaba el pasillo en manos de Smithy y sus terribles hombres.
Llegaron al final del pasillo y pasaron al dormitorio, escapando a otra zona temporal. Echando una mirada hacia atrás desde la puerta, Fifi dijo entre lágrimas:
—¡Cielo santo, Tracey, qué poder tiene el tiempo! Creo que deberíamos cambiar los controles del pasillo, ¿no crees?
—Claro. Los sintonizaremos con el año pasado, digamos con una hermosa tarde de verano. ¡Tú di cuál, y la discaremos! ¿No es ése el eslogan de la Compañía Central del Tiempo? Y hablando de tiempo, ¿qué te parece el que tenemos aquí?
Tras echar una ojeada a la habitación, ella bajó sus largas pestañas y lo miró.
—Hummm, parece tranquilo, ¿no?
—Las dos de la madrugada, amor, a principios de la primavera, y con todo el mundo durmiendo su primer sueño. ¡Es difícil que suframos de insomnio ahora!
Ella se acercó y se apretó contra él, reclinándose contra su pecho y alzando la vista.
—¿No crees que quizá las once de la noche sería una hora más, más propia de un dormitorio?
—Ya sabes que para ese tipo de cosas prefiero el sofá. Vamos a sentarnos allí, y de paso veremos qué piensas del salón.


El salón estaba en el piso de abajo, con sólo otros dos pisos, el garaje y la vaquería, separándolo del suelo. Era una habitación hermosa y grande, con amplias ventanas dando a un bello paisaje que alcanzaba hasta el distante domo de la ciudad, y tenía un espléndido sofá en el centro. Se sentaron y, siendo las que eran las asociaciones con el pasado, empezaron a hacerse arrumacos. Al cabo de un rato Tracey tanteó en el suelo y tiró de un control remoto que estaba conectado a la pared.
—Desde aquí podemos controlar nuestro propio tiempo sin tener que levantarnos, Fifi. Dime el tiempo que deseas y volveremos a él.
—Si estás pensando en lo que yo pienso que estás pensando, será mejor que no retrocedamos más de diez meses, porque antes de eso aún no estábamos casados.
—Oh, vamos, señora Fevertrees, ¿te estás volviendo chapada a la antigua o algo así? Nunca dejaste que eso te preocupara antes de que nos casáramos.
—¡No es cierto!... Claro que, mirándolo desde esta perspectiva, quizás alguna vez me dejara llevar por el entusiasmo.
Él le revolvió suavemente el pelo.
—¿Quieres que te diga lo que me gustaría que intentáramos alguna vez?. Discar hasta cuando tú tenías doce años. Debías de ser una chica muy bonita en tu preadolescencia, y me gustaría comprobarlo. ¿Qué te parece?
Ella iba a protestar con alguna argumentación convencionalmente femenina, pero su imaginación tuvo otra idea.
—¡Podríamos ir hacia atrás hasta nuestra infancia!
—¡Espléndido! ¡Ya sabes que siempre he tenido un toque de complejo de Lolita!
—Trace, debemos ir con cuidado para evitar que en nuestra excitación rebasemos el día de nuestro nacimiento y nos encontremos siendo montoncitos de protoplasma o algo así.
—¡Amor mío, has leído los folletos! Cuando obtengamos la suficiente presión como para rebasar nuestras fechas de nacimiento, simplemente entraremos en la conciencia de nuestros más próximos antepasados, tú de tu madre, yo de mi padre, y luego de tu abuela y de mi abuelo. No creo que la presión temporal de la factoría de Rouseville nos permita ir más lejos que eso.
La conversación languideció ante otros intereses, hasta que Fifi murmuró con voz soñadora:
—¡Qué invención celestial es el tiempo! Sabiendo eso, incluso cuando seamos viejos, canosos e impotentes seremos capaces de volver atrás y gozar como gozábamos cuando éramos jóvenes. Discaremos nuestro regreso a este mismo instante, ¿eh?
—Hummm —dijo él.
Era un sentimiento umversalmente compartido.
Aquella noche cenaron una enorme langosta sintética. En su excitación por hallarse conectados a las conducciones temporales, Fifi había discado sin saber cómo una mezcla ligeramente incorrecta —aunque ella juró que debía de tratarse de algún error en la programación del recetario que había introducido en el cocinordenador—, y el plato no salió como debiera haber salido. Pero entonces discaron hacia atrás en el tiempo hasta una de las primeras y mejores langostas que habían comido en su vida juntos, poco después de conocerse, hada dos años. El sabor recordado hizo olvidar la decepción del sabor actual.
Mientras estaban comiendo, la presión falló. No hubo ningún sonido. Exteriormente, todo seguía igual. Pero dentro de sus cabezas se sintieron torbellinear a través de los días como hojas secas arrastradas sobre un páramo. Las horas de las comidas vinieron y se fueron, y la langosta adquirió mal sabor en sus bocas cuando tuvieron la impresión de estar masticando sucesivamente pavo, cordero, bizcocho, helado, budín, copos de cereal. Durante algunos desconcertantes momentos permanecieron sentados a la mesa, petrificados, mientras centenares de sabores variados se desplazaban unos a otros sobre sus papilas gustativas. Tracey se puso en pie jadeando y cortó el flujo temporal del interruptor junto a la puerta.
—¡Algo se ha estropeado! —exclamó—. Eso ha sido cosa de ese tipo, Smith. Voy a llamarle inmediatamente. ¡Voy a matarlo!
Pero cuando el rostro de Smith flotó en el videotanque, estaba más impasible que nunca.
—No es culpa mía, señor Fevertrees. De hecho, uno de mis hombres acaba de llamarme para decirme que tienen problemas en la cronofactoría de Rouseville, de donde toma su suministro la canalización de ustedes. El gas temporal está escapando. Le dije esta mañana que tenían algunos problemas allí. Vayase a la cama, señor Fevertrees. Hágame caso. Vayase a la cama, y probablemente por la mañana todo estará arreglado de nuevo.
—¡Irnos a la cama! ¿Cómo se atreve a enviarnos a la cama? —exclamó Fifi—. ¡Esa sugerencia es inmoral! Ese hombre está intentando ocultar algo. Apostaría a que ha cometido algún error, y está intentando cubrirse con esa historia acerca de una fuga en la cronofactoría.
—Podemos comprobarlo muy pronto. ¡Vayamos allí y veámoslo!
Tomaron el ascensor hasta la planta baja, y subieron a su vehículo terrestre. La gente de las ciudades se reía de esos pequeños aerodeslizadores con ruedas, tan parecidos a los automóviles del pasado, pero no había ninguna duda de que eran indispensables en el campo, fuera de los domos, por donde no pasaba el transporte público gratuito.
Las puertas se abrieron y ellos salieron al exterior, despegándose inmediatamente del suelo y flotando a medio metro de altura. Rouseville estaba sobre una pequeña colina, y la cronofactoría estaba al otro lado. Pero cuando empezaron a ver las primeras casas, ocurrió algo extraño. Aunque todo estaba tranquilo, el vehículo terrestre empezó a oscilar terriblemente. Fifi se vio proyectada hacia todos lados, y al cabo de un momento se empotraban contra una cerca.
—¡Diablos, esos trastos son pesados! ¡Algún día tendré que decidirme a aprender a conducir uno! —dijo Tracey, saltando fuera.
—¿No vas a ayudarme, Tracey?
—¡Anda ya, soy demasiado mayorcito para jugar con niñas!
—¡Pero tienes que ayudarme! ¡He perdido mi muñeca!
—¡Tú nunca has tenido ninguna muñeca! ¡Al diablo contigo!
Echó a correr por el campo y ella tuvo que seguirlo, llamándolo mientras corría. Era realmente tan difícil intentar controlar el torpe y pesado cuerpo de un adulto con la mente de un niño.
Halló a su esposo sentado en medio de la carretera de Rouseville, pateando y agitando los brazos. Al verla se echó a reír.
—¡Tace anda patín-patán! —dijo.
Pero en unos pocos momentos eran capaces de avanzar de nuevo a pie, aunque era doloroso para Fifi, cuya madre había cojeado mucho al final de su vida. Avanzaron penosamente, dos personas jóvenes con posturas de viejos. Cuando entraron en la pequeña ciudad desprovista de domo, fue para descubrir a la mayor parte de sus habitantes fuera de sus casas, cruzando por todo el espectro de las características de la edad humana, desde los balbuceos infantiles hasta el tartamudeo de la senilidad.
Obviamente, algo serio le había ocurrido a la cronofactoría. Diez minutos y unas cuantas generaciones más tarde, llegaron a las puertas. De pie bajo el gran cartel de la Compañía Central del Tiempo se hallaba Smith. No lo reconocieron; llevaba una máscara anticronogás, cuyos orificios de escape escupían viejos momentos.
—¡Imaginaba que vendrían aquí! —exclamó—. No me creyeron, ¿eh? Bien, será mejor que vengan conmigo y lo vean por sí mismos. La fuga original se ha convertido en un surtidor, y las válvulas no han podido resistir la presión y han saltado. Me temo que habrá que evacuar el área antes de pensar en repararlo.
Mientras los conducía cruzando las puertas, Tracey dijo:
—¡Espero que no se trate de un sabotaje de los rusos! Supongo que esta planta será secreta.
Smith se lo quedó mirando sorprendido.
—¿Se ha vuelto usted loco, señor Fevertrees? Los rusos tienen cronofactorías como nosotros. El año pasado fueron ustedes de luna de miel a Odessa, ¿no?
—¡El año pasado estuve en el servicio activo en Corea, gracias!
—¿Corea?
Con un potente ruido de sirenas, una forma negra destellando con luces rojas se detuvo en el patio de la cronofactoría. Era una unidad de bomberos autopilotada procedente de la ciudad, pero su dotación humana saltó de ella en una terrible confusión, y un tipo joven se derrumbó en el suelo gritando que le cambiaran los pañales, antes de que el personal de la factoría pudiera proveerlos a todos de máscaras anticronogás. Y no había tampoco ningún fuego que extinguir, sólo el gran surtidor de invisible tiempo que en aquellos momentos dominaba toda la factoría y la ciudad entera, y soplaba a los cuatro vientos, arrastrando consigo inimaginadas u olvidadas generaciones en su aliento a prueba de polillas.


—Vamos a ver lo que ocurre —dijo Smith—. Aunque sería lo mismo meternos en casa y tomar unas copas que quedarnos aquí y no hacer nada.
—Es usted un joven muy estúpido si quiere decir lo que imagino que quiere decir —dijo Fifi, con una voz vieja y severa—. La mayor parte del licor disponible es clandestino y no apto para el consumo, pero en cualquier caso, mi opinión es que debemos apoyar al presidente en su loable intento de detener el alcoholismo. ¿No lo crees tú así, Tracey querido?
Pero Tracey estaba perdido en las abstracciones de extraños recuerdos, mientras silbaba para sí mismo La paloma.
Tambaleándose detrás de Smith, penetraron en el edificio, donde dos oficiales de la policía los detuvieron. En aquel momento un hombre gordo vestido con un traje civil apareció y habló con uno de los policías a través de su máscara antigás. Smith lo llamó, y se saludaron como si fueran hermanos. Resultó que lo eran. Clayball Smith los condujo a todos al interior de la planta, tomando galantemente a Fifi del brazo, lo cual, para revelar su tragedia personal, fue todo lo que obtuvo jamás de una chica.
—¿No deberíamos ser presentados convenientemente a este caballero, Tracey? —susurró Fifi a su esposo.
—Tonterías, querida. Hay que echar por la borda las reglas de la etiqueta cuando uno entra en los templos de la industria.
Mientras hablaba, Tracey parecía estar acariciándose unas imaginarias patillas. Dentro de la cronoplanta reinaba el caos. Ahora se veía claramente la magnitud del desastre. Estaban sacando a los primeros mineros del pozo donde se había producido la explosión temporal; uno de los pobres tipos maldecía débilmente y culpaba a Jorge III de todo lo ocurrido.
Toda la industria del tiempo estaba aún en su infancia. Apenas habían pasado diez años desde que el primero de los subterráneos, prospectando a gran profundidad bajo la corteza terrestre, había descubierto la primera cronobalsa. Todo el asunto era aún origen de maravillas, y las investigaciones se hallaban todavía en sus primitivos estadios. Pero los grandes negocios habían metido mano en aquello y, con su habitual generosidad, se habían preocupado de que todo el mundo tuviera su ración correspondiente de tiempo, a su debido precio. Ahora la industria del tiempo tenía más capital invertido que cualquier otra industria en el mundo. Incluso en una ciudad pequeña como Rouseville, la factoría estaba valorada en millones. Pero la planta acababa de sufrir una terrible fuga.
—Es terriblemente peligroso estar aquí...; no deberían permanecer ustedes mucho tiempo —dijo Clayball.
Estaba gritando a través de su máscara antigás. El ruido allí era terrible, especialmente desde que un locutor había comenzado a retransmitir su reportaje a la nación a pocos metros de ellos. En respuesta a una pregunta gritada por su hermano, Clayball dijo:
—No, es más que una fuga en la canalización principal. Eso es sólo lo que hemos dicho para calmar los ánimos. Nuestros valientes chicos de ahí abajo han hallado un nuevo filón temporal, han reventado la bolsa, y ahora se está esparciendo por toda la zona. ¡No podemos dominarla! La mitad de nuestros muchachos habían vuelto a la conquista normanda antes de que llegáramos a sospechar qué era lo que ocurría.
Señaló dramáticamente hacia abajo a través de las losas sobre las que apoyaba sus pies.
Fifi no podía comprender de qué demonios estaba hablando. Desde que había dejado Plymouth había estado derivando, y no metafóricamente precisamente. Ya era bastante malo el ser una Madre Peregrina acompañando a uno de los Padres Peregrinos, y además aquel Nuevo Mundo no le gustaba en absoluto. Se hallaba ahora más allá de sus posibilidades el entender que los enormes recursos de la tecnología moderna estaban trastornando todo el tiempo de un planeta.
En su actual situación, no podía saber que las ilusiones del geiser temporal se estaban extendiendo ya por todo el continente. Casi todos los satélites de comunicaciones que giraban en torno al planeta estaban difundiendo informes más o menos ajustados del desastre y de los acontecimientos que estaba provocando, mientras los alucinados escuchas se sumían generación tras generación, como gente hundiéndose en un ventisquero sin fondo.
De aquellos depósitos procedían las reservas de tiempo que eran canalizadas al millón de millones de hogares en el mundo. Los expertos habían calculado ya que al actual índice de consumo todos los depósitos de tiempo quedarían agotados en doscientos años. Afortunadamente, otros expertos estaban trabajando ya en el intento de desarrollar sustitutivos sintéticos para el tiempo. Sólo el mes anterior, el pequeño equipo de investigaciones de la Time Pen Inc., de Ink, Pennsylvania, había anunciado que habían conseguido aislar una molécula nueve veces más lenta que cualquier otra molécula conocida por la ciencia, y que esperaban firmemente poder aislar otras moléculas aún más lentas.
Una ambulancia llegó derrapando al frenar, con otra tras ella. Archibald Smith intentó apartar a Tracey del camino.
—¡Quitad de mí vuestras manos, bellaco! —exclamó Tracey, intentando desenvainar una imaginaria espada.
Los hombres de la ambulancia estaban saltando de sus vehículos, y la policía estaba acordonando toda la zona.
—¡Van a traer de vuelta a la superficie a nuestros valerosos terranautas! —exclamó Clayball.
Apenas se le oía por encima de todo aquel tumulto. Había hombres con máscaras por todas partes, con la esbelta silueta aquí y allá de alguna enfermera también con máscara acompañándoles. Se estaban trayendo provisiones de oxígeno y sopa, se instalaban proyectores un poco por todas partes, enfocándolos a la cuadrada boca del pozo de inspección. Los hombres con monos amarillos penetraban en el pozo, comunicándose entre sí por medio de radios de muñeca. Desaparecieron. Por un momento un silencio respetuoso cayó sobre los edificios y pareció transmitirse a la multitud de fuera. Pero el momento se transformó en minutos, y el ruido halló su camino de regreso hasta su nivel normal. Otros hombres de rostros hoscos se adelantaron, y los locutores fueron apartados a un lado.
—Es parecer mío que irnos de aquí deberíamos, por el soplo de Dios —susurró débilmente Fifi, aferrándose a sus ropas caseras con una temblorosa mano—. ¡Esto no me gusta nada!
Finalmente, hubo actividad en la boca del pozo. Sudorosos hombres con monos tiraron de cuerdas. El primer terranauta fue extraído a la vista, llevando el característico uniforme negro de los de su clase. Su cabeza colgaba, su mascarilla había sido arrancada, pero estaba luchando valerosamente por mantener la conciencia. Una sonrisa jovial cruzó sus pálidos labios, y agitó una mano a las cámaras. Una estentórea ovación brotó de los espectadores.
Pertenecía a la intrépida raza de hombres que se sumergían en los desconocidos mares del gas temporal bajo la corteza terrestre, arriesgando sus vidas para extraerle a lo desconocido una pizca de conocimiento, empujando cada vez más lejos los límites de la ciencia, anónimos y jamás honrados excepto por las constantes baterías de la publicidad mundial.
El as de los locutores se había abierto camino a codazos por entre la multitud para alcanzar al terranauta, y estaba intentando entrevistarlo, acercando un micrófono a sus labios mientras el torturado rostro del héroe aparecía en primer plano ante los incrédulos ojos de mil millones de espectadores.
—Ahí abajo..., un infierno... Dinosaurios y sus crías —consiguió jadear, antes de ser metido en la primera ambulancia—. Ahí en lo profundo del gas. Manadas de ellos, hambrientos... Unos cientos de metros más abajo y hubiéramos encontrado... la creación... del mundo.
No pudieron oír más. Nuevos refuerzos de la policía estaban limpiando el edificio de todas las personas no autorizadas antes de que los otros terranautas fueran devueltos a la superficie, aunque su cápsula terrestre no estaba aún a la vista. Cuando el cordón armado se les acercó, Fifi y Tracey retrocedieron. No podían permanecer más tiempo allí, no podían comprender nada de lo que ocurría. Se dirigieron apresuradamente hacia la puerta, ignorando los gritos de los dos Smith con sus máscaras. Cuando echaron a correr hacia la oscuridad, por encima de sus cabezas se erguía muy alto el gran chorro del geiser temporal, derramando, derramando su destino sobre el mundo.
Durante un momento permanecieron jadeando junto a una cerca próxima. Ocasionalmente uno de ellos balbuceaba como una niñita, o el otro gruñía como un hombre viejo. Mientras tanto, respiraban pesadamente. Estaba a punto de amanecer cuando reunieron sus fuerzas y siguieron su camino por la carretera en dirección a Rouseville, manteniéndose junto a los campos. No estaban solos. Los habitantes de la ciudad huían también, abandonando sus hogares que ahora les eran extraños y estaban mucho más allá de su limitada comprensión. Mirándoles bajo sus fruncidas cejas, Tracey se detuvo y arrancó una rama de un árbol cercano para fabricarse un burdo bastón.
Juntos, el hombre y su mujer treparon la ladera de la colina, regresando a las tierras salvajes como la mayor parte del resto de la humanidad, sus pesadas y encorvadas figuras silueteándose contra los primeros resplandores de luz solar en el cielo.
—Ugh glumph hum herm morm glug humk —murmuró la mujer.
Lo cual significa, groseramente traducido del antiguo piedrés: "¿Por qué demonios siempre tiene que ocurrirle esto a la humanidad justo en el momento en que está a punto de volver a civilizarse?"


FIN

2023/12/25

La máquina (Richard B. Gehman)


Título original: The machine
Año: 1946


Acabo de hablar con Joe, y estoy más confundido que nunca. Quisiera volverme loco, pero no puedo. Me siento demasiado asustado, y sigo preguntándome cómo va a terminar todo.
Al, me digo a mí mismo, tienes que hallar una salida. Así que voy a contarlo todo por escrito, para aclarar mis ideas.
Joe McSween y yo hemos sido amigos desde que íbamos a la escuela. Vivimos en el mismo barrio, y ambos trabajábamos en el Comercio de Maquinaria de Krug antes de que Joe ingresase en el ejército y yo me alistara en la infantería de marina. Continuamos escribiéndonos todo el tiempo que estuvimos separados, y cuando regresamos decidimos buscar trabajo juntos.
Justo al terminar la guerra, una gran planta de fabricación de plásticos, Fabricaciones Turnbull –probablemente habrán oído hablar de ella–, se abrió en las afueras de la ciudad.
Pagaban altos sueldos, por lo que intentamos colocarnos allí. Ambos conseguimos trabajo rápidamente. Tal como lo veo ahora, fue entonces cuando empezaron las dificultades.
Antes de proseguir, es conveniente que hable acerca de Agnes Slater. Aggie fue la razón por la que Joe decidió ir a Turnbull. Había sido su novia antes de la guerra, pero cuando él volvió a casa, formalizaron sus relaciones. Joe creyó acertado trabajar en Turnbull porque un buen sueldo facilitaría las cosas cuando él y Aggie contrajesen matrimonio.
Me destinaron al departamento de expediciones. No era gran cosa, pero resultó mejor que donde pusieron a Joe. Consiguió que le inscribiesen en X. La Turnbull posee muchas de esas enonmes máquinas que llaman fabricadores, y la más grandes es precisamente X.
Jamás podré explicar lo que fabrica. Supongo que alguna clase de plásticos. Sea como fuere, lo envían a alguna otra instalación para utilizarlo en sus productos. Los dependientes de X saben únicamente que trabajan en una enorme máquina, de siete pisos de altura, rodeada por largas pasarelas. Joe la odió desde el primer momento.
–Esa condenada X –me confesó mientras nos dirigíamos en coche a casa aquel atardecer–, es algo infernal. Me han destinado al tercer piso. Estoy en una pequeña habitación encristalada junto a un tablero de instrumentos. Me enseñaron el trabajo en diez minutos.
No tengo que hacer más que unos cuantos movimientos, todo es automático.
El caso es que Joe es un sujeto al que le agrada utilizar la cabeza. Le gusta resolver problemas y encontrar soluciones. Y el trabajo de X no era en absoluto propio de Joe.
–¿Qué es lo que haces, Joe? –pregunté.
–Huh –gruñó–. Escucha esto, Al. Me meto en ese pequeño e incómodo agujero a las 08:00 de la mañana. A las 08:10 alargo la mano y hago girar el Cuadrante N hasta 40. A las 08:20 hago presión sobre un botón marcado con la letra Q. A las 08:23 giro hacia atrás el Cuadrante N hasta cero. A las 08:31 alargo la mano hacia un pequeño anaquel, cojo una aceitera y echo dos gotas, exactamente dos, en un pequeño orificio de la parte inferior del tablero. A las 08:46 levanto la mano y tiro hacia mí una palanca. A las 08:47 la empujo hacia atrás. A las 08:53 oprimo de nuevo el botón Q. A las 08:59 hago girar el Cuadrante N hasta 10, lo mantengo un segundo y, de nuevo, lo hago girar rápidamente hacia atrás.
Entonces dan las 09:00 y comienza de nuevo todo el proceso.
–¿Eso es todo?
–Exactamente todo igual –contestó Joe–. Así cada hora hasta el mediodía. Dispongo de una hora para comer, y después vuelvo para continuar hasta las 05:00 –suspiró–. Ese es mi nuevo trabajo.
–Joe –pregunté– ¿qué ocurre dentro de esa máquina cuando haces todas esas cosas?
–Que yo vea, Al –contestó Joe–, nada.
–Bien, pero ¿qué hace la máquina?
–Que me condenen si lo sé. No me lo explicaron.
–¿No puedes oír algo en el interior, quiero decir cuando haces girar esos cuadrantes y oprimes los botones?
Joe meneó la cabeza.
–Ni lo más mínimo.
No podía comprenderlo.
–Hay algo extraño en torno a eso, Joe –opiné.
–Eso es lo que creo –asintió Joe–. Desde luego no teníamos nada parecido en Krug.
Parecía no querer hablar más sobre el tema así que no hice más preguntas. Le hablé de mi trabajo, que consistía en archivar impresos de expedición durante todo el día. Yo, un mecánico. Impresos.
Aquella noche Joe y Aggie iban al cine; por el camino se detuvieron un momento en mi casa. Aggie no es muy bonita, sin embargo hay algo en ella –y no me refiero a su figura – que es bueno. Supongo que su energía. Quizá, mejor, ambición. Siempre está a la que salta.
Esa noche Aggie se mostraba realmente animada. Tenía un aspecto elegante, llevaba un vestido de un color rojo que realzaba su negro cabello, y se sentía en excelente forma.
–Joe me ha estado hablando acerca de su trabajo, Al –me dijo–. Parece estupendo.
Joe pareció preguntarse de dónde había sacado ella tal idea.
–Quiero decir –continuó Aggie– que me parece estupendo que una firma como Turnbull quiera ofrecerles esta oportunidad. En una gran empresa como ésta, hay grandes probabilidades de ascender.
–Sí, claro –comentó Joe–. A los cinco años dan más cuadrantes que girar.
–Lo que nos preocupa, Aggie –dije–, es que no tenemos idea de qué produce Turnbull. Alguna clase de plásticos, eso es lo que sabemos.
–En estos tiempos todo parece secreto –prosiguió Joe–. Es casi peor que durante la guerra.
–Esta noche leí en el Courier que aprobaron ese proyecto de ley, ¿cómo lo llaman?
–Challendor-Collander-Wingle-Wanger –informó Aggie.
Sabe cosas como ésta. Es lista.
–Eso es –aseveró Joe–. Bien, según esa nueva ley el ejército puede incautarse de todo lo que crea necesario para la defensa nacional. He estado pensando que quizá el ejército tenga algo que ver con Turnbull.
–Quizá –dije.
–No me importa lo que digan –cortó Aggie–. Creo que te gustará estar allí, Joe. Y a ti también, Al.
Como dije, Aggie es una bonita y lista muchacha, pero en lo concerniente a este último punto se hallaba –como diría ella misma– lejos de la verdad. Después de la primera semana, vi a Joe más abatido que nunca. Cuando íbamos al trabajo por las mañanas, apenas si decía nada. Al regresar por las tardes, ocurría lo mismo. Parecía ensimismado todo el tiempo. Pero tras la segunda semana estaba peor. Terminada la tercera, decidí intervenir.
–Joe –dije– ¿qué diablos te ocurre? Esto no es propio de ti, Joe.
–¿Yo? No me ocurre nada.
–Joe –dije–, cuéntamelo todo. Es X, ¿verdad?
Permaneció callado uno o dos minutos. Luego confesó:
–Sí, supongo que es X. Estoy sentado allí todo el día. Oprimo los botones, hago girar los cuadrantes, doy aceite y, durante ese tiempo, Al, soy únicamente un tipo junto a una máquina. Esa máquina no hace ningún ruido, no se mueve, y que yo sepa, ni siquiera puede fabricar nada. Y es tan grande, con sus siete malditos pisos...
Había una mirada tan peculiar en su rostro, que no supe qué decir.
–Eso no es todo –continuó Joe–. Hay algo más. ¿Te acuerdas de Krug? Allí teníamos máquinas normales y simpáticas, con ruedas que giraban, bielas, correas de transmisión, poleas, motores. Eran verdaderas máquinas que andaban, y hacían ruido, y fabricaban piezas de maquinaria. Con mirarlas lo sabías todo acerca de ellas. Cuando se rompían, se podían reparar. Cuando se ponían en funcionamiento, andaban, y cuando se desconectaban, se detenían.
Joe se interrumpió.
–De X –prosiguió lentamente–, no sé nada. Todo está oculto. Me limito a sentarme en aquella pequeña jaula de cristal con otros cien individuos. Hago lo que me indican. Si la máquina se estropea, ni siquiera me entero. Sólo ejecuto los movimientos. ¡Maldita sea! No soy un hombre manejando una máquina, Al, soy una pieza de esa condenada máquina, una de sus palancas –me miró–. ¿Comprendes lo que quiero decir, Al?


–Si quieres saber lo que pienso, Joe –manifesté–, creo que lo mejor es que te marches de allí tan pronto como puedas.
–No –murmuró sosegadamente–. No es tan fácil.
Por un instante no conseguí comprender el significado de sus palabras, pero luego recordé a Aggie. Joe me confesó más tarde que intentó explicárselo, pero no lo logró. Fue una noche después de que Joe me confiara sus sentimientos acerca de X. Tal como Joe lo cuenta, la conversación debió ser más o menos así:
–Aggie –explicó Joe–, he estado pensado que quizá lo mejor sería que únicamente nos viésemos dos noches por semana, en lugar de seis.
Ya se sabe cómo son las mujeres. Rápidamente se hizo una idea equivocada y le echó un jarro de agua fría.
–Sí, Joe –manifestó–, no faltaría más, si eso es lo que deseas.
–Se trata simplemente de que tengo algo en la cabeza –aclaró Joe–. Tengo algo en la cabeza y necesito trabajar sobre ello.
–Si crees que tus noches resultarán mejores quedándote en casa, Joe –cortó Aggie–, no sería yo, desde luego, quien pretendiera convencerte de lo contrario.
–Aggie –suplicó Joe–, desearía poder explicártelo. Pero necesito algo que aleje mi mente de Turnbull. He estado pensando en un invento. Creo que lo he resuelto del todo, pero necesito un poco más de tiempo. Sólo serán unos días, Aggie.
La idea de una invención pareció gustarle, según me explicó más tarde Joe. Pero cuando ella empezó a formular preguntas sobre el particular, no pudo contestarlas. Eso la hizo más suspicaz que nunca. Ya se sabe cómo son las mujeres. Las hay que pretenden estar en todo.
De esta forma, aquella noche comenzaron las dificultades con Aggie.
Al principio, Joe no me habló del invento. Sin embargo, aproximadamente a mitad de nuestro segundo mes en Turnbull, su buen humor comenzó a reaparecer. Pensé que simplemente empezaba a adaptarse, pero luego comprendí que algo había ocurrido. Subía al coche silbando, hablaba y bromeaba durante todo el trayecto hacia el trabajo y, por la noche, exactamente lo mismo. Se iba pareciendo cada vez más al Joe que yo conocía.
Todo se aclaró un atardecer. Joe tenía una misteriosa expresión en su rostro, silbaba y sonreía más que nunca. Cuando nos detuvimos frente a su casa, dijo:
–¿Tienes un minuto, Al? Entra. Tengo algo que enseñarte.
Penetramos en casa de Joe, donde su madre le esperaba para cenar.
–Al –me dijo–, ¿tú también estás metido en esa barbaridad?
–¿Qué barbaridad? –empecé a preguntar, pero Joe me llamaba ya desde el sótano, gritándome.
–Jamás vi nada semejante –insistió la madre de Joe.
Seguí a Joe hasta el taller que habíamos montado durante nuestra etapa escolar. Teníamos allí muchas herramientas que compramos a base de recoger papeles y de trabajar los fines de semanas, y era un espléndido taller. Pero desde que volvimos de la guerra apenas lo utilizamos, y lo había olvidado. La verdad es que no esperaba nada, mejor dicho, no sabía lo que esperaba. Por supuesto nada igual a lo que vi.
–Míralo –dijo Joe con orgullo–. ¿Qué te parece?
En el centro del pavimento, montada sobre grandes bloques de madera, se hallaba una máquina con brazos de conducción, luces, cuadrantes, botones, válvulas, conmutadores, de todo. Hasta un silbato. Había tantas piezas en esa máquina que no podría ni empezar a describirla. Era la clase de máquina con la que podría soñar un mecánico. Mientras permanecía atónito, preguntándome qué diablos era, Joe oprimió un botón sobre el banco de trabajo. Las dos grandes ruedas del extremo más próximo a nosotros empezaron a girar lentamente, tomando impulso. Un brazo se extendió por un lado, dirigiéndose al otro, asió algunas agarraderas y las atrajo hacia atrás. Brilló una luz verde, luego una roja. Joe se encaminó al otro extremo, hizo girar un disco, y el conjunto empezó a funcionar más y más aprisa. Producía un ruido tal que retemblaba toda la casa. Sonó un silbato. Una lanzadera empezó a oscilar hacia arriba y hacia abajo en algún lugar de la zona central. Un eje engrasado se deslizó a través del mecanismo, salió por un extremo, giró dos veces, y retrocedió hasta el interior. Brilló una luz azul, y una aguja sobre un cuadrante próximo a mí comenzó a ascender en dirección a una señal roja. Era lo más extravagante que había visto. Exclamé:
–¿Qué diablos es, Joe?
Me echó una expresiva mirada que dejó entrever lo que pensaba acerca de mi talento de empleado de la sección de expediciones.
–Es un secreto –contestó, sonriendo burlonamente.
–¿Un secreto?
–Ciertamente –continuó Joe–. No, Al, no es ningún secreto. Pero es lo que le digo a la gente. Como en estos tiempos todo es secreto... Igual que X... Bien, no existe ningún secreto en esta máquina. La realidad es que no tiene nada de particular. Es sólo una máquina.
–¿Qué clase de máquina, Joe?
–Demonio –dijo Joe–. Una complicada y vieja máquina, y nada más.
–Sí, Joe –repuse, pacientemente–. Ya veo que es complicada. ¿Pero qué hace?
–¿Hacer? No hace nada, anda. Eso es todo lo que hace. Sólo anda –luego, antes de que pudiese replicar, Joe continuó–: ¿Qué les pasa a todos ustedes? Tú, mi madre, nuestro vecino Herb, todos preguntan qué hace. No hace nada. Es sólo una máquina que anda. Mi máquina. Soy su amo, esta máquina no me dirige, Al. 
Cuando creí que empezaba a comprender la idea, le formulé algunas preguntas más. Pero no tardé en sentirme tan confundido como al principio. Según creo comprender ahora, la forma en que Joe se sentía con respecto a X, o más bien, en que X le hacía sentirse, le indujo a crear una máquina que pudiese dirigir él mismo. La clave del asunto era simplemente una broma. El caso es que entonces no logré comprenderlo por completo.
Dejé a Joe allí, contemplando la máquina como un padre orgulloso.
Al salir, me tropecé con Aggie, que entraba.
–Al, ¿la has visto? –preguntó jadeante–. ¿Qué es, Al?
–Aggie –dije–, pensaba que eras una chica lista.
Su mirada se tornó algo dura.
–¡Al, dímelo!
Me exasperé un poco.
–Es un secreto, Aggie –contesté–. No puedo decir más de lo que Joe me ha explicado. Es una máquina que anda. Aggie meneó la cabeza y entró en la casa. Bueno, pensé, no hay más que hablar. Sali, subí a mi coche y regresé calle abajo en dirección a mi casa. Por aquel entonces, los acontecimientos no se habían desencadenado aún. En una ciudad como Parkside, las cosas trascienden, ya se sabe. Quizá la madre de Joe habló con alguna de sus amigas, y éstas fueran a ver la máquina. Es posible que algunos de los muchachos de Turnbull lo descubrieran. De cualquier modo, la historia se divulgó y no mucho después, la gente se paraba a mirar hacia la casa cuando pasaba junto a ella. El paso siguiente fue que un reportero del Parkside Courier se presentó allí para ver a Joe y a su máquina.
No sé si Joe se enteró de que era un reportero o no. Había tanta gente metida en su casa todo el tiempo, que existe una probabilidad de diez contra una de que no lo supiera. El reportero le formuló muchas preguntas, y Joe le dio las respuestas de costumbre. En broma, declaró:
–Es un secreto –y luego, manifestó–: No es más que una máquina que construí a ratos perdidos, una máquina que anda –después intentó explicar, muy cuidadosamente, sus sentimientos con respecto a ella.
Supongo que el reportero no se sintió satisfecho con estas declaraciones. Añadió cosas de su propia cosecha. Un poco de color, por supuesto. Y el titular de la primera página del Courier rezaba así:

¿FUERZA ATÓMICA? ES UN SECRETO

Seguidamente, nuestro amigo el periodista se dirigía a la ciudad:

Joseph McSween, con domicilio en Parkside Avenue n.° 378, de esta ciudad, tiene algo en su sótano que bien podría revolucionar la ciencia. Es una máquina, pero McSween no quiere decir de qué clase. Únicamente ha admitido que se trata de una máquina secreta «que anda». Nuestra opinión es que a los muchachos de Oak Ridge y Hanford no les conviene dormirse sobre sus laureles. Si Joe McSween, de Parkside, no posee una máquina atómica en el sótano de su casa, soy yo Lincoln. Su actitud no parece revelar otra cosa. McSween ha estado trabajando en su invento durante...

Con esto será suficiente, ya que los casi doce párrafos que seguían carecen de interés. El artículo incluía una fotografía de Joe, de la época de su graduación, que desenterraron de los archivos. Hasta me mencionaba a mí, como compañero de Joe en la construcción de esa máquina atómica. Lo que sucedió a continuación es ya conocido. Ese reportaje fue el fósforo que prendió fuego a la hoguera. Los teletipos recogieron la historia aquella misma noche y a la mañana siguiente estaba en todos los periódicos del país.
EL INVENTOR DE UNA PEQUEÑA CIUDAD PUEDE POSEER LA CLAVE DEL UNIVERSO
decía un periódico de New York.
¡AUXILIO! CLAMA EL ÁTOMO
voceaba otro.
Si alguien me hubiera anunciado lo que iba a ocurrir, le habría tomado por un loco.
Aquella noche Joe me llamó aproximadamente a las nueve.
–Al –dijo–, ¿viste...?
–Sí –respondí–. Y lo dan también por radio.
–No he tenido tiempo de escucharla –continuó Joe–. El teléfono ha estado sonando sin interrupción desde que salió el Courier. Hasta el alcalde llamó. Al, me voy a volver loco. ¿Cómo pudo ese cretino contar tal cosa?
–Joe –corté–, no todo el mundo sabe comprender una broma. Probablemente creyó que tenía una gran noticia.
–Sí, claro –admitió–. Intento explicarles que todo es un error, pero los periodistas siguen llamando y haciéndome preguntas y no me quieren escuchar. Me preguntan cosas de las que ni siquiera he oído hablar, y cuando les digo que no sé de lo que están hablando, comentan que soy muy modesto. Aguarda, Al, hay otro mozo de telégrafos en la puerta. He recibido treinta y dos telegramas.
–¿Qué vas a hacer, Joe? –le pregunté.
–No lo sé –murmuró–. Cada vez que digo algo, ponen más palabras en mi boca. Y no puedo... Al, tengo qué colgar ahora. Es ese chico de telégrafos. Llámame por la mañana, Al. 


No resultó tan fácil como parecía. Intenté llamarle dos veces alrededor de las ocho de la mañana, pero la línea estaba ocupada. Finalmente tuve que irme al trabajo. Me dirigí en mi coche calle arriba hacia la casa de Joe, para recogerle. ¡Qué ingenuidad la mía! Me acerqué a la casa como pude, porque había una gran cantidad de automóviles aparcados, y una pequeña muchedumbre en torno al porche de entrada. Descendí y me encaminé a la casa.
–¿De qué diario es usted? –me preguntó un hombre.
Advertí que casi la mitad de los hombres, así como algunas mujeres, llevaban colgadas del hombro cámaras fotográficas. Seguramente se hallaba allí la flor y nata del periodismo, enviados de todas las grandes ciudades.
–Soy sólo un compañero de Joe –informé al sujeto; un colosal error por mi parte.
–¿Usted es amigo de Joe McSween? –gritó–. ¡Eh, compañeros!
Se apiñaron todos a mi alrededor, abrumándome a preguntas:
¿Dónde está ahora McSween?
¿Cómo la hizo?
¿Es cierto que puede mover un acorazado con dos gotas de agua?
¿Su patrón le ofreció realmente tres millones por una cuarta parte del interés?
¿Cuánto tiempo hace que lo sabe?
Intenté contenerlos mientras pude, luego eché a correr hacia mi automóvil. No me detuve hasta aproximadamente ocho manzanas más abajo para entrar en una farmacia. Me dirigí a la cabina telefónica. El número de Joe seguía comunicando. Probé de nuevo al cabo de cinco minutos. No hubo suerte. Tres intentos más, y al cuarto lo conseguí.
La voz de Joe, muy cansada, dijo:
–¿Diga? –fue casi un gruñido.
–Soy Al. Estuve en tu casa, pero...
–Lo sé. Te vi por el postigo. Al, he estado en vela toda la noche. ¿Dónde estás?
Se lo dije.
–Intentaré llegar –murmuró–. Espérame ahí.
Colgué el auricular, fui al puesto de refrescos y me senté. La radio estaba tocando música de baile, pero de repente la emisión se interrumpió para dejar paso a un locutor:
-Un boletín especial de Parkside, New York. Mientras el país aclama el ingenio y los fértiles recursos del joven Joseph McSween, de quien se dice ha inventado la primera auténtica máquina atómica de nuestra época, las autoridades de Parkside han sido informadas de que el ejército desea examinar sin demora el proyecto McSween. El teniente coronel George P. Treex, célebre por su trabajo en la bomba atómica, ha sido enviado ya a Parkside en avión especial. Le acompañan sus ayudantes. El…
–¡El ejército! –grité, levantándome.
El encargado del puesto bostezó.
–Cosas que pasan –contestó.
–Pero se han vuelto... –entonces me callé, para oír el resto.
–Según las disposiciones del proyecto de ley Challendor-Collander-Wingle-Wanger – decía el locutor–, las fuerzas militares están autorizadas para examinar cualquier proyecto que consideren vital para la defensa de este país. Se da por sentado que la máquina del joven McSween quedará bajo el control del gobierno.
–¡Control del gobierno! –exclamé atónito.
–¿Y qué más? –preguntó el encargado–. Jugando con los átomos, ¿eh?
–Esta mañana, en la Cámara de Representantes –zumbaba la radio–, el senador Burge Fulsome declaró que presentaría un proyecto de ley a fin de asignar un millón de dólares para la protección de esta novísima arma. En la Cámara, el diputado Hayden Kratcher puede votar un proyecto de ley que proporcione una suma igual para el desarrollo de las fuerzas de seguridad del país. Debemos proteger este secreto cueste lo que cueste», manifestó esta mañana a los informadores el diputado Kratcher, «y conservarlo a salvo en el seno de la democracia de donde nació.»
–Qué diablos... –de nuevo me detuve para escuchar.
–Hasta el momento el Congreso no ha votado ninguna cantidad para trabajos adicionales en la máquina de McSween. Un senador que rehusó dar su nombre declaró que el próximo mes podría presentarse un proyecto de ley, pero agregó: «No deseamos precipitarnos en este asunto». La invención ha tenido efectos de mucho alcance. En Hollywood, varias firmas están intentando conseguir los derechos para la historia de la vida de McSween. En New York, la Stud Press ha anunciado planes para la publicación de Esta es una historia de la Era de la Máquina Atómica. Y en Parkside, el alcalde, E. R. Risco, anunció esta mañana que solicitaría al ayuntamiento una asignación de treinta y siete mil dólares para erigir una estatua a la memoria de Adolph McSween, el padre del joven inventor, que murió durante la primera guerra mundial. La estatua le mostrará de uniforme, sosteniendo a su hijito, el cual enarbolará un átomo de tamaño natural.
Me pregunté si me hallaba realmente allí sentado, en aquel puesto de refrescos.
–Esta emisora ha intentado varias veces obtener de McSween una entrevista exclusiva, pero únicamente ha conseguido una declaración de la madre del inventor: «Sabía que Joseph tenía algo allí abajo, en el sótano» –manifestó la señora McSween.» 
Una mujer entró en el establecimiento y se sentó junto a mí.
–Hola, Al –dijo con voz profunda–. Salgamos de aquí.
Di un salto, mis nervios estaban empezando a ceder.
–Joe –exclamé–, ¿qué haces disfrazado de esa manera? –contemplé el gran sombrero con flores, el vestido, la chaqueta con el cuello de piel–. ¿Cómo conseguiste escapar?
–Me puse esta ropa de mamá y fui por la puerta de atrás a casa de Herb, al lado nuestro – explicó Joe–: Luego salí por su puerta de entrada. Se debieron creer que era mi madre. Vámonos de aquí.
Me dispuse a pagar la cuenta, cuando recordé que no había tomado ninguna bebida.
Salimos y subimos a mi coche. Cuando empezaba a arrancar vi a una muchacha que cruzaba la calle.
–Espera, Joe –advertí–. ¿No es Aggie aquella chica?
–Sí –contestó Joe, saliendo del coche para atravesar la calle como una liebre. Le seguí por si acaso hacían falta explicaciones.
Las hicieron. Aggie rehuyó a Joe, y continuó caminando. Joe quedó asombrado, pero la siguió e intentó asirla del brazo.
–Puedo explicarlo todo, Aggie, con tal de que me des una oportunidad –dijo.
Aggie se volvió y le dio una bofetada.
–Aggie, por favor...
–¡Sin favor! –gritó ella–. ¡Joe McSween, cómo se te ocurrió una cosa semejante!
–¿Una cosa cómo?
–¡Trabajar todo este tiempo en tu máquina atómica y no decirme nada! Nunca...
–Aggie, no era...
–Joe McSween, eres el más vil, el más ruin...
La gente empezó a aglomerarse. Después de todo, no se ve todos los días a un sujeto
vestido con ropas de mujer discutiendo en la calle con una muchacha. Y no se oye con frecuencia soltar tacos a una muchacha del modo en que Aggie lo hizo. Joe aguantó pacientemente el chaparrón. Después pareció darse cuenta de que era inútil.
En aquel momento, alguien gritó:
–¡Ese es McSween! ¡El tipo atómico!
Joe y yo nos lanzamos a través de la calle hacia mi coche, y salimos huyendo. Me volví, pero Aggie no se dignó dirigirnos ni siquiera una mirada.
Joe permaneció silencioso mientras yo conducía. Al cabo de un rato se quitó el floreado sombrero y abrió la cremallera del vestido, arrojándolos sobre el asiento posterior. No llevaba más que unos pantalones cortos.
–Sabes, Al –dijo tras una pausa–, si hubiera inventado una máquina atómica, nadie me habría creído.
–Es cierto –convine.
Para entonces estaba dispuesto a creer cualquier cosa. Me dirigí hacia Cedar Hill, una pequeña ciudad a quince millas aproximadamente de Parkside. En el trayecto me detuve en un almacén general para que Joe comprase un mono. Fue una suerte que llevara cartera.
Continuó sin decir nada, con los ojos cerrados.
Después de recorrer sesenta y cinco kilómetros, Joe dijo:
–Al, tengo que intentarlo de nuevo. Para en el próximo garaje.
Así lo hice. Joe entró, llamó al Parkside Courier y preguntó por el director. Se puso en comunicación con él.
–Soy Joe McSween –dijo, luego palideció y se apartó del teléfono; colgó–. No ha querido creer que era yo. Me preguntó que por quién le había tomado.
–¡Maldita sea! –gruñí–. ¿Lo probamos otra vez?
–No. Regresemos. Haré que me escuchen...
Cuando salíamos del garaje, el mozo de uno de los surtidores de gasolina dijo:
–¿Me firma un autógrafo, señor McSween?
–Ni hablar –estalló Joe–. No me molestes.
Era la primera vez que veía a Joe McSween tratar de ese modo a un chico. El asunto empezaba a afectarlo de veras. Regresamos lentamente. Joe sólo habló una vez en todo el recorrido.
–No comprendo por qué Aggie se porta de esa manera.
Cuando salimos de la farmacia en Parkside debían ser más o menos las diez o las diez treinta. Mi reloj señalaba ahora casi las doce. Di la vuelta hacia Parkside Avenue, preguntándome qué iba a ocurrir. No tuve que esperar mucho tiempo. Algo sucedía en nuestro barrio. Pensé al principio que era la gente congregada ante la casa de Joe. Pero estaba equivocado. De haberlo sabido, hubiera dado la vuelta en redondo y ni el mismo demonio me detendría hasta no poner cien millas entre la ciudad y nosotros. El caso es que continuamos avanzando. Al aproximarnos, vimos que una barrera cortaba el acceso a nuestra calle. Sobre ella leímos, incrédulos, el siguiente aviso:
Distrito Militar - Prohibidas las visitas.
Un sargento de la M. P. armado hasta los dientes se acercó al coche.
–¿Qué desean?
–Vivo aquí –dijo Joe–. ¿Qué sucede?
–¿Cuál es su nombre? –preguntó el M. P., sacando una tira de papel del bolsillo.
–McSween. Este es Al Niles.
El M. P. observó atentamente a Joe, y me echó una rápida ojeada.
–Déjeme ver sus papeles. Identificación. Los dos.
Sacamos nuestras carteras y le mostramos nuestros carnets de conducir, cartillas militares y los pases de la Turnbull.
–Hum –manifestó; estudió la lista otra vez–. Parece conforme. Lo mejor es que vaya a su casa, McSween. Usted también, Niles. El coronel desea verles a los dos.
No permitió que entrásemos el coche.
–Al ¿qué significa esto? –preguntó Joe–. ¿Estamos realmente en Parkside Avenue?
No le contesté. Me hallaba demasiado ocupado mirando lo que sucedía frente a la casa de Joe. Había allí tres camiones del ejército aparcados y un grupo de M. P. montaba la guardia. Parecían ocupados en algo muy importante. Uno de ellos estaba clavando un aviso en el porche de entrada:
AREA DE ALTO SECRETO
Otro se adelantó mientras nos aproximábamos.
–Identificación –gruñó.
Le enseñamos lo mismo que al sargento. Entró en la casa de Joe y volvió al cabo de dos minutos.
–El coronel Treex ha dado su conformidad por el momento. Tendrán que bajar al sótano y esperar allí. Les recibirá aproximadamente dentro de una hora –dijo.
–¿El coronel qué? –preguntó Joe.
–El teniente coronel George P. Treex, oficial de investigación. Limítense a entrar –indicó. –Traten de no hacer ruido cuando atraviesen el vestíbulo. El coronel está muy ocupado.
–¿Está bien que masque mi chicle? –pregunté.
–Cuidado –advirtió el M. P.–, este es un asunto muy serio.


Entramos en la casa. La puerta del despacho aparecía cerrada, por lo que atravesamos el vestíbulo en dirección al sótano. Al llegar a él tuvimos que mostrar de nuevo nuestros papeles a otro M. P.. A mitad de la escalera, Joe pareció recordar algo y se volvió.
–Al –dijo, cogiéndome del brazo–. ¿Qué habrán hecho de mi madre?
–¡Diablos! –exclamé; retrocedimos y golpeamos la puerta; el M. P. abrió.
–¿Dónde está mi madre?
El M. P. no se inmutó.
–El coronel creyó que lo más conveniente para ella sería vivir en otro sitio mientras se efectúa la investigación –explicó–. La señora McSween está en el Hotel Parkside, a expensas del gobierno, por supuesto.
–Muy amable por parte del gobierno –comentó Joe.
–¿Algo más? –preguntó el M. P.
–Sí. Hable con el Courier y dígales que envíen aquí un reportero sensato –dijo Joe–, Uno que comprenda el inglés vulgar.
–Lo siento –manifestó el M. P.–. El coronel no tolerará a ningún periodista.
Joe abrió con asombro los ojos, meneó la cabeza y me miró. Le devolví la mirada. Dimos la vuelta otra vez.
Todas las luces del sótano se hallaban encendidas, así como las de un equipo suplementario. El lugar tenía más claridad que a la luz del día. La máquina de Joe descansaba allí, quieta, como si esperara que algo sucediese. Nos sentamos en el banco de trabajo y la miramos fijamente. Era la causa de todas nuestras dificultades.
–Al –preguntó Joe– ¿cómo puedo conseguir que lo comprendan?
–Tendrás que explicárselo de nuevo. No puedes hacer otra cosa. Debes hablar con ese coronel.
–Al, ya sabes cómo son los coroneles –murmuró Joe.
–Sí –tuve que admitir.
No tardamos mucho en descubrir cómo era el coronel. Una voz retumbó en lo alto de la escalera.
–¡Sin novedad! –tras un breve intervalo de silencio, se oyó un cuerpo pesado que descendía los peldaños. Ante nuestros ojos apareció el teniente coronel George P. Treex.
Parecía una montaña con nieve en la cumbre, sólo que con tres barbillas. Exhibía aproximadamente cuatro tiras de condecoraciones, incluyendo la mellada de puntería. Joe y yo nos pusimos en pie. Conocíamos a los jefazos con sólo verlos.
El coronel se dirigió hacia mí.
–Me alegra verle, señor McSween.
–McSween es éste –indiqué, señalando a Joe.
El coronel se desinteresó de mí en lo sucesivo. Estrechó rápidamente la mano de Joe, como si fuese un trámite a liquidar a toda prisa. Luego retrocedió y echó una mirada en torno al sótano, como si estuviera inspeccionando un cuartel.
–Coronel –suplicó Joe–, ante todo, me gustaría explicarle que este asunto es un gran...
El coronel no le escuchaba. Estaba ocupado con los anaqueles y el banco de trabajo.
–Que quiten el polvo de esos anaqueles –ordenó–. El polvo significa un riesgo para la seguridad.
Los ojos de Joe se desorbitaron 
–Desde luego. En Turnbull, cada día liquidan a los individuos que dejan de limpiar el polvo –informé.
El coronel me ignoró
–Ahora, señor McSween –continuó–, ¿dónde están sus informes? Tendré que estudiarlos durante la investigación. Por favor ¿puede entregármelos?
–¿Informes? –dijo Joe–. Pero si no existen...
–McSween, no necesita preocuparse acerca de mi autoridad –manifestó el coronel–. Fui enviado aquí por el jefe en persona, actuando bajo órdenes del secretario. Serán adoptadas las adecuadas precauciones de seguridad. Ningún secreto será divulgado. Puede entregarme sus papeles con completa garantía. 
–Coronel –cortó Joe–, me tiene sin cuidado si le envió aquí el espíritu de Isaac Newton.
Tenía un aspecto extraño, más extraño del que le había visto nunca. 
–Por favor, señor McSween –insistió el coronel–. Tengo tantas cosas que atender... Hay que estudiar la posibilidad de proteger esta casa con radar, hay que... Comprenda, estoy muy, muy ocupado. Por favor ¿puede darme sus papeles?
–No, coronel –dijo Joe–. Y la razón es...
Las barbillas del coronel temblaron antes de que interrumpiese.
–¿Rehúsa, señor McSween? ¿Desafía mi autoridad?
–No estoy desafiando nada –gruñó Joe–. Sólo trato de explicarle que no existe ningún papel. Y deseo decirle algo más. Yo...
–¿Qué dijo usted? –el teniente coronel Treex parecía atónito–. ¿No existe ningún papel? ¿Planos?
–No. Ningún plano. Nada.
–No comprendo. Esto no es, en absoluto, lo que esperaba. Señor McSween –continuó el coronel, forzando una especie de risa militar–, lo cierto es que no puedo perder el tiempo en bromas. El jefe está esperando un informe. Por favor, ¿podría hacerme una demostración? Sólo lo suficiente para tener una ligera idea. 
Joe se dirigió a su banco de trabajo.
–Perfectamente –dijo–. ¿Desea una demostración? La tendrá. A ver si comprende de una vez por qué todo este asunto es un...
Liberó la fuerza motriz y el resto de sus palabras se perdió en el estruendo de la máquina, que se puso en marcha con brusquedad. Las correas de transmisión empezaron a moverse hacia atrás y adelante, las ruedas y los engranajes dieron vueltas, las luces brillaron, el brazo se movió de través para coger las agarraderas... El estrépito era infernal. Sonaba incluso como una máquina atómica de verdad, pensé.
El coronel quedó evidentemente impresionado.
–¿Cuál es su capacidad? –aulló por encima del ruido.
–¿La capacidad para qué, coronel? –gritó Joe en respuesta.
–¿Cuánto produce? –vociferó el coronel.
–¡Nada! –gritó Joe–. ¡No produce nada!
El coronel no podía oírle, y le hizo una seña para que desconectase.
–Le digo que no produce nada—dijo Joe, cuando la máquina se detuvo–. No es lo que usted piensa, coronel. Es sólo una máquina... una máquina que construí por divertirme. Sólo anda, eso es todo.
El coronel se encogió de hombros, y se encaminó a la escalera.
–¡Comandante Stoughton! –gritó–. ¡Comandante Brown! ¡Teniente Winberg! ¡Teniente Boris! ¡Sargento English!
Todos bajaron y permanecieron firmes como soldados de plomo.
–¿En cuánto estimarían su capacidad? –preguntó el coronel.
El teniente sacó de su bolsillo un objeto que parecía como un termómetro casero, y por su extremo miró de soslayo a la máquina.
–Aproximadamente cuarenta –dijo, por fin.
Los demás oficiales habían sacado lápices y estaban garrapateando sobre pequeños blocs de notas.
El coronel hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
–¿Es eso correcto, señor McSween?
–¿Cuarenta qué? –preguntó Joe.
–Por favor, señor McSween –dijo el coronel–, seriedad. Yo...
–¡Cállese! –de súbito el rostro de Joe se congestionó y su respiración se hizo difícil–. ¡He intentado explicárselo desde que bajó aquí, y no ha querido darme una oportunidad! Seriedad, pues... –cogió una llave inglesa del banco de trabajo y la enarboló como una maza.
Todos los oficiales dejaron de garrapatear.
–¡Ahora verá! –dijo Joe–. ¡Ahora verá su máquina atómica!
Y antes de que nadie comprendiera lo que iba a suceder, se arrojó sobre ella, alzó la llave inglesa y la descargó con fuerza, destrozando primero un tablero de instrumentos, luego partiendo por completo una correa de transmisión, rompiendo una rueda, hendiendo un volante...
El coronel se recuperó rápidamente de su asombro. Actuó, mejor dicho, lo hicieron sus hombres. Tres de ellos saltaron sobre Joe, dos me prendieron a mí. Alguien gritó:
–¡Traición!
Todos gritaban y vociferaban produciendo un espantoso alboroto, mientras Joe lanzaba alaridos.
–¡No pueden hacer esto! ¡Es mi máquina y la destrozaré si quiero! ¡Déjenme tranquilo!
¡Están locos! ¡No es una máquina atómica!
Finalmente se llevaron a Joe a rastras escaleras arriba. Le seguí, con la ayuda desinteresada de dos oficiales. Y nos encerraron con llave en la habitación de Joe.
Ahora está tranquilo, me refiero a Joe. Como digo, hace poco hemos discutido ampliamente el caso, y ahora queda consignado por escrito. Quizá haya omitido algunos detalles, pero creo que todo está aquí.
Joe me explicó que, en su opinión, la razón de lo ocurrido es que algunas personas están siempre buscando cosas inexistentes. Quizá su broma al decir que se trataba de un secreto resultó una mala idea, ya que nadie le creyó cuando dijo la verdad.
–Hay personas que no quieren aceptar las cosas como son –dijo Joe hace un momento–. No intentaba armar ningún alboroto. Construí una máquina, sólo para apartar mi mente de Turnbull, y ahora se la han llevado. La presentarán a los científicos y descubrirán la verdad. Dirán después que les engañé. Espera y verás.
Joe no se muestra amargado, sino únicamente un poco filósofo. Me dijo que la única cosa que siente es no haberle dado su autógrafo al muchacho del surtidor de gasolina.


FIN