2023/11/13

Todos ustedes, zombies (Robert A. Heinlein)


Título original: All you zombies
Año: 1959


22.17 Tiempo Zona V (TO) - 7 Nov. 1970 - Nueva York - Pop’s Place.
Estaba limpiando una copa de coñac cuando entró la Madre Soltera. Miré la hora: las diez y diecisiete minutos de la noche, tiempo de la zona cinco o tiempo oriental, 7 de noviembre de 1970. Los agentes temporales siempre se fijan en la hora y la fecha. Es nuestra obligación.
La Madre Soltera era un hombre de veinticinco años, no más alto que yo, rasgos infantiles y un carácter susceptible. No me gustaba su aspecto —ni me había gustado nunca—, pero yo estaba aquí para reclutarlo, era mi muchacho. Le obsequié con mi mejor sonrisa de tabernero.
Tal vez soy demasiado crítico. No era un marica. Su mote procedía de lo que él siempre contestaba cuando algún entrometido se interesaba por su vida: 
-Soy una madre soltera -Y si no se sentía demasiado violento, añadía-: A cuatro centavos la palabra. Escribo historias sentimentales.
Cuando se encontraba de mal humor, esperaba a que alguien interviniera. Tenía un estilo mortal de lucha cuerpo a cuerpo, como una mujer policía. Esa era una de las razones por la que yo lo buscaba, aunque no la única.
Ahora parecía bastante bebido y su rostro revelaba que despreciaba a la gente más que de costumbre. Serví en silencio un doble de Old Underwear y dejé la botella al lado. Él vació el vaso y pidió más.
—¿Qué tal le van las cosas a la Madre Soltera? —pregunté mientras limpiaba la barra.
Sus dedos se aferraron al vaso y pensé que estaba a punto de echármelo a la cara. Automáticamente puse una mano sobre la cachiporra que tenía bajo el mostrador. En manipulación temporal se intenta tenerlo todo en cuenta; pero hay tantos factores que nunca se corren riesgos innecesarios.
Vi que se tranquilizaba un poco, ese poco que en la escuela de entrenamiento del departamento te enseñan a vigilar.
—Perdone —dije—. Sólo le pregunto cómo va el trabajo. O qué tiempo hace, para el caso da lo mismo.
—El trabajo va bien —respondió agriamente—. Yo escribo, ellos imprimen, yo como.
Me serví un poco de licor y me incliné hacia él.
—Reconozco que escribe cosas interesantes —dije—. He hojeado algunas. Tiene un toque sorprendente para el ángulo femenino.
Tenía que arriesgarme a ese paso en falso (él nunca había revelado los seudónimos que usaba). Pero estaba muy excitado y sólo se fijó en las últimas palabras.
—¡El ángulo femenino! —repitió, y soltó una risotada—. Sí, conozco el ángulo femenino. Inevitablemente.
—¿Ah, sí? ¿Tiene hermanas?
—No. Si se lo contara, no me creería.
—Bueno, bueno —respondí con suavidad—. Los camareros y los psiquiatras saben que nada es más extraño que la verdad. Mire, hijo, si supiera usted las historias que yo oigo… Bueno, se haría millonario. Increíble.
—¡Usted no sabe qué quiere decir "increíble"!
—¿Ah, no? Nada me sorprende. Siempre he oído cosas peores.
—¿Se apuesta el resto de la botella? —Volvió a reírse.
—Me juego una botella nueva —ofrecí, y la puse sobre la barra.
Hice señas a mi otro camarero para que se ocupara de la clientela. Estábamos en el extremo más alejado de la barra. Era un lugar con un solo taburete y el trozo de barra que había al lado siempre estaba lleno de huevos escabechados y otras tapas para que nadie pudiera sentarse allí. En el otro extremo del mostrador había algunas personas viendo el boxeo por TV y otro cliente ponía discos en la máquina. Estábamos, pues, en un sitio tan íntimo como una cama.
—De acuerdo —empezó—. En primer lugar, soy un bastardo.
—Aquí no hacemos descuento por eso.
—Hablo en serio. Mis padres no estaban casados.
—Nada del otro mundo. Tampoco los míos.
—Cuando… —Se interrumpió y me dedicó la primera mirada afectuosa desde que le conocía—. ¿No bromea?
—No. Soy un bastardo al cien por cien. Y para serle franco, nadie se casa en mi familia. Todos son bastardos. —Le enseñé mi anillo—. Parece de boda, pero lo llevo para que las mujeres no se acerquen. Es una antigüedad que compré en 1985 a un colega. Él lo había ido a buscar a la Creta precristiana. El gusano Ouróboros… La serpiente del mundo que se devora la cola eternamente. Es un símbolo de la Gran Paradoja.
Apenas miró el anillo.
—Si de verdad es usted bastardo —dijo—, ya sabrá lo que se siente. Cuando yo era niña…
—¡Ep! ¿He oído bien?
—¿Quién está contando esta historia? Mire, ¿ha oído hablar de Christine Jorgensen? ¿O de Roberta Cowell?
—¡Oh, oh! ¿Cambios de sexo? ¿Pretende decirme que…?
—No interrumpa ni se me adelante, o no hablaré más. Me abandonaron en un orfanato de Cleveland en 1945, cuando tenía un mes de vida. Cuando era pequeña, envidiaba a los niños que tenían padres. Luego, cuando empecé a conocer el sexo… y créame, Pop, en un orfanato se aprende muy deprisa…
—Lo sé.
—… juré solemnemente que si tenía un hijo este tendría papá y mamá. Eso me mantuvo "pura", toda una proeza estando allí… Tuve que aprender a pelear para seguir así. Luego crecí y comprendí que tenía muy pocas posibilidades de casarme. Por la misma razón que nadie quiso adoptarme.
Frunció la frente.
—Tenía cara de caballo y dientes salientes, era lisa de pecho y de cabellos…
—No está mucho peor que yo.
—¿A quién le importa el aspecto de un camarero? ¿O de un escritor? Pero la gente que desea adoptar quiere pequeños tarados de ojos azules y pelo rubio. Y después, los chicos quieren pechos prominentes, una cara encantadora y un porte que despierte admiración —Se encogió de hombros—. Yo no podía competir. Por eso decidí unirme a la R.A.M.E.R.A.
—¿Qué?
—Significa Red Auxiliar de Mujeres Enfermeras de la Reserva Asistencial, lo que ahora denominan Ángeles del Espacio: Auxiliares de Navegación, Grupo Extraterrestre de Legiones.
Conocía ambos términos. Antes me los sabía de memoria. Todavía usamos un tercer nombre, el de un cuerpo militar de élite también formado por mujeres: Grupo de Urgencia Auxiliar para Reconfortar y Reanimar a los Astronautas. El cambio de vocabulario es la mayor dificultad de los saltos en el tiempo. ¿Sabían que el término 'estación de servicio' se refería hace tiempo a un lugar donde vendían gasolina en pequeñas cantidades? Una vez, cuando cumplía una misión en la Era de Churchill, una mujer me dijo: "Nos veremos en la próxima estación de servicio…" que no es lo que parece, porque (entonces) una 'estación de servicio' no habría tenido camas.
La Madre Soltera siguió hablando:
—Fue cuando admitieron por primera vez que no se podía enviar hombres al espacio por períodos de meses y años enteros sin aliviar la tensión que se producía. ¿Recuerda cuánto chillaron los puritanos? Aquello mejoró mis posibilidades, puesto que las voluntarias escaseaban. Las candidatas debían ser respetables, preferiblemente vírgenes (les gustaba entrenarlas desde el principio), estar mentalmente por encima del término medio y ser emocionalmente estables. Pero la mayoría de las voluntarias eran putas viejas o neuróticas que no iban a durar ni diez días en cuanto salieran de la Tierra. Así que no tuve que preocuparme por mi aspecto. Si me aceptaban, me arreglarían la dentadura y el pelo, me enseñarían a caminar, a bailar, a escuchar a un hombre poniendo rostro de agrado… y me entrenarían, claro, en los deberes fundamentales. Incluso me harían una operación de cirugía plástica si era preciso… Nada es demasiado bueno para nuestros chicos.


»Mejor todavía: Se aseguraban de que no quedaras embarazada durante el tiempo de servicio, y al finalizar el mismo tenías una seguridad casi total de casarte. Es lo mismo que pasa ahora, los A.N.G.E.L.E.S. se casan con astronautas porque conocen bien su oficio.
»Cuando tenía dieciocho años me mandaron a una casa como 'asistenta familiar'. Aquella familia quería simplemente una criada barata. Pero a mí no me importó, ya que no podía alistarme hasta cumplir los veintiún años. Hice trabajos domésticos y asistí a la escuela nocturna… fingiendo que deseaba mejorar mi taquigrafía y mecanografía, aunque en realidad mi única preocupación era mejorar mi atractivo y tener más posibilidades de que me aceptaran en la R.A.M.E.R.A.
»Luego conocí a aquel tipo de la capital y sus billetes de cien dólares —Su mirada volvió a ser ceñuda—. Sí, aquel inútil tenía un montón de billetes de cien. Me los enseñó una noche, me dijo que eran para ayudarme.
»Pero no los acepté. Me gustaba aquel hombre. El primero que se mostraba agradable sin intentar hacer travesuras conmigo. Dejé de ir a la escuela nocturna para verle más a menudo. Fue la época más feliz de mi vida.
»Pero una noche fuimos al parque, y empezaron las travesuras.
—¿Y qué ocurrió? —pregunté al ver que callaba.
—¡No ocurrió nada! Nunca volví a verle. Me acompañó a casa, me dijo que me amaba… me dio un beso de buenas noches y jamás volvió. ¡Si volviera a encontrarle, lo mataría!
—Comprendo sus sentimientos. Pero matarle… sólo por hacer algo que se basa en un instinto natural… Humm… ¿Se resistió usted?
—¿Eh? ¿Qué tiene que ver eso con lo sucedido?
—Bastante. Quizás él se merezca tener los dos brazos rotos por abandonarle, pero…
—¡Se merece mucho más todavía! Espere a que le cuente el resto de la historia. Me las arreglé para que nadie supiera lo que había sucedido y llegué a la conclusión de que todo había sido para bien. En realidad, no le amaba y posiblemente nunca amaría a nadie. Además, estaba ansiosa por entrar en la R.A.M.E.R.A., más ansiosa que nunca. Yo no estaba descalificada, puesto que ya no insistían en que las candidatas fueran vírgenes. Me sentía muy animada.
»No me di cuenta hasta que mis faldas empezaron a quedarse pequeñas.
—¿Estaba embarazada?
—¡Vaya jugarreta me había hecho! Los tacaños con los que yo vivía pasaron por alto mi estado hasta que dejé de serles útil. Después me echaron a patadas y ya no podía volver al orfanato. Acabé en un hospital de caridad, rodeada de grandes barrigas como la mía, y me ocupé de los orinales hasta que me llegó la hora.
»Una noche me encontré en la mesa de operaciones, con una enfermera que me decía: "Relájese. Respire profundamente".
»Cuando desperté estaba en una cama y me sentí entumecida del pecho para abajo. Entonces entró mi médico. "¿Qué tal se encuentra?", me preguntó con aire jovial. "Como una momia", respondí. "Naturalmente. Le hemos vendado como si fuera una momia y le hemos administrado muchos calmantes para mantenerla entumecida. Se pondrá bien… pero una cesárea no es igual que una cutícula inflamada".
»"¿Una cesárea?", dije yo. "Doctor… ¿He perdido el niño?"
»"¡Oh, no! La criatura está muy bien".
»"¿Es chico o chica?"
»"Es una niña muy saludable. Pesa tres kilos".
»Me tranquilicé. Haber tenido una hija es… es importante. En aquel momento pensé irme a alguna parte, convertirme en una 'señora' y dejar que la niña pensara que su padre había muerto. ¡No quería un orfanato para mi hija!
»Pero el médico seguía hablando. "Dígame, señora… eh…" Había olvidado mi apellido… o lo sabía y no quiso mencionarlo. "¿Sabía que su estructura glandular es… muy extraña?"
»"¿Cómo dice? Claro que no lo sabía. ¿Qué pretende decirme?"
»El cirujano no sabía cómo explicarse. "Voy a darle esto y luego le pondré una inyección para que duerma y calme sus nervios. Porque es evidente que va a ponerse nerviosa".
»"¿Por qué?", pregunté.
»"¿Ha oído hablar de ese médico escocés que fue mujer hasta cumplir los treinta y cinco años? Luego fue sometido a una operación quirúrgica y se convirtió, legal y médicamente, en un hombre. Y se casó. No hubo problemas".
»"¿Y eso qué tiene que ver conmigo?"
»"Es lo que pretendo explicarle. Usted es un hombre".
»Traté de incorporarme en la cama. "¿Qué ha dicho?"
»"Tómeselo con calma. Cuando efectué la cesárea me encontré con una confusión de órganos. Mandé llamar al cirujano en jefe mientras sacaba a la niña, y sostuvimos un cambio de impresiones. Usted seguía en la mesa de operaciones, claro está. Hemos estado trabajando varias horas, esforzándonos al máximo con usted. Encontramos dos estructuras orgánicas, ambas inmaduras, pero la femenina estaba lo bastante desarrollada para que usted pudiera tener un hijo. Era algo que no volvería a serle de utilidad, así que la extirpamos y lo dejamos todo de forma que usted, pueda desarrollarse adecuadamente como hombre". Me puso la mano en el hombro. "No se preocupe. Usted es joven, sus huesos se adaptarán, vigilaremos su equilibrio glandular… y haremos de usted un hombre joven".
»Rompí a llorar. "¿Y qué me dice de mi hija?"
»"Bueno, no podrá criarla. Usted no tiene leche suficiente para una recién nacida. Si estuviera en su caso, yo… vería de que la adoptaran".
»"¡No!"
»El médico se encogió de hombros. "La decisión le corresponde a usted, como madre que es de la niña… o como padre. Pero ahora no se preocupe. Lo principal es que usted se restablezca".
»El día siguiente me enseñaron a la niña y la vi a diario… intentando acostumbrarme a ella. Nunca había visto a un recién nacido y no podía imaginarme lo horribles que son. Mi hija me parecía un mono de color anaranjado. Pero estaba resuelta a hacer todo lo necesario por ella. Pasaron cuatro semanas y mis buenas intenciones perdieron todo su significado.
—¿Cómo dice?
—La raptaron.
—¿La raptaron?
La Madre Soltera estuvo a punto de aplastar la botella que nos habíamos apostado.
—La secuestraron… ¡Se la llevaron del hospital! —Hablaba casi sin poder respirar—. ¿Qué le parece? Arrebatarle a un hombre la última razón que le impulsa a vivir…
—Desesperante. Permita que le sirva otro vaso. ¿No hubo pistas de los secuestradores?
—La policía no sacó nada en claro. Alguien se presentó para verla, haciéndose pasar por un tío de la niña. Y se la llevó mientras la enfermera estaba de espaldas.
—¿Anotaron su descripción?
—Un hombre de rostro similar al suyo o al mío. Nada más. Pienso que se trataba del padre de la niña. La enfermera juró que era un hombre mayor, aunque probablemente iba maquillado. ¿Qué otra persona podría robarme a mi hija? Hay mujeres sin hijos que hacen cosas así… pero nadie conoce un solo caso en que el secuestrador haya sido un hombre.


—¿Y qué fue de usted después del rapto?
—Estuve otros once meses en aquel lugar siniestro y sufrí tres operaciones. Al cabo de cuatro meses empezó a crecerme la barba, y me afeitaba con regularidad antes de salir del hospital. Ya no tenía duda alguna de que era un hombre —Sonrió irónicamente—. Incluso me atraían los escotes de las enfermeras.
—Bien, creo que usted superó el trance —opiné—. Aquí está, un hombre normal que se gana bien la vida y sin problemas graves. Además, la vida de una mujer no es nada fácil.
—¡Usted sabe mucho!
—¿Ah, sí?
—¿Ha oído alguna vez la expresión "una mujer destrozada"?
—Bueno… Sí, hace varios años. No significa demasiado en la actualidad.
—Yo estaba tan destrozado como pudiera estarlo una mujer. Aquello fue una bomba que me destrozó por completo… Había dejado de ser una mujer… y no sabía cómo ser un hombre.
—Supongo que es difícil acostumbrarse.
—No tiene ni la más mínima idea. No estoy hablando de aprender a vestirse o de no confundir el lavabo de señoras con el de caballeros. Todos esos detalles los aprendí en el hospital. El problema era cómo vivir. ¿Qué trabajo podía conseguir? Diablos, ni siquiera sabía conducir. No tenía oficio alguno y no podía dedicarme a labores manuales. Tenía demasiadas cicatrices, una piel demasiado blanda.
»Odié a aquel hombre por haber destrozado mi vida, por haber impedido que me presentara a R.A.M.E.R.A. Pero ese odio no surgió hasta que traté de entrar en el Cuerpo Espacial. Una sola mirada a mi vientre bastaba para que me declararan inútil para el servicio militar. El oficial médico perdió algún tiempo conmigo, simplemente por curiosidad. Ya tenía noticias de mi caso.
»En estas circunstancias, cambié mi apellido y me trasladé a Nueva York. Conseguí trabajo como cocinero de segunda, y luego alquilé una máquina de escribir para mecanografiar manuscritos a domicilio… ¡Y qué éxito tuve! En cuatro meses mecanografié cuatro cartas y un manuscrito. Este último era para Historias de la Vida Real y fue un auténtico derroche de papel, pero el imbécil que lo escribió logró venderlo. Y eso me dio una idea.
»Compré un montón de revistas sentimentales y las estudié —Adoptó una expresión cínica—. Ahora ya sabe que ese auténtico ángulo de mujer de mis relatos procede de la historia de una madre soltera… Es la única versión que no he vendido a los editores, la versión real. ¿Me gané la botella?
Le acerqué el licor. Me sentía trastornado, pero tenía un trabajo que hacer.
—Hijo —expuse—, ¿sigue deseando echarle el guante a ese tipo?
Sus ojos parecieron arder. Tenía una mirada salvaje.
—¡Un momento! —dije—. ¿Sería capaz de matarle?
—Haga la prueba —contestó. Y luego sonrió maliciosamente.
—Tómeselo con calma. Conozco este asunto más de lo que usted se piensa. Puedo ayudarle. Sé dónde está él.
—¿Dónde está? —exclamó abalanzándose hacia mí.
—Suélteme la camisa, hijo —dije sin levantar la voz—. O le dejaremos en el callejón y explicaremos a los polizontes que usted se desmayó. 
Le enseñé la cachiporra
—Perdone —Me soltó—. Pero ¿dónde está ese hombre? ¿Y cómo es que sabe usted tantas cosas?
—Todo a su tiempo. Hay muchos archivos… Los del hospital, los del orfanato, los expedientes médicos… La directora de su orfanato era la señora Fetherage, ¿correcto? Después fue sustituida por la señora Gruenstein, ¿correcto? Cuando era mujer, usted se llamaba "Jane", ¿correcto? Y de todo esto no me ha dicho una sola palabra, ¿correcto?
Se quedó sorprendido y un poco asustado.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó—. ¿Trata de crearme problemas?
—No, de verdad que no. Sólo trato de ayudarle. Puedo poner en sus manos a ese tipo. Usted podrá hacer lo que mejor le parezca… y le garantizo que no habrá complicaciones de ninguna clase. Pero no creo que lo mate. Sería una actitud propia de un loco… y usted no está loco. En absoluto.
—Basta de charla. ¿Dónde está?
Le serví un poco más de bebida. Estaba borracho, pero la cólera superaba la borrachera.
—No tan deprisa —dije—. Haré algo por usted… si usted hace algo por mí.
—¿Eh? ¿Qué quiere que haga?
—A usted no le gusta su trabajo. ¿Qué le parecería un buen sueldo, un empleo fijo, todos los gastos pagados, siendo usted su único jefe y pudiendo gozar de variedad y aventuras?
—Me parecería algo así como la gallina de los huevos de oro. No diga tonterías, Pop… Ese empleo no existe.
—Muy bien, se lo diré de otra forma. Le entrego al tipo, ajusta cuentas con él y prueba el trabajo que le ofrezco. En el caso de que no reúna las características que he enumerado… bueno, no podré retenerle.
Se tambaleaba. El último trago era el culpable.
—¿Cuándo me traerá a ese hombre? —preguntó con la típica voz del que ha bebido demasiado.
—Si acepta el trato… ¡ahora mismo!
—Acepto el trato. —Y alargó su mano derecha.
Ordené a mi ayudante que vigilara la barra, miré la hora —23.00— y me dirigí hacia la puerta del almacén. En ese mismo instante empezó a sonar ¡Soy mi propio abuelo! en el tocadiscos automático. El encargado de la máquina tenía órdenes para colocar exclusivamente en ella discos clásicos y del folklore americano, puesto que yo no trago la música de 1970. Pero no sabía que aquel disco estaba allí.
—¡Apaga eso! —grité—. Devuelve el dinero al cliente. Voy al almacén. Volveré enseguida.
Y entré en el almacén seguido de la Madre Soltera. Al final del pasillo, frente a los retretes, había una puerta metálica que sólo mi socio y yo podíamos abrir. Y en el interior había otra puerta que daba a una habitación. La única llave disponible estaba en mi poder. Entramos los dos. Mi acompañante miró con ojos nublados por el alcohol aquellas paredes sin ventanas.
—¿Dónde está ese hombre? —inquirió.
—No se impaciente.
Abrí una maleta, el único objeto que había en la habitación. Era una unidad portátil de transformación de coordenadas, serie 1992, modelo II. Una maravilla: Carente de partes móviles, veintitrés kilos de peso a plena carga y construido de modo que pudiera hacerse pasar por una maleta. Yo la había ajustado precisamente aquel mismo día. Todo lo que debía hacer era desplegar la red metálica que limita el campo de transformación. Y así lo hice.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Una máquina del tiempo —contesté y extendí la red a nuestro alrededor.
—¡Hey! —exclamó, y retrocedió.
Existe una técnica para efectuar esta operación. La red debe desplegarse de modo que el sujeto retroceda instintivamente hacia la trama metálica. Y entonces se cierra la red, que envolverá a las dos personas por entero. De otra forma, existiría el riesgo de abandonar en el lugar de origen las suelas de los zapatos o un trozo del pie, o de arrancar parte del suelo. Pero ese es todo el cuidado que se debe tener. Algunos agentes se valen de engaños para que el sujeto entre en la red. Yo me limito a decir la verdad y aprovecho el instante de asombro que sigue para accionar el interruptor. Y así lo hice en aquella ocasión.

10.30 - VI - 3 abril 1963 - Cleveland - Ohio - Edificio Apex.
—¡Hey! —repitió—. ¡Quite esta maldita cosa!
—Lo siento —dije, e hice lo que pedía. La red desapareció y cerré la maleta—. Dijo que deseaba encontrar a ese hombre.
—Pero… ¡Usted me dijo que eso era una máquina del tiempo!
—¿Le parece que estemos en noviembre? —pregunté al tiempo que señalaba una ventana—. ¿O que esto sea Nueva York?
Mientras él se quedaba boquiabierto contemplando la vegetación floreciente y la esplendorosa primavera, volví a abrir la maleta. Saqué un fajo de billetes de cien dólares y comprobé que los números y las firmas fueran compatibles con 1963. Al Departamento Temporal no le importa lo que gastes (ese dinero no cuesta nada) pero no gusta de anacronismos innecesarios. Si cometes demasiados errores, una corte marcial te exiliará por un año en un período poco agradable —1974, por ejemplo— con su racionamiento estricto y trabajos forzados. Nunca cometo ese tipo de errores. El dinero estaba perfectamente.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó mi acompañante.
—Él está aquí. Salga y búsquele. Aquí tiene dinero para gastos. 
Le di los billetes y añadí: 
—Ajústele las cuentas. Luego le recogeré.
Los billetes de cien dólares ejercen un efecto hipnótico en una persona que no está acostumbrada a ellos. Los contó con una expresión de incredulidad en el rostro mientras le acompañaba al pasillo. Volví a entrar a la habitación y cerré la puerta con llave. El siguiente salto fue muy fácil, un simple cambio en la misma era.


11.00 - VI - 10 marzo 1964 - Cleveland - Edificio Apex.
Había una nota debajo de la puerta diciendo que mi alquiler expiraba la semana próxima. Por lo demás, la habitación tenía el mismo aspecto que un instante antes. En el exterior, los árboles habían perdido sus hojas y amenazaba con nevar. Debía apresurarme. Cogí dinero de la época, chaqueta, sombrero y abrigo (todo lo había dejado allí en el momento de arrendar la habitación). Después alquilé un coche y fui al hospital. Estuve veinte minutos aburriendo a la enfermera, hasta que pude llevarme a la niña sin que me viera. Volvimos al edificio Apex. El siguiente salto en el tiempo resultó más complicado, ya que el edificio todavía no existía en 1945. Pero ya había tenido en cuenta este detalle.

00:10 - VI - 20 sept. 1945 - Cleveland - Motel Skyview.
La unidad de transformación, la niña y yo llegamos a un motel situado en las afueras de la ciudad. Antes me había registrado como Gregory Johnson, Warren, Ohio. Cortinas, ventanas y puertas estaban cerradas y todo el mobiliario apartado a un lado, de modo que el aparato dispusiera de un cierto margen de error. Siempre corres el riesgo de darte un buen golpe con una silla que no debía estar donde está. Y no por la silla, claro, sino por el retroceso del campo de fuerza.
No hubo ningún problema. Jane dormía profundamente. La saqué del motel, la metí en una caja de cartón y puse ésta en el asiento de un coche que había alquilado antes. Después conduje el vehículo hasta el orfanato, dejé a la niña en las escaleras de entrada y me fui hasta una 'estación de servicio' situada a dos manzanas de distancia. (Recuerden que 'estación de servicio' era entonces el lugar donde vendían gasolina.) Desde allí telefoneé al orfanato y regresé a tiempo para ver cómo recogían a Jane. A continuación volví al motel y abandoné el coche en sus cercanías. Recorrí a pie el trecho que faltaba hasta el edificio y salté en el tiempo hacia 1963.

11:00 - VI - 24 abril 1963 - Cleveland - Edificio Apex.
Este último cambio de año resultó perfecto. La exactitud de estos saltos depende del tramo —tiempo— que recorres, excepto cuando regresas a cero. Si me había equivocado, Jane estaría descubriendo en este momento preciso, en el parque y en una fragante noche primaveral, que ella no era tan buena chica como pensaba. Cogí un taxi para ir a casa de los tacaños y me quedé vigilando en una esquina, acechando en las sombras.
Al cabo de un rato les vi caminando por la calle, muy apretados el uno al otro. Llegaron al porche. Él la cogió por la cintura y se despidió con un largo beso, más largo de lo que yo había imaginado. Luego ella entró en la casa y él se alejó. Me deslicé tras él y le cogí por el hombro.
—Todo ha terminado, hijo —dije—. He vuelto para recogerle.
—¡Usted! —La sorpresa le dejó sin respiración.
—Yo. Ahora ya sabe quién es él… Si medita un poco, también sabrá quién es usted… Y si piensa lo bastante, podrá imaginarse quién es la niña… y quién soy yo.
Estaba temblando sin poder contenerse y no pronunció una sola palabra. Resulta terrible comprobar que no puedes resistirte a que tú mismo te seduzcas. Le llevé hasta el edificio Apex y efectuamos un nuevo salto en el tiempo.

23:00 - VII - 12 ago. 1985 - Base subterránea de las Montañas Rocosas.
Desperté al sargento de guardia, le mostré mi identificación y le ordené que acostara a mi compañero (dándole antes una píldora adecuada) y que tomara sus datos por la mañana. El sargento puso mala cara, pero los galones siempre son los galones, no importa la época. Hizo lo que le había ordenado… pensando, sin duda, que la próxima vez que nos encontráramos él sería coronel y yo sargento. Y es algo que puede suceder perfectamente en nuestro cuerpo.
—¿Cómo se llama? —me preguntó.
Apunté el nombre del nuevo recluta y el sargento enarcó las cejas al leerlo.
—¿Así se llama? Vaya, vaya…
—Cumpla con su deber, sargento. —Luego me volví hacia mi compañero—. Hijo, tus problemas han terminado. Estás a punto de empezar el mejor trabajo que un hombre pueda desear… Y lo harás bien. Lo sé.
—¡Claro que lo harás! —convino el sargento—. Mírame… Nacido en 1917… Aún eres joven y aún gozas de la vida.
Me fui a la sala de saltos y dispuse todo en el cero preseleccionado.

23:01 - V - 7 nov. 1970 - Nueva York - Pop’s Place.
Salí del almacén con una botella de Drambuie para justificar el minuto que había estado ausente. Mi ayudante estaba discutiendo con el cliente que había puesto el disco ¡Soy mi propio abuelo!
—Bueno, ya está bien —dije—. Déjale que lo ponga y luego desenchufas la máquina.
Me encontraba muy fatigado. Es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo. Además, en los últimos años, desde el Error de 1972, el reclutamiento es muy difícil. ¿Puede pensarse en algo mejor que coger gente confusa y ofrecerles un trabajo bien remunerado e interesante (aunque sea peligroso) para una causa necesaria? Todo el mundo sabe ahora por qué fracasó la Guerra del Fracaso de 1963. La bomba destinada a Nueva York no hizo explosión y un centenar de detalles no salieron como se había planeado… Todo por culpa de mis semejantes.
Pero ése no es el caso del Error de 1972. Nosotros no tuvimos la culpa… y ya no puede repararse. No hay paradoja que resolver. Una cosa es, o no es, ahora y por los siglos de los siglos, amén. Pero no habrá otro igual. Una orden fechada "1992" tiene prioridad sobre cualquier otro año.
Cerré el bar cinco minutos antes y dejé una carta en la caja registradora, explicando a mi socio que aceptaba su oferta para comprar mi parte del negocio y que se pusiera en contacto con mi abogado, puesto que yo iba a emprender unas largas vacaciones. No sabía si el departamento recibiría o no el dinero, pero les gusta que todas las cosas queden bien arregladas. Me dirigí a la habitación interior del almacén y salté a 1993.

22:00 - 12 ene. 1993 - Edificio anexo de la base subterránea de las Montañas Rocosas - Cuartel general del Departamento Temporal.
Me presenté al oficial de guardia y me dirigí a mi habitación pensando en dormir durante toda una semana. Había cogido la botella de la apuesta (al fin y al cabo, la había ganado) y tomé un trago antes de redactar mi informe. El licor tenía un sabor horrible, y no pude entender por qué aquella marca, Old Underwear, me había gustado en otras ocasiones. Pero era mejor que nada. Pienso demasiado, no me gusta estar tan serio. Pero tampoco me gusta dedicarme a la bebida. Hay personas que ven serpientes. Yo veo personas.
Dicté mi informe: Cuarenta reclutamientos, todos con el visto bueno del Departamento de Psicología, contando con el mío propio (ya sabía de antemano que lo aprobarían. Yo estaba aquí, ¿no?). Luego grabé una solicitud para que se me asignara una misión. Ya estaba harto de reclutar. Eché las dos cintas en la ranura y me fui a dormir.
Mis ojos se fijaron en el Reglamento del Tiempo que estaba sobre mi cama:

Nunca dejes para ayer lo que debas hacer mañana.
Si logras triunfar, no vuelvas a intentarlo.
Una puntada a tiempo salva nueve mil millones.
Una paradoja puede ser modificada.
Es más pronto de lo que piensas.
Los antepasados son simples personas.
Incluso Júpiter cabecea.

Ya no me inspiraban tanto como cuando era recluta. Treinta años subjetivos de saltos en el tiempo llegan a cansarte. Me desvestí y cuando estuve desnudo observé mi vientre. Una cesárea deja una cicatriz enorme, pero ahora tengo mucho vello en el vientre y no la advierto a menos que la busque.
Luego me fijé en el anillo.
La serpiente que devora su propia cola, por los siglos de los siglos… Sé de dónde provengo… ¿Pero de dónde provienen todos ustedes, zombies?
Comenzó a dolerme la cabeza, pero nunca tomo medicamentos para la jaqueca. Es algo que jamás hago. Lo hice una vez… y todos ustedes desaparecieron.
De modo que me arrastré hasta la cama y apagué la luz de un soplo.
Ustedes no están ahí. Nadie existe, sólo yo —Jane—, aquí a solas en la oscuridad.
¡Los extraño tanto!


FIN

2023/11/06

La luz (Poul Anderson)


Título original: The light
Año: 1957


—Debe usted comprender que este es el mayor secreto desde el Proyecto Manhattan. Puede que más importante aún. Su vida ha sido investigada desde que dejó de llevar pantalones cortos y... 
—¡No, maldita sea! No somos una banda de militaristas locos por adueñarse del poder. ¿Creen que no me gustaría gritar la verdad al mundo entero? 
—Pero eso podría significar la guerra. Y todos saben que la guerra acarreará el fin de la civilización. 
—He de creer que usted, como historiador, entenderá nuestras razones. Maquiavelo es el símbolo del realismo cruel..., y no me venga con que sólo era un patriota excepcionalmente inteligente. He leído El príncipe y Los discursos
Francamente, no esperaba que se sorprendiera. ¿Seré un inculto inexperto precisamente porque conozco bastante física y matemáticas como para dedicarme a la Astronáutica? No, señor. He viajado y me he pasado en los museos de Europa tanto tiempo como en las tabernas. 
Confesaré que mis compañeros en el viaje a la Luna me miraban con cierto desdén y recelo por tal causa. No eran robots, desde luego, pero había tanto que aprender, que parecía imposible de retener para un cerebro humano. Creo que temían que el recuerdo que yo guardaba de la Virgen de las Rocas —me refiero al lienzo que se conserva en Londres, que es el mejor de todos— echase fuera de mi memoria las funciones orbitales. Por eso tuve por regla mostrar todos mis conocimientos de navegación astronáutica durante las pruebas, cosa que pudo haber molestado un poco a Baird. 
No nos peleábamos. Éramos un equipo muy unido cuando el Benjamín Franklin abandonó la estación espacial y se lanzó hacia la Luna. Bueno, tal vez estuviésemos algo más tensos de lo normal. 
Éramos tres, como recordará: Baird, el jefe y piloto; Hernández, el ingeniero; y yo, el encargado de los instrumentos. Una sola persona podía gobernar la nave si todo iba bien, pero tres significaban completa seguridad, ya que cada uno de nosotros sabía hacer el trabajo del compañero. Aunque, como se trataba del primer contacto real con la Luna, no de una simple vuelta a su alrededor, nos creíamos pocos para acometer tan magna empresa. 
Una vez en órbita, no tuvimos mucho que hacer en varios días. Flotábamos hacia arriba, viendo alejarse a la Tierra y crecer la Luna sobre la noche más profundamente oscura y estrellada que imaginarse pueda. 
No, no puede imaginárselo. Aquel esplendor y aquella soledad no los captan las fotografías. 
Reinaba un profundo silencio en la nave. Hablábamos de cosas triviales para mantener a distancia aquel silencio. Recuerdo muy bien una conversación, precisamente acerca del motivo de todo este secreto. 
La Tierra, parecía un zafiro entre la oscuridad y las estrellas. Largas fajas rosadas y blancas ondeaban como banderas desde los polos. ¿Sabe que, visto desde tal distancia, nuestro planeta tiene fajas? Muy parecidas a las de Júpiter. Es más difícil de lo que se cree distinguir los contornos continentales. 
—Creo que Rusia va a ponerse a la vista —dije. 
Baird consultó los cronómetros y la previsión orbital y se mordió los labios un instante. 
—Sí —gruño Baird—. Siberia debiera aparecer desde el terminador en estos momentos. 
—¿Nos estarán observando? —murmuró Hernández. 
—Indudablemente —respondí—. Tienen una estación espacial y buenos telescopios en ella. 
—¡Cómo se divertirían si nos convirtiéramos en un meteoro! —exclamó Hernández. 
—Eso si no han preparado ya un accidente —repuso Baird—. No me fío un pelo en que estén más atrasados que nosotros en astronáutica. 
—No se pondrían tristes si nos vieran fracasar —añadí yo—. Pero dudo de veras que quieran sabotearnos. Nunca en un viaje que observa todo el mundo. 
—¿Podría provocar la guerra? —se dijo Baird—. No es probable. Nadie, por tres astronautas y una nave que costó diez millones de dólares, destruiría una nación sabiendo que la suya lo sería también. 
—Sin duda —respondí—, pero una cosa puede conducir a otra. Una nota diplomática puede ser el primer eslabón de una cadena que termine en la guerra. Disponiendo ambos bandos de proyectiles teledirigidos, la situación se pone interesante. El principal objetivo de la política nacional se ha convertido en el mantenimiento del status quo pero, al mismo tiempo, la tensión creada hace que ese status quo resulte excesivamente inestable. 
—¿Crees que nuestro gobierno nos enviaría a la Luna si con ello ganase algún beneficio militar? ¡Ni hablar! Lo primero que parezca inclinar la balanza hacia un lado hará que el otro vaya a la guerra, significando el fin de la civilización. Nosotros ganamos puntos, prestigio, con el primer desembarco en la Luna, pero nada más. Aun así, fíjate en que la Luna será un territorio internacional controlado directamente por las Naciones Unidas. Es decir, que nadie se atreverá a reclamarlo, porque allá puede existir algo de verdadero valor estratégico. 
—¿Cuánto tiempo puede durar este equilibrio? —preguntó Hernández. 
—Hasta que ocurra un accidente... —dije yo—. Bastará con que un loco se adueñe del poder en Rusia, o en otra parte, para que, tras el ataque, vengan las represalias. O se haga realidad la débil esperanza que descubramos un artificio absolutamente revolucionario..., una pantalla de protección capaz de defender a un continente..., antes que nadie tenga la menor sospecha de ello. Entonces, presentaremos al mundo un fait accompli..., y habrá terminado la guerra fría. 
—A menos que los rusos sean los primeros en colocar esa pantalla —repuso Hernández—, y no ganen los buenos... 
—¡Cállense! —gritó Baird—. Hablan demasiado. 
En la hermosa noche silenciosa dije lo que no debía decir. Nunca debimos llevar más allá del cielo y fuera del espacio nuestros pequeños odios, temores y ambiciones. 
O acaso el hecho de cargar con ellos y, no obstante, llegar hasta la Luna, muestre que el hombre es algo más de lo que cree. No podría decirlo. 
La espera nos consumía. Es bastante difícil habituarse a la gravedad cero mientras se está despierto, pero los instantes no son tan dóciles. Nos pondríamos a dormir y tendríamos pesadillas. Hacia el fin del viaje eso sucedió con menos frecuencia, por lo que supongo que será posible adaptarse enteramente al tiempo. 
Pero no experimentamos una dramática sensación de ser pioneros cuando descendimos. Estábamos muy cansados y nerviosos. Era solamente un trabajo muy duro y peligroso. 
El lugar de alunizaje no fue escogido con exactitud, puesto que un pequeño error orbital podría producir una gran diferencia en lo tocante a la superficie lunar. Sólo podíamos estar ciertos que sería cerca del polo norte y no en uno de los mares, que parecen atractivamente tranquilos, aunque son con probabilidad traicioneros. De hecho, como recordarán, alunizamos al pie de los Alpes Lunares, no lejos del cráter Platón. La tierra era áspera, pero nuestra nave y equipos fueron diseñados de acuerdo con estas características. 
Y cuando se apagó el estruendo que ensordecía nuestros oídos y estos se fueron acostumbrando lentamente al silencio, nos paramos. Permanecimos unos minutos sin pronunciar palabra. El sudor me había pegado las ropas al cuerpo. 
—Bien —dijo Baird—. Bien, aquí estamos. 


Se quitó las correas, tomó el micrófono y llamó a la estación. Hernández y yo nos pusimos a mirar por los periscopios para ver qué nos aguardaba. 
El espectáculo era formidable. He estado en muchos desiertos de la Tierra, pero no brillan con tal fulgor, no se hallan tan absolutamente despoblados ni sus rocas son tan grandes ni sus ángulos cortan como navajas de afeitar. El horizonte meridional estaba próximo; creí que podría contemplar como la superficie se combaba a lo lejos y se hundía en una espuma de estrellas. 
Echamos suertes. A Hernández le tocó permanecer en la nave, mientras que yo tuve el privilegio de ser el primero en poner el pie sobre la Luna. Baird y yo nos pusimos el traje espacial y salimos por la cámara de presión intermedia. Aun en la Luna, esos trajes pesan mucho. 
Hicimos una pausa a la sombra de la nave, observando a través de nuestras gafas protectoras. La oscuridad no era absoluta —había reflexión desde el suelo y las colinas—, pero sí más profunda y aguda que todas las que se ven en la Tierra. Detrás de nosotros las montañas eran altas y de formas inclementes. Delante, el suelo caía en declive, ocráceo, lleno de asperezas y cavidades, hacia el borde de Platón, donde sostenía aquel horizonte que se derrumbaba. La luz era demasiado brillante para que yo pudiese ver muchas estrellas. 
Quizá recuerde que alunizamos al ponerse el sol, creyendo que podríamos emprender de madrugada el regreso dos semanas después. Durante la noche, la temperatura en la Luna alcanza 250 bajo cero, pero los días son lo bastante calurosos como para asarlo a uno. Y es más fácil —pues necesita menos masa— calentar la nave con la pila que instalar un equipo de refrigeración. 
—Bueno —dijo Baird—. Adelante. 
—Adelante ¿y qué? —pregunté. 
—Pronuncia el discurso. Eres el primer hombre en la Luna. 
—Pero tú eres el capitán —repuse yo—. Ni lo sueñes, jefe... Desde luego que no. 
Probablemente habrá leído usted aquel discurso en los periódicos. Se supone que fue improvisado, pero fue escrito por la esposa de un encumbrado personaje, el cual creía en sus dotes poéticas. Un vomitivo oral, ¿verdad? ¡Y Baird pretendía que yo lo pronunciara! 
—Esto es insubordinación. 
—¿Puedo rogar al capitán que consigne en el libro de a bordo que el discurso fue pronunciado? 
Baird soltó un gruñido, pero así lo hizo después. Y no olvide que lo que le estoy contando es Alto Secreto. 
El capitán seguía de mal humor. 
—Busca muestras de roca —ordenó, disponiendo la cámara—. ¡Y date prisa, que me estoy asando vivo! 
Con las herramientas partí algunas, pensando en que las señales que dejase durarían probablemente hasta la puesta de sol. Parecía un acto de profanación, aunque Dios sabía que aquel paisaje era bastante desagradable... 
Pero no, no lo era. Únicamente era extraño para nosotros. ¿Sabe que pasaron algunas horas antes que pudiera distinguir las cosas con claridad? Mi cerebro necesitó ese tiempo para acostumbrarse a algunas de aquellas impresiones y comenzar a registrarlas. 
Baird tomaba fotografías. 
—Me maravillaría que se pudiese fotografiar esta luz —dije—. No se parece a ninguna de las que brillan en la Tierra. 
Y no se parecía. No puedo describir la diferencia. Piense en las luces fantásticas que tenemos en la Tierra, como ese resplandor broncíneo que precede a una tempestad, cosas así..., y multiplique su rareza un millón de veces. 
—La fotografiaré, por supuesto —replicó Baird. 
—Hasta cierto punto, sí —dije yo—. Mas para captarla y sentirla se necesitaría un pintor como hace siglos no ha existido ninguno. ¿Rembrandt? No, es demasiado dura para él, una luz fría que de algún modo contiene también el fuego del infierno... 
—¡Cállate! —La voz de la radio casi me rompió los auriculares—. ¡Tú y tu maldito Renacimiento! 
Al cabo de un rato volvimos adentro otra vez. Baird continuaba enfadado conmigo. No era razonable de su parte, pero había estado sometido a una tensión violenta, lo estaba todavía y acaso aquel no fuese el lugar oportuno para charlar de arte. 

Verificamos nuestros instrumentos, tomamos cuantos datos fue posible, comimos y dormimos un instante. Las sombras serpenteaban de una parte a otra de la tierra en tanto el sol transponía la colina. Era un movimiento lentísimo. Hernández examinó las muestras de rocas y dijo que, sin ser un geólogo, no se parecían a ninguna de las terrestres. Nos explicaron después que eran nuevas para los expertos. Los minerales eran los mismos, sólo que cristalizaron diferente bajo aquellas fantásticas condiciones. 
Después de descansar, observamos que el sol bajo y el paisaje irregular se habían unido para formar una ancha, casi continua, faja de sombra que se extendía hasta el cráter Platón. Hernández sugirió que aprovechásemos la ocasión para explorar. No podríamos regresar hasta después de la puesta de sol, pero el suelo no se enfriaría con tal rapidez que hiciera inútiles nuestras baterías caloríficas. En el vacío sin sol no se pierde calor muy de prisa por radiación; es la roca lunar, fría hasta el núcleo central, quien lo absorbe a través del calzado. 
Baird discutió por discutir, pero estaba anhelante también. Así es que, al fin, salimos todos dispuestos a correr el riesgo. 
No describiré con detalle aquel paseo. No puedo. No fue simplemente el paisaje y la luz. En la Luna, el peso de uno es solamente una sexta parte que en la Tierra, mientras que la inercia permanece igual. Da un poco la sensación de estar caminando bajo el agua. Pero se puede caminar con rapidez cuando uno se acostumbra. 
Cuando llegamos a la cavidad faltaban aún un par de horas para el crepúsculo. Subimos. Empresa difícil en aquel extraño fulgor y aquellas sombras que se podrían cortar con cuchillo, pero tampoco muy penosa. 
Había un talud accesible en el sitio que elegimos y una especie de paso en la parte superior, por lo que no fue preciso llegar hasta la cima, que se alzaba hasta poco menos de 500 metros. 


Al llegar al tope, miramos hacia abajo y vimos una llanura de lava que se extendía unos veinte kilómetros; su parte más lejana estaba oculta para nosotros. Parecía casi de metal bruñido, cruzada por la larga sombra de la cavidad occidental. Cuesta abajo era más escarpada y su base se perdía en la oscuridad, aunque también podía franquearse. 
Mi casco, que recibía directamente la luz solar, era como una sartén, pero mis pies, en la sombra, parecían témpanos. Mas olvidé todo eso cuando vi la niebla debajo de mí. 
¿Ha oído usted hablar de ella? Los astrónomos la habían observado durante largo tiempo y parecía una formación de nubes, o algo, en alguno de los cráteres. Platón es uno de ellos. Yo abrigaba la esperanza de descubrir el misterio en aquel viaje. Y allí, ondeando como un gallardete hecho jirones a unos metros por debajo de mí, se hallaba la niebla. 
Brotó hirviente, de la oscuridad, relució como el oro por un momento al incidir en la luz, y luego se evaporó, pero se renovaba de forma incesante. Su magnitud no permitía ser vista desde la Tierra, aunque... 
Comencé a descender. 
—¡Eh! —gritó Baird—. ¡Vuelve acá! 
—Déjame echar una ojeada —supliqué. 
—Y si te rompes una pierna..., hemos de llevarte a bordo. Está oscureciendo. ¡No! 
Era bastante cierto. La armadura espacial es de sólido metal en su exterior; incluso sus engañosas articulaciones dilatables son metálicas y el casco de plástico es también muy resistente. Creo que en la Luna un hombre podría sufrir una caída lo bastante fuerte como para matarse, si lo intentase de veras, mas le costaría no poco trabajo. 
—Vuelve o haré que te formen consejo de guerra —dijo Baird entre dientes. 
—Ánimo, jefe —rogó Hernández. 
Hernández se tomaba a veces esas libertades con Baird, pero el capitán sólo se enfadaba conmigo. Nos atamos a una cuerda y descendimos con precaución. 
La niebla salía de una fisura a medio camino hacia el fondo de la cavidad. Donde había sombras, nuestras luces la mostraban acumulándose en escarcha blanca sobre las rocas, para luego hervir plácidamente y alejarse otra vez. Después del anochecer, se convertiría en hielo hasta el alba. ¿Qué era aquello? ¿Agua? Supongo que existía un manantial de alguna especie y... no sé. Esto significaría que puede existir vida indígena en la Luna, alguna baja forma de vida vegetal quizá, pero no hallamos ninguna mientras estuvimos allí. Lo que encontramos fue... 

Un ancho banco estaba bajo la fisura. Trepamos a él y nos pusimos a mirar hacia arriba. 
Ahora tendrá que hacerse una idea de la situación. Nos hallábamos en ese banco, que medía varias yardas de una parte a otra, con la pared circular proyectándose arriba, cortada a pico y un risco que descendía hasta hundirse en la oscuridad. Muy lejos, distinguía aún el acerado resplandor del piso del cráter. Todo el suelo estaba cubierto por el fino polvo meteórico de millones de años. Vi mis pisadas, claras y bien marcadas, y comprendí que podrían quedar allí para siempre, o hasta que la agitación termal y una nueva caída de polvo las borrase. 
A tres metros sobre nuestras cabezas asomaba la fisura, como una boca petrificada de donde salía la niebla humeante hacia arriba. Formaba casi una techumbre, un delgado techo entre nosotros y el cielo. Y el sol se escondía detrás del muro más alto, invisible para nosotros. Los picos reflejaban algunos de sus rayos cayendo a través de la niebla. 
Permanecimos un instante rodeados por un brillo frío, tenuemente blanco-áureo, luminoso y difuso... 
¡Dios mío! ¡Nunca existió semejante luz en la Tierra! Parecía llenarlo todo, inundarnos, blanca y fría como un silencio convertido en luz. Era luz del Paraíso. 
Y yo la había visto antes. 
No pude recordar dónde. Me hallaba sumido en aquella extraña luz de ensueño, con la niebla arremolinándose y disipándose en lo alto, con el silencio de la eternidad vibrando en mis auriculares y en mi alma, y me olvidaba de todo excepto de su fría, serena e increíble belleza... 
Pero la había visto en alguna parte, en alguna ocasión, y no conseguía recordar... 
Hernández gritó. 
Baird y yo salimos de nuestro ensimismamiento y nos dirigimos hacia él. Estaba en cuclillas unos cuantos pasos más allá, mirando y volviendo a mirar. Contemplé el suelo y algo se hundió en mí. Había huellas de pasos. 
Ni siquiera nos preguntamos si las había dejado uno de nosotros. No eran botas espaciales americanas. Y habían venido desde abajo. Alguien escaló el muro y se detuvo ahí, dando vueltas alrededor. Ahora descubríamos el rastro de vuelta. 
El silencio parecía una cuerda de violín a punto de romperse. 
Baird alzó la cabeza al fin y miró al frente. La luz daba a su rostro una belleza no humana y, en algún sitio, yo había visto una cara iluminada así. La había contemplado absorto durante media hora o más, pero, ¿cuándo? ¿En qué sueño olvidado? 
—¿Quién? —musitó Baird. 
—Sólo hay un país que pueda enviar secretamente a la Luna una nave espacial —dijo Hernández con voz apagada. 
—Inglaterra —tercié yo—. Francia... 
—Lo sabríamos, si lo hubiesen hecho. 
—Los rusos. ¿Estarán todavía aquí? 
Eché una mirada a la noche que reinaba en Platón. 
—No se sabe —respondió Baird—. Estas huellas podrían ser de hace cinco horas o cinco millones de años. 
Eran huellas de bota con suela guarnecida con clavos de cabeza redonda. No eran excesivamente grandes, pero a juzgar por la longitud del paso, aun en la Luna, pertenecían a un hombre de elevada estatura. 
—¿Por qué no lo han revelado al mundo? —preguntó Hernández—. Podrían jactarse... 
—¿Tú crees? —repuso Baird. 
Miré hacia el sur. La Tierra estaba en media fase, baja sobre el horizonte, remota e infinitamente hermosa. Pensé que América nos miraba, pero no estaba seguro. 
Sólo existía una explicación para guardar el secreto acerca de este viaje. Se había descubierto algo que alteraría el equilibrio militar, indudablemente en favor de ellos. En aquel momento, allá en la Tierra, el Kremlin se disponía a esclavizar a todo el género humano. 
—¿Pero cómo pudieron hacerlo en secreto? —protesté. 
—Tal vez enviaron una nave cuando nuestra estación espacial estaba al otro lado del planeta Baird seguía sin moverse. 
El sol iba bajando, la luz fantástica se extinguía poco a poco y ocupaba su lugar el resplandor de la Tierra. Nuestros rostros se teñían de un tono cadavérico detrás de los cascos. 
—¡Vamos! —exclamó Baird, que dio media vuelta—. Volvamos a la nave. Hay que comunicar esto a Washington. 
—Si los rusos descubren lo que sabemos, puede provocar la guerra —dije yo. 
—Tengo una clave. 
—¿Estás seguro que no puede ser descifrada? ¿No lo habrá sido ya? 
—¡Maldito entrometido! —gritó furioso—. ¡Cállate! 
—Lo mejor sería que nos acercáramos —propuso con calma Hernández—. Sigamos esas huellas y veamos... 
—No trajimos armas —repuso Baird—. Me sorprendería que los rusos fuesen tan descuidados. 
No detallaré los argumentos. Se acordó finalmente que yo seguiría explorando en tanto Baird y Hernández no regresasen. Tenía una hora para seguir aquel rastro, pero debía apresurarme en volver a la nave si no quería congelarme. 


Miré otra vez y vi una negra figura con armadura espacial a través de las estrellas. Se veían cada vez más estrellas, palidecía la luz del sol y se dilataban mis pupilas. Entonces me envolvieron las tinieblas. 
La cuesta era áspera, aunque rápida, y las piedras oscuras y quebradizas. Podía seguir al extraño en parajes más despejados, donde en su ascensión había desprendido pequeños fragmentos de roca. Me pregunté por qué en aquellos sitios había una mayor claridad cuando faltaba oxígeno y pensé que era debido a algún efecto fotoquímico. 
Era difícil ver el camino en la sombra. El haz de la linterna era solamente un pequeño arco luminoso delante de mí. Pero pronto entré en la zona terrestre y, al acostumbrarse mis ojos, fue bastante fácil. En media hora llegué al piso del cráter. El sol estaba detrás del muro circular. La noche tenebrosa pesaba sobre mí. 
No había mucho tiempo que perder. Pisaba la oscura y resbaladiza lava, preguntándome si debía seguir las huellas en el polvo. Me encogí de hombros y caminé con más rapidez que mi predecesor. 
Mi corazón latía aceleradamente y mi traje estaba lleno de aire viciado. No era fácil ver el sendero a la luz de la Tierra. Y me sentía más consciente de esas incomodidades que de los riesgos que corría mi vida. 
Fue un poco más allá del límite de seguridad cuando encontré el campo. 
No había mucho que ver allí. Una larga senda de piedra pulverizada, donde algo con ruedas aterrizó y despegó después..., pero ninguna señal de toberas de cohetes. Unas cuantas grietas donde una herramienta hendió la piedra para tomar muestras. Pisadas. Eso era todo. 
Permanecí allí mientras la espesa niebla comenzaba a teñirse de azul. Pensé en alguien que aterrizó sin necesidad de cohetes y nunca lo dijo a nadie. Miré al cielo, vi la roja silueta de Marte y sentí frío. ¿Nos habían derrotado los marcianos en nuestra propia Luna? 
Pero tenía que volver. Cada minuto de tardanza reducía las probabilidades de mi regreso. 
Una mirada más... 
Había una pequeña elevación de granito no muy lejos. Supuse que serían unas piedras amontonadas, pero al acercarme, comprobé que era natural. Me encogí de hombros y di media vuelta para irme. 
Algo atrajo mi atención y miré más de cerca. 
La roca era de color de aguanieve a la luz de la Tierra. Tenía una superficie plana, mirando a mi planeta. Y había una cruz grabada en la piedra. 
Olvidé el tiempo y que empezaba a enfriarme. Estuve preguntándome si la cruz no era más que un símbolo casual o si había existido también en Marte o en algún planeta de otra estrella. Uno que... 
Un millón de soles giraba y brillaba sobre mí. 
Entonces lo supe. Recordé dónde había visto aquella luz que incidía en el muro a la puesta del sol y conocí la verdad. 
Di media vuelta y eché a correr. 
Casi no lo conseguí. Mis baterías dejaron de funcionar a cinco millas de la nave. Pedí ayuda por radio y continué caminando para entrar en calor, pero mis pies no tardaron en helarse y me tambaleaba mientras el frío se hacía cada vez más intenso. 
Baird salió a mi encuentro a medio camino y sustituyó mis baterías por otras nuevas. 
—¡Loco! —gritó—. ¡Grandísimo idiota! Haré que te formen consejo de guerra si... 
—¿Aun si te dijera quién estuvo en Platón? 
—¡¿Cómo?! 
Estábamos en la nave y mis pies se deshelaron antes que lograra saber nada de mí. Fue una larga conversación, pero cuando captó la idea... 
Por supuesto, el Servicio de Inteligencia ha trabajado horas extraordinarias desde que lo explicamos a nuestro regreso. Han dictaminado ya que no fue una expedición rusa. Pero Baird, Hernández y yo lo sabíamos desde nuestra primera noche en la Luna. 
Y esta es la razón por la que usted, profesor, fue designado. Nosotros vamos juntos allende los mares, oficialmente como turistas. Busque en los archivos y yo le diré si encontró algo útil. Mucho dudo que quiera hacerlo. Aquel secreto fue muy bien guardado, como el secreto del submarino, que él también creía no se debía comunicar a un mundo amante de la guerra. Pero, si en alguna parte, de algún modo, hallamos aunque solamente sea una nota mal pergeñada, un indicio, me sentiré contento. 
No pudo hacerse con cohetes, compréndalo. Aun si se hubiese conocido la física, que no se conocía, la química y la metalurgia no tuvieron nada que ver. Pero se tropezó en algo más. ¿La antigravedad? Tal vez. Sea lo que fuere, si podemos averiguarlo, la guerra fría será ganada por los hombres libres. 
Tanto si hallamos algo como si no, nuestros investigadores seguirán trabajando. Sabiendo que semejante artificio es posible y que significa un tremendo impulso, comprenderá usted por qué este asunto debe permanecer secreto. 
¿No lo ha comprendido aún? Profesor, me decepciona. ¡Usted que es historiador! ¡Un hombre culto! 
De acuerdo, pues. Iremos a Londres, se detendrá en la Galería Nacional y se sentará frente a un cuadro llamado La Virgen de las Rocas. Y podrá ver una luz fría, pálida y suave, una luz que nunca brilló en la Tierra, jugueteando sobre la Madre y el Hijo. Y el pintor fue Leonardo da Vinci. 


FIN