2023/05/15

Refugio en las estrellas (Leigh Brackett)


Titulo original: Retreat to the stars
Año: 1941


Arno iba a penetrar en la gran sala común cuando parpadearon las luces. Uno-dos. Uno-dos. Esto significaba que unas naves aterrizaban en el helado campo exterior. Y las naves sólo podían significar, a su vez, una sola cosa: La escuadrilla de Ralph había regresado.
Se detuvo frente al pasaje por donde la multitud salía, procedente de los dormitorios, los talleres y las cocinas. Todo se paralizaba al parpadear aquellas luces, excepto los incesantes martillazos de la sala en la cual los rebeldes construían la inmensa nave. Arno se quedó contemplando a los hombres que habían dicho No, a las erguidas mujeres, con niños en brazos, a los viejos y los mutilados.
"¡Ellos han cambiado mi mundo!", pensó Arno.
El odio que se asomó por un momento a sus pupilas, dio una calidad marmórea a sus acusadas y hermosas facciones. Aquella gente que se precipitaba al salón para esperar anhelante la llegada de las naves y las noticias de la batalla, formaba una completa disonancia con su mundo ordenado y bien dirigido, con su perenne inquietud, sus herejías paganas, sus sempiternos alborotos.
Se sintió feliz porque gracias a él, ahora de pie en la sombra, el Estado organizaría a su conveniencia el destino de todos ellos.
Marika salió del taller, con el sudor y la suciedad de la oscura labor en sus brazos y piernas desnudos. Arno observó con marcado desdén sus anchas espaldas, su frente clara y despejada, sus autoritarios ojos. Las mujeres de aquellos rebeldes incorregibles le ofendían más aún que los hombres. Pero Marika, ataviada con su simple vestido de piel y su leonina cabellera cayéndole sobre los hombros…
Arno se odió a sí mismo por verse obligado a controlar hasta el más leve impulso hacia Marika. No debía sentir nada por ella. Y no obstante…
-¡Han regresado, Arno! -le gritó ella-. ¡Ralph ha vuelto!
Le cogió del brazo y ambos se abrieron paso hacia la gran puerta. El espía, con la máscara de la amistad sobre su semblante, no pudo impedir una pregunta que le obsesionaba:
-¿Te importaría mucho que Ralph no regresase?
-¡Como ninguna otra cosa de este mundo! -fue la respuesta de Marika-. Pero esta vez ha vuelto. Si alguna vez le sucede algo, lo sabré.
Arno ignoraba cómo, y sacudió la cabeza mentalmente por enésima vez. Aceptaba el mecanismo de las bárbaras relaciones entre hombres y mujeres, pero no lo comprendía. Aunque sólo tenía veinticinco años, había dado al Estado tres hijos y una hija, y no podía concebir que las asignadas parejas experimentasen hacia Arno lo que él no sentía por ellas. Si su vida se apagara, no cambiaría el curso de las suyas. El único deber de una mujer era cuidar de los hijos y la vivienda, cuando el Estado la consideraba capacitada para esta tarea.
El salón estaba ahora lleno, agrupando a siete mil personas silenciosas. El distante fragor de la sala donde construían la misteriosa nave llegaba sumamente apagado.
Arno podía seguir el curso de las operaciones en el exterior con la misma claridad que si las estuviese viendo: Las naves llegadas una tras otra del espacio en tinieblas, aterrizando en el helado aeropuerto sin aire, y luego remolcadas hacia la protección del hangar secreto.
Arno sabía perfectamente que las naves del Tri-Estado, que registraban el sistema solar con el intento de destruir el último refugio de la anarquía, habían pasado por alto a los salvajes troyanos y las estructuras que les albergaban.


Una joven esbelta y morena, con un niño en brazos, se acercó a Marika y Arno. En tanto le sonreía con amistad, saludó:
-Hola, Laura -se sorprendió ante la prodigalidad de los rebeldes. Animosamente, apoyaban, mantenían y amaban a personas incapaces de realizar ninguna tarea, mujeres como Laura, hombres mutilados y otros sujetos indeseables, obstáculos que habrían debido ser eliminados.
-Estoy asustada, Marika -gimió Laura-. Siempre estoy asustada, temiendo por Karl. Ha vuelto, ¿verdad Marika?
-¡Claro que sí! -Marika pasó su brazo por la cintura de la joven-. Escucha. Ahora abren.
La multitud se precipitó hacia delante. Las puertas dobles se abrieron de par en par. Allí, en el umbral, se hallaba Ralph seguido de sus hombres.
Ralph, el caudillo de los rebeldes, no era alto ni bien parecido, ni siquiera de constitución robusta. Pero cuando alguien le miraba, se sentía irremediablemente atraído por la fascinación que emanaba de él, por el vigor, por la fortaleza que se desprendía de toda su persona, por el brillo de sus ojos azules, por la vibración de su voz, por la sonrisa cínica de su boca. Su personalidad no podía olvidarse.
Ralph no sonreía en aquel momento. Y la multitud comprendió al instante que algo había salido mal. Ralph estaba pálido, agotado, sin afeitar. Arno sintió el latido de excitación de sus sienes. Sabía lo que iba a ocurrir.
En el salón estalló una oleada de clamores, de preguntas, de nombres. Ralph levantó una mano y el clamor se extinguió.
-¡Hemos perdido tres naves! -anunció quedamente, si bien su voz llegó a todos los rincones-. Las de Vern, Parlo y Karl. El ataque ha sido un fracaso.
Hubo un momento de angustioso silencio. Arno observó la mortal palidez del rostro de Laura, y cómo Marika dejaba caer súbitamente el brazo con que rodeaba a la joven. Una mujer sollozó y un niño se puso a gimotear.
Un hombre, uno de los científicos rebeldes, vociferó entonces:
-¡Maldición, Ralph, es ya la tercera vez! ¡Si queremos continuar la resistencia necesitamos provisiones, equipo, material!
-Lo conseguiremos -replicó Ralph. En su mirada se leía una profunda obstinación-. Por ahora, tendremos que resistir con lo que tenemos. Pero volveremos a intentarlo.
Se volvió hacia Marika mientras sus hombres se mezclaban con la multitud.
-Pobre chica -murmuró mirando a Laura-. ¡Y ojalá hubiese sido yo!
-¡No! -exclamó Marika-. ¡Tú no! ¡Tú jamás! ¡Siempre sería demasiado pronto!
Le besó con una fiebre extraña y amarga. Ralph sonrió.
-El luto te sentaría bien -replicó en son de burla-. ¿No quieres ser la viuda de un héroe? -y le devolvió el beso.
El hijo de Laura estaba llorando. Ralph lo cogió, para confiarlo a Marika, y acto seguido tomó del brazo a Laura.
-Vamos, tengo hambre -concluyó Ralph- y he de afeitarme. ¿Quieres llamar a Frane y al padre Berrens, Arno?
-Sí, Ralph.
La máscara de Arno resplandecía de triunfo. Ralph había perdido tres naves. Treinta hombres en total, hombres y naves que necesitaba en grado sumo.
¡Estúpidos, pensar que podían enfrentarse con el Estado! La cicatriz de su frente, colocada allí por los hábiles cirujanos del Tri-Estado, enrojeció con el flujo de sangre a su cerebro, y Arno se llevó una mano a la cabeza para ocultarla, por temor a que le traicionase. Aquella cicatriz impedía que lo destinasen a un puesto de combate, pudiendo de este modo permanecer en la base, donde era más fácil obtener y pasar información.
Antes de avisar a los individuos que, junto con Ralph, regían los destinos de la base de Troya, y por tanto todo el Sistema de los rebeldes, Arno se retiró a su morada. Oculto en la gruesa hebilla de su cinto había un diminuto pero potente transmisor que operaba con una longitud de onda variable automática cada cuatro segundos. Sólo el receptor del Protector, en la Tierra, podía sintonizarla.
Arno dio su clave de llamada y esperó la llegada de la voz fría, precisa e impersonal del Protector del Pueblo, caudillo de todas las actividades antirrevolucionarias del Tri-Estado.
-Hay mucho alboroto por el fracaso del ataque -notificó entonces-. Necesitan provisiones de metal para las reparaciones y combustible. Ahora estoy más próximo a su centro de actividades; Ralph y Marika, en particular, son amigos míos. Transmitiré la información que vaya obteniendo.
-¿Todavía no has descubierto el secreto de la nave que están construyendo?
-No. Lo guardan con mucho sigilo.
-¿Ni la situación de su cuartel general planetario?
-No.
-Estos puntos son muy importantes. La destrucción de los anarquistas debe de ser completa, hasta el último hombre -la voz del Protector se alteró hasta un leve toque de emoción-. Tú gozas de una posición privilegiada. El Estado se vería dificultado, en estas circunstancias, para remplazarte. Recuerda tu deber, tu fe, y ten cautela. No debes fracasar.
El contacto quedó interrumpido con un chasquido, y Arno tuvo conciencia de un pequeño escalofrío de inquietud. Era extraño que durante aquellos ocho meses no lo hubiera advertido. Acostumbrado desde la cuna a considerarse como simple pieza más o menos eficiente de una máquina, remplazable en cualquier momento, no comprendió hasta qué punto había cambiado su condición. Sintió vértigo durante un instante, como si el duro suelo en el que se asentaba hubiese cedido de repente.
Después se recobró. No fracasaría. El Estado le había clasificado como Cerebro Tipo 1-4-C, el mejor adaptado a esta clase de trabajo. El Estado le había proporcionado una formación y un destino. No podía fracasar. Lo único que debía hacer era cumplir las órdenes.


Veinte minutos más tarde se hallaba en el cubículo que servía de hogar a Ralph y Marika. Frane, el jefe del grupo científico, estaba sentado en una butaca de metal procedente de una nave destruida; era un individuo de cabellos grises y aspecto fatigado. Berrens, el jefe civil, ocupaba la mesa. Era un sacerdote de la religión pagana, y en torno a la garganta lucía un pedazo de paño como insignia de su cargo. Su delgado cuerpo mostraba las señales de la mala alimentación colectiva, pero su mentón y sus ojos eran obstinados, y tenía la boca torcida en una sonrisa que jamás se borraba. Ralph, con su habitual nerviosismo, recorría la estancia, chupando afanosamente su estropeada pipa.
Arno se acomodó junto con Marika en los restos de un desvencijado sofá. La joven había cambiado la túnica de piel del trabajo por un remendado vestido de color escarlata que ofendía la vista de Arno, aunque despertaba en él una desconocida sensación. De vez en cuando, sus miradas se encontraban durante una fracción de segundo. Era aquella joven tan distinta de las insípidas mujeres de anchas caderas de su mundo. Arno intuía en ella feminidad y fortaleza, patentes en todas las líneas de su cuerpo.
La joven no apartaba casi nunca la mirada de Ralph. ¿No era muy extraño que una mujer mirase de tal modo a su marido?
Ralph, de pronto, dio media vuelta.
-Lo siento, Arno. Consejo de Guerra. Ven luego a cenar con nosotros.
-De acuerdo -Arno sonrió y se puso de pie. Marika le imitó.
-Saldré contigo. Estoy preocupada por Laura.
La puerta se cerró a sus espaldas, impidiéndoles escuchar el Consejo. Arno sintió furor por un momento. Si al menos consiguiera enterarse de los puntos importantes en vez de los detalles que descubría gracias a alguna observación casual de Marika.
La mujer suspiró y se echó hacia atrás la atezada cabellera con sus manos encallecidas por el trabajo.
-¡Era tan maravilloso en los viejos tiempos! ¡Vivir en casas auténticas, andar sobre tierra con la luz del sol y con aire para respirar! ¡Poseer bellos vestidos y medias de nylon, y hacer algo más que trabajar, sentir angustia, jugarse la vida cada mañana!
Su vehemencia le sobresaltó.
-Pero, Marika…
-Hace dos mil años. ¿Por qué no pude nacer dos mil años antes?
Aquello aturdió a Arno. ¿Cómo era posible que Marika considerase el siglo XX como la época anterior a las tinieblas, cuando él creía lo contrario? En el siglo XXI, los últimos rebeldes de la Tierra huyeron a Venus, desde allí a Marte, y más adelante al asteroide donde ahora se ocultaban. La fuerza del Estado de la Tierra los había acosado, perseguido por sus herejías, sus anarquías, su malvado individualismo.
Ahora reinaban la paz y el sistema por todas partes, excepto en algunos ignorados rincones de los planetas y en aquel diminuto asteroide que, gracias a él, el Tri-Estado pronto destruiría.
-¿Qué sensación producirá -continuó Marika- el estar bien alimentado, bien vestido y poder besar al marido cuando se marche sabiendo que volverá?
Le tembló la boca y había lágrimas en sus pupilas. El corazón le dio un vuelvo al desconcertado Arno. Pero se rehízo con firmeza.
-¿Qué hará Ralph ahora?
-¡Luchar! -repuso Marika con decisión-. ¡Saldrá de nuevo, una y otra vez hasta morir, como Karl! -calló y miró a Arno, casi con desafío bajo la débil luz de radio-. Me gustaría llorar, Arno. Me estoy conteniendo, pero ya no puedo más. Se trata de una batalla perdida. Y Ralph no tardará en morir. Como todos nosotros. ¡Y ya no puedo sentirme valerosa!
De repente se echó a llorar tapándose el rostro con las manos apoyadas en el hombro del espía. A su pesar, éste sintió como un chasquido en la armadura que rodeaba su cerebro, y vio al asteroide tal como era: Una tumba de esperanzas muertas, de gloria fenecida, de vida inerte. ¿Por qué luchaban, si lo sabían?
Rodeó a Marika por la cintura. No recordaba haberlo hecho nunca. La joven era como un animal, cálido y lleno de vitalidad.
Arno apartó las manos con súbito temor. Era como si retrocediese al borde del abismo, al borde de lo ignoto. Calló mientras ella dejaba correr libremente las lágrimas, hasta que recobró el dominio de sí misma y se apartó de él. A Arno le dolían los dedos que la habían acariciado.
Marika se llevó las manos a sus enrojecidos ojos y lanzó un juramento.
-¡Maldita sea por comportarme como una estúpida! Pero ahora me siento mejor. Creo que una mujer tiene que llorar de vez en cuando, aunque sea de forma mecánica. Pero no se lo digas a Ralph. Gracias, Arno.
La vio desaparecer por el corredor, en busca de Laura. Su vestido rojo resplandecía en la penumbra, al igual que su dorada cabellera. Arno trató de pensar en el Consejo, en su deber. Pero su mirada continuó siguiendo a Marika.


Al otro lado de la puerta cerrada, Ralph continuaba paseando incansablemente, envuelto en una nube de humo.
-Algo va mal -decidió-. Con esta nueva pintura invisible teníamos que estar a salvo, ya que las naves no son magnéticas. Pero nos acorralaron, como si conociesen nuestra presencia allí.
Ambos individuos le miraron agudamente.
-¿Sabes lo que estás insinuando?
-¡Lo sé! -Ralph se apartó el cabello de la frente con nerviosos dedos-. Es increíble que uno de los nuestros… No, el Tri-Estado puede haber enviado un espía.
-Una posibilidad. Remota, pero una posibilidad -el padre Berrens meneó la cabeza con desconsuelo.
-Si hay un espía -afirmó Frane-, tenemos que descubrirlo rápidamente. Necesitamos provisiones.
-¿Cuánto tiempo podemos resistir sin ellas, Frane?
-Tres semanas, quizá un día o dos más. Pero no más tiempo.
-¡Dios mío! -el huesudo rostro de Ralph se tensó. Aquello era un golpe para su corazón-. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
-Estás haciendo cuanto puedes -le contestó el padre Berrens-, y no queríamos angustiarte más.
-¡Tres semanas! ¿Tan cerca estamos del fin? ¡Pelear dos mil años y ahora! ¡Tres semanas!
Berrens esbozó una sonrisa.
-¡Conseguirás el triunfo en el próximo ataque!
-¿Y si no es así? ¡Si no es así! -Ralph volvió a su paseo, cansinamente, con una sensación de futilidad en su interior. La habitación permaneció unos instantes en silencio. Por fin, Ralph volvió a hablar-: La nave, Frane. Tiene que estar dispuesta en diez días.
Frane asintió.
-Triplicaré los turnos. Tenemos que poner el metal en la cúpula.
-Lo que sea, mientras podamos seguir respirando. ¡La nave tiene que estar lista dentro de diez días!
-Tal vez -opinó Frane, sombríamente- sería mejor convocar a los nuestros de las bases planetarias, sin aguardar.
-No. Este Sistema Solar nos pertenece. ¡Y no pienso rendirme sin luchar!
-Pero has combatido ya tanto, Ralph -la voz del padre Berrens sonó infinitamente fatigada-. El Tri-Estado tiene veinte siglos de experiencia en su favor. Y es difícil romper esta barrera. Los suyos poseen casas y alimentos. Cuando el estómago de un hombre está lleno es difícil destruirle, aunque no posea cerebro ni alma.
-De acuerdo. ¡Pero, maldición! -Ralph se detuvo mientras sus pupilas recorrían el cuarto-. ¡Tenemos que continuar! Su maquinaría se detendrá por su propio impulso. Han perdido ya a sus mejores cerebros. Empiezan a estancarse, y el estancamiento significa regresión. Sin su ciencia no habrían podido resistir estos dos mil años. Ni dos siglos. Y ahora empieza a fallarles la ciencia. Durante los últimos noventa años no han producido nada nuevo.
-Si pudiéramos resistir un poco más -Frane apretó los labios.
-No es posible luchar sin hombres ni armas.
-¡Sí, con los hombres que nos queden! Yo conseguiré el metal que necesitamos. Denme cuatro horas de sueño, y volveré a salir. ¡Esta vez atacaremos Titán!
-¡Titán! ¡Estás loco, Ralph! Es el centro minero más poderoso del Sistema. ¡Te destruirán!
-Tal vez. Pero no se inquieten por nada. Iré solo, en el viejo Sparling.
Ralph sabía, como los otros, que tenía una probabilidad entre mil. El Sparling era una reliquia de los viejos tiempos, un complicado mecanismo de combate capaz de ser controlado por un solo hombre, equipado con rayos de tracción desde la base. Pero para gobernarlo era preciso un superhombre. Era una nave temperamental y engañosa que poseía una infinidad de tretas. Por esto no habían construido ninguna más de aquel tipo al cabo de la primera docena. Y habían perdido nueve en un mes.
-No me buscarán cerca de Titán -siguió Ralph-. Allí existirá menos peligro de que detectasen una sola nave. Si no regreso en diez días, procedan a la carga.
-Prueba una vez más con el escuadrón -insistió Berrens.
-Ya no nos quedaría tiempo, si fracasamos. Y tal como se han desarrollado los tres últimos ataques, de nada serviría tampoco. Entiendan bien que nadie debe saber cuando parto, ni dónde. Ni siquiera Marika.
-Pero si aquí hay un espía -intervino Frane-, el Tri-Estado conoce la situación de la base. ¿Por qué simplemente no nos bombardean?
-Quieren información. Aunque todavía pueden bombardearnos. Confiemos en que no lo hagan. Lo mejor, mientras tanto, será descubrir al espía. Desenmascararlo. ¡Y prepárenlo todo, sin esperarme!
El padre Berrens meneó la cabeza. A menos que ocurriera un milagro, no conseguirían atrapar a un espía diestro en menos de tres semanas, cuando había conseguido librarse de toda la vigilancia y penetrar en la base.
-Parece un caso perdido -admitió-. Pero lo intentaremos, Ralph. Ten cuidado y regresa, por el bien común.

Cuatro horas más tarde, Arno, que estaba comprobando una serie de informaciones para el comisario, y satisfecho por la carestía de materiales, levantó la vista y vio a Marika junto a su mesa. Estaba muy pálida y rígida, con las manos cruzadas, y muy tenso el rostro.
-Arno, Ralph se ha marchado. No me dijo donde, pero he hablado con sus ayudantes. Se ha ido solo y he descubierto que falta de la base el viejo Sparling. ¡Oh, Arno, estoy asustada!
¡Ralph había partido para un ataque solitario! Tenía que comunicárselo al Protector. Representaría su papel de amigo de Marika hasta que la joven se marchase y entonces…
¿Por qué una mujer tenía que experimentar aquellos sentimientos hacia un hombre? ¿Cuál era la bárbara emoción que el Estado había prohibido a sus vasallos?
Arno llevaba ya ocho meses viviendo entre los rebeldes, y los estudiaba con la actitud impersonal que un científico contempla a los microbios. Arno había sido una maquinaria fría y eficiente que cumplía las órdenes recibidas del mejor modo posible. Y no entendía a los rebeldes, ni deseaba entenderles. Toda su devoción era para el Estado, para la voluntad del Estado, para las necesidades del Estado.
Pero la maquinaria que encerraba Arno, de repente, no respondía como debiera. Sentía impulsos extraños y una fuerza que le asustaba, porque era completamente indescifrable para su filosofía.
-Arno -susurró Marika-, estoy asustada. Lo he estado a menudo. Ya no soy fuerte. Ralph se ha ido. Morirá.
"Es una rebelde -pensó Arno-. Se cree superior al Estado".
Se dijo también que sólo por representar un papel, había avanzado hacia la joven. Ésta le tendió los brazos con naturalidad, como una niñita que necesita consuelo. Arno sintió como la vida insuflaba poder a aquel cuerpo, y experimentó de nuevo aquel impulso interior. Los labios de Marika estaban muy cerca de los suyos, como una roja cicatriz en su cara de mármol.
La besó. Y tuvo un acceso de horror, de odio hacia sí mismo. Jamás había besado a una mujer. Era una traición, una debilidad, un desafío al Estado.
Se apartó bruscamente y ella continuó de pie, contemplándole.
Arno cerró la puerta y sacó el transmisor de su cinto. Dos veces empezó a formar la clave y dos veces detuvo sus manos. Se sentía irritado por su vacilación, pero el rostro de Marika se hallaba entre él y la radio. ¿Y si Ralph no regresase?
¿Haría Marika como Laura, como las demás mujeres que habían perdido a sus maridos? ¿Por qué le importaba a él? Se sintió aturdido, perdido, estremecido.
El diminuto transmisor en su mano le contemplaba acusadoramente, y tuvo que afirmar el pulso para que no cayese al suelo. Los rebeldes y sus bárbaras costumbres no eran cosa suya. El Estado le había dictado unas órdenes. Y todo el objetivo de su vida se concentraba en la servidumbre al Estado, sin formular preguntas ni albergar idea alguna.
Las palabras del Credo aprendido en su infancia volvieron a su memoria:

Creo en el Estado que me protege, y reniego de todas las demás creencias. Ojalá mi vida se pierda toda en la obediencia y el servicio.
¿Qué mayor gloria para un hombre que servir al Estado?

La voz de Arno sonó segura cuando habló con el Protector del Pueblo.
-El caudillo de los rebeldes ha partido solo para un ataque solitario en una nave anticuada, una Sparling. Destino desconocido, pero los rebeldes necesitan provisiones desesperadamente.
-Avisaremos a todas las minas -asintió el Protector-. Continúa cumpliendo las órdenes.


Frane cumplió su palabra. Se triplicaron los turnos, trabajaron todos, hombres, mujeres, adolescentes. Pese a su fingida herida en la cabeza, Arno fue declarado apto para tareas ligeras y enviado al taller.
Debido a la premura, se apartó gran parte del velo del secreto. Sólo se mantuvo en silencio el objetivo de la nave y el diseño de sus motores.
Arno soltó un respingo a la vista de la nave. Era enorme. Calculó que podía albergar a más de diez mil personas y provisiones concentradas. No había visto nunca nada igual, ni siquiera en los talleres del Tri-Estado.
Pero la gente murmuraba. Los rebeldes eran terriblemente murmuradores, ya que podían hablar como quisieran, y dejaban circular toda clase de rumores. La nave era un arma ofensiva. Estaba destinada a destruir los planetas. Iba a convertirse en un mundo flotante. Iba a recorrer los caminos planetarios, destruyendo las naves del Tri- Estado.
Arno comunicó todo esto a la Tierra, pero no se acercó a la verdad. Transcurrieron nueve días sin noticias de Ralph. No había comunicación por radio entre la nave y la base, porque hubiera permitido al enemigo descubrir la situación de Troya. Se acortaron las raciones. El combustible para la luz y el calor se redujo al mínimo, pero los sintetizadores de alimentos no cesaban de funcionar constantemente. Las cúpulas quedaron desprovistas de todo el metal que contenían, excepto los muros y las unidades de bombeo. Las fraguas trabajaban día y noche. Interminables riadas de hombres y mujeres trabajaban, transportaban, remendaban, ajustaban. El sueño quedó reducido a un período de cuatro horas, del todo insuficiente para los agotados cuerpos.
Y al décimo día, la nave quedó terminada.
Los hombres se dejaron caer al suelo, exhaustos. Frane y el padre Berrens conversaron con Marika bajo la enorme envergadura de la nave, y Arno, que procuraba siempre no alejarse de su fuente de información, escuchó el diálogo.
Pero no había mucho que oír.
-Diez días -dijo Frane, tristemente-. Tendré que convocarles.
Marika, demasiado agotada para experimentar ninguna emoción, los miró fijamente.
-Ralph no ha vuelto, ¿verdad?
El padre Berrens le puso una mano en la espalda.
-Todavía no es demasiado tarde. Esperaremos dos semanas.
Arno no apartaba los ojos del rostro de Marika. ¿Convocar a quién? ¿Esperar qué? Debía permanecer al acecho e informar cuidadosamente. Los rebeldes planeaban un intento desesperado, y el Estado debía recibir el aviso.
Recordó las palabras del Protector: No debes fracasar.

El Sparling flotaba inmóvil, como fina mota invisible en medio de las espantosas tinieblas. Saturno giraba sus relucientes anillos contra el infinito. Ralph, entumecido por los catorce días de encierro, con los ojos enrojecidos por la falta de sueño, estaba inclinado sobre la pantalla del telescopio en medio de una asombrosa maraña de instrumentos.
Estaba siguiendo a Titán, vigilando los cohetes transportadores de minerales que despegaban del planeta. Durante los diez días de su acecho, ninguna nave había despegado con escasa escolta, por lo que su ataque carecía de suficiente posibilidad de éxito.
-Debe haber un espía en la base -exclamó en voz alta por enésima vez.
El sonido de su enronquecida voz al resonar en las paredes de metal, pareció aliviar el pesado silencio que le rodeaba.
"El espía ha conseguido informaciones importantes, pero tampoco las necesita. Con los movimientos generales, el Tri-Estado puede sabotear todas nuestras operaciones. ¡Oh, Dios mío, haz que Frane y Berrens no le permitan sabotear la nave!"
La boca de Ralph se torció en una cínica sonrisa.
"El espía no podrá sabotear la nave. Si no posee una bomba atómica, no podrá afectarla, y es imposible la existencia de una bomba atómica en la base, ya que los detectores la habrían descubierto. Lo único que puede hacer…"
Sacudió la cabeza para descartar aquella espantosa posibilidad. Ni por un segundo debía pensarlo. No, todo iría bien. Dios no les abandonaría, no después de tantos siglos de lucha.
Sin hacer caso del hambre que le atormentaba, concentró su atención en el telescopio. Permitió que una de sus cápsulas nutritivas se disolviera lentamente en su boca, recordando lo que había leído en los libros antiguos. Filetes calientes, verduras frescas, frutos jugosos. Aquella idea le hizo agua la boca. Se tragó la pastilla apresuradamente, lanzando una maldición.
A través de la pantalla pudo divisar la Tierra, Venus y Marte flotando en sus amplias órbitas en torno al diminuto y distante Sol. Ralph había nacido en la base de Troya. Jamás había visto la luz solar, ni el azul del cielo, ni la hierba, ni respirado otro aire que el procedente de los tanques químicos. El Estado se lo había prohibido al pueblo, excepción de los rebeldes ocultos en oscuros rincones de algunos planetas.
"Algún día volveremos a gozar de lo que nos pertenece."
Sus inquietos ojos azules, cuyo fuego brillaba ya de manera mortecina, volvieron a concentrarse en Titán. El cronómetro señaló otra hora. Cinco transportadores de minerales surgieron al vacío, pesadamente cargados. El sueño terminó por apoderarse de él. Y cuando se despertó había transcurrido el día decimoquinto.
"Tengo que regresar. Me quedan cuatro días para volver."
Maldijo amargamente. Era duro tener que rendirse al cabo de tanto tiempo, verse derrotado por unas cuantas toneladas de metal. A pesar suyo, su mano se dirigió a la palanca de arranque.
Y entonces se inmovilizó. Procedente de Titán, cruzó por la pantalla una llamarada.
Un transporte de mineral, acompañado sólo por tres naves. ¡Una oportunidad!
¡Una tentadora oportunidad!


Demasiado tentadora. ¿Cómo era posible que aquel transporte sólo estuviera custodiado por tres naves, cuando los demás disponían del doble? Tal vez fuese una trampa. Era evidente que desconocían su presencia, pero podían proceder de modo idéntico en las demás minas. Podían haber ordenado relajar la vigilancia, a fin de sorprenderle y atraparle con más facilidad.
Recordó la nave de Troya y lo que significaba para él. Pensó en Marika, sobre todo en ella. Y de nuevo contempló aquellos tres planetas que antaño habían sido suyos y el transporte de mineral que significaba la posibilidad de que volvieran a serlo. Sabía que tenía razón al odiar al Tri-Estado. Si al menos pudieran resistir.
-Vamos, cariño -animó a su vieja nave-. ¡Veamos qué puedes hacer!
Como un meteorito, se lanzó contra el transporte, con las manos fuertemente asidas a las palancas del cuadro de mandos. Una nave estalló en llamaradas bajo su rayo. Un nuevo disparo fundió los tubos del transporte, privándolo de toda iniciativa.
El Sparling vomitaba rayos bajo el control de sus manos. Pero también se movía engañosamente. Ralph soltó una maldición mientras se dirigía hacia otra nave. La tercera maniobra preparando sus tubos de disparo. El rayo de la muerte de Ralph surgió súbitamente. La nave, alcanzada, retrocedió arrastrando a sus muertos tripulantes hacia el vacío.
El Sparling se ladeó frenéticamente, y el disparo sólo lo alcanzó en la parte inferior. Pero Ralph gritó por efecto del insoportable calor. Medio ciego, condujo la nave hasta un lugar seguro, y se dispuso a lanzar el ataque final.
Y entonces las distinguió; naves del Tri-Estado que despegaban de las bases en las lunas de Saturno. ¡Era una trampa! Ya no podía defenderse. Imposible enlazar un rayo de tracción al transporte de mineral. Sólo podía huir. ¡Huir y rezar!
El Sparling bailoteaba sin rumbo. Ralph lo maldijo, maldijo a quien lo inventó, y se maldijo a sí mismo por su locura. Un disparo efectuado en un ángulo inverosímil dejó a la tercera nave fuera de combate con los tubos fundidos.
Un rayo rozó su estructura, calentando la nave casi al rojo vivo, y luego quedó en libertad.
Ralph aceleró la velocidad del Sparling, pero éste se bamboleaba. Uno de los rayos había perjudicado algún filamento de sus intrincados controles. Ralph oyó una alteración en la rítmica vibración de la nave, la cual comenzó a derivar alocadamente. Las naves del Tri-Estado se aproximaban con fatídica rapidez.
Por un momento, Ralph permaneció sentado, con las manos extendidas sobre las palancas. Al fin y al cabo, sabía que tenía que llegar aquel momento. Había hecho elección por su libre albedrío, plenamente consciente. Era peor que el infierno, ahora que el momento había llegado, sabiendo que Marika le esperaba, sabiendo que la nave estaba a punto. Pero…
Ahora podía ya permitirse aquel lujo. Se tragó el resto de las cápsulas y abrió plenamente el tanque de oxígeno. Al menos, moriría con el estómago lleno y con aire en los pulmones.
Obligando a la nave a dar media vuelta, se encaminó como una flecha hacia Saturno y las naves enemigas.
Torció la boca y con su ronca voz dijo, sin emoción alguna:
-¡Abre las escotillas, Dios, que ahí va un hombre libre!

El día decimoctavo había tocado a su fin. Las cúpulas estaban frías hasta un extremo insoportable. El aire estaba viciado. Una bomba había cesado de funcionar, de forma que los diez mil hombres, mujeres y niños jadeaban pesadamente en los talleres y el hangar. Oculto tras una columna, Arno hablaba en voz baja.
-Todos están aquí. Todo el personal de las bases planetarias. La última nave llegó hace una hora. Todavía se desconoce el objetivo de esta enorme nave, pero se ha completado la carga. Están aguardando a Ralph, pero dentro de los dos días próximos ejecutarán su plan previsto, sea cual fuese. Apenas les queda combustible.
Sin poder refrenarse, poco después preguntó:
-¿Ha muerto Ralph?
-Sí -la voz del Protector del Pueblo sonó fría y precisa-. No es necesario conocer el objetivo de la nave. Puesto que toda la población rebelde del Sistema se halla ahora en la base de Troya, puede ser destruida de un solo golpe.
Arno asintió. Esto, naturalmente, significaba una flota y bombas. Su tarea había terminado.
-¿Cómo saldré de aquí, Excelencia?
Hubo una leve nota de sorpresa en la voz del Protector.
-¿Salir? La tarea para la cual se te eligió y que se te encomendó ha terminado. El Estado ya no te necesita.
Bruscamente, el pequeño transmisor calló. Arno lo miró, mientras se le nublaba la vista.
Era lógico. Había dado tres hijos y una hija al Estado. Ya había cumplido con su deber. Era únicamente una pieza del engranaje que carecía de utilidad. Y el Estado no conservaba las piezas inútiles.
La Tierra era la base más próxima del Tri-Estado, un vuelo de dos horas para los veloces bombardeos en la actual intersección orbital. Dos horas. Los rebeldes esperarían a Ralph hasta el último instante, sin saber que estaba muerto. Lo cual significaba al menos otro día.
¡Dos horas! ¡Si al menos hubiese sido inmediato! Pero la espera, la tensión…
Las bombas destruirían las cúpulas, convirtiéndolas en polvillo cósmico, y con ellas el asteroide entero. Dos mil años de revueltas y agitaciones terminarían, y reinaría la paz en el Tri-Estado.
La nube que le rodeaba fue afianzándose a medida que Arno comprendía la verdad, la lógica e irrefutable verdad. Ya no era nada. Su utilidad para el Estado había concluido. ¿Qué importaba que muriese?
Continuó contemplando la silenciosa radio. Vio la mano que la sostenía, una mano fuerte y juvenil, llena de nudos y tendones, con la sangre circulando generosa bajo la piel.
Su mano. El Tri-Estado la dirigía, pero era él quien sentía el dolor si era herido.
El transmisor se aplastó contra el suelo, pero Arno no se dio cuenta. Estaba contemplando su cuerpo como si jamás lo hubiera visto, pasándose los dedos por los muslos, sintiendo la respiración de sus pulmones, escuchando la pulsación de su sangre en las venas. Y entonces desvió la mirada hacia las vastas y carcomidas cúpulas, a los diez mil hombres, mujeres y niños que aguardaban bajo la inmensa estructura de la nave.
Un grupo de jóvenes estaban canturreando a su derecha una antigua, muy antigua canción prohibida concerniente a una chica llamada Susana. Algunas familias -una palabra anárquica jamás oída en el Tri-Estado- se apretujaba entre sí, hablando en voz baja. Arno escudriñó sus rostros, cada uno de ellos diferente. No había unidad de facciones en los hombres ni en las mujeres ni en los jóvenes. Eran diez mil personas.
Arno se aferró firmemente a su credo. Y entonces comprendió que aquella gente también poseía un credo y lo servía con el sacrificio de sus vidas. Como Karl. Como Ralph. Ralph, cuyo regreso aguardaban aquellas diez mil personas.
¡Dos horas! ¿Qué pensarían estas diez mil personas de saber que dentro de dos horas morirían? Quizá no fuese así. Sabían que la nave significaba algo extraño, que representaba algo casi imposible. Pero tenían que morir.
El Estado elige, el Estado forma, el Estado ya no te necesita.
Arno se llevó las manos a la cabeza para ahogar una blasfemia, y aquel contacto le tornó consciente de su propia carne.
Se zambulló en un mar de humanidad, tropezando con miles de piernas y abriéndose paso a codazos.
La cabellera dorada de Marika y sus anchos hombros surgieron de entre aquella masa, debajo de la nave, y Arno se dirigió hacia ella.
Los cuerpos y los ojos que le contemplaban poseían cerebros. Podía sentir la tensión que reinaba bajo la cúpula, la extraña oleada de vida que palpitaba siempre en una multitud.
Los hombres le maldecían al tropezar con ellos, pero debía llegar hasta Marika.
No sabía por qué, pero era su deber.
Vio a Laura al lado de la joven, con su hijo en brazos. Estaba hablando con Marika. Ésta besó al niño y sonrió.
"Le he dado tres hijos al Estado -pensó Arno en voz alta-, pero jamás he besado. Era sólo un deber."
¡Un deber! Ahora su deber era morir por el Estado. El deber tan asimilado que jamás pensó en él de manera subjetiva. ¿Cómo era posible que aquellos rebeldes le hubieran envenenado?
Se acercó a Marika.
La joven estaba pálida, tenso el semblante.
-¿Qué te ocurre, Arno? -se interesó ella-. Pareces enfermo.
-No lo sé.
La miró, y de repente supo qué le pasaba. Lo había leído en los antiguos libros que comprendía su formación. Estaba enamorado.
Los bombarderos del Tri-Estado ya surcaban el espacio. Su deber era claro. Pero estaba enamorado. ¡Enamorado, como un rebelde pagano!
La poderosa mano de Marika le asió de la camisa, estremeciéndole.
-¿Qué te pasa, Arno? ¡Dímelo!
No podía mirarla a los ojos. Y entonces la voz del padre Berrens resonó en el audífono, y todas las cabezas se giraron a escuchar.
-Ha llegado el momento de explicarles por qué los hemos convocado, y el motivo de construir esta nave. Lo hemos mantenido en secreto por dos razones. No queríamos que existiese la menor posibilidad de que el Tri-Estado pudiera enterarse, y no veíamos motivo para inquietar a todos nuestros amigos mientras alentara aún una esperanza de utilizarla. Pero ahora…
"Los bombarderos. ¿Cuánto tiempo?", pensó Arno.
-Esperaremos a Ralph hasta el último minuto -prosiguió el padre Berrens-, pero debemos estar preparados. Dentro de cuatro horas empezará el traslado a la nave. Por favor, escúchenme y traten de comprender. ¡Tengan fe y valor! Van a necesitar ambas cosas más que nunca.
»Durante dos mil años hemos combatido contra la tiranía, contra la destrucción de Dios y del hombre como individuo. Hemos sido débiles, y el Estado poderoso. Al principio, esperamos demasiado. Ahora, cuando parecía surgir una oportunidad, cuando la maquinaria del Estado empezaba a fallar, debemos irnos de aquí por culpa de unas toneladas de metal.
»Si es cierto que hay un espía entre nosotros, le felicito. El Estado sabrá recompensarle bien. Nuestros hombres han muerto como valientes, pero no disponemos de metal. La única salida que nos resta es huir, o morir a manos del Estado.
Arno le escuchaba como a través de una bruma. Los minutos iban transcurriendo a cada latido de su corazón. Sus latidos, los latidos que el Estado podía destruir, pero no controlar.
La mano de Marika seguía aferrada a la suya. Laura estaba de pie, inmóvil a su lado, con el gimoteante niño en sus brazos. Podía intuir la tensión de aquellas diez mil personas que escuchaban en completo silencio.
-¡No hemos de esperar más a Ralph! -gritó.
No quería decirlo. Pero lo hizo porque Marika le estaba mirando. La mano de ella se contrajo en la suya.
-¿Por qué no, Arno?
-Por nada. Fue una tontería.
-¿Tontería? Cuando él está fuera solo, luchando. Arno, ¿qué sabes?
Ahora las manos de Marika le dolían, como aquel día en que ella sollozó en el vestíbulo.
Poco después, hasta el dolor desaparecía.
El Estado ya no te necesita.
¿Y si no fuese así? ¿Y si él, Arno, quisiera su cuerpo y conocer el amor de una mujer, concebir un hijo propio y sentirse no como una simple pieza de una máquina? Apartó la mirada de Marika, librando la última batalla en favor de su credo, de su religión.
Y entonces vio a diez mil personas que esperaban. Buscó los ojos de Marika.
-Ralph ha muerto -declaró-. Yo le maté. Como maté a Karl y a los demás. Yo soy el espía.
La joven se apartó de él con horror. Laura chilló, con un extraño y terrible sollozo estrangulado, y el padre Berrens dejó de hablar.
-¡Ralph! -murmuró Marika-. ¡Ralph! Lo sabía. ¡Un espía!
Arno se atragantó, aterrado por lo que acababa de hacer, perdido en un caos de pensamientos. Todavía podía destruirles. Podía callar respecto a los bombarderos y nada ya tendría importancia.
Diez mil personas. Frane y Berrens y Laura. Y Marika, que le estaba mirando horrorizada porque él había matado a Ralph. Sus propios amigos jamás le echarían de menos. Tendrían hijos para el Estado, nuevas piezas de la colosal maquinaria.
Marika, siempre Marika. Ella era su derrota y su respuesta. Lo era todo. Mirándola, viendo cómo iba retrocediendo, apartándose de él, Arno se estremeció de temor y de amargura. Si al menos lo hubiera sabido antes.
-¡Padre Berrens! -gritó.
Las palabras no parecían surgir de su garganta. Y aunque parte de su cuerpo pareció retroceder horrorizado, recluyéndose en sí mismo, continuó hablando sin cesar.
Cuando hubo terminado, el padre Berrens tenía el rostro tenso, y su voz era extrañamente dura cuando formuló sus instrucciones.
Se produjo el caos en torno a Arno, luego una especie de orden frenético. En un mundo a muchos kilómetros y kilómetros de distancia, se formaron filas de hombres, mujeres y niños, para ir penetrando en la nave a través de sus vastas portillas. Pero Arno sólo podía ver a Marika.
Era agradable creer, como creían los rebeldes, que un hombre seguía viviendo después de morir su cuerpo torturado.
Esto era una blasfemia para el Estado. Pero era agradable. El padre Berrens llegó, respirando pesadamente.
-¡Tiempo! ¡Nos falta tiempo! ¡Pero lo lograremos! ¡Con la ayuda de Dios lo lograremos!
Una pausa y el padre Berrens gritó:
-¡Marika!
Pero no pudo detenerla. La pistola que había sacado del cinto de Frane estaba ya apuntada. Arno vio llegar el impacto.
La emponzoñada aguja se clavó en su corazón.
Tuvo una última visión del hermoso y fiero rostro de Marika, con su dorada cabellera cayendo flojamente sobre sus hombros. Ella era como una estatua. Le vio caer desapasionadamente, como hubiera contemplado a una cucaracha muriendo bajo sus pies. Después dio media vuelta y corrió hacia la nave.
Una neblina se apoderó del cerebro de Arno, borrando los rumores del éxodo.
Pero aún oyó la voz de Laura:
-¡Padre, todos los planetas están cerrados! ¿Dónde iremos?
-Por el momento, hemos perdido los planetas. Pero esta nave fue diseñada para ir más allá. Hija mía, todavía nos quedan las estrellas.


FIN

2023/05/08

El dragón (Ray Bradbury)


Título original: The dragon 
Año: 1955


La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes.
Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.
-¡No, idiota, nos delatarás!
-¡Qué importa! -dijo el otro hombre-. El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
-Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos…
-¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
-¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.
-¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
-¡Espera, escucha!
Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente, suavemente.
-Ah… -el segundo hombre suspiró-. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien apaga el sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios, escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?
-¡Suficiente, te digo!
-¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.
-Novecientos años después de Navidad.
-No, no -murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados-. En este páramo no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos ampare!
-¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
-¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados.


Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza.
En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
-Mira… -murmuró el primer hombre-. Oh, mira, allá.
A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: El dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
-¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
-¡Pasará por aquí!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballos.
-¡Señor!
-Sí; invoquemos su nombre.
En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió su carrera.
-¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.

-¿Viste? -gritó una voz-. ¿No te lo había dicho?
-¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
-¿Vas a detenerte?
-Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la carne de gallina. No sé que siento.
-Pero atropellamos algo.
El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una ráfaga de humo dividió la niebla.


-Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.


FIN

2023/05/01

Un bloque espacioso (Richard Matheson)


Titulo original: Shipshape home
Año: 1952


—El conserje me da escalofríos —dijo Ruth cuando entró en casa aquella tarde.
Levanté la vista de la máquina de escribir mientras ella dejaba las bolsas en la mesa. Me miró. Yo estaba rematando el segundo borrador de un cuento.
—Te da escalofríos —dije.
—Sí. Esa forma tan sigilosa que tiene de moverse… Es como Peter Lorre o alguien así.
—Peter Lorre —repetí, aún inmerso en el argumento.
—Cariño —me urgió—, hablo en serio. Ese hombre es muy raro. 
Salí de la niebla creativa con un parpadeo.
—Cielo, el pobre no tiene la culpa de tener esa cara —dije—. Le viene de familia. Déjalo en paz.
Ruth se dejó caer en una silla junto a la mesa, empezó a sacar la comida de las bolsas y a amontonar latas.
—Escúchame —dijo.
Lo veía venir, por ese tono tan serio que adopta. Aunque ya ni se dé cuenta, lo emplea siempre que va a hacerme una de sus "revelaciones".
—Escúchame —repitió. Énfasis dramático.
—Sí, cariño. 
Apoyé un codo en la tapa de la máquina de escribir y la miré con paciencia.
—Ya pones esa cara. Siempre me miras como si fuera una niña idiota o algo parecido —Sonreí. Débilmente—. La noche que ese hombre entre sin hacer ruido con un hacha y nos descuartice, te arrepentirás.
—No es más que un pobre hombre que se gana la vida fregando suelos y alimentando las calderas.
—La calefacción es de petroleo —objetó Ruth.
—Bueno, pero si tuviéramos caldera, la alimentaría. Seamos comprensivos. Trabaja, como nosotros. Yo escribo cuentos; él friega suelos. ¿Quién juzga qué es más importante?
—De acuerdo —dijo con un gesto de rendición. Parecía decepcionada—. Si no quieres afrontar los hechos…
—Que son… —la pinché. Pensé que sería mejor que lo soltara antes de que le corroyera el cerebro.
—Escúchame —dijo, entornando los párpados—. Ese hombre está aquí por algo. No es conserje. No me sorprendería que…
—¿Que este bloque de apartamentos fuera la tapadera de una casa de apuestas? ¿Un escondite para los quince mayores enemigos públicos? ¿Una clínica de abortos? ¿La guarida de un falsificador? ¿Un centro de reunión de asesinos?
Ruth estaba ya en la cocina. Trasteaba con latas y cajas, y las metía en la despensa.
—De acuerdo —Estaba usando aquel tono de "no vengas a llorarme cuando te asesinen"—. Que no se diga que no lo he intentado. Si estoy casada con una pared, no es culpa mía.
Entré en la cocina, la abracé por la cintura y le besé el cuello.
—Para ya —me dijo—. No vas a distraerme. El conserje es… 
Se volvió y me miró.
—Estás hablando en serio —le dije, y se le oscureció el rostro.
—Cielo, pues claro que sí. Ese hombre me mira raro.
—¿Cómo?
—Oh —Meditó un momento—. Como si… Como si estuviera esperando algo. 
Me reí entre dientes.
—No puedes culparlo.
—Vamos, es en serio.
—¿Recuerdas aquella vez que creíste que el lechero era un asesino de la mafia? —le pregunté.
—¿Qué más da eso?
—Lees demasiadas noveluchas de misterio —le dije.
—Te arrepentirás.
Volví a besarle el cuello.
—Vamos a comer —le dije. Ella gruñó.
—No sé por qué te cuento nada…
—Porque me quieres —le dije.
—Me rindo —musitó, cerrando los ojos, con la paciencia de un santo condenado a la hoguera. La besé.
—Vamos, cielo, ya tenemos bastantes problemas.
—De acuerdo —cedió, resignada.
—Bien. ¿A qué hora vendrán Phil y Marge?
—A las seis —respondió ella—. He preparado cerdo.
—¿Asado?
—Ajá.
—Me apunto.
—Ya te habías apuntado.
—En tal caso, me vuelvo a la máquina de escribir.
Mientras me exprimía el cerebro para redactar otra página, la oí murmurar para sí en la cocina. No entendí todo lo que decía; sólo capté una profecía nefasta.
—Nos matará mientras dormimos o algo parecido.

—No, es una ganga —comentó Ruth aquella noche mientras cenábamos.
Sonreí a Phil, y él me devolvió la sonrisa.
—Yo también lo creo —coincidió Marge—. ¿Dónde se ha visto un departamento de cinco habitaciones totalmente amueblado por sesenta y cinco dólares al mes? Con cocina, frigorífico, lavadora… Es increíble.
—Chicas —dije—, no le busquemos tres pies al gato y disfrutemos de la ocasión.
—¡Oh! —Ruth sacudió su preciosa cabeza rubia—. Si te dijeran que van a regalarte un millón de dólares, seguro que lo aceptarías.
—Pues claro que sí —respondí—. Y después correría como alma que lleva el diablo.
—Eres un inocente. Crees que la gente es… Es…
—Normal —dije yo.
—¡Crees que todo el mundo es Papá Noel!
—Es un poco raro —intervino Phil—. Piénsalo, Rick.
Lo pensé. Un piso de cinco habitaciones, nuevo, con buenos muebles y vajilla. Fruncí los labios. Uno puede perder la perspectiva si pasa el día pegado a la máquina de escribir. Quizá fuera cierto. Sin embargo, meneé la cabeza. Entendía qué querían decir. Pero, evidentemente, no iba a reconocerlo. ¿Y estropear la batallita con Ruth? Jamás.
—Creo que es demasiado caro —dije.
—¡Ay, Dios! —Ruth estaba tomándoselo en serio, como siempre—. ¡Demasiado! ¡Cinco habitaciones! Muebles, vajilla, sábanas, manteles, ¡un televisor! ¿Qué más quieres? ¿Piscina?
—¿Una pequeña? —apunté con docilidad. Ruth miró a Marge y a Phil.
—Vamos a hablar de esto con tranquilidad —les dijo—. Vamos a hacer como que la cuarta voz que oímos no es más que el viento soplando en los aleros.
—Soy el viento en los aleros —repetí.
—Escuchen —Ruth se puso otra vez a dar vueltas a sus presentimientos—. ¿Y si el lugar es un farsa? Quiero decir, ¿y si nos quieren aquí únicamente como tapadera? Eso explicaría el precio del alquiler. ¿Recuerdan la avalancha de gente que vino cuando empezaron a alquilar?
Me acordaba tan bien como Phil y Marge. Si conseguimos el departamento fue porque dio la casualidad de que pasábamos por allí cuando el conserje colocó el cartel, y entramos a preguntar. Recuerdo nuestra sorpresa al enterarnos del precio. Estábamos encantados. Parecía que estuviéramos en Navidad.
Fuimos los primeros inquilinos. Al día siguiente, aquello parecía el asedio de El Álamo. Es un poco difícil conseguir piso hoy en día.
—Yo creo que aquí hay gato encerrado —concluyó Ruth.
—¿Se han fijado en el conserje?
—Es un bicho raro —contribuí, suavemente.
—Desde luego —convino Marge, riendo—. Dios mío, parece sacado de una película de serie B. Esos ojos… Se parece a Peter Lorre.
—¿Ves? —proclamó Ruth, victoriosa.


—Chicos —dije, alzando una mano conciliadora—, si se llevan algo entre manos, dejemos que continúe. No se nos pide que participemos ni que lo soportemos. Estamos viviendo en un buen sitio a buen precio. ¿Qué vamos a hacer? ¿Investigarlo y echarlo todo a perder?
—¿Y si nosotros formamos parte de ese plan? —preguntó Ruth.
—¿Qué plan, cielo?
—No lo sé —respondió ella—. Pero noto algo.
—¿Recuerdas aquella vez que sentías que el baño estaba encantado y resultó ser un ratón?
—¿Tú también estás casada con un ciego? —le preguntó a Marge, empezando a recoger los platos.
—Todos los hombres están ciegos —respondió Marge mientras acompañaba a mi pobre vidente a la cocina—. Tenemos que aceptarlo.
Phil y yo encendimos un cigarrillo.
—Bromas aparte —dije de modo que las chicas no pudieran oírme—, ¿crees que de verdad hay algo raro?
—No lo sé, Rick —Phil se encogió de hombros—. Pero te diré una cosa: No es normal conseguir un piso amueblado por tan poco dinero.
—Ya —asentí.
"Ya", pensé, abriendo los ojos por fin. "No es normal".

A la mañana siguiente me detuve a charlar con el policía que patrulla nuestro barrio, Johnson. Me comentó que había bandas y bastante tráfico de droga, y que había que vigilar a los muchachos, sobre todo a partir de las tres de la tarde.
Es un buen tipo, muy divertido. Charlo con él siempre que salgo a la calle.
—Mi mujer sospecha que en nuestro bloque se traen algo entre manos —le dije.
—Yo también sospecho algo —respondió Johnson, muy serio—. Ha costado aceptarlo, pero he llegado a la conclusión de que tienen encerrados a niños de seis años a los que obligan a tejer cestas a la luz de las velas.
—Bajo el látigo de una bruja cadavérica —añadí yo.
Él asintió con tristeza y miró hacia ambos lados como un conspirador.
—No se lo dirá a nadie, ¿verdad? —me rogó—. Quiero destapar el caso yo solo.
—Johnson —dije, dándole unas palmaditas en el hombro—, su secreto está a salvo tras estos labios de acero.
—Se lo agradezco. 
Nos reímos.
—¿Cómo está su mujer? —me preguntó.
—Llena de sospechas —respondí—. Curiosea e investiga.
—Lo de siempre —dijo él—. Todo en orden.
—Sí. Creo que no la dejaré leer más revistas de ciencia ficción.
—¿Qué sospecha? —me preguntó.
—Oh —Sonreí—. No hace más que suposiciones. Cree que el alquiler es demasiado bajo. Dice que todo el mundo paga de veinte a cincuenta dólares más en esta zona.
—¿Es cierto?
—Sí —respondí, propinándole un puñetazo amistoso en el brazo—. No se lo diga a nadie. No quiero quedarme sin la ganga.
Me fui a comprar.

—Lo sabía —dijo Ruth—. Lo sabía.
Me miró fijamente por encima de un barreño lleno de ropa mojada.
—¿Qué sabías, cielo? —le pregunté, dejando en la mesa el paquete de folios que había salido a comprar.
—Este lugar es una tapadera —Ruth levantó una mano—. No digas ni una palabra. Limítate a escucharme.
Me senté y esperé.
—Sí, querida.
—Hay motores en el sótano —me dijo.
—¿Qué tipo de motores, cariño? ¿Reactores? 
Ella apretó los labios.
—Mira… —Empezó a molestarse—. Los he visto.
Y lo decía en serio.
—Yo también he estado ahí abajo, cielo —le dije—. ¿Cómo es que yo no he visto ningún motor?
No me gustó la forma en que Ruth miró a su alrededor, como si pensara que de verdad había alguien agazapado al otro lado de la ventana, escuchando.
—Están debajo del sótano —explicó, y yo la miré dubitativo—. ¡Maldita sea! —Se levantó—. Ven conmigo y te lo enseño.
Me llevó de la mano por el pasillo hasta el ascensor. Mientras descendíamos, estuvo muy seria y me apretaba la mano con fuerza.
—¿Cuándo los viste? —le pregunté, intentando ser amable.
—Al ir a lavar la ropa ahí abajo. Bueno, en el pasillo, cuando volvía con la ropa. De camino al ascensor vi una puerta entreabierta.
—¿Has entrado? —le pregunté. Ella me miró—. Has entrado —concluí.
—Bajé los escalones, había luz y…
—Y viste motores.
—Vi motores.
—¿Grandes?
El ascensor se detuvo, las puertas se abrieron y salimos.
—Ahora mismo verás lo grandes que son. 
Llegamos frente a una pared lisa.
—Estaba aquí.
La miré y golpeé la pared.
—Cielo…
—¡No te atrevas a decirlo! —me soltó—. ¿Nunca has oído hablar de puertas ocultas?
—Y la puerta, ¿estaba oculta en la pared?
—Puede que la pared sea deslizante y la tape —dijo Ruth. Se puso a darle golpecitos. A mí me pareció sólida—. ¡Maldita sea! —exclamó— Ya sé lo que vas a decirme.
No lo dije. Me limité a mirarla.
—¿Han perdido algo?
La voz del conserje, grave e insinuante, en efecto se parecía un poco a la de Peter Lorre. Ruth se sobresaltó; la había pillado por sorpresa. Yo también di un respingo.
—Mi esposa cree que hay una… —empecé a decir, nervioso.
—Estaba enseñándole cómo se cuelga un cuadro —me interrumpió Ruth a toda prisa. Se volvió haca mí y dijo—: Así es como se hace, cariño. Pones el clavo en ángulo, no recto. ¿Lo entiendes ahora? 
Me cogió de la mano.
El conserje sonrió.
—Hasta luego —me despedí, incómodo. Sentía sus ojos posados sobre nosotros mientras íbamos hacia el ascensor.
Cuando se cerraron las puertas, Ruth se volvió con rapidez.
—¡Y buenas noches! —estalló—. ¿Qué pretendes? ¿Que nos descubra?
—Cielo, ¿qué…? —Yo estaba pasmado.
—No importa —me dijo—. Ahí abajo hay motores. Motores enormes. Los vi, y él sabe que están ahí.
—Cariño, ¿por qué no…?
—Mírame —me dijo con rapidez. La miré. Con intensidad—. ¿Crees que estoy loca? Vamos, no lo pienses tanto.
Suspiré.
—Creo que tienes mucha imaginación. Lees esas…
—¡Ah! —murmuró. Parecía enojada—. Eres tan intratable como…
—Tú y Galileo.
—Te los enseñaré —prometió—. Bajaremos otra vez esta noche, cuando el conserje esté durmiendo. Si es que duerme.
Fue entonces cuando empecé a preocuparme.
—Cielo, para ya —le dije—. Vas a terminar por asustarme.
—Bien. Bien. Pensaba que tendría que haber un terremoto para que reaccionaras.

Pasé toda la tarde sentado delante de la máquina de escribir, pero no me salió nada. Estaba preocupado.
No lo entendía. ¿De verdad lo decía en serio?
"Está bien", pensé, "me lo tomaré en serio". Había visto una puerta que se habían dejado abierta por descuido. Eso era obvio. Si de verdad había unos motores enormes bajo el bloque de pisos, como decía, seguro que quien los hubiera instalado no quería que nadie supiera de su existencia.
La Calle Siete Este. Un bloque de pisos. Y unos motores enormes debajo.
¿Podía ser cierto?

—¡El conserje tiene tres ojos!
Temblaba, blanca como una sábana. Me miraba como un niño que acabara de leer su primer cuento de terror.
—Cielo… —La abracé. Estaba asustada.
Yo también tenía un poco de miedo, y no precisamente por la posibilidad de que el conserje tuviera tres ojos. No dije nada. ¿Qué puede decir uno cuando su mujer le viene con una historia semejante?
Tardó un buen rato en reaccionar.
—Ya sé que no me crees —musitó, insegura. Tragué saliva.
—Cariño… —dije en vano.
—Vamos a bajar esta noche. Ahora sí que no podemos seguir esquivándolo. Esto es muy serio.
—No creo que debamos…
—Yo voy a bajar —me cortó, nerviosa, rayana en la histeria—. Te aseguro que ahí abajo hay motores. ¡Por Dios que hay motores!
Se echó a llorar. Temblaba sin control. Le acaricié la cabeza y la recosté en mi hombro.
—Tranquila, cariño. Tranquila.


Intentó decirme algo entre sollozos, pero no pudo. Más tarde, cuando se calmó, la escuché. No quería trastornarla, y pensé que la forma más segura de evitarlo era escuchándola.
—Estaba en el vestíbulo —me contó—. Iba a ver si el cartero dejó algo. Ya sabes que, de vez en cuando, por las tardes, el cartero… —Se interrumpió—. No importa. Lo que importa es lo que pasó con el conserje.
—¿Qué? —le pregunté, pese a que me asustaba la respuesta.
—Me ha sonreído —prosiguió—. Ya sabes cómo: Con esa sonrisa empalagosa y asesina.
Lo dejé pasar sin discutírselo. Seguía creyendo que no era más que un tipo inofensivo con la mala fortuna de haber nacido con una cara digna de la familia Addams.
—¿Y? —pregunté—. ¿Qué más?
—Al pasar a su lado sentí un escalofrío, porque me miraba como si supiera algo de mí que yo ignoró. Me da igual lo que digas; así me sentí. Y después…
Se estremeció. Le cogí la mano.
—¿Después?
—Noté que me miraba.
Yo también lo había notado cuando nos lo habíamos encontrado en el sótano. Sabía a qué se refería; simplemente, uno sabía que aquel tipo estaba mirándolo.
—De acuerdo —concedí—. Eso me lo creo.
—Pero no vas a creer lo que viene ahora —me dijo en tono lúgubre. Se sentó muy recta y siguió hablando—. Cuando me volví para mirar, estaba alejándose de mí.
Presentí lo que se avecinaba.
—No creo… —empecé a decir sin convicción.
—Tenía la cabeza hacia delante, pero me miraba.
Tragué saliva. Estaba aturdido y le acariciaba una mano de forma mecánica.
—¿Cómo, cielo? —me oí preguntar.
—Tiene un ojo en la nuca.
—Cielo… —La miré con, reconozcámoslo, miedo. Una mente desatada puede extraviarse mucho.
Cerró los ojos, entrelazó las manos tras apartar la que yo le sostenía y apretó los labios. Vi que se le escapaba una lágrima del ojo izquierdo y le rodaba por la mejilla. Estaba pálida.
—Lo he visto —dijo en voz baja—. Que Dios se apiade de mí, le he visto el ojo.
No sé por qué seguí con el asunto. Para torturarme, supongo. Estaba deseando olvidarlo todo, fingir que no había sucedido.
—¿Por qué no lo hemos visto hasta ahora, Ruth? —le pregunté—. Le hemos visto la nuca muchas veces.
—¿De verdad? ¿De verdad?
—Mi amor, alguien tiene que habérsela visto. ¿Es que crees que nunca ha tenido a nadie detrás?
—El pelo se le había apartado, Rick. Y antes de salir corriendo vi que el pelo volvía a su sitio y se lo tapaba.
Me quedé sentado en silencio.
"¿Qué más puedo decir? ¿Qué se le puede decir a una esposa que habla así? ¿Que está chiflada? ¿Que está loca? ¿Recurrir al viejo y manido 'Has estado trabajando mucho'? Tampoco ha trabajado tanto. O tal vez sí ha trabajado mucho. Con la imaginación".
—¿Bajarás conmigo esta noche? —me preguntó.
—De acuerdo —le respondí en voz baja—. De acuerdo, mi amor. Y ahora, ¿por qué no te acuestas un rato?
—Estoy bien.
—Mí amor, acuéstate un rato —insistí con firmeza—. Iré contigo esta noche, pero ahora quiero que te acuestes.
Se levantó y se fue al dormitorio. Oí el chirrido de los muelles del colchón cuando se sentó en la cama; después subió las piernas y apoyó la cabeza en la almohada.
Fui poco después para cubrirla con una colcha. Estaba mirando el techo. No le dije nada. No creo que quisiera hablar conmigo.

—¿Qué hago? —le pregunté a Phil.
Ruth estaba dormida. Yo había salido al pasillo a hurtadillas.
—Puede que viera esos motores —me dijo él—. ¿Es posible?
—Sí, claro —repuse—. Pero también sabes que es posible que lo que suceda sea otra cosa.
—Mira, deberías bajar a ver al conserje. Deberías…
—No —respondí—. No podemos hacer nada.
—¿Vas a bajar al sótano con ella?
—Si insiste, sí. Si no, no.
—Mira, cuando vayan, vengan a buscarnos.
—No me digas que estás contagiándote —dije, observándolo con curiosidad. Me miró de un modo raro y se le movió la nuez.
—No… No se lo digas a nadie. —Miró a su alrededor antes de continuar—. Marge me ha dicho lo mismo, que el conserje tiene tres ojos.

Bajé a comprar helado después de cenar. Johnson paseaba por allí.
—Le hacen trabajar demasiado —le comenté cuando se acercó a mi lado.
—Se esperan problemas con las bandas —me dijo.
—Nunca he visto ninguna banda por aquí —repliqué, distraído.
—Pues las hay.
—Ah.
—¿Cómo está su mujer?
—Bien —mentí.
—¿Sigue creyendo que el bloque de pisos es una tapadera? —Soltó una carcajada. Yo tragué saliva.
—No. Creo se lo he quitado de la cabeza. Me parece que me ha estado tomando el pelo desde el principio.
Johnson asintió y se separó de mí en la esquina. Inexplicablemente, las manos me temblaron todo el camino de vuelta a casa. Y no dejé de echar miradas de reojo hacia atrás.

—Ya es la hora —dijo Ruth.
Protesté y me di media vuelta. Ella me dio un codazo. Me desperté atontado y miré la hora. Los números luminosos me indicaron que eran casi las cuatro de la mañana.
—¿De verdad quieres ir ahora? —le pregunté, demasiado adormilado para tener tacto.
Hubo un momento de silencio. Eso me despertó.
—Yo voy a bajar —musitó Ruth.
Me senté en la cama. La miré en la penumbra y el corazón empezó a latirme un poquito más rápido de la cuenta. Tenía la boca y la garganta secas.
—Bien —dije—. Espera a que me vista.
Ella ya estaba vestida. La oí hacer café en la cocina mientras me ponía la ropa. No hacía ruido. Es decir, no parecía que le temblaran las manos. Además, hablaba con lucidez. Pero cuando me miré en el espejo del baño, vi a un marido preocupado. Me lavé la cara con agua fría y me peiné.
—Gracias —le dije cuando me pasó una taza de café. Me quedé allí de pie, nervioso ante mi propia esposa. Ella no tomó café.
—¿Estás despierto ya? —me preguntó, y yo asentí.
Vi la linterna y el destornillador sobre la mesa de la cocina. Me terminé el café.
—De acuerdo —dije—. Vamos a zanjar este asunto. 
Sentí su mano en el brazo.
—Espero que… —empezó a decir, pero de inmediato apartó la cara.
—¿Qué?
—Nada —respondió ella—. Será mejor que vayamos ya.
Un silencio sepulcral reinaba en el edificio cuando salimos de casa. Estábamos a medio camino del ascensor cuando recordé a Phil y Marge. Se lo dije a Ruth.
—No podemos entretenernos más —objetó—. Pronto amanecerá.
—Espera un momento. Veré si están despiertos.
No dijo nada. Se quedó junto a la puerta del ascensor mientras yo regresaba por el pasillo y llamaba con suavidad a la puerta de su piso. No hubo respuesta. Miré por el pasillo.
Ruth no estaba ahí.
El corazón me dio un vuelco. Aunque estaba seguro de que no había ningún peligro en el sótano, me asusté.
—Ruth —murmuré, yendo hacia las escaleras.
—¡Espera un momento! —oí que gritaba Phil desde la puerta.
—¡No puedo! —repuse, bajando a toda prisa.
Cuando llegué al sótano, vi la puerta del ascensor abierta y la luz que salía del interior. Estaba vacío.


Miré a mi alrededor en busca del interruptor, pero no lo encontré. Avancé por el pasillo, a oscuras, tan deprisa como pude.
—¡Cielo! —susurré en tono apremiante—. Ruth, ¿dónde estás?
La encontré junto a un hueco de la pared. Era una puerta y estaba abierta.
—Y ahora deja de tratarme como si estuviera loca —me dijo con frialdad.
Abrí la boca y me noté una mano en la mejilla. Era la mía. Ruth tenía razón. Había unas escaleras y abajo se veía luz. Oí ruido, tintineos metálicos y unos extraños zumbidos.
—Lo siento —me disculpé, cogiéndola de la mano—. Lo siento.
—Está bien —Apretó la mía—. Ya está, no te preocupes. Aquí está pasando algo extraño.
Asentí, primero con la cabeza y luego en voz alta, tras darme cuenta de que Ruth no podía ver mi gesto en la oscuridad.
—Vamos a bajar.
—No me parece buena idea.
—Tenemos que averiguar qué pasa —me dijo, como si el problema fuera responsabilidad nuestra.
—Pero habrá alguien ahí abajo.
—Vamos a echar un vistazo, nada más —respondió ella.
Me empujó, y supongo que me sentí demasiado avergonzado para echarme atrás. Comenzamos a bajar. Entonces caí en la cuenta. Si Ruth tenía razón en lo de la puerta de la pared y los motores, entonces también la tendría en lo referente al conserje. Por tanto, realmente tendría…
Me parecía estar en un sueño.
"La Calle Siete Este", me dije de nuevo. "Un bloque de pisos de la calle Siete Este. Todo es cierto". Pero no logré convencerme por completo.
Nos detuvimos al pie de la escalera y observé. Motores, en efecto. Unos motores fantásticos. Y entonces supe de qué tipo de motores se trataba. También había leído algo sobre ciencia de verdad, no sólo ciencia ficción.
Me dio vueltas la cabeza. No es fácil asimilar algo así. Bajar de un edificio de ladrillo para entrar en semejante… almacén de energía. Me sobrepasaba.
No sé cuánto tiempo estuvimos allí, pero de repente me di cuenta de que debíamos salir y contarlo.
—Vamos —la urgí.
Mientras subíamos por la escalera, la cabeza se me revolucionaba como un motor de aquellos, hilando ideas con furia y rapidez. Todas eran demenciales… Todas eran aceptables. Incluso las más demenciales.
Cuando avanzábamos por el pasillo del sótano vimos que se acercaba el conserje.
Ya asomaban las primeras luces del alba, pero seguía reinando la oscuridad. Cogí a Ruth y nos agachamos detrás de un pilar de piedra. Contuvimos la respiración y escuchamos el ruido de los pasos que se aproximaban.
Pasó de largo. Llevaba una linterna, pero no barrió el pasillo con el haz. Iba derecho hacia la puerta.
Y entonces lo vi.
Cuando entró en el cerco de luz de la puerta abierta, se detuvo. Estaba de cara a la puerta. Estaba de cara a las escaleras.
Pero nos miraba.
Me dejó sin el poco aliento que me quedaba. Inmóvil, clavé la vista en el ojo de la nuca. Y, aunque no formara parte de una cara, aquel maldito ojo iba acompañado de una sonrisa. Una sonrisa despectiva, segura de sí misma, aterradora. Nos había visto, lo encontraba gracioso, y no iba a hacer nada.
Atravesó el umbral. La puerta se cerró y la pared se deslizó y la ocultó. Ruth y yo estábamos temblando.
—Lo has visto —dijo ella al cabo de un rato.
—Sí.
—Sabe que vimos esos motores. Pero no ha hecho nada. 
Seguimos hablando mientras subíamos en el ascensor.
—Quizá no tenga importancia —aventuré—. Quizá… —Me interrumpí al recordar los motores. Sabía qué eran.
—¿Qué vamos a hacer? —me preguntó. La miré. Estaba asustada. La abracé, pero yo también estaba asustado.
—Será mejor que nos larguemos de aquí —dije—. Y deprisa.
—Pero no hemos hecho el equipaje —objetó.
—Pues vamos a hacerlo. Nos iremos antes de que termine de amanecer. No creo que puedan…
—¿Puedan?
"¿Por qué he dicho eso?", me pregunté. "Puedan".

Tenía que tratarse de un grupo. El conserje no podía haber fabricado aquellos motores él solo.
Creo que lo que redondeaba mi teoría era el tercer ojo. Y cuando pasamos por casa de Phil y Marge, cuando nos preguntaron qué había ocurrido, les dije lo que pensaba. No creo que Ruth se sorprendiese mucho; estaba claro que a ella ya se le había ocurrido antes.
—Creo que este edificio es una nave —dije.
Me miraron. Phil sonrió, pero se puso serio cuando se dio cuenta de que no bromeaba.
—¿Qué? —dijo Marge.
—Sé que parece una locura —continué con un tono que parecía más el de mi mujer que el mío—. Pero son motores de cohete. No sé cómo demonios los han metido ahí abajo, pero… —Me encogí de hombros sin saber qué decir para explicarlo—. Tan solo sé que son motores de cohete.
—Eso no quiere decir que sea una… ¿nave? —Phil terminó con un hilo de voz. Había cambiado de afirmación a pregunta a mitad de frase.
—Sí —dijo Ruth.
Y yo me estremecí. Aquello parecía zanjarlo todo. Había tenido razón demasiadas veces los últimos días.
—Pero… —Marge se encogió de hombros— ¿Para qué?
—Yo lo sé —dijo Ruth, mirándonos uno a uno.
—¿Qué, cielo? —le pregunté con aprensión.
—El conserje no es humano. Eso lo sabemos. Ese tercer ojo lo convierte en…
—Entonces, ¿es verdad que lo tiene? —preguntó Phil, incrédulo.
—Sí —asentí—. Lo he visto.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó.
—No es humano —repitió Ruth—. Humanoide, sí, pero no terrícola. Puede que en realidad tenga el aspecto que aparenta. O puede que sea completamente distinto, tan distinto que haya tenido que cambiar de forma. Puede que se colocara ese ojo extra para vigilarnos sin que lo sepamos.
Phil se pasó una mano temblorosa por el pelo.
—Esto es una locura.
Se derrumbó en una silla. Las chicas lo imitaron. Yo no. No me sentía cómodo allí dentro; estaba convencido de que teníamos que ponernos el abrigo y salir corriendo. Pero ellos no parecían percibir ningún peligro inmediato. Al final me persuadí de que no sería tan grave esperar a que amaneciera. Entonces se lo diría a Johnson, o a alguien más. En aquellos momentos no podía pasar nada.
—Esto es una locura —repitió Phil.
—He visto los motores —dije—. Es verdad que están ahí. No podemos negarlo.
—Escuchen —dijo Ruth—, probablemente sean extraterrestres.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Marge, irritada. Vi que tenía miedo, y con motivo.
—Cielo —contribuí con voz débil—, has estado leyendo demasiadas revistas de ciencia ficción.
Ruth apretó los labios.
—No empieces otra vez con lo mismo —replicó—. Pensaste que estaba loca cuando me pareció que este sitio era sospechoso. Pensaste que estaba loca cuando te dije que había visto los motores. Pensaste lo mismo cuando te dije que el conserje tenía tres ojos. Pues resulta que tenía razón las tres veces. Y ahora, por favor, concédeme un poco de credibilidad.
No dije nada y ella continuó.
—Imaginemos que son de otro planeta —Utilizó otras palabras para no alarmar a Marge más de la cuenta—. Supongamos que quieren gente de la Tierra para experimentar. Para observarla —se corrigió rápidamente, no sé por qué. Como si la idea de que nos observasen unos conserjes extraterrestres de tres ojos fuera mucho más agradable—. ¿Qué mejor manera de conseguir gente que construir una nave espacial con aspecto de bloque de apartamentos, alquilarlos baratos y llenarlos en menos que canta un gallo? — Nos miró sin ceder un ápice—. Y después, un buen día, cuando todos estén dormidos, de madrugada…, adiós, Tierra.
La cabeza me daba vueltas. Era una locura, pero ¿qué podía decir? Tres veces había dudado como un listillo. Pero ya no podía permitírmelo. No merecía la pena el riesgo. Además, en el fondo estaba convencido de que tenía razón.
—Pero el edificio entero… —decía Phil— ¿Cómo van a levantarlo por los aires?
—Si son de otro planeta, puede que estén varios siglos por delante de nosotros en cuanto a viajes espaciales.
Phil iba a responder, pero se mordió la lengua.
—Pero no tiene aspecto de nave —dijo al fin.
—Es probable que el edificio sea un armazón que recubre la nave —repuse—. Sí, seguramente. Quizá la verdadera nave incluya sólo los dormitorios. Es lo único que necesitan; es donde estará todo el mundo de madrugada si…
—No —me cortó Ruth—. No pueden deshacerse del armazón sin que se entere todo el mundo.
Nos quedamos pensando en silencio, sumidos en una espesa nube de confusión y miedos informes. Informes porque no se puede concretar el miedo a lo desconocido.
—Escuchen —dijo Ruth. Me hizo estremecer. Tuve deseos de pedirle que no siguiera con sus horribles presentimientos. Tenían demasiado sentido—. Supongamos que sí es un edificio. Supongamos que la nave está en el exterior.
—Pero… —Marge estaba bastante perdida. Por eso se enfadaba— ¡No hay nada en el exterior de la casa! ¡Eso es evidente!


—Esa gente nos lleva mucha ventaja en conocimientos científicos —insistió Ruth—. Quizá dominen la invisibilidad de la materia.
Creo que todos a la vez nos revolvimos en las sillas, incómodos.
—Cielo… —dije.
—¿Es posible? —preguntó Ruth con decisión.
—Es posible —admití con un suspiro—. Sólo posible. 
Nos quedamos en silencio.
—Escuchen —repitió Ruth.
—No —la corté—, escucha tú. Puede que nos estemos pasando. Pero es cierto que hay motores en el sótano y que el conserje tiene tres ojos. Teniendo eso en cuenta, creo que nos sobran motivos para largamos. Enseguida.
Al menos, todos estuvimos de acuerdo en eso.
—Será mejor que se lo digamos a la gente del edificio —dijo Ruth—. No podemos dejarlos aquí.
—Tardaríamos demasiado —repuso Marge.
—Es necesario —dije—. Haz tú la maleta, cielo. Yo se lo diré. 
Fui a la puerta del piso y puse la mano en el pomo.
No giró.
Sentí un escalofrío de pánico. Agarré el pomo y tiré con fuerza. Por un momento, mientras luchaba contra el miedo, pensé que la puerta estaba cerrada por dentro. Lo comprobé.
Estaba cerrada por fuera.
—¿Qué pasa? —preguntó Marge con voz temblorosa. En su interior, un grito amenazaba con estallar.
—Está cerrada —dije.
Marge dio un respingo. Los cuatro nos miramos.
—Es cierto —dijo Ruth, horrorizada—. Oh, Dios mío, entonces todo es verdad.
Corrí a la ventana. Repentinamente, todo empezó a vibrar como si hubiera un terremoto. Los platos tintinearon y cayeron de los estantes. Oímos que se volcaba una silla en la cocina.
—¿Qué pasa? —gritó Marge.
Phil la sujetó cuando empezó a gemir. Ruth corrió hacia mí y nos quedamos donde estábamos, helados, mientras el suelo se movía bajo nuestros pies.
—¡Los motores! —gritó Ruth de repente—. ¡Los han encendido!
—Tienen que calentarse —aventuré, desesperado—. ¡Todavía podemos salir! 
Solté a Ruth y agarré una silla. Suponía que también habrían cerrado las ventanas.
Lancé la silla contra el cristal. La vibración aumentaba.
—¡Deprisa! —grité para hacerme oír sobre el ruido—. ¡Por la escalera de incendios! ¡Puede que logremos salir!
Empujados por el pánico, Marge y Phil cruzaron corriendo la habitación temblorosa. Más que ayudarlos a salir, casi los empujé por el agujero abierto en la ventana. Marge se rasgó la falda y Ruth se cortó los dedos. Yo salí último y me clavé un cristal en la pierna. Estaba tan alterado que ni lo noté.
Seguí empujándolos mientras bajábamos a toda velocidad por la escalera de incendios. A Marge se le clavó un tacón en la rejilla de un peldaño y se le partió. El zapato salió disparado. Ella, con la cara blanca y crispada de miedo, trastabilló y estuvo a punto de caerse por los escalones metálicos pintados de naranja. Ruth, que llevaba mocasines, bajaba detrás de Phil. Yo iba último y los guiaba a la desesperada.
Vimos a otras personas en las ventanas. Por encima y por debajo de nosotros oímos cristales rompiéndose Vimos a una pareja mayor escabullirse a toda prisa por el hueco de su ventana y comenzar a bajar. Nos frenaban.
—¡Vamos, por favor! —les gritó Marge, furiosa, y ellos volvieron la cabeza, asustados.
Pálida, Ruth se giró para buscarme con la mirada.
—¿Estás aquí? —preguntó con rapidez. Le temblaba la voz.
—Estoy aquí —respondí sin aliento. Tenía la sensación de que en cualquier momento me desmayaría sobre los escalones, que parecían no tener fin.
Una escalerilla remataba la escalera de incendios. La anciana saltó de ella, cayó como un fardo y gritó de dolor al torcerse el tobillo. Su marido se arrojó a continuación y la ayudó a levantarse. El edificio vibraba con fuerza. Vimos desprenderse el polvo de entre los ladrillos.
Uní mi voz a la de todos, que gritábamos lo mismo:
—¡Deprisa!
Vi caer a Phil. Atrapó con torpeza a Marge, que lloraba de miedo.
—¡Oh, gracias a Dios! —la oí articular apenas tuvo los pies en el suelo.
Los dos se alejaron por el callejón. Phil se giró para mirarnos, pero Marge tiró de él.
—¡Déjame bajar a mí primero! —le dije precipitadamente a Ruth.
Se apartó, y yo me colgué de la escalera y me solté; sentí un pinchazo en los empeines y un ligero dolor en los tobillos. Miré hacia arriba y extendí los brazos para cogerla.
Un hombre, detrás de Ruth, intentaba apartarla para saltar.
—¡Cuidado! —le grité como un animal enfurecido, reducido a aquel estado por el miedo y la preocupación. De haber tenido una pistola, le habría disparado.
Ruth dejó bajar al hombre, que se levantó del suelo como pudo, con la respiración febril, y corrió por el callejón. El edificio vibraba y se tambaleaba. El rugido de los motores llenaba el aire.
—¡Ruth! —grité.
Ella saltó y la cogí. Recuperamos el equilibrio y corrimos por el callejón. Yo casi no podía respirar. Notaba una punzada en el costado.
Mientras corríamos por la calle, vimos a Johnson entre la gente desperdigada, intentando reunirla.
—¡Por aquí! —decía—. ¡Tranquilos! 
Corrimos hacia él.
—¡Johnson! —lo llamé—. La nave está…
—¿La nave? —preguntó, con incredulidad.
—¡La casa! ¡Es un cohete! Es… —El suelo tembló con fuerza.
Johnson se volvió para coger a alguien que salía corriendo. Se me cortó la respiración. Ruth ahogó un grito y se llevó las manos a las mejillas.
Johnson nos miraba con su tercer ojo, el que iba acompañado de una sonrisa.
—No —susurró Ruth con voz estremecida—. No.
Y entonces el cielo, que empezaba a iluminarse, se oscureció. Miré a mi alrededor, desesperado. Las mujeres gritaban de terror.
Unas paredes sólidas ocultaban el cielo.
—Oh, Dios mío —dijo Ruth—. No podemos salir. ¡Es toda la manzana! 
Entonces arrancaron los motores.


FIN