2026/01/12

Pruebas circunstanciales (Isaac Asimov)


Título original: Evidence 
Año: 1946


—Pero tampoco fue eso —dijo pensativamente la doctora Calvin—. Claro que al fin esa nave y otras similares pasaron a manos del Gobierno. El salto hiperespacial se perfeccionó y ahora tenemos colonias humanas en los planetas de algunas estrellas cercanas, pero no fue eso. 
Yo había terminado de comer y la miraba a través del humo del cigarrillo.
—Lo que realmente cuenta es lo que le sucedió a la gente de la Tierra en los últimos cincuenta años. Cuando yo nací, cuando era pequeña, acabábamos de pasar por la última guerra mundial. Fue un mal momento en la historia, pero significó el final del nacionalismo. La Tierra era demasiado pequeña para las naciones, que comenzaron a agruparse en regiones. Se tardó un tiempo. Cuando yo nací, Estados Unidos de América aún constituía una nación y no formaba parte de la Región Norte. De hecho, el nombre de la compañía todavía es Robots de Estados Unidos... Y el tránsito de naciones a regiones, que ha estabilizado nuestra economía y creado algo que equivale a una Edad de Oro, si se compara este siglo con el anterior, también fue obra de nuestros robots.
—Usted se refiere a las máquinas —dije—. El cerebro de que usted hablaba fue la primera de las máquinas, ¿verdad?
—Sí, lo fue, pero no pensaba en las máquinas, sino en un hombre. Falleció el año pasado. 
De pronto se le hizo un nudo en la garganta.
—O al menos decidió fallecer, porque sabía que ya no lo necesitábamos... Stephen Byerley.
—Sí, supuse que se refería a él.
—Inició su gestión en el año 2032. Usted era sólo un niño, así que no recordará cuán extraño era todo. Su campaña para la alcaldía fue sin duda la más rara de la historia...

Frank Quinn era un político de la nueva escuela. Claro que esta expresión, como muchas similares, no significa nada. La mayoría de las "nuevas escuelas" poseen equivalentes en la vida social de la antigua Grecia, y tal vez hallaríamos cosas parecidas si conociéramos mejor la vida social de la antigua Sumeria y las viviendas lacustres de la Suiza prehistórica.
Pero, para eludir lo que promete ser un comienzo tedioso y complicado, quizá sea mejor apresurarse a aclarar que Quinn no era candidato ni solicitaba votos, no pronunciaba discursos ni llenaba urnas. Así como Napoleón no apretó el gatillo en Austerlitz.
Y como la política da pie a extraños compañeros de cama Alfred Lanning estaba sentado al otro lado del escritorio, con las enérgicas cejas blancas enarcadas sobre unos ojos agudizados por una impaciencia crónica. No se sentía a gusto.
Si Quinn lo hubiera sabido, no se habría inmutado. Habló con voz cordial, casi profesionalmente afable:
—Entiendo que conoce a Stephen Byerley, doctor Lanning.
—He oído hablar de él. Como mucha gente.
—Sí, también yo. Tal vez usted piensa votar por él en las próximas elecciones.
—Lo ignoro —respondió Lanning con tono corrosivo—. No he seguido las tendencias políticas, así que no sé si se presentará como candidato.
—Quizá sea nuestro siguiente alcalde. Desde luego, ahora es sólo un abogado, pero todo roble...
—Sí —interrumpió Lanning—. Conozco el dicho. Todo roble ha sido bellota. Pero le pido que vayamos al grano.
—Estamos yendo al grano, doctor Lanning —dijo Quinn, en un tono de lo más afable—. Me interesa que el señor Byerley sea a lo sumo fiscal, y a usted le interesa ayudarme.
Lanning frunció el ceño.
—¿Me interesa? ¡Vamos!
—Bien, digamos entonces que le interesa a la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de Estados Unidos. Acudo a usted como Director Emérito de Investigación, porque sé que para la compañía usted es una especie de anciano sabio. Le escuchan con respeto; pero su conexión no es tan estrecha como para no gozar de bastante libertad de acción, aunque la acción sea algo heterodoxa.
El doctor Lanning guardó silencio un instante, rumiando sus pensamientos.
—No le entiendo, señor Quinn —murmuró.
—No me sorprende, doctor Lanning. Pero es bastante sencillo. Excúseme.
Quinn encendió un delgado cigarrillo con un encendedor de exquisita simplicidad, y su rostro huesudo cobró una expresión de serena diversión. Continuó:
—Hemos hablado del señor Byerley, un personaje extraño y pintoresco. Era desconocido hace tres años. Hoy es famoso. Es un hombre enérgico y capaz y, por supuesto, el fiscal más apto e inteligente que he conocido. Lamentablemente no es amigo mío...
—Entiendo —dijo Lanning mecánicamente, mirándose las uñas.
—El año pasado tuve ocasión de investigar al señor Byerley, muy exhaustivamente —continuó Quinn—. Siempre es conveniente someter la vida pasada de los políticos reformistas a un examen inquisitivo. Si usted supiera cuánto me ha ayudado... —Hizo una pausa para sonreírle sin humor a la punta del cigarrillo—. Pero el pasado del señor Byerley es insípido. Vida tranquila en una ciudad pequeña, educación universitaria, una esposa que falleció joven, un accidente automovilístico seguido de una lenta recuperación, Facultad de Derecho, traslado a la metrópoli, abogado.
Sacudió lentamente la cabeza y añadió:
—Excepto su vida actual. Esto sí que es notable. ¡Nuestro Fiscal no come nunca!
Lanning irguió la cabeza y aguzó sus viejos ojos.
—¿Cómo ha dicho?
—Nuestro fiscal nunca come —repitió Quinn, separando las sílabas—. Haré una pequeña corrección: Nunca se le ha visto comer ni beber. ¡Nunca! ¿Comprende el peso de esta palabra? No rara vez, sino ¡nunca!
—Me parece increíble. ¿Puede usted confiar en sus investigadores?
—Puedo confiar en mis investigadores, y no me resulta increíble. Más aún, no sólo no le han visto beber, ya sea agua, ya sea alcohol; sino que no le han visto dormir. Hay otros factores, pero creo que he sido bastante claro.
Lanning se reclinó en el asiento. Hubo un silencio tenso, como en un duelo, y luego el viejo robotista sacudió la cabeza.
—No, usted sólo puede estar insinuando una cosa, dado que por algo me cuenta todo esto precisamente a mí, y lo que insinúa es absolutamente imposible.
—Pero ese hombre es inhumano, doctor Lanning.
—Si usted me dijera que es Satanás disfrazado, existiría una leve posibilidad de creerle.
—Le digo que es un robot, doctor Lanning.
—Le digo que es imposible, señor Quinn.
De nuevo ese silencio agresivo.
—No obstante —continuó Quinn, apagando el cigarrillo con afectación—, tendrá que investigar esa imposibilidad con todos los recursos de la compañía.
—Por supuesto que no haré semejante cosa, señor Quinn. No puede sugerir en serio que la compañía intervenga en política local. 
—No tiene opción. Suponga que hago públicos estos datos... Al menos cuento con pruebas circunstanciales.
—Haga lo que le plazca.


—Pero no me place. Preferiría tener pruebas contundentes. Y tampoco le agradaría a usted, pues la publicidad sería muy perjudicial para la compañía. Supongo que usted está familiarizado con las estrictas reglas contra el uso de robots en mundos habitados.
—¡Por supuesto!
—Ya sabe que su compañía es el único fabricante de robots positrónicos en el sistema solar, y si Byerley resulta ser un robot será un robot positrónico. También sabe que los robots positrónicos se alquilan, no se venden, y que su empresa continúa siendo propietaria y administradora de todos los robots y, por lo tanto, es responsable de los actos de todos ellos.
—Es fácil, señor Quinn, demostrar que la compañía jamás ha manufacturado un robot humanoide.
—¿Es posible hacerlo? Sólo por comentar las posibilidades.
—Sí, es posible.
—Y es posible también hacerlo en secreto, supongo. Sin registrarlo en los libros.
—No en el caso de un cerebro positrónico. Hay demasiados factores involucrados y existe una rigurosa supervisión del Gobierno.
—Sí, pero los robots se gastan, se estropean, dejan de funcionar..  y son desmantelados.
—Y los cerebros positrónicos se usan de nuevo o se destruyen.
—¿De veras? —preguntó Quinn con sarcasmo—. Y si, por accidente, claro está, uno no fuera destruido y hubiera una estructura humanoide aguardando un cerebro...
—¡Imposible!
—Usted tendría que probárselo al Gobierno y al público. ¿Por qué no a mí ahora?
—¿Pero cuál sería nuestro propósito? —quiso saber Lanning, exasperado—. ¿Dónde está nuestra motivación? Concédanos un poco de sensatez.
—Por favor, mi querido Lanning. La compañía se sentiría muy satisfecha si las diversas regiones permitieran el uso de robots positrónicos humanoides en los mundos habitados. Las ganancias serían suculentas. Pero el prejuicio de la opinión pública contra esa práctica es demasiado grande. Supongamos que ustedes la habituaran primero a dichos robots... Veamos, tenemos un hábil abogado, un buen alcalde... y es un robot. ¿Por qué no comprar mayordomos robot?
—Una fantasía. Un disparate ridículo.
—Me lo imagino. ¿Por qué no probarlo? ¿O prefiere probárselo al público?
La luz del despacho se desvanecía, pero aún no llegaba a oscurecer el rubor de frustración del rostro de Alfred Lanning. El robotista presionó un botón y los iluminadores de pared irradiaron una luz tenue.
—Pues bien —gruñó—, veámoslo.

No era fácil describir el rostro de Stephen Byerley. Tenía cuarenta años, según su certificado de nacimiento, y en efecto aparentaba cuarenta años, pero era un cuarentón saludable, bien alimentado y afable y que daba un mentís al lugar común acerca de "aparentar la edad que se tiene".
Esto se notaba muchísimo cuando reía, y en ese momento se estaba riendo. Era una risa estentórea y continua, que se apagaba y renacía.
El rostro de Alfred Lanning se contrajo en un amargo gesto de reprobación. Le hizo una seña a la mujer que tenía sentada al lado, pero ella apenas frunció los labios, pálidos y finos.
Byerley recobró la compostura.
—Por favor, doctor Lanning, por favor... ¿Yo...? ¿Yo, un robot?
—No soy yo quien lo afirma —barbotó Lanning—. Me sentiría muy satisfecho de que usted fuera humano. Como nuestra compañía no le ha fabricado, estoy casi seguro de que lo es; al menos, en un sentido legal. Pero como alguien alega seriamente que usted es un robot, y se trata de un hombre de cierto prestigio...
—No mencione su nombre, pues eso atentaría contra su férrea ética; pero supongamos que es Frank Quinn, para facilitar la argumentación, y continuemos.
Lanning resopló ante la interrupción e hizo una pausa, malhumorado, antes de continuar en un tono aún más glacial:
—Un hombre de cierto prestigio, con cuya identidad no me interesa hacer adivinanzas. Estoy obligado a pedirle a usted que colabore para refutarlo. El mero hecho de que semejante afirmación se hiciese pública, a través de los medios de que dispone este hombre, asestaría un duro golpe a la compañía que represento, aunque la acusación jamás pudiera probarse. ¿Entiende?
—Oh, sí, entiendo la situación. La acusación es ridícula; el trance en que usted se encuentra no lo es. Le ruego que me disculpe si mi risotada le ha ofendido. Me reí de lo primero, no de lo segundo. ¿Cómo puedo ayudarle?
—Sería muy sencillo. Sólo tiene que comer en un restaurante y en presencia de testigos; hacerse tomar una foto y comer.
Lanning se reclinó en la silla. Lo peor de la entrevista había terminado. La mujer observaba a Byerley con expresión absorta, pero sin decir nada.
Stephen Byerley la miró un instante a los ojos, embelesado, y se volvió hacia el robotista. Acarició durante unos segundos el pisapapeles de bronce, que era el único adorno de su escritorio.
—No creo que pueda satisfacerle —murmuró, y alzó una mano—. Espere, doctor Lanning. Comprendo que este asunto le disgusta, que le han involucrado contra su voluntad, que se siente en un papel indigno e incluso ridículo; pero a mí me afecta de manera más íntima, así que sea tolerante. Primero, ¿qué le hace pensar que Quinn, ese hombre de cierto prestigio, no le estaba engatusando para que usted hiciera exactamente lo que está haciendo?
—Parece improbable que una persona distinguida se arriesgue de un modo tan ridículo si no está convencida de pisar terreno firme.
—Usted no conoce a Quinn —dijo Byerley con gravedad—. Podría pisar terreno firme en un reborde montañoso donde una oveja no se sostendría. Supongo que le mostró los detalles de la investigación que afirma haber hecho sobre mí.
—Lo suficiente para convencerme de que sería problemático que nuestra empresa intentara refutarlos, cuando usted podría hacerlo con mayor facilidad.
—De modo que le cree cuando afirma que nunca como. Usted es un científico, doctor Lanning. Piense en la lógica del asunto. Nunca me han visto comer; por consiguiente, nunca como. Quot erat demostrandum. ¡Vaya!
—Usa usted tácticas de fiscal para embrollar una situación muy simple.
—Por el contrario, trato de aclarar una situación que Quinn y usted están complicando. Verá, no duermo demasiado, eso es verdad, y, por supuesto, no duermo en público. Nunca me ha interesado comer en compañía; un rasgo inusitado, tal vez de origen neurótico, pero que no perjudica a nadie. Mire, doctor Lanning, permítame presentarle un caso hipotético. Supongamos que existe un político interesado en derrotar a un candidato reformista a cualquier coste y, al investigar su vida privada, se topa con rarezas como las que acabo de mencionar. Supongamos además que para manchar a ese candidato acude a usted como agente ideal. Tenga por seguro que no va a decirle: "Fulano es un robot porque nunca come en compañía y nunca le he visto dormirse en medio de un caso, y una vez cuando espié por su ventana en medio de la noche allí estaba, despierto y leyendo; y miré en su nevera y no había comida dentro". Si él le dijera eso, usted mandaría pedir una camisa de fuerza. Pero, si le dice que nunca duermo y que nunca como, esa sorprendente declaración le impide a usted reflexionar que dichas afirmaciones son imposibles de demostrar. Usted le sigue el juego al contribuir el alboroto.


—No obstante —insistió Lanning—, al margen de lo que usted piense del asunto, sólo haría falta esa comida que le he mencionado para darlo por concluido.
De nuevo, Byerley se volvió hacia la mujer, que aún lo miraba inexpresivamente.
—Perdóneme. He entendido bien su nombre, ¿verdad? ¿Doctora Susan Calvin?
—Sí, señor Byerley.
—Usted es la psicóloga de la compañía, ¿no es cierto?
—Robopsicóloga, por favor.
—Ah. ¿Tan diferente es la mente robótica de la mente humana?
—Están a mundos de distancia —La doctora sonrió glacialmente—. Los robots son esencialmente decentes.
El abogado contuvo una sonrisa.
—Vaya, qué afirmación tan incisiva. Pero sólo quería decir que, como usted es psicól..., robopsicóloga, y mujer, apuesto a que ha hecho algo en lo cual el doctor Lanning no ha pensado.
—¿A qué se refiere?
—A que se ha traído algo de comer en el bolso.
La estudiada indiferencia de los ojos de Susan Calvin se resquebrajó.
—Me sorprende usted, señor Byerley.
Abrió el bolso y sacó una manzana. Se la entregó en silencio. El doctor Lanning, tras su sobresalto inicial, siguió el movimiento de una mano a la otra, con ojos alertas.
Stephen Byerley mordió tranquilamente un trozo de la manzana y tranquilamente lo tragó.
—¿Ve usted, doctor Lanning?
El doctor sonrió con un alivio tan evidente que hasta sus cejas irradiaron benevolencia. Pero ese alivio sólo duró un frágil segundo.
—Sentía curiosidad por ver sí usted comería —manifestó Susan Calvin—, pero, desde luego, eso no demuestra nada.
Byerley sonrió.
—¿Ah, no?
—Claro que no. Es obvio, doctor Lanning, que si este hombre fuera un robot humanoide sería una imitación perfecta. Es demasiado humano para ser creíble. A fin de cuentas, hemos estado viendo y observando a los seres humanos toda nuestra vida. Un ejemplar ligeramente defectuoso no daría resultado. Tiene que ser convincente. Observe la textura de la tez, la calidad de los iris, la formación de los huesos de la mano. Si es un robot, espero que lo haya fabricado la compañía, porque es un buen trabajo. ¿Cree usted que alguien capaz de prestar atención a tales exquisiteces pasaría por alto un par de dispositivos para encargarse del comer, del dormir y de la eliminación? Sólo en caso de necesidad, tal vez; por ejemplo, para impedir estas situaciones. Así que una comida no prueba nada.
—Un momento —rezongó Lanning—. No soy tan tonto como ustedes creen. No me interesa el problema de la humanidad o inhumanidad del señor Byerley. Me interesa sacar a la empresa de un aprieto. Una comida en público acabaría con el problema, haga lo que haga Quinn. Podemos dejar los detalles más finos para los abogados y los robopsicólogos.
—Pero, doctor Lanning —intervino Byerley—, olvida usted el marco político de la situación. Yo estoy tan ansioso de ser elegido como Quinn de detenerme. A propósito, ¿ha notado que acaba de usar su apellido? Es uno de mis trucos de leguleyo. Sabía que terminaría por mencionarlo.
Lanning se sonrojó.
—¿Qué tienen que ver las elecciones?
—La publicidad funciona en ambos sentidos. Si Quinn quiere llamarme robot y tiene el descaro de hacerlo, yo tengo agallas para seguirle el juego.
Lanning se quedó estupefacto.
—¿Eso significa que usted...?
—Exacto. Eso significa que voy a permitirle continuar, elegir la soga, evaluar su resistencia, cortar la longitud adecuada, preparar el nudo, meter la cabeza dentro y sonreír. Yo me encargaré del resto, que es bien poco.
—Se siente usted muy confiado. 
Susan Calvin se puso en pie.
—Vamos, Alfred. No conseguiremos que cambie de opinión.
—¿Ve usted? —le dijo Byerley con una sonrisa—. También es experta en psicología humana.

Pero quizá Byerley no se sintiera tan confiado como creía el doctor Lanning cuando esa noche aparcó el coche en las pistas automáticas que conducían al garaje subterráneo y se encamino hacia su casa.
El hombre de la silla de ruedas lo recibió con una sonrisa. El rostro de Byerley se iluminó de afecto. Se le acercó.
La voz del lisiado era un susurro ronco y áspero que brotaba de una boca torcida en una mueca tallada sobre el rostro que era mitad tejido cicatrizado.
—Llegas tarde, Steve.
—Lo sé, John, lo sé. Pero hoy me he topado con un curioso e interesante problema.
—¿De veras? —Ni el rostro deforme ni la voz cascada podían comunicar expresiones, pero había ansiedad en los claros ojos—. ¿Algo que no puedes controlar?
—No estoy seguro. Tal vez necesite tu ayuda. Tú eres el chico brillante de la familia. ¿Quieres que te lleve a pasear por el jardín? Hace una noche maravillosa.
Dos fuertes brazos alzaron a John. Suavemente, casi con ternura, Byerley rodeó los hombros y las piernas arropadas del lisiado. Lenta y cuidadosamente, atravesó la habitación, bajó por la rampa destinada a la silla de ruedas y salió por la puerta trasera al jardín de detrás de la casa, rodeado por paredes y alambres.
—¿Por qué no me dejas usar la silla, Steve? Esto es tonto.
—Porque prefiero llevarte. ¿Tienes algo que oponer? Sabes que estás tan contento de apearte un rato de ese artilugio motorizado como yo de llevarte. ¿Qué tal te sientes hoy?
Depositó a John en la hierba fresca.
—¿Cómo voy a sentirme? Pero háblame de tus problemas.
—La campaña de Quinn se basará en su afirmación de que soy un robot.
John abrió los ojos de par en par.
—¿Cómo lo sabes? Es imposible. No puedo creerlo.
—Te aseguro que es así. Ha hecho ir a uno de los grandes científicos de Robots y Hombres Mecánicos a mi despacho para que hablara conmigo.
John arrancó una brizna de hierba.
—Entiendo, entiendo.
—Pero nos podemos permitir que escoja el terreno —dijo Byerley—. Tengo una idea. Escucha y dime si podemos hacerlo.

La escena que se veía esa noche en el despacho de Lanning era un cuadro viviente de miradas. Frank Quinn miraba reflexivamente a Alfred Lanning, que miraba con furia a Susan Calvin, que miraba impávida a Quinn.
Frank Quinn rompió la tensión, procurando manifestar un poco de buen humor.
—Una bravuconada. Él improvisa sobre la marcha.
—¿Apostaría usted a eso, señor Quinn? —preguntó con indiferencia la doctora Calvin.
—Bien, en realidad es la apuesta de ustedes.
—Mire —dijo Lanning, ocultando su pesimismo con un tono brusco—, hemos hecho lo que usted pidió. Vimos a ese hombre comiendo. Es ridículo suponer que es un robot.
—¿Qué cree usted? —le preguntó Quinn a Calvin—. Lanning dijo que usted era la experta.
—Susan... —empezó Lanning, en un tono casi amenazador.
—¿Por qué no dejarla hablar? Hace media hora que está sentada ahí, como si fuera un poste.
Lanning se sintió acuciado. De las sensaciones que experimentaba a la paranoia incipiente sólo mediaba un paso.
—Muy bien. Habla, Susan. No te interrumpiremos.
Susan Calvin lo miró de soslayo y fijó sus fríos ojos en Quinn.


—Hay sólo dos modos de probar contundentemente que Byerley es un robot. Hasta ahora usted presenta pruebas circunstanciales, con las cuales puede acusar, pero no demostrar; y creo que el señor Byerley es suficientemente sagaz como para refutar ese material. Seguramente usted comparte esta opinión, pues de lo contrario no estaría aquí. Los dos métodos de prueba fehaciente son el físico y el psicológico. Físicamente, se le puede diseccionar o usar rayos X. Sería problema de usted cómo lograrlo. Psicológicamente, se puede estudiar su conducta, pues si es un robot positrónico se debe atener a las tres leyes de la robótica. Un cerebro positrónico no se puede construir sin ellas. ¿Conoce usted las leyes, señor Quinn?
Hablaba con claridad, citando palabra por palabra el famoso texto en negritas de la primera página del Manual de robótica.
—He oído hablar de ellas —respondió Quinn, indiferente.
—Entonces será fácil —prosiguió secamente la psicóloga—. Si el señor Byerley infringe una de esas leyes, no es un robot. Lamentablemente, este procedimiento funciona en una sola dirección. Si él respeta las leyes, no prueba nada en ningún sentido.
Quinn enarcó las cejas.
—¿Por qué no, doctora?
—Porque, si usted lo piensa bien, las tres leyes de la robótica constituyen los principios rectores esenciales de muchos sistemas éticos del mundo. Se supone que todo ser humano tiene el instinto de autopreservación. Esa es la tercera ley para un robot. También se supone que todo ser humano "bueno", con conciencia social y sentido de la responsabilidad, debe respetar la autoridad oportuna; escuchar a su médico, a su jefe, a su Gobierno, a su psiquiatra, a su colega; obedecer las leyes, respetar los reglamentos, conformarse a las costumbres, aun cuando atenten contra su comodidad o su seguridad. Todo eso es la segunda de las leyes. Además, se supone que todo ser humano "bueno" ama a su prójimo como a sí mismo, protege a sus congéneres, arriesga la vida para salvar a otros. Y eso es la primera ley de un robot. Por decirlo con sencillez: Si Byerley respeta las tres leyes de la robótica, puede que sea un robot, pero también puede ser sencillamente un buen hombre.
—Pero eso signifjca que nunca podremos probar que es un robot.
—Quizá podamos probar que no lo es.
—Esa prueba no es la que necesito.
—Obtendrá la prueba que exista. En cuanto a sus necesidades, usted es el único responsable.
La mente de Lanning reaccionó de pronto ante el estímulo de una idea.
—¿Alguien ha pensado que ser fiscal es una ocupación bastante extraña para un robot? Acusar a seres humanos, sentenciarlos a muerte, causarles un perjuicio infinito...
Quinn contraatacó de inmediato:
—No, no puede usted librarse del asunto tan fácilmente. Ser fiscal no lo vuelve humano. ¿No conoce su trayectoria? ¿No sabe usted que alardea de no haber acusado jamás a un inocente, que hay montones de individuos que no fueron juzgados porque las pruebas existentes no lo convencían, aunque tal vez hubiera podido persuadir a un jurado de que los atomizaran? Esta es la situación.
Las delgadas mejillas de Lanning temblaron.
—No, Quinn, no. Las leyes de la robótica no dejan margen para culpabilizar a los humanos. Un robot no puede juzgar sí un ser humano merece la muerte. No le corresponde decidirlo. No puede perjudicar.
—Alfred —intervino Susan Calvin, con voz cansada—, no digas tonterías. ¿Y si un robot se topara con un demente dispuesto a incendiar una casa llena de gente? Detendría al demente, ¿verdad?
—Desde luego.
—Y si el único modo de detenerlo fuera matarlo.
 Lanning emitió un sonido gutural. Nada más.
—La respuesta, Alfred, es que haría lo posible para no matarlo. Si el demente muriese, el robot necesitaría psicoterapia, pues podría enloquecer ante el conflicto al que se enfrenta: Haber quebrantado la primera ley por ceñirse a ella en un grado superior. Pero un hombre estaría muerto, y un robot lo habría matado.
—Bien, ¿acaso Byerley está loco? —preguntó Lanning con sarcasmo.
—No, pero él no ha matado a nadie personalmente. Ha expuesto datos que presentaban a determinado ser humano como peligroso para la gran masa de seres humanos que denominamos sociedad. Protege al mayor número y así se ciñe lo más posible a la primera ley. Hasta ahí llega él. El juez, luego, condena al delincuente a muerte o a prisión, una vez que el jurado decide sobre su culpa o su inocencia. El carcelero lo encierra, el verdugo lo mata; y Byerley no ha hecho más que determinar la verdad y ayudar a la sociedad.
—Señor Quinn, he examinado la carrera del señor Byerley desde que usted nos llamó la atención sobre él. Encuentro que nunca exigió la pena de muerte en sus discursos finales ante el jurado. También encuentro que ha hablado a favor de la abolición de la pena capital y que ha realizado generosas contribuciones a instituciones que investigan la neurofisiología criminal. Aparentemente, cree más en la cura que en el castigo del delito. Eso me parece significativo.
—¿De veras? —Quinn sonrió—. ¿Significativo porque huele a robot encerrado?
—Tal vez. ¿Por qué negarlo? Tales actos sólo podrían provenir de un robot o de un ser humano muy honorable y decente. Pero es imposible diferenciar entre un robot y el mejor de los humanos.
Quinn se reclinó en la silla. La voz le tembló con impaciencia:
—Doctor Lanning, es posible crear un robot humanoide que pudiera imitar perfectamente a un humano en apariencia, ¿verdad?
Lanning carraspeó y reflexionó.
—Nuestra compañía lo ha hecho de un modo experimental —reconoció con desgana—, aunque sin el añadido de un cerebro positrónico. Usando óvulos humanos y controlando las hormonas, es posible generar carne y piel humanas sobre un esqueleto de plástico de silicona porosa, que desafiaría todo examen externo. Los ojos, el cabello y la tez serían realmente humanos, no humanoides. Y si insertamos un cerebro positrónico y los dispositivos que queramos obtendremos un robot humanoide.
—¿Cuánto se tardaría en fabricarlo?
—Teniendo todo el material, es decir, cerebro, esqueleto, óvulo, hormonas y radiaciones, unos dos meses.
El político se levantó de la silla.
—Entonces veremos cómo es por dentro el señor Byerley. Significará mala publicidad para Robots y Hombres Mecánicos, pero ya les di su oportunidad.
Lanning se volvió con impaciencia a Susan Calvin cuando estuvieron a solas.
—¿Por qué insistes...?
Ella respondió con aspereza y sin vacilaciones:
—¿Qué quieres? ¿La verdad, o mi renuncia? No voy a mentir por ti. Robots y Hombres Mecánicos puede cuidarse sola. No te acobardes.
—¿Y qué pasará si abre a Byerley y caen ruedas y engranajes?
—No lo abrirá —contestó Calvin, con desdén—. Byerley es por lo menos tan listo como Quinn.


La noticia cundió por la ciudad una semana antes de la designación de Byerley. Pero "cundió" no es el término adecuado; la noticia se arrastró penosamente por la ciudad, al son de risas y mofas. Y a medida que la mano invisible de Quinn ejercía una presión creciente las risas se volvieron forzadas, se despertó la incertidumbre y la gente empezó a hacerse preguntas.
La convención tuvo el aire de un potro inquieto. No se había previsto ninguna competencia. Una semana antes sólo se hubiera podido designar a Byerley. Ni siquiera existía un sustituto. Tenían que designarlo, pero reinaba una confusión total.
No habría sido tan grave si la gente común no hubiera vacilado entre la enormidad de la acusación, si era cierta, y su sensacionalista estupidez, si era falsa.
Al día siguiente de esa rutinaria designación, un periódico publicó la síntesis de una larga entrevista con la doctora Susan Calvin, "famosa experta internacional en robopsicología y positrónica".
A continuación se produjo lo que el lenguaje popular describe sucintamente como un "revuelo descomunal".
Era lo que esperaban los fundamentalistas. No constituían un partido político ni practicaban una religión formal. Esencialmente, se trataba de quienes no se habían adaptado a lo que otrora se llamaba la Era Atómica, cuando los átomos eran una novedad. Apologistas de la vida sencilla, añoraban una vida que quizá no les hubiera parecido tan sencilla a aquellos que la vivían y que, por consiguiente, también habían sido defensores de la vida sencilla.
Los fundamentalistas no necesitaban nuevas razones para odiar a los robots ni a sus fabricantes; pero una nueva razón, como la acusación de Quinn y el análisis de Calvin, bastaba para que ese odio se manifestara de forma audible.

Las enormes instalaciones de Robots y Hombres Mecánicos eran como una colmena con enjambres de guardias armados, dispuesta para la guerra.
En la ciudad, la casa de Stephen Byerley se hallaba erizada de policías.
La campaña política dejó de lado todos los otros temas y se parecía a una campaña sólo porque era algo que llenaba la pausa entre la designación y las elecciones.
Stephen Byerley no permitió que aquel hombrecillo quisquilloso lo distrajera. No se inmutó ante los uniformes. Fuera de la casa, más allá de la hilera de hoscos guardias, los reporteros y los fotógrafos aguardaban, según la tradición de su casta. Incluso una emisora de televisión enfocaba una cámara hacia la entrada del modesto hogar del fiscal, mientras un locutor artificialmente excitado introducía comentarios exagerados.
El hombrecillo quisquilloso se adelantó y le mostró un papel oficial.
—Señor Byerley, esta orden del tribunal me autoriza a registrar el edificio en busca de..., bueno..., de hombres mecánicos o robots ilegales.
Byerley tomó el papel, lo miró con indiferencia y lo devolvió sonriendo.
—Todo en orden. Adelante, cumpla con su deber. Señora Hoppen —se dirigió a su ama de llaves, que salió de mala gana de la habitación contigua—. Por favor, acompáñelos y ayúdelos en lo que sea.
El hombrecillo, que se llamaba Harroway, titubeó, se sonrojó, apartó la mirada de los ojos de Byerley y les murmuró a los dos policías:
—Vamos.
Regresó a los diez minutos.
—¿Ha terminado? —preguntó Byerley, con el tono de alguien que no está interesado ni en la pregunta ni en la respuesta.
Harroway se aclaró la garganta, empezó a hablar en un tono demasiado agudo y comenzó de nuevo, de mal humor.
—Mire, señor Byerley, tenemos instrucciones de investigar la casa exhaustivamente.
—¿Y no lo han hecho?
—Nos dijeron exactamente qué teníamos que buscar... En pocas palabras, señor Byerley, y para decirlo sin rodeos, nos dijeron que le investigáramos a usted.
El fiscal sonrió.
—¿A mí? ¿Y cómo piensan hacerlo?
—Tenemos una unidad de radiación Penet...
—Así que van a hacerme una radiografía, ¿eh? ¿Tiene la autorización?
—Ya vio la orden.
—¿Puedo verla de nuevo?
Harroway, con la frente reluciendo por algo más que por el mero entusiasmo, se la entregó por segunda vez, y Byerley dijo en un tono neutro:
—Aquí veo la descripción de lo que deben investigar. Cito literalmente: "La vivienda perteneciente a Stephen Allen Byerley, situada en el 355 de Willow Grove, Evanstron, junto con cualquier garaje, almacén u otras estructuras o edificios anexos, junto con todos los terrenos correspondientes, etcétera". Todo en orden. Pero, buen hombre, aquí no dice nada sobre investigar mi interior. Yo no formo parte del terreno. Puede investigar mi ropa, si cree que llevo un robot escondido en el bolsillo.
Harroway no tenía dudas acerca de sus metas laborales. No se proponía quedarse a la zaga cuando se le presentaba la oportunidad de obtener un empleo mejor, es decir, un empleo mejor pagado.
—Mire —dijo, en un tono vagamente amenazador—, tengo autorización para registrar los muebles de la casa y todo lo que encuentre en ella. Usted está en ella, ¿verdad?
—Una observación notable. Estoy en ella, pero no soy un mueble. Como ciudadano con responsabilidad adulta (y tengo el certificado psiquiátrico que lo demuestra) poseo ciertos derechos, según los artículos regionales. Si me investiga, estará usted violando mi derecho a la intimidad. No le basta con ese papel.
—Claro. Pero sí resulta que es un robot no tiene derecho a la intimidad.
—Es verdad, sólo que ese papel no basta, pues me reconoce implícitamente como ser humano.
—¿Dónde?
Harroway se lo arrebató.
—Dónde dice "la vivienda perteneciente a...", etcétera. Un robot no puede poseer propiedades. Y dígale a quien le envía, señor Harroway, que si intenta aparecer con un papel similar, en el que no se me reconozca implícitamente como ser humano, se encontrará de inmediato con un requerimiento judicial y un pleito civil, donde tendrá que probar que soy un robot por medio de la información que posee ahora, o bien pagar una cuantiosa multa por intentar privarme indebidamente de los derechos que me otorgan los artículos regionales. Se lo dirá, ¿no?
Harroway se dirigió hacia la puerta y allí se volvió.
—Es usted un abogado astuto... —Tenía la mano en el bolsillo. Se quedó quieto un momento y, luego, salió, sonrió a la cámara de televisión, saludó a los reporteros y gritó—: ¡Tendremos algo mañana, muchachos! ¡De veras!
En su vehículo, se reclinó, sacó del bolsillo el aparatito y lo inspeccionó. Era la primera vez que tomaba una fotografía por reflexión de rayos X. Esperaba haberlo hecho correctamente.


Quinn y Byerley nunca se habían enfrentado a solas cara a cara. Pero el vídeófono se parecía bastante a eso. En realidad, tomada literalmente, la frase tal vez era precisa, aunque uno sólo fuese para el otro la imagen de luz y sombras de un banco de fotocélulas.
Fue Quinn quien hizo la llamada. Fue Quinn quien habló primero, y sin ceremonias:
—He pensado que le gustaría saber, Byerley, que me propongo difundir que usted usa un escudo protector antiradiación Penet.
—¿Ah, sí? En ese caso, tal vez ya lo haya difundido. Sospecho que nuestros emprendedores periodistas tienen intervenidas mis diversas líneas de comunicación. Sé que han llenado de agujeros las líneas de mi despacho, y por eso me he atrincherado en mi casa en estas últimas semanas.
Byerley había utilizado un tono amistoso, casi familiar. Quinn apretó ligeramente los labios.
—Esta llamada está totalmente protegida. La estoy efectuando con ciertos riesgos personales.
—Eso imaginaba. Nadie sabe que usted está detrás de esta campaña. Al menos, nadie lo sabe oficialmente. Y nadie lo sabe extraoficialmente. Yo no me preocuparía. ¿Conque uso un escudo protector? Supongo que lo averiguó el otro día, cuando la fotografía que tomó su inexperto sabueso resultó estar sobreexpuesta.
—Como comprenderá, Byerley, sería obvio para todo el mundo que usted no se atreve a enfrentarse a un análisis de rayos X.
—Y también que usted o sus hombres intentaron violar ilegalmente mi derecho a la intimidad.
—Lo cual les importará un cuerno.
—Tal vez sí les importe. Es bastante simbólico de nuestras dos campañas. Usted se interesa poco por los derechos individuales del ciudadano; yo me intereso mucho. No me someto al análisis de rayos X porque deseo defender mis derechos por principio, tal como defenderé los derechos de otros cuando resulte elegido.
—Un discurso muy interesante, sin duda, pero nadie le creerá. Demasiado rimbombante para ser cierto.
Cambió bruscamente de tono:
—Otra cosa, el personal de su casa no estaba completo la otra noche.
—¿En qué sentido?
Quinn movió unos papeles que estaban dentro del radio de visión de la cámara.
—Según el informe, faltaba una persona; un tullido.
—Como usted dice —le confirmó fríamente Byerley—, un tullido. Mi maestro, que vive conmigo y ahora está en el campo, desde hace dos meses. Un "necesitado descanso" es la expresión que se suele aplicar en estos casos. ¿Lo autoriza usted?
—¿Su maestro? ¿Un científico?
—Fue abogado, antes de ser un tullido. Tiene licencia gubernamental como investigador de biofísica con laboratorio propio y ha presentado una descripción total de la tarea que está realizando a las autoridades pertinentes, a las cuales le puedo remitir. Es un trabajo menor, pero representa una afición inofensiva y fascinante para un... pobre tullido. Como ve, brindo toda la colaboración posible.
—Lo he notado. ¿Y qué sabe ese... maestro... sobre manufacturación de robots?
—Yo no podría juzgar la magnitud de sus conocimientos en un campo con el cual no estoy familiarizado.
—¿No tiene acceso a cerebros positrónicos?
—Pregunte a sus amigos de Robots y Hombres Mecánicos. Ellos deberían de saberlo.
—Lo diré sin rodeos, Byerley. Su maestro lisiado es el verdadero Stephen Byerley. Usted es un robot de su creación. Podemos probarlo. Fue él quien sufrió el accidente automovilístico, no usted. Habrá modos de revisar la documentación.
—¿De veras? Pues hágalo. Le deseo lo mejor.
—Y podemos investigar el "retiro campestre" de su presunto maestro y ver qué encontramos allí.
—No crea, Quinn. —Byerley sonrió—. Lamentablemente para usted, mi presunto maestro es un hombre enfermo. Su retiro campestre es su lugar de descanso. Su derecho a la intimidad como ciudadano de responsabilidad adulta es aún más fuerte, dadas las circunstancias. No podrá obtener una orden para entrar en su propiedad sin demostrar una causa justa. No obstante, yo sería el último en impedir que lo intentara.
Hubo una pausa y, al fin, Quinn se inclinó hacia delante, de modo que la imagen de su rostro se expandió y las arrugas de la frente resultaron visibles.
—Byerley, ¿por qué se empecina? No puede salir elegido.
—¿No?
—¿Cree que puede? ¿No comprende que al no intentar refutar la acusación, algo que podría hacer sencillamente rompiendo una de las tres leyes, no hace sino convencer al pueblo de que es un robot?
—Lo único que comprendo es que, de ser un oscuro abogado, he pasado a ser una figura mundial. Es un gran publicista, Quinn.
—Pero usted es un robot.
—Eso dicen, aunque no se ha demostrado.
—Está suficientemente demostrado para los votantes.
—Entonces, tranquilícese. Ha ganado usted.
—Adiós —dijo Quinn, con su primer toque de cólera, y la pantalla se apagó.
—Adiós —contestó el imperturbable Byerley a la pantalla en blanco. 

Byerley llevó de vuelta a su "maestro" la semana previa a las elecciones.
El aeromóvil descendió sigilosamente en una parte oscura de la ciudad.
—Te quedarás aquí hasta después de las elecciones —le indicó—. Será mejor que estés alejado si las cosas se ponen feas.
La voz ronca que salió con dificultad de la boca torcida de John parecía mostrar preocupación:
—¿Hay peligro de violencia?
—Los fundamentalistas amenazan con ello, así que supongo que teóricamente sí. Pero no lo creo. Los fundamentalistas no tienen verdadero poder. Son sólo un factor irritante y machacón, que podría provocar un disturbio al cabo de un rato. ¿No te molesta quedarte aquí? Por favor. No actuaré con soltura si he de estar preocupado por ti.
—Oh, me quedaré. ¿Crees que todo irá bien?
—Estoy convencido. ¿Nadie te molestó allí?
—Nadie. Estoy seguro.
—¿Y lo tuyo fue bien?
—Bastante. No habrá problemas.
—Entonces, cuídate y mañana mira la televisión, John. 
Byerley le apretó la mano rugosa.

La frente de Lenton era una maraña de arrugas tensas. Tenía el poco envidiable trabajo de ser jefe de campaña de Byerley en una campaña que no era tal y para una persona que rehusaba revelar su estrategia y aceptar la de su jefe de campaña.
—¡No puedes! —Era su frase favorita. Se había transformado en su única frase—. ¡Te digo que no puedes, Steve! —Se plantó frente al fiscal, que hojeaba las páginas mecanografiadas del discurso—. Olvídalo, Steve. Mira, esa concentración la han organizado los fundamentalistas. No conseguirás que te escuchen. Lo más probable es que te tiren piedras. ¿Por qué tienes que echar un discurso en público? ¿Qué tiene de malo una grabación visual?
—Quieres que gane las elecciones, ¿verdad?
—¡Ganar las elecciones! No vas a ganar, Steve. Estoy tratando de salvarte la vida.
—Oh, no corro peligro.
—No corre peligro, no corre peligro —rezongó Lenyton—. ¿Quieres decir que saldrás a ese balcón ante cincuenta mil maniáticos y tratarás de hacerlos entrar en razón? ¿Desde un balcón, como un dictador medieval?
Byerley consultó su reloj.
—Dentro de cinco minutos, en cuanto estén libres las líneas de televisión. 
La respuesta de Lenton no es reproducible.


La multitud abarrotaba una zona acordonada de la ciudad. Los árboles y las casas parecían brotar de un terreno que era una masa humana. Y el resto del mundo observaba por ultraonda. Aunque era una elección local, contaba con una audiencia mundial. Byerley pensó en eso y sonrió.
Pero la multitud no daba motivos para sonreír. Había letreros y estandartes que proclamaban todas las acusaciones posibles, referentes a su presunta condición de robot. La hostilidad era cada vez más intensa y tangible.
El discurso funcionó mal desde el principio. Competía contra el incipiente rugido de la muchedumbre y los gritos rítmicos de las camarillas de fundamentalistas, que formaban islas de agitación dentro de la agitación. Byerley continuó hablando con voz lenta y pausada.
En el interior, Lenton gruñía, tirándose del cabello y esperando el derramamiento de sangre.
Hubo una conmoción en las filas delanteras. Un ciudadano enjuto, de ojos saltones y ropas demasiado cortas para su cuerpo larguirucho comenzó a abrirse paso a codazos. Un policía se lanzó hacia él, avanzando trabajosamente. Byerley le hizo señas de que no interviniera. El hombre enjuto se puso bajo el balcón. El rugido de la muchedumbre ahogó sus palabras.
Byerley se inclinó hacia delante.
—¿Qué dice? Si tiene una pregunta que hacer, la responderé. —Se volvió a uno de los guardias—. Traiga aquí a ese hombre.
La multitud se puso tensa. Los gritos de "silencio" se multiplicaron, transformándose en una algarabía que se acalló gradualmente. El hombre delgado, jadeando y con la cara roja, se enfrentó a Byerley.
—¿Tiene algo que preguntar? —repitió Byerley.
El hombre delgado lo miró fijamente y dijo con voz cascada:
—¡Pégueme! —Con un gesto enérgico, le ofreció la mejilla—. ¡Pégueme! Usted dice que no es un robot. Demuéstrelo. No puede pegarle a un ser humano, so monstruo.
Se hizo un silencio sordo. La voz de Byerley lo rompió:
—No tengo razones para pegarle.
El hombre delgado soltó una carcajada.
—No puede pegarme. No quiere pegarme. No es humano. Usted es un monstruo, un simulacro de hombre.
Y Stephen Byerley, con los labios tensos, frente a millares de individuos que miraban en persona y los millones que miraban por televisión, echó el puño atrás y le asestó un sonoro golpe en la barbilla. El hombre se desplomó, con el rostro demudado por la sorpresa.
—Lo lamento —se disculpó Byerley—. Llévelo dentro y procure que esté cómodo. Quiero hablar con él cuando haya terminado.
Y, cuando la doctora Calvin comenzó a alejarse en automóvil de su espacio reservado, sólo un reportero había recobrado la compostura como para seguirla y gritarle una pregunta.
—Es humano —respondió Susan Calvin por encima del hombro.
Eso fue suficiente.
El reportero echó a correr en dirección contraria. Nadie prestó atención al resto del discurso.
La doctora Calvin y Stephen Byerley se reunieron de nuevo una semana antes de que él prestara juramento como alcalde. Era más de medianoche.
—No parece usted cansado —dijo la doctora Calvin. El alcalde electo sonrió.
—Puedo permanecer levantado un buen rato. Pero no se lo cuente a Quinn.
—No lo haré. De todos modos, la historia de Quinn era interesante, ya que la menciona. Es una lástima haberla estropeado. Supongo que usted conocía su teoría.
—En parte.
—Era bastante melodramática. Stephen Byerley era un joven abogado, un elocuente orador, un gran idealista y tenía un cierto talento para la biofísica. ¿Le interesa la robótica, señor Byerley?
—Sólo en sus aspectos legales.
—A este presunto Stephen Byerley sí le interesaba. Pero ocurrió un accidente. La esposa de Byerley murió y él quedó desfigurado. Perdió las piernas, el rostro y la voz. Parte de su mente quedó... deformada. Se negó a someterse a la cirugía plástica. Se retiró del mundo, abandonó su carrera legal; sólo le quedaban la inteligencia y las manos. De algún modo pudo obtener cerebros positrónicos, incluso uno complejo, uno que tenía una enorme capacidad para formar juicios en problemas éticos, la función robótica más alta que se haya desarrollado hasta ahora. Generó un cuerpo para ese cerebro. Lo adiestró para ser todo lo que él había sido y ya no era. Lo envió al mundo como Stephen Byerley, y él se mantuvo como el viejo y lisiado maestro al que nadie veía nunca...
—Lamentablemente, eché abajo esa historia pegándole a un hombre. Los periódicos dicen que el veredicto oficial que usted dio es que soy humano.
—¿Cómo sucedió? ¿Le importará contármelo? No pudo haber sido accidental.
—No lo fue. Quinn hizo la mayor parte del trabajo. Mis hombres comenzaron a propagar la noticia de que yo jamás había pegado a un hombre, que no podía hacerlo, y que al no responder a la provocación probaría con certeza que era un robot. Así que preparé una absurda aparición en público, con mucha publicidad, y casi inevitablemente un tonto cayó en la trampa. En esencia es lo que yo llamo un truco de leguleyo; un truco en el que todo depende de la atmósfera artificial que se ha creado. Desde luego, los efectos emocionales me dieron una victoria segura, tal como me proponía.
La robopsicóloga asintió con la cabeza.
—Veo que invade usted mi campo, como todo político debe hacerlo, supongo. Pero lamento que resultara así. Me agradan los robots. Me agradan mucho más que los seres humanos. Si se pudiera crear un robot capaz de ser un funcionario público, creo que sería el mejor. Debido a las leyes de la robótica, sería incapaz de dañar a los humanos, ajeno a la tiranía, la corrupción, la estupidez y el prejuicio. Y después de haber realizado una gestión decente se marcharía, aunque fuera inmortal, porque le resultaría imposible dañar a los humanos permitiéndoles saber que un robot los había gobernado. Sería ideal.
—Sólo que un robot podría ser presa de los defectos congénitos de su cerebro. El cerebro positrónico nunca ha igualado las complejidades del cerebro humano.
—Tendría asesores. Ni siquiera un cerebro humano es capaz de gobernar sin ayuda.
Byerley examinó gravemente a Susan Calvin.
—¿Por qué sonríe, doctora Calvin?
—Sonrío porque el señor Quinn no pensó en todo.
—¿Se refiere a que podría añadirse algo más a esa historia de Quinn?
—Sólo un poco. Durante los tres meses previos a las elecciones, ese Stephen Byerley del que hablaba el señor Quinn, el tullido, estuvo en la campiña por alguna razón misteriosa. Regresó a tiempo para ese célebre discurso de usted. Y a fin de cuentas lo que el viejo lisiado hizo una vez pudo hacerlo una segunda, particularmente porque el segundo trabajo es muy simple en comparación con el primero.
—No entiendo.
La doctora Calvin se levantó y se alisó el vestido, disponiéndose a marcharse.
—Quiero decir que hay un solo caso en que un robot puede golpear a un ser humano sin violar la primera ley. Un solo caso.
—¿Cuándo?
La doctora Calvin estaba ya en la puerta.
—Cuando el humano a quien golpea es otro robot —dijo en un tono tranquilo y sonrió, con el rostro radiante—. Adiós, señor Byerley. Espero votarle dentro de cinco años... para coordinador.
Stephen Byerley se rio entre dientes.
—Debo decir a eso que, realmente, me parece una idea bastante rebuscada.
La doctora cerró la puerta. 

La miré horrorizado.
—¿Es verdad?
—Totalmente —dijo ella.
—Así que el gran Byerley era simplemente un robot.
—Oh, no hay modo de averiguarlo. Yo creo que lo era. Pero cuando decidió morir se hizo atomizar, así que nunca tendremos pruebas legales fehacientes. Además, ¿cuál sería la diferencia?
—Bueno...
—Usted también tiene ese prejuicio contra los robots, que es muy irracional. Fue un excelente alcalde; cinco años después, llegó a coordinador regional. Y cuando las regiones de la Tierra formaron la Federación, en el año 2044, fue el primer coordinador mundial. Para entonces, las máquinas dirigían el mundo, de todas formas.
—Sí, pero...
—¡Sin peros! Las máquinas son robots y dirigen el mundo. Averigüé toda la verdad hace cinco años. Fue en el 2052, cuando Byerley completaba su segundo periodo como coordinador mundial...


FIN

2026/01/05

Dios microcósmico (Theodore Sturgeon)


Título original: Microcosmic God
Año: 1941


Ésta es la historia de un hombre que tuvo demasiado poder y de otro hombre que cobraba demasiado; pero no se preocupen, no voy a empezar a hablar de política; el hombre que tenía poder se llamaba James Kidder y el otro era un banquero.
Kidder era lo que se dice un tipo interesante. Era un científico y residía en una pequeña y lejana isla de la costa de Nueva Inglaterra, de la que era único habitante. No se trata de uno de esos enanos diminutos y sabios sobre los cuales ya han leído ustedes bastante. Su chifladura no era egoísta y tampoco era un megalómano de nombre ruso y sin escrúpulos. No era insidioso ni exageradamente subversivo. Seguía llevando el pelo corto, tenía limpias las uñas y vivía y pensaba como cualquier otro ser humano razonable. Tenía cara de niño y cierta inclinación a la vida de los anacoretas. Era pequeño, regordete y... brillante. Se había especializado en bioquímica y era conocido como Mister Kidder: Nada de "doctor" ni "profesor"; simplemente Mister Kidder.
Era, y había sido siempre, algo extraordinario; lo que podríamos llamar una especie de mirlo blanco. Nunca se graduó en ningún colegio o universidad, porque la pauta de los estudios en estos lugares era demasiado lenta y no quería someterse a ningún sistema disciplinario para su educación. Nunca creyó que los catedráticos supieran media palabra de lo que enseñaban y lo mismo pensaba de sus textos. Siempre estaba poniéndoles pegas y no le desagradaba ponerles en ridículo. Consideraba a Gregorio Mendel como un embustero chabacano, a Darwin como un filósofo humorista y a Lutero Burbank como un sensacionalista. En cuanto abría la boca, dejaba a su víctima descorazonada. Si su contrincante era alguien que tenía buenos argumentos, lo embestía y se los retorcía hasta dejarle sin respiración. Si hablaba con alguien cuyos conocimientos él ya poseía, no paraba de preguntarle una y otra vez:
—¿Cómo lo sabe?
Su placer predilecto consistía en interrumpir la peroración de cualquier fanático y hacerle polvo. Por esto, la gente fue dejándolo solo: Nunca lo invitaban a tomar el té. Era cortés, pero no era diplomático.
Tenía algún dinero y, con él, arrendó la isla y se construyó un laboratorio. Ya he dicho antes que era bioquímico; pero, debido a su carácter no supo evitar meter las narices en otros campos de la investigación. Nada tenía de raro que emprendiera una excursión científica lo bastante amplia para llegar a perfeccionar un método económicamente productivo de cristalización de la vitamina B1, que podía rendir toneladas, si es que alguien la necesitaba por toneladas. Lo cierto es que, con esto, ganó mucho dinero, compró inmediatamente su isla y puso ochocientos hombres a trabajar en un acre y medio de terreno, junto a su laboratorio, y les mandó construir un edificio para sus trabajos. Se metió en el negocio de la fibra sisal, resolviendo la manera de tratarla, e impulsando la industria de los plátanos, produciendo una cuerda realmente irrompible con sus cáscaras. No habrán olvidado ustedes la pintoresca demostración que organizó sobre el mismísimo Niágara, ¿verdad? Cuando mandó colocar un tramo de la nueva cuerda de punta a punta sobre las cascadas y suspendió en el centro un camión de diez toneladas colgando del filo de unas hojas de afeitar apoyadas en la cuerda. Por esto, ahora, las naves atracan con esta especie de calabrotes, no más gruesos que un lápiz y que pueden ser enrollados en carretes como si se tratara de la manga de riego de un jardín. Con el dinero que esto le dio tuvo para cigarrillos y le quedó bastante para comprarse un ciclotrón.
Pero, a partir de entonces, el dinero ya no fue jamás dinero para él. Se convirtió en grandes números que se inscribían en pequeños libros. De momento, Kidder empleaba pequeñas cantidades para adquirir alimentos y equipo que le eran enviados; pero pasado algún tiempo ni siquiera esto ocurrió. El banco envió en hidroavión a un mensajero para que averiguara si Kidder seguía con vida. El hombre volvió dos días después, en estado de estupefacción, terriblemente maravillado de las cosas que había visto en la isla. Kidder estaba vivo, desde luego, y se dedicaba a producir abundantes cantidades de alimentos de una rara y simplificada forma sintética. El banco le escribió de inmediato preguntándole si deseaba dar a la publicidad, en su propio beneficio, el secreto de su limpio cultivo. Kidder contestó que con mucho gusto, e incluso les remitió las fórmulas. Añadió en la carta que no había publicado su información porque no creía que pudiese interesar a nadie. Esto dijo el hombre, responsable de la transformación social más importante de la segunda mitad del siglo XX, gracias a su elaboración de cultivos. Claro que tal elaboración le hizo todavía más rico; o mejor dicho, hizo todavía más rico a su banquero. A él le importaba un comino.
En realidad, Kidder no puso en marcha la fabricación hasta después de transcurridos unos ocho meses de la visita del mensajero. Si se piensa que se trataba de un bioquímico que ni siquiera tenía el título de "doctor", no puede negarse que lo hizo bien. He aquí una lista parcial de las cosas que logró transformar:
Obtuvo una aleación de aluminio, de rendimiento comercial aceptable, que era más duro que el mejor acero y que podía usarse como material de construcción.
Exhibió una especie de chisme, al que él llamaba "bomba de luz", que trabajaba apoyándose en la teoría de que la luz es una forma de la materia y que, por tanto, está sujeta a las leyes físicas y electromagnéticas. Cerraba una habitación en la que hubiese una sola fuente de luz y, por medio de la bomba, proyectaba un campo cilíndrico-magnéticovibratorio de manera que la luz se deslizara por él. La luz pasaba luego a través de la "lente" de Kidder, una especie de anillo que perpetúa un campo eléctrico a lo largo de un obturador de cámara, tipo iris, de alta velocidad. Debajo de esto se encontraba el centro de la bomba de luz, es decir, un aparato que absorbía la luz, como una especie de cristal que se podría decir que la escondía o perdía entre sus facetas internas. El efecto de oscurecimiento de una habitación con este aparato es pequeño pero mensurable. Perdonen mi lenguaje profano, pero espero que valga para dar una idea general.
Clorofila sintética en barriles.
Un avión impulsado eficazmente a ocho veces la velocidad del sonido.
Un aparato sencillo que sirve para cepillar las viejas pinturas, las endurece y luego las arranca como si fuesen jirones de tela. La vieja pintura desaparece. Esto consiguió, amigos.
Un generador automático desintegrador de átomos del isótopo del uranio 238, que es doscientas veces más abundante que el antes tan cotizado U-235.
Esto era todo, por el momento. Si se me permite repetirme, diré que para un bioquímico que no era todavía "doctor", no estaba mal.
Al parecer, Kidder no se daba cuenta de que, en su pequeña isla, tenía bastante poder como para adueñarse del mundo. Su mente no se interesaba por detalles de esta naturaleza. Con tal de que le dejaran tranquilo con sus experimentos, no tenía inconveniente y se complacía en dejar al resto del mundo con sus chapuceros y primarios recursos. El único sistema para establecer contacto con él consistía en una radio, de su propia invención, cuyo único modelo estaba encerrado bajo llave en los subterráneos de un banco de Boston. Únicamente un hombre podía hacerlo funcionar. El transmisor, de extraordinaria sensibilidad, sólo reaccionaba al contacto de las vibraciones que producía, precisamente, el cuerpo de Conant.
Kidder había advertido a Conant que no debía molestarle más que con mensajes de extraordinaria importancia. Las ideas patentadas que Conant había logrado arrancarle, estaban registradas bajo seudónimos que sólo Conant conocía. Pero a tal clase de detalles, Kidder no prestaba la menor atención.
En consecuencia, el resultado fue la vulgarización de los más pasmosos adelantos producidos desde los albores de la civilización. La nación sacó de ello provecho, como lo sacó el mundo entero; pero quien se aprovechó más que nadie fue el propio banco, que empezó a crecer cada vez más. Empezó a meter baza en otros asuntos, y, como esto dio ocasión a que se movieran más dedos, hubo necesidad de más bazas y de mayor cantidad de naipes. Pasados algunos años, el poder del banco fue tan grande gracias a las armas que le había proporcionado Kidder, que casi podía competir, en fuerza, con el propio Kidder.
Ya sé que muchos que me están leyendo están murmurando que ese Kidder es inverosímil y que no es posible que un hombre pueda perfeccionarse a sí mismo en tantas disciplinas y en tantas ciencias.


Bien, puede que en cierto modo tengan razón. Kidder era un genio. Concedido. Pero no era un genio creador. Era simplemente un estudiante que aplicaba lo que sabía, lo que veía, lo que le habían enseñado. Cuando empezó a trabajar en su nuevo laboratorio de la isla, más o menos razonaba de esta forma:
—Yo sólo sé que he aprendido gracias a las observaciones y a los escritos de otros hombres que, a su vez... Y así sucesivamente. Alguna vez, en algún tiempo, alguien tropieza con una idea nueva y él, u otro más inteligente, utiliza la idea y la populariza. Pero, para uno que descubre realmente algo nuevo, hay un par de millones que sólo recogen y entregan a sus descendientes información que ya es conocida. Si pudiera saltar por encima de las leyes evolucionistas, yo sabría más. Esperar que se produzcan los accidentes que pueden acrecentar el conocimiento humano —mi conocimiento— requiere demasiado tiempo. Si yo fuese más audaz, podría encontrar un medio de saltar en el punto y, resbalando por encima de su superficie, podría pararme precisamente allí donde encontrara algo nuevo. Pero el tiempo no es buen camino para eso. No se puede dejar atrás ni empujarlo hacia adelante. ¿Qué otro camino queda?
»Bien: La fórmula consiste en acelerar la evolución intelectual de manera que yo pueda observar lo que se trama. Esto parece poco práctico. Disciplinar para ello a las mentes humanas me tomaría más tiempo que el que necesitaría yo mismo para aprender a pensar de este modo. Pero yo no puedo tampoco, por mí mismo, obtener dicha aceleración. Ningún hombre podría.
»Me declaro vencido. Yo no puedo acelerarme ni puedo acelerar las mentes de otros hombres. ¿No existe otra alternativa? Debe haberla; en alguna parte, alguien puede dar con la respuesta.
Así, pues, fue sobre esto, y no sobre eugenesia, bombas de luz, o botánica o física atómica, que se encaminaron las investigaciones de James Kidder. Como hombre práctico encontró que el problema era demasiado metafísico; pero lo abordó con peculiar perfección, mediante su lógica propia y característica. Día tras día, vagabundeaba por su isla, echando desperdicios a las gaviotas y soltando tacos, desesperado. Luego siguió una época en que permaneció encerrado y meditabundo. Poco después de ocurrir esto, se entregaba febrilmente a su trabajo.
Trabajaba en el terreno que le era más conocido de la bioquímica y se concentraba en dos temas principales: La genética y el metabolismo animal. Aprendía y archivaba en su mente insaciable muchas cosas que nada tenían que ver con el problema del momento y muy poco con lo que andaba buscando. Pero él juntaba este poco a lo poco que sabía e intuía y, con el tiempo, logró una serie de factores conocidos con los cuales era posible trabajar. Su trabajo era típicamente arbitrario. Hacía cosas equivalentes a multiplicar manzanas por peras y equilibraba ecuaciones añadiendo el log √-1 a un lado y ∞ al otro. Cometía errores, pero únicamente uno de cada género y, más tarde, sólo uno de cada especie. Pasó tantas horas ante su microscopio, que tuvo que dejar de trabajar durante dos días para librarse de una especie de alucinación que consistía en creer que su propia sangre circulaba por los tubos del microscopio. No se valió nunca del método de tanteo porque lo consideraba algo chapucero.
Obtuvo resultados. La suerte le acompañó desde el principio, sobre todo cuando llegó a plantear la ley de probabilidades y la redujo a un número de términos tan limitado, que llegó a saber casi individualmente qué experimentos no iban a dar resultado.
Cuando vio sobre el cristal de observación que aquella materia parda, viscosa y semifluida empezaba a moverse sola, supo que se encontraba en la buena pista.
Cuando empezó a buscar en sí misma la manera de alimentarse, comenzó a sentirse excitado. Cuando se dividió y, a las pocas horas, se volvió a dividir y comprobó que cada parte crecía y volvía a dividirse, se sintió triunfante y comprendió que había creado vida.
Alimentaba aquellos diminutos productos de su inteligencia y sudaba esforzándose en prepararles caldos de cultivo adecuados y, además, los inoculó, los dosificó y los roció. Cada paso que daba le anunciaba el siguiente y, en sus probetas, sus tubos y sus incubadoras, aparecieron criaturas como amebas y luego pequeños animálculos ciliados, y más y más rápidamente, fueron apareciendo seres con una mancha ocular, con quistes nerviosos, y finalmente —victoria de las victorias—, un verdadero blastópodo que poseía varias células en lugar de una sola. Con mayor calma, logró desarrollarlo hasta conseguir el gastrópodo y, una vez obtenido, no le resultó muy difícil dotarle de órganos, cada uno para realizar una función específica, cada uno heredable.
Luego empezó el cultivo de seres parecidos a moluscos y luego criaturas con branquias cada vez más perfeccionadas. El día que logró que una cosa indescriptible trepara por una tablilla inclinada al exterior de uno de sus tanques llenos de agua e hinchara sus agallas para respirar aire, Kidder abandonó su trabajo y se fue al otro extremo de la isla y se emborrachó como un cosaco. Pero pronto volvió a su trabajo, olvidándose de comer y dormir, obsesionado con su problema.
Exploró otro camino de su ciencia y así cazó otro triunfo: El del metabolismo acelerado. Extrajo y refinó los factores estimulantes en alcohol, cocaína, heroína y en Cannabis indica, que constituye el mejor traficante en drogas de nuestra madre naturaleza.
Al igual que los científicos que, analizando los varios agentes coagulantes para el tratamiento de la sangre, han encontrado que el ácido oxálico es el único factor activo, Kidder separó los aceleradores de los deceleradores, los estimulantes de los soporíferos de cada substancia que, perennemente, corroen la moralidad humana, logrando así un "noble experimento". En el curso del proceso encontró algo que le era muy necesario: Un elixir incoloro que hacía que el sueño fuese la evitable e inútil pérdida de tiempo que debía ser. Inmediatamente inició una jornada de veinticuatro horas.
Sintetizó artificialmente las substancias que había encontrado y, al aislarlas, se desprendió de gran cantidad de componentes inútiles. Siguió el ensayo a lo largo del trazado de las radiaciones y vibraciones. En las radiaciones rojas más largas, descubrió algo que, al ser proyectado a través de un recipiente lleno de aire, vibrara a velocidades supersónicas y luego fuera polarizado, acelerando veinte veces los latidos del corazón de los pequeños animales. En consecuencia, comían veinte veces más, crecían veinte veces más de prisa y morían veinte veces más pronto.
Kidder construyó una habitación grande y herméticamente cerrada. Encima había otra habitación de igual amplitud y anchura, pero menos alta. Constituía su cámara de control. La gran habitación estaba dividida en cuatro secciones cerradas, cada una con diminutas cabrias y grúas para ayudar al manejo de maquinaria de toda clase. Había también escotillones con cerraduras a presión, que comunicaban la habitación con las otras inferiores.
Entre tanto, el otro laboratorio había producido un cuadrúpedo de sangre caliente, con piel de serpiente y ciclo vital sorprendentemente rápido. Una generación cada ocho días con una duración de vida de unos quince. Se parecía al erizo, era ovíparo y mamífero. Sus períodos de gestación eran de seis horas; los huevos se incubaban en tres días. Los recién nacidos alcanzaban madurez sexual en cuatro días. Cada hembra ponía cuatro huevos y vivía lo suficiente para cuidar de los jóvenes después que habían nacido. El macho, por lo general, moría dos o tres horas después del apareamiento. Se trataba de unos seres altamente adaptables. Eran pequeños, no tenían más de ocho centímetros de largo y cinco de alto. Sus garras delanteras tenían tres dedos y un pulgar con tres articulaciones y movimiento de oposición. Estaban adaptados para vivir en una atmósfera de gran concentración de amoníaco. Kidder cogió cuatro de las criaturas y puso un grupo en cada sección de la habitación hermética.
Desde entonces todo fue fácil. Con sus atmósferas controladas, varió las temperaturas, la dosificación del oxígeno y la humedad. Los mataba como moscas con excesos de anhídrido carbónico, por ejemplo, y los supervivientes transmitían su resistencia física a la próxima generación. Periódicamente cambiaba los huevos de una de las secciones cerradas a otra, para obtener variaciones raciales. Rápidamente, bajo tales condiciones controladas, las criaturas comenzaron a evolucionar.
De modo que ésta fue la respuesta a su problema. No podía acelerar lo bastante el avance intelectual de la humanidad para que pudiesen mostrarle las cosas "avanzadas" por las que su mente suspiraba. Tampoco podía acelerar su avance intelectual. Por esto creó una raza nueva, una raza que podía desenvolverse y evolucionar tan rápidamente, que pronto llegaría a sobrepasar la civilización del hombre; y éste aprendería de ella.


Estaban por completo en poder de Kidder. La atmósfera normal terrestre podía envenenarles y así se preocupó de demostrárselo a cada cuarta generación. No podían intentar nada para escapársele. Vivirían sus vidas y progresarían, harían sus propios experimentos y cometerían sus aciertos y sus errores, centenares de veces más rápidamente que los hombres. Tenían cierta ventaja sobre el hombre porque Kidder les guiaba. El hombre había necesitado, en realidad, seis mil años para descubrir la ciencia y otros trescientos para aplicarla al trabajo. Las criaturas de Kidder necesitaron doscientos días para lograr el nivel mental humano. Desde entonces, la espasmódica producción de Kidder hizo que el lejano y genial Thomas Edison se convirtiera en un artesano intentando hacer chapuzas.
Les llamó Neoterics y les obligó a que trabajaran para él. Kidder disponía de inventiva ideológica; es decir, podía plantearse problemas imposibles con tal de que no tuviera que resolverlos él mismo. Por ejemplo, quería que los Neoterics encontraran por sí mismos un medio de construir refugios con material poroso. Creó la necesidad de tales refugios sometiendo a una de las secciones a una temperatura tan altamente fuerte, que aplastaba a sus moradores. Rápidamente los Neoterics inventaron refugios impermeables con el delgado material de tal clase que había apilado en un ángulo. Inmediatamente Kidder les derribó la frágil estructura con una ráfaga de aire frío. Ellos levantaron de nuevo la construcción de manera que resistiera al viento y a la lluvia. Kidder bajó tan rápidamente la temperatura, que no pudieron adaptar sus cuerpos a ella. Entonces calentaron sus refugios con pequeños braseros. Kidder, rápidamente, lo cambió en calor, hasta que empezaron a asarse y a morir. Después de unas pocas muertes, uno de los jóvenes, más despierto, resolvió la manera de construir una fuerte casa aislante usando tres capas de goma con la capa intermedia perforada miles de veces para crear delgadas bolsas de aire.
Con tales tácticas, Kidder les obligaba a desarrollar altamente su pequeña cultura. Produjo una sequía en una sección y un exceso de humedad en otra y luego abrió el tabique de comunicación entre ambas. Inmediatamente se produjo una gran guerra espectacular y el libro de notas de Kidder se llenó de información relativa a armas y tácticas militares. También inventaron la vacuna contra el catarro común, razón por la cual esta calamidad ha sido absolutamente extinguida en el mundo, ya que ésta fue una de las cosas de las que Conant, presidente del banco, pudo apoderarse.
En una tarde de invierno, habló a Kidder a través del radiófono con una voz tan ronca por la laringitis que Kidder le mandó un frasco de vacuna y le dijo, chillando, que jamás le volviese a llamar en semejante estado que le hacía inaudible. Conant mandó analizar la vacuna y de nuevo se engrosaron las cuentas de Kidder y las del banco.
Al principio, Kidder se limitaba a proporcionar los materiales que imaginaba que podrían necesitar; pero cuando ellos llegaron a un desarrollo tal de su inteligencia que podían fabricárselos por sí mismos, se limitó a dar a cada sección un stock de materias primas. El proceso para la obtención de aluminio fuerte se desarrolló cuando él construyó un vasto émbolo en una de las secciones, que se extendía de pared a pared y que estaba proyectado para que pudiera descender a razón de diez centímetros por día, hasta que aplastara todo lo que hubiese en su base. Los Neoterics, para su propia defensa, usaron el material duro que encontraron a mano para detener la muerte inexorable que les amenazaba. Pero Kidder había arreglado las cosas de modo que sólo disponían de óxido de aluminio y cierta mezcla de otros elementos con abundancia de fuerza eléctrica. Al principio amontonaron docenas de pilares y cuando éstos fueron aplastados y retorcidos, intentaron modelarlos de manera que el blando material aguantara más peso. Cuando éstos fallaron, rápidamente construyeron otros más fuertes y cuando por fin el émbolo fue detenido, Kidder quitó uno de los pilares y lo analizó. Era aluminio reforzado y más tenaz que el molibdenoacero.
La experiencia demostró a Kidder que debía hacer ciertas modificaciones si quería conservar su dominio sobre los Neoterics antes de que fueran demasiado ingeniosos. Había cosas que podían hacerse con fuerza atómica, sobre las cuales sentía gran curiosidad; pero no quería ver metidos a sus pequeños supercientíficos en una cosa como ésta, a no ser que pudiera confiar en que la emplearían estrictamente como Dios manda. Entonces ideó la invención de una "Regla de temor". La más trivial desviación de lo que él consideraba el camino recto para hacer las cosas, llevaba aparejada, al instante, la muerte de la mitad de la tribu. Si él se proponía desarrollar, por ejemplo, una instalación de fuerza de tipo diésel que operaría sin volante, y alguno de los jóvenes e inteligentes Neoterics empleaba tales materiales con fines arquitectónicos distintos, la mitad de la tribu desaparecería en el acto. Desde luego, los Neoterics habían establecido una especie de lenguaje escrito: El lenguaje de Kidder. Colocó un teletipo en una zona rodeada de cristal en un rincón de cada sección, que fue respetada como un relicario. Todas las disposiciones que allí se inscribían debían ser obedecidas, de lo contrario... Después de tal innovación, el trabajo de Kidder resultó mucho más sencillo. No hubo necesidad de vigilar las conductas equívocas. Todo lo que él necesitaba que se hiciera, se hacía. No importaba que se tratara de encargos imposibles: Bastaban cuatro generaciones de Neoterics para que encontrasen la manera de realizarlos.
El siguiente documento procede de un papel que una de las rápidas cámaras fototelescópicas de Kidder descubrió mientras circulaba entre los Neoterics más jóvenes. Lo traducimos de la escritura altamente simplificada que utilizaban los Neoterics:

Estos mandamientos serán obedecidos por todos los Neoterics, bajo pena de muerte. El castigo será aplicado por la tribu al rebelde para protegerse contra su rebeldía.
Las órdenes que aparezcan en la Máquina, tendrán prioridad de interés y de fuerza individual y tribal.
Cualquier mal uso de material o de fuerza de sentido contrario al dispuesto por la Máquina, será castigado con la muerte, a no ser que no existiera disposición escrita que se oponga a tal uso.
Cualquier información relativa al problema que se está resolviendo o cualquier idea o experimento que pueda contribuir a la solución del mencionado problema, son de propiedad de la tribu.
»ualquier fallo individual en la cooperación al esfuerzo que realiza la tribu, cualquiera que sea el culpable de no emplear todos sus esfuerzos en el trabajo, o cualquiera que sea susceptible de tal sospecha, será castigado con la pena de muerte.

Tales fueron los resultados de una dominación total. Este papel impresionó mucho a Kidder por lo que tenía de espontáneo. Era algo inventado por los mismos Neoterics y desarrollado por ellos, en defensa de su propio bienestar.
De este modo, Kidder llegó a su apoteosis. Agachado en la habitación superior, yendo de un telescopio a otro, revelando lentamente las películas que le procuraban sus rápidas cámaras, llegó a ser poseedor de una fuente de información manejable y dinámica. Encerrado en el gran edificio cuadrado, con sus cuatro secciones de medio acre de extensión, disponía de un mundo nuevo; del cual era el verdadero dios.

La mente de Conant se parecía a la de Kidder en el sentido de que ambos iban a la solución de no importa qué problema, siguiendo la distancia más corta entre dos puntos y sin preocuparse de si siguiendo esta ruta se encontraba mayor o menor resistencia. Su ascenso a la presidencia del banco fue el resultado de crueles intrigas, que no tuvieron mayor justificación que la que puede ofrecer la consecución de lo que se había propuesto. Como un general superdotado, no vencía a sus enemigos con la sola fuerza del número. También sabía atacar por los flancos y no sólo en uno sino en los dos. Los infelices que asistían a su progreso eran criaturas que no merecían la menor consideración.
Cuando tomó, por ejemplo, posesión de cierta propiedad de unos mil acres, que había pertenecido a un hombre llamado Grady, no le bastó con la propiedad de la tierra. Grady era propietario de un aeropuerto que había sido suyo toda la vida y de su padre antes que de él. Conant ejerció toda clase de presiones sobre este individuo para apoderarse del aeropuerto; pero le encontró dispuesto a ofrecer una resistencia impertérrita. Con juiciosa persuasión, logró que los funcionarios municipales decidiesen excavar una zanja destinada a unas cloacas a todo lo largo del campo y por su mitad, con lo cual logró arruinar el negocio de Grady. Sabiendo que esto daría a Grady motivos para una venganza, adquirió su banco por su valor más la mitad e hizo quiebra. Cuando Grady hubo perdido todo su dinero y fue a terminar sus días en un asilo, Conant se sintió muy orgulloso de su táctica.


Como muchos otros que se sujetan a la cola de Mammon, el dios de las riquezas, Conant no deseaba soltarse. Su vasta organización le producía más dinero y poder del que jamás hubiese obtenido nadie a través de la historia; pero todavía no estaba satisfecho. El dinero era para Conant lo que el saber para Kidder. Las empresas piramidales de Conant representaban para éste lo que los Neoterics para Kidder. Cada uno se había construido su mundo particular; cada uno lo empleaba para su propia instrucción y su provecho particular. Sin embargo, Kidder no molestaba a nadie excepto a sus Neoterics. Y, pese a todo, Conant no era simplemente un miserable. Era un hombre astuto que había descubierto a tiempo lo que vale agradar a la gente. Ningún hombre puede pasar cierto período de años robando constantemente al prójimo, sin dejar de agradar a las gentes a quienes roba. La técnica para hacer esto es bastante complicada; pero cuando se logra dominarla, puede decirse que ya puedes acuñar tu propia moneda.
El gran temor de Conant era que llegase un día en que Kidder se interesara por las cosas de este mundo y empezara a intervenir. ¡Cielos! ¡Con el espantoso poder de que disponía! Para un hombre como Kidder, el insignificante asunto de hacer cambiar una elección podría llevarse a cabo con la misma facilidad que se daba la vuelta en la cama. Lo único que podía hacer para evitarlo era llamarle de vez en cuando y preguntarle si necesitaba alguna cosa, con el fin de tenerle ocupado. Kidder apreciaba esta atención. Conant, de vez en cuando, sugería algo a Kidder, que le tenía preocupado durante algunas semanas. La "bomba de luz" era uno de los resultados de la imaginación de Conant. Conant apostó con él a que no iba a lograrlo. Kidder la fabricó. Cierta tarde, Kidder contestó al chillido de señal del radiófono. Jurando por lo bajo, dejó de pasar la película que estaba viendo, y cruzó el campamento hacia el laboratorio. Se acercó al radiófono, estiró el enchufe y el chillido cesó.
—¿Qué hay?
—¿Oye? —dijo Conant—. ¿Estás ocupado?
—No mucho —dijo Kidder.
Estaba encantado con las imágenes de la película que había captado; mostraba el hábil trabajo de un grupo de Neoterics sintetizando goma de azufre puro. Le hubiese gustado hablar de ello con Conant pero, fuere por lo que fuese, jamás le había dicho nada de los Neoterics y no iba a empezar entonces. Conant decía:
—Mmm... Kidder. El otro día bajé a mi club y un grupo de los nuestros se pasaron la noche en una charla desatada. Algo dijeron que podría interesarte.
—¿Qué?
—Había un par de muchachos que trabajaban en los servicios públicos. Estás enterado de la energía que se utiliza en este país, ¿no? Un treinta por ciento de energía atómica y el resto eléctrica, diésel y vapor.
—Lo ignoraba —dijo Kidder, que en lo que respecta a los acontecimientos corrientes, estaba menos enterado que un niño.
—Bien. Discutimos sobre la probabilidad de éxito que podría tener una nueva fuente de energía. Uno de los que estaban allí dijo que, en vez de hablar de ello, sería mejor inventar primero una fuente de energía. Otro, en cambio, dijo que no sabría cómo llamar a esta nueva fuente de energía, pero que podría describirla. Decía que debería tener todas las condiciones de las actuales más una o dos más. Como, por ejemplo, que fuera más barata y más eficiente. Podría superar a las otras en su fácil transporte desde el lugar en que se instalara la fuerza hasta el consumidor. 
»¿Comprendes lo que quiero decir? Cualquiera de estos factores puede justificar una nueva fuente de energía que compita con las que ya tenemos. Pero lo que yo quisiera ver es una fuerza nueva que tuviera todos esos factores. ¿Qué te parece?
—No es imposible.
—¿Tú crees?
—Lo intentaré.
—No pierdas el contacto.
El transmisor de Conant dio un golpe seco. El enchufe consistía en una pequeña pieza de engaño que Kidder había introducido en el aparato sin que lo supiera Conant. Cuando Conant se separó del receptor, éste siguió funcionando mientras él creía que estaba desconectado. Así Kidder oyó cómo el banquero murmuraba:
—Si lo logra, me pongo las botas. Si no lo logra, por lo menos este loco extravagante seguirá ocupado y encerrado en su isla.
Kidder se quedó mirando el radiófono durante largo tiempo, frunciendo las cejas; luego se encogió de hombros. Resultaba evidente que Conant tenía algo entre ceja y ceja; pero esto a Kidder no le preocupaba. ¿Había alguien en la Tierra que necesitara perjudicarle? Él no incomodaba a nadie. Se volvió hacia el edificio de los Neoterics, preocupado con la nueva idea de la fuente de energía.
Once días después, Kidder llamó a Conant y le dio instrucciones concretas sobre la forma de equipar su receptor con una colección de planos que podrían hacer que Kidder pudiese transmitir su escritura por los aires. En cuanto estuvo hecho esto y Kidder tuvo noticia de ello, el bioquímico, por una vez en la vida, habló con cierta locuacidad:
—Conant, tú dabas por sentado que no existe una nueva fuente de energía más barata, más eficiente y más fácilmente transportable que las que existen hoy día. Puede que te interese el nuevo generador que acabo de instalar. Tiene fuerza, Conant, una fuerza increíble. Mando un hermoso haz compacto. Anda, mira esto y regístralo en tus planos.
Kidder deslizó una hoja de papel por debajo de los sujetadores de su transmisor y la hoja apareció en el aparato de Conant.
—Aquí tienes el diagrama para montar un receptor de fuerza. Ahora escucha: El haz es tan compacto, tan altamente dirigible, que ni un mil por ciento de la fuerza se perdería en tres mil kilómetros de transmisión. Es un circuito cerrado. O sea que cualquier mengua en el haz produce una señal a lo largo del mismo haz hasta que automáticamente acrecienta la producción de energía. Claro que eso tiene un límite, pero es un límite muy alto. Y hay más: Este pequeño aparato puede transmitir ocho haces por minuto, con un total de unos ocho mil caballos de fuerza por haz y por minuto, y, de cada uno de ellos, se puede derivar la energía necesaria, ya sea para volver la página de un libro o para hacer volar un aparato hasta la estratosfera.
»¡Espera! Todavía no he terminado: Cada haz, como te decía antes, devuelve una señal del receptor al transmisor. Esto permite, no sólo controlar la suma de energía del destello, sino también dirigirla. Establecido el contacto, el haz es permanente; sigue al receptor a todas partes. De este modo puede proporcionar fuerza para vehículos de tierra, mar y aire y para una instalación estacionaria. ¿Te gusta?
Conant, que era banquero y no científico, se secó la frente, abrillantada por el sudor, con el dorso de la mano, y dijo:
—Me consta, Kidder, que nunca me has dirigido por senderos equivocados. ¿Cuánto puede costar, más o menos, este aparato?
—Mucho —contestó Kidder rápidamente—. Tanto como una instalación atómica. Pero no habrá cables de alta tensión, ni alambres, ni tuberías ni nada. Los receptores son un poco más complicados que los receptores de radio. El transmisor, ¡bueno!, éste sí que requiere verdadero trabajo.
—No te ha tomado mucho tiempo —dijo Conant.
—No —admitió Kidder—. No me lo tomó.
Se trataba del trabajo de toda la vida de casi doce centenares de seres altamente cultos; pero Kidder no iba a hablar de eso.
—Claro está que, lo que yo tengo aquí, es el modelo —añadió. La voz de Conant vibró más fuerte:
—¿El modelo? ¿Y cuánto rinde?
—Por encima de los sesenta mil caballos de fuerza —respondió Kidder jovialmente.
—¡Cielos! Entonces, en una máquina de gran tamaño, un transmisor bastaría para...
Durante un momento, Conant se sintió sofocado al pensar en las enormes posibilidades de aquel mecanismo.
—¿Y cómo se la alimenta?
—De ningún modo —dijo Kidder—. No voy a contártelo ahora. He encontrado una fuerza de energía de poder inimaginable. Es algo muy grande. Algo tan grande, que no puede desperdiciarse.
—¿Cómo? —interrumpió Conant—. ¿Qué quiere decir con esto?
Kidder frunció el ceño. Estaba claro que Conant preparaba alguna treta. Ante la nueva interrupción del banquero, Kidder, pese a que era el menos suspicaz de los hombres, se puso en guardia:
—Quiero decir lo que digo. No intentes comprender demasiado; ¿me entiendes? Apenas si yo me comprendo a mí mismo. Pero la fuente de esta energía es un resultado monstruoso obtenido por el desequilibrio de dos fuerzas previamente igualadas. Estas dos fuerzas son cósmicas en cantidad. En realidad, se fabrican soles y desintegran átomos del mismo modo como se desintegran los átomos que forman el compañero de Sirio. No te figures que es un juguete con el que podrías divertirte.


—Yo, no —dijo Conant con voz embarullada.
—Voy a explicártelo con un ejemplo —dijo Kidder—. Supongamos que tomas dos varillas, una en cada mano. Coloca sus puntas juntas y aprieta. Mientras la presión pasa directamente a lo largo de sus largos ejes, la presión se compensa: La de la mano derecha es anulada por la izquierda y viceversa. Pero ahora llego yo y toco las varillas en el lugar en que se juntan: Éstas se separan violentamente y tú te rompes un par de nudillos. La fuerza resultante está en ángulo recto con las fuerzas que ejercías. Mi sistema de transmisión de fuerza se basa en el mismo principio. Basta una cantidad infinitesimal de energía para arrastrar aquellas fuerzas fuera de su línea. Es algo muy sencillo cuando se sabe cómo lograrlo. Lo que importa es saber si se puede controlar la fuerza resultante cuando se obtiene. Yo sí puedo.
—Ya. Ya veo —afirmó Conant. Y, por unos segundos, se permitió un gesto de soberbia—. Dios proteja a las Compañías de Servicios Públicos; no voy a ser yo quien las ampare. ¡Kidder! Necesito un transmisor de gran tamaño.
—¡Menudo ambicioso! —dijo, burlón, por el micrófono—. Ya sabes, Conant, que carezco de personal. Y no puedo dedicarme a fabricar, yo solo, cuatro o cinco mil toneladas de aparatos.
—En cuarenta y ocho horas, te mando quinientos ingenieros y operarios.
—No. No lo hagas. ¿Para qué quieres fastidiarme con esto? Aquí soy enteramente feliz, Conant, y una de las razones de mi felicidad es que no tengo a nadie cerca que me moleste.
—¡Pero, Kidder! No seas así. Yo te pagaré...
—No tienes dinero bastante —replicó Kidder con viveza.
Y desconectó el aparato de Conant, ya que él sí podía desconectarlo.
Conant su puso furioso. Gritó por el fono reiteradamente y empezó a apretar el pulsador de señales. Kidder, en su isla, dejó que la máquina llamara y regresó a su cámara de proyecciones. Se arrepentía ahora de haber transmitido el diagrama al receptor de Conant. Darle fuerza a un coche o a un avión con el modelo de transmisor que había conseguido de los Neoterics podía ser interesante. Pero, ya que Conant se ponía así... ¡bueno! Al fin y al cabo, el receptor no podía funcionar sin el transmisor: Cualquier ingeniero de radio podría comprender el diagrama, pero ninguno dispondría del haz que lo ponía en funcionamiento. Conant no podría conseguirlo.
Era una lástima que Kidder no conociera suficientemente a Conant.
Kidder pasa los interminables días ocupado en aprender siempre algo. Ni él ni sus Neoterics dormían jamás. Comía regularmente cada cinco horas, y, cada doce, dedicaba media hora a hacer ejercido. Jamás sabía el día en que vivía, porque el tiempo carecía de sentido para él. Si tenía necesidad de conocer alguna fecha o de saber el año en que estaba, siempre podría preguntárselo a Conant. A él no le importaba y eso era todo. Repartía su tiempo entre la observación y plantearles nuevos problemas a los Neoterics. Por el momento, sus investigaciones iban exclusivamente dedicadas a la defensa. La idea se le había ocurrido mientras conversaba con Conant: Era una idea fundamental; las causas que la motivaran carecían de importancia. Los Neoterics empezaron a trabajar en un campo vibratorio de naturaleza casi eléctrica. Kidder no creía que pudiera tener ninguna aplicación práctica. Se trataba de un muro invisible que podía matar a cualquier ser viviente que lo tocara.
Pero, de todos modos, la idea era sugestiva.
Estiró sus miembros al apartarse del telescopio de la habitación superior, desde donde había estado observando a sus criaturas mientras trabajaban. En su habitación de control se sentía profundamente feliz. Le fastidiaba tener que salir de allí para ir al laboratorio a comer algo. Cada vez que cruzaba los edificios, sentía como la necesidad de decirles adiós a todos, y, cuando volvía, tenía ganas de lanzarles un "¡Hola!" alegre. Él mismo se sorprendía de tales sentimientos.

Había como una burbuja negra, a unas pocas millas de la isla en dirección al Continente. Se trataba de un bote a motor. Kidder se detuvo y lo contempló con disgusto. Como un pétalo blanco, el oleaje lamía los lados de la embarcación, que iba acercándose. Gruñó recordando que hacía ya algún tiempo también llegó un yate cargado de unos locos que habían desembarcado una tarde, llenos de curiosidad, y que se habían desparramado por toda su querida isla, bombardeándole con preguntas absurdas y desequilibrando sus nervios por unos días. ¡Dios mío! cómo odiaba a aquellas gentes.
Este recuerdo desagradable engendró en su mente, de manera semiinconsciente, otros dos pensamientos, mientras cruzaba el campamento para entrar en el laboratorio. Uno era que debía haber dispuesto una valla alrededor de sus construcciones, con una corriente de energía cualquiera, y colocar anuncios para que la valla no fuese cruzada. El otro pensamiento se refería a Conant y a la vaga intranquilidad que le había causado en las últimas semanas a través del radiófono. Recordaba su sugerencia de hacía un par de días, de que en la isla podía erigirse una instalación de energía.
Era una idea horrible.
Cuando Kidder penetró en el laboratorio, Conant, que estaba sentado en un banco, se levantó. Durante largo rato se miraron sin pronunciar palabra. Hacía años que Kidder no había visto al presidente del banco. La presencia de aquel hombre le daba escalofríos.
—¡Hola! —dijo Conant cordialmente—. Tienes muy buen aspecto.
Kidder contestó con un gruñido. Conant acomodó su pesado cuerpo en el asiento y dijo:
—Voy a librarte de la molestia de hacer preguntas, Kidder. Hace un par de horas que he llegado en un pequeño bote. Un medio de transporte asqueroso. Quería darte una sorpresa: Mis dos hombres han tenido que remar durante las dos últimas millas. Estás mal equipado para defenderte. Cualquiera puede deslizarse hasta aquí, al igual que yo lo he hecho.
—¿Y quién iba a hacerlo? —gruñó Kidder.
La voz vibrante de aquel hombre le hería el cerebro. Hablaba demasiado fuerte para una habitación tan pequeña; o al menos ésta era la sensación que causaba en las orejas de ermitaño de Kidder. Se encogió de hombros y empezó a prepararse una frugal colación.
—Bien —dijo lentamente el banquero—. A mí me ha interesado hacerlo. —Y sacó una petaca de cigarros—. ¿No te importa que fume?
—Sí que me importa —dijo Kidder bruscamente. 
Conant rió con desenvoltura y guardó los cigarros.
—A mí me puede convenir insistir en que construyas en tu isla esa instalación de energía.
—¿A través del radiófono?
—¡Oh, sí! Pero ahora que estoy aquí, no puedes cortarme la comunicación. ¿Qué hay de eso?
—Mi opinión no ha variado.
—Debes hacerlo, Kidder. Debes hacerlo. Piensa en ello. Piensa en el favor que le harías a multitud de personas que están pagando facturas exorbitantes de energía.
—Odio a las multitudes. ¿Y por qué tienes que construir aquí?
—Es lógico. Se trata de un sitio ideal. En tu propia isla. Los trabajos comenzarían sin dar lugar a comentarios de ninguna clase. La instalación no se lanzaría al mercado hasta que estuviera concluida. Todo se haría en secreto y la isla podría convertirse en una fortaleza inexpugnable.
—No quiero que se me moleste.
—Nadie te molestará. Construiremos en la punta norte de la isla. A unos dos kilómetros de distancia de aquí y de tu trabajo. Y, a propósito, ¿dónde está el modelo de transmisor de energía?
Kidder, con la boca llena de comida sintética, indicó con la mano una mesita sobre la que estaba colocado el modelo. Era un intrincado mecanismo de plástico y acero, lleno de pequeñas bolas y que medía poco más de un metro.
Conant se levantó y fue a contemplarlo.
—Y funciona, ¿eh? —Suspiró profundamente y añadió—: Kidder, me repugna hacer esto; pero necesito realizar esta instalación, aunque sea a la fuerza. ¡Carson! ¡Robbins!
Dos hombretones con cuello de búfalo salieron de sendos rincones de la habitación, donde habían estado escondidos. Pausadamente y con indiferencia, uno de ellos blandía amenazador su revólver. Kidder, inexpresivamente, paseó su mirada de uno a otro.
—Estos caballeros cumplirán mis órdenes al pie de la letra, Kidder. Dentro de media hora desembarcará una partida de ingenieros y contratistas. Examinarán la punta norte de la isla para construir la instalación de energía. Estos muchachos sienten hacia ti los mismos sentimientos que yo. ¿Puedo contar o no con tu colaboración? A mí me da lo mismo matarte que dejarte vivo, para que puedas seguir con tus trabajos. Mis ingenieros pueden copiar tu modelo.
Kidder seguía en silencio. Había dejado de mascar al ver a los hombres armados y sólo entonces se acordó de engullir. Permanecía sentado, inclinado sobre su plato, sin moverse ni hablar. Conant rompió el silencio, mientras se dirigía a la puerta:


—Robbins, ¿puede usted trasladar el modelo?
El hombretón se guardó el revólver y levantó con cuidado el modelo, mientras afirmaba con la cabeza.
—Llévelo a la playa y acérquese al otro bote. Dígale al ingeniero Mister Johansen, que éste es el modelo sobre el que tiene que trabajar.
Robbins salió y Conant se volvió hacia Kidder:
—No tenemos por qué enfadarnos —dijo suntuosamente—. Eres muy obstinado; pero yo no te guardo rencor. Me hago cargo de lo que sientes. Te dejaremos solo; te doy mi palabra. Pero estoy decidido a realizar este trabajo y una cosa insignificante como tu vida no puede obstaculizarme el camino.
—¡Sal de aquí! —dijo Kidder.
Dos venas se hinchaban en sus sienes. Su voz era profunda y temblorosa.
—Está bien; buenos días, Mister Kidder. Hay que reconocer que eres un diablo inteligente.
Nadie, hasta entonces, se había referido al escolástico Mister Kidder en tales términos.
—Creo posible que intentes volarme la isla. Yo, en tu lugar, no lo haría. Estoy dispuesto a darte lo que necesitas: Independencia. En cambio, sólo te pido lo mismo. Si algo me ocurre mientras estoy aquí, la isla será bombardeada por gente a mis órdenes. Admito que puedan fallar, pero en este caso, el gobierno de los Estados Unidos tomaría cartas en el asunto. No deseas esto, ¿verdad? Es algo muy grande para un hombre solo, plantear una batalla con el gobierno de los Estados Unidos. Lo mismo ocurrirá si la instalación es saboteada, sea como fuere, cuando yo haya vuelto al continente. Tú puedes ser asesinado, puede molestársete constantemente... De todos modos, gracias por tu cooperación.
El banquero, acompañado de su taciturno guardaespaldas, salió satisfecho.
Kidder permaneció mucho rato sin moverse. Luego sacudió la cabeza y la apoyó en las palmas de las manos. Estaba muy asustado; no tanto porque su vida estuviese en peligro, sino porque su independencia y su trabajo —todo su mundo— se veían amenazados. Se sentía azorado y vencido. No era un hombre de negocios; no sabía manejar a los hombres. Toda la vida había huido de los humanos y de lo que para él representaban. Se sentía como un chiquillo asustado, cuando los demás hombres se le acercaban.
Serenándose algo, se preguntó qué ocurriría cuando la instalación de energía funcionara. Seguro que el gobierno tomaría cartas en el asunto. A no ser... a no ser que, para entonces, el gobierno fuera el mismo Conant. La instalación constituiría una fuente inimaginable de energía y no sólo de la clase de energía que hace mover las ruedas. Se levantó y volvió al mundo que era su hogar, el mundo donde sus objetivos eran comprendidos y donde estaban aquellos que podían ayudarle. Volvió al edificio de los Neoterics y se escapó de este modo del mundo de los hombres, para refugiarse en su trabajo.
La semana siguiente, con gran sorpresa del banquero, Kidder le llamó. Después de pasar dos días en la isla, donde se había realizado un buen trabajo a destajo, se había marchado aprovechando la llegada de un barco con obreros y material. Por radio se mantenía en contacto constante con Johansen, el ingeniero jefe. Éste, y toda su gente, realizaban el trabajo a ciegas. Sólo los recursos infinitos del banco habían podido descubrir un hombre como aquel y el equipo que con él trabajaba.
La primera reacción de Johansen al ver el modelo fue de éxtasis. Quería hablar a sus amigos de aquella maravilla, pero el único aparato de radio que podía utilizar estaba conectado con el despacho privado de Conant en el banco, y sus guardias particulares —uno para cada dos trabajadores— tenían las órdenes estrictas de destruir cualquier otro aparato transmisor que descubrieran. Necesitó poco tiempo para darse cuenta de que estaba prisionero en la isla. Después de su primer impulso de cólera, se calmó pensando que no era tan mala cosa ser prisionero a razón de cincuenta mil dólares por semana. Dos de sus ayudantes y un ingeniero no lo entendieron así y estuvieron protestando dos días después de su llegada. Una noche desaparecieron. Fue la misma noche en que se oyeron cinco disparos en la playa. No se hicieron más preguntas y se terminaron las rebeldías.
Conant disimuló su sorpresa por la llamada de Kidder y se mostró tan ofensivamente cordial como de costumbre:
—¡Vaya, vaya! ¿Puedo hacer algo por ti?
—Sí —dijo Kidder. Su voz era opaca y particularmente inexpresiva—. Necesito que hagas publicar un aviso para tus hombres para que no crucen la línea blanca que he trazado a quinientos metros al norte de mis edificios, atravesando en línea recta la isla.
—¿Para qué un aviso, mi querido compañero? Ya tienen la orden de no molestarte bajo ningún pretexto.
—Tú les has ordenado esto. Bien está; pero ahora avísales de lo otro. He establecido un campo eléctrico que bordea mis laboratorios que matará a cualquier ser viviente que se atreva a penetrar en él. No quiero cargar mi conciencia con ningún asesinato. Nadie morirá si no cruza mis límites. ¿Informarás a tus obreros?
—Está bien, Kidder —contestó el banquero—. Esto no hacía ninguna falta. Nadie te habría molestado, porque...
Pero se dio cuenta de que estaba hablando ante un micrófono desconectado. Sabía que era inútil volver a llamar. En cambio, llamó a Johansen y le informó de todo aquello. A Johansen no le hizo ninguna gracia; pero repitió el mensaje y lo firmó, como se le ordenaba. A Conant le gustaba aquel hombre. Por un momento lamentó que nunca hubiese de volver vivo al continente. Pero aquel Kidder empezaba a ser un verdadero problema. Mientras sus armas fueran puramente defensivas, no constituiría ninguna amenaza real. Pero habría que ocuparse de él cuando la instalación empezara a funcionar. Conant no podía darse el lujo de tener genios a su alrededor, a menos que estuviesen de su parte. El transmisor de energía y los ambiciosos planes de Conant no corrían peligro mientras Kidder estuviese abandonado a sí mismo y, por otra parte, Kidder sabía que, por lo menos temporalmente, podía esperar de Conant un trato más agradable que el que le dispensaría una horda de investigadores del gobierno.
Desde que empezaron los trabajos en el norte de la isla, Kidder sólo abandonó una vez su encierro y, para hacerlo, empleó toda su desmañada diplomacia. Conociendo la fuente de energía del transmisor y sabiendo lo que podría ocurrir si se malograba, pidió permiso a Conant para inspeccionar los trabajos cuando ya se estaban terminando. Aseguró su propia vida, negándose a dar su opinión a Conant hasta que estuviera de nuevo a salvo en su laboratorio, cerró su barrera de protección y se dirigió a la punta norte.
Tuvo una visión de espanto. El modelo de un metro estaba aumentado un centenar de veces. Dentro de una torre maciza de cien metros, el espacio estaba ocupado por el mismo laberinto de bombas y émbolos que los Neoterics habían creado tan delicadamente para su modelo. En la extremidad superior había un globo hecho de una aleación de oro pulido, que constituía la antena transmisora. De ella partirían miles de apretados haces de fuerza, de los que se podía extraer energía en cualquier proporción por otros tantos millares de receptores colocados en cualquier lugar y a cualquier distancia. Kidder se enteró de que los receptores ya habían sido construidos; pero Johansen, su informador, sabía poco de esta parte de los trabajos y estaba dispuesto a decir todavía menos. Kidder se detenía ante cada uno de los detalles de la estructura, y, cuando hubo terminado de verlo todo, dio a Johansen un apretón de manos en señal de admiración.
—Yo no quería eso —dijo tímidamente—, y sigo sin quererlo. Pero he de confesar que, para mí, es un placer contemplar esta clase de trabajo.
—Lo que es un placer es poder saludar al hombre que lo ha inventado. 
Kidder contestó, radiante:
—No lo he inventado yo. Puede que un día le enseñe quién lo hizo. Yo... bueno, ¡adiós!
Dio la vuelta antes de que pudiera hablar demasiado y salió al sendero.
—¿Disparo? —dijo una voz al lado de Johansen. Un guardia de Conant había sacado una escopeta.
Johansen dio un golpe al brazo armado del hombre:
—No —Y se rascó la cabeza—. De modo que ésta es la misteriosa amenaza del otro lado de la isla... ¡No me digan! Si es un hombrecillo la mar de simpático...

Construida sobre las ruinas de Denver, destruida durante la gran batalla de las Montañas Rocosas, cuando las guerras del Oeste, se levanta la más bonita ciudad del mundo: La capital de nuestra nación, Nueva Washington. En una habitación circular, en lo más profundo de la Casa Blanca, el presidente, tres miembros del ejército y un paisano, estaban reunidos. Debajo del escritorio del presidente, un dictáfono discreto anotaba cada una de las palabras que allí se decían. A más de tres mil kilómetros de distancia, Conant estaba pendiente de un receptor de radio, adaptado para captar las señales del diminuto transmisor que llevaba en su bolsillo el personaje civil.


Hablaba uno de los oficiales:
—Señor presidente, las afirmaciones inaceptables que se han hecho del producto de este señor, son absolutamente ciertas. Nos han demostrado hasta más allá de ninguna duda posible, cada una de las afirmaciones del folleto.
El presidente miró al señor de paisano y de nuevo al oficial:
—No puedo esperar su informe —dijo—. Dígame, ¿qué ocurrió?
Otro de los elementos del ejército, secándose con un pañuelo el sudor de la cara, empezó a decir:
—No podemos pedirle que nos crea, señor presidente. Pero ésta es la verdad. Míster Wright, aquí presente, lleva en su maleta tres o cuatro docenas de estas... pequeñas bombas.
—No se trata de bombas —dijo Wright.
—Muy bien. No son bombas. Mister Wright rompió dos de ellas sobre un yunque con un martillo. No dio ningún resultado. Puso otras dos en un horno eléctrico. Se consumieron como si fueran de estaño y cartón. Nosotros metimos una por la boca de un cañón y disparamos. Nada.
Hizo una pausa y miró al tercer oficial que había redactado el informe.
—A la vista de esto, seguimos adelante. Volamos sobre los terrenos de prueba, dejamos caer uno de estos objetos y nos elevamos hasta diez mil metros. Desde allí, con un pequeño detonador manual no más grande que un puño, Mister Wright disparó la cosa. Jamás vi nada semejante. Cuarenta acres de tierra subieron hacia nosotros, desmenuzándose mientras se acercaban. La conmoción fue terrible, debe de haberse notado desde aquí, a setecientos kilómetros de distancia.
—La oí. Los sismógrafos de las antípodas la registraron.
—El cráter que originó tenía casi medio kilómetro de profundidad en el centro. Desde luego, un aeroplano cargado con estas cosas, podría destruir cualquier ciudad. No hace falta ninguna precisión.
—Todavía no lo ha oído usted todo, señor presidente —interrumpió el tercer oficial—. El automóvil de Mister Wright está dotado de una pequeña instalación similar, que constituye su motor. Nos lo ha demostrado. No había allí ningún depósito para carburante de clase alguna ni ningún conductor. Con una instalación de energía cuyo mecanismo no ocupa más de un palmo, este coche puede arrastrar un peso muerto equivalente a un tanque del ejército.
—Otra prueba —dijo un tercero, excitado—. Puso uno de los objetos en el interior de una imitación de cámara acorazada del tesoro. Las paredes eran de más de tres metros de espesor, construidas con hormigón superreforzado. Él se puso a un centenar de metros de distancia. ¡Hizo estallar aquella cueva! No fue una explosión, fue como si una fuerza poderosa, de una expansión increíble, se hubiese metido allí y derrumbara las paredes desde dentro. Se rompieron, se partieron, se pulverizaron, y las vigas de acero y las barras de hierro, saltaron torciéndose y retorciéndose como... ¡diablos! Después de esto, insistió en ver al señor presidente. Sabemos que no es la costumbre, pero añadió que tenía algo más que decir y que sólo lo diría en presencia del señor presidente.
El presidente lo interrogó con gravedad:
—¿Y qué es ello, Mister Wright?
Wright se levantó, tomó su maleta, la abrió y sacó un pequeño cubo de unos veinte centímetros de lado, fabricado con un material encarnado que absorbía la luz. Los cuatro hombres se separaron de él, nerviosos.
—Estos señores —empezó— sólo han visto parte de lo este ingenio puede hacer. Voy a demostrarle con qué delicadeza se gobierna.
Hizo un reajuste con un pequeño botón de mando que había al lado del cubo, y lo colocó en un extremo del escritorio del presidente.
—Usted me ha preguntado más de una vez si este invento es mío o si yo represento a alguien. Lo último es lo cierto. También le interesa saber que el hombre que gobierna este cubo se halla a varios millares de kilómetros de distancia. Sólo él puede evitar que estalle, ahora que yo he hecho esto.
Y, al decirlo, sacó un detonador de la maleta y apretó un botón.
—Explotará de la misma manera que lo hizo el que tiramos desde el aeroplano, destruyendo completamente esta ciudad, y cuanto hay en ella, dentro de cuatro horas. También explotará —dio un paso atrás y sacó un pequeño enchufe de su detonador— si cualquier objeto que se mueva se acerca a una distancia de un metro, o si alguien sale de esta habitación, exceptuándome a mí mismo. Si cuando yo me haya ido soy molestado, explotará en cuanto una mano se pose sobre mí. Ninguna bala puede matarme lo bastante de prisa para evitar mi control.
Los tres hombres del ejército permanecieron en silencio. Uno de ellos se secaba nerviosamente el sudor frío que corría por su frente. Los demás no se movían. El presidente dijo suavemente:
—¿Cuál es su propuesta?
—Una muy razonable. Mi representado no da la cara, por razones evidentes. Todo lo que él exige es que esté usted de acuerdo en ejecutar sus órdenes; usted nombrará los miembros del gabinete que él escoja y usará su influencia del modo que él dicte.
»Ni el público ni el parlamento tienen por qué enterarse de estas cosas. Por mi parte, puedo añadir que si usted acepta esta proposición, esta "bomba", como ustedes la llaman, no estallará. Pero puede estar seguro de que miles de ellas están esparcidas por todo el país. Nunca sabrá usted cuándo se encuentra cerca de alguna. En cualquier momento, su desobediencia significa el aniquilamiento instantáneo para usted y para cuantos se encuentren en un perímetro de cinco o seis kilómetros cuadrados.
»Dentro de tres horas y cincuenta minutos, exactamente a las siete, la emisora de radio R.P.R.S. da un programa comercial. Usted dirá al locutor que, después de identificar su estación, añada la palabra "convenido". Esto pasará desapercibido por todo el mundo menos para mi representado. Es inútil que me hagan seguir; mi trabajo ha terminado. Jamás veré a mi representado ni me pondré en contacto con él. Esto es todo. ¡Buenas noches, señores!
Wright cerró su maleta con el chasquido característico de los viajantes de comercio, se inclinó y abandonó la habitación. Los cuatro hombres siguieron contemplando el pequeño cubo encarnado.
—¿Piensan ustedes que puede ejecutar todo lo que dice? —preguntó el presidente.
Los tres afirmaron con la cabeza y en silencio. El presidente buscó su teléfono.
Alguien escuchó en secreto cuanto se había hablado. Conant, acurrucado tras su escritorio en la cueva donde tenía su sanctasanctórum, no lo supo. A su lado estaba la masa compacta del radiófono de Kidder. Con sólo su presencia establecía la comunicación y Kidder, en su isla, bendecía el día en que había ideado este ingenio. Toda la mañana había tenido la tentación de hablar con Conant; pero no se había decidido. Su conversación con el joven ingeniero Johansen le había impresionado grandemente. El hombre era un científico tan completo, tan entregado al gozo de su trabajo, que por primera vez en la vida, Kidder había sentido el deseo de volver a ver otra vez a una persona.
Pero temía por la vida de Johansen si le llevaba a su laboratorio. El trabajo del ingeniero estaba en la isla y lo más seguro era que Conant le matara si se enteraba de su visita, temeroso de que Kidder influyera sobre él y lograra sabotear el gran transmisor. Por otra parte, si era Kidder quien iba a la instalación de energía, sería a él probablemente a quien matara.
Pasó todo el día luchando consigo mismo y, por fin, decidió llamar a Conant. Afortunadamente no dio señal alguna, sino que enchufó su receptor cuando la luz encarnada le indicó que el transmisor de Conant había entrado en funcionamiento. Por curiosidad escuchó todo lo que ocurría en la habitación del presidente, a cinco mil kilómetros de distancia. Horrorizado, se dio cuenta de lo que habían hecho los ingenieros de Conant. Metidos en pequeños depósitos, existían docenas de miles de receptores de energía. Carecían de fuerza en sí mismos; pero por medio de un mando a distancia, podían captar uno o todos los billones de caballos de fuerza que la gran instalación de la isla emitía.
Kidder permaneció ante su receptor, sin atreverse a respirar. Nada podía hacer. Si proyectaba algún sistema para destruir la emisora de energía, seguramente intervendría el gobierno y se apoderaría de la isla. ¿Qué le ocurriría, entonces, a él y a sus Neoterics?
Otro sonido se dejó oír por el receptor. Se trataba de un programa comercial. Unos pocos compases de música, una voz masculina recomendando el pago a plazos de los viajes por las líneas estratosféricas y un breve silencio. Luego:

Estación R.P.R.S., la voz de la capital de la nación, distrito de Colorado del Sur.

Los tres segundos de pausa le parecieron interminables.

La hora exacta... eh... convenido. Son las siete de la tarde, hora media de la montaña.


Notó, en aquel instante, como una risita ahogada, malévola. A Kidder le costó trabajo creer que se trataba de Conant. Sonó un teléfono y, en el auricular, la voz de Conant:
—¿Bill? Todo listo. Salga con sus fuerzas y bombardee la isla. Preserve la instalación; pero aniquile todo lo demás. Hágalo rápido y salga de allí corriendo.
Casi histérico por el miedo, Kidder salió de la habitación dando un portazo y atravesó todos los edificios. Había quinientos hombres inocentes trabajando en barracones a menos de un kilómetro de la instalación. Ahora Conant ya no los necesitaba y tampoco necesitaba a Kidder. La única salvación consistía en trasladarse a la propia instalación; pero Kidder no permitiría que se destruyera a sus Neoterics. Saltó escalera arriba dirigiéndose al teletipo más próximo. Rugió:
—¡Denme algo con que defenderme! Necesito un escudo impenetrable. ¡Urgente!
Las palabras surgieron de sus dedos en forma de escritura funcional para sus Neoterics. Kidder no pensaba en lo que estaba escribiendo. En realidad, no se daba cuenta de lo que pedía. Pero había hecho cuanto podía hacer. Entonces tenía que dejarlos, llegarse hasta los barracones, prevenir a aquellos hombres. Subió la cuesta que conducía a la instalación, y saltó por encima de la raya blanca que él mismo había trazado para señalar la indicación de muerte para quienes se atrevieran a cruzarla.
Una escuadrilla de nueve aviones, desprovistos de alas y llamados mosquitos, se elevaron de una caleta del continente. No hacían ningún ruido de motores, puesto que no los llevaban. Cada aparato estaba alimentado con la energía que le proporcionaba un pequeño receptor y arrastraba sus alas minúsculas y sin matrícula, que absorbían la luz, a través del aire, impulsados por la fuerza que procedía de la isla. En muy pocos minutos llegaron a ella. El jefe de la escuadrilla hablaba rápidamente a través del micrófono:
—Ataquen primero los barracones. Hay que hacer una limpieza total. Luego, hacia el sur.
Johansen se encontraba solo en una pequeña colina del centro de la isla. Llevaba consigo la máquina fotográfica y, aun cuando sabía que no tenía ninguna probabilidad de salir sano y salvo de la isla, tomó fotografías de su torre desde distintos ángulos y las impresionó en gran cantidad. La primera noticia que tuvo de los aeroplanos fue al oír el zumbido que producían al atacar en picado por encima de los barracones. Se quedó clavado. Vio caer un rosario de pequeñas bombas, que convirtieron los barracones en ruinas, un amasijo de maderas rotas, de metales y cuerpos triturados. La visión de la cara contraída de Kidder pasó por su mente.
—¡Pobre muñeco! Si se les ocurre bombardear la punta de la isla...
¿Pero y su torre? ¿Irían a bombardear su instalación?
Esperó, terriblemente asustado, mientras los aviones se dirigían hacia el mar para dar la vuelta y volver. Parecía que iban a dirigirse hacia el sur. Cuando atacaron por tercera vez, lo vio claro. Aunque ignoraba si podía hacer algo se dirigió hacia donde estaba Kidder. Dio la vuelta a la cerca y tropezó con el pequeño bioquímico. La cara de Kidder estaba amoratada de cansancio y era la cosa de aspecto más aterrado que Johansen jamás había contemplado.
Agitaba una mano señalando hacia el norte.
—¡Es Conant! —vociferaba con grandes rugidos—. ¡Es Conant! Nos va a asesinar a todos.
—¿Las instalaciones? —preguntó Johansen palideciendo.
—Están seguras. Eso no lo tocará. Pero... mi puesto... ¿Qué ocurrirá con aquellos hombres?
—Es demasiado tarde —chilló Johansen.
—Tal vez yo pueda. ¡Venga! —gritó Kidder lanzándose hacia abajo en dirección al sur.
Johansen corría tras de él. Las pequeñas y cortas piernas de Kidder casi no se distinguían de lo de prisa que corría, cuando vio a los aeroplanos volar sobre sus cabezas, dejando caer las bombas sobre el lugar donde antes estuvieran ellos.
Al salir corriendo del bosque, Johansen, tomando impulso, alcanzó al científico y le golpeó para echarle al suelo, escasamente a tres metros de la línea blanca.
—Por... por...
—¡No adelante más, loco! Mire su propio y endiablado campo de fuerza. ¡Va usted a matarse!
—¿Campo de fuerza? ¡Si lo crucé cuando subía! Aquí. Espere. A ver si puedo...
Kidder empezó a buscar furiosamente en la hierba. A los pocos momentos volvió a donde se encontraban, llevando un gran saltamontes. Lo echó por encima de la raya. Permaneció quieto en el suelo.
—¿Lo ve? —dijo Johansen—. Ya está...
—¡Mire! ¡Ha saltado! ¡Vamos! No sé qué es lo que no funciona; puede que los Neoterics lo hayan interceptado. Son ellos quienes inventaron este campo. No yo.
—¿Neo... qué?
—¡Déjelo! —interrumpió el bioquímico. Y echó a correr.
Exhalando el aliento entrecortado por la fatiga, se dirigieron hacia dentro, hacia la habitación de control de los Neoterics. Kidder aplicó sus ojos al telescopio y exclamó loco de júbilo:
—¡Lo han conseguido! ¡Lo han conseguido!
—¿Quiénes?
—Mi pequeño pueblo. ¡Los Neoterics! Han inventado una protección impenetrable. ¿No lo está usted viendo? Corta la línea de energía que hace funcionar el campo de allí fuera. Su generador todavía cerca el campo, pero las vibraciones ya no pueden salir. ¡Están salvados! ¡Están salvados!
Aquel ermitaño empezó a llorar, enfebrecido. Johansen le miraba con verdadera lástima, mientras agitaba la cabeza:
—Seguro que sus hombrecillos están muy bien. Pero nosotros no lo estamos.
Y mientras pronunciaba estas palabras, el suelo tembló por la explosión de una bomba.
Johansen cerró los ojos, se sobrepuso, y logró que la curiosidad venciera a su miedo. Se dirigió hacia el telescopio binocular y miró hacia abajo. No había más que una hoja curva de metal gris. Nunca había visto un gris semejante. Era absolutamente neutro. No parecía ni suave ni duro y, al mirarlo, el cerebro se desvanecía. Alzó la mirada.
Kidder estaba manipulando con los mandos del teletipo, esperando ansiosamente la llegada de la cinta amarillenta.
—No puedo establecer contacto con ellos. No sé lo que ocurre. ¡Ah! ¡Claro!
—¿Qué?
—El protector es absolutamente impenetrable. Las emisiones del teletipo no pueden cruzarlo. No puedo comunicarme con ellos. Si pudieran haría que extendieran la pantalla sobre mis edificios, sobre toda la isla. ¡No existe nada que mi gente no pueda hacer!
—Está loco —murmuró Johansen—. ¡Pobre hombrecillo!
El teletipo empezó a sonar agudo. Kidder se inclinó hacia él; prácticamente lo tenía abrazado. A medida que salía la cinta, iba leyéndola. Johansen vio los caracteres; pero no pudo comprenderlos.
—Omnipotente —leía Kidder de manera entrecortada—, te suplicamos que tengas piedad de nosotros y que tengas paciencia hasta que terminemos de hablar. Sin tú ordenarlo hemos quitado la pantalla que nos han ordenado. ¡Oh, Gran Ser! Nuestra pantalla es verdaderamente impenetrable y por esto se han cortado tus palabras en la máquina parlante. Ningún Neoteric recuerda haber estado nunca sin tu palabra. Perdona nuestras acciones. Esperamos con angustia tu respuesta.
Los dedos de Kidder bailotearon por encima de su clave.
—Mire ahora —musitó—. Vamos al telescopio.
Johansen, procurando olvidar la amenaza de muerte que se cernía sobre sus cabezas, intentó mirar.
Vio algo parecido a la tierra, campos fantásticos de cultivo, una especie de colina, fábricas y unos seres. Todo se agitaba con una rapidez increíble. No podía distinguir a los habitantes; únicamente algo así como rayas, como flechas rojas y blancas. Fascinado, lo contempló todo durante un largo minuto. Un ruido tras de sí le hizo dar la vuelta. Era Kidder que se frotaba las manos con viveza.
—Ellos lo han hecho —decía feliz—. ¿Lo está usted viendo?
Johansen no vio nada hasta que empezó a notar que un silencio de muerte venía del exterior. Miró por la ventana. Afuera era de noche. Era una noche negra, profunda, cuando, por la hora, sólo debería empezar a oscurecer.
—¿Qué ha ocurrido?
—Los Neoterics —dijo Kidder, riendo como un chiquillo—. Mis amigos de ahí abajo. Han levantado la coraza impenetrable sobre toda la isla. Ahora no podemos ser atacados.
Y ante las preguntas de Johansen, que se agolpaban, empezó a describirle las características raciales de aquellos seres de allá abajo.


Fuera de aquel cascarón estaban ocurriendo cosas. Súbitamente nueve aviones habían sido derribados. Nueve pilotos resbalaban lentos en su caída, sin fuerza. Algunos fueron a parar al agua y otros chocaron en la milagrosa cúpula gris que asomaba por encima de la isla. Resbalaban por ella y se hundían.
En tierra, un hombre llamado Wright, sentado en un coche, medio muerto de miedo, ante los hombres del gobierno que le rodeaban, se acercaba con precaución a una fuente de muerte que ya estaba agotada.
En una habitación dispuesta en los sótanos de la Casa Blanca, un jefe de alta graduación del ejército chillaba:
—¡No puedo permanecer así ni un minuto más! ¡No puedo!
Y, pegando un salto, arrebató un cubo rojo de encima del escritorio del presidente y lo tiró al suelo, pisoteándolo con sus zapatos relucientes.
A los pocos días, sacaron a un viejo arruinado de su banco y lo llevaron a un manicomio, donde murió al cabo de una semana.
La coraza había resultado verdaderamente impenetrable. La instalación de energía no se tocó y siguió emitiendo sus haces; pero los haces tampoco podían salir y todo lo que significaba energía en la instalación quedó sin funcionar.
Nunca se hizo pública esta historia; aunque, durante algunos años, hubo una intensa actividad naval en la costa de Nueva Inglaterra. Según cuentan las crónicas, la armada disponía ahora de un nuevo campo de tiro por allá. Una gran extensión semiovoide de material gris. Le dispararon bombas y granadas, rayos X y cargas de barreno a su alrededor. Pero jamás lograron producirle ni la más mínima abolladura.
Kidder y Johansen no quitaron nunca la coraza. Con sus Neoterics y sus descubrimientos, eran sobradamente felices. No percibían ni oían el bombardeo, porque la coraza era verdaderamente impenetrable. Sintetizaban sus alimentos, su luz y su aire con los elementos que tenían a mano y no se preocupaban. Eran los únicos supervivientes del bombardeo, aparte de tres pobres diablos mutilados que no tardaron en perecer.
Todo esto ocurrió hace muchos años, y Kidder y Johansen puede ser que sigan viviendo todavía o que hayan muerto. Pero esto importa poco. Lo único importante es que vale la pena vigilar la gran coraza gris. Los hombres mueren; pero las razas sobreviven. Algún día los Neoterics, después de innumerables generaciones y de inconcebibles adelantos, derribarán la coraza y aparecerán.
Cuando pienso en esto, me siento asustado.

FIN