2026/03/16

Reunión de águilas (Joseph Kelleam)


Título original: The Eagles Gather
Año: 1942


No había estrellas. El arruinado campo de aterrizaje estaba iluminado por las llamas ya mortecinas de una gran fogata. Con oscuros y profundos ojos, las maltratadas torres contemplaban el campo, las danzarinas llamas y el estropeado cohete espacial. Más allá del radio de luz, la noche aguardaba amenazadora.
A la sombra de una de las distorsionadas torres, un hombre se hallaba acurrucado delante de la hoguera y de cuando en cuando prestaba atención a una marmita palpitante que colgaba de un palo ahorquillado sobre las brasas. Era delgado y ancho de espaldas. Las crepitantes brasas iluminaban su rostro ocasionalmente, con los sombríos y grises ojos, los altos pómulos, la ancha y sensible boca y los rizos rubios que le caían sobre la despejada frente. Parecía estar perdido en sus pensamientos, y sólo apartaba su mirada de la fogata para contemplar el negro firmamento o agitar la marmita. Cuando se movió para arrojar la leña al fuego, lo hizo con la gracia sensual de un gato, y hasta su maltratado uniforme adoptó un porte militar.
Mientras contemplaba el fuego, escuchó el ruido de una nave que se aproximaba, agitando las capas inferiores del aire. El rugido de la nave descendente aumentó, cambió de un zumbido a un chirrido, y después del chirrido a un estruendo.
Se produjo un trueno y una ráfaga de llamas. Un largo chorro de fuego pareció barrer el aeródromo como una guadaña, y otra nave espacial se deslizó por el campo poblado de maleza. Se detuvo cerca de la nave silenciosa ya. Ambos aparatos eran pequeños y habían sido reparados y parcheados innumerables veces —diminutas naves individuales que zumbaban por el espacio como abejas—, como si los planetas y asteroides fuesen maduros frutos de oro, listos para ser arrancados.
El hombre de la fogata no hizo otro movimiento que ajustarse el cinto, con lo que su fina y bronceada mano descansó sobre la culata de una pistola. Siguió sentado contemplando el fuego, a pesar de escuchar el sonido de unos pies que se acercaban por entre la cizaña. La noche era fría y con su mano libre se abrigó más el pecho con su remendada chaqueta de cuero.
—Hola —el visitante estaba ante él con una fría sonrisa, un hombre bajo con anchas y encorvadas espaldas y ojos tan azules como el acero.
El hombre que estaba delante del fuego gruñó algo y le indicó con la cabeza al visitante que podía sentarse.
—Huele bien —contestó aquél al sentarse, mirando la marmita—. Ha sido una suerte que tuviera encendido este fuego. De lo contrario, no habría podido aterrizar. No me quedaba ya mucho combustible.
Exhaló un suspiró.
—Está bien. Me figuré que habría más naves por ahí. Ahora vuelven a casa... Bueno, aquellas que aún conservan bastante combustible para la travesía. Me llamo Duane, Jim Duane.
—A mí me llaman Capitán —contestó el bajito—. Tengo otros nombres, pero casi siempre contesto por el de Capitán. Soy militar de profesión —añadió con una leve sonrisa—. Como usted.
—Sí —asintió cansinamente Duane—, éste es mi oficio. Luchar en favor del mejor postor. Pero cuando los amos de la guerra se quedaron casi sin uranio me enviaron a casa —añadió con una maliciosa sonrisa—. Como a usted.
—Y ha sido una condenada suerte poder llegar. Hay muchos chicos vagando por allá arriba —Capitán levantó el mentón hacia el oscuro cielo—. Pero hallarán más uranio. Y volverán a llamarnos. Veinte años de guerra no pueden terminar de esta manera. Los amos de la guerra no están satisfechos. Habrá más combustible para estos trastos y los tipos como nosotros volveremos a ser unos caballeros, cobrando mensualmente sueldos de cuatro cifras.
Duane sacudió la cabeza.
—Se acabó. Lo sacaron de todas partes. Oh, hallaron mucho durante siglos. Pero lo han consumido en veinte años. Han destrozado el universo. Han luchado como perros salvajes. Y ahora se ha agotado. De lo cual me siento sumamente feliz.
Capitán entornó los párpados.
—No habla usted como un militar, amigo.
La mano de Duane se afianzó en la pistola.
—Un hombre no habla de guerras. ¿Pero quiere ver cómo lucho?
El hombre bajito se encogió de hombros.
—Yo sólo lucho por dinero. Tal vez algún día combatiremos en campos opuestos.
El rumor de unas botas sobre la maleza aflojó la tensión entre ambos. Dos figuras se acercaron a la fogata. Dos individuos vistiendo unas destrozadas chaquetas de cuero, pantalones deshilachados y botas remendadas se detuvieron súbitamente dentro del radio de luz, con los ojos hacia el suelo como esperando una invitación.
—Locos espaciales —comentó Capitán en voz no muy baja.
Uno de los recién llegados levantó la mirada y acarició un bulto de su chaqueta.
—Tengo una lata de tomate —sonrió tímidamente.
Era un tipo delgado con el pecho hundido y una nariz muy prominente. Sus profundos ojos eran negros e inexpresivos.
Duane había visto centenares de sujetos semejantes. Eran hombres que volaban por el espacio, hombres quebrantados por el agotamiento de las guerras devastadoras.
—Meta los tomates en la marmita —dijo Duane calmosamente—. Siéntense y entren en calor. Me llamo Duane. Éste es Capitán. De nombre, no de graduación.
Uno de los recién llegados sacó una lata del bolsillo y un abridor.
—Yo soy Ted Shafer —se presentó mientras procedía a abrir la lata—. Tenía una nave de propiedad, pero la perdí. Hace un año llevaba una mercancía y me abandonaron aquí. Dijeron que estaba loco. Yo no estoy loco. Ustedes pueden ver que no lo estoy. Bien, he vegetado por aquí durante un año, viviendo de lo que he podido encontrar. Por allá hay una ciudad en ruinas. Después, hace una semana tropecé con este compañero. Se llama... ¿Cómo es tu nombre? Lo he olvidado.
El cuarto hombre, un tipo regordete y de abultado abdomen, con una nariz enrojecida y una barba descuidada y espesa, gruñó:
—Me llamo Belton. Bill Belton. Tú cada vez estás más loco. Llevo por aquí unos seis meses. Pero a mí no me abandonaron. Salté de la nave. ¿Hay algo para beber?
Capitán lanzó un juramento.
—Un par de gorrones. Lo mejor sería darles un buen puntapié.
Duane entornó los párpados.
—Es mi fogata —dijo suavemente.
—Está bien, está bien. Pero seguro que están llenos de piojos.
Shafer y Belton se acomodaron junto al fuego, con los hombros inclinados hacia adelante.
Duane buscó algo a sus espaldas, entre las sombras, y cogió un rollo de mantas con el equipo. Del mismo extrajo cuatro platos y cuatro cucharas de hojalata y empezó a servir la comida. Cuando terminó, Shafer y Belton le prodigaron su agradecimiento, pero Capitán se mostró desdeñoso.


—¡Sopa de carne! —exclamó—. ¡Maldición! He estado sentado a la mesa de los amos de la guerra. Veinte sabrosos guisos en platos de plata y vino y licores y lo demás, Y todo el mundo ataviado de gala.
Duane sonrió.
—Lamento no ser un amo de la guerra. Pero tal vez le gustaría un puñetazo en la nariz.
Capitán aceptó el plato, gruñendo.
—Lo siento. Me olvidé. Caramba, espero que no tarden en encontrar más uranio. Es muy difícil aceptar esto cuando se está acostumbrado a un salario de cuatro cifras mensuales.
Duane elevó la vista al cielo, que estaba muy negro, excepto en donde una ligera niebla se mezclaba con el humo de la hoguera.
—No encontrarán más uranio. Al menos, no muy pronto. He pensado mucho en ello. Todavía no estamos preparados para conquistar el espacio. Lo hemos revuelto todo. Oh, sí, teníamos naves y armas. Mecánicamente, éramos perfectos. Pero nosotros no lo éramos. Conquistamos el espacio, pero no hemos sabido conquistarnos a nosotros mismos. Y esto quizá llegará algún día.
—Habla usted como un clérigo —se burló Capitán.
Shafer comía vorazmente, pasándose de cuando en cuando el dorso de la mano por la boca y la punta de su prominente nariz.
—¿Qué le hace pensar que ya no se encontrará más uranio? —preguntó agriamente.
Duane lo contempló largamente. Los dedos del hombrecillo temblaban.
—Podrían hallar más, claro que sí —contestó Duane—, pero falta organización. Se ha ido a paseo. Si hallamos uranio volveremos a perderlo. Y el porvenir será fatal. Tendremos que afianzarnos en la vieja Tierra y empezar por el principio. Personalmente, ahora me siento contento.
—Tonterías —gruñó Capitán.
—Queda aún mucho uranio —afirmó tercamente Shafer.
Capitán estrechó los ojos.
—¿Cómo lo sabes, vagabundo?
Shafer evitó aquella mirada acerada.
—Tal vez lo sepa, tal vez no —evadió una respuesta concreta.
Belton rebañó el último pedazo de tocino de su plato y luego eructó satisfecho.
—Yo era rico... —le dijo al fuego. Capitán dejó oír una risita.
—Jamás has tenido el dinero que vale una copa en el bolsillo, amigo.
—Yo fui rico —repitió Bill Belton, paseando su mirada por los demás. Una brasa chisporroteó entre las llamas, iluminándole su bulbosa nariz y las hundidas mejillas—. Yo fui rico, más que muchos.
—De acuerdo —asintió Duane—. Quizá lo fueses. Adelante, cuenta tu historia y quítatela del recuerdo. Por otra parte, esta noche no tengo sueño.
—Será una mentira que ha soñado entre un robo y un hurto —bostezó Capitán. Belton pareció apenado y abatió los ojos hacia la fogata.
—Yo fui rico. Gobernaba una nave minera por la órbita de Aquiles. No era una nave muy grande, pero era mía. Y de repente, me crucé con un cohete mercante a la deriva. Un meteoro lo había desviado un cuarto de su rumbo y derivaba, girando en el espacio, mientras las estrellas le guiñaban los ojos como diamantes resplandecientes sobre un manto de terciopelo negro. Lo abordé, y allí no había ni una gota de oxígeno, y todos los muchachos estaban muertos y helados en la nevera del Viejo Padre Tiempo. Bien, el cohete estaba atestado de pieles. Supongo que venía de Pallas. Y las pieles eran todas mías por derecho de conquista. Un botín real. Las llevé todas a mi nave hasta que apenas tuve sitio para moverme. Y entonces, cerca de Marte, me abordó una manada de tipos salvajes, que me robaron todo el cargamento de pieles y huyeron rápidamente en una de las pequeñas naves de emergencia. Lo he meditado una y otra vez. Aquellas pieles eran mías. Yo era rico. Pero me robaron. Claro que recuerdo el nombre de la nave. Lo vi. Vi el nombre. Y algún día atraparé a uno de aquellos canallas, y entonces...
Mientras Belton contaba su historia, Shafer iba acurrucándose más contra el fuego, sosteniendo las manos con las palmas vueltas hacia las brasas. Le temblaban los dedos como si tuviera frío. Sus vacuos y entrecerrados ojos miraban a los demás furtivamente.
Dos pares de ojos estaban posados en él; los de Duane y Capitán. Éste se metió la mano en el bolsillo interior de su cazadora de cuero y sacó un frasco. Lentamente, lo descorchó y se lo brindó al hombrecillo, para luego echarse hacia atrás. Shafer, tembloroso, dejó que sus dedos siguieran el trayecto del frasco.
—Pareces un buen chico —le dijo Capitán—. Pero enfermo. Toma esto, es todo lo que tengo, pero... —se encogió de hombros y produjo una helada sonrisa.
Duane contemplaba la pequeña comedia desarrollada ante él. En sus profundos ojos había lástima por aquel hombrecillo y desprecio por el que jugaba con él.
—Cree que tú sabes dónde hay uranio —murmuró burlonamente—. Hará tratos contigo por una tonelada de uranio a cambio de un trago.
—¡Al infierno! —exclamó Capitán. Y luego a Shafer—: Adelante. Bebe esto. No le hagas caso a este abogado espacial.
El hombrecito obedeció. Belton lo contemplaba todo como fascinado.
—¿No puedo beber yo un poco? —preguntó.
—Ni una gota —los ojos de Capitán eran asesinos—. ¿No ves que ese sujeto es todo un caballero? Seguro que ha visto días mejores.
—¿No estamos todos en esas mismas condiciones? —objetó Duane.
—Dejen tranquilo a ese chico —Capitán le palmeó amistosamente la espalda a Shafer. Éste sonrió tímidamente y volvió a levantar el frasco.
—Gracias.
Se pasó el dorso de la mano por la boca y le devolvió el frasco a Capitán. Éste lo rechazó.
—No, sé bien cuando un individuo necesita un trago más que yo. Seguro que viste mejores tiempos. Pero tú eras más rico que ese imbécil que gime, proclamando que tenía un cargamento de pieles.
Belton enrojeció.
—¡Oiga…!
Una mano se posó sobre su estropeada chaqueta.
—Calma —le aconsejó Duane, acariciando la culata de su pistola. Belton se echó para atrás y comenzó a gruñir para sí.
Shafer tomó otro sorbo del frasco. Una lucecita febril empezó a asomarle a los ojos.
—¡Pieles! —gritó despreciativamente—. ¡Unas malditas pieles! ¿A quién le importan un comino unas pieles? Vaya, yo poseo un pedazo de todas las riquezas del mundo. Algún día, los amos de la guerra me seguirán, suplicándome. Yo soy más rico que las estrellas porque tengo lo que todo el mundo quiere.
—Conocí a un tipo que también hablaba así —anunció Duane, en voz baja—. Estaba cantando una canción parecida en un bar. Pero no tenía bastante dinero para pagarse la última copa y le echaron a la calle.
—¡Cállese! —sonrió Capitán, confiando en que Duane ya había jugado su mano—. ¡No hagas caso de este cínico!
Shafer miró a Duane y esbozó una sonrisa.
—¿Cree que miento, eh? Bien, pues ya verá. Utilicé mi propia nave. Y encontré una mina, una bella mina flotante. No tuve que denunciarla porque yo sólo sé dónde está.


—Seguro —asintió Capitán.
—Toneladas y toneladas de uranio —explicó Shafer, paladeando aquellas palabras como si fuesen ricos bombones.
—Seguro —repitió Capitán—. Bastante para todos. Viviríamos como reyes.
Shafer se irguió y lo miró, asustado. Sus ojos volvieron a apagarse.
—Está tratando de hacerme hablar. No, es mía, sólo mía. Yo la encontré. Nadie más sabe dónde está.
El Capitán volvió a palmear la espalda de Shafer.
—Sólo estábamos interesados en tu historia, ¿verdad, amigos?
Duane gruñó su desprecio.
Shafer bebió otro trago.
—Sí, señor —continuó con voz soñadora—, yo iba navegando por el espacio, apartado de las rutas normales, cuando tropecé con la mina. Un pequeño asteroide de unos dos kilómetros de diámetro. Uranio sólido. Lo cogí. Lo desvié de su órbita unos centímetros. Antes podía hacer tales cosas. Y ahora es mío. Una y otra vez me lo he repetido desde entonces. Y también las coordenadas. Puedo olvidar muchas cosas, pero nunca aquella órbita. Y escribiré las cifras cuando alguien me ponga un montón de dinero en la mano.
Calló un momento. Luego tomó otro trago y habló para sí mismo.
—Sí, señor, hallé un asteroide de uranio macizo. Yo iba tan tranquilo en mi nave, la Billikins...
Se llevó una mano a la boca como para detener aquellas palabras. Se le arrasaron los ojos en lágrimas. Por entre sus huesudos dedos se le escapó un chillido.
Bill Belton estaba de pie llevándose una mano al interior de su chaqueta.
—¡Tú! —gritó—. ¡Maldito seas! ¡Recuerdo el nombre de esa nave! ¡Era la tuya! ¡Tú me robaste las pieles!
El hombrecito agitó unas manos temblorosas como protesta.
—¡No! ¡No, no, no!
La mano de Belton salió lentamente de la chaqueta. Empuñaba un largo y afilado cuchillo.
—¡Fuiste tú! —insistió. Levantó el cuchillo, trazando un arco mortal.
Entonces, el miedo de Shafer se trocó en desesperación. Dando un grito feroz, dio un salto atrás y se llevó también una mano a la chaqueta. Ahora actuaba velozmente. El miedo le había enloquecido. En su mano apareció una pequeña pistola. Disparó a la cara de Belton, casi a bocajarro.
Belton trastabilló y cayó. Se llevó las manos a la ensangrentada cara... que ya no lo era. Lanzó un chillido que acabó en ronco estertor. Luego rodó hacia el fuego, volvió a gruñir, trató de incorporarse, volvió a caer... y se quedó inmóvil.
—¡Todos me han engañado! —Shafer estaba de pie, dominando con su pistola a los otros dos que seguían sentados. Le relampagueaban los ojos, como dos pequeños charcos de fuego. Logró aquietar sus manos y apuntó a Duane con el arma.
La mano de Duane se movió como una víbora al atacar. Dos pequeñas llamaradas surgieron de su pistola. Shafer pareció tropezar y cayó.
Duane volvió su atención a Capitán. El hombrecillo se estaba sujetando un brazo roto. La pistola que estuvo apuntando a Duane se deslizó de entre sus dedos.
—¡Idiota! —gruñó—. ¡Le ha matado! Yo creí su historia. Ese tipo sabía dónde estaba el uranio.
Duane se encogió de hombros.
—Era un loco. Un asesino. Conozco a los de su especie, Capitán. Comprendí lo que usted pensaba cuando él insinuó que sabía dónde había un cargamento de uranio. Usted pensó que sólo usted y Shafer saldrían con vida de este campo. Usted ya estaba empuñando su pistola dispuesto a eliminarme, si Shafer fallaba.
—¡Maldito idiota! —juró Capitán—. ¡Oh, me gustaría tener aquí a alguno de mis hombres!
—Suelte la pistola y lárguese —le ordenó Duane.
—Pero es de noche. No puedo internarme en la oscuridad sin un arma.
—¡Fuera! —las palabras de Duane eran como agujas de hielo—. No tardará en amanecer.
Capitán se puso de pie. Estaba estremecido por la furia, el temor y el dolor de la herida en el brazo. Lentamente se apartó de la fogata.
—Y recuerde lo que dije —añadió Duane—: Los hombres conquistarán algún día el espacio, pero será después de haberse conquistado a sí mismos.
La figura de Capitán fue desvaneciéndose en la noche. El rumor de sus pasos murió también.
Duane continuó sentado delante del fuego, contemplando intensamente las llamas, olvidado de las dos figuras inertes que yacían en la sombra. Al fin se levantó. Por oriente nacía una plateada luminosidad. Cuando la miró, el color plateado se tornó más brillante, y en el cielo aparecieron como unos dedos de color púrpura.
Al nacer la mañana se disolvió la niebla. El cielo quedó iluminado. Estaba vacío, pero claro y lleno de promesas.


FIN

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