2025/11/24

El túnel adelante (Alice Glaser)


Título Original: The Tunnel Ahead
 Año: 1961


El piso del Topolino estaba cubierto de arena. Tom tenía también arena en los pantalones y entre los dedos de los pies. Pensó:
"Maldita sea, han construido aquí una carretera de seis pistas que va directamente al océano, una plataforma giratoria con capacidad para trescientos coches que facilita el tránsito en la playa, todo eficiente, organizado, mecanizado y amable, y he aquí el resultado: Arena. Y dentro del coche, a pesar del aire acondicionado, el olor acre de las salinas quemadas por el sol".
Los músculos entumecidos le dolían como de costumbre. Acarició inútilmente el volante, deseando tener algo que hacer, lamentando que el coche fuese tan pequeño, y en seguida se sintió avergonzado. Esos sentimientos eran antisociales. Por supuesto, nada tenía que hacer, pues la carretera estaba funcionando en forma automática, como todas. Así era la ley. Y aunque viajaba tan encogido que las rodillas le tocaban casi el mentón, y el techo del coche le apretaba la nuca como la tapa de una caja, y sus cuatro hijos amontonados en el asiento trasero parecían aspirarle el cuello de la camisa... bueno, era inevitable y, además, el Topolino tenía dos metros de largo como indicaba la ley. No había por qué quejarse.
Por otra parte, no había sido un mal día al fin y al cabo. Cinco horas para recorrer sesenta kilómetros hasta la playa y luego, por supuesto, un par de horas esperando en fila a que les llegara el turno para meterse en el mar. Estaban tardando un poco más en el viaje de vuelta, como siempre. No se podía saber tampoco qué ocurriría en el Túnel. Estarían otra vez en casa a eso de las diez, quizá. No demasiado tarde.
"Un modo tan bueno como cualquier otro para matar el ocio", pensó. A veces sobraba ocio para matar, realmente.
Jeannie, sentada a su lado, miraba por la ventanilla. Se había recogido el pelo en la nuca —un pelo casi tan rubio como el de los niños— y aunque estaba embarazada otra vez no parecía mucho más vieja que hacía diez años. Pero había dejado de tejer y pensaba ahora en el Túnel. Tom siempre se daba cuenta.
—¡Ay!
Algo golpeó la nuca de Tom, que se dobló hacia adelante tropezando con el parabrisas.
—¡Eh!
Se volvió a medias y lanzó un manotazo a la pala que la pequeña Pattie, de cuatro años, blandía en ese momento.
—Nadé —anunció Pattie, con los ojos azules muy abiertos—. Nadé bien y no tropecé a ninguno.
—Con ninguno —corrigió Tom.
Confiscó la pala, pensando cansadamente que "nadar" en esos días significaba "pisar agua". No había espacio para más en la atestada área de baño.
Jeannie se había vuelto también y miraba sonriendo a su hija, pero Tom meneó la cabeza.
—Ha llegado el momento —dijo brevemente.
Sabía que un paseo en coche aumentaba inevitablemente la tensión de los niños; lo sabía bien pues los veía a menudo, con tantos intervalos entre las horas de clases, entre las horas de juegos y aun entre las horas de su propio trabajo. Pero no les faltaría la educación apropiada. Al primer signo de extroversión, cortar por lo sano, ese era su lema. Se les evitaba así muchos daños futuros.
Jeannie se inclinó hacia adelante y apretó un botón del tablero. La gaveta de tranquilizantes salió y se abrió. Jeannie eligió una pastilla rosada, pero cuando se volvió, Pattie estaba ya apaciguada, con las manos en el regazo y los ojos fijos en la pantalla de TV del asiento trasero. Jeannie suspiró y deslizó la píldora en la boca entreabierta de la pequeña Pattie.
Los otros tres no hablaban desde hacía horas, tal como se esperaba. Jeannie les había servido un almuerzo apropiadamente pesado en el coche: Proteínas sintéticas y un tazón caliente de la sopa de algas deshidratadas que había puesto en el termo. Además, todos habían tomado una dosis extra de tranquilizantes para el viaje. David, de seis años, que hacía un tiempo se resistía a abandonar su extroversión, estaba mirando la pantalla de TV y respiraba con dificultad. David era el primogénito, y había nacido en la cabina de partos del supermercado el 3 de abril del año 2100, a las ocho y treinta de la mañana. El mismo año en que la población de los Estados Unidos había llegado a los mil millones. Y era el quinto niño entre los que habían nacido aquella mañana en el supermercado. Las mellizas Susan y Pattie estaban sentadas muy derechas y miraban atentamente la pantalla; y la bebé, Betsy, de dos años, se había tumbado en el asiento y no tardaría en dormirse.
El coche avanzaba a quince kilómetros por hora, uno más en la fila de brillantes burbujas que se extendía como una cinta de caramelos a lo largo de la nueva carretera de Pulaski, iluminada por el sol poniente. La distancia entre los coches (que la ruta automática medía estrictamente) nunca cambiaba.
Tom sintió un dolor sordo en los ojos. Unos breves calambres le atenaceaban ahora los músculos. Le echó a Jeannie una mirada de disculpa, pues a ella no le gustaban los programas deportivos, y encendió la pantalla de TV del tablero. La tercera partida del campeonato mundial ya había comenzado. Malenkovsky con las rojas. Malenkovsky movió una pieza y se reclinó en la silla. Las cámaras enfocaron a Saito, con las negras. Iba a ser una buena partida de damas. Más movida que casi todas.
Estaban a menos de un kilómetro del Túnel cuando la fila de coches se detuvo de pronto. Durante un minuto Tom no dijo nada. Quizás había ocurrido un accidente, o quizás alguien había salido de la fila, pasando ilegalmente de automático a manual. Otro minuto más. Las manos de Jeannie apretaban tensamente la manta amarilla que estaba tejiendo.
Era evidente ahora que la detención se prolongaría. Jeannie miró las filas inmóviles de coches, frunciendo un poco el ceño.


—Me alegra que ocurra ahora. Esto aumenta nuestras probabilidades, ¿no es así?
La pregunta era retórica y Tom sintió la irritación habitual. Jeannie era una joven inteligente, pues si no él no la hubiese querido tanto. Pero no podía entender las leyes de las probabilidades. El Túnel se cerraba diez veces por semana, término medio. Los diez cierres podían sucederse con intervalos de segundos o en plazo de una hora. A veces no había ningún cierre en todo un día. Que hubiese ocurrido en este momento no modificaba nada.
—Alguna vez nos tocará a nosotros, Tom —dijo Jeannie pensativamente.
Tom se encogió de hombros sin responder. Podía ocurrir cualquier cosa en el futuro, pero ahora estaban a salvo, por lo menos durante media hora.
David estaba retorciéndose un poco, con cara de disculpa.
—¿Puedo salir, papá, si el Túnel está cerrado? Me duele.
Tom se mordió los labios. Entendía bien a los chicos, recordando los años en que su propio cuerpo crecía y crecía, y él no quería hacer otra cosa que correr, correr rápidamente, a cualquier parte. Los chicos, extrovertidos, todos ellos. Quizás uno podía ir adelante de ese modo en el siglo veinte, cuando no había multitudes y sobraba el espacio, pero no ahora. David tendría que aprender a estarse quieto, como todos los demás.
David había comenzado a flexionar los músculos rítmicamente. Ejercicio pasivo, lo llamaban. Un nuevo pseudo deporte que no necesitaba espacio y era enseñado científicamente en los minutos de recreo. Tom observó con envidia a su hijo. Era magnífico disponer de tanta energía física, no teniendo que hacer cola para obtener una nueva ración de gimnasia.
—Papá, en serio, tengo que salir.
David se retorció otra vez en el asiento. Bueno, parecía que el chico decía la verdad. Tom miró por el parabrisas. Los miles de coches que estaban a la vista no se movían aún. Abrió la portezuela. David se deslizó rápidamente fuera del coche. Tom observó como el chico comenzaba a estirar los brazos por encima de la cabeza, liberado de la presión del techo y como en seguida se comportaba en forma decente adoptando el paso introvertido. Por suerte, había un retrete a pocos metros y la cola de gente era corta allí.
"Está creciendo", pensó Tom, sintiéndose descorazonado de pronto. Había estado rogando que el chico heredara la estatura baja de Jeannie, no su propio metro ochenta. Cuanto más espacio ocupaba uno, más difíciles eran las cosas que, por otra parte, empeoraban día a día. Tom había notado últimamente que la gente le ponía mala cara en la calle.
En el brillante Topolino azul que estaba detrás había una familia italiana, también con muchos chicos. Dos de ellos, al ver a David delante del retrete, salieron corriendo y se pusieron a la cola. El padre sonreía y, de pronto, se volvió hacia Tom, que apartó los ojos. Recordó haber visto como se pasaban en el coche una botella de agua muy cara, y toda la familia había empinado alegremente el codo como si el agua creciese en los árboles. Extrovertidos, todos ellos. Era casi criminal que se les permitiera a esas gentes ir de este modo de aquí para allá, aumentando la incomodidad de todo el mundo. Ahora el padre había dejado también el coche. Tenía el pelo negro, rizado, y era rechoncho. Cuando vio que Tom lo miraba, sonrió ampliamente, señaló el Túnel y alzó los hombros como queriendo expresar una divertida resignación.
Tom tamborileó con los dedos en el volante. Los extraversos eran afortunados. Nunca parecían preocupados a propósito del Túnel. Tenían que sacar a los chicos fuera de la ciudad, de cuando en cuando, como todo el mundo. Para salir y para entrar había que pasar necesariamente por el Túnel, de modo que se encogían de hombros y pasaban. Además, ahora había tantas normas y reglas que era difícil discutirlas. Nadie podía oponerse al Consejo de la Ciudad. Los extraversos nunca temían el viaje como Jeannie, ni lo... Los dedos de Tom se cerraron rígidamente sobre el volante y trató de alejar el pensamiento que se le había ocurrido. Había estado a punto de decir que ni lo necesitaban como a él.
David salió del retrete y se deslizó otra vez en su asiento. Los coches habían empezado a moverse y poco después ya se arrastraban como antes.
A la izquierda de la carretera se extendía ahora la construcción que llamaban, en broma, la "montaña de las latas de cerveza". Hasta ahora no había nada allí excepto las pilas montañosas de ladrillos brillantes, los ladrillos de metal que en un tiempo habían sido recipientes de hojalata y que pronto se ordenarían en otra de las tan necesitadas casas de vivienda. Probablemente con cielos rasos todavía más bajos y paredes aún más delgadas. Tom parpadeó involuntariamente, pensando que en su casa, en una zona de residencias más antiguas, los cielos rasos eran tan bajos que él nunca podía estar de pie sin tener la cabeza inclinada. El espacio destinado a los hombres estaba reduciéndose, y todos los días un poco más.
En la llanura, a la derecha de la carretera, se extendían en hileras de kilómetros y kilómetros de edificios centelleantes, separados por estaciones de gasolina y parques de estacionamientos. Y más allá de esa llanura se alzaban los suburbios de Long Island, de pisos de cemento y atestados de rascacielos de alegres colores.
Aquí, ya más cerca de la ciudad, el aire tronaba con el ruido de las radios de transistores y los aparatos de TV. La intimidad y el silencio habían desaparecido de todas partes, por supuesto, pero éste era un barrio de clases bajas y el estruendo atravesaba aun las ventanillas cerradas del coche. Los inmensos edificios, de bloques de cemento y luces de neón, llegaban casi al borde de la carretera, con rampas entre ellos en todos los niveles. En esas rampas, construidas en un principio para los coches, se amontonaba ahora la gente que volvía de sus turnos de trabajo o de una visita a los mercados, o que entretenía simplemente las interminables horas de ocio. "Parecen todos bastante apáticos", pensó Tom. Nadie podía acusarlos en verdad. La vida material era tan segura que nadie hacía un trabajo que no fuese realmente necesario. Todos lo sabían. Los empleos de esa gente eran probablemente tan monótonos y fútiles como el suyo. Todo lo que él hacía era verificar columnas de números en un libro mayor y luego copiarlas en otro libro mayor. Mataba el tiempo, como los demás. No parecía que a esta gente le importara mucho.
Pero, mientras miraba, hubo de pronto un rápido forcejeo en la multitud, un breve estallido de violencia. El zapato de un hombre había roto el tacón de una mujer. La mujer se volvió y golpeó al hombre con el bolso de las compras, abriéndole una herida en la mejilla. El hombre contestó con un puñetazo al estómago de la mujer, que lanzó a su vez un puntapié. Un hombre que venía detrás se abrió paso entre ellos a codazos, con la cara distorsionada. La pareja se separó, murmurando entre dientes. La irritación se extendió, como ocurría de cuando en cuando, como si nadie esperara otra cosa que la oportunidad de descargar un golpe.
Jeannie había visto también el incidente. Ahogó un grito y apartó los ojos de la ventanilla, mirando a los niños que ahora dormían. Tom le acarició el pelo.


Un vasto rascacielos se alzaba ahora ante ellos: El cubo de paredes de vidrio de Manhattan. Unos rayos luminosos salían del edificio y se perdían en el crepúsculo. Los jardines, cuidadosamente planeados, eran manchas verdes en los noventa y ocho pisos de la unidad. Tom, como siempre, bendijo a la mente previsora que los había puesto allí. Todos sus hijos podían pasar de ese modo una hora semanal en la hierba y jugar junto al árbol. Hasta había un zoológico en cada piso, no como los zoológicos complicados de Washington, Londres y Moscú, por supuesto, pero sí por lo menos con un perro, un gato y una pecera bastante grande. Lujos semejantes permitían que uno olvidara a veces la multitud y el ruido y los cuartos diminutos y la sensación que nunca había bastante aire para respirar.
Estaban ya cerca del Túnel. Jeannie había dejado su tejido y tendía la cara hacia adelante como si estuviese escuchando más que mirando. A pesar de sus propios razonamientos, Tom se sorprendió tocando nerviosamente el tablero. En la pantalla de TV, Malenkovsky movía triunfalmente una dama.
Habían llegado a las puertas del Túnel. Jeannie estaba callada; y miró irracionalmente su reloj pulsera.
Tom apretó el botón de los tranquilizantes y la gaveta se abrió, pero Jeannie meneó la cabeza.
—Odio esto, Tom. Me parece una idea absolutamente sucia.
La irritación de Jeannie sorprendió a Tom, sintiéndose casi escandalizado.
—¿No es lo más justo? —replicó—. Lo sabes muy bien.
—No me importa —dijo Jeannie entre dientes—. Tiene que haber otro modo.
—No hay nada más justo —insistió Tom—. Corremos el riesgo como todos los demás.
Sentía ahora los latidos de su propio corazón. Tenía las manos frías. Siempre le pasaba eso cuando entraban al Túnel, y nunca había sabido si era miedo o impaciencia, o las dos cosas. Observó a los niños en el asiento trasero. David miraba la pantalla de TV otra vez y se mordisqueaba una uña. Los otros tres dormían aún, tal como se les había enseñado, con las manos dobladas sobre el vientre. Tres ratones ciegos.
En el Túnel había ecos y frío. Las paredes de azulejos, limpios y pulidos, emitían una luz blanca. Soplaba un viento y parecía que los coches se movían rápidamente. La familia italiana venía aún detrás de ellos, a una velocidad constante. En el techo del Túnel se movían unos grandes ventiladores, más ruidosos que los invisibles aparatos de aire acondicionado y el lento movimiento de los coches.
Jeannie había apoyado la cabeza en el respaldo del asiento como si estuviese dormida. Los coches se detuvieron un instante, poniéndose en seguida en movimiento. Tom se preguntó si Jeannie había sentido aquel mismo escalofrío. Le miró entonces la boca y descubrió una expresión de miedo.
El Túnel, pensó, tenía dos mil quinientos metros de largo. Cada uno de los coches medía dos metros. Había un metro y medio entre cada coche. Setecientos coches en el Túnel por lo tanto, más de tres mil personas. Se tardaba quince minutos en pasar el Túnel. Estaban a medio camino.
Habían cruzado ya las tres cuartas partes. Unas luces automáticas parpadeaban en el techo. El pie de Tom se movió hacia el acelerador antes que recordara que el coche marchaba en automático. Era un movimiento casi instintivo. Las manos y los pies querían hacer algo. El cuerpo deseaba controlar la dirección del avance. Siempre se sentía así, en el Túnel.
Ya estaban casi afuera. Tom tuvo la sensación que unas hormiguitas le corrían por el cuero cabelludo. Movió los dedos de los pies sintiendo las asperezas de la arena entre ellos. Ahora ya se veía la salida. Quizá dos minutos más. Un minuto.
Se detuvieron otra vez. Un coche, en algún sitio, allá adelante, se había salido de la fila. Una vez fuera del Túnel estaba permitido pasar otra vez a manual, pues era necesario elegir la pista correcta entre las otras diez. De otro modo, uno podía encontrarse de pronto en la pista más alta de Manhattan cuando ya no había sitio para doblar.
Tom palmeó el volante. El coche de adelante había vuelto otra vez a la fila. Se pusieron de nuevo en marcha, más rápidamente. Ya estaban fuera del Túnel.
Jeannie recogió su tejido y lo sacudió bruscamente. En seguida, lo dejó caer como si se hubiera pinchado los dedos. Arriba sonó una campana, no muy fuerte pero clara. Justo detrás del parachoques trasero, unas puertas se deslizaron cerrándose silenciosamente.
Jeannie se volvió para mirar el espacio donde había estado hasta entonces la familia italiana, el coche de color azul y donde habían estado otros. No se veía ningún coche ahora. Jeannie se dio vuelta otra vez y miró inexpresivamente por el parabrisas.
Tom estaba calculando. Dos minutos para que funcionaran las duchas del techo. Luego, los setecientos coches del Túnel serían izados y vaciados. Diez minutos para eso, aproximadamente. Se preguntó cuánto tardarían los ventiladores en eliminar los restos del gas cianuro.
"Despoblación sin discriminación" lo habían llamado en la época de las elecciones. Nadie hubiera admitido que votaba por eso, pero casi todos votaron. Uno se decía en voz alta: "Es el modo más justo de cumplir con algo necesario". Pero en algún lugar secreto de la mente, uno reconocía que había algo más. Una apuesta, el único elemento impredecible en el largo y temible proceso de la supervivencia. Un juego. Una ruleta rusa. Un juego en que uno entraba para ganar. O quizá para perder. No importaba mucho, pues el Túnel excitaba en verdad. No quedaba otra excitación en el mundo.
Tom se sintió de pronto notablemente despierto. Puso el coche en manual y enfiló la nariz redonda del Topolino hacia la cuarta carretera.
Se puso a silbar entre dientes.
—La próxima semana otra vez a la playa, ¿eh, querida?
Jeannie lo miraba a la cara. Tom dijo defensivamente:
—Es bueno para todos salir alguna vez de la ciudad, respirar de cuando en cuando un poco de aire fresco.
Tocó a Jeannie con el codo y le tironeó el pelo, afectuosamente.


FIN

2025/11/17

Curso de supervivencia (Philip E. High)


Título original: Survival Course
Año: 1961


Crichton era un brillante químico, que tenía una obsesión: La creencia de que podía verse abandonado a sus propios recursos.
Había estudiado, me dijo, las técnicas de la supervivencia en las condiciones más primitivas.
—No estoy dispuesto a morir sin luchar —añadió, en tono firme—. Si naufragamos, sabré cómo arreglármelas.
Ninguno de nosotros esperaba naufragar, y, en el peor de los casos, una nave de rescate no tardaría más de dos años en recogernos, pero Crichton no estaba dispuesto a correr ningún riesgo.
Se compró un arco y un montón de flechas ("La munición puede escasear, ¿sabes?") y había aprendido a encender fuego frotando dos trozos de madera.
—Todo el mundo debería de seguir un curso de supervivencia antes de enfrentarse con un trabajo como éste —dijo—. No trato de establecer un precedente, sino de apuntar un dedo acusador contra la autoridad: Los cursos de supervivencia deberían ser obligatorios. Si la base fuera destruida y necesitáramos comida y fuego...
Cuando llegamos a Venus, me hubiera gustado ver a Crichton tratando de encender fuego.
La anterior expedición nos había advertido de las condiciones que íbamos a encontrar, y planteó la discusión de si el planeta era una bola de polvo, o todo lo contrario. Era todo lo contrario. Crichton hubiera necesitado una tienda impermeable para encender su fuego. Y en cuanto a materiales secos...
A pesar de los informes y de las fotografías de primera mano, Venus fue una sorpresa para nosotros. Nos habían preparado para la humedad, los insectos, los gérmenes, las tormentas casi diarias, pero no para el escenario real.
Maynes miró a través de la mirilla azotada por la lluvia y exclamó con una voz sorprendida:
¡Hermano! 
Como comentario resultaba muy significativo, pero en el momento de aterrizar estábamos demasiado atareados y sólo más tarde pudimos contemplar el espectáculo con nuestros propios ojos y añadir algunos detalles profanos a aquel comentario.
Afortunadamente, la anterior expedición había comprobado las condiciones de la llanura en la cual habíamos aterrizado, de modo que pudimos empezar a establecer la base Nos colocamos las mascarillas nasales y nos aventuramos bajo el implacable diluvio.
Me parecía increíble que una base operacional que incluía un campamento de chozas, laboratorios en miniatura, tres dormitorios con sus correspondientes camastros y pasillos de comunicación, pudiera ser almacenada en un compartimiento poco mayor que una caja de sombreros, pero los magos de la ciencia lo habían conseguido. Lo único que había que hacer era hinchar todos los elementos, los cuales, al alcanzar el tamaño adecuado, se endurecían en dieciocho minutos. Transportar aquellos elementos resultó bastante fácil, pero anclarlos ya fue harina de otro costal.
Sobre la llanura había una capa de cinco pies de enredaderas que tenían que ser arrancadas, y debajo de las enredaderas había seis pulgadas de agua. Después del agua aparecieron dieciocho pulgadas de detritus vegetales, y antes de llegar al suelo de roca tuvimos que extraer otra capa de cuatro pies de tierra.
La base tenía que ser anclada, y las tiendas, a pesar de que eran sorprendentemente fuertes, parecían ligeras como plumas ante la fuerza del temporal y teníamos la impresión que iban a echar a volar de un momento a otro.
Chapoteamos a través del diluvio, con el equipo atado a nuestros pechos, tropezando con las malditas enredaderas como un grupo de cómicos en una antigua película muda. El trabajo nos llevó casi diez horas y nos dejó físicamente agotados. Hacía un calor insoportable, el sudor mezclado con la lluvia corría a raudales por nuestros rostros, y, bajo la opresión de las mascarillas nasales, experimentábamos la sensación de que nos hervían vivos lentamente.
Fue un verdadero alivio entrar en las tiendas cuando por fin quedaron ancladas y librarse del insoportable calor. Alguien había puesto en marcha los acondicionadores de aire y resultaba delicioso poder respirar.
Sin embargo, las tiendas carecían de eliminadores de ruidos. No había modo de librarse del continuo repiqueteo de la lluvia, un repiqueteo cada vez más obsesionante.
Cuando nos recobramos un poco dirigimos una primera ojeada al planeta y, como ya he dicho, no estábamos preparados para lo que vimos. Sabíamos que en Venus no había árboles, y sí unos arbustos en forma de hongos que a veces alcanzaban una altura de sesenta pies. Sabíamos que había enredaderas, pero aquello... La vegetación no era verde, ni siquiera de un verde pálido; era blanquecina, con grandes zonas negras como si se hubiera prendido fuego recientemente; cosa imposible dadas las condiciones climatológicas.
Venus parecía un gigantesco lecho de setas que crecían en medio de una maraña de interminables gusanos blancos.
El cielo también era bastante especial. En la Tierra, cuando llueve, suele ser oscuro, pero allí era blancuzco, brillante, como si el sol estuviera inmediatamente detrás de las nubes y quemara a través de ellas.
Más tarde descubrimos que la penetración ultravioleta era prodigiosa, y la mayoría de nosotros padecimos graves quemaduras a pesar de que la lluvia caía constantemente sobre nuestros rostros.
Holz explicó lo blanquecino de la vegetación en un largo discurso acerca de los eslabones celulares y de la clorofila, discurso que no llegué a comprender del todo.
Mendoza le superó más tarde cuando habló del extraño aspecto del cielo. La única palabra que comprendí fue "refracción".
Personalmente experimenté una sola reacción, y fue de tipo emotivo: El lugar me ponía la carne de gallina.
Paulatinamente fuimos adaptándonos a la situación. A mí me correspondió el pesado trabajo de descargar los suministros.
Unos meses antes de nuestra salida de la Tierra habían sido colocados en órbita alrededor de Venus seis Sputlites. Hacerlos descender por radio-control y acercarlos a la base lo suficiente para que fueran accesibles no es un trabajo que pueda recomendarse para los nervios.
Una vez estaban en la atmósfera, la cosa no resultaba demasiado difícil, ya que los estabilizadores entraban en funciones, pero de todos modos me veía obligado a vigilar los mandos con un ojo y los indicadores del nivel de combustible con el otro. Después de un viaje de veintiséis millones de millas la provisión de combustible era muy limitada. En resumidas cuentas, perdí casi veinte libras en sudor nervioso antes de que la tarea estuviera terminada.
Inmediatamente después empezó el trabajo de delinear mapas. Podíamos explorar todo el planeta por medio del radar y, cuando era necesario, fotografiar cualquier zona por medio de cámaras teledirigidas.
Era un trabajo que al principio resultó interesante, pero no tardó en hacerse aburrido, ya que el paisaje de Venus era bastante monótono. Había dos grandes continentes, innumerables islas de todos los tamaños y amplias zonas de océano de aspecto fangoso, cubiertas siempre por una espesa niebla.


Sin embargo, Holz, nuestro biólogo, se hallaba en su elemento y hacía continuamente nuevos descubrimientos que era incapaz de reservarse.
—Sucede algo muy curioso. Todo lo que he examinado hasta ahora en este planeta es ciego, lo mismo los insectos que la vida orgánica.
—¿Entonces cómo se mueven? —preguntó alguien.
—¡Ah! Ése es otro factor interesante. Todo lo viviente emite un zumbido ultrasónico, inaudible para el oído humano, cuyos ecos utilizan las formas vivientes para determinar su posición, tal como hacen los murciélagos, por ejemplo.
Medité en el problema. La Naturaleza podía haber tropezado con dificultades para desarrollar un órgano de la vista en el planeta. Todos nosotros nos habíamos visto obligados a utilizar gafas polarizadas al cabo de unas horas de nuestra llegada a Venus, e incluso así nuestra visión se vio desagradablemente afectada durante unas horas más.
Fue también Holz el que sembró las primeras confusiones en nuestras mentes.
—Sucede algo muy raro aquí —dijo—. Las apariencias exteriores sugieren una Tierra en decadencia. Y la Tierra es más antigua que Venus, aunque no mucho más antigua.
Ratcliffe, el geólogo, asintió rápidamente.
—Parece como si tuviera un centenar de millones de años, pero yo diría que tiene diez, millón más, millón menos.
Holz se golpeó la palma de la mano con un enorme puño.
—Y, sin embargo, sólo existen dos formas de vida orgánica. Esto no tiene sentido. Biológicamente, algo tendría que haber evolucionado, algo con un principio de inteligencia.
—Me gustaría —intervino Pearson— hacer una pregunta acerca de la edad del planeta.
—Estamos hablando en términos de desarrollo, en términos de vida, si lo prefiere —Ratcliffe estaba decidido a no dejarse arrastrar a una discusión—. Astronómicamente, desde luego.
—Dejemos esto —dijo Holz—. Antes de llegar a una conclusión tenemos que estudiar a fondo los elementos que poseemos.
Y, por el momento, quedó zanjada la cuestión.
La vida continuó. Todo el mundo estaba muy ocupado, pero a mí me quedaba tiempo para observar y para pensar.
Tal como Holz había observado, en Venus había solamente dos formas de vida orgánica. La primera era el Piesplanos. Se coge un cerdo, se le pinta de un color blanco sucio, se le extirpan los ojos y se le añaden unos enormes pies en forma de aletas, y ya está. Olía espantosamente mal y se pasaba la mayor parte del tiempo con el hocico enterrado debajo de las enredaderas. Holz dijo que se alimentaba de materia vegetal en descomposición.
El Saltarín era menos complicado aún y, como su nombre indica, se desplazaba dando pequeños saltos. Casi tan grande como un balón de fútbol y de color blanquecino, parecía idealmente adecuado al medio. Flotaba, y mediante una rápida contracción y expansión de su superficie podía saltar sobre el agua o sobre los cuerpos sólidos con la misma facilidad.
Desde luego no tenía ojos. Tampoco tenía boca ni otros apéndices visibles.
Holz capturó y disecó centenares de aquellos bichos y, cosa rara en él, su aspecto se hizo taciturno.
Un día casi nos arrastró a Mendoza y a mí hasta su diminuto laboratorio.
—No puedo seguir soportando esto solo. Mis amigos más íntimos deben compartir la carga y luego podremos enloquecer todos juntos. Será mejor que dibuje unos croquis...
Holz me agradaba porque era un hombre recto, sin complicaciones, y se tomaba la molestia de explicar las cosas en términos sencillos, sin adoptar aires de suficiencia ni dar a entender que estaba hablando con un "inferior". Holz, Mendoza y yo nos habíamos hecho muy amigos durante el largo viaje.
Mendoza, nuestro físico, era un personaje completamente distinto, alto, moreno, estricto, pero no excitable. Estaba muy orgulloso de su ascendencia española y llevaba una pequeña barba proyectada hacia adelante como un gesto de desafío.
Holz terminó sus croquis y dijo:
—No quiero fastidiarles con tecnicismos; estos croquis son una simple reproducción de algunos ejemplares —Señaló algunas partes disecadas de lo que imaginé que era un Saltador—. Corazón, pulmones, vejigas de aire para flotar... Observen la evolucionada y compleja estructura muscular exterior.
Hizo una pausa y se quedó mirándonos. Finalmente, Mendoza dijo:
—¿Bien?
Holz suspiró.
—Es maravilloso, ¿no es cierto? Ese animal carece solamente de un órgano vital: El cerebro.
Contemplamos a Holz, asombrado, y él asintió.
—Yo he experimentado la misma sensación que experimentan ustedes ahora. Me he dicho a mí mismo: "Tiene que haber algo", pero no hay nada —Movió nerviosamente las manos—. De acuerdo, de acuerdo, no tiene sexo, lo sé. Las abejas y las hormigas son gigantes intelectuales comparadas con ese bicho. Biológicamente hablando, este animal no puede saltar, no puede moverse, carece incluso de instinto, no posee ningún receptáculo para el instinto. Si quieren definir ustedes una paradoja, aquí tienen una.
—Supongo —dijo Mendoza prudentemente— que es un mamífero.
Holz suspiró de nuevo.
—Tiene un sistema circulatorio, tiene una temperatura corporal de ochenta y nueve con tres, y respira. Sí, debo reconocer que posee las características de un mamífero.
Mendoza cogió uno de los croquis, lo examinó atentamente, frunció el ceño y luego pareció encontrar lo que buscaba.
—¿Y esto? —dijo—. ¿No lo ha tenido usted en cuenta?
Holz le miró con expresión enfurruñada.
—Lo he tenido en cuenta; y estoy tratando de olvidarlo —Se frotó la barbilla furiosamente—. Es un ganglio nervioso, uno de los más complejos y sensibles que he visto. Si estuviera conectado a un cerebro tendría una explicación, pero faltando ese cerebro es completamente superfluo.
Mendoza había cogido otro croquis.
—El animal come, por lo que veo.
—¡Oh, sí, come! Posee una boca en forma de ventosa que puede extender hacia adelante en caso necesario. En realidad, tengo aquí un ejemplar dotado de unos pequeños apéndices retráctiles que pueden ser utilizados como brazos. Queda por ver si se trata de una especie distinta de Saltador.
—¿Y qué es lo que come exactamente?
—Eso, amigo mío, no puedo decírselo. Quizá cuando nuestro amigo químico se canse de jugar a los exploradores se dignará hacer un análisis del contenido del estómago.
Cuando me separé de Holz, unos minutos después, no pude evitar el pensar que nadie simpatizaba con Crichton. Como ya he dicho, era un individuo pomposo y algo cargante, pero esto solo no justifica su impopularidad. Es cierto que tenía un modo muy desagradable de mirar con sus fríos ojos verdosos cuando hacía una afirmación. Crichton no "expresaba una opinión": Hacía afirmaciones autoritarias, y si alguien se atrevía a contradecirle, se apresuraba a demostrar que estaba equivocado. Nadie simpatiza con un hombre que pretende ser infalible, pero cuando las afirmaciones de un hombre de esa clase resultan ciertas, la antipatía se convierte en aborrecimiento.


Crichton, sin recurrir a las palabras desagradables ni al sarcasmo, había dado con una fórmula única para crearse enemigos: Siempre tenía razón.
Por ejemplo, a pesar de las observaciones, no siempre humorísticas, acerca de su cursillo de supervivencia, casi había conseguido refutar lo evidente.
Había descubierto que la corteza o envoltura exterior de las enredaderas más gruesas podía ser sacada y era impermeable. Una vez sacada, las fibras interiores no sólo servían como un fuerte y duradero cordel, sino que, una vez secas, ardían durante mucho tiempo con una brillante llama que no producía humo.
Crichton había conseguido no sólo encender fuego dentro de una tienda, sino también asar y comerse parte de un Piesplanos. En resumen, con sus propios esfuerzos casi había hecho posible la supervivencia en Venus.
Sus actividades con su arco tenían casi el mismo éxito. A pesar de las evidentes limitaciones impuestas por la continua lluvia, la práctica constante le había convertido en un arquero sumamente hábil. Utilizaba los Saltadores como blancos móviles, y rara vez fallaba el tiro.
—¿Por qué diablos no deja a esos pobres bichos en paz? —le espetó Hogben en cierta ocasión—. Si los Piesplanos son comestibles, ¿por qué no deja tranquilos a los Saltadores?
Crichton se había encogido de hombros con su habitual aire de superioridad.
—Un hombre inteligente está siempre preparado para todas las eventualidades. Necesitaba un blanco móvil. Suponga que aparece súbitamente una bestia hostil, de movimientos rápidos...
Hogben le miró con expresión de enojo, pero no replicó. Crichton podía estar en lo cierto, como de costumbre, y no cabía dudar de que en tres meses terrestres sus progresos habían sido muy notables.
En una ocasión, Crichton perdió el arco y las flechas. Hogben los encontró cuatro días después entre las enredaderas, pero ése fue un asunto que Crichton no nos permitió olvidar.
—Miré allí. Sé que miré allí. Cuando descubra al adulto de inteligencia infantil aficionado a esta clase de bromas voy a retorcerle el cuello.
Nadie admitió nunca ser el responsable de aquella supuesta broma, pero Crichton no estaba satisfecho ni mucho menos. En su rostro había una perpetua expresión de sospecha, y andaba de un lado para otro haciendo preguntas y más preguntas, a veces realmente impertinentes.
—Ese hombre está loco —dijo Holz, cansado de aquel juego—. ¿Por qué no puede haber perdido el arco y las flechas?
—Como si no tuviéramos bastantes quebraderos de cabeza —dijo Baynes. —Hay cosas que me ponen la carne de gallina, y, encima, tener que soportar las estúpidas preguntas de Crichton... Es para volverse loco.
Holz frunció el ceño.
—¿La carne de gallina? ¿Por qué?
—No me diga que no lo ha notado usted —Baynes dejó en el suelo el complicado mecanismo fotográfico que había estado revisando—. No me diga que no ha experimentado la sensación de que nos vigilan continuamente.
—No sea usted idiota —La voz de Holz era demasiado brusca para resultar convincente—. Soy un científico que se apoya en hechos, y no puedo dejarme guiar por mis emociones.
Baynes sonrió débilmente.
—Entonces ha experimentado usted esa sensación.
Holz le miró enfurruñado.
—Sí, desde luego, la he experimentado —Se frotó furiosamente la barbilla—. ¿No ha descubierto usted nada en el curso de sus trabajos?
—¿Por ejemplo?
—¡Oh! No lo sé; huellas que conduzcan a cavernas o algo por el estilo.
—No, no he descubierto nada de eso. Pero no puedo evitar la impresión de que son los Saltadores. Cuando aterrizamos sólo había unos cuantos alrededor de la base. Y ahora hay centenares. Y tengo la impresión de que nos están vigilando.
—Son ciegos —dijo Holz—. Los he disecado por docenas y son ciegos. Además no tienen cerebro.
—Estoy seguro de que tiene usted razón —dijo Baynes—. Completamente seguro. Y me gustaría que esta seguridad fuese suficiente para tranquilizarme, pero no es así.
Nos miramos unos a otros con expresión de inquietud, y la conversación hubiera continuado a no ser por una súbita interrupción.
Alguien había hecho sonar el timbre de alarma.
Maquinalmente nos colocamos las mascarillas nasales y echamos a correr hacia la puerta. Por qué llegamos a la conclusión de que el peligro procedía del exterior es cosa que nunca supimos, pero todos corrimos hacia la salida más próxima, casi empujándonos en nuestros esfuerzos para salir. Vi a Hogben, que estaba ya fuera y corría a través de la lluvia, y le seguí maquinalmente.
Llegamos junto a un grupo de inclinadas figuras apenas visibles en medio de la cortina de lluvia. En aquel momento, Wang, nuestro médico, se estaba incorporando.
—Resulta difícil precisar el tiempo que lleva muerto. Los insectos o algún bicho han mutilado su rostro, y con este calor la descomposición es muy rápida.
En efecto, unos diminutos gusanos blancos brotaban ya de entre los dedos de las manos, y el cadáver esta hinchado a causa de los gases internos.
Un sudor frío inundó mi rostro y experimenté una inexplicable sensación de temor.
El muerto era Crichton. Estaba boca abajo sobre las enredaderas, y de su espalda sobresalía la emplumada asta de una de sus propias flechas.
Hogben nos contempló con una expresión que hasta entonces no había visto en su rostro. El hombre cordial, que se dirigía siempre a nosotros en tono amable, se había convertido en un jefe adusto.
—Habrá una inmediata investigación —dijo—. Comuniquen a todo el mundo que se reúna en la nave.
Era evidente que estaba pensando lo que pensábamos todos: Uno de nosotros era un asesino. La posibilidad de un suicidio quedaba absolutamente descartada, ya que un hombre no puede dispararse una flecha por la espalda. Cuando llegamos a la nave, Hogben estaba en su camarote. Era muy reducido, pero había espacio para dos personas.
—Mister Holz, entre, por favor.
Holz me dirigió una mirada significativa, asintió y cruzó la estancia. Contemplé cómo se cerraba detrás de él la puerta del camarote.
Lo que Hogben estaba haciendo era evidente: Tomaba declaración a cada uno de los miembros de la tripulación para cotejar más tarde las diversas declaraciones. Me pregunté si antes de dedicarse a los vuelos espaciales habría sido policía; por lo menos estaba actuando como uno de ellos. La investigación quedaba reducida a diez hombres y, no sabiendo ninguno de ellos lo que había dicho el otro, las falsedades o contradicciones podrían ser fácilmente detectadas.
Nueve hombres en la sala de mandos dejaban poco espacio para moverse y menos aún para conversar. Nos dispusimos a esperar en medio de un desagradable silencio, evitando el mirarnos unos a otros.
A pesar de los esfuerzos que todos hacíamos por disimularlo, cada uno de nosotros dudaba, de todos los demás; alguien tenía que haberío hecho.
Personalmente, traté de pensar en otras cosas. Pero lo único que conseguí fue recordar el estribillo de una antigua canción que oí cuando era un niño.

¿Quién mató a Cock Robin?
Yo, dijo el Gorrión, con mi arco y mis flechas.
 
—Doctor Wang, por favor.
Uno por uno, todos fuimos entrando y saliendo. Transcurrieron dos largas horas antes de que Hogben dejara abierta la puerta.


Hogben tenía una expresión preocupada y no parecía estar satisfecho por el curso de los acontecimientos.
—Esto no es un tribunal —dijo. Se aclaró la garganta indeciso—. Sólo estoy autorizado para arrestar a un sospechoso hasta que pueda comparecer ante un tribunal de la Tierra.
Hizo una pausa, carraspeo de nuevo y sacó unas papeles de su bolsillo.
—Los hechos son éstos. Crichton, como ustedes saben, ha muerto a consecuencia de una flecha que le fue disparada por la espalda. Las declaraciones de los testigos demuestran que fue visto con vida por última vez en el momento en que salía de la base, seis horas antes del descubrimiento de su cadáver.
Hizo otra pausa y examinó con el ceño fruncido los papeles que tenía en la mano.
—Durante ese período solamente uno de los miembros de la expedición estuvo "fuera", y únicamente a ese hombre podemos aplicarle el término "sospechoso". Como ya he dicho, esto no es un tribunal, aunque debo puntualizar dos cosas. Primera: El testigo fue absolutamente sincero y no trató en ningún momento de ocultar el lugar en que se encontraba a la hora aproximada en que se produjo la muerte de Crichton. Segunda: Las pruebas son puramente circunstanciales, pero estoy obligado a tomar medidas de seguridad. El sospechoso era el único de nosotros que se encontraba en condiciones de cometer el crimen, y tengo que atenerme a este hecho.
Hogben se volvió hacia Baynes y su expresión volvió a hacerse implacable.
—Mister Baynes, en vista de las pruebas que me han sido presentadas, me veo en la penosa obligación de arrestarle a usted como sospechoso de asesinato. Permanecerá encerrado en la nave hasta que regresemos a la Tierra. Ahora abriremos una encuesta y oiremos a los testigos. Si lo desea, puede usted interrogar a esos testigos, y ellos, a su vez, podrán interrogarle a usted. ¿Tiene algo que alegar?
Baynes abrió la boca y luego sacudió la cabeza lentamente. Parecía anonadado.
La encuesta resultó muy penosa. Se celebró en la sala de mandos y todos evitábamos cuidadosamente encontrarnos con la mirada de Baynes. Todo el mundo le apreciaba y a nadie le agradaba ayudar a condenarle. A pesar de todas las pruebas, ninguno de nosotros creía realmente que Baynes hubiera asesinado a Crichton. Su declaración personal, que Hogben leyó en voz alta, sonó como la declaración de un hombre inocente. Creo que todos nos vimos obligados a recordarnos a nosotros mismos que Baynes era el único hombre que podía haberío hecho.
—¿Alguna pregunta?
Hogben parecía dispuesto a cerrar la encuesta.
—Sí —dijo Mendoza, dando un paso hacia adelante—. Con su permiso, me gustaría examinar la prueba material. ¿Puedo ver la flecha que mató a Crichton?
Hogben se la entregó en silencio, y Mendoza la hizo girar lentamente entre sus manos.
—Tiene las iniciales J. C. grabadas en el asta, por lo que veo —dijo Mendoza.
—Todas las flechas de Crichton llevaban sus iniciales —dijo Hogben—. ¿Tiene algo de particular?
Era evidente que Hogben deseaba terminar de una vez con aquel desagradable asunto.
—Creo que sí. Como usted sabe, ayudé a supervisar las operaciones de carga. No ignoran ustedes que todas nuestras pertenencias fueron pesadas, incluso los objetos que llevábamos en los bolsillos. Crichton deseaba embarcar, entre otras cosas, un analizador eléctrico y su arco con sus correspondientes flechas. Le dijeron que no podía llevarse las dos cosas y renunció el analizador. Resumiendo, Crichton embarcó el arco y doce flechas exactamente.
—¿De veras? —Hogben tamborileaba nerviosamente con la punta de los dedos sobre la mesa.
—¿Tiene usted inconveniente en contar las flechas? —preguntó Mendoza.
—¿Contarlas? —Hogben miró a Mendoza con expresión de extrañeza y luego se encogió de hombros—. Como quiera. Una, dos...
Antes de llegar a diez su rostro palideció y nadie le oyó pronunciar el número final.
Había exactamente trece flechas.
Siguió un largo e incómodo silencio. Todos nosotros nos dábamos cuenta de que nadie podía haber metido en la nave aquella flecha en el último minuto, ya que la sobrecarga hubiese sido detectada inmediatamente. Por otra parte, en Venus no había elementos para fabricar una flecha como aquélla.
Holz avanzó unos pasos.
—Me gustaría examinar esa flecha en mi laboratorio, sí me lo permiten.
—Desde luego —Hogben le entregó la flecha y se removió nerviosamente en su silla—. Esto cambia el aspecto del caso. Le ruego que me disculpe, mister Baynes, pero con las pruebas que tenía no podía obrar de otro modo.
—Supongo que se da usted cuenta de lo que esto significa —dijo Mendoza, que había palidecido—. A pesar de las pruebas en contra, en este planeta hay vida inteligente.
—¿Dónde? —inquirió Ratcliffe con voz ligeramente ronca—. Hemos explorado colinas y valles con el radar y con las cámaras controladas por radio. Si hubiera un poblado lo habríamos descubierto. Y no hemos encontrado absolutamente nada, ninguna huella, ningún objeto...
—Ahora lo tenemos.
Holz había regresado y su rostro aparecía sumamente grave.
—Aquí está —Mostró la flecha, que había reducido a fragmentos—. El problema es ahora más complicado que nunca —Tendió los fragmentos de la flecha a Hogben—. Como puede ver, esta flecha no es de plástico, como las otras. Es de hueso, pero no se trata del hueso de un animal muerto aprovechado para labrar con él una flecha.
Hizo una pausa, como si no se decidiera a continuar. Finalmente, concluyó:
—Es un hueso nuevo.
Hogben frunció el ceño.
—¿Nuevo? ¿Qué quiere usted decir con eso?
—Hace menos de seis días el hueso formaba parte de un animal vivo. Tal vez alguno de ustedes puede decirnos qué clase de inteligencia puede coger un hueso de esas características, darle la forma correcta y convertirlo en una flecha perfectamente equilibrada.
Nadie respondió. No parecía haber ninguna respuesta.
Hogben rompió el prolongado silencio.
—Creo que es evidente la existencia en Venus de una forma de vida inteligente y por añadidura hostil —Suspiró—. No veo ningún motivo para que abandonemos nuestro trabajo, pero debemos adoptar las necesarias medidas de precaución. Tendremos que limpiar de enredaderas los alrededores de la base, a fin de que los indígenas no puedan acercarse sin ser vistos. Además, mantendremos una vigilancia continua. Dos hombres armados montarán guardia mientras los otros trabajan —Se puso en pie—. Afortunadamente, nos enfrentamos con una inteligencia primitiva.
—¿Qué es lo que le hace creer eso? —preguntó Holz en tono ácido—. Hace nueve semanas perdió Crichton su arco y sus flechas. Tardaron cuatro días en aparecer. En mi opinión, las tomaron "prestadas" a fin de copiarlas. Y no sólo consiguieron una copia perfecta, sino que aprendieron a utilizarla adecuadamente.
—Lo que yo me pregunto —dijo Pearson— es por qué pusieron las iniciales de Crichton en el asta.
—Ya he dicho que se trata de una copia —dijo Holz—. Pusieron las iniciales porque las otras flechas las llevaban. Tal vez pensaron que eran un elemento necesario para su correcta utilización.


Pearson no pareció muy convencido.
—De todos modos, no parece que tengamos mucho que temer de unos copistas, aunque sean inteligentes, ¿verdad?
Holz se encogió furiosamente de hombros.
—Piense lo que guste. Viva en un mundo de espléndida ilusión. Personalmente, voy a empaquetar todas mis cosas, a fin de estar preparado para huir a la menor señal de peligro.
Al día siguiente empezamos a limpiar de enredaderas los alrededores del campamento. Era un trabajo muy penoso y progresaba muy lentamente. Antes de darle fin hicimos un sorprendente descubrimiento: Ocultos entre las enredaderas encontramos dos arcos. Estaban provistos de flechas y apuntaban directamente al centro de la base, aunque allí no había ningún rastro de vida indígena.
Todos nos pusimos muy nerviosos, y los centinelas hicieron unos disparos porque creían haber visto algo que se movía.
Las conclusiones de Holz no mejoraron nuestro estado de ánimo.
—Son de hueso, como las flechas —dijo—. Hueso de una densidad y fortaleza anormales. Dios sabe a qué clase de ser pertenecen.
El trabajo continuó, y por espacio de casi tres semanas no se produjo ningún incidente. Todos habíamos empezado a tranquilizamos, cuando...
No me atrevo a afirmar que Ratcliffe estuviera aterrorizado, aunque sí puedo asegurar que acababa de recibir una fuerte impresión. Era evidente que estaba realizando un enorme esfuerzo para dominarse.
—He pensado que lo mejor sería decírselo primero a usted, Holz.
Se quitó la mascarilla nasal con manos temblorosas.
—Si mal no recuerdo, usted aseguró que los Saltadores eran ciegos.
—Y lo son. He disecado docenas de ellos y...
—Acabo de ver a uno con un ojo. Estaba fuera, montando guardia, y lo vi claramente. Estaba a menos de seis pies de distancia, me miraba fijamente y lo vi parpadear.
Ratcliffe se estremeció ligeramente.
—Tranquilícese —dijo Holz—. Lo que vio usted era una nueva especie. No hay motivo para alarmarse.
—No comprende usted... —Ratcliffe hizo una pausa y tragó saliva nerviosamente—. Mire, no creerá usted que estoy loco, ¿verdad? No ha sido imaginación mía; estaba lo bastante cerca para verlo. Y el ojo era el de Crichton.
Vi que Holz se ponía rígido, pero su voz sonó tan tranquila como antes.
—Vamos a ver si nos entendemos: ¿Dice usted que el ojo de ese animal era el de Crichton?
—Bueno, tal vez no sea eso exactamente. Ya sabe usted el aspecto que tenían los ojos de Crichton: Eran fríos y verdosos. Pues bien, el ojo de ese animal era exactamente igual y, cuando parpadeó, quedó cubierto por una delgada membrana blanca.
Ratcliffe se estremeció de nuevo.
Holz procuró tranquilizarle y se marchó a comunicarle la noticia a Hogben.
—Tendré que capturar uno —Holz hizo un gesto de impaciencia—. Este condenado planeta me está sacando de quicio. ¿Cómo diablos puede uno conservar la ecuanimidad científica en un planeta como éste? —Encendió un cigarrillo y fumó furiosamente unos instantes—. Desde luego, equivoqué el camino. Tenía que haberme dedicado a algún tipo de Investigación mecánica como la suya. De este modo hubiese tenido ocupadas las manos y el cerebro al mismo tiempo... ¿Qué diablos es eso?
—Es un circuito receptor para una cámara controlada por radio. Los impulsos emitidos por la caja de control son captados por la rejilla y eventualmente controlan los movimientos y la altura de la cámara. Al mismo tiempo los circuitos complementarlos controlan el mecanismo, el objetivo y el obturador. Es una técnica un poco complicada, pero puedo darle unas cuantas lecciones a un precio razonable.
Normalmente, Holz hubiera seguido la broma, pero esta vez no pareció oír mis palabras.
—¡Dios mío! —exclamó, mirando como hipnotizado la rejilla de la cámara—. ¡Dios mío! Tengo que capturar uno... Discúlpeme.
Se marchó corriendo y tuve la desagradable impresión de que acababa de encontrar la respuesta a algo muy importante.
Diez minutos más tarde vi que Holz y Mendoza salían del campamento con unas jaulas de alambre. Holz no había perdido el tiempo.
Cuatro días después, una flecha de ocho pies de longitud llegó zumbando a través de la lluvia y traspasó de parte a parte nuestro dormitorio número cuatro.
La cosa se estaba poniendo muy fea. La flecha paso a unos centímetros de la cabeza de Pearson, que estaba dé pie junto a su camastro.
Algunos corrieron hacia la nave, otros cogieron lo que encontraron más a mano como posible arma y salieron al exterior. Los dos centinelas estaban disparando ya ciegamente, con la vana esperanza de disuadir a los posibles atacantes.
De pronto otra flecha silbó sobre nuestras cabezas y fue a enterrarse en el suelo, a menos de dos pies de distancia del lugar donde se encontraba Ratcliffe.
—¡Todo el mundo a la nave! —A través del altavoz, Hogben habló en tono autoritario y tranquilizador—. No se precipiten, y cuidado con las flechas.
Diez minutos después la puerta de la nave se cerraba detrás del último de los miembros de la expedición.
Hogben esperó hasta que hubimos recobrado el aliento.
—Bien, caballeros, parece ser que debemos prepararnos para continuar nuestro trabajo sometidos a un verdadero asedio o levar anclas y marcharnos de aquí. Es evidente que dentro de un par de semanas los indígenas estarán en condiciones de iniciar un ataque masivo, si es que no lo están haciendo ya. ¿Alguna sugerencia?
Hubo un largo silencio. Luego dijo Pearson:
—Me estaba preguntando si hay posibilidades de llegar a un acuerdo amistoso con ellos.
Holz resopló despectivamente.
—En nombre del cielo, Pearson, colóquese usted en la situación de los indígenas. Hemos llegado aquí por las buenas, hemos limpiado una amplia zona de lo que podía ser un campo de cultivo, y hemos matado y disecado todo lo que se nos ha puesto a tiro. ¿Aceptaría usted un acuerdo amistoso? —Hizo un gesto de impaciencia—. De todos modos no tenemos más alternativa que la de marcharnos de aquí antes de que sea demasiado tarde.
—Una medida un poco drástica, ¿no le parece? —intervino Ratcliffe—. No podemos echar a correr a la menor...
Hogben le interrumpió.
—No dudo de que mister Holz tiene sus motivos para hablar de ese modo. Creo que debemos oírle antes de tomar una decisión. Continúe, mister Holz.


—Gracias —dijo Holz—. Lo que voy a decirles no es fácil de aceptar, pero estoy dispuesto a presentar pruebas biológicas de mis afirmaciones —Hizo una pausa y suspiró— Caballeros, en Venus no hay vida indígena, tal como nosotros la concebimos; no hay humanoides ni semi-humanoides ocultos entre las enredaderas, armados con arcos y dispuestos a atacarnos —Hizo otra pausa, frunciendo el ceño—. De hecho, no hay indígenas, pero en alguna parte de este planeta hay un... una... "cosa". Puede estar en el fondo del mar, oculta en una caverna o en alguna otra parte. Lo que puedo asegurarles es que existe. Y sugiero la inmediata evacuación no sólo porque la "cosa" tiene fuerza para derrotarnos, sino porque en términos de inteligencia la "cosa" está a un nivel infinitamente superior al nuestro; a su lado nos encontramos muy por debajo del nivel de la infancia.
—¿Con arcos y flechas? —preguntó burlonamente Ratcliffe.
—Sí, con arcos y flechas —respondió Holz. Cuando llegamos a Venus no eran necesarios el arco ni las flechas. La "cosa" tiene al planeta completamente sometido a su voluntad y le hace funcionar de acuerdo con su propio plan. Todo lo que en el curso normal de la evolución ha ido surgiendo, con posibilidades de convertirse en una amenaza para la "cosa", ha sido eliminado. Todo lo que queda es inofensivo para la "cosa" o ha sido conservado para su consumo personal —Hizo una pausa y se encogió de hombros—. Luego llegamos nosotros, yo con mi laboratorio y Crichton jugando a pieles rojas con su arco y sus flechas. En menos de cuatro meses la "cosa" captó las posibilidades del arma de Crichton, la consiguió, la copió y aprendió a utilizarla. Entonces mató a su principal atormentador y practicó una pequeña disección por su cuenta. La idea de la "vista" era un concepto absolutamente desconocido para la "cosa", pero no sólo extirpó los ojos de Crichton, sino que comprendió su finalidad y los copió con éxito.
—A continuación va usted a decirnos que esa "cosa" dispone de un laboratorio quirúrgico completamente equipado. La idea es absurda...
Era evidente que Ratcliffe estaba asustado y no quería creer. Los demás estábamos demasiado tensos o demasiado absortos para interrumpir a Holz.
—Si no cree usted lo que digo, la prueba está en mi laboratorio —replicó bruscamente Holz—. Si la "cosa" dispone de un laboratorio completamente equipado, pero me referiré a este punto más tarde —Su mirada se cruzó con la de Mendoza—. Mi colega me vio examinar los ojos y puede confirmar que están especialmente adaptados a las condiciones de este planeta.
—Entonces ha capturado a un indígena. Tiene que haberío capturado.
Pearson parecía perplejo y furioso.
—Repito que ya llegaremos a eso.
Pero Pearson insistió.
—¿Dónde fabricó el arco y las flechas? Opino como Ratcliffe. ¿Es que la "cosa" dispone también de un taller?
Holz miró a Pearson con una expresión de cansancio.
—No las fabricó: Las formó —Holz hizo una pausa, mientras Pearson palidecía intensamente—. Veo que empieza usted a comprender. El arco y las flechas eran de hueso nuevo, y la "cosa" las formó de o en su propio cuerpo.
Oí la ahogada exclamación que soltaba Pearson y me encontré a mí mismo sudando. No soy biólogo, pero podía imaginar lo que implicaban las palabras de Holz. Una masa informe en una cueva subterránea, exudando una especie de vaina dentro de la cual se formaba la estructura ósea del objeto deseado. ¡Dios mío! Con ese control mental sobre sus funciones corporales, la cosa debía de ser inmortal y, a todos los efectos, indestructible. La masa corporal de aquel ser podía presumiblemente ser medida por millas, y no por pies...
—¿Dónde obtuvo usted esos ojos? —preguntó Ratcliffe, como si estuviera al borde de un ataque de nervios.
Holz suspiró.
—Esto es lo más difícil de aceptar. Los obtuve de los Saltadores. Los Saltadores son los ojos y los oídos de la "cosa", lo que utiliza para controlar y dominar su medio.
—¿Una especie de simbiosis? —preguntó Hogben, como si diera por sentada la veracidad de las afirmaciones de Holz.
—Veo que siguen sin comprender, y no puedo reprochárselo —suspiró Holz—. Los Saltadores son unidades de la "cosa", partes de ella. Se forman de su propio cuerpo para realizar determinadas funciones específicas; unos recogen alimento, otros pastorean los Piesplanos, y últimamente ha aparecido un nuevo tipo con apéndices retráctiles. ¿Tengo que decirles quién arrastró aquellos arcos a través de las enredaderas?
Hubo un prolongado silencio antes de que Holz continuara.
—Los Saltadores no tienen cerebro; biológicamente son incapaces de moverse e incluso de realizar las funciones normales necesarias para vivir. Poseen, sin embargo, un ganglio nervioso sumamente sensible y, a través de ese ganglio, la "cosa" controla mentalmente a sus unidades del mismo modo que una cámara puede ser dirigida desde una caja de control. Es una comparación imperfecta, pero sirve para el caso. ¿Les extraña ahora que dijera que al lado de la "cosa" nuestro nivel mental es infantil?
Le miramos fijamente. La "cosa" controlaba literalmente a millares de Saltadores que realizaban centenares de tareas distintas. Por muchos que matáramos, serían reemplazados inmediatamente, y lo peor del caso sería que la "cosa" adquiriría una nueva experiencia. Los Saltadores que llegaran a continuación serían unidades especializadas adaptadas para atacarnos.
—Creo que debemos marcharnos inmediatamente —dijo Ratcliffe.
Me adherí con entusiasmo a la proposición. No resultaba difícil imaginar las desagradables posibilidades que se abrirían ante nosotros en caso de quedarnos.
Si éramos vencidos... Era indudable que la "cosa" había aprendido ya a conocer el valor de los cautivos vivos. Supongamos que aprendía a comunicarse con nosotros o, peor aún, que encontraba el medio de enlazar nuestros sistemas nerviosos con el suyo. ¡Podría absorber no sólo nuestras impresiones sensoriales, sino también todos nuestros conocimientos!
Cuando llegara una expedición de rescate para comprobar qué nos había sucedido, sus miembros serían capturados antes de que pudieran luchar. Todos nuestros conocimientos técnicos y científicos serían absorbidos por un ser que nos superaba muchísimo en inteligencia pura. Y podría adaptar sus unidades para explotar y entender aquellos conocimientos.
¿Cuánto tiempo transcurriría antes de que desarrollara una tecnología?
¿Cuántos siglos pasarían antes de que una legión de Saltadores treparan a sus propias naves espaciales y emprendieran el vuelo hacia la Tierra?


FIN

2025/11/10

Manchas verdes (Isaac Asimov)


Título original: Green Patches
Año: 1950


¡Había logrado entrar en la nave! Una muchedumbre estuvo aguardando ante la barrera energética en lo que parecía una espera infructuosa. Luego, la barrera se quebró durante un par de minutos (lo cual demostraba la superioridad de los organismos unificados sobre los fragmentos de vida) y él logró cruzar.
Ninguno de los demás se movió con velocidad suficiente para aprovechar la abertura, pero eso no importaba. Él solo se bastaba. No necesitaba a los demás.
Pero poco a poco fue sintiendo menos satisfacción y más soledad. Era triste y antinatural estar separado del resto del organismo unificado, ser un fragmento de vida. ¿Cómo soportaban los alienígenas ser fragmentos?
Eso aumentó su compasión por ellos. Al experimentar la fragmentación sintió, como desde lejos, el terrible aislamiento que les infundía tanto temor. El temor nacido de ese aislamiento les dictaba sus actos. ¿Qué otra cosa, salvo el loco temor de su condición, los había inducido a arrasar una superficie de un kilómetro de diámetro con una ola de calor rojo antes de descender con la nave? El estallido destruyó incluso la vida organizada que se encontraba a tres metros de profundidad bajo el suelo.
Sintonizó la recepción y escuchó ávidamente, dejando que el pensamiento alienígena lo saturase. Disfrutó del contacto de la vida con su conciencia. Tendría que racionar ese gozo. No debía olvidarse de sí mismo.
Pero escuchar pensamientos no podía causar daños. Algunos fragmentos de vida de la nave pensaban con claridad, teniendo en cuenta que eran criaturas primitivas e incompletas; sus pensamientos parecían campanilleos.

—Me siento contaminado —dijo Roger Oldenn—. ¿Entiendes a qué me refiero? Me lavo las manos una y otra vez y no sirve de nada.
Jerry Thorn odiaba lo melodramático así que ni siquiera lo miró.
Aún estaban maniobrando en la estratosfera del Planeta de Saybrook y prefería vigilar los diales del panel.
—No hay razones para que te sientas contaminado. No ha ocurrido nada.
—Eso espero. Al menos ordenaron a todos los que descendieron que dejaran los trajes espaciales en la cámara de presión para que se desinfectaran por completo. Dieron un baño de radiación a todos los que regresaron de fuera. Supongo que no ocurrió nada.
—¿Entonces por qué estás nervioso?
—No lo sé. Ojalá la barrera no se hubiera roto.
—Fue sólo un accidente.
—Eso me pregunto —dijo Oldenn con vehemencia—. Estaba allí cuando ocurrió. Era mi turno, ya lo sabes. No había razones para sobrecargar la línea de energía. Le conectaron un equipo que no tenía por qué estar allí. En absoluto.
—De acuerdo, la gente es estúpida.
—No tan estúpida. Me quedé cerca cuando el Viejo investigó el asunto. Ninguno de ellos tenía excusas razonables. Los circuitos de blindaje, que consumían dos mil vatios, estaban conectados a la línea de la barrera. Si utilizaron las segundas subsidiarias durante una semana, ¿por qué no lo hicieron esta vez? No pudieron dar ninguna explicación.
—¿Tú puedes?
Oldenn se sonrojó.
—No, sólo me preguntaba si esos hombres estaban... —Buscó una palabra—. Bueno..., hipnotizados por esas cosas de ahí fuera.
Thorn lo miró con severidad.
—Yo no repetiría eso ante nadie. La barrera falló sólo durante dos minutos. Si algo hubiera pasado, si una brizna de hierba la hubiera atravesado, habría aparecido en nuestros cultivos de bacterias a la media hora y en las colonias de moscas de las frutas en cuestión de días. Antes de que regresáramos se manifestaría en los hámsters, en los conejos y en las cabras. Métetelo en la cabeza, Oldenn. No pasó nada.
Oldenn giró sobre sus talones y se marchó. Su pie pasó a medio metro del objeto que estaba en el rincón de la sala. Oldenn no lo vio.

Desconectó los centros de recepción y dejó de escuchar los pensamientos. En todo caso, esos fragmentos de vida no eran importantes, pues no eran aptos para la continuación de la existencia. Aun como fragmentos resultaban incompletos.
En cuanto a los otros tipos de fragmentos, eran diferentes. Tenía que cuidarse de ellos. La tentación sería grande, y no debía dar indicios de su permanencia a bordo hasta que aterrizaran en el planeta de origen.
Se concentró en las otras partes de la nave, maravillándose de la diversidad de la vida. Cada elemento, por pequeño que fuese, se bastaba a sí mismo. Se esforzó por reflexionar sobre ello hasta que le resultó tan repulsivo que añoró la normalidad de su hogar.
La mayoría de los pensamientos que recibía de los fragmentos más pequeños eran vagos y fugaces, como cabía esperar. No se podía sacar mucho de ellos, pero eso significaba que eran aún más incompletos. Eso lo conmovía.
Uno de esos fragmentos de vida, en cuclillas sobre sus cuartos traseros, manoseaba la alambrada que lo encerraba. Sus pensamientos eran claros, pero limitados. Se relacionaban principalmente con la fruta amarilla que comía otro de los fragmentos. Anhelaba esa fruta intensamente. Sólo la alambrada que los separaba a ambos le impedía arrebatarle la fruta por la fuerza.
Desconectó la recepción en un acceso de total repugnancia. ¡Esos fragmentos competían por el alimento!
Trató de hallar fuera la paz y la armonía del hogar, pero se encontraba ya a muchísima distancia. Sólo podía palpar la nada que lo separaba de la cordura.
En ese momento echaba de menos hasta el suelo inanimado que mediaba entre la barrera y la nave. Se había arrastrado por allí la noche anterior. No había vida en él, pero era el suelo del hogar y, al otro lado de la barrera, aún se sentía la reconfortante presencia del resto de la vida organizada.
Recordaba el momento en que se encaramó a la superficie de la nave, aferrándose desesperadamente hasta que se abrió la cámara de presión. Entró y se desplazó con cautela entre los pies de los que salían. Había una compuerta interior y la atravesó. Y ahora estaba allí tendido como un pequeño fragmento, inerte e inadvertido.
Con todo cuidado conectó la recepción en la sintonía anterior. El fragmento de vida que estaba en cuclillas sacudía furiosamente la alambrada. Seguía deseando la comida del otro, aunque era el menos hambriento de los dos.

—No le des de comer —dijo Larsen—. No tiene hambre. Lo que pasa es que le fastidia que Tillie se pusiera a comer. ¡Mona tragona! Ojalá estuviéramos de vuelta en casa y nunca más tuviera que mirar a otro animal a la cara.
Miró con disgusto a la hembra de chimpancé más vieja, que en reciprocidad movió la boca y le soltó una retahíla.
—De acuerdo, muy bien —se impacientó Rizzo—, ¿y qué hacemos aquí entonces? La hora de la comida ha terminado. Vámonos.
Pasaron ante los corrales de cabras, las conejeras, las jaulas de los hámsters.
Larsen dijo con amargura:
—Te presentas como voluntario para un viaje de reconocimiento, eres un héroe, te despiden con discursos... y te nombran cuidador de un zoológico.
—Te pagan el doble.
—¿Y qué? No me alisté sólo por dinero. Cuando nos dieron las instrucciones, dijeron que incluso había probabilidades de que no regresáramos, de que termináramos como Saybrook. Me alisté porque quería hacer algo importante.
—Todo un héroe —se mofó Rizzo.
—No soy un cuidador de animales.
Rizzo se detuvo para levantar a un hámster y acariciarlo.
—Oye, ¿alguna vez se te ha ocurrido que quizás una de estas hámsters tenga unas bonitas crías en su interior?
—¡Las analizan todos los días, sabihondo!
—Claro, claro. 
Acarició con la nariz a la criaturilla, que respondió haciendo vibrar el morro.
—Pero suponte que una mañana llegas y los encuentras aquí; pequeños hámsters que te miran con manchas de pelambre suaves y verdes donde deberían tener los ojos.
—Cállate, por amor de Dios —chilló Larsen.
—Suaves manchas verdes de pelo brillante —dijo Rizzo, y bajó al hámster con una repentina sensación de asco.


Conectó nuevamente la recepción y varió la sintonía. En casa no había un solo fragmento de vida especializado que no tuviera su tosco equivalente a bordo de esa nave.
Había corredores móviles de varios tamaños, nadadores móviles y voladores móviles. Algunos voladores eran grandes, con pensamientos perceptibles; otros eran criaturas pequeñas y de alas transparentes. Estos sólo transmitían patrones de percepción sensorial, patrones imperfectos, y no añadían ningún elemento de inteligencia propia.
Había también inmóviles que, al igual que los inmóviles de casa, eran verdes y vivían del aire, el agua y el suelo. Constituían un vacío mental. Sólo conocían la opaca conciencia de la luz, de la humedad y de la gravedad.
Y cada fragmento, móvil o inmóvil, tenía su parodia de vida. Aún no. Aún no...
Contuvo sus sentimientos. En cierta ocasión, esos fragmentos de vida fueron a casa y todos allí intentaron ayudarlos. Demasiado pronto. No funcionó. Esta vez deberían esperar.
Confiaba en que esos fragmentos no lo descubrieran.
De momento no lo habían hecho. No lo vieron tendido en un rincón de la sala de pilotaje. Nadie se agachó para recogerlo y arrojarlo después. En un principio supuso que no debía moverse, pues alguien podía ver esa forma rígida y vermiforme, de apenas quince centímetros de longitud. Lo habría visto, hubiese gritado y todo habría concluido.
Pero quizás hubiera esperado ya demasiado. Había transcurrido un buen rato desde el despegue. Los controles estaban cerrados; la sala de pilotaje se encontraba vacía.
No le llevó mucho tiempo encontrar la grieta en el blindaje, que conducía el hueco donde se hallaban los cables. Eran cables condenados.
La parte frontal de su cuerpo terminaba en un filo, que cortó en dos un cable del diámetro adecuado. Luego, a quince centímetros de distancia, volvió a dar otro corte. Empujó el trozo de cable y lo ocultó en un rincón del recoveco. La funda externa era de un material plástico y de un color pardo, y el núcleo era de metal reluciente y rojizo. No podía imitar el núcleo, por supuesto, pero no había ninguna necesidad; bastaba con que la piel que lo cubría imitase la superficie del cable.
Regresó, sujetó las dos secciones de cable cortado, se apretó bien contra ellas y activó los pequeños discos de succión. No se notaba la juntura. Ya no podrían localizarlo. Al mirar sólo verían un tramo continuo de cable.
A menos que mirasen con mucha atención y notaran que, en un diminuto segmento del cable, había dos pequeñas manchas de pelambre suave, verde y brillante.

—Es notable que este vello verde pueda hacer tanto —dijo el doctor Weiss.
El capitán Loring sirvió el coñac. En cierto sentido era una celebración; dos horas después estarían preparados para el salto en el hiperespacio y, luego, al cabo de dos días, llegarían a la Tierra.
—¿Está convencido, pues, de que la pelambre verde es el órgano sensorial? —preguntó.
—Lo es —afirmó Weiss. Tenía la voz pastosa a causa del coñac, pero era consciente de que necesitaba celebrarlo, muy consciente—. Los experimentos se realizaron con dificultades, pero fueron muy significativos.
El capitán sonrió con rigidez.
—Decir "con dificultades" es un modo muy modesto de expresarlo. Yo nunca habría corrido esos riesgos que usted afrontó para realizarlos.
—Pamplinas. Todos somos héroes a bordo de esta nave, todos somos voluntarios, todos somos grandes hombres que merecen trompetas, flautas y fanfarrias. Usted eligió venir aquí.
—Pero fue usted el primero en atravesar la barrera.
—No implicaba ningún riesgo en particular. Quemé el suelo a medida que avanzaba, además de estar rodeado por una barrera portátil. Pamplinas, capitán. Recibamos nuestras medallas cuando regresemos, recibámoslas sin modestias. Además, soy varón.
—Pero está lleno de bacterias hasta aquí —El capitán alzó la mano por encima de la cabeza—. Con lo cual es tan vulnerable como una mujer.
Hicieron una pausa para beber.
—¿Otra copa? —ofreció el capitán.
—No, gracias. Ya me he pasado de la raya.
—Entonces, el último trago para el camino. 
Alzó su vaso en la dirección del Planeta de Saybrook, que ya no era visible y cuyo sol apenas figuraba como una estrella brillante en la pantall. Dijo:
—Por los vellos verdes que le proporcionaron a Saybrook su primera pista.
Weiss asintió con la cabeza.
—Un hecho afortunado. Pondremos el planeta en cuarentena, por supuesto.
—Eso no parece suficientemente drástico —observó el capitán—. Alguien podría aterrizar por accidente sin tener la perspicacia ni las agallas de Saybrook. Supongamos que no hiciera estallar su nave, como sí hizo Saybrook. Supongamos que regresara a un sitio habitado —Adoptó una expresión sombría—. ¿Cree usted que podrían desarrollar el viaje interestelar por su cuenta?
—Lo dudo. No hay pruebas, desde luego. Lo que pasa es que tienen una orientación muy distinta. Su organización de la vida ha vuelto innecesarias las herramientas. Por lo que sabemos, no hay en el planeta ni siquiera un hacha de piedra.
—Espero que tenga usted razón. Ah, Weiss, ¿quiere dedicarle un rato a Drake?
—¿El fulano de Prensa Galáctica?
—Sí. Cuando regresemos, la historia del Planeta de Saybrook será revelada al público y no creo que convenga darle un matiz excesivamente sensacionalista. He pedido a Drake que se deje asesorar por usted. Usted es biólogo y cuenta con autoridad suficiente como para intimidarlo. ¿Me haría ese favor?
—Con mucho gusto.
El capitán entrecerró los ojos y sacudió la cabeza.
—¿Jaqueca, capitán?
—No. Sólo pensaba en el pobre Saybrook.

Estaba harto de la nave. Un rato antes, había experimentado una sensación extraña y fugaz, como si lo hubieran puesto del revés. Alarmado, indagó en la mente de los pensadores-lúcidos en busca de una explicación. Al parecer, la nave había brincado por vastas extensiones de espacio vacío, con el fin de atajar a través de algo que llamaban "hiperespacio". Los pensadores-lúcidos eran ingeniosos.
Pero estaba harto de la nave. Era un fenómeno de lo más fútil. Los fragmentos de vida parecían ser muy habilidosos en sus construcciones, pero, a fin de cuentas, eso constituía sólo una parte de su felicidad. Procuraban hallar en el control de la materia inanimada lo que no hallaban en sí mismos.
En su anhelo inconsciente de totalidad construían máquinas y surcaban el espacio, buscando, buscando...
Esas criaturas, por la propia naturaleza de las cosas, nunca encontrarían lo que buscaban. Al menos, mientras él no se lo diera. Se estremeció un poco ante la idea.
¡La totalidad!
Esos fragmentos de vida, ni siquiera habían captado el concepto. El término de "totalidad" resultaba insuficiente.
En su ignorancia incluso combatirían contra ella. Como en el caso de la nave anterior. La primera nave contenía muchos fragmentos que eran pensadores-lúcidos. Había dos variedades: Los productores de vida y los estériles.
(La segunda nave era muy diferente. Todos los pensadores-lúcidos eran estériles, mientras que los otros fragmentos, los pensadores-confusos y los no-pensadores, eran todos productores de vida. Resultaba muy extraño).
¡El planeta al completo le dio la bienvenida a esa primera nave! Aún recordaba el intenso choque emocional que sintieron al notar que los visitantes eran tan sólo fragmentos, que no estaban completos. La conmoción los llevó a la piedad y la piedad, a la acción. No sabían cómo se adaptarían a la comunidad, pero no lo dudaron un momento. Toda la vida era sagrada y habría que cederles lugar a todos, a todos ellos, desde los grandes pensadores-lúcidos hasta los minúsculos que proliferaban en la oscuridad.
Pero fue un error de cálculo. No analizaron correctamente el modo de pensar de los fragmentos. Los pensadores-lúcidos advirtieron lo que sucedía y se disgustaron. Tenían miedo; no lo entendían.


Primero, colocaron la barrera y, luego, se autodestruyeron haciendo explotar la nave.
Pobres y tontos fragmentos.
Al menos, ya no volvería a ocurrir. Los salvaría a pesar de sí mismos.

Aunque no alardeaba de ello, John Drake estaba muy orgulloso de su habilidad con la fototipo. Tenía un modelo portátil, una lisa y pequeña lámina de plástico oscuro y con protuberancias cilíndricas en cada extremo para sostener el rollo de papel delgado. Cabía en un maletín de cuero marrón, equipado con una correa que se lo sujetaba a la cintura y a una cadera. El artilugio pesaba medio kilo.
Drake podía hacerlo funcionar con cualquiera de las manos. Movía los dedos con rapidez y soltura, presionando suavemente ciertos lugares de la superficie, y las palabras se escribían sin sonido alguno.
Miró con aire pensativo el principio del escrito y, luego, al doctor Weiss.
—¿Qué le parece, doctor?
—Un buen comienzo.
Drake movió la cabeza en sentido afirmativo.
—Pensé que era lógico empezar por Saybrook. En la Tierra aún no se ha difundido su historia. Ojalá hubiera podido ver el informe de Saybrook. ¿Y cómo logró transmitirlo?
—Por lo que sé, pasó la última noche transmitiéndolo a través del subéter. Cuando terminó, produjo un cortocircuito en los motores y, una fracción de segundo después, convirtió la nave en una nube de vapor. Junto con la tripulación y consigo mismo.
—¡Qué hombre! ¿Usted supo esto desde un principio?
—No desde el principio. Sólo desde que recibimos el informe de Saybrook.
No podía evitar recordarlo.
Leyó el informe y comprendió lo maravilloso que el planeta debía de parecer cuando la expedición colonizadora llegó allí. Era prácticamente un duplicado de la Tierra, con abundante vida vegetal y una vida animal puramente vegetariana.
Lo único extraño eran las pequeñas manchas de pelambre verde (¡con cuánta frecuencia usaba esa frase!). Ningún individuo viviente del planeta tenía ojos, sólo esa pelambre. Incluso las plantas, cada brizna y las hojas y los capullos poseían esas dos manchas de un verde más intenso.
Luego, Saybrook advirtió, sobresaltado y desconcertado, que en todo el planeta no había conflicto alguno por los alimentos. Todas las plantas tenían apéndices pulposos; los animales se los comían, y los apéndices se regeneraban en cuestión de horas. No tocaban ninguna otra parte de las plantas. Era como si estas alimentaran a los animales dentro de un proceso de orden natural. Y las plantas mismas no crecían con abrumadora profusión. Parecía que se las cultivara, pues estaban juiciosamente distribuidas en el suelo disponible.
Weiss se preguntaba de cuánto tiempo habría dispuesto Saybrook para observar el extraño orden que imperaba en aquel planeta. Los insectos se habían establecido en un número razonable, aunque las aves no se los comían; los roedores no proliferaban, aun cuando no existían carnívoros para mantenerlos a raya.
Y luego se produjo el episodio de las ratas blancas. Weiss volvió al presente.
—Una corrección, Drake. Los hámsters no fueron los primeros animales afectados, sino las ratas blancas.
—Ratas blancas —repitió Drake al introducir la corrección en sus notas.
—Cada nave colonizadora lleva un grupo de ratas blancas con el propósito de poner a prueba los alimentos alienígenas. Las ratas son muy similares a los seres humanos desde el punto de vista de la nutrición. Naturalmente, sólo se llevan hembras.
Naturalmente. Si sólo un sexo estaba presente, no había peligro de una multiplicación indiscriminada en caso de que el planeta resultara favorable.
Todos recordaban el caso de los conejos de Australia.
—A propósito, ¿por qué no se utilizan machos? —preguntó Drake.
—Las hembras son más resistentes, lo cual es una suerte, pues fue eso lo que reveló la situación. De pronto todas las ratas empezaron a tener cría.
—Bien. Hasta aquí llega mi información, así que esta es mi oportunidad de aclarar ciertos detalles. Veamos... ¿Cómo averiguó Saybrook que estaban preñadas?
—Accidentalmente. Durante las investigaciones de nutrición se disecciona a las ratas para buscar pruebas de lesiones internas. Era inevitable descubrir su preñez. Diseccionaron a otras. Los mismos resultados. Con el tiempo, todas las criaturas vivas tuvieron crías ¡sin que hubiera machos a bordo!
—Y todos los recién nacidos tenían manchitas de pelambre verde en vez de ojos.
—Así es. Saybrook lo dijo y nosotros lo corroboramos. Después de las ratas quedó preñada la gata de uno de los niños. Cuando dio a luz, los gatitos no nacieron con los ojos cerrados, sino con manchas de pelambre verde. No había ningún gato macho a bordo.
»Saybrook hizo analizar a las mujeres. No les dijo por qué, no quería asustarlas. Todas se encontraban en las etapas iniciales del embarazo, al margen de las que ya estaban encinta en el momento de embarcarse. Saybrook no esperó a que esos niños nacieran. Sabía que no tendrían ojos; sólo brillantes manchas de pelambre verde.
»Incluso preparó cultivos bacterianos (Saybrook era hombre meticuloso) y encontró que cada bacilo tenía microscópicas manchas verdes.
Drake se mostraba muy interesado.
—Eso no estaba incluido en lo que nos dijeron, o al menos en lo que me dijeron a mí. Pero, concediendo que en el Planeta de Saybrook la vida esté organizada en un todo unificado, ¿cómo se hace?
—¿Que cómo se hace? ¿Que cómo se organizan las células en un todo unificado? Extraiga una célula del cuerpo, aun una célula cerebral, ¿y qué es por sí sola? Nada. Una pizca de protoplasma sin más capacidad para algo humano que una ameba. Menos capacidad, en realidad, pues no podría vivir sola. Pero unimos las células y obtenemos algo que puede inventar una nave espacial o componer una sinfonía.
—Capto la idea.
—En el Planeta de Saybrook, toda la vida es un solo organismo. En cierto sentido, lo mismo ocurre en la Tierra, sólo que se trata de una dependencia conflictiva, una dependencia combativa. Las bacterias fijan el nitrógeno, las plantas fijan el carbono, los animales comen plantas y se comen entre sí; la descomposición bacteriana lo altera todo. El círculo se cierra. Cada cual atrae lo que puede y es atraído a su vez.
»En el Planeta de Saybrook, cada uno de los organismos tiene su lugar, lo mismo que cada célula en nuestro cuerpo. Las bacterias y las plantas producen comida, de cuyo exceso se alimentan los animales, suministrando a la vez dióxido de carbono y desechos nitrogenados. No se produce más de lo necesario. El esquema de la vida es alterado inteligentemente para adaptarlo al ámbito local. Ningún grupo de formas de vida se multiplica más de lo necesario, así como las células del cuerpo dejan de multiplicarse cuando hay suficientes para un propósito dado. Cuando no dejan de multiplicarse lo llamamos cáncer. Y eso es la vida en la Tierra, toda nuestra organización orgánica en comparación con la del Planeta de Saybrook: Un gran cáncer. Cada especie y cada individuo hacen lo posible para desarrollarse a expensas de las otras especies o los otros individuos.


—Habla usted como si aprobara el Planeta de Saybrook.
—En cierto modo lo apruebo. Tiene sentido como actividad vital. Entiendo la perspectiva que tienen de nosotros. Supongamos que una de las células de nuestro cuerpo pudiera ser consciente de la eficiencia del cuerpo humano en comparación con la de la célula misma y que comprendiera que esto sólo es resultado de la unión de muchas células en un todo superior. Y supongamos que fuera consciente de la existencia de células no dependientes, con vida propia. Tendría un fuerte deseo de imponer una organización a la pobre criatura. Sentiría pena por ella y tal vez actuara como un misionero. Es muy posible que esas criaturas (o esa criatura, pues el singular parece ser más adecuado) sientan eso.
—Y por eso ocasionaron alumbramientos vírgenes, ¿eh? Tengo que andarme con cuidado en este tema. Ya sabe, las normas.
—No hay nada obsceno en ello, Drake. Hace siglos que logramos que los huevos de erizos de mar, las abejas, las ranas y otros se desarrollasen sin fertilización masculina. A veces bastaba con el pinchazo de una aguja o con la mera inmersión en la solución salina adecuada. La criatura del Planeta de Saybrook puede causar la fertilización mediante el uso controlado de energía radiante. Por eso, una barrera energética adecuada la detiene; interferencia, como ve, o intromisión.
»Puede lograr más que estimular la división y el desarrollo de un huevo no fertilizado. Puede imprimir sus propias características en sus nucleoproteínas, de modo que la prole nace con esas manchas de pelambre verde, las cuales, actúan como órgano sensorial y medio de comunicación del planeta. La prole no está constituida por individuos, sino que se integra a la criatura del Planeta de Saybrook. Esta criatura, pues, puede inseminar cualquier especie, ya sea vegetal, animal o microscópica.
—Vaya potencia —murmuró Drake.
—Omnipotencia. Potencia universal. Cualquier fragmento de la criatura es omnipotente. Con tiempo suficiente, una sola bacteria del Planeta de Saybrook puede convertir la Tierra entera en un organismo único. Tenemos pruebas experimentales de ello.
—¿Sabe una cosa, doctor? —dijo inesperadamente Drake—. Creo que soy millonario. ¿Puede guardar su secreto? —Weiss asintió en silencio, asombrado—. Tengo un recuerdo del Planeta de Saybrook —añadió sonriendo—. Es sólo un guijarro, pero después de la publicidad que recibirá ese planeta, además de lo de la cuarentena, el guijarro será todo lo que un ser humano podrá ver de él. ¿Por cuánto cree que podré venderlo?
Weiss lo miró fijamente.
—¿Un guijarro? —Le arrebató el objeto, que era ovoide, duro y gris—. No debió hacer eso, Drake. Va contra las normas.
—Lo sé. Por eso he preguntado que si podía guardar el secreto. Si usted pudiera darme una nota firmada de autentificación... ¿Qué pasa, doctor?
En vez de responder, Weiss sólo pudo balbucear algo y señalar con el dedo el guijarro. Drake se acercó y lo miró. Era igual que antes... Excepto que la luz lo alumbraba desde un ángulo y mostraba dos pequeñas manchas verdes. Vistas de cerca, eran manchas de vello verde.

Se sentía turbado. Existía una atmósfera de peligro a bordo. Se sospechaba su presencia. ¿Cómo era posible? Aún no había hecho nada.
¿Habría subido a la nave otro de los fragmentos de casa y se habría mostrado menos cauto? Eso sería imposible sin que él lo supiera, y no había hallado nada aunque examinó la nave intensamente.
Luego, la sospecha disminuyó, pero no murió del todo. Uno de los pensadores lúcidos seguía haciéndose preguntas y se aproximaba a la verdad.
¿Cuánto faltaba para el aterrizaje? ¿Un mundo entero de fragmentos de vida quedaría privado de totalidad? Se aferró a los trozos cortados del cable con el cual se mimetizaba, temiendo que lo descubrieran, temiendo por su misión altruista.

El doctor Weiss se había encerrado en su habitación. Ya estaban dentro del sistema solar y tres horas después aterrizarían. Tenía que pensar. Le quedaban tres horas para decidir.
El diabólico "guijarro" de Drake había formado parte de la vida organizada del Planeta de Saybrook, pero estaba muerto. Lo estaba ya cuando él lo vio por primera vez y, en todo caso, no pudo sobrevivir cuando lo arrojaron al motor hiperatómico y lo convirtieron en un estallido de calor puro. Y los cultivos bacterianos seguían teniendo un aspecto normal cuando los examinó angustiado.
No era eso lo que preocupaba a Weiss.
Drake había recogido el guijarro durante las últimas horas de permanencia en el Planeta de Saybrook, después del fallo en la barrera. ¿Y si el fallo hubiera sido el resultado de una lenta, pero implacable presión mental por parte de la criatura de ese planeta? ¿Y si partes de la criatura hubieran estado esperando para invadir cuando cayese la barrera? Si el "guijarro" no fue lo suficientemente rápido y se desplazó sólo después del restablecimiento de la barrera, esa sería la causa de que hubiese muerto. Se habría quedado allí, y Drake entonces lo vio y lo recogió.
Se trataba de un "guijarro", no de una forma natural de vida. ¿Pero eso significaba que no era una especie de forma de vida? Podía ser un producto deliberado del único organismo del planeta; una criatura deliberadamente diseñada para que pareciera un guijarro, de aspecto inofensivo e inocente. Camuflaje, en otras palabras; un camuflaje astuto y sobrecogedoramente eficaz.
¿Alguna otra criatura camuflada habría logrado atravesar la barrera antes de que la restablecieran, como una forma adecuada y extraída de la mente de los humanos de la nave por el organismo telépata del planeta? ¿Podría tener la inocua apariencia de un pisapapeles? ¿Uno de los clavos ornamentales y con cabeza de bronce de la anticuada silla del capitán? ¿Y cómo lo localizarían?
¿Podrían investigar cada palmo de la nave en busca de esas manchas verdes; y también los microbios?
¿Y por qué el camuflaje? ¿Se proponía pasar inadvertido durante algún tiempo? ¿Por qué? ¿Para aguardar hasta que aterrizaran en la Tierra?
Una infección después del aterrizaje no se podría remediar haciendo estallar la nave. Las bacterias de la Tierra, el moho, la levadura y los protozoos serían los primeros. Al cabo de un año habría un sinfín de neonatos no humanos.
Weiss cerró los ojos y se dijo que no sería tan malo, después de todo. No habría más enfermedades, pues ninguna bacteria se multiplicaría a expensas de su organismo huésped, sino que se contentaría con una parte de lo disponible. No habría ya exceso de población; las muchedumbres de humanos disminuirían para adaptarse al suministro de alimentos. No habría guerras, crímenes ni codicia.
Pero tampoco habría individualidad.
La humanidad hallaría la seguridad transformándose en engranaje de una máquina biológica. Un hombre sería hermano de un germen o de una célula hepática.
Se puso de pie. Debía ir a hablar con el capitán Loring. Enviarían el informe y harían estallar la nave, igual que hizo Saybrook.
Se sentó de nuevo. Saybrook contó con pruebas, mientras que él sólo tenía las conjeturas de una mente aterrorizada, trastornada por dos manchas verdes en un guijarro. ¿Podría matar a los doscientos hombres de a bordo por una leve sospecha?
Tenía que pensar.


Estaba tenso. ¿Por qué tenía que seguir esperando? Si al menos pudiera dar la bienvenida a los que se encontraban a bordo. ¡Pero ya!
Una parte más fría y racional de sí mismo lo disuadió. Los pequeños que proliferaban en la oscuridad delatarían su cambio en quince minutos, y los pensadores-lúcidos los tenían bajo observación continua. Incluso a un kilómetro de la superficie del planeta sería demasiado pronto, pues aún podrían destruir la nave en el espacio.
Sería mejor esperar a que estuvieran abiertas las cámaras de presión, a que el aire del planeta penetrara con millones de fragmentos de vida minúsculos. Sería mejor, sí, acogerlos a todos ellos en la hermandad de la vida unificada y dejar que echaran a volar para difundir el mensaje.
¡Entonces se lograría! ¡Otro mundo organizado, y completo!
Se mantuvo a la espera. Los motores vibraban sordamente en su potente esfuerzo por controlar el descenso de la nave; la sacudida del contacto con la superficie del planeta y luego...
Conectó la recepción, para captar el júbilo de los pensadores-lúcidos, y les respondió con sus propios pensamientos jubilosos. Pronto podrían recibir tan bien como él. Tal vez no esos fragmentos en particular, pero sí los fragmentos que nacerían de quienes fuesen aptos para la continuación de la vida.
Las cámaras de presión estaban a punto de abrirse... Y todo pensamiento cesó.

"Demonios, algo anda mal", pensó Jerry Thorn.
—Lo lamento —le dijo al capitán Loring—. Parece haber un fallo energético. Las cámaras no se abren.
—¿Estás seguro, Thorn? Las luces están encendidas.
—Sí, señor. Lo estamos investigando.
Se alejó y se reunió con Roger Oldenn ante la caja de conexiones de la cámara de presión.
—¿Qué pasa?
—Déjame en paz, ¿quieres? —Oldenn tenía las manos ocupadas—. ¡Por amor de Dios, hay un corte de quince centímetros en el cable de veinte amperios!
—¿Qué? ¡Imposible!
Oldenn levantó los cables, cuyos filosos bordes estaban limpiamente cortados.
El doctor Weiss se reunió con ellos. Estaba ojeroso y su aliento apestaba a coñac.
—¿Qué pasa? —preguntó, con un temblor en la voz.
Se lo dijeron. En el fondo del compartimiento, en un rincón, estaba el trozo que faltaba.
Weiss se agachó. Había un fragmento negro en el suelo. Lo tocó con el dedo y se disolvió, dejándole una mancha de hollín en la yema. Se la frotó distraídamente.
Tal vez algo había reemplazado el trozo de cable que faltaba; algo que estaba vivo y que tenía de cable únicamente su aspecto, pero algo que podía calentarse, morir y carbonizarse en una fracción de segundo en cuanto se cerró el circuito eléctrico que controlaba la cámara de presión.
—¿Cómo están las bacterias? —preguntó.
Un miembro de la tripulación fue a comprobarlo y regresó.
—Todo normal, doctor.
Entre tanto, colocaron un empalme en el cable; abrieron las compuertas y el doctor Weiss salió al mundo de vida anárquica que era la Tierra.
—Anarquía —dijo con una risotada—. Y así se mantendrá.

FIN